Parte 5Para la historia natural de la moral
Quinta sección:
Para una historia natural de la moral.
Aforismo186
La sensibilidad moral es ahora en Europa tan fina, tardía, múltiple, susceptible y refinada como todavía joven, principiante, torpe y tosca es la correspondiente «ciencia de la moral»: un contraste atractivo que a veces se hace visible y palpable en la persona de un propio moralista. Ya la palabra «ciencia de la moral» es, respecto a lo que con ella se designa, demasiado arrogante y contraria al buen gusto, el cual siempre suele ser un anticipo de las palabras más modestas. Habría que admitir, con todo rigor, lo que aquí sigue siendo necesario durante mucho tiempo, lo que provisionalmente tiene derecho a existir: a saber, la recopilación del material, la captación conceptual y la ordenación de un enorme reino de delicados sentimientos de valor y diferencias de valor que viven, crecen, engendran y perecen, y quizás intentos de hacer visibles las configuraciones recurrentes y más frecuentes de esta cristalización viviente, como preparación para una tipología de la moral. Ciertamente, hasta ahora no se ha sido tan modesto. Los filósofos exigieron todos, con una seriedad rígida que hace reír, algo mucho más elevado, pretencioso y solemne de sí mismos en cuanto se ocupaban de la moral como ciencia: querían la fundamentación de la moral, y cada filósofo ha creído hasta ahora haber fundamentado la moral; pero la moral misma pasaba por «dada». ¡Qué lejos estaba de su orgullo torpe aquella tarea de apariencia insignificante y dejada en el polvo y el moho de una descripción, aunque para ella apenas las manos y sentidos más finos podrían ser suficientemente finos! Precisamente porque los filósofos de la moral conocían los hechos morales solo de manera burda, en un extracto arbitrario o como una abreviación casual, quizá como la moralidad de su entorno, de su clase, de su iglesia, de su época, de su clima y de su región terrestre; precisamente porque estaban mal informados respecto a pueblos, tiempos y pasados y eran ellos mismos poco curiosos, no llegaron a ver los verdaderos problemas de la moral: los cuales solo emergen todos al comparar muchas morales. En toda la «ciencia de la moral» habida hasta ahora faltaba, por extraño que suene, el problema de la moral misma: faltaba la sospecha de que aquí hubiera algo problemático. Lo que los filósofos llamaban «fundamentación de la moral» y exigían de sí mismos era, visto bajo la luz correcta, solo una forma erudita de la buena fe en la moral dominante, un nuevo medio de su expresión, por lo tanto, un hecho mismo dentro de una determinada moralidad, incluso, en el fondo, una especie de negación de que esta moral pudiera ser captada como problema: y en todo caso lo contrario de un examen, desmembramiento, cuestionamiento, vivisección precisamente de esta fe. Óigase, por ejemplo, con qué inocencia casi venerable plantea todavía Schopenhauer su propia tarea, y sáquense las conclusiones sobre la cientificidad de una «ciencia» cuyos últimos maestros aún hablan como los niños y las viejas: «el principio, dice él (p. 136 de Los problemas fundamentales de la moral), el fundamento sobre cuyo contenido todos los éticos están realmente de acuerdo: neminem laede, immo omnes, quantum potes, juva, es en realidad la proposición que todos los maestros de la moral se esfuerzan en fundamentar... el auténtico fundamento de la ética, que se busca como la piedra filosofal desde hace milenios». La dificultad de fundamentar la proposición citada puede ser ciertamente grande —como es sabido, tampoco Schopenhauer lo consiguió—; y quien alguna vez haya sentido a fondo cuán insípidamente falsa y sentimental es esta proposición en un mundo cuya esencia es voluntad de poder, puede que recuerde que Schopenhauer, aunque pesimista, en realidad tocaba la flauta... Diariamente, después de comer: léase sobre esto a su biógrafo. Y dicho sea de paso: un pesimista, un negador de Dios y del mundo que se detiene ante la moral, que dice sí a la moral y toca la flauta, a la moral del laede-neminem: ¿cómo?, ¿es esto en realidad un pesimista?
Aforismo187
Prescindiendo aún del valor de afirmaciones tales como «hay en nosotros un imperativo categórico», siempre se puede preguntar: ¿qué dice una afirmación tal sobre quien la afirma? Hay morales que deben justificar a su creador ante los demás; otras morales deben tranquilizarlo y dejarlo satisfecho consigo mismo; con otras quiere crucificarse y humillarse a sí mismo; con otras quiere vengarse, con otras ocultarse, con otras transfigurarse y ponerse fuera, en las alturas y la lejanía; esta moral sirve a su creador para olvidar, aquella para hacer que él o algo de él sea olvidado; algún moralista querría ejercer sobre la humanidad poder y capricho creador; algún otro, quizá precisamente también Kant, da a entender con su moral: «lo que es respetable en mí es que puedo obedecer, ¡y en vosotros no debe ser de otra manera que en mí!». En resumen, las morales son también solo un lenguaje de signos de los afectos.
Aforismo188
Toda moral es, en contraste con el laisser aller, un trozo de tiranía contra la «naturaleza», también contra la «razón»: pero esto no es aún una objeción contra ella, pues habría que decretar de nuevo desde alguna moral que toda clase de tiranía y sinrazón esté prohibida. Lo esencial e inapreciable en toda moral es que es una larga coacción: para entender el estoicismo o Port-Royal o el puritanismo, puede recordarse la coacción bajo la cual hasta ahora toda lengua ha llegado a la fuerza y la libertad, la coacción métrica, la tiranía de la rima y el ritmo. ¡Cuánto esfuerzo se han tomado en cada pueblo los poetas y los oradores! —sin exceptuar a algunos prosistas de hoy en cuyo oído habita una conciencia implacable— «por una tontería», como dicen los estúpidos utilitaristas que con ello se creen inteligentes; «por sumisión a leyes arbitrarias», como dicen los anarquistas que con ello se imaginan «libres», incluso librepensadores. Pero el hecho extraño es que todo lo que hay o ha habido de libertad, finura, audacia, danza y seguridad magistral en la tierra, ya sea en el pensar mismo, o en el gobernar, o en el hablar y persuadir, tanto en las artes como en las moralidades, se ha desarrollado primero mediante la «tiranía de tales leyes arbitrarias»; y con toda seriedad, la probabilidad de que precisamente esto sea «naturaleza» y «natural» no es pequeña, ¡y no aquel laisser aller! Todo artista sabe cuán lejos del sentimiento de dejarse ir está su estado «más natural», el libre ordenar, colocar, disponer, configurar en los momentos de la «inspiración», y con qué rigor y finura obedece precisamente entonces a mil leyes que se burlan de toda formulación mediante conceptos justamente por su dureza y determinación (incluso el concepto más firme tiene, en comparación, algo flotante, múltiple, ambiguo). Lo esencial, «en el cielo y en la tierra», según parece, es, dicho una vez más, que se obedezca largamente y en una dirección: con ello siempre resulta y ha resultado a la larga algo por lo cual vale la pena vivir en la tierra, por ejemplo, virtud, arte, música, danza, razón, espiritualidad, algo transfigurador, refinado, loco y divino. La larga falta de libertad del espíritu, la coacción desconfiada en la comunicabilidad de los pensamientos, la disciplina que el pensador se impuso de pensar dentro de una pauta eclesiástica y cortesana o bajo presupuestos aristotélicos, la larga voluntad espiritual de interpretar todo lo que sucede según un esquema cristiano y de redescubrir y justificar aún al Dios cristiano en cada casualidad: todo esto violento, arbitrario, duro, horroroso, irracional ha resultado ser el medio por el cual se ha cultivado en el espíritu europeo su fuerza, su curiosidad despiadada y su fina movilidad: concedido que con ello también tuvo que ser aplastada, sofocada y corrompida una cantidad insustituible de fuerza y espíritu (pues aquí como en todas partes «la naturaleza» se muestra tal como es, en toda su magnificencia derrochadora e indiferente, que indigna pero es noble). Que durante milenios los pensadores europeos solo pensaran para demostrar algo —hoy, al contrario, todo pensador que «quiera demostrar algo» nos es sospechoso—, que ya siempre les constara de antemano lo que debía resultar de su reflexión más rigurosa, algo así como antaño en la astrología asiática o como todavía hoy en la inocente interpretación cristiano-moral de los acontecimientos personales más inmediatos «para honra de Dios» y «para salvación del alma»: esta tiranía, esta arbitrariedad, esta estupidez severa y grandiosa ha educado el espíritu; la esclavitud es, según parece, en el sentido más burdo y más fino el medio indispensable también de la disciplina y del cultivo espiritual. Puede considerarse cualquier moral en este sentido: la «naturaleza» en ella es lo que enseña a odiar el laisser aller, la demasiada libertad, y planta la necesidad de horizontes limitados, de tareas más próximas, lo que enseña el estrechamiento de la perspectiva, y por tanto en cierto sentido la estupidez, como una condición de vida y crecimiento. «Debes obedecer, a alguien, y por largo tiempo: de lo contrario perecerás y perderás el último respeto por ti mismo»: esto me parece ser el imperativo moral de la naturaleza, que ciertamente no es «categórico» como lo exigía de él el viejo Kant (de ahí el «de lo contrario»), ni se dirige al individuo (¡qué le importa a ella el individuo!), sino a pueblos, razas, épocas, estamentos, pero sobre todo al animal entero «hombre», al hombre.
Aforismo189
Las razas laboriosas encuentran una gran dificultad en soportar el ocio: fue una obra maestra del instinto inglés santificar y hacer aburrido el domingo hasta el punto de que el inglés vuelva a sentir, de manera inadvertida, deseo de sus días laborables y de trabajo: como una suerte de ayuno ingeniosamente inventado, ingeniosamente intercalado, tal como puede observarse abundantemente también en el mundo antiguo (aunque, como es natural en los pueblos meridionales, no precisamente en relación con el trabajo). Debe haber ayunos de muy diversa índole; y en todas partes donde reinan impulsos y costumbres poderosos, los legisladores han de preocuparse de intercalar días especiales en los que tal impulso quede encadenado y aprenda otra vez a pasar hambre. Visto desde un lugar más elevado, generaciones y épocas enteras, cuando aparecen afectadas por algún fanatismo moral, se muestran como tales períodos de coacción y ayuno intercalados, durante los cuales un impulso aprende a agacharse y humillarse, pero también a purificarse y afilarse; incluso sectas filosóficas aisladas (por ejemplo la Estoa en medio de la cultura helenística y de su aire recargado de aromas afrodisíacos y voluptuoso) permiten una interpretación semejante. Con esto se da también una pista para explicar aquella paradoja: por qué precisamente en el período más cristiano de Europa, y en general solo bajo la presión de los juicios de valor cristianos, el impulso sexual se sublimó hasta convertirse en amor (amour-passion).
Aforismo190
Hay algo en la moral de Platón que no pertenece propiamente a Platón, sino que solo se encuentra en su filosofía, podría decirse, a pesar de Platón: a saber, el socratismo, para el cual él era en realidad demasiado distinguido. «Nadie quiere dañarse a sí mismo, por tanto todo lo malo ocurre involuntariamente. Pues el malo se causa daño a sí mismo: esto no lo haría si supiera que lo malo es malo. En consecuencia, el malo solo es malo por un error; si se le quita su error, se le hace necesariamente bueno.» Esta manera de razonar huele a populacho, que en el mal actuar solo tiene en cuenta las consecuencias penosas y en el fondo juzga «es estúpido actuar mal»; mientras que toma sin más «bueno» como idéntico a «útil y agradable». Ante cualquier utilitarismo de la moral se puede adivinar de antemano este mismo origen y seguir la nariz: rara vez se errará. Platón hizo todo lo posible para interpretar algo refinado y noble en la proposición de su maestro, sobre todo a sí mismo, él, el más audaz de todos los intérpretes, que tomó al Sócrates entero solo como un tema popular y una canción popular de la calle, para variarlo hacia lo infinito e imposible: es decir, en todas sus propias máscaras y multiplicidades. Dicho en broma, y encima homénicamente: ¿qué es entonces el Sócrates platónico, sino prósthe Pláton opithén te Pláton mésse te Chímaira?
Aforismo191
El antiguo problema teológico de «fe» y «saber» —o, más claramente, de instinto y razón—, o sea la cuestión de si, en relación con la valoración de las cosas, el instinto merece más autoridad que la racionalidad, que quiere que se estime y actúe según fundamentos, según un «¿por qué?», según conveniencia y utilidad —sigue siendo aquel viejo problema moral tal como apareció por primera vez en la persona de Sócrates y ya dividió los espíritus mucho antes del cristianismo. El propio Sócrates se había situado, ciertamente, al principio del lado de la razón con el gusto de su talento —el de un dialéctico superior—; y en verdad, ¿qué hizo durante toda su vida sino reírse de la torpe incapacidad de sus distinguidos atenienses, que eran hombres de instinto como todas las personas distinguidas y nunca podían dar suficiente información sobre los fundamentos de su actuar? Pero finalmente, en silencio y en secreto, se rió también de sí mismo: encontró en sí, ante su conciencia más refinada y su autoexamen, la misma dificultad e incapacidad. Pero entonces, ¿para qué, se decía a sí mismo, separarse por ello de los instintos? Hay que ayudar tanto a ellos como a la razón a alcanzar la justicia —hay que seguir los instintos, pero persuadir a la razón para que les ayude con buenos fundamentos. Esta fue la auténtica falsedad de aquel gran irónico misterioso; llevó su conciencia al punto de contentarse con una especie de autoengaño: en el fondo había visto a través de lo irracional en el juicio moral. Platón, en estas cosas más inocente y sin la astucia del plebeyo, quiso demostrarse con un gasto de toda su fuerza —¡la mayor fuerza que hasta ahora haya tenido que gastar un filósofo!— que razón e instinto van por sí mismos hacia una sola meta, hacia el bien, hacia «Dios»; y desde Platón todos los teólogos y filósofos están en el mismo camino —es decir, en asuntos de moral ha vencido hasta ahora el instinto, o como lo llaman los cristianos, «la fe», o como yo lo llamo, «el rebaño». Habría que exceptuar a Descartes, el padre del racionalismo (y por consiguiente abuelo de la Revolución), que reconocía autoridad solo a la razón: pero la razón es solo un instrumento, y Descartes era superficial.
Aforismo192
Quien haya seguido la historia de una ciencia particular encuentra en su desarrollo un hilo conductor para comprender los procesos más antiguos y comunes de todo «saber y conocer»: allí como aquí se desarrollan primero las hipótesis apresuradas, las ficciones, la buena y estúpida voluntad de «creer», la falta de desconfianza y paciencia —nuestros sentidos aprenden tarde, y nunca lo aprenden del todo, a ser órganos de conocimiento finos, fieles y prudentes. A nuestro ojo le resulta más cómodo, ante un estímulo dado, reproducir una imagen ya generada antes con frecuencia, que retener en sí lo que hay de desviante y nuevo en una impresión: esto último necesita más fuerza, más «moralidad». Oír algo nuevo es penoso y difícil para el oído; la música extraña la oímos mal. Involuntariamente intentamos, al oír otra lengua, dar forma a los sonidos oídos convirtiéndolos en palabras que nos suenan más familiares y hogareñas: así, por ejemplo, el alemán se arregló en su tiempo la palabra Armbrust a partir del arcubalista oído. Lo nuevo encuentra también nuestros sentidos hostiles y reticentes; y en general, ya en los procesos «más simples» de la sensibilidad dominan los afectos, como el miedo, el amor, el odio, incluidos los afectos pasivos de la pereza. Del mismo modo que hoy un lector no lee todas y cada una de las palabras (o incluso sílabas) de una página —más bien toma al azar aproximadamente cinco de cada veinte palabras y «adivina» el sentido presuntamente correspondiente a estas cinco palabras—, exactamente igual de poco vemos un árbol de manera exacta y completa, en cuanto a hojas, ramas, color, forma; nos resulta mucho más fácil fantasear una aproximación de árbol. Incluso en medio de las experiencias más extrañas hacemos lo mismo todavía: nos inventamos la mayor parte de la experiencia y apenas si podemos ser obligados a no asistir a algún acontecimiento como «inventores». Todo esto quiere decir: estamos desde el fondo, desde antiguo, acostumbrados a mentir. O, para expresarlo de manera más virtuosa e hipócrita, en resumen más agradable: se es mucho más artista de lo que se sabe. En una conversación animada veo muchas veces el rostro de la persona con la que hablo, según el pensamiento que expresa o que creo haber suscitado en ella, de manera tan nítida y finamente determinada ante mí, que este grado de nitidez va mucho más allá de la capacidad de mi facultad visual: la finura del juego muscular y de la expresión de los ojos tiene que haber sido añadida por mí poéticamente. Probablemente la persona ponía un rostro completamente distinto o ninguno en absoluto.
Aforismo193
Quidquid luce fuit, tenebris agit: pero también a la inversa. Lo que experimentamos en el sueño, suponiendo que lo experimentemos con frecuencia, pertenece finalmente al balance total de nuestra alma tanto como cualquier cosa «realmente» vivida: somos en virtud de ello más ricos o más pobres, tenemos una necesidad más o menos, y finalmente en pleno día, e incluso en los momentos más alegres de nuestro espíritu despierto, somos guiados un poco por las costumbres de nuestros sueños. Supongamos que alguien ha volado con frecuencia en sus sueños y finalmente, tan pronto como sueña, se hace consciente de un poder y arte de volar como de su privilegio, también como de su más propia felicidad envidiable: alguien así, que cree poder realizar toda clase de arcos y ángulos con el más leve impulso, que conoce el sentimiento de cierta frivolidad divina, un «hacia arriba» sin tensión ni coacción, un «hacia abajo» sin condescendencia ni humillación —¡sin pesadez!—, ¿cómo no habría de encontrar finalmente también para su día de vigilia la palabra «felicidad» coloreada y determinada de otra manera el hombre de tales experiencias oníricas y costumbres oníricas! ¿Cómo no habría de anhelar la felicidad de otra manera? El «elevarse», tal como lo describen los poetas, tiene que parecerle, comparado con aquel «volar», ya demasiado terrestre, muscular, violento, ya demasiado «pesado».
Aforismo194
La diferencia entre los hombres no se muestra solo en la diferencia de sus tablas de bienes, es decir, en que consideren bienes distintos como dignos de ser perseguidos y también estén en desacuerdo entre sí sobre el más y el menos del valor, sobre la jerarquía de los bienes comúnmente reconocidos: se muestra todavía más en lo que para ellos vale como tener y poseer realmente un bien. En relación con una mujer, por ejemplo, para el más modesto ya vale la disposición sobre el cuerpo y el goce sexual como señal suficiente y satisfactoria del tener, del poseer; otro, con su sed de posesión más desconfiada y exigente, ve el «signo de interrogación», lo meramente aparente de tal tener, y quiere pruebas más refinadas, sobre todo para saber si la mujer no solo se entrega a él, sino que también deja por él lo que tiene o quisiera tener: solo entonces vale para él como «poseída». Pero un tercero tampoco está aquí aún al final de su desconfianza y su querer poseer, se pregunta si la mujer, cuando lo deja todo por él, no hace esto quizá por un fantasma de él: quiere primero ser conocido a fondo, incluso abismalmente bien, para poder ser amado, se atreve a dejarse adivinar. Solo entonces siente a la amada completamente en su posesión, cuando ella ya no se engaña más sobre él, cuando lo ama tanto por su diablura e insaciabilidad oculta como por su bondad, paciencia y espiritualidad. Aquel quiere poseer un pueblo: y todos los artes superiores de Cagliostro y Catilina le son adecuados para este fin. Otro, con una sed de posesión más refinada, se dice «no se debe engañar donde se quiere poseer»; está irritado e impaciente ante la idea de que una máscara de él gobierne sobre el corazón del pueblo: «así pues, debo darme a conocer y, ante todo, conocerme a mí mismo». Entre las personas serviciales y benéficas se encuentra casi regularmente aquella burda astucia que primero ajusta a aquel a quien debe ayudarse: como si, por ejemplo, «mereciera» ayuda, justamente anhelara su ayuda, y fuera a mostrarse por toda ayuda profundamente agradecido, apegado, sumiso a ellos; con estas imaginaciones disponen del necesitado como de una propiedad, como son personas benéficas y serviciales por un anhelo de propiedad en general. Se las encuentra celosas si se las cruza en el ayudar o se les adelanta uno. Los padres hacen involuntariamente del hijo algo semejante a ellos —llaman a esto «educación»—; ninguna madre duda en el fondo de su corazón de haberse parido en el hijo una propiedad, ningún padre se discute el derecho de poder someterlo a sus conceptos y valoraciones. Más aún, antiguamente parecía justo a los padres disponer según su arbitrio sobre la vida y la muerte del recién nacido (como entre los antiguos germanos). Y como el padre, así ven también ahora todavía el maestro, el estamento, el sacerdote, el príncipe en cada nuevo hombre una oportunidad sin reparos para una nueva posesión. De lo cual se sigue...
Aforismo195
Los judíos —un pueblo «nacido para la esclavitud», como dicen Tácito y todo el mundo antiguo, «el pueblo elegido entre los pueblos», como dicen y creen ellos mismos— han logrado esa proeza milagrosa de inversión de los valores gracias a la cual la vida en la tierra ha adquirido durante un par de milenios un atractivo nuevo y peligroso: sus profetas fundieron en uno «rico», «impío», «malo», «violento», «sensual», y acuñaron por primera vez la palabra «mundo» como palabra infamante. En esta inversión de los valores (a la que pertenece el uso de la palabra «pobre» como sinónimo de «santo» y «amigo») reside la importancia del pueblo judío: con él comienza la rebelión de los esclavos en la moral.
Aforismo196
Hay que deducir la existencia de innumerables cuerpos oscuros junto al sol —cuerpos que nunca veremos. Esto es, entre nosotros, una metáfora; y un psicólogo de la moral lee toda la escritura de las estrellas solo como un lenguaje metafórico y simbólico con el que se pueden callar muchas cosas.
Aforismo197
Se malentiende radicalmente al animal de presa y al hombre de presa (por ejemplo, César Borgia), se malentiende la «naturaleza», mientras se busque todavía una «enfermedad» en el fondo de estas bestias y plantas tropicales más sanas de todas, o incluso un «infierno» innato en ellas: como lo han hecho hasta ahora casi todos los moralistas. Parece que entre los moralistas existe un odio contra la selva virgen y contra los trópicos. ¿Y que el «hombre tropical» debe ser desacreditado a toda costa, ya sea como enfermedad y degeneración del hombre, ya sea como su propio infierno y autotortura? ¿Por qué? ¿En favor de las «zonas templadas»? ¿En favor de los hombres templados? ¿De los «morales»? ¿De los mediocres? Esto para el capítulo «la moral como cobardía».
Aforismo198
Todas estas morales que se dirigen a la persona individual con el propósito de su «felicidad», como se dice, ¿qué otra cosa son sino propuestas de conducta en relación al grado de peligrosidad en que la persona individual vive consigo misma; recetas contra sus pasiones, sus buenas y malas inclinaciones, en la medida en que tienen voluntad de poder y quisieran hacer de amo; pequeñas y grandes astucias y artificios, impregnados del olor a rincón de los viejos remedios caseros y de la sabiduría de viejas; todos ellos barrocos e irracionales en su forma —porque se dirigen a «todos», porque generalizan donde no se debe generalizar—, todos ellos hablando incondicionalmente, tomándose incondicionalmente, todos ellos condimentados no solo con un grano de sal, sino más bien solo soportables, y a veces incluso seductores, cuando aprenden a estar sobrecondimentados y a oler peligrosamente, sobre todo «al otro mundo»: todo esto es, medido intelectualmente, de poco valor y ni mucho menos «ciencia», y mucho menos aún «sabiduría», sino, dicho una vez más y tres veces, astucia, astucia, astucia, mezclada con estupidez, estupidez, estupidez —ya sea aquella indiferencia y frialdad de estatua frente a la ardiente locura de los afectos que los estoicos aconsejaban y aplicaban como cura; o también aquel no-reír-más y no-llorar-más de Spinoza, su tan ingenuamente defendida destrucción de los afectos mediante análisis y vivisección de los mismos; o aquella reducción de los afectos a una medida inofensiva en la que se les permite satisfacerse, el aristotelismo de la moral; incluso la moral como goce de los afectos en una deliberada dilución y espiritualización mediante el simbolismo del arte, por ejemplo como música, o como amor a Dios y al hombre por amor a Dios —pues en la religión las pasiones vuelven a tener derecho de ciudadanía, suponiendo que—; finalmente, incluso aquella condescendiente y caprichosa entrega a los afectos tal como la han enseñado Hafiz y Goethe, aquel audaz soltar las riendas, aquella licentia morum espiritual y corporal en el caso excepcional de viejos sabios y borrachos en quienes «ya hay poco peligro». Esto también para el capítulo «la moral como cobardía».
Aforismo199
En la medida en que en todos los tiempos, mientras ha habido seres humanos, también ha habido rebaños humanos (asociaciones de parentesco, comunidades, tribus, pueblos, Estados, iglesias) y siempre muchísimos obedientes en relación al pequeño número de los que mandan —considerando, pues, que la obediencia hasta ahora ha sido lo mejor y más largamente ejercitado y cultivado entre los seres humanos—, es lícito suponer que en promedio ahora a cada uno le es innata la necesidad de ello, como una especie de conciencia formal que ordena: «debes hacer algo incondicionalmente, debes omitir algo incondicionalmente», en resumen, «debes». Esta necesidad busca saciarse y llenar su forma con un contenido; según su fuerza, impaciencia y tensión, agarra con poca selectividad, como un apetito grosero, y acepta lo que le gritan al oído cualesquiera que manden —padres, maestros, leyes, prejuicios de clase, opiniones públicas—. La extraña limitación del desarrollo humano, lo vacilante, prolongado, a menudo retrógrado y giratorio del mismo se basa en que el instinto gregario de obediencia se hereda mejor y a costa del arte de mandar. Si se piensa este instinto yendo hasta sus últimas extravagancias, entonces finalmente faltan directamente los que mandan y los independientes; o sufren interiormente de mala conciencia y necesitan primero crearse un autoengaño para poder mandar: a saber, como si ellos también solo obedecieran. Este estado existe hoy de hecho en Europa: yo lo llamo la hipocresía moral de los que mandan. No saben protegerse de su mala conciencia de otra manera que comportándose como ejecutores de mandatos más antiguos o superiores (de los antepasados, de la constitución, del derecho, de las leyes o incluso de Dios) o incluso tomando prestadas máximas gregarias de la mentalidad del rebaño, por ejemplo como «primeros servidores de su pueblo» o como «instrumentos del bien común». Por otro lado, el hombre gregario en Europa hoy se da el aspecto de ser la única clase de ser humano permitida, y glorifica sus cualidades, gracias a las cuales es manso, compatible y útil al rebaño, como las virtudes propiamente humanas: así, espíritu comunitario, benevolencia, consideración, diligencia, moderación, modestia, indulgencia, compasión. Pero para los casos en que se cree no poder prescindir del líder y del carnero guía, se hacen hoy intentos y más intentos de reemplazar a los que mandan mediante la suma de hombres gregarios astutos: de este origen son, por ejemplo, todas las constituciones representativas. Qué beneficio, qué liberación de una presión que se vuelve insoportable es, a pesar de todo, la aparición de alguien que manda incondicionalmente para estos europeos animales de rebaño, de ello dio el último gran testimonio el efecto que produjo la aparición de Napoleón: la historia del efecto de Napoleón es casi la historia de la felicidad superior que este siglo entero ha alcanzado en sus hombres y momentos más valiosos.
Aforismo200
El ser humano de una época de disolución que mezcla las razas entre sí, que como tal tiene en el cuerpo la herencia de una procedencia múltiple, es decir, impulsos y escalas de valores contrapuestos y a menudo no solo contrapuestos, que luchan entre sí y raramente se dan tregua —un ser humano así de las culturas tardías y de las luces quebradas será en promedio un ser humano más débil: su deseo más profundo va dirigido a que la guerra que él es tenga alguna vez un fin; la felicidad le aparece, en concordancia con una medicina y mentalidad tranquilizadora (por ejemplo epicúrea o cristiana), principalmente como la felicidad del reposo, de la no perturbación, de la saciedad, de la unidad final, como «sábado de los sábados», para hablar con el santo rétor Agustín, que era él mismo un ser humano así. Pero si el contraste y la guerra actúan en una naturaleza así más bien como estímulo y acicate vital, y si además a sus poderosos e irreconciliables impulsos se hereda y cultiva también el verdadero dominio y finura en la guerra consigo mismo, es decir, el autodominio, el autoengaño: entonces surgen esos hombres enigma mágicos, incomprensibles e inconcebibles, esos predestinados a la victoria y a la seducción, cuya más bella expresión son Alcibíades y César (—a quienes me gustaría asociar aquel primer europeo según mi gusto, el Hohenstaufen Federico II), entre los artistas quizá Leonardo da Vinci. Aparecen exactamente en los mismos tiempos en que aquel tipo más débil, con su anhelo de reposo, pasa a primer plano: ambos tipos se pertenecen mutuamente y surgen de las mismas causas.
Aforismo201
Mientras la utilidad que domina en los juicios morales de valor sea únicamente la utilidad gregaria, mientras la mirada esté dirigida solo a la conservación de la comunidad, y lo inmoral se busque exacta y exclusivamente en lo que parece peligroso para la subsistencia de la comunidad: no puede haber todavía una «moral del amor al prójimo». Suponiendo que también allí ya se encuentre un constante pequeño ejercicio de consideración, compasión, equidad, dulzura, reciprocidad en la ayuda, suponiendo que en ese estado de la sociedad ya estén activos todos aquellos impulsos que después son designados con nombres honoríficos como «virtudes» y finalmente casi coinciden en uno con el concepto de «moralidad»: en aquella época todavía no pertenecen en absoluto al reino de las valoraciones morales —todavía son extramorales. Una acción compasiva, por ejemplo, en la mejor época romana no se llama ni buena ni mala, ni moral ni inmoral; y aunque sea elogiada, con este elogio se compagina perfectamente todavía una especie de desprecio involuntario tan pronto como se la compara con alguna acción que sirve al fomento del todo, de la res publica. En último término, el «amor al prójimo» es siempre algo secundario, en parte convencional y arbitrariamente aparente en relación al miedo ante el prójimo. Después de que la estructura de la sociedad en su conjunto parece establecida y asegurada contra peligros externos, es este miedo ante el prójimo el que vuelve a crear nuevas perspectivas de la valoración moral. Ciertos impulsos fuertes y peligrosos, como el espíritu de empresa, la temeridad, la venganza, la astucia, la rapacidad, el afán de dominio, que antes no solo debían ser honrados —bajo otros nombres, como es justo, que los recién elegidos— en un sentido útil a la comunidad, sino fomentados y cultivados en gran medida (porque se necesitaba constantemente de ellos en el peligro del todo contra los enemigos del todo), ahora se sienten con el doble de fuerza en su peligrosidad —ahora que faltan los canales de desagüe para ellos— y poco a poco son marcados como inmorales y entregados a la calumnia. Ahora llegan a honores morales los impulsos e inclinaciones opuestos; el instinto gregario saca, paso a paso, su conclusión. Cuánto o cuán poco de peligroso para la comunidad, de peligroso para la igualdad hay en una opinión, en un estado y afecto, en una voluntad, en un don, esa es ahora la perspectiva moral: también aquí el miedo es nuevamente la madre de la moral. Cuando los impulsos más altos y fuertes, al estallar apasionadamente, empujan al individuo muy por encima del promedio y de la bajura de la conciencia gregaria y hacia arriba, se destruye el sentimiento de sí de la comunidad, su fe en sí misma, su columna vertebral, por así decirlo, se quiebra: por consiguiente, serán precisamente estos impulsos los que mejor se marquen y calumnien. La alta espiritualidad independiente, la voluntad de estar solo, la gran razón ya son sentidas como peligro; todo lo que eleva al individuo por encima del rebaño y causa miedo al prójimo se llama desde ahora malo; la mentalidad equitativa, modesta, que se subordina, que iguala, la mediocridad de los deseos llega a nombres y honores morales. Finalmente, bajo condiciones muy pacíficas, falta cada vez más la ocasión y la necesidad de educar el sentimiento hacia la severidad y la dureza; y ahora toda severidad, incluso en la justicia, comienza a perturbar las conciencias; una alta y dura nobleza y autorresponsabilidad casi ofende y despierta desconfianza, «el cordero», más aún «la oveja», gana en respeto. Hay un punto de reblandecimiento y afeminamiento enfermizo en la historia de la sociedad donde ella misma toma partido por su dañador, el criminal, y lo hace en serio y honestamente. Castigar: eso le parece de algún modo injusto, —es seguro que la idea «castigo» y «deber castigar» le duele, le causa miedo. «¿No basta con hacerlo inofensivo? ¿Para qué además castigar? ¡Castigar mismo es terrible!» —con esta pregunta la moral del rebaño, la moral de la cobardía, saca su última consecuencia. Suponiendo que se pudiera eliminar en general el peligro, el motivo para temer, se habría eliminado también esta moral: ya no sería necesaria, ¡ya no se consideraría a sí misma necesaria! Quien examine la conciencia del europeo de hoy, tendrá que extraer de mil pliegues y escondites morales siempre el mismo imperativo, el imperativo de la cobardía gregaria: «queremos que alguna vez no haya ya nada que temer». Alguna vez —la voluntad y el camino hacia allí se llama hoy en Europa por todas partes el «progreso».
Aforismo202
Digámoslo inmediatamente una vez más, lo que ya hemos dicho cien veces: pues los oídos no están hoy bien dispuestos para tales verdades, para nuestras verdades. Ya sabemos de sobra cuán ofensivo suena que alguien cuente sin más al ser humano entre los animales, sin maquillaje y sin metáforas; pero casi se nos considerará culpables de que precisamente respecto a los hombres de las «ideas modernas» empleemos constantemente las expresiones «rebaño», «instintos de rebaño» y similares. ¡Pero qué remedio! No podemos hacer otra cosa: pues justamente aquí reside nuestra nueva comprensión. Hemos encontrado que en todos los juicios morales fundamentales Europa se ha vuelto unánime, añadiendo aún los países donde domina la influencia de Europa: es evidente que en Europa se sabe lo que Sócrates creía no saber, y lo que aquella vieja serpiente famosa prometió en otro tiempo enseñar, hoy se «sabe» qué es el bien y el mal. Ahora bien, tiene que sonar duro y llegar mal a los oídos que insistamos una y otra vez en lo siguiente: lo que aquí cree saber, lo que aquí se glorifica a sí mismo con sus elogios y censuras, se llama a sí mismo bueno, es el instinto del ser humano como animal de rebaño: un instinto que ha llegado a imponerse, a predominar, a dominar sobre otros instintos, y que cada vez lo hace más, conforme a la creciente aproximación fisiológica y asimilación de la que es síntoma. La moral hoy en Europa es moral de animal de rebaño: es decir, tal como nosotros entendemos las cosas, solo un tipo de moral humana, junto a la cual, antes de la cual, después de la cual son o deberían ser posibles muchas otras, sobre todo morales superiores. Pero contra esa «posibilidad», contra ese «debería» se defiende esta moral con todas sus fuerzas: dice obstinada e implacablemente «yo soy la moral misma, y nada más es moral». Es más, con ayuda de una religión que estuvo al servicio de los apetitos más sublimes del animal de rebaño y los halagó, se ha llegado al punto de que incluso en las instituciones políticas y sociales encontramos una expresión cada vez más visible de esta moral: el movimiento democrático es la herencia del cristianismo. Pero que su tempo es todavía demasiado lento y somnoliento para los más impacientes, para los enfermos y adictos del mencionado instinto, lo demuestra el aullido cada vez más rabioso, el enseñar los dientes cada vez más descarado de los perros anarquistas que ahora merodean por las calles de la cultura europea: aparentemente en oposición a los pacíficos y laboriosos demócratas e ideólogos de la revolución, y más aún a los torpes filosofastros y entusiastas de la fraternidad que se llaman socialistas y quieren la «sociedad libre», pero en verdad idénticos a todos ellos en la hostilidad radical e instintiva contra cualquier otra forma de sociedad que no sea la del rebaño autónomo (hasta el punto de rechazar incluso los conceptos de «señor» y «siervo» —ni dieu ni maître reza una fórmula socialista—); idénticos en la tenaz resistencia contra toda pretensión particular, todo derecho particular y privilegio (es decir, en el fondo contra todo derecho: pues cuando todos son iguales, nadie necesita ya «derechos»); idénticos en la desconfianza hacia la justicia que castiga (como si fuera una violación del más débil, una injusticia contra la consecuencia necesaria de toda sociedad anterior); pero igualmente idénticos en la religión de la compasión, en la participación en el sentimiento, en la medida en que solo se siente, se vive, se sufre (hasta el animal, hasta «Dios»: el exceso de una compasión con «Dios» pertenece a una época democrática); idénticos todos en el grito y la impaciencia de la compasión, en el odio mortal contra el sufrimiento en general, en la incapacidad casi femenina de poder seguir siendo espectadores, de poder dejar sufrir; idénticos en el ensombrecimiento y ablandamiento involuntarios bajo cuyo hechizo Europa parece amenazada por un nuevo budismo; idénticos en la fe en la moral de la compasión común, como si fuera la moral en sí, como la cumbre, la cumbre alcanzada del ser humano, la única esperanza del futuro, el consuelo de los actuales, la gran redención de toda la culpa del pasado: idénticos todos en la fe en la comunidad como redentora, en el rebaño, pues, en sí mismos...
Aforismo203
Nosotros, que somos de otra fe; nosotros, para quienes el movimiento democrático no vale solo como una forma de decadencia de la organización política, sino como forma de decadencia, es decir, de empequeñecimiento del ser humano, como su mediocrización y degradación de valor: ¿hacia dónde tenemos que dirigir nuestras esperanzas? Hacia nuevos filósofos, no queda otra opción; hacia espíritus lo bastante fuertes y originarios como para dar los impulsos a valoraciones opuestas y «transvalorar», invertir «valores eternos»; hacia enviados por delante, hacia hombres del futuro que en el presente aten la fuerza y el nudo que obligue a la voluntad de milenios a entrar en nuevas vías. Enseñar al ser humano el futuro del ser humano como su voluntad, como dependiente de una voluntad humana, y preparar grandes apuestas y ensayos generales de disciplina y crianza para poner así fin a ese terrible dominio del sinsentido y del azar que hasta ahora se llamó «historia» —el sinsentido del «mayor número» es solo su última forma—: para ello será necesaria alguna vez una nueva clase de filósofos y de comandantes ante cuya imagen todo lo que en la tierra haya habido de espíritus ocultos, terribles y benévolos podría parecer pálido y enano. Es la imagen de tales líderes la que flota ante nuestros ojos: ¿puedo decirlo en voz alta, espíritus libres? Las circunstancias que habría que crear en parte, en parte aprovechar para su surgimiento; los caminos y pruebas presumibles mediante los cuales un alma crecería hasta tal altura y poder como para sentir la obligación de estas tareas; una transvaloración de los valores bajo cuya nueva presión y martillo una conciencia se endurecería, un corazón se transformaría en bronce para soportar el peso de tal responsabilidad; por otro lado, la necesidad de tales líderes, el terrible peligro de que se ausenten o se malogren y degeneren: estas son nuestras verdaderas preocupaciones y ensombrecimientos, ya lo sabéis, espíritus libres, estos son los pensamientos pesados y lejanos y las tormentas que cruzan el cielo de nuestra vida. Hay pocos dolores tan sensibles como haber visto una vez, adivinado, sentido con alguien cómo un ser humano extraordinario se desvió de su camino y degeneró: pero quien tiene esa rara mirada para el peligro total de que «el ser humano» mismo degenere, quien, como nosotros, ha reconocido la monstruosa casualidad que hasta ahora jugó su juego respecto al futuro del ser humano —un juego en el que no participó ninguna mano ni siquiera un «dedo de Dios»—, quien adivina el destino que se oculta en la imbécil ingenuidad y confianza beatífica de las «ideas modernas», y más aún en toda la moral cristiano-europea: ese sufre una angustia con la que ninguna otra se puede comparar; pues él abarca de una sola mirada todo lo que todavía podría criarse del ser humano con una acumulación y potenciación favorable de fuerzas y tareas, sabe con todo el saber de su conciencia cuán poco agotado está el ser humano para las mayores posibilidades, y cuántas veces ya el tipo humano se ha encontrado ante decisiones misteriosas y nuevos caminos; lo sabe todavía mejor, desde su recuerdo más doloroso, en qué cosas miserables se rompió, se quebró, se hundió, se volvió miserable habitualmente un ser en devenir del más alto rango. La degeneración total del ser humano, hasta llegar a lo que hoy se les aparece a los torpes y cabezas huecas socialistas como su «hombre del futuro» —¡como su ideal!—, esta degeneración y empequeñecimiento del ser humano hasta el perfecto animal de rebaño (o, como ellos dicen, hasta el hombre de la «sociedad libre»), esta animalización del ser humano hasta el animal enano de iguales derechos y pretensiones es posible, ¡no hay duda! Quien ha pensado esta posibilidad hasta el final una vez, conoce una náusea más que los demás seres humanos, y quizá también una nueva tarea...
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