Parte 2El espíritu libre
Segundo capítulo:
El espíritu libre.
Aforismo24
¡Oh sancta simplicitas! ¡En qué extraña simplificación y falsificación vive el ser humano! ¡Uno no puede dejar de asombrarse una vez que se ha puesto los ojos para ver esta maravilla! ¡Cómo hemos hecho que todo a nuestro alrededor sea claro y libre y ligero y simple! ¡Cómo supimos dar a nuestros sentidos un pase libre para todo lo superficial, a nuestro pensamiento un anhelo divino de saltos caprichosos y conclusiones erróneas! ¡Cómo hemos sabido desde el principio conservar nuestra ignorancia para disfrutar de una libertad apenas concebible, un desenfado, una despreocupación, un coraje, una alegría de vivir, para gozar de la vida! Y solo sobre este suelo ahora firme y granítico de ignorancia ha podido elevarse hasta ahora la ciencia, la voluntad de saber sobre la base de una voluntad mucho más poderosa, la voluntad de no-saber, de lo incierto, de lo falso. No como su opuesto, sino como su refinamiento. Aunque el lenguaje, aquí como en otras partes, no pueda superar su tosquedad y siga hablando de opuestos donde solo hay grados y múltiples matices; aunque también la hipocresía enraizada de la moral, que ahora pertenece a nuestra insuperable «carne y hueso», nos tuerza las palabras en la boca incluso a nosotros, los que sabemos: aquí y allá lo comprendemos y nos reímos de cómo precisamente la mejor ciencia quiere aferrarnos del mejor modo a este mundo simplificado, completamente artificial, inventado a conveniencia, falsificado a conveniencia; de cómo ama involuntaria-voluntariamente el error, porque ella, la viviente, ama la vida.
Aforismo25
Después de una introducción tan alegre, no quisiera que una palabra seria quedara sin ser escuchada: se dirige a los más serios. ¡Cuidado, filósofos y amigos del conocimiento, y guardaos del martirio! ¡Del sufrimiento «por amor a la verdad»! ¡Incluso de vuestra propia defensa! Corrompe en vuestra conciencia toda inocencia y fina neutralidad, os vuelve obstinados contra las objeciones y los trapos rojos, os embrutece, os animaliza y os bestializa cuando, en la lucha contra el peligro, la difamación, la sospecha, la exclusión y consecuencias aún más graves de la enemistad, al final tenéis que presentaros como defensores de la verdad en la tierra: como si «la verdad» fuera una persona tan inofensiva y torpe que necesitara defensores, ¡y precisamente a vosotros, caballeros de la triste figura, señores rondadores de esquinas y tejedores de telarañas del espíritu! Al final sabéis bastante bien que no puede importar si precisamente vosotros tenéis razón, así como que hasta ahora ningún filósofo ha tenido razón, y que podría haber una veracidad más encomiable en cada pequeño signo de interrogación que pongáis detrás de vuestras palabras favoritas y doctrinas predilectas (y ocasionalmente detrás de vosotros mismos) que en todos los gestos solemnes y triunfos ante acusadores y tribunales. ¡Mejor apartaos! ¡Huid a lo oculto! ¡Y tened vuestra máscara y vuestra sutileza, para que se os confunda! ¡O se os tema un poco! Y no olvidéis el jardín, el jardín con verjas doradas. Y tened a vuestro alrededor personas que sean como un jardín o como música sobre las aguas, al atardecer, cuando el día ya se convierte en recuerdo: elegid la buena soledad, la soledad libre, caprichosa, ligera, que también os da derecho a seguir siendo buenos en algún sentido. ¡Qué venenosa, qué astuta, qué mala hace toda guerra larga que no puede librarse con violencia abierta! ¡Qué personal hace un largo miedo, una larga vigilancia de enemigos, de posibles enemigos! Estos proscritos de la sociedad, estos perseguidos durante largo tiempo, acosados malamente —también los ermitaños forzosos, los Spinoza o los Giordano Bruno— acaban siempre, aunque sea bajo el disfraz más espiritual, y quizá sin saberlo ellos mismos, convirtiéndose en refinados vengativos y envenenadores (que se excave el fundamento de la ética y la teología de Spinoza), por no hablar de la estupidez de la indignación moral, que en un filósofo es la señal infalible de que le ha abandonado el humor filosófico. El martirio del filósofo, su «sacrificio por la verdad» saca a la luz lo que de agitador y de actor había en él; y suponiendo que hasta ahora solo se le haya observado con una curiosidad artística, en relación con más de un filósofo puede ciertamente comprenderse el peligroso deseo de verlo también alguna vez en su degeneración (degenerado en «mártir», en gritón de escenario y tribuna). Solo que con semejante deseo hay que tener claro lo que en todo caso se acabará viendo: solo un drama satírico, solo una farsa de epílogo, solo la prueba continua de que la larga tragedia propiamente dicha ha llegado a su fin, suponiendo que toda filosofía en su origen fuera una larga tragedia.
Aforismo26
Todo ser humano selecto aspira instintivamente a su castillo y secreto, donde queda liberado de la multitud, de los muchos, de los muchísimos, donde puede olvidar la regla «ser humano», como excepción suya: con la única excepción de que un instinto aún más fuerte le empuje directamente hacia esa regla, como conocedor en el sentido grande y excepcional. Quien en el trato con los seres humanos no brille ocasionalmente en todos los colores de la aflicción, verde y gris de asco, hastío, compasión, ensombrecimiento, soledad, ciertamente no es un ser humano de gusto elevado; pero suponiendo que no tome sobre sí voluntariamente toda esta carga y disgusto, que la evite constantemente y permanezca, como se ha dicho, callado y orgulloso escondido en su castillo, pues bien, entonces una cosa es segura: no está hecho para el conocimiento, no está predestinado a él. Porque como tal tendría que decirse algún día «¡que se lleve el diablo mi buen gusto! pero la regla es más interesante que la excepción, que yo, la excepción», y descendería, sobre todo «adentrarse». El estudio del ser humano medio, largo, serio, y para este propósito mucho disfraz, autosuperación, confianza, mal trato —todo trato es mal trato excepto el que se tiene con los iguales—: eso constituye una parte necesaria de la historia vital de todo filósofo, quizá la parte más desagradable, más maloliente, más rica en decepciones. Pero si tiene suerte, como corresponde a un hijo afortunado del conocimiento, entonces encuentra auténticos atajadores y facilitadores de su tarea, me refiero a los llamados cínicos, es decir, a aquellos que simplemente reconocen en sí mismos lo animal, la vulgaridad, la «regla», y que además tienen aquel grado de espiritualidad y cosquilleo como para tener que hablar de sí mismos y de sus semejantes ante testigos: a veces hasta se revuelcan en los libros como en su propio estiércol. El cinismo es la única forma en que las almas vulgares rozan lo que es honestidad; y el ser humano superior debe abrir los oídos ante todo cinismo más burdo o más fino y felicitarse cada vez que ante él se vuelven ruidosos el bufón sin vergüenza o el sátiro científico. Hay incluso casos en que al asco se mezcla el encanto: concretamente, cuando por un capricho de la naturaleza el genio está unido a uno de esos machos cabríos y monos indiscretos, como en el abate Galiani, el ser humano más profundo, perspicaz y quizá también más sucio de su siglo; era mucho más profundo que Voltaire y por consiguiente también bastante más callado. Sucede más frecuentemente, como se ha indicado, que la cabeza científica está puesta sobre un cuerpo de mono, un entendimiento fino y excepcional sobre un alma vulgar; entre médicos y fisiólogos de la moral no es un fenómeno raro. Y siempre que alguien habla del ser humano sin amargura, sino más bien de modo inofensivo, como de un vientre con dos necesidades y una cabeza con una; siempre que alguien ve, busca y quiere ver solo hambre, deseo sexual y vanidad, como si fueran los móviles propios y únicos de las acciones humanas; en resumen, donde se habla «mal» del ser humano —y ni siquiera pésimamente—, allí debe el amante del conocimiento escuchar fina y diligentemente, debe tener sus oídos en general allí donde se habla sin indignación. Porque el ser humano indignado, y quien siempre con sus propios dientes se desgarra y destroza a sí mismo (o, en sustitución, al mundo, o a Dios, o a la sociedad), moralmente hablando puede estar por encima del sátiro risueño y satisfecho de sí mismo, pero en cualquier otro sentido es el caso más común, más indiferente, menos instructivo. Y nadie miente tanto como el indignado.
Aforismo27
Es difícil ser comprendido: especialmente cuando se piensa y se vive gangasrotogati, entre puros seres humanos que piensan y viven de otro modo, es decir, kurmagati o en el mejor de los casos «al paso de la rana» mandeikagati —¡yo hago precisamente de todo para ser difícilmente comprendido!— y hay que estar de corazón agradecido ya por la buena voluntad hacia cierta finura de interpretación. Pero en lo que respecta a «los buenos amigos», que siempre son demasiado cómodos y precisamente como amigos creen tener derecho a la comodidad, se hace bien en concederles de antemano un margen y terreno de juego para el malentendido: así se tiene todavía motivo para reír; o eliminarlos del todo, a esos buenos amigos, y también reír.
Aforismo28
Lo que peor se traduce de una lengua a otra es el tempo de su estilo: el cual tiene su fundamento en el carácter de la raza, o, dicho de manera más fisiológica, en el tempo medio de su «metabolismo». Hay traducciones hechas honradamente que son casi falsificaciones, vulgarizaciones involuntarias del original, simplemente porque no se pudo traducir su tempo valeroso y alegre, que salta y ayuda a saltar por encima de todo lo peligroso en las cosas y las palabras. El alemán es casi incapaz del presto en su lengua: por lo tanto, como cabe concluir razonablemente, también de muchos de los matices más deliciosos y osados del pensamiento libre, librepensador. Tan ajeno le es el bufón y el sátiro, en cuerpo y conciencia, como intraducibles le resultan Aristófanes y Petronio. Todo lo grave, lo pesado, lo solemne y torpe, todos los géneros estilísticos largos y aburridos se han desarrollado en los alemanes con excesiva diversidad. Que se me perdone la verdad de que incluso la prosa de Goethe, en su mezcla de rigidez y delicadeza, no es una excepción, como espejo de los «viejos buenos tiempos» a los que pertenece, y como expresión del gusto alemán, en la época en que todavía existía un «gusto alemán»: que era un gusto rococó, in moribus et artibus. Lessing es una excepción, gracias a su naturaleza de actor, que entendía muchas cosas y se entendía en muchas: él, que no en vano fue el traductor de Bayle y con gusto se refugiaba en la cercanía de Diderot y Voltaire, y aún más gustosamente entre los poetas cómicos romanos. Lessing también amaba en el tempo el librepensamiento, la huida de Alemania. Pero ¿cómo podría la lengua alemana, aunque fuese en la prosa de un Lessing, imitar el tempo de Maquiavelo, quien en su Príncipe deja respirar el aire seco y fino de Florencia y no puede evitar exponer el asunto más serio en un desenfrenado allegrissimo: quizá no sin un malicioso sentimiento de artista sobre el contraste que se atreve a crear: pensamientos largos, pesados, duros, peligrosos, y un tempo al galope y del humor más travieso y despreocupado? ¿Quién, en fin, se atrevería a emprender una traducción alemana de Petronio, quien, más que cualquier gran músico hasta ahora, ha sido el maestro del presto, en invenciones, ocurrencias, palabras? ¿Qué importan, al final, todos los pantanos del mundo enfermo y malo, incluso del «mundo antiguo», cuando se tienen, como él, los pies de un viento, el impulso y el aliento, la burla liberadora de un viento que todo lo sana haciendo que todo corra? Y en cuanto a Aristófanes, ese espíritu transfigurador y complementario, por cuya causa se perdona a toda la helenidad que haya existido, suponiendo que se haya comprendido en toda profundidad qué es todo aquello que necesita perdón y transfiguración: no sé de nada que me haya hecho soñar más sobre la reserva y la naturaleza de esfinge de Platón que ese petit fait felizmente conservado: que bajo la almohada de su lecho de muerte no se encontró ninguna «Biblia», nada egipcio, pitagórico, platónico, sino a Aristófanes. ¿Cómo habría soportado Platón la vida —una vida griega a la que dijo que no— sin un Aristófanes?
Aforismo29
Ser independiente es asunto de muy pocos: es un privilegio de los fuertes. Y quien lo intenta, aunque tenga el mejor derecho para ello, pero sin estar obligado a hacerlo, demuestra con ello que probablemente no solo es fuerte, sino osado hasta el desenfreno. Se adentra en un laberinto, multiplica por mil los peligros que la vida ya trae consigo; entre los cuales no es el menor que nadie vea con sus ojos cómo y dónde se extravía, se aísla y es despedazado poco a poco por algún Minotauro cavernario de la conciencia. Suponiendo que un tal hombre se pierda, eso ocurre tan lejos de la comprensión de los hombres que estos no lo sienten ni compadecen: ¡y ya no puede volver atrás! ¡tampoco puede volver ya a la compasión de los hombres!
Aforismo30
Nuestras más altas intuiciones deben —¡y han de!— sonar como locuras, en ciertas circunstancias como crímenes, cuando llegan de manera ilícita a oídos de quienes no están dispuestos ni predestinados para ellas. Lo exotérico y lo esotérico, como antes se distinguía entre filósofos, entre indios como entre griegos, persas y musulmanes, en suma, en todas partes donde se creía en una jerarquía y no en la igualdad y los derechos iguales, no se diferencian tanto porque el exotérico esté afuera y vea, valore, mida, juzgue desde fuera, no desde dentro: lo esencial es que él ve las cosas desde abajo hacia arriba, ¡mientras que el esotérico las ve desde arriba hacia abajo! Hay alturas del alma desde las cuales, vistas desde allí, incluso la tragedia deja de actuar trágicamente; y, tomando todo el dolor del mundo en conjunto, ¿quién se atrevería a decidir si su contemplación necesariamente ha de seducir y forzar precisamente a la compasión y por tanto a la duplicación del dolor?... Lo que sirve de alimento o de solaz al tipo superior de hombres debe ser casi veneno para un tipo muy diferente e inferior. Las virtudes del hombre común quizá significarían en un filósofo vicios y debilidades; sería posible que un hombre de alta estirpe, suponiendo que degenerase y se perdiese, solo así llegase a poseer cualidades por las cuales fuese necesario venerarlo ahora como a un santo en el mundo inferior al que descendió. Hay libros que tienen un valor inverso para el alma y la salud, según se sirva de ellos el alma inferior, la fuerza vital más baja, o bien la superior y más poderosa: en el primer caso son libros peligrosos, corrosivos, disgregadores; en el otro, proclamas de heraldos que llaman a los más valientes a su valentía. Los libros para todo el mundo son siempre libros malolientes: el olor de la gente menuda se pega a ellos. Donde el pueblo come y bebe, e incluso donde venera, suele apestar. No se debe entrar en las iglesias si se quiere respirar aire puro.
Aforismo31
En la juventud se venera y desprecia aún sin ese arte del matiz que constituye la mejor ganancia de la vida, y es justo que se pague duramente por haber asaltado así a personas y cosas con sí y no. Todo está dispuesto para que el peor de todos los gustos, el gusto por lo incondicionado, sea cruelmente engañado y maltratado, hasta que el hombre aprenda a poner algo de arte en sus sentimientos y prefiera probar con lo artificial: como hacen los verdaderos artistas de la vida. Lo furioso y reverente, propio de la juventud, parece no darse reposo hasta no haber falseado personas y cosas de tal modo que pueda desahogarse en ellas: la juventud ya es en sí misma algo falsificador y engañoso. Más tarde, cuando el alma joven, martirizada por puras decepciones, finalmente se vuelve recelosa contra sí misma, aún ardiente y salvaje, también en su recelo y remordimiento: ¡cómo se enfurece ahora consigo misma, cómo se desgarra impaciente, cómo se venga de su largo autoengaño, como si hubiese sido una ceguera voluntaria! En esta transición uno se castiga a sí mismo con la desconfianza hacia su sentimiento; tortura su entusiasmo con la duda; incluso siente ya la buena conciencia como un peligro, como un autoencubrimiento y agotamiento de la honradez más fina; y sobre todo toma partido, toma partido por principio contra «la juventud». Una década después: y se comprende que también todo eso era aún juventud.
Aforismo32
Durante la época más larga de la historia humana —se la llama época prehistórica— el valor o desvalor de una acción se derivaba de sus consecuencias: la acción en sí no entraba en consideración, como tampoco su origen, sino que, más o menos como todavía hoy en China una distinción o vergüenza se refleja desde el hijo hacia los padres, así era la fuerza retroactiva del éxito o fracaso la que guiaba a los hombres a pensar bien o mal de una acción. Llamemos a este período el período premoral de la humanidad: el imperativo «conócete a ti mismo» era entonces todavía desconocido. En los últimos diez milenios, por el contrario, se ha llegado en algunas grandes extensiones de la tierra, paso a paso, a no dejar ya que las consecuencias, sino el origen de la acción decida sobre su valor: un gran acontecimiento en conjunto, un refinamiento considerable de la mirada y la medida, el efecto inconsciente del dominio de los valores aristocráticos y de la creencia en el «origen», el distintivo de un período que en sentido estricto puede denominarse el moral: con ello se hace el primer intento de autoconocimiento. En lugar de las consecuencias, el origen: ¡qué inversión de la perspectiva! Y ciertamente una inversión alcanzada solo tras largas luchas y vacilaciones. Claro está: con ello llegó precisamente al dominio una nueva superstición funesta, una peculiar estrechez de la interpretación: se interpretó el origen de una acción en el sentido más definido como origen en una intención; se llegó al acuerdo en la creencia de que el valor de una acción radicaba en el valor de su intención. La intención como todo el origen e historia previa de una acción: bajo este prejuicio se ha elogiado, censurado, juzgado e incluso filosofado moralmente en la tierra casi hasta la época más reciente. Pero ¿no habremos llegado hoy a la necesidad de decidir de nuevo sobre una inversión y desplazamiento fundamental de los valores, gracias a una nueva introspección y profundización del hombre? ¿No estaremos en el umbral de un período que, negativamente, habría que designar ante todo como el extramoral: hoy, cuando al menos entre nosotros los inmoralistas se despierta la sospecha de que precisamente en lo que hay de no-intencional en una acción radica su valor decisivo, y que toda su intencionalidad, todo lo que de ella puede verse, saberse, hacerse «consciente», pertenece todavía a su superficie y piel, la cual, como toda piel, delata algo pero oculta mucho más? En suma, creemos que la intención es solo un signo y síntoma que necesita primero interpretación, además un signo que significa demasiadas cosas y por tanto casi nada por sí solo; que la moral, en el sentido anterior, es decir, la moral de las intenciones, ha sido un prejuicio, una precipitación, algo provisional quizá, algo del rango de la astrología y la alquimia, pero en todo caso algo que debe ser superado. La superación de la moral, en cierto sentido incluso la autosuperación de la moral: que ese sea el nombre de ese largo trabajo secreto que quedó reservado a las conciencias más finas y honestas, pero también a las más maliciosas de hoy, como piedras de toque vivientes del alma.
Aforismo33
No hay remedio: hay que interrogar sin piedad a los sentimientos de entrega, de sacrificio por el prójimo, a toda la moral de la renuncia de sí mismo, y llevarlos ante el tribunal: igual que a la estética de la «contemplación desinteresada», bajo cuya protección la castración del arte busca hoy procurarse buena conciencia de manera bastante seductora. Hay demasiado encanto y demasiado azúcar en esos sentimientos del «para otros», del «no para mí», como para que no sea necesario volverse aquí doblemente desconfiado y preguntar: «¿no son acaso seducciones?». Que agraden —a quien los tiene, y a quien disfruta de sus frutos, también al mero espectador—, esto no constituye todavía un argumento a su favor, sino que invita justamente a la cautela. ¡Seamos, pues, cautelosos!
Aforismo34
Cualquiera que sea la posición filosófica que se adopte hoy: vista desde cualquier lugar, la naturaleza errónea del mundo en el que creemos vivir es lo más seguro y firme que nuestra mirada puede aún captar —encontramos razones y más razones para ello, que podrían tentarnos a conjeturas sobre un principio engañoso en la «esencia de las cosas». Pero quien hace responsable de la falsedad del mundo a nuestro propio pensar, o sea al «espíritu» —una salida honrosa que toma todo advocatus dei, consciente o inconsciente—; quien considera que este mundo, junto con el espacio, el tiempo, la forma, el movimiento, ha sido inferido falsamente: alguien así tendría al menos buenas razones para aprender finalmente a desconfiar de todo pensar en sí: ¿no nos ha jugado hasta ahora la peor de las pasadas? ¿Y qué garantía habría de que no continúe haciendo lo que siempre ha hecho? En serio: la inocencia de los pensadores tiene algo conmovedor y que infunde respeto, que les permite presentarse aún hoy ante la conciencia con la petición de que les dé respuestas honestas: por ejemplo, si ella es «real», y por qué propiamente mantiene el mundo exterior tan resueltamente a distancia, y otras preguntas por el estilo. La fe en las «certezas inmediatas» es una ingenuidad moral que nos hace honor a los filósofos: pero —¡no debemos ser hombres «meramente morales»! Aparte de la moral, esa fe es una tontería que nos hace poco honor. Aunque en la vida burguesa la desconfianza siempre lista pueda valer como signo del «mal carácter» y, por tanto, pertenecer a las imprudencias: aquí entre nosotros, más allá del mundo burgués y de sus síes y noes, ¿qué debería impedirnos ser imprudentes y decir: el filósofo tiene ya derecho al «mal carácter», como el ser que hasta ahora ha sido siempre el mejor burlado sobre la tierra —hoy tiene el deber de desconfiar, de mirar con la más maliciosa oblicuidad desde cada abismo de la sospecha—. Que se me perdone la broma de esta sombría mueca y expresión: pues yo mismo he aprendido hace tiempo a pensar de otro modo, a valorar de otro modo el engañar y ser engañado, y tengo al menos preparados un par de codazos en las costillas para la furia ciega con que los filósofos se resisten a ser engañados. ¿Por qué no? No es más que un prejuicio moral que la verdad valga más que la apariencia; es incluso la suposición peor demostrada que existe en el mundo. Concedámonos al menos esto: no existiría vida alguna si no fuera sobre la base de valoraciones perspectivistas y apariencias; y si se quisiera, con el entusiasmo virtuoso y la torpeza de algunos filósofos, abolir del todo el «mundo aparente», pues bien, suponiendo que pudierais hacerlo, ¡tampoco quedaría entonces nada de vuestra «verdad»! Más aún, ¿qué nos obliga siquiera a suponer que existe una oposición esencial entre «verdadero» y «falso»? ¿No basta con suponer grados de apariencia y, por así decir, sombras más claras y más oscuras y tonos generales de la apariencia —diferentes valeurs, para hablar el lenguaje de los pintores—? ¿Por qué el mundo que nos concierne no habría de ser una ficción? Y a quien pregunte: «pero a la ficción le pertenece un autor», ¿no podría respondérsele rotundamente: por qué? ¿Ese «le pertenece» no forma parte quizá también de la ficción? ¿No está ya permitido ser un poco irónico con el sujeto, igual que con el predicado y el objeto? ¿No debería el filósofo elevarse por encima de la credulidad en la gramática? Todo respeto para las institutrices: pero ¿no sería ya tiempo de que la filosofía renunciara a la fe de institutriz?
Aforismo35
¡Oh Voltaire! ¡Oh humanidad! ¡Oh imbecilidad! Con la «verdad», con la búsqueda de la verdad hay algo peculiar; y si el hombre lo hace demasiado humanamente —«il ne cherche le vrai que pour faire le bien»— apuesto a que no encuentra nada.
Aforismo36
Supuesto que nada más sea «dado» como real que nuestro mundo de deseos y pasiones, que no podamos descender ni ascender a ninguna otra «realidad» más que justamente a la realidad de nuestros impulsos —pues el pensar es sólo una relación de estos impulsos entre sí—: ¿no está permitido hacer el intento y plantear la pregunta de si esto dado no basta para comprender a partir de lo semejante a él también el llamado mundo mecanicista (o «material»)? No me refiero a comprenderlo como un engaño, una «apariencia», una «representación» (en el sentido de Berkeley y Schopenhauer), sino como del mismo rango de realidad que tiene nuestro afecto mismo —como una forma más primitiva del mundo de los afectos, en la que todo está aún encerrado en poderosa unidad, lo que luego en el proceso orgánico se ramifica y configura (también, como es natural, se debilita y atenúa)—, como una especie de vida impulsiva en la que todas las funciones orgánicas, con la autorregulación, asimilación, nutrición, excreción, metabolismo, están aún sintéticamente ligadas entre sí —¿como una forma previa de la vida?— A fin de cuentas, no sólo está permitido hacer este intento: desde la conciencia del método, es obligatorio. No suponer varias clases de causalidad mientras no se haya llevado hasta su límite extremo el intento de arreglarse con una sola (—hasta el absurdo, con perdón): esa es una moral del método de la que hoy no se puede uno sustraer; —se sigue «de su definición», como diría un matemático. La cuestión es, en última instancia, si reconocemos realmente la voluntad como actuante, si creemos en la causalidad de la voluntad: si lo hacemos —y en el fondo la creencia en ella es precisamente nuestra creencia en la causalidad misma—, entonces debemos hacer el intento de poner hipotéticamente la causalidad de la voluntad como la única. «Voluntad» puede, naturalmente, actuar sólo sobre «voluntad» —y no sobre «materias» (no sobre «nervios», por ejemplo)—: basta, hay que atreverse a la hipótesis de si no es que en todas partes donde se reconocen «efectos», voluntad actúa sobre voluntad —y de si todo acontecer mecánico, en la medida en que una fuerza actúa en él, no es precisamente fuerza de voluntad, efecto de voluntad—. Supuesto, finalmente, que se lograra explicar toda nuestra vida impulsiva como la configuración y ramificación de una forma básica de la voluntad —a saber, de la voluntad de poder, como reza mi tesis—; supuesto que se pudieran reconducir todas las funciones orgánicas a esta voluntad de poder y encontrar en ella también la solución del problema de la procreación y la nutrición —es un solo problema—, entonces se habría conseguido el derecho a determinar unívocamente toda fuerza actuante como: voluntad de poder. El mundo visto desde dentro, el mundo determinado y designado según su «carácter inteligible» —sería justamente «voluntad de poder» y nada más—.
Aforismo37
«¿Cómo? ¿Eso no significa, hablando popularmente: Dios está refutado, pero el diablo no?». ¡Al contrario! ¡Al contrario, amigos míos! Y, diablos también, ¿quién os obliga a hablar popularmente?
Aforismo38
Como le ocurrió finalmente, en plena claridad de los tiempos modernos, a la Revolución francesa, esa farsa espantosa y, juzgada de cerca, superflua, en la que sin embargo los nobles y entusiastas espectadores de toda Europa, desde la distancia, interpretaron durante tanto tiempo y con tanta pasión sus propias indignaciones y entusiasmos, hasta que el texto desapareció bajo la interpretación: así podría una noble posteridad malentender todavía una vez más todo el pasado y hacer quizá soportable por primera vez su contemplación. O mejor dicho: ¿no ha ocurrido esto ya? ¿No fuimos nosotros mismos esa «noble posteridad»? Y precisamente ahora, en la medida en que comprendemos esto, ¿no se ha acabado?
Aforismo39
Nadie considerará tan fácilmente una doctrina como verdadera simplemente porque hace feliz o virtuoso: exceptuando quizá a los encantadores «idealistas», que se entusiasman por lo bueno, lo verdadero, lo bello y dejan nadar revueltos en su estanque toda clase de coloridos, torpes y bonachones objetos de deseo. Felicidad y virtud no son argumentos. Pero se olvida gustosamente, también por parte de espíritus sensatos, que hacer infeliz y hacer malvado tampoco son contraargumentos. Algo podría ser verdadero: aunque fuera en grado sumo perjudicial y peligroso; más aún, podría incluso pertenecer a la constitución fundamental de la existencia el perecer por su completo conocimiento —de modo que la fuerza de un espíritu se mediría según cuánta «verdad» pudiera aún soportar, más claramente, hasta qué grado necesitara diluirla, velarla, endulzarla, embotar la, falsificarla—. Pero no cabe duda de que para el descubrimiento de ciertas partes de la verdad los malvados e infelices están más favorecidos y tienen mayor probabilidad de éxito; por no hablar de los malvados que son felices —una especie sobre la que los moralistas guardan silencio—. Quizá la dureza y la astucia ofrezcan condiciones más favorables para el surgimiento del espíritu y filósofo fuerte e independiente que esa blanda, fina, condescendiente bondad y arte de tomarse las cosas a la ligera que se aprecia en un erudito, y con razón se aprecia. Presuponiendo, claro está, que no se restrinja el concepto de «filósofo» al filósofo que escribe libros —o incluso pone su filosofía en libros—. Un último rasgo para la imagen del filósofo librepensador lo aporta Stendhal, que no quiero dejar de subrayar en atención al gusto alemán: pues va contra el gusto alemán. «Pour être bon philosophe», dice este último gran psicólogo, «il faut être sec, clair, sans illusion. Un banquier, qui a fait fortune, a une partie du caractère requis pour faire des découvertes en philosophie, c'est-à-dire pour voir clair dans ce qui est».
Aforismo40
Todo lo que es profundo ama la máscara; las cosas más profundas sienten incluso odio por la imagen y la alegoría. ¿No será más bien el contrario el disfraz adecuado en el que andaría el pudor de un dios? Una pregunta cuestionable: sería extraño que algún místico no se hubiera atrevido ya consigo mismo a algo semejante. Hay acontecimientos de naturaleza tan delicada que se hace bien en enterrarlos bajo una grosería y hacerlos irreconocibles; hay acciones de amor y de una generosidad desmesurada tras las cuales nada es más aconsejable que tomar un palo y zurrar al testigo presencial: con ello se enturbia su memoria. Hay quien sabe enturbiar y maltratar la propia memoria para al menos vengarse en este único cómplice: el pudor es ingenioso. No son las peores cosas de las que peor nos avergonzamos: no hay solo perfidia detrás de una máscara, hay tanta bondad en la astucia. Podría imaginarme que un ser humano que tuviera que guardar algo precioso y vulnerable rodara por la vida tosco y redondo como un viejo tonel de vino verde lleno de refuerzos metálicos: así lo quiere la finura de su pudor. A un ser humano que tiene profundidad en el pudor también le salen al encuentro sus destinos y sus delicadas decisiones por caminos a los que pocos llegan jamás, y cuya existencia no deben conocer ni sus más cercanos y familiares: su peligro vital se oculta a sus ojos, e igualmente su seguridad vital reconquistada. Un ser así, que se oculta, que por instinto usa el hablar para callar y silenciar, y que es inagotable en la evasión de la comunicación, quiere y fomenta que una máscara de él deambule en su lugar por los corazones y las cabezas de sus amigos; y suponiendo que no lo quiera, algún día se le abrirán los ojos al hecho de que a pesar de todo hay allí una máscara de él, y de que eso está bien. Todo espíritu profundo necesita una máscara: más aún, en torno a todo espíritu profundo crece continuamente una máscara, gracias a la interpretación constantemente falsa, es decir, superficial, de cada palabra, cada paso, cada signo de vida que él da.
Aforismo41
Uno debe ponerse a sí mismo a prueba para saber si está destinado a la independencia y al mando; y esto en el momento oportuno. No se debe esquivar las pruebas, aunque sean quizá el juego más peligroso que se pueda jugar, y al final solo pruebas que se rinden ante nosotros mismos como testigos y ante ningún otro juez. No quedarse apegado a una persona: aunque sea la más amada, toda persona es una prisión, también un rincón. No quedarse apegado a una patria: aunque sea la más sufriente y necesitada de ayuda, es ya menos difícil desatar el corazón de una patria victoriosa. No quedarse apegado a una compasión: aunque valga para seres humanos superiores en cuyo raro tormento e indefensión nos ha dejado mirar el azar. No quedarse apegado a una ciencia: aunque nos seduzca con los hallazgos más preciosos, aparentemente reservados justo para nosotros. No quedarse apegado a la propia liberación, a aquella voluptuosa lejanía y extrañeza del pájaro que vuela cada vez más alto para ver cada vez más bajo de sí: el peligro del que vuela. No quedarse apegado a nuestras propias virtudes y convertirnos como un todo en víctimas de alguna particularidad nuestra, por ejemplo de nuestra «hospitalidad»: que es el peligro de los peligros en las almas de noble especie y ricas, que tratan consigo mismas de forma derrochadora, casi indiferente, y llevan la virtud de la liberalidad hasta el vicio. Hay que saber conservarse: la prueba más fuerte de la independencia.
Aforismo42
Una nueva especie de filósofos está surgiendo: me atrevo a bautizarlos con un nombre no exento de peligro. Tal como los adivino, tal como ellos se dejan adivinar —pues forma parte de su naturaleza querer seguir siendo enigmas en cierto modo—, estos filósofos del futuro podrían tener derecho, quizá también falta de derecho, a ser designados como tentadores. Este nombre mismo es al final solo un intento y, si se quiere, una tentación.
Aforismo43
¿Son nuevos amigos de la «verdad» estos filósofos venideros? Bastante probablemente: pues todos los filósofos amaron hasta ahora sus verdades. Pero con seguridad no serán dogmáticos. Tiene que ir contra su orgullo, y también contra su gusto, que su verdad sea además una verdad para todo el mundo: lo que hasta ahora fue el deseo secreto y el sentido oculto de todas las aspiraciones dogmáticas. «Mi juicio es mi juicio: otro no tiene fácilmente derecho a él también», dice quizá un filósofo así del futuro. Hay que quitarse de encima el mal gusto de querer coincidir con muchos. «Bueno» ya no es bueno cuando el vecino lo toma en la boca. ¿Y cómo podría siquiera haber un «bien común»? La palabra se contradice a sí misma: lo que puede ser común siempre tiene solo poco valor. Al final tiene que ser como es y siempre fue: las cosas grandes quedan para los grandes, los abismos para los profundos, las delicadezas y estremecimientos para los refinados, y, en suma y en breve, todo lo raro para los raros.
Aforismo44
¿Necesito después de todo esto decir además expresamente que también ellos serán espíritus libres, muy libres, estos filósofos del futuro, tan cierto como que no serán solo espíritus libres, sino algo más, más alto, más grande y radicalmente distinto que no quiere ser desconocido ni confundido? Pero al decir esto siento casi tanto hacia ellos mismos como hacia nosotros, que somos sus heraldos y precursores, nosotros espíritus libres, la obligación de barrer conjuntamente de nosotros un viejo estúpido prejuicio y malentendido que durante demasiado tiempo ha vuelto opaco, como una niebla, el concepto de «espíritu libre». En todos los países de Europa y también en América hay ahora algo que abusa de este nombre, una especie muy estrecha, capturada, encadenada de espíritus que quieren aproximadamente lo contrario de lo que está en nuestras intenciones e instintos, por no hablar de que respecto a esos nuevos filósofos que están surgiendo tienen que ser más que nunca ventanas cerradas y puertas atrancadas. Pertenecen, en breve y en malo, a los niveladores, estos falsamente llamados «espíritus libres», como elocuentes y escribidores esclavos del gusto democrático y de sus «ideas modernas»: todos ellos seres humanos sin soledad, sin soledad propia, mozos torpes y honrados a los que no hay que negarles ni valor ni costumbres respetables, solo que son precisamente no libres y risiblemente superficiales, sobre todo con su tendencia fundamental a ver aproximadamente en las formas de la vieja sociedad hasta ahora existente la causa de toda miseria y fracaso humanos: ¡con lo cual la verdad viene a ponerse felizmente cabeza abajo! Lo que quisieran aspirar con todas sus fuerzas es la dicha universal verde y pastoril del rebaño, con seguridad, ausencia de peligro, bienestar, facilitación de la vida para todo el mundo; sus dos canciones y doctrinas más abundantemente cantadas se llaman «igualdad de derechos» y «compasión por todo lo que sufre», y el sufrimiento mismo es tomado por ellos como algo que hay que abolir. Nosotros los inversos, que nos hemos abierto un ojo y una conciencia para la cuestión de dónde y cómo ha crecido hasta ahora más vigorosamente en altura la planta «ser humano», creemos que esto ha ocurrido cada vez bajo las condiciones inversas, que para ello la peligrosidad de su situación tuvo primero que crecer hasta lo descomunal, su capacidad de invención y simulación (su «espíritu») tuvo que desarrollarse bajo larga presión y coacción hacia lo fino y audaz, su voluntad de vida tuvo que intensificarse hasta la voluntad incondicional de poder: creemos que dureza, violencia, esclavitud, peligro en la calle y en el corazón, ocultamiento, estoicismo, arte de la tentación y diablura de toda clase, que todo lo malo, terrible, tiránico, rapaz y serpentino en el ser humano sirve tan bien para la elevación de la especie «ser humano» como su contrario: no decimos ni siquiera lo suficiente cuando decimos solo esto, y nos encontramos en cualquier caso, con nuestro hablar y callar en este punto, en el otro extremo de toda ideología moderna y deseabilidad gregaria: ¿como sus antípodas quizá? ¿Qué tiene de extraño que nosotros «espíritus libres» no seamos precisamente los espíritus más comunicativos? ¿Que no deseemos delatar en todos los aspectos de qué puede liberarse un espíritu y adónde puede ser entonces quizá empujado? ¿Y qué hay con la fórmula peligrosa «más allá del bien y del mal» con la que nos protegemos al menos de la confusión? Nosotros somos algo distinto de «libres-penseurs», «liberi pensatori», «librepensadores» y como les gusta llamarse a sí mismos todos estos valientes defensores de las «ideas modernas». Habiendo estado en casa, al menos de visita, en muchos países del espíritu; habiendo escapado siempre de nuevo de los rincones sombríos y agradables a los que parecían desterrarnos preferencia y odio previo, juventud, procedencia, el azar de personas y libros, o incluso las fatigas de la peregrinación; llenos de malicia contra los señuelos de la dependencia que se ocultan en honores, o dinero, o cargos, o entusiasmos de los sentidos; agradecidos incluso con la penuria y la enfermedad cambiante porque siempre nos liberaron de alguna regla y su «prejuicio», agradecidos con dios, diablo, oveja y gusano en nosotros, curiosos hasta el vicio, investigadores hasta la crueldad, con dedos sin escrúpulos para lo inaprensible, con dientes y estómagos para lo más indigerible, dispuestos a cualquier oficio que exija agudeza y sentidos agudos, dispuestos a cualquier riesgo, gracias a un exceso de «libre voluntad», con almas anteriores y posteriores en cuyas últimas intenciones difícilmente ve nadie, con primeros planos y trasfondos que ningún pie debería recorrer hasta el final, ocultos bajo los mantos de la luz, conquistadores aunque parezcamos herederos y despilfarradores, ordenadores y coleccionistas de la mañana a la noche, avaros de nuestra riqueza y de nuestros cajones atestados, económicos en aprender y olvidar, inventivos en esquemas, a veces orgullosos de tablas de categorías, a veces pedantes, a veces búhos nocturnos del trabajo también en pleno día; sí, cuando es necesario, incluso espantapájaros —¡y hoy es necesario!: es decir, en la medida en que somos los amigos natos, jurados, celosos de la soledad, de nuestra propia soledad más profunda, más de medianoche y más de mediodía: tal clase de seres humanos somos nosotros, nosotros espíritus libres. Y quizá también vosotros seáis algo de esto, vosotros los venideros, vosotros nuevos filósofos.
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