Parte 10Cómo elegir a los amigos
74. En definitiva, las amistades deben juzgarse cuando ya están consolidadas y confirmadas por el carácter y por la edad, y no es necesario que quienes en su juventud fueron aficionados a la caza o al juego de pelota conserven como amigos íntimos a aquellos a quienes entonces quisieron por compartir la misma afición. Porque de ese modo las nodrizas y los pedagogos reclamarían, por derecho de antigüedad, la mayor parte del afecto; y aunque no hay que descuidarlos, sí deben valorarse de otro modo.
De otra manera las amistades no pueden permanecer estables. Pues caracteres diferentes persiguen intereses diferentes, y su falta de afinidad disuelve las amistades; y no hay ninguna otra razón por la cual los buenos no puedan ser amigos de los malvados, ni los malvados de los buenos, sino que entre ellos existe la mayor distancia posible de caracteres y de intereses.
75. También puede enseñarse con acierto en materia de amistades que no debe permitirse que un afecto desmedido, como sucede muy a menudo, obstaculice grandes ventajas para los amigos. Pues, para volver a los relatos legendarios, Neoptólemo no habría podido tomar Troya si hubiera querido escuchar a Licomedes, que lo había educado, cuando entre muchas lágrimas trataba de impedirle su marcha. Y a menudo surgen grandes empresas que obligan a separarse de los amigos; quien quiere impedirlas porque no soporta fácilmente la ausencia, es una persona débil y blanda por naturaleza y, precisamente por eso, poco justa en la amistad.
76. Y en todo asunto hay que considerar tanto lo que pides a un amigo como lo que permites que se te pida. También existe cierta desgracia en las amistades que a veces es necesario romper: pues ahora nuestro discurso desciende de las relaciones entre sabios a las amistades comunes. A menudo surgen vicios en los amigos, ya sea contra los propios amigos, ya sea contra otros, pero cuya infamia recae sobre los amigos. Por lo tanto, tales amistades deben disolverse mediante la relajación del trato y, como oí decir a Catón, más bien descoserse que desgarrarse, a menos que haya estallado alguna ofensa absolutamente intolerable, de modo que no sea correcto ni honroso, ni siquiera posible, no proceder inmediatamente al distanciamiento y la ruptura.
77. Pero si se produce algún cambio de carácter o de intereses, como suele suceder, o surge un desacuerdo sobre cuestiones políticas (pues ya hablo, como dije hace poco, no de las amistades entre sabios sino de las comunes), habrá que cuidar que no parezca que no solo se han abandonado amistades, sino que también se han asumido enemistades. Pues nada hay más vergonzoso que hacer la guerra a aquel con quien has convivido familiarmente. Escipión se alejó de la amistad de Quinto Pompeyo por causa mía, como sabéis; en cambio, se distanció de nuestro colega Metelo a causa del desacuerdo que había en política; en ambos casos actuó con dignidad, con firmeza y sin resentimiento amargo.
78. Por lo cual, en primer lugar debe procurarse que no se produzcan rupturas entre amigos; pero si algo así sucede, que parezca que las amistades se han extinguido más que aplastado. Hay que cuidar, además, que las amistades no se conviertan en enemistades graves; de ellas nacen disputas, insultos, ultrajes. Pero si estos resultan tolerables, hay que soportarlos, y debe rendirse este honor a la antigua amistad: que esté en falta quien comete la injuria, no quien la sufre. En definitiva, contra todos estos vicios e inconvenientes hay una sola precaución y una sola previsión: no empezar a amar demasiado pronto ni a personas indignas.
79. Son dignos de amistad aquellos en quienes existe en sí mismos el motivo por el cual sean amados. Es un tipo raro. Y ciertamente todas las cosas excelentes son raras, y nada hay más difícil que encontrar algo que sea perfecto en todos los aspectos dentro de su género. Pero la mayoría de la gente no reconoce ningún bien en los asuntos humanos salvo lo que es provechoso, y aman a los amigos como al ganado, prefiriendo sobre todo a aquellos de quienes esperan obtener el mayor beneficio.
80. Así carecen de aquella hermosísima y más natural amistad que se busca por sí misma y en razón de sí misma, y no son para sí mismos un ejemplo de cuál es la fuerza de la amistad y cuán grande. Pues cada uno se ama a sí mismo no para exigirse a sí mismo alguna recompensa por su propio afecto, sino porque cada uno es querido para sí mismo por sí mismo. Y si esto mismo no se traslada a la amistad, nunca se encontrará un verdadero amigo; pues este es alguien que es como otro yo.
81. Y si esto se manifiesta en los animales, voladores, nadadores, salvajes, domésticos, fieros, primero en que se aman a sí mismos (pues esto nace por igual con todo ser animado), y luego en que buscan y desean seres de su mismo género a los que unirse, y lo hacen con anhelo y con cierta semejanza al amor humano, ¡cuánto más sucede esto en el hombre por naturaleza! El hombre se ama a sí mismo y busca a otro cuyo espíritu mezcle de tal modo con el suyo que haga casi uno de dos.
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