Parte 6Nosotros los eruditos
Sexta parte:
Nosotros los doctos.
Aforismo204
Aun a riesgo de que el moralizar se revele también aquí como lo que siempre ha sido —es decir, como un intrépido montrer ses plaies, según Balzac—, quisiera atreverme a combatir un indebido y perjudicial desplazamiento de rangos que hoy amenaza establecerse entre la ciencia y la filosofía de forma completamente imperceptible y como con la mejor conciencia. Opino que se debe tener, a partir de la propia experiencia —y experiencia significa, me parece, siempre mala experiencia—, un derecho a participar en el debate sobre una cuestión tan elevada como la del rango, para no hablar de ello como los ciegos sobre los colores o como las mujeres y los artistas contra la ciencia («¡ah, esa terrible ciencia! —suspiran su instinto y su pudor—, ¡siempre llega al fondo de todo!»). La declaración de independencia del hombre científico, su emancipación de la filosofía, es una de las consecuencias más sutiles de la esencia y la anti-esencia democráticas: la autoglorificación y la presunción del docto se hallan hoy en plena floración por todas partes y en su mejor primavera; con lo cual no queda dicho que en este caso el elogio propio huela bien. «¡Libres de todos los señores!» —así lo quiere también aquí el instinto del populacho—; y después de que la ciencia, con el más feliz de los éxitos, se librara de la teología, cuya «sirvienta» fue durante demasiado tiempo, ahora, en plena arrogancia e incomprensión, pretende imponer leyes a la filosofía y, por su parte, hacer de «señor» —¿qué digo?, de filósofo—. Mi memoria —la memoria de un hombre científico, ¡con perdón!— rebosa de ingenuidades soberbias que he escuchado por parte de jóvenes naturalistas y viejos médicos sobre la filosofía y los filósofos (por no hablar de los más cultivados y engreídos de todos los doctos, los filólogos y pedagogos, que son ambas cosas por profesión). Unas veces era el especialista y el rincón-estante quien, instintivamente, se defendía en general contra todas las tareas y capacidades sintéticas; otras, el trabajador diligente que había percibido un aroma de otium y de lujosa distinción en la economía anímica del filósofo y se sentía con ello perjudicado y menospreciado. Otras veces era aquella ceguera para los colores del hombre utilitario, que en la filosofía no ve más que una serie de sistemas refutados y un derroche que «no beneficia a nadie». Otras veces saltaba el temor ante la mística encubierta y la delimitación de fronteras del conocimiento; otras, el menosprecio de determinados filósofos, que involuntariamente se había generalizado convirtiéndose en menosprecio de la filosofía. Por último, con mayor frecuencia encontré entre los jóvenes doctos, detrás del altivo desdén por la filosofía, la perniciosa influencia de algún filósofo al que, ciertamente, se le había retirado la obediencia en conjunto, pero sin lograr salir del influjo de sus despectivas valoraciones de otros filósofos: con el resultado de un malestar general hacia toda filosofía. (Así me parece ser, por ejemplo, la influencia de Schopenhauer sobre la Alemania más reciente: con su rabia poco inteligente contra Hegel consiguió arrancar a toda la última generación de alemanes del contexto de la cultura alemana, cultura que, bien considerado todo, había sido una cumbre y una delicada finura adivinatoria del sentido histórico; pero el propio Schopenhauer era precisamente en este punto pobre hasta la genialidad, insensible, poco alemán.) En general, hablando en términos amplios, puede que haya sido sobre todo lo humano, demasiado humano, en pocas palabras, la mezquindad de los propios filósofos modernos, lo que ha causado el daño más profundo a la reverencia hacia la filosofía y ha abierto las puertas al instinto del populacho. Reconozcámoslo de una vez: hasta qué punto le falta a nuestro mundo moderno el tipo entero de los Heráclitos, Platones, Empédocles, y como se hayan llamado todos esos regios y magníficos eremitas del espíritu; y con cuánta razón, ante tales representantes de la filosofía que hoy están tanto en la cima como en el fondo gracias a la moda —en Alemania, por ejemplo, los dos leones de Berlín, el anarquista Eugen Dühring y el amalgamista Eduard von Hartmann—, un hombre honesto de la ciencia puede sentirse de mejor linaje y procedencia. Es en particular la visión de esos filósofos mezcolanza que se llaman a sí mismos «filósofos de la realidad» o «positivistas», lo que está en condiciones de arrojar una peligrosa desconfianza en el alma de un joven y ambicioso docto: en el mejor de los casos son ellos mismos doctos y especialistas, ¡se palpa con las manos!; son todos vencidos y reconducidos bajo el dominio de la ciencia, que en algún momento quisieron más de sí mismos sin tener derecho a ese «más» ni a su responsabilidad, y que ahora, rencorosos, enfurecidos, vengativos, representan con palabra y hecho la incredulidad en la tarea señorial y en la señoría de la filosofía. Por último: ¿cómo podría ser de otro modo? La ciencia florece hoy y tiene la buena conciencia ampliamente escrita en el rostro, mientras que aquello en lo que se ha convertido gradualmente toda la filosofía moderna, este resto de filosofía de hoy, despierta desconfianza y mal humor, cuando no burla y compasión. Filosofía reducida a «teoría del conocimiento», de hecho no más que una tímida crítica de época y una doctrina de la abstención: una filosofía que ni siquiera cruza el umbral y se niega penosamente a sí misma el derecho a entrar, eso es filosofía en las últimas boqueadas, un final, una agonía, algo que da compasión. ¿Cómo podría una filosofía semejante dominar?
Aforismo205
Los peligros para el desarrollo del filósofo son hoy en verdad tan múltiples que cabe dudar de si este fruto puede todavía madurar. El alcance y la construcción en torre de las ciencias han crecido de manera descomunal, y con ello también la probabilidad de que el filósofo ya como aprendiz se canse o se deje retener y «especializar» en alguna parte, de modo que ya no alcance su altura, es decir, la visión panorámica, la visión de conjunto, la visión desde arriba. O llega demasiado tarde a lo alto, cuando su mejor tiempo y su fuerza ya han pasado; o dañado, embrutecido, degenerado, de manera que su mirada, su juicio valorativo global, significan ya poco. Precisamente la delicadeza de su conciencia intelectual lo hace quizá vacilar por el camino y demorarse; teme la seducción del diletantismo, del ciempiés y del insecto de mil antenas; sabe demasiado bien que quien ha perdido el respeto ante sí mismo tampoco manda ni guía ya como conocedor: a menos que quiera convertirse en un gran actor, en un Cagliostro filosófico y flautista de ratas de los espíritus, en pocas palabras, en un seductor. Esto es, en última instancia, una cuestión de gusto: aunque no fuera una cuestión de conciencia. Se añade, para duplicar una vez más la dificultad del filósofo, que él exige de sí un juicio, un sí o no, no sobre las ciencias, sino sobre la vida y el valor de la vida; que aprende de mala gana a creer que tiene derecho o incluso el deber de emitir ese juicio, y debe buscarse su camino hacia ese derecho y esa creencia solo a partir de las experiencias más amplias —quizá las más perturbadoras, las más destructivas— y a menudo vacilando, dudando, enmudeciendo. De hecho, la masa ha confundido y desconocido durante mucho tiempo al filósofo, ya sea con el hombre científico y el docto ideal, ya sea con el fanático y ebrio de Dios «elevado por la religión», des-sensualizado, des-mundanizado; y si hoy se oye a alguien elogiar a otro porque vive «sabiamente» o «como un filósofo», eso significa casi nada más que «prudentemente y apartado». Sabiduría: eso le parece al populacho una especie de huida, un medio y artificio para salir bien de un mal juego; pero el verdadero filósofo —así nos parece, amigos míos— vive «sin filosofía» y «sin sabiduría», sobre todo sin prudencia, y siente la carga y el deber de cien intentos y tentaciones de la vida: se arriesga constantemente, juega el mal juego...
Aforismo206
En relación con un genio, es decir, con un ser que engendra o da a luz, tomadas ambas palabras en su sentido más amplio, el docto, el hombre científico medio, tiene siempre algo de la solterona: pues al igual que esta, no entiende de las dos actividades más valiosas del ser humano. En efecto, se les concede a ambos, a los doctos y a las solteronas, la respetabilidad como compensación, por así decirlo —se subraya en estos casos la respetabilidad—, y en la obligación de hacer esta concesión se siente el mismo regusto de fastidio. Miremos más de cerca: ¿qué es el hombre científico? En primer lugar, un tipo de hombre poco distinguido, con las virtudes de un tipo de hombre poco distinguido, es decir, no dominante, no autoritario y tampoco autosuficiente: tiene laboriosidad, paciente integración en filas, regularidad y medida en el poder y en la necesidad, tiene el instinto de buscar a sus iguales y lo que sus iguales necesitan, por ejemplo, ese trozo de independencia y pradera verde sin el cual no hay reposo en el trabajo, esa pretensión de honor y reconocimiento (que presupone ante todo y sobre todo re-conocimiento, reconocibilidad), ese resplandor del buen nombre, ese sello constante de su valor y utilidad con el que debe superarse una y otra vez la desconfianza interior, el fondo del corazón de todos los hombres dependientes y animales de rebaño. El docto tiene, como es natural, también las enfermedades y las malas costumbres de un tipo poco distinguido: es rico en pequeña envidia y tiene ojo de lince para lo bajo de aquellas naturalezas a cuyas alturas no puede llegar. Es confiado, pero solo como uno que se deja ir, mas no fluir; y precisamente ante el hombre de la gran corriente se muestra tanto más frío y cerrado; su ojo es entonces como un lago liso y reticente en el que ya no se riza ni el entusiasmo ni la compasión. Lo peor y más peligroso de lo que es capaz un docto le viene del instinto de mediocridad de su tipo: de ese jesuitismo de la mediocridad que trabaja instintivamente en la aniquilación del hombre extraordinario y busca romper todo arco tenso o —¡mejor aún!— destensarlo. Destensar, es decir, con consideración, con mano cuidadosa, naturalmente, destensar con compasión confiada: ese es el arte propio del jesuitismo, que siempre ha sabido presentarse como religión de la compasión.
Aforismo207
Por muy agradecidos que podamos mostrarnos ante el espíritu objetivo —¿y quién no ha estado alguna vez harto hasta la muerte de todo lo subjetivo y de su maldita «ipseidad»?—, al final debemos también aprender a ser cautelosos con nuestra gratitud y poner freno a la exageración con que recientemente se celebra la despersonalización y desindividualización del espíritu casi como un fin en sí mismo, como redención y transfiguración: tal como suele ocurrir sobre todo en la escuela de los pesimistas, que por su parte también tiene buenas razones para tributar los máximos honores al «conocimiento desinteresado». El hombre objetivo, que ya no maldice ni reniega como el pesimista, el erudito ideal en quien el instinto científico, tras miles de fracasos totales y parciales, llega por fin a florecer y desplegar todo su esplendor, es sin duda una de las herramientas más valiosas que existen: pero pertenece a la mano de alguien más poderoso. Es solo una herramienta, digamos: es un espejo, no un «fin en sí mismo». El hombre objetivo es, en efecto, un espejo: acostumbrado ante todo a someterse a cuanto quiere ser conocido, sin más placer que el que proporciona el conocer, el «reflejar», aguarda a que algo llegue y entonces se extiende delicadamente para que ni siquiera las huellas ligeras ni el paso furtivo de seres espectrales se pierdan sobre su superficie y su piel. Lo que aún queda de «persona» en él le parece casual, a menudo arbitrario, más a menudo aún perturbador: hasta tal punto se ha convertido en pasaje y reflejo de figuras y acontecimientos ajenos. Se recuerda a «sí mismo» con esfuerzo, no pocas veces de manera errónea; se confunde fácilmente, se equivoca respecto a sus propias necesidades y solo en esto es torpe y descuidado. Quizá le atormenta la salud o la mezquindad y el aire enrarecido de esposa y amigo, o la falta de compañeros y de compañía —y sí, se obliga a reflexionar sobre su tormento: en vano. Ya su pensamiento se aleja, hacia el caso más general, y mañana sabe tan poco como ayer sabía cómo remediarse. Ha perdido la seriedad para consigo mismo, también el tiempo: está sereno, no por falta de necesidad, sino por falta de dedos y asideros para su necesidad. La habitual condescendencia hacia cada cosa y cada vivencia, la hospitalidad soleada y despreocupada con que acepta todo lo que se le cruza, su forma de benevolencia desconsiderada, de peligrosa indiferencia ante el sí y el no: ¡ay, hay suficientes casos en que debe pagar por estas virtudes suyas! Y como ser humano en general se vuelve con demasiada facilidad el caput mortuum de estas virtudes. Si alguien quiere de él amor y odio, me refiero al amor y al odio tal como Dios, la mujer y el animal los entienden, hará lo que pueda y dará lo que pueda. Pero nadie debe sorprenderse si no es mucho, si precisamente ahí se muestra inauténtico, frágil, cuestionable y podrido. Su amor es forzado, su odio artificial y más bien un tour de force, una pequeña vanidad y exageración. Solo es auténtico en la medida en que puede ser objetivo: únicamente en su sereno totalismo sigue siendo «naturaleza» y «natural». Su alma especular y eternamente alisadora ya no sabe afirmar, ya no sabe negar; no ordena; tampoco destruye. «Je ne méprise presque rien» —dice con Leibniz: que no se pase por alto ni se subestime el presque. Tampoco es un ser humano ejemplar; no va delante de nadie, ni detrás; se sitúa demasiado lejos en general como para que tenga motivo para tomar partido entre el bien y el mal. Si durante tanto tiempo se lo ha confundido con el filósofo, con el criador cesariano y hombre violento de la cultura, se le han rendido honores excesivos y se ha pasado por alto lo más esencial de él: es una herramienta, un trozo de esclavo, aunque ciertamente la más sublime especie de esclavo, pero en sí nada —presque rien. El hombre objetivo es una herramienta, un valioso, fácilmente vulnerable y empañable instrumento de medición y obra de arte especular que hay que cuidar y honrar; pero no es una meta, ni una salida ni una elevación, ni un ser humano complementario en quien el resto de la existencia se justifica, ni una conclusión —y mucho menos un comienzo, una generación y primera causa, nada robusto, poderoso, autosuficiente que quiera ser señor: más bien solo un delicado recipiente de formas hueco, fino y móvil que primero debe esperar algún contenido para «configurarse» según él; por lo general un ser humano sin contenido ni sustancia, un hombre «desinteresado». Por consiguiente, tampoco nada para mujeres, dicho sea de paso.
Aforismo208
Cuando hoy un filósofo da a entender que no es un escéptico —espero que esto se haya desprendido de la descripción del espíritu objetivo recién expuesta—, todo el mundo lo escucha con disgusto; lo miran entonces con cierto recelo, quisieran preguntar tantas cosas, preguntar... Sí, entre los oyentes temerosos, de los que ahora hay en abundancia, se lo considera peligroso a partir de ese momento. Les parece como si, al rechazar él el escepticismo, oyeran desde lejos algún ruido amenazador y maligno, como si en alguna parte se estuviera probando un nuevo explosivo, una dinamita del espíritu, quizá un nihilín ruso recién descubierto, un pesimismo bonae voluntatis que no solo dice no, quiere no, sino que —pensamiento terrible— hace no. Contra esta clase de «buena voluntad» —una voluntad de negación real y efectiva de la vida— no hay hoy, admitámoslo, mejor somnífero y calmante que el escepticismo, la adormidera suave, dulce y arrulladora del escepticismo; y el propio Hamlet es recetado hoy por los médicos de nuestro tiempo contra el «espíritu» y su estruendo bajo el suelo. «¿Acaso no tienen todos ya los oídos llenos de ruidos malignos?», dice el escéptico, como amigo de la tranquilidad y casi como una especie de policía de seguridad: «¡ese no subterráneo es espantoso! ¡Silencio de una vez, topos pesimistas!». El escéptico, esa criatura tierna, se asusta con demasiada facilidad; su conciencia está adiestrada para estremecerse ante cada no, incluso ante un sí decidido y firme, y sentir algo como una mordedura. ¡Sí! y ¡no! Eso va contra su moral; en cambio, le gusta celebrar su virtud con la noble abstención, por ejemplo hablando con Montaigne: «¿qué sé yo?». O con Sócrates: «sé que no sé nada». O: «aquí no me fío de mí, aquí no se me abre ninguna puerta». O: «supongamos que estuviera abierta, ¿para qué entrar sin más?». O: «¿de qué sirven todas las hipótesis precipitadas? No formular hipótesis alguna bien podría pertenecer al buen gusto. ¿Acaso debéis enderezar inmediatamente todo lo torcido? ¿Tapar todo agujero con cualquier estopa? ¿Acaso no hay tiempo? ¿No tiene el tiempo tiempo? ¡Oh, diablillos, es que no podéis esperar en absoluto? También lo incierto tiene sus encantos, también la esfinge es una Circe, también Circe fue una filósofa». Así se consuela un escéptico; y es cierto que necesita algún consuelo. El escepticismo es, en efecto, la expresión más espiritual de cierta compleja constitución fisiológica que en lenguaje común se llama debilidad nerviosa y enfermedad; surge cada vez que razas o estamentos largo tiempo separados entre sí se cruzan de manera decisiva y repentina. En la nueva generación, que por así decir hereda en la sangre medidas y valores diferentes, todo es inquietud, perturbación, duda, experimento; las mejores fuerzas actúan como freno, las propias virtudes no se dejan crecer ni fortalecerse mutuamente, faltan en cuerpo y alma el equilibrio, el contrapeso, la seguridad perpendicular. Pero lo que en tales mestizos enferma y degenera más profundamente es la voluntad: ya no conocen en absoluto lo independiente en la decisión, el valiente sentimiento de placer en el querer; dudan de la «libertad de la voluntad» incluso en sus sueños. Nuestra Europa de hoy, escenario de un intento absurdamente repentino de mezcla radical de estamentos y, por consiguiente, de razas, es por eso escéptica en todas sus alturas y profundidades, ora con ese escepticismo móvil que impaciente y ávido salta de una rama a otra, ora turbia como una nube sobrecargada de signos de interrogación, ¡y a menudo harta hasta la muerte de su voluntad! Parálisis de la voluntad: ¿dónde no se encuentra hoy sentado este lisiado? ¡Y a menudo todavía tan ataviado! ¡Qué seductoramente engalanado! Hay los más hermosos ropajes de pompa y mentira para esta enfermedad; y que, por ejemplo, la mayor parte de lo que hoy se exhibe en los escaparates como «objetividad», «cientificidad», «l'art pour l'art», «conocimiento puro libre de voluntad» no es sino escepticismo ataviado y parálisis de la voluntad, por este diagnóstico de la enfermedad europea quiero responder. La enfermedad de la voluntad está distribuida de manera desigual sobre Europa: se muestra más grande y múltiple allí donde la cultura lleva más tiempo arraigada, desaparece en la medida en que «el bárbaro» aún —o de nuevo— hace valer su derecho bajo el traje holgado de la civilización occidental. En la Francia actual, por consiguiente, como se puede deducir tan fácilmente como palpar con las manos, la voluntad está más gravemente enferma; y Francia, que siempre ha tenido una habilidad magistral para convertir también los giros fatales de su espíritu en algo encantador y seductor, muestra hoy muy propiamente como escuela y exhibición de todos los hechizos del escepticismo su superioridad cultural sobre Europa. La fuerza para querer, y concretamente para querer una voluntad durante mucho tiempo, es ya algo más fuerte en Alemania, y en el norte alemán de nuevo más fuerte que en el centro alemán; considerablemente más fuerte en Inglaterra, España y Córcega, allí ligada a la flema, aquí a cráneos duros —por no hablar de Italia, que es demasiado joven para saber ya lo que quiere y que primero debe demostrar si puede querer—, pero de modo más fuerte y asombroso de todos en ese enorme reino intermedio donde Europa refluye por así decir hacia Asia, en Rusia. Allí la fuerza para querer lleva mucho tiempo acumulada y almacenada, allí aguarda la voluntad —incierto si como voluntad de negación o de afirmación— de manera amenazadora a ser liberada, para tomar prestada de los físicos de hoy su expresión favorita. Podrían ser necesarias no solo guerras indias y complicaciones en Asia para que Europa quede liberada de su mayor peligro, sino trastornos internos, la fragmentación del imperio en pequeños cuerpos y sobre todo la introducción de la estupidez parlamentaria, añadido a ello la obligación para cada cual de leer su periódico al desayuno. No digo esto como alguien que lo desea: a mí más bien me gustaría lo contrario, quiero decir un aumento tal de la amenaza rusa que Europa se viera obligada a volverse igualmente amenazadora, es decir, a adquirir una voluntad única, mediante una nueva casta dominante sobre Europa, una voluntad larga, terrible y propia que pudiera fijarse metas a lo largo de milenios: para que por fin la prolongada comedia de su pequeña política estatal y también su multitud de voluntades tanto dinásticas como democráticas llegaran a su fin. El tiempo de la pequeña política ha pasado: ya el próximo siglo trae la lucha por el dominio de la Tierra, la compulsión hacia la gran política.
Aforismo209
Hasta qué punto la nueva era bélica en la que nosotros, los europeos, hemos entrado evidentemente, puede ser también favorable quizá al desarrollo de otra clase más fuerte de escepticismo, es algo que por ahora solo querría expresar mediante una imagen que los amigos de la historia alemana entenderán bien. Aquel entusiasta despreocupado de los hermosos granaderos de alta estatura que, como rey de Prusia, dio existencia a un genio militar y escéptico —y con ello en el fondo a ese nuevo tipo de alemán que acaba de triunfar—, el padre cuestionable y loco de Federico el Grande, poseía en un punto el toque y la garra afortunada del genio: sabía qué era lo que faltaba entonces en Alemania, y qué carencia era cien veces más angustiosa y urgente que, por ejemplo, la falta de cultura y de forma social; su aversión hacia el joven Federico provenía del miedo de un instinto profundo. Faltaban hombres; y sospechaba, para su más amarga contrariedad, que su propio hijo no era suficientemente hombre. En eso se equivocó: pero ¿quién no se habría equivocado en su lugar? Veía a su hijo caído en el ateísmo, el esprit, la placentera vida frívola de los franceses ingeniosos; veía en el trasfondo a la gran chupadora de sangre, a la araña escepticismo; sospechaba la miseria incurable de un corazón que ya no es lo bastante duro ni para el mal ni para el bien, de una voluntad rota que ya no ordena, que ya no puede ordenar. Pero mientras tanto crecía en su hijo esa clase nueva de escepticismo más peligrosa y más dura —¿quién sabe en qué medida favorecida precisamente por el odio del padre y por la melancólica helada de una voluntad aislada?—: el escepticismo de la masculinidad audaz, que está muy emparentado con el genio para la guerra y la conquista, y que en la figura del gran Federico hizo su primera entrada en Alemania. Este escepticismo desprecia y sin embargo arrastra hacia sí; socava y toma posesión; no cree, pero no se pierde en ello; da al espíritu una libertad peligrosa, pero mantiene el corazón en rigor; es la forma alemana del escepticismo que, como un friederianismo continuado y elevado a lo más espiritual, tuvo a Europa durante un buen tiempo bajo el dominio del espíritu alemán y de su desconfianza crítica e histórica. Gracias al carácter viril invenciblemente fuerte y tenaz de los grandes filólogos y críticos de la historia alemanes (que, bien mirados, eran todos también artistas de la destrucción y de la descomposición) se estableció poco a poco, y a pesar de todo el romanticismo en música y filosofía, un nuevo concepto del espíritu alemán, en el que sobresalía decisivamente el rasgo de la escepticismo viril: ya fuera, por ejemplo, como intrepidez de la mirada, como valentía y dureza de la mano que disecciona, como voluntad tenaz de peligrosas expediciones de descubrimiento, de espiritualizadas expediciones al Polo Norte bajo cielos desolados y peligrosos. Puede tener sus buenas razones que precisamente ante este espíritu se santigüen los seres humanos de sangre caliente y superficialmente humanitarios: cet esprit fataliste, ironique, méphistophélique lo llama Michelet, no sin estremecimiento. Pero si se quiere sentir lo distintiva que es este temor al «hombre» en el espíritu alemán, por el cual Europa fue despertada de su «sueño dogmático», hay que recordar el concepto anterior que tuvo que ser superado con él —y que no hace tanto tiempo que una mujer masculinizada podía atreverse, con desenfrenada presunción, a recomendar a los alemanes a la compasión de Europa como bondadosos tontos de corazón tierno, débiles de voluntad y poéticos—. Que se entienda de una vez por todas suficientemente en profundidad el asombro de Napoleón cuando vio a Goethe: revela lo que durante siglos se había pensado sobre el «espíritu alemán». «Voilà un homme!» —eso quería decir: ¡Esto sí que es un hombre! ¡Y yo solo esperaba un alemán!
Aforismo210
Supuesto, pues, que en la imagen de los filósofos del futuro algún rasgo haga adivinar si acaso no tendrán que ser escépticos, en el sentido recién indicado, con eso solo estaría designado algo en ellos —y no ellos mismos—. Con el mismo derecho podrían llamarse a sí mismos críticos; y con seguridad serán personas de los experimentos. Con el nombre con que me atreví a bautizarlos he subrayado expresamente ya el ensayo y el placer del ensayo: ¿ocurrió esto porque ellos, como críticos en cuerpo y alma, gustan de servirse del experimento en un sentido nuevo, quizá más amplio, quizá más peligroso? ¿Tendrán que ir más lejos, en su pasión del conocimiento, con ensayos audaces y dolorosos, de lo que el gusto blando y mimado de un siglo democrático puede aprobar? No hay duda: estos que vienen no podrán prescindir en modo alguno de aquellas serias y no poco arriesgadas cualidades que distinguen al crítico del escéptico, me refiero a la seguridad de las medidas de valor, el manejo consciente de una unidad de método, la valiente astucia, el estar solo y el poder responder de uno mismo; es más, reconocen en sí mismos un placer en el negar y el diseccionar, y cierta crueldad reflexiva que sabe manejar el bisturí con seguridad y finura, aun cuando el corazón sangre. Serán más duros (y quizá no siempre solo consigo mismos) de lo que las personas humanas querrían; no se dejarán seducir por la «verdad» para que esta les «complazca» o les «eleve» y «entusiasme»: su creencia será más bien escasa en que justamente la verdad traiga consigo tales diversiones para el sentimiento. Sonreirán, estos espíritus severos, si alguien dijera ante ellos «ese pensamiento me eleva: ¿cómo no va a ser verdadero?» O: «esa obra me encanta: ¿cómo no va a ser bella?» O: «ese artista me engrandece: ¿cómo no va a ser grande?» —quizá tienen preparado no solo una sonrisa, sino un auténtico asco ante todo lo de ese tipo entusiasta, idealista, femenino, hermafrodita, y quien supiera seguirles hasta sus secretas cámaras del corazón difícilmente encontraría allí la intención de reconciliar los «sentimientos cristianos» con el «gusto antiguo» y menos aún con el «parlamentarismo moderno» (como semejante espíritu conciliador parece que se da incluso en filósofos en nuestro siglo muy inseguro, y por tanto muy conciliador). Disciplina crítica y toda costumbre que lleve a la limpieza y el rigor en las cosas del espíritu no solo la exigirán de sí mismos estos filósofos del futuro: podrían exhibirla como su tipo de ornamento —a pesar de ello no querrán por eso llamarse críticos—. Les parece que no es pequeña ofensa la que se hace a la filosofía cuando se decreta, como hoy se hace tan gustosamente: «la filosofía misma es crítica y ciencia crítica, ¡y nada más!» Que esta valoración de la filosofía goce de la aprobación de todos los positivistas de Francia y Alemania (—y sería posible que incluso hubiera halagado el corazón y el gusto de Kant: recuérdense los títulos de sus obras principales—): nuestros nuevos filósofos dirán a pesar de ello: ¡los críticos son instrumentos del filósofo y precisamente por eso, como instrumentos, no son todavía en modo alguno filósofos ellos mismos! También el gran chino de Königsberg fue solo un gran crítico.
Aforismo211
Insisto en que se deje de una vez de confundir a los trabajadores filosóficos y, en general, a las personas científicas con los filósofos —que precisamente aquí se dé con rigor «a cada uno lo suyo» y a aquellos no se les dé demasiado, a estos no se les dé mucho menos—. Puede ser necesario para la educación del auténtico filósofo que él mismo haya estado también una vez en todos esos escalones en los que sus sirvientes, los trabajadores científicos de la filosofía, se quedan —tienen que quedarse—; él mismo quizá tenga que haber sido crítico y escéptico y dogmático e historicista y además poeta y coleccionista y viajero y adivinador de enigmas y moralista y vidente y «espíritu libre» y casi todo, para poder recorrer el ámbito de los valores y los sentimientos de valor humanos, y poder mirar con múltiples ojos y conciencias, desde la altura a toda lejanía, desde la profundidad a toda altura, desde el rincón a toda amplitud. Pero todo esto son solo precondiciones de su tarea: esta tarea misma quiere algo distinto —exige que él cree valores—. Aquellos trabajadores filosóficos según el noble modelo de Kant y Hegel tienen que establecer y condensar en fórmulas un gran inventario de valoraciones —es decir, de antiguas fijaciones de valores, creaciones de valores que se han vuelto dominantes y que durante un tiempo se llaman «verdades»—, ya sea en el reino de lo lógico o de lo político (moral) o de lo artístico. A estos investigadores les corresponde hacer todo lo sucedido y valorado hasta ahora abarcable, pensable, aprehensible, manejable, abreviar todo lo largo, incluso «el tiempo» mismo, y dominar todo el pasado: una tarea inmensa y maravillosa al servicio de la cual con seguridad puede satisfacerse todo orgullo refinado, toda voluntad tenaz. Pero los auténticos filósofos son los que mandan y legislan: dicen «¡así debe ser!», determinan por primera vez el adónde y el para qué del ser humano y disponen para ello del trabajo previo de todos los trabajadores filosóficos, de todos los dominadores del pasado —agarran con mano creadora el futuro, y todo lo que es y fue se convierte para ellos en medio, en instrumento, en martillo—. Su «conocer» es crear, su crear es legislar, su voluntad de verdad es —voluntad de poder—. ¿Existen hoy tales filósofos? ¿Existieron ya tales filósofos? ¿No tiene que haber tales filósofos?...
Aforismo212
Cada vez me parece más evidente que el filósofo, como hombre necesario del mañana y del pasado mañana, siempre se ha encontrado y debía encontrarse en contradicción con su hoy: su enemigo ha sido siempre el ideal de hoy. Hasta ahora, todos esos extraordinarios promotores del ser humano a quienes se llama filósofos, y que rara vez se sintieron a sí mismos como amigos de la sabiduría, sino más bien como locos desagradables y signos de interrogación peligrosos, han encontrado su tarea, su tarea dura, no querida, ineludible, pero finalmente la grandeza de su tarea, en ser la mala conciencia de su tiempo. Precisamente al aplicar el bisturí de vivisección al pecho de las virtudes de su época, traicionaban cuál era su propio secreto: saber de una nueva grandeza del ser humano, de un nuevo camino nunca transitado hacia su engrandecimiento. Cada vez sacaban a la luz cuánta hipocresía, comodidad, dejadez y abandono, cuánta mentira se escondía bajo el tipo más honrado de la moralidad contemporánea, cuánta virtud había sobrevivido a su momento; cada vez decían: «debemos ir allá, hacia allá afuera, donde vosotros os sentís hoy menos en casa». Ante un mundo de «ideas modernas» que quisiera confinar a cada uno en un rincón y una «especialidad», un filósofo, si hoy pudiera haber filósofos, se vería obligado a situar la grandeza del ser humano, el concepto de «grandeza», precisamente en su amplitud y multiplicidad, en su totalidad en lo múltiple: incluso determinaría el valor y el rango según cuánto y cuán diversas cosas puede uno soportar y asumir, hasta dónde puede uno extender su responsabilidad. Hoy el gusto de la época y la virtud de la época debilitan y diluyen la voluntad; nada es tan actual como la debilidad de voluntad: así pues, en el ideal del filósofo deben formar parte del concepto de «grandeza» precisamente la fuerza de voluntad, la dureza y la capacidad para decisiones prolongadas; con tanto derecho como la doctrina contraria y el ideal de una humanidad tímida, abnegada, humilde y desinteresada fueron apropiados para una época contraria, una que, como el siglo XVI, sufría de su energía acumulada de voluntad y de las aguas más salvajes y las mareas tempestuosas del egoísmo. En tiempos de Sócrates, entre puros hombres de instinto fatigado, entre conservadores viejos atenienses que se dejaban estar —«para su felicidad», como decían, para su placer, como hacían—, y que al mismo tiempo seguían pronunciando las viejas palabras pomposas a las que su vida ya no les daba ningún derecho, quizá la ironía era necesaria para la grandeza del alma, aquella maliciosa seguridad socrática del viejo médico y hombre del pueblo que cortaba sin miramientos en la propia carne, como en la carne y el corazón del «noble», con una mirada que hablaba bastante claramente: «¡no os hagáis los importantes ante mí! Aquí —somos iguales!». Hoy, en cambio, cuando en Europa solo el animal de rebaño alcanza honores y distribuye honores, cuando la «igualdad de derechos» podría transformarse demasiado fácilmente en igualdad en la injusticia, quiero decir, en guerra común contra todo lo raro, extraño, privilegiado, contra el ser humano superior, el alma superior, el deber superior, la responsabilidad superior, la plenitud de poder creador y señorío, hoy forman parte del concepto de «grandeza» el ser noble, el querer ser para sí mismo, el poder ser diferente, el estar solo y tener que vivir por cuenta propia; y el filósofo revelará algo de su propio ideal cuando postule: «el más grande debe ser quien pueda ser el más solitario, el más oculto, el más divergente, el hombre más allá del bien y del mal, el señor de sus virtudes, el sobreabundante de voluntad; esto precisamente debe llamarse grandeza: poder ser tanto múltiple como entero, tanto amplio como pleno». Y preguntado una vez más: ¿es hoy posible la grandeza?
Aforismo213
Qué es un filósofo es, por eso, difícil de aprender, porque no se puede enseñar: hay que «saberlo», por experiencia, o hay que tener el orgullo de no saberlo. Pero que hoy en día todo el mundo hable de cosas de las que no puede tener experiencia, vale sobre todo y en el peor sentido para el filósofo y los estados filosóficos: muy pocos los conocen, pueden conocerlos, y todas las opiniones populares sobre ellos son falsas. Así, por ejemplo, esa auténtica coexistencia filosófica de una espiritualidad audaz y desbordante que corre presto, y de un rigor dialéctico y una necesidad que no comete ni un paso en falso, es desconocida para la mayoría de los pensadores y eruditos por su experiencia y, por tanto, si alguien quisiera hablarles de ello, increíble. Se imaginan toda necesidad como apuro, como un penoso tener que seguir y ser forzado; y el pensamiento mismo les vale como algo lento, vacilante, casi como una fatiga y con bastante frecuencia como «digno del sudor de los nobles», pero en absoluto como algo ligero, divino y estrechamente emparentado con la danza, con el desenfreno. «Pensar» y tomar una cosa «en serio», tomarla «con peso», eso va junto para ellos: así solamente lo han «vivido». Los artistas pueden tener aquí ya un olfato más fino: ellos, que saben demasiado bien que precisamente cuando ya no hacen nada «arbitrariamente» y todo necesariamente, su sentimiento de libertad, fineza, poder pleno, de establecer, disponer, configurar creativamente llega a su punto más alto; en resumen, que necesidad y «libertad de la voluntad» son entonces una sola cosa en ellos. Existe, en último término, una jerarquía de estados anímicos a la que corresponde la jerarquía de los problemas; y los problemas más elevados rechazan sin piedad a cualquiera que ose acercarse a ellos sin estar predestinado, por la altura y el poder de su espiritualidad, a su solución. ¿De qué sirve que cabezas vulgares y versátiles o mecánicos y empíricos torpes pero honrados se apreturen, como ocurre hoy tan a menudo, con su ambición plebeya, en su cercanía y, por así decirlo, en esta «corte de las cortes»? ¡Pero sobre tales alfombras no deben pisar jamás pies toscos: la ley primordial de las cosas ya se ha ocupado de ello; las puertas permanecen cerradas a estos intrusos, por mucho que se golpeen y destrocen la cabeza contra ellas! Para todo mundo elevado hay que haber nacido; dicho más claramente, hay que haber sido criado para él: solo gracias al propio origen se tiene derecho a la filosofía —la palabra tomada en el gran sentido—; los antepasados, la «sangre», deciden también aquí. Muchas generaciones deben haber trabajado previamente para el surgimiento del filósofo; cada una de sus virtudes debe haber sido adquirida, cultivada, heredada, incorporada individualmente, y no solo el paso y la carrera audaces, ligeros y delicados de sus pensamientos, sino sobre todo la disposición a grandes responsabilidades, la alteza de miradas dominantes y miradas hacia abajo, el sentirse separado de la masa y de sus deberes y virtudes, la protección y defensa afables de lo que se malinterpreta y calumnia, sea Dios, sea el diablo, el placer y la práctica en la gran justicia, el arte de mandar, la amplitud de la voluntad, el ojo lento que rara vez admira, rara vez mira hacia arriba, rara vez ama...
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
