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Parte 9¿Qué es aristocrático?

Más allá del bien y del mal · Friedrich Nietzsche · 52 min de lectura

Noveno capítulo:

¿Qué es lo noble?

Aforismo257

Toda elevación del tipo «hombre» ha sido hasta ahora obra de una sociedad aristocrática, y así volverá a ser siempre: como obra de una sociedad que cree en una larga escala de jerarquía y diferencias de valor entre hombre y hombre, y que necesita la esclavitud en algún sentido. Sin el pathos de la distancia, tal como surge de la diferencia encarnada entre los estamentos, de la mirada y el menosprecio constantes de la casta dominante sobre los súbditos y los instrumentos, y de su práctica igualmente constante en obedecer y mandar, en mantener abajo y a distancia, tampoco podría surgir aquel otro pathos más misterioso, ese anhelo de ensanchar cada vez más la distancia dentro del alma misma, la formación de estados cada vez más elevados, más raros, más lejanos, más amplios, más abarcadores; en resumen, precisamente la elevación del tipo «hombre», la continua «superación de sí mismo del hombre», por emplear una fórmula moral en un sentido supramoral. Ciertamente: no hay que entregarse a ilusiones humanitarias sobre la historia del origen de una sociedad aristocrática (es decir, de la condición previa para esa elevación del tipo «hombre»): la verdad es dura. Digámoslo sin contemplaciones: ¡así ha comenzado en la tierra toda cultura superior! Hombres con una naturaleza todavía natural, bárbaros en todo el sentido terrible de la palabra, hombres de rapiña que aún poseían fuerzas de voluntad intactas y ansias de poder, se lanzaron sobre razas más débiles, más civilizadas, más pacíficas, quizá dedicadas al comercio o al pastoreo, o sobre culturas antiguas y decrépitas en las que precisamente la última fuerza vital parpadeaba en brillantes fuegos artificiales de espíritu y corrupción. La casta noble fue siempre al principio la casta bárbara: su superioridad no residía en primer lugar en la fuerza física, sino en la anímica; eran los hombres más completos (lo cual en cada nivel significa también «las bestias más completas»).

Aforismo258

Corrupción, como expresión de que dentro de los instintos amenaza la anarquía y de que el fundamento de los afectos, que se llama «vida», está conmovido: la corrupción es, según la forma de vida en la que se muestre, algo radicalmente diferente. Cuando, por ejemplo, una aristocracia como la francesa al comienzo de la Revolución arroja sus privilegios con sublime repugnancia y se sacrifica a sí misma a un desenfreno de su sentimiento moral, esto es corrupción: en realidad fue solo el acto final de aquella corrupción que duró siglos, en virtud de la cual había cedido paso a paso sus prerrogativas señoriales y se había rebajado a función de la monarquía (por último incluso a su adorno y ornamento). Pero lo esencial en una aristocracia buena y sana es que no se sienta como función (ya sea de la monarquía, ya sea de la comunidad), sino como su sentido y suprema justificación; que por ello acepte con buena conciencia el sacrificio de un sinnúmero de hombres que por su causa deben ser rebajados y reducidos a hombres incompletos, a esclavos, a instrumentos. Su creencia fundamental debe ser precisamente que la sociedad no puede existir por causa de la sociedad, sino solo como infraestructura y armazón en el cual un tipo selecto de seres puede elevarse a su tarea superior y en general a un ser superior: comparable a aquellas plantas trepadoras ávidas de sol de Java —se llaman Sipo Matador— que rodean con sus brazos un roble tanto tiempo y tan a menudo hasta que finalmente, muy por encima de él pero apoyadas en él, pueden desplegar su copa en la luz libre y exhibir su felicidad.

Aforismo259

Abstenerse mutuamente de la lesión, de la violencia, de la explotación, equiparar la propia voluntad a la del otro: esto puede convertirse en cierto sentido burdo en buena costumbre entre individuos, cuando se dan las condiciones para ello (a saber, su similitud efectiva en cantidades de fuerza y medidas de valor, y su pertenencia conjunta dentro de un mismo cuerpo). Pero tan pronto como se quisiera llevar este principio más lejos y tomarlo posiblemente incluso como principio fundamental de la sociedad, se mostraría de inmediato como lo que es: como voluntad de negación de la vida, como principio de disolución y decadencia. Aquí hay que pensar a fondo y defenderse de toda blandura sentimental: la vida misma es esencialmente apropiación, lesión, avasallamiento de lo extraño y más débil, opresión, dureza, imposición de formas propias, incorporación y, como mínimo y con mayor suavidad, explotación; pero ¿para qué habría que usar siempre precisamente tales palabras en las que desde antiguo está impreso un propósito calumnioso? También ese cuerpo dentro del cual, como se supuso antes, los individuos se tratan como iguales —esto sucede en toda aristocracia sana— debe, si es un cuerpo vivo y no moribundo, hacer todo aquello contra otros cuerpos de lo que los individuos dentro de él se abstienen entre sí: tendrá que ser la voluntad encarnada de poder, tendrá que querer crecer, expandirse, atraer hacia sí, ganar preponderancia; no por alguna moralidad o inmoralidad, sino porque vive, y porque la vida es precisamente voluntad de poder. Pero en ningún punto la conciencia común de los europeos es más reacia a la instrucción que aquí; ahora se fantasea por todas partes, incluso bajo disfraces científicos, con estados futuros de la sociedad en los que faltará «el carácter explotador»: eso suena a mis oídos como si se prometiera inventar una vida que se abstuviera de todas las funciones orgánicas. La «explotación» no pertenece a una sociedad corrupta o imperfecta y primitiva: pertenece a la esencia de lo viviente, como función orgánica fundamental; es una consecuencia de la auténtica voluntad de poder, que es precisamente la voluntad de la vida. Supuesto que esto sea una novedad como teoría, como realidad es el hecho primordial de toda historia: ¡seamos pues honestos con nosotros mismos hasta ese punto!

Aforismo260

En una excursión por las muchas morales más finas y más burdas que hasta ahora han dominado en la tierra o todavía dominan, encontré ciertos rasgos que regularmente retornan juntos y vinculados entre sí: hasta que finalmente se me revelaron dos tipos fundamentales y saltó a la vista una diferencia básica. Hay una moral de señores y una moral de esclavos; añado de inmediato que en todas las culturas superiores y más mezcladas también aparecen intentos de mediación entre ambas morales, y con mayor frecuencia la confusión de ambas y el malentendido mutuo, incluso a veces su dura coexistencia —incluso en el mismo hombre, dentro de una sola alma. Las distinciones de valores morales han surgido o bien dentro de un tipo dominante que se hacía consciente con satisfacción de su diferencia frente al dominado, o bien entre los dominados, los esclavos y dependientes de todo grado. En el primer caso, cuando son los dominantes quienes determinan el concepto «bueno», son los estados elevados y orgullosos del alma los que se sienten como lo distintivo y lo que determina la jerarquía. El hombre noble separa de sí los seres en los que se expresa lo contrario de tales estados elevados y orgullosos: los desprecia. Adviértase de inmediato que en esta primera clase de moral la oposición «bueno» y «malo» significa tanto como «noble» y «despreciable»: la oposición «bueno» y «malvado» tiene otro origen. Se desprecia al cobarde, al miedoso, al mezquino, al que piensa en la utilidad estrecha; igualmente al desconfiado con su mirada no libre, al que se rebaja a sí mismo, a la especie perruna de hombre que se deja maltratar, al adulador mendigo y, sobre todo, al mentiroso: es una creencia fundamental de todos los aristócratas que el pueblo común es mentiroso. «Nosotros los veraces»: así se llamaban a sí mismos los nobles en la antigua Grecia. Es evidente que las designaciones de valores morales fueron aplicadas en todas partes primero a los hombres, y solo de modo derivado y tardío a las acciones: por lo cual es un grave error cuando los historiadores de la moral parten de preguntas como «¿por qué se ha alabado la acción compasiva?». El tipo noble de hombre se siente como determinador de valores, no necesita aprobación, juzga «lo que me es perjudicial, eso es perjudicial en sí», se sabe como aquello que en general confiere honor a las cosas, es creador de valores. Todo lo que conoce en sí mismo, lo honra: tal moral es autoglorificación. En primer plano está el sentimiento de plenitud, del poder que quiere desbordarse, la felicidad de la alta tensión, la conciencia de una riqueza que quisiera dar y regalar: también el hombre noble ayuda al desgraciado, pero no o casi no por compasión, sino más bien por un impulso que genera la abundancia de poder. El hombre noble honra en sí al poderoso, también al que tiene poder sobre sí mismo, al que sabe hablar y callar, al que ejerce con placer severidad y dureza contra sí mismo y tiene veneración ante todo lo severo y duro. «Un corazón duro puso Wotan en mi pecho», dice en una antigua saga escandinava: así está con razón poetizado desde el alma de un orgulloso vikingo. Tal tipo de hombre está orgulloso precisamente de no estar hecho para la compasión: por eso el héroe de la saga añade en tono de advertencia «quien de joven no tiene ya un corazón duro, nunca lo tendrá duro». Los nobles y valientes que así piensan están en las antípodas de aquella moral que ve precisamente en la compasión o en el actuar por otros o en el désintéressement la marca distintiva de lo moral; la fe en sí mismo, el orgullo de sí mismo, una enemistad e ironía fundamentales contra la «ausencia de egoísmo» pertenecen tan decididamente a la moral noble como un ligero menosprecio y cautela ante los sentimientos de compasión y el «corazón cálido». Los poderosos son los que saben honrar; es su arte, su reino de la invención. La profunda reverencia ante la edad y ante la tradición —todo el derecho se basa en esta doble reverencia—, la fe y el prejuicio a favor de los antepasados y en detrimento de los venideros, es típico en la moral de los poderosos; y cuando, a la inversa, los hombres de las «ideas modernas» creen casi instintivamente en el «progreso» y el «futuro» y cada vez carecen más del respeto por la edad, eso delata ya suficientemente el origen no noble de estas «ideas». Pero una moral de los dominantes es especialmente extraña y penosa al gusto actual en la severidad de su principio de que solo se tienen deberes hacia los iguales; de que hacia los seres de rango inferior, hacia todo lo extraño, se puede actuar según el propio criterio o «como lo quiera el corazón», y en todo caso «más allá del bien y del mal»: aquí pueden pertenecer la compasión y cosas semejantes. La capacidad y el deber de larga gratitud y larga venganza —ambas cosas solo dentro de los propios iguales—, la finura en la retribución, el refinamiento conceptual en la amistad, cierta necesidad de tener enemigos (como canales de desagüe, por así decirlo, para los afectos envidia, pendencia, arrogancia; en el fondo, para poder ser buen amigo): todos estos son rasgos típicos de la moral noble que, como se ha indicado, no es la moral de las «ideas modernas» y por ello hoy es difícil de sentir, también difícil de desenterrar y descubrir. Distinto es el caso con el segundo tipo de moral, la moral de esclavos. Supuesto que los violentados, los oprimidos, los que sufren, los no libres, los inseguros de sí mismos y los cansados moralicen: ¿qué tendrá de común sus valoraciones morales? Probablemente se expresará una sospecha pesimista contra toda la situación del hombre, quizá una condena del hombre junto con su situación. La mirada del esclavo es desfavorable a las virtudes del poderoso: tiene escepticismo y desconfianza, tiene la finura de la desconfianza contra todo lo «bueno» que allí se honra; quisiera persuadirse de que la felicidad misma no es auténtica allí. A la inversa, se destacan y se bañan de luz las propiedades que sirven para aliviar la existencia a los que sufren: aquí se honra la compasión, la mano servicial y complaciente, el corazón cálido, la paciencia, la diligencia, la humildad, la amabilidad, pues estas son aquí las propiedades más útiles y casi los únicos medios para soportar la presión de la existencia. La moral de esclavos es esencialmente moral de la utilidad. Aquí está el hogar del origen de aquella famosa oposición «bueno» y «malvado»: en lo malvado se siente el poder y la peligrosidad, cierta temibilidad, finura y fuerza que no deja surgir el desprecio. Según la moral de esclavos, por tanto, el «malvado» despierta temor; según la moral de señores es precisamente el «bueno» quien despierta temor y quiere despertarlo, mientras que el hombre «malo» es sentido como el despreciable. La oposición llega a su punto culminante cuando, según la consecuencia de la moral de esclavos, finalmente también al «bueno» de esta moral se adhiere un hálito de menosprecio —puede ser leve y benevolente— porque el bueno dentro del modo de pensar esclavo debe ser en todo caso el hombre no peligroso: es bonachón, fácil de engañar, un poco tonto quizá, un bonhomme. Dondequiera que la moral de esclavos alcanza la preponderancia, el lenguaje muestra una tendencia a aproximar entre sí las palabras «bueno» y «tonto». Una última diferencia fundamental: el anhelo de libertad, el instinto de felicidad y las finuras del sentimiento de libertad pertenecen tan necesariamente a la moral y moralidad de esclavos como el arte y el entusiasmo en la veneración, en la entrega, es el síntoma regular de un modo aristocrático de pensar y valorar. De aquí se puede entender sin más por qué el amor como pasión —es nuestra especialidad europea— tiene que ser sencillamente de origen noble: como es sabido, su invención pertenece a los poetas-caballeros provenzales, aquellos espléndidos hombres inventivos del «gai saber» a quienes Europa debe tanto y casi a sí misma.

Aforismo261

Entre las cosas que quizá a un hombre noble le resulten más difíciles de comprender está la vanidad: se sentirá tentado a negarla incluso allí donde otra clase de hombre cree captarla con las dos manos. El problema para él consiste en imaginarse seres que intentan despertar una buena opinión sobre sí mismos que ellos mismos no tienen de sí —y que por tanto tampoco «merecen»—, y que sin embargo acaban creyendo en esa buena opinión. Esto le parece en parte tan falto de gusto e irreverente hacia uno mismo, y en parte tan barroca e irrazonablemente que preferiría considerar la vanidad como una excepción y dudaría de ella en la mayoría de los casos en que se habla de ella. Dirá, por ejemplo: «puedo equivocarme sobre mi valor y sin embargo exigir que mi valor, exactamente como yo lo estimo, sea reconocido también por los demás —pero eso no es vanidad (sino presunción o, en los casos más frecuentes, lo que se llama "humildad", también "modestia")». O bien: «puedo alegrarme por muchas razones de la buena opinión de los demás, quizá porque los honro y los amo y me alegro de cada una de sus alegrías, quizá también porque su buena opinión refuerza y confirma en mí la fe en mi propia buena opinión, quizá porque la buena opinión de los demás, incluso en casos en que no la comparto, me resulta útil o promete serlo —pero todo eso no es vanidad». El hombre noble tiene que esforzarse, sobre todo con ayuda de la historia, para representarse que desde tiempos inmemoriales, en todas las capas populares de algún modo dependientes, el hombre común solo era lo que valía: totalmente desacostumbrado a fijar valores por sí mismo, tampoco se atribuía a sí mismo otro valor que el que le atribuían sus señores (es el auténtico derecho señorial crear valores). Puede entenderse como consecuencia de un enorme atavismo que el hombre ordinario aún hoy siga esperando primero una opinión sobre sí mismo y luego se someta instintivamente a ella: pero en absoluto solo a una opinión «buena», sino también a una mala e injusta (piénsese, por ejemplo, en la mayor parte de las autovaloraciones e infravaloraciones que las mujeres creyentes aprenden de sus confesores, y en general que el cristiano creyente aprende de su iglesia). De hecho, ahora, conforme al lento ascenso del orden democrático de las cosas (y de su causa, la mezcla de sangre de señores y esclavos), el impulso originalmente noble y raro de atribuirse un valor a partir de uno mismo y de «pensar bien» de uno mismo será cada vez más estimulado y extendido: pero tiene en todo momento en contra suya una inclinación más antigua, más amplia y más profundamente incorporada —y en el fenómeno de la «vanidad» esta inclinación más antigua se impone sobre la más joven. El vanidoso se alegra de cada buena opinión que oye sobre sí mismo (totalmente al margen de todos los puntos de vista de su utilidad, e igualmente al margen de verdadero y falso), del mismo modo que sufre con cada mala opinión: porque se somete a ambas, se siente sometido a ellas, por aquel antiquísimo instinto de sometimiento que irrumpe en él—. Es «el esclavo» en la sangre del vanidoso, un resto de la astucia del esclavo —¿y cuánto «esclavo» queda todavía hoy, por ejemplo, en la mujer?— que intenta seducir hacia buenas opiniones sobre sí mismo; es igualmente el esclavo el que después se postra inmediatamente ante esas opiniones, como si no las hubiera provocado él—. Y dicho una vez más: la vanidad es un atavismo.

Aforismo262

Una especie surge, un tipo se vuelve firme y fuerte bajo la larga lucha con condiciones desfavorables esencialmente iguales. A la inversa, se sabe por las experiencias de los criadores que las especies a las que les toca en suerte una alimentación superabundante y en general un exceso de protección y cuidado tienden de inmediato de la manera más intensa a la variación del tipo y son ricas en prodigios y monstruosidades (también en vicios monstruosos). Ahora bien, considérese una comunidad aristocrática, por ejemplo una antigua polis griega o Venecia, como una institución, ya sea voluntaria o involuntaria, con el fin de la cría: allí hay hombres juntos y que dependen de sí mismos, que quieren imponer su tipo, sobre todo porque tienen que imponerse o corren el terrible riesgo de ser exterminados. Allí falta aquel favor, aquel exceso, aquella protección bajo los cuales se favorece la variación; la especie se necesita a sí misma como especie, como algo que precisamente gracias a su dureza, uniformidad, sencillez de forma puede imponerse y hacerse duradero, en lucha constante con los vecinos o con los oprimidos sublevados o amenazantes de sublevación. La experiencia más variada les enseña a qué propiedades deben principalmente el hecho de que, a pesar de todos los dioses y los hombres, todavía estén ahí, de que siempre hayan prevalecido: esas propiedades las llama virtudes, esas virtudes únicamente las cultiva en grande. Lo hace con dureza, sí, quiere la dureza; toda moral aristocrática es intolerante, en la educación de la juventud, en la disposición sobre las mujeres, en las costumbres matrimoniales, en la relación entre ancianos y jóvenes, en las leyes penales (que solo tienen en cuenta a los desviados): cuenta la intolerancia misma entre las virtudes, bajo el nombre de «justicia». Un tipo con pocos rasgos, pero muy fuertes, una especie de hombres severos, guerreros, prudentemente silenciosos, cerrados y reservados (y como tales dotados del más fino sentimiento para los encantos y matices de la sociedad) queda fijado de esta manera más allá del cambio de generaciones; la lucha constante con condiciones desfavorables siempre iguales es, como se ha dicho, la causa de que un tipo se vuelva firme y duro. Pero finalmente surge una vez una situación de felicidad, la enorme tensión cede; quizá ya no hay enemigos entre los vecinos, y los medios de vida, incluso del disfrute de la vida, están superabundantemente presentes. De un golpe se rompe el lazo y la coacción de la antigua disciplina: ya no se siente como necesaria, como condición de existencia —si quisiera subsistir, solo podría hacerlo como una forma del lujo, como gusto arcaizante. La variación, ya sea como desviación (hacia lo superior, lo más fino, lo más raro), ya sea como degeneración y monstruosidad, aparece súbitamente en el escenario en la mayor abundancia y esplendor, el individuo se atreve a ser individual y a distinguirse. En estos puntos de inflexión de la historia se muestra, uno al lado del otro y a menudo entremezclado y enredado entre sí, un magnífico y múltiple crecimiento selvático y ascenso, una especie de tempo tropical en la competición del crecimiento y un enorme perecer y destruirse a sí mismo, gracias a los egoísmos salvajemente enfrentados entre sí, como si explotaran, que luchan entre sí «por sol y luz» y ya no saben sacar ningún límite, ningún freno, ninguna indulgencia de la moral anterior. Esta moral misma fue la que acumuló la fuerza hasta lo desmesurado, la que tensó el arco de manera tan amenazadora —ahora está, ahora queda «superada». Se ha alcanzado el punto peligroso e inquietante en que la vida mayor, más múltiple, más amplia vive más allá de la antigua moral; el «individuo» está ahí, obligado a una legislación propia, a artes y astucias propias de autoconservación, autoelevación, autorredención. Puros nuevos para-qués, puros nuevos con-qués, ya no hay fórmulas comunes, malentendido y desprecio aliados entre sí, la decadencia, la corrupción y los deseos más elevados terriblemente entrelazados, el genio de la raza desbordándose de todos los cuernos de la abundancia del bien y del mal, un fatídico a-la-vez de primavera y otoño, lleno de nuevos encantos y velos que son propios de la corrupción joven, todavía no agotada, todavía incansable. Otra vez está ahí el peligro, la madre de la moral, el gran peligro, esta vez trasladado al individuo, al prójimo y al amigo, a la calle, al propio hijo, al propio corazón, a todo lo más propio y secreto del deseo y la voluntad: ¿qué tendrán que predicar ahora los filósofos de la moral que surgen en esta época? Descubren, estos agudos observadores y merodedores, que rápidamente se acerca el fin, que todo a su alrededor se corrompe y corrompe, que nada permanece hasta pasado mañana, excepto una clase de hombres, los incurablemente mediocres. Solo los mediocres tienen perspectiva de continuar, de reproducirse —son los hombres del futuro, los únicos supervivientes; «¡sed como ellos! ¡haceos mediocres!» se llama ahora la única moral que todavía tiene sentido, que todavía encuentra oídos—. Pero es difícil de predicar, esta moral de la mediocridad —¡nunca debe confesar lo que es y lo que quiere! tiene que hablar de medida y dignidad y deber y amor al prójimo —¡tendrá necesidad de ocultar la ironía!—

Aforismo263

Hay un instinto para el rango que, más que ninguna otra cosa, es ya señal de un rango elevado; hay un placer en los matices del respeto que permite adivinar noble procedencia y costumbres. La finura, bondad y altura de un alma se ponen peligrosamente a prueba cuando pasa junto a ella algo de primer rango que todavía no está protegido por los escalofríos de la autoridad contra contactos inoportunos y torpezas: algo que, sin distintivo, sin descubrir, tentador, quizá arbitrariamente velado y disfrazado, sigue su camino como una piedra de toque viviente. Quien tiene por tarea y ejercicio explorar almas se servirá precisamente de múltiples formas de este arte para establecer el último valor de un alma, el inamovible orden jerárquico innato al que pertenece: la pondrá a prueba en su instinto del respeto. Différence engendre haine: la vulgaridad de ciertas naturalezas brota súbitamente como agua sucia cuando se lleva delante cualquier vaso sagrado, cualquier preciosidad de armarios cerrados, cualquier libro con los signos del gran destino; y por otra parte hay un enmudecer involuntario, una vacilación de la mirada, un calmarse de todos los gestos en que se expresa que un alma siente la proximidad de lo más digno de veneración. La manera en que en general se ha mantenido hasta ahora en Europa el respeto hacia la Biblia es quizá la mejor pieza de disciplina y refinamiento de costumbres que Europa debe al cristianismo: tales libros de profundidad y de significación última necesitan para su protección una tiranía externa de autoridad, para ganar esos milenios de duración que son necesarios para agotarlos e interpretarlos. Se ha conseguido mucho cuando a la gran masa (a los superficiales y a los de intestino rápido de toda clase) finalmente se le ha inculcado ese sentimiento de que no puede tocar todo; de que hay experiencias sagradas ante las cuales debe descalzarse y mantener lejos la mano sucia —es casi su máxima elevación hacia la humanidad. A la inversa, en los así llamados cultos, en los creyentes de las «ideas modernas», quizá nada actúa tan repugnantemente como su falta de vergüenza, su cómoda desfachatez del ojo y de la mano con la que todo es tocado, lamido, palpado por ellos; y es posible que hoy en el pueblo, en el bajo pueblo, especialmente entre campesinos, todavía se encuentre más relativa nobleza de gusto y tacto del respeto que en el semimundo espiritual lector de periódicos, los cultos.

Aforismo264

No puede borrarse del alma de un hombre aquello que sus antepasados hicieron con mayor predilección y constancia: si fueron quizá ahorradores laboriosos y adheridos a un escritorio y a una caja de caudales, modestos y burgueses en sus apetitos, modestos también en sus virtudes; o si vivieron acostumbrados a mandar de la mañana a la noche, inclinados a placeres rudos y acaso también a deberes y responsabilidades aún más rudos; o si finalmente sacrificaron alguna vez antiguos privilegios de nacimiento y de posesión para vivir completamente para su fe —para su «Dios»—, como hombres de una conciencia implacable y delicada que se ruboriza ante cualquier concesión. Es absolutamente imposible que un hombre no tenga en el cuerpo las cualidades y preferencias de sus padres y antepasados: diga lo que diga la apariencia en contra. Esto es el problema de la raza. Supuesto que se conoce algo de los padres, se permite una conclusión sobre el hijo: alguna incontinencia desagradable, alguna envidia de rincón, una tosca actitud de darse la razón a sí mismo —como estas tres cosas han constituido en todos los tiempos el auténtico tipo plebeyo— algo semejante tiene que transmitirse al hijo tan seguramente como la sangre corrompida; y con ayuda de la mejor educación y formación se conseguirá únicamente engañar sobre semejante herencia. —¿Y qué otra cosa quiere hoy la educación y la formación? En nuestra época muy popular, es decir plebeya, «educación» y «formación» tienen que ser esencialmente el arte de engañar, el arte de engañar sobre el origen, sobre la plebe heredada en el cuerpo y en el alma. Un educador que hoy predicara ante todo la veracidad y gritara constantemente a sus discípulos «¡sed veraces! ¡sed naturales! ¡mostráos como sois!», incluso un asno tan virtuoso y sincero aprendería después de algún tiempo a echar mano de aquella furca de Horacio para expellere naturam: ¿con qué éxito? «Pöbel» usque recurret.

Aforismo265

A riesgo de disgustar oídos inocentes, afirmo: el egoísmo pertenece a la esencia del alma noble, quiero decir aquella fe inconmovible de que a un ser como «nosotros somos» tienen que estarle naturalmente sometidos otros seres y tienen que sacrificarse por él. El alma noble acepta este hecho de su egoísmo sin ningún signo de interrogación, también sin un sentimiento de dureza, coacción o arbitrariedad en ello, más bien como algo que puede estar fundado en la ley primordial de las cosas: si buscara un nombre para ello, diría «es la justicia misma». Se concede a sí misma, en circunstancias que al principio la hacen vacilar, que hay seres con iguales derechos que ella; tan pronto como ha aclarado esta cuestión del rango, se mueve entre estos iguales y con iguales derechos con la misma seguridad en el pudor y en la delicada veneración que tiene en el trato consigo misma —conforme a una mecánica celeste innata que todos los astros entienden. Es una pieza más de su egoísmo esta finura y autolimitación en el trato con sus iguales —cada astro es un egoísta así—: se honra a sí misma en ellos y en los derechos que cede a los mismos, no duda de que el intercambio de honores y derechos, como esencia de todo trato, pertenece igualmente al estado natural de las cosas. El alma noble da como toma, desde el instinto apasionado e irritable de la compensación que yace en su fondo. El concepto «gracia» no tiene sentido ni buen olor inter pares; puede haber una forma sublime de dejar que los regalos caigan sobre uno desde arriba, por así decirlo, y beberlos sediento como gotas: pero para este arte y gesto el alma noble no tiene aptitud. Su egoísmo se lo impide: no mira de buena gana en absoluto hacia «arriba» —sino hacia adelante, horizontalmente y con lentitud, o hacia abajo—: se sabe en la altura.

Aforismo266

«Verdaderamente se puede estimar mucho sólo a quien no se busca a sí mismo». —Goethe al consejero Schlosser.

Aforismo267

Hay un proverbio entre los chinos que las madres enseñan ya a sus hijos: siao-sin «haz pequeño tu corazón». Esta es la auténtica tendencia fundamental en las civilizaciones tardías: no dudo de que un griego antiguo también reconocería en primer lugar en nosotros los europeos de hoy el empequeñecimiento de uno mismo —sólo con eso iríamos ya «contra su gusto».

Aforismo268

¿Qué es en definitiva la vulgaridad? —Las palabras son signos sonoros para conceptos; pero los conceptos son signos figurativos más o menos determinados para sensaciones que recurren con frecuencia y se presentan juntas, para grupos de sensaciones. No basta aún para entenderse unos a otros que se empleen las mismas palabras: hay que emplear las mismas palabras también para la misma especie de vivencias internas, hay que tener en definitiva la experiencia en común. Por eso las personas de un pueblo se entienden mejor entre sí que los pertenecientes a pueblos diversos, incluso cuando emplean el mismo idioma; o más bien, cuando personas han vivido largo tiempo juntas bajo condiciones semejantes (del clima, del suelo, del peligro, de las necesidades, del trabajo), nace de ahí algo que «se entiende», un pueblo. En todas las almas un número igual de vivencias que recurren frecuentemente ha ganado la supremacía sobre las que se presentan más raramente: sobre ellas uno se entiende, rápida y cada vez más rápidamente —la historia del lenguaje es la historia de un proceso de abreviación—; sobre este entenderse rápidamente uno se vincula, más estrecha y cada vez más estrechamente. Cuanto mayor es la peligrosidad, mayor es la necesidad de ponerse de acuerdo rápida y fácilmente sobre lo que es necesario; no malentenderse en el peligro, eso es algo de lo que los hombres no pueden prescindir en absoluto en el trato. Incluso en toda amistad o relación amorosa se hace esta prueba: nada semejante tiene duración tan pronto como uno descubre que uno de los dos siente, piensa, percibe, desea, teme de modo distinto al otro ante las mismas palabras. (El miedo al «malentendido eterno»: ese es aquel genio benévolo que tan a menudo aparta a personas de sexo diferente de uniones precipitadas a las que aconsejan los sentidos y el corazón —y no algún «genio de la especie» schopenhaueriano—). Qué grupos de sensaciones dentro de un alma despiertan más rápidamente, toman la palabra, dan la orden, eso decide sobre toda la jerarquía de sus valores, eso determina en definitiva su tabla de bienes. Las valoraciones de un hombre delatan algo de la estructura de su alma y dónde ve sus condiciones de vida, su auténtica necesidad. Supuesto ahora que la necesidad ha acercado desde siempre sólo a aquellas personas que podían indicar con signos similares necesidades similares, vivencias similares, resulta en conjunto que la fácil comunicabilidad de la necesidad, es decir en última instancia el experimentar sólo vivencias medias y vulgares, ha tenido que ser la más poderosa de todas las fuerzas que han dispuesto hasta ahora sobre el hombre. Los hombres más semejantes, los más ordinarios fueron y son siempre los que llevan ventaja; los más selectos, los más finos, los más extraños, los más difíciles de entender quedan fácilmente solos, sucumben en su aislamiento a los accidentes y rara vez se reproducen. Hay que invocar fuerzas contrarias enormes para cruzar este natural, demasiado natural progressus in simile, la evolución del hombre hacia lo similar, lo ordinario, lo medio, lo gregario —¡hacia lo vulgar!

Aforismo269

Cuanto más se dedica un psicólogo —un psicólogo nato, un inevitable psicólogo y adivinador de almas— a los casos y personas más selectos, tanto mayor se hace su peligro de ahogarse en la compasión: necesita dureza y jovialidad más que otro hombre. La corrupción, la ruina de las personas superiores, de las almas de naturaleza más extraña es en efecto la regla: es terrible tener siempre delante de los ojos semejante regla. El múltiple martirio del psicólogo que ha descubierto esta ruina, que ha descubierto esta entera «incurabilidad» interior del hombre superior, este eterno «demasiado tarde» en todos los sentidos, una vez primero y luego casi siempre de nuevo a través de toda la historia, puede quizá convertirse un día en la causa de que se vuelva con amargura contra su propio destino e intente autodestruirse, de que él mismo «se corrompa». Se percibirá casi en todo psicólogo una inclinación y gusto delatores por el trato con personas cotidianas y bien ordenadas: con ello delata que siempre necesita curación, que necesita una especie de huida y olvido, lejos de aquello que sus visiones y penetraciones, lo que su «oficio» ha cargado sobre su conciencia. Le es propio el miedo a su memoria. Fácilmente enmudece ante el juicio de otros: escucha con un rostro impasible cómo allí se venera, se admira, se ama, se transfigura donde él ha visto —o esconde aún su silencio asintiendo expresamente a alguna opinión superficial. Quizá la paradoja de su situación llega tan lejos hacia lo espantoso que la masa, los formados, los entusiastas aprenden precisamente allí donde él ha aprendido la gran compasión junto al gran desprecio, por su parte la gran veneración —la veneración por «grandes hombres» y animales prodigiosos, a causa de los cuales uno bendice y honra la patria, la tierra, la dignidad de la humanidad, a sí mismo, hacia los cuales uno señala e impulsa a la juventud... ¿Y quién sabe si no ocurrió hasta ahora en todos los grandes casos precisamente lo mismo: que la masa adoraba a un dios —y que el «dios» era sólo un pobre animal sacrificial? El éxito fue siempre el mayor mentiroso, y la «obra» misma es un éxito; el gran estadista, el conquistador, el descubridor está disfrazado en sus creaciones hasta lo irreconocible; la «obra», la del artista, la del filósofo, inventa primero a aquel que la ha creado, que debe haberla creado; los «grandes hombres», tal como se les venera, son pequeñas malas ficciones posteriores; en el mundo de los valores históricos impera la falsificación. Estos grandes poetas por ejemplo, estos Byron, Musset, Poe, Leopardi, Kleist, Gógol —tal como son ahora de una vez, tal como quizá tienen que ser: hombres del momento, entusiastas, sensuales, infantiles, precipitados y repentinos en la desconfianza y en la confianza; con almas en las que habitualmente debe ocultarse alguna fractura; a menudo tomando venganza con sus obras de una profanación interior, a menudo buscando con sus arrebatos el olvido de una memoria demasiado fiel, a menudo extraviados en el fango y casi enamorados de él, hasta que se vuelven semejantes a los fuegos fatuos alrededor de los pantanos y se fingen estrellas —el pueblo los llama entonces idealistas—, a menudo luchando con un largo hastío, con un espectro recurrente de incredulidad que enfría y les obliga a languidecer por la gloria y a tragar «la fe en sí mismos» de las manos de aduladores ebrios—: ¡qué martirio son estos grandes artistas y en general las personas superiores para aquel que los ha adivinado una vez! Es tan comprensible que reciban tan fácilmente precisamente de la mujer —que es clarividente en el mundo del sufrimiento y desgraciadamente también ávida de ayudar y salvar mucho más allá de sus fuerzas— aquellos estallidos de compasión ilimitada y entregadísima que la masa, sobre todo la masa veneradora, no entiende y colma de interpretaciones curiosas y satisfechas de sí mismas. Esta compasión se engaña regularmente sobre su fuerza; la mujer quiere creer que el amor todo lo puede —es su propia fe. ¡Ay, el conocedor del corazón adivina cuán pobre, estúpido, impotente, presuntuoso, errado, más fácilmente destructor que salvador es también el amor mejor y más profundo! —Es posible que bajo la santa fábula y disfraz de la vida de Jesús se oculte uno de los casos más dolorosos del martirio del saber acerca del amor: el martirio del corazón más inocente y ávido, que nunca tuvo bastante con ningún amor humano, que exigía amor, ser amado y nada más, con dureza, con locura, con estallidos terribles contra aquellos que le negaban el amor; la historia de un pobre insaciado e insaciable en el amor, que tuvo que inventar el infierno para enviar allí a aquellos que no querían amarle —y que finalmente, llegado a saber sobre el amor humano, tuvo que inventar un dios que es todo amor, todo poder de amar, que se apiada del amor humano porque es tan miserable, tan ignorante. Quien siente así, quien sabe de ese modo sobre el amor —busca la muerte. —Pero ¿por qué detenerse en cosas tan dolorosas? Supuesto que no haya que hacerlo.

Aforismo270

El orgullo espiritual y el asco de todo hombre que ha sufrido profundamente —casi se determina la jerarquía según lo profundamente que los hombres pueden sufrir—, su estremecedora certeza de la que está completamente empapado y teñido, de saber más gracias a su sufrimiento de lo que pueden saber los más listos y sabios, de haber estado familiarizado y alguna vez «como en casa» en muchos mundos remotos y terribles «de los que vosotros no sabéis nada»... este orgullo espiritual silencioso del que sufre, este orgullo del elegido del conocimiento, del «iniciado», del casi sacrificado, necesita toda clase de disfraces para protegerse del contacto con manos entrometidas y compasivas y en general de todo lo que no es su igual en el dolor. El sufrimiento profundo hace noble; separa. Una de las formas de disfraz más refinadas es el epicureísmo y cierta valentía del gusto exhibida ostensiblemente, que toma el sufrimiento a la ligera y se defiende contra todo lo triste y profundo. Hay «personas alegres» que se sirven de la alegría porque gracias a ella se las malinterpreta: quieren ser malinterpretadas. Hay «personas científicas» que se sirven de la ciencia porque esta da una apariencia alegre y porque la cientificidad hace suponer que la persona es superficial: quieren inducir a una conclusión falsa. Hay espíritus libres y atrevidos que quisieran ocultar y negar que son corazones rotos, orgullosos e incurables; y a veces la necedad misma es la máscara de un saber desdichado demasiado cierto. De lo cual se deduce que pertenece a la humanidad más refinada tener respeto «ante la máscara» y no practicar la psicología y la curiosidad en el lugar equivocado.

Aforismo271

Lo que más profundamente separa a dos personas es un sentido y grado diferente de la limpieza. De nada sirven toda la valentía y utilidad mutua, de nada sirve toda la buena voluntad recíproca: al final queda esto: «¡no se pueden oler!» El más alto instinto de limpieza pone a quien lo padece en el más extraño y peligroso aislamiento, como un santo: pues precisamente eso es la santidad, la más alta espiritualización del instinto mencionado. Una cierta complicidad con una indescriptible plenitud en la felicidad del baño, un cierto ardor y sed que impulsa constantemente al alma desde la noche hacia la mañana y desde lo turbio, la «tribulación», hacia lo claro, brillante, profundo, refinado: tanto como tal inclinación distingue —es una inclinación noble—, también separa. La compasión del santo es la compasión con la suciedad de lo humano, demasiado humano. Y hay grados y alturas en que la compasión misma es sentida por él como contaminación, como suciedad...

Aforismo272

Signo de nobleza: nunca pensar en rebajar nuestros deberes a deberes para todo el mundo; no querer ceder la propia responsabilidad, no querer compartirla; contar los propios privilegios y su ejercicio entre los propios deberes.

Aforismo273

Un hombre que aspira a lo grande considera a todos los que encuentra en su camino o bien como medios o bien como retraso y obstáculo, o como lecho de descanso temporal. Su bondad peculiar de carácter elevado hacia los semejantes solo es posible cuando está en su cúspide y gobierna. La impaciencia y su conciencia de estar condenado hasta entonces siempre a la comedia —pues incluso la guerra es una comedia y oculta, como todo medio oculta el fin—, le estropea todo trato: esta clase de hombre conoce la soledad y lo que tiene de más venenoso.

Aforismo274

El problema de los que esperan. Hacen falta golpes de suerte y mucho de lo incalculable para que un hombre superior, en quien duerme la solución de un problema, llegue todavía a tiempo de actuar, «de estallar», como podría decirse. Por término medio no sucede, y en todos los rincones de la tierra hay quienes esperan y apenas saben en qué medida esperan, y menos aún que esperan en vano. A veces también llega la llamada de despertar demasiado tarde, esa casualidad que da el «permiso» para actuar, cuando ya se ha consumido la mejor juventud y fuerza para actuar en permanecer sentado; y cuántos descubrieron, justo cuando «saltaron», con horror que sus miembros se habían dormido y su espíritu ya era demasiado pesado. «Es demasiado tarde», se dijeron, habiendo perdido la fe en sí mismos y desde entonces inútiles para siempre. ¿No debería ser, en el reino del genio, el «Rafael sin manos», entendida la expresión en el sentido más amplio, quizá no la excepción sino la regla? Quizá el genio no sea tan raro: pero sí las quinientas manos que necesita para tiranizar el kairós, «el momento oportuno», para agarrar la ocasión por los pelos.

Aforismo275

Quien no quiere ver lo elevado de un hombre mira tanto más agudamente a lo que hay de bajo y superficial en él, y con ello se delata a sí mismo.

Aforismo276

En todo tipo de daño y pérdida el alma inferior y más tosca está en mejor situación que la noble: los peligros de esta última tienen que ser mayores, su probabilidad de fracasar y perecer es incluso enorme, dada la multiplicidad de sus condiciones de vida. A una lagartija le vuelve a crecer un dedo que haya perdido: al hombre no.

Aforismo277

¡Bastante malo! ¡Otra vez la vieja historia! Cuando uno ha terminado de construir su casa, se da cuenta de haber aprendido inadvertidamente algo que debería haber sabido sin falta antes de empezar a construir. El eterno y molesto «¡Demasiado tarde!» ¡La melancolía de todo lo terminado!...

Aforismo278

Caminante, ¿quién eres? Te veo seguir tu camino sin burla, sin amor, con ojos inescrutablemente, húmedo y triste como una plomada que ha vuelto insatisfecha a la luz desde cualquier profundidad —¿qué buscaba allá abajo?—, con un pecho que no suspira, con un labio que oculta su asco, con una mano que solo agarra ya lentamente: ¿quién eres? ¿qué has hecho? Descansa aquí: este lugar es hospitalario para todos, ¡recupérate! Y quienquiera que seas: ¿qué te gusta ahora? ¿Qué te sirve para recuperarte? Solo nómbralo: lo que tengo te lo ofrezco. «¿Recuperarme? ¿Recuperarme? ¡Oh, curioso, qué dices! Pero dame, te ruego...» ¿Qué? ¿Qué? ¡Dilo! «¡Una máscara más! ¡Una segunda máscara!»...

Aforismo279

Las personas de profunda tristeza se delatan cuando son felices: tienen una manera de agarrar la felicidad como si quisieran aplastarla y asfixiarla, por celos: ¡ah, saben muy bien que se les escapa!

Aforismo280

«¡Malo! ¡Malo! ¿Cómo? ¿No retrocede?» Sí. Pero lo entendéis mal si os quejáis por ello. Retrocede como todo el que va a dar un gran salto.

Aforismo281

«¿Me lo creerán? Pero exijo que me lo crean: siempre he pensado mal de mí, sobre mí, solo en casos muy raros, solo forzado, siempre sin gusto "por el asunto", dispuesto a desviarme de "Mí", siempre sin fe en el resultado, gracias a una invencible desconfianza hacia la posibilidad del autoconocimiento que me ha llevado tan lejos que incluso en el concepto "conocimiento inmediato", que se permiten los teóricos, siento una contradictio in adjecto: todo este hecho es casi lo más seguro que sé sobre mí. Debe de haber en mí una especie de aversión a creer algo determinado sobre mí. ¿Habrá quizá en esto un enigma? Probablemente; pero afortunadamente ninguno para mis propios dientes. ¿Acaso revela la especie a la que pertenezco? Pero no a mí: como me resulta bastante deseable.»

Aforismo282

«Pero ¿qué te ha pasado?» «No lo sé, dijo vacilante; quizá las arpías me han volado sobre la mesa.» Hoy sucede a veces que una persona suave, moderada y contenida se enfurece repentinamente, rompe los platos, vuelca la mesa, grita, ruge, ofende a todo el mundo, y finalmente se aparta, avergonzada, furiosa consigo misma: ¿adónde? ¿para qué? ¿Para morirse de hambre apartada? ¿Para ahogarse en su recuerdo? Quien tiene los deseos de un alma elevada y exigente y solo rara vez encuentra su mesa puesta, su alimento preparado, su peligro será grande en todas las épocas: pero hoy es extraordinario. Arrojado a una época ruidosa y plebeya con la que no quiere comer del mismo plato, puede fácilmente perecer de hambre y sed, o, si finalmente «echa mano», de asco repentino. Probablemente todos hemos estado ya sentados en mesas a las que no pertenecíamos; y precisamente los más espirituales de nosotros, los más difíciles de alimentar, conocen esa peligrosa dispepsia que surge de una repentina comprensión y decepción sobre nuestra comida y compañeros de mesa: el asco del postre.

Aforismo283

Es un autodominio fino y a la vez noble, suponiendo que se quiera en absoluto elogiar, elogiar solo allí donde no se está de acuerdo: de lo contrario uno se elogiaría a sí mismo, lo que va contra el buen gusto; desde luego, un autodominio que ofrece una atractiva ocasión y estímulo para ser constantemente malinterpretado. Para poder permitirse este verdadero lujo de gusto y moralidad, uno no debe vivir entre zoquetes del espíritu, sino más bien entre personas en quienes los malentendidos y errores todavía diviertan por su finura; de lo contrario, habrá que pagarlo caro. «Me elogia: luego me da la razón»; esta asnada de conclusión nos echa a perder media vida a nosotros los ermitaños, pues trae los asnos a nuestra vecindad y amistad.

Aforismo284

Vivir con una enorme y orgullosa serenidad; siempre más allá. Tener y no tener los propios afectos, el propio a favor y en contra, de manera arbitraria, condescender a ellos durante horas; montarse en ellos como en caballos, a menudo como en asnos: hay que saber aprovechar su estupidez tanto como su fuego. Conservar los trescientos primer planos propios; también las gafas oscuras: pues hay casos en que nadie debe mirarnos a los ojos, y menos aún a nuestras «razones». Y elegir como compañía aquel vicio pícaro y alegre, la cortesía. Y seguir siendo señor de las cuatro virtudes propias: del valor, de la perspicacia, de la compasión, de la soledad. Pues la soledad es en nosotros una virtud, como una sublime inclinación e impulso de limpieza que adivina cómo en el contacto de persona a persona —«en sociedad»— debe transcurrir todo de manera inevitable-sucia. Toda comunidad hace, de algún modo, en algún lugar, en algún momento, «común».

Aforismo285

Los mayores acontecimientos y pensamientos —pero los mayores pensamientos son los mayores acontecimientos— se comprenden tardísimamente: las generaciones que son contemporáneas de ellos no viven tales acontecimientos, viven de largo. Ocurre algo allí como en el reino de los astros. La luz de las estrellas más lejanas llega tardísimamente a los hombres; y antes de que haya llegado, el hombre niega que allí haya estrellas. «¿Cuántos siglos necesita un espíritu para ser comprendido?»: eso es también una medida, con ello se crea también una jerarquía y una etiqueta, como la que hace falta: para espíritu y estrella.

Aforismo286

«Aquí la vista es libre, el espíritu elevado». Pero hay una clase inversa de hombres que también está en la cima y también tiene la vista libre, pero mira hacia abajo.

Aforismo287

¿Qué es noble? ¿Qué significa aún hoy para nosotros la palabra «noble»? ¿En qué se delata, en qué se reconoce, bajo este pesado cielo velado del comienzo del dominio de la plebe, por el cual todo se vuelve opaco y plomizo, al hombre noble? No son las acciones las que lo prueban —las acciones son siempre equívocas, siempre insondables—; tampoco son las «obras». Hoy se encuentra entre artistas y eruditos bastantes de aquellos que delatan mediante sus obras cómo les impulsa un profundo deseo hacia lo noble: pero justo esta necesidad de lo noble es radicalmente distinta de las necesidades del alma noble misma, y es precisamente el signo elocuente y peligroso de su carencia. No son las obras, es la fe la que aquí decide, la que aquí establece la jerarquía, para retomar una antigua fórmula religiosa en un sentido nuevo y más profundo: una cierta certeza fundamental que un alma noble tiene sobre sí misma, algo que no se deja buscar, no se deja encontrar y quizá tampoco perder. El alma noble tiene veneración por sí misma.

Aforismo288

Hay personas que tienen espíritu de manera inevitable, pueden retorcerse y darse la vuelta como quieran y ponerse las manos delante de los ojos delatores (¡como si la mano no fuera delatora!): al final siempre se descubre que tienen algo que ocultan, a saber, espíritu. Uno de los medios más finos para engañar al menos el mayor tiempo posible y hacerse el tonto con éxito más de lo que uno es —lo que en la vida común es a menudo tan deseable como un paraguas— se llama entusiasmo: más lo que pertenece a ello, por ejemplo la virtud. Pues, como dice Galiani, que debía saberlo: vertu est enthousiasme.

Aforismo289

En los escritos de un ermitaño se oye siempre también algo del eco de la desolación, algo del tono susurrante y la mirada temerosa y vigilante de la soledad; de sus palabras más fuertes, de su mismo grito resuena aún un tipo nuevo y más peligroso de silencio, de silenciamiento. Quien año tras año y días y noches ha permanecido sentado a solas con su alma en controversia y diálogo íntimos, quien en su cueva —que puede ser un laberinto, pero también una mina de oro— se convirtió en oso de caverna o buscador de tesoros o guardián de tesoros y dragón: sus conceptos mismos adquieren al final un peculiar color crepuscular, un olor tanto de las profundidades como del moho, algo incomunicable y reticente que sopla frío sobre todo el que pasa. El ermitaño no cree que jamás un filósofo —suponiendo que un filósofo haya sido siempre primero un ermitaño— haya expresado sus opiniones verdaderas y últimas en libros: ¿no se escriben precisamente libros para ocultar lo que uno guarda en sí? Es más, dudará de que un filósofo pueda tener siquiera opiniones «últimas y verdaderas», de que tras cada cueva no haya aún una cueva más profunda, deba haberla: un mundo más amplio, más extraño, más rico sobre una superficie, un abismo tras cada fondo, bajo cada «fundamentación». Toda filosofía es una filosofía de primer plano; ese es un juicio de ermitaño: «hay algo arbitrario en que se detuviera aquí, mirara atrás, mirara alrededor, en que ya no cavara más profundo y dejara la pala; hay también algo desconfiado en ello». Toda filosofía oculta también una filosofía; toda opinión es también un escondite, toda palabra también una máscara.

Aforismo290

Todo pensador profundo teme más ser comprendido que ser malinterpretado. De esto último sufre quizá su vanidad; de lo primero en cambio su corazón, su compasión, que siempre dice: «ay, ¿por qué queréis vosotros también tenerlo tan difícil como yo?».

Aforismo291

El hombre, un animal múltiple, mendaz, artificial y opaco, inquietante para los demás animales menos por fuerza que por astucia e inteligencia, ha inventado la buena conciencia para gozar de su alma por una vez como simple; y toda la moral es una audaz y larga falsificación en virtud de la cual en general se hace posible un goce ante la contemplación del alma. Desde este punto de vista quizá pertenece mucho más al concepto de «arte» de lo que comúnmente se cree.

Aforismo292

Un filósofo: eso es un hombre que constantemente experimenta, ve, oye, sospecha, espera, sueña cosas extraordinarias; que es alcanzado por sus propios pensamientos como desde fuera, como desde arriba y abajo, como por su tipo de acontecimientos y rayos; que quizá es él mismo una tormenta preñada de nuevos rayos; un hombre fatal en torno al cual siempre retumba y gruñe y se abre y transcurre algo inquietante. Un filósofo: ay, un ser que a menudo huye de sí, a menudo tiene miedo de sí, pero es demasiado curioso para no volver siempre otra vez «a sí»...

Aforismo293

Un hombre que dice: «esto me gusta, lo hago mío y quiero protegerlo y defenderlo contra cualquiera»; un hombre que puede conducir una causa, llevar a cabo una decisión, mantener fidelidad a un pensamiento, retener a una mujer, castigar y derribar a un temerario; un hombre que tiene su cólera y su espada, y al que los débiles, los que sufren, los oprimidos, también los animales caen gustosamente y le pertenecen por naturaleza; en suma, un hombre que por naturaleza es señor: cuando un hombre tal tiene compasión, ¡pues bien! ¡esta compasión tiene valor! Pero ¿qué importa la compasión de aquellos que sufren? ¿O de aquellos que incluso predican la compasión? Hay hoy casi por todas partes en Europa una sensibilidad y susceptibilidad enfermiza para el dolor, igualmente una repugnante intemperancia en la queja, un amaneramiento que quiere engalanarse con religión y baratijas filosóficas como algo superior; hay un verdadero culto del sufrimiento. La falta de virilidad de lo que en tales círculos de entusiastas se bautiza como «compasión» salta a la vista, a mi parecer, siempre en primer lugar. Hay que proscribir enérgica y radicalmente esta última variedad del mal gusto; y deseo finalmente que se cuelgue al corazón y al cuello el buen amuleto «gai saber» contra ello: «ciencia alegre», para aclarárselo a los alemanes.

Aforismo294

El vicio olímpico. A pesar de aquel filósofo que como auténtico inglés intentó dar mala fama a la risa entre todas las cabezas pensantes —«la risa es un terrible defecto de la naturaleza humana que toda cabeza pensante se esforzará en superar» (Hobbes)—, yo me permitiría incluso una jerarquía de los filósofos según el rango de su risa, hasta llegar a aquellos que son capaces de la risa dorada. Y suponiendo que también los dioses filosofen, a lo que me ha empujado ya más de una conclusión, no dudo que al hacerlo saben también reír de una manera sobrehumana y nueva, ¡y a costa de todas las cosas serias! Los dioses son burlones: parece que no pueden contener la risa ni siquiera en las acciones sagradas.

Aforismo295

El genio del corazón, tal como lo posee aquel gran oculto, el dios tentador y flautista nato de las conciencias, cuya voz sabe descender hasta el submundo de cada alma, que no dice una palabra, que no lanza una mirada en la que no haya una consideración y un pliegue de seducción, a cuya maestría pertenece el hecho de que sabe aparentar —y no lo que es, sino lo que para quienes lo siguen es una coacción más para apretujarse cada vez más cerca de él, para seguirlo cada vez más íntima y profundamente—: el genio del corazón, que hace enmudecer todo lo ruidoso y autocomplaciente y enseña a escuchar, que alisa las almas ásperas y les da un nuevo deseo a saborear —yacer quietas como un espejo, para que el cielo profundo se refleje en ellas—; el genio del corazón, que enseña a la mano torpe y apresurada a vacilar y a agarrar con más delicadeza; que adivina el tesoro oculto y olvidado, la gota de bondad y dulce espiritualidad bajo el turbio y espeso hielo, y es una vara de zahorí para cada grano de oro que durante largo tiempo yació enterrado en la cárcel de mucho lodo y arena; el genio del corazón, de cuyo contacto cada uno se aleja más rico, no agraciado y sorprendido, no feliz y oprimido como por un bien ajeno, sino más rico en sí mismo, más nuevo que antes, abierto, acariciado y auscultado por un viento primaveral, quizá más inseguro, más tierno, más frágil, más quebrado, pero lleno de esperanzas que aún no tienen nombre, lleno de nueva voluntad y de fluir, lleno de nueva resistencia y de refluir... pero ¿qué estoy haciendo, amigos míos? ¿De quién os estoy hablando? ¿Me olvidé tanto de mí mismo que ni siquiera os mencioné su nombre? A no ser que ya hayáis adivinado por vosotros mismos quién es este espíritu y dios cuestionable que quiere ser alabado de tal manera. Como le sucede a todo aquel que desde la infancia siempre ha estado de camino y en tierras extrañas, también a mí se me han cruzado muchos espíritus extraños y no exentos de peligro, pero sobre todo aquel del que acabo de hablar, y este una y otra vez, nada menos que el dios Dioniso, aquel gran dios ambiguo y tentador al que en otro tiempo, como sabéis, ofrecí mis primicias en todo secreto y reverencia —como el último, según me parece, que le ofreció un sacrificio: pues no encontré a nadie que hubiera entendido lo que entonces hacía—. Entretanto aprendí muchas cosas, demasiadas sobre la filosofía de este dios, y, como he dicho, de boca en boca —yo, el último discípulo e iniciado del dios Dioniso: y bien podría empezar por fin a daros a probar un poco de esta filosofía a vosotros, mis amigos, en la medida en que me está permitido—. A media voz, como es natural: pues se trata de muchas cosas secretas, nuevas, extrañas, maravillosas, inquietantes. Ya el hecho de que Dioniso sea un filósofo, y de que por tanto también los dioses filosofen, me parece una novedad que no es inocua y que tal vez pudiera despertar desconfianza precisamente entre los filósofos —entre vosotros, amigos míos, tiene ya menos en contra, a menos que llegue demasiado tarde y no en el momento adecuado: pues hoy creéis de mala gana, según me han revelado, en Dios y en los dioses—. Tal vez también deba ir más lejos en la franqueza de mi relato de lo que siempre resulta grato a las estrictas costumbres de vuestros oídos. Ciertamente el dios mencionado fue más lejos en tales conversaciones, mucho más lejos, y siempre me llevaba muchos pasos de ventaja... Sí, si me estuviera permitido atribuirle según la costumbre humana hermosos y solemnes nombres de pompa y virtud, tendría que hacer mucho elogio de su valor investigador y descubridor, de su arriesgada honradez, veracidad y amor a la sabiduría. Pero con toda esta venerable hojarasca y pompa un dios así no sabe qué hacer. «Guárdate eso, diría, para ti y los de tu especie y quien más lo necesite. Yo no tengo razón alguna para cubrir mi desnudez». Se adivina: a esta clase de divinidad y filósofos tal vez les falte pudor. Así dijo una vez: «En ciertas circunstancias amo al ser humano» —y con ello aludía a Ariadna, que estaba presente—: «el ser humano es para mí un animal agradable, valiente, ingenioso, que no tiene igual sobre la tierra, se orienta aún en todos los laberintos. Le tengo afecto: a menudo reflexiono sobre cómo hacerlo avanzar aún más y volverlo más fuerte, más malvado y más profundo de lo que es». «¿Más fuerte, más malvado y más profundo?», pregunté espantado. «Sí, dijo una vez más, más fuerte, más malvado y más profundo; también más hermoso» —y con esto el dios tentador sonrió con su sonrisa alcionia, como si acabara de decir una galantería encantadora—. Se ve aquí al mismo tiempo: a esta divinidad no solo le falta pudor —; y en general hay buenas razones para conjeturar que en algunos aspectos los dioses en su totalidad podrían ir a nuestra escuela, la de los seres humanos—. Nosotros los seres humanos somos más humanos...

Aforismo296

¡Ay, qué sois vosotros, mis pensamientos escritos y pintados! No hace mucho aún erais tan coloridos, jóvenes y maliciosos, llenos de púas y especias secretas, que me hacíais estornudar y reír —¿y ahora? Ya os habéis despojado de vuestra novedad, y algunos de vosotros están, me temo, listos para convertirse en verdades: ¡tan inmortales parecéis ya, tan descorazonadoramente honrados, tan aburridos! ¿Y fue alguna vez diferente? ¿Qué cosas copiamos y pintamos nosotros, mandarines con pincel chino, nosotros eternizadores de las cosas que se dejan escribir, qué podemos reproducir? ¡Ay, siempre solo aquello que precisamente está a punto de marchitarse y empieza a oler mal! ¡Ay, siempre solo tormentas que se alejan y se agotan y sentimientos amarillos y tardíos! ¡Ay, siempre solo pájaros que volaron hasta cansarse y extraviarse y que ahora se dejan atrapar con la mano, con nuestra mano! Eternizamos lo que ya no puede vivir y volar mucho tiempo, ¡solo cosas cansadas y quebradizas! Y solo es vuestra tarde, mis pensamientos escritos y pintados, para la que tengo colores, muchos colores quizá, muchas ternuras abigarradas y cincuenta amarillos y marrones y verdes y rojos: —pero nadie adivina por ello cómo lucíais en vuestra mañana, chispas y prodigios súbitos de mi soledad, vosotros mis viejos amados— —malvados pensamientos!

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