Parte 12Contra la adulación
90. Aquel cuyas orejas están cerradas a la verdad, de modo que no puede escuchar de un amigo lo verdadero, debe ser considerado un caso perdido. Pues es sabio aquel dicho de Catón, como muchos suyos: «más vale ganarse el favor de ciertos enemigos hostiles que el de aquellos amigos que parecen dulces; aquellos dicen la verdad a menudo, estos nunca». Y resulta absurdo que quienes reciben advertencias no experimenten el disgusto que deberían experimentar, sino que experimenten el que deberían evitar: en efecto, no se angustian por haber cometido un error, pero se molestan al ser reprendidos; cuando debería ser al contrario: dolerse por la falta, alegrarse por la corrección.
91. Así pues, del mismo modo que advertir y ser advertido es propio de la verdadera amistad, y uno debe hacerse libremente, no con aspereza, y el otro debe acogerse con paciencia, no con resistencia, así debe tenerse por cierto que no hay mayor plaga en las amistades que la adulación, la lisonja, la aquiescencia servil; pues aunque este vicio debe ser señalado con muchos nombres, propio de hombres superficiales y falsos que hablan todo según la voluntad ajena y nada según la verdad.
92. Pero si la simulación en todos los asuntos es viciosa (pues elimina el juicio de lo verdadero y lo adultera), sobre todo se opone a la amistad; en efecto, destruye la verdad, sin la cual el nombre de amistad no puede tener valor. Pues siendo la fuerza de la amistad que de varios se haga como un solo espíritu, ¿cómo podrá lograrse esto si ni siquiera en cada uno habrá un único espíritu y siempre el mismo, sino uno variable, cambiante, múltiple?
93. ¿Qué puede haber, en efecto, tan flexible, tan desviado como el espíritu de aquel que se acomoda no solo al pensamiento y la voluntad de otro, sino incluso a su expresión y su gesto? «Niega alguien, niego yo; afirma, afirmo yo; en fin, me he ordenado a mí mismo estar de acuerdo en todo», como dice el mismo Terencio, pero en el personaje de Gnatón, y admitir esa clase de amigo es del todo propio de la frivolidad.
94. Pero cuando muchos semejantes a Gnatón son superiores en posición, fortuna y reputación, su aquiescencia resulta molesta, pues a la vanidad se suma la autoridad.
95. Pero el amigo adulador puede distinguirse e identificarse del verdadero con la debida atención, igual que todas las cosas falsificadas y simuladas de las sinceras y verdaderas. La asamblea popular, aunque esté formada por los más ignorantes, suele sin embargo saber juzgar qué diferencia hay entre un demagogo, es decir un adulador y un ciudadano superficial, y uno firme, serio y respetable.
96. ¡Con qué halagos Cayo Papirio hace poco se insinuaba en los oídos de la asamblea, cuando presentaba la ley sobre la reelección de los tribunos de la plebe! Nosotros nos opusimos; pero nada diré de mí, prefiero hablar de Escipión. ¡Qué gravedad tuvo, dioses inmortales, qué majestad en su discurso! Fácilmente habrías dicho que era el líder del pueblo romano, no su servidor. Pero vosotros estuvisteis presentes, y el discurso está en vuestras manos. Y así la ley demagógica fue rechazada por los votos del pueblo.
Y, para volver a mí, recordáis, siendo cónsules Quinto Máximo, hermano de Escipión, y Lucio Mancino, cuán demagógica parecía la ley sobre los sacerdocios de Cayo Licinio Craso: pues la cooptación de los colegios se transfería al favor del pueblo; y él fue el primero que instituyó parlamentar con el pueblo vuelto hacia el foro. Sin embargo, la religión de los dioses inmortales, defendida por nosotros, venció fácilmente su discurso vendible. Y esto se realizó siendo yo pretor, cinco años antes de ser hecho cónsul; así aquella causa fue defendida más por la razón que por mi máxima autoridad.
97. Pues si en el escenario, es decir en la asamblea, donde en los asuntos fingidos y esbozados hay muchísimo espacio para la falsedad, sin embargo prevalece la verdad, con tal de que sea revelada e iluminada, ¿qué debe hacerse en la amistad, que toda ella se pondera por la verdad? En ella, si no ves, como se dice, un pecho abierto y muestras el tuyo, no tendrás nada digno de confianza, nada seguro, ni siquiera podrás amar o ser amado, puesto que ignoras con qué sinceridad se hace.
Aunque esa adulación, por perniciosa que sea, sin embargo no puede dañar a nadie sino a aquel que la acepta y se deleita con ella. Así ocurre que abre sus oídos a los aduladores sobre todo aquel que se adula a sí mismo y es él quien más se complace consigo mismo.
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