Parte 8Pueblos y patrias
Octavo capítulo:
Pueblos y patrias.
Aforismo240
Oí, una vez más por primera vez, la obertura de Richard Wagner a Los maestros cantores: es un arte magnífico, recargado, pesado y tardío, que tiene el orgullo de presuponer como todavía vivos dos siglos de música para su comprensión: ¡honra a los alemanes que semejante orgullo no se haya equivocado en sus cálculos! ¡Qué jugos y fuerzas, qué estaciones del año y qué cielos no están aquí mezclados! Esto nos parece ora antiguo, ora extraño, acre y demasiado joven, es tanto arbitrario como pomposamente tradicional, no es raro que sea pícaro, más a menudo tosco y grosero; tiene fuego y valor y al mismo tiempo la piel flácida y amarillenta de los frutos que maduran demasiado tarde. Esto fluye amplio y pleno: y de repente un momento de inexplicable vacilación, como si se abriera una brecha entre causa y efecto, una presión que nos hace soñar, casi una pesadilla; pero enseguida se extiende y ensancha de nuevo la vieja corriente de bienestar, de bienestar múltiple, de dicha vieja y nueva, muy incluida la dicha del artista en sí mismo, que no quiere disimular, su asombrada y feliz consciencia de la maestría de los medios que aquí emplea, de medios artísticos nuevos, recién adquiridos, no ensayados, como parece revelarnos. En conjunto ninguna belleza, ningún sur, nada de la fina claridad meridional del cielo, nada de gracia, ninguna danza, apenas una voluntad de lógica; cierta tosquedad incluso, que aún se subraya, como si el artista quisiera decirnos: «pertenece a mi intención»; un ropaje pesado, algo arbitrariamente bárbaro y solemne, un tintineo de tesoros y encajes eruditos y venerables; algo alemán, en el mejor y peor sentido de la palabra, algo múltiple, informe e inagotable a la manera alemana; cierta potencia alemana y superabundancia del alma, que no tiene miedo de esconderse bajo los refinamientos de la decadencia, que quizá se siente precisamente allí más a gusto; un verdadero y auténtico símbolo del alma alemana, que es al mismo tiempo joven y envejecida, demasiado madura y todavía demasiado rica en futuro. Este tipo de música expresa mejor lo que pienso de los alemanes: son de anteayer y de pasado mañana; aún no tienen un hoy.
Aforismo241
Nosotros, los «buenos europeos»: también nosotros tenemos horas en que nos permitimos una cordial patriotería, un tropezón y recaída en viejos amores y estrecheces —acabo de dar una muestra de ello—, horas de oleadas nacionales, de opresiones patrióticas y de toda clase de otras inundaciones sentimentales anticuadas. Los espíritus más pesados que nosotros pueden necesitar períodos más largos para acabar con lo que en nosotros se limita a horas y se resuelve en horas, unos medio año, otros medio vida, según la velocidad y la fuerza con que digieren y «cambian sus materias». Sí, podría imaginarme razas embotadas y vacilantes que incluso en nuestra rápida Europa necesitarían medio siglo para superar tales ataques atávicos de patriotería y apego al terruño y volver a la razón, es decir, al «buen europeísmo». Y mientras divago sobre esta posibilidad, me ocurre que soy testigo auditivo de una conversación entre dos viejos «patriotas»; ambos oían evidentemente mal y por eso hablaban tanto más alto. «Ese sabe de filosofía tanto como un campesino o un estudiante de corporación —dijo uno—: todavía es inocente. ¡Pero qué importa hoy! Es la época de las masas: se postran ante todo lo masivo. Y lo mismo en política. Un estadista que les levante una nueva torre de Babel, cualquier monstruo de imperio y poder, lo llaman "grande": ¿qué importa que nosotros, los más prudentes y reservados, no abandonemos por ahora la vieja creencia de que sólo el gran pensamiento es lo que da grandeza a un hecho y a una causa? Supongamos que un estadista pusiera a su pueblo en la situación de tener que hacer en adelante "gran política", para la cual está mal dotado y preparado por naturaleza: de modo que tendría que sacrificar sus viejas y seguras virtudes en favor de una nueva y dudosa mediocridad; supongamos que un estadista condenara a su pueblo a "hacer política" en general, mientras que hasta ahora había tenido cosas mejores que hacer y pensar y en el fondo de su alma no se libraba de un prudente asco ante la inquietud, el vacío y la ruidosa pendencia de los pueblos que realmente hacen política; supongamos que tal estadista azuzara las pasiones y codicias dormidas de su pueblo, convirtiera en mancha su timidez hasta ahora y su gusto por mantenerse al margen, su condición de extranjero y su secreta infinitud en una culpa, le devaluara sus inclinaciones más cordiales, le diera la vuelta a su conciencia, le estrechara el espíritu, le hiciera el gusto "nacional": ¡cómo!, ¿un estadista que hiciera todo esto, que su pueblo tuviera que expiar en todo el futuro, si es que tiene futuro, tal estadista sería grande?» «¡Sin duda! —respondió el otro viejo patriota con vehemencia—: de otro modo no habría podido hacerlo. Quizá fue una locura querer algo así. ¡Pero quizá todo lo grande fue al principio sólo locura!» «¡Abuso de las palabras! —gritó su interlocutor en respuesta—: ¡fuerte! ¡fuerte! ¡fuerte y loco! ¡No grande!» Los viejos se habían acalorado visiblemente mientras se gritaban así sus «verdades» a la cara; yo, sin embargo, en mi dicha y más allá, reflexionaba sobre cómo pronto un más fuerte se hará dueño del fuerte; también que para el aplanamiento espiritual de un pueblo hay una compensación, a saber, mediante la profundización de otro.
Aforismo242
Llámeselo ahora «civilización» o «humanización» o «progreso», aquello en lo que se busca ahora la distinción de los europeos; llámeselo simplemente, sin alabar ni censurar, con una fórmula política, el movimiento democrático de Europa: detrás de todos los primeros planos morales y políticos a los que se señala con tales fórmulas, se consuma un enorme proceso fisiológico que entra cada vez más en flujo: el proceso de una asimilación de los europeos, su creciente desvinculación de las condiciones bajo las cuales surgen razas ligadas climática y estamentalmente, su creciente independencia de todo medio determinado que durante siglos quisiera inscribirse con las mismas exigencias en el alma y el cuerpo; por tanto, la lenta aparición de un tipo de ser humano esencialmente supranacional y nómada que, fisiológicamente hablando, posee un máximo de arte y fuerza de adaptación como su distinción típica. Este proceso del europeo en devenir, que puede retrasarse en su tempo por grandes recaídas, pero que quizá precisamente por ello gana y crece en vehemencia y profundidad —la tormenta e ímpetu ahora furiosa del «sentimiento nacional» pertenece aquí, igualmente el anarquismo que ahora surge—: este proceso desemboca probablemente en resultados con los que sus ingenuos promotores y panegiristas, los apóstoles de las «ideas modernas», menos querrían contar. Las mismas nuevas condiciones bajo las cuales por término medio se formará una igualación y mediocrización del ser humano —un animal de rebaño humano útil, trabajador, múltiplemente aprovechable y apto— están en grado sumo dispuestas a dar origen a seres humanos excepcionales de la cualidad más peligrosa y atractiva. Pues mientras aquella capacidad de adaptación, que prueba condiciones siempre cambiantes y que con cada generación, casi con cada década, comienza un nuevo trabajo, no hace en absoluto posible la potencia del tipo; mientras la impresión total de tales europeos futuros será probablemente la de trabajadores múltiples, charlatanes, sin voluntad y extremadamente aptos, que necesitan del señor, del que manda como del pan de cada día; mientras, por tanto, la democratización de Europa desemboca en la producción de un tipo preparado para la esclavitud en el sentido más fino: en el caso individual y excepcional, el ser humano fuerte tendrá que resultar más fuerte y más rico de lo que quizá haya resultado nunca hasta ahora, gracias a la ausencia de prejuicios de su formación, gracias a la enorme multiplicidad de ejercicio, arte y máscara. Quería decir: la democratización de Europa es al mismo tiempo una disposición involuntaria para la cría de tiranos, entendida la palabra en todos los sentidos, también en el más espiritual.
Aforismo243
Oigo con placer que nuestro sol se halla en rápido movimiento hacia la constelación de Hércules: y espero que el ser humano en esta tierra haga lo mismo que el sol. ¡Y nosotros por delante, nosotros los buenos europeos!
Aforismo244
Hubo un tiempo en que se acostumbraba a llamar a los alemanes con distinción «profundos»: ahora, cuando el tipo más exitoso de la nueva germanidad ambiciona honores muy distintos y quizá echa de menos la «desenvoltura» en todo lo que tiene profundidad, la duda es casi oportuna y patriótica de si en otros tiempos no nos engañamos con aquel elogio: basta, de si la profundidad alemana no es en el fondo algo distinto y peor, y algo que, gracias a Dios, estamos a punto de quitarnos de encima con éxito. Intentemos, pues, reaprender sobre la profundidad alemana: no necesitamos nada para ello más que un poco de vivisección del alma alemana. El alma alemana es ante todo múltiple, de diversos orígenes, más compuesta y superpuesta que realmente construida: esto se debe a su procedencia. Un alemán que se atreviera a afirmar «dos almas habitan, ¡ay!, en mi pecho» se equivocaría gravemente con la verdad, más exactamente, se quedaría muy atrás de la verdad, falto de muchas almas. Como pueblo de la más monstruosa mezcla y revoltijo de razas, quizá incluso con un predominio del elemento prearío, como «pueblo del centro» en todos los sentidos, los alemanes son más inaprehensibles, más amplios, más contradictorios, más desconocidos, más incalculables, más sorprendentes, incluso más aterradores de lo que otros pueblos son para sí mismos: escapan a la definición y son por ello ya la desesperación de los franceses. Caracteriza a los alemanes que entre ellos la pregunta «¿qué es alemán?» nunca se extinga. Kotzebue conocía ciertamente bastante bien a sus alemanes: «¡Somos reconocidos!», le aclamaban; pero también Sand creía conocerlos. Jean Paul sabía lo que hacía cuando se declaró encolerizado contra las mentirosas pero patrióticas adulaciones y exageraciones de Fichte; pero es probable que Goethe pensara de otro modo que Jean Paul sobre los alemanes, aunque le diera la razón respecto a Fichte. ¿Qué pensó realmente Goethe sobre los alemanes? Pero nunca habló claramente sobre muchas cosas a su alrededor y supo toda su vida guardar el fino silencio: probablemente tenía buenas razones para ello. Cierto es que no fueron las «guerras de liberación» las que lo hicieron mirar con más alegría, tan poco como la Revolución francesa; el acontecimiento por el cual repensó su Fausto, incluso todo el problema del «ser humano», fue la aparición de Napoleón. Hay palabras de Goethe en las que, como desde el extranjero, se pronuncia con una dureza impaciente sobre lo que los alemanes cuentan para su orgullo: el famoso ánimo alemán lo define una vez como «indulgencia con las debilidades propias y ajenas». ¿Se equivoca con ello? Caracteriza a los alemanes que rara vez se esté completamente equivocado sobre ellos. El alma alemana tiene pasillos y entrepasillos en sí, hay en ella cavernas, escondrijos, mazmorras; su desorden tiene mucho del encanto de lo misterioso; el alemán entiende de los caminos furtivos hacia el caos. Y como toda cosa ama su metáfora, así el alemán ama las nubes y todo lo que es poco claro, deviniente, crepuscular, húmedo y velado: siente lo incierto, lo inconfigurado, lo cambiante, lo creciente de toda clase como «profundo». El alemán mismo no es, deviene, se «desarrolla». «Desarrollo» es por eso el hallazgo y golpe propiamente alemán en el gran reino de las fórmulas filosóficas: un concepto rector que, en alianza con la cerveza alemana y la música alemana, trabaja en germanizar toda Europa. Los extranjeros están asombrados y atraídos ante los enigmas que les plantea la naturaleza contradictoria en el fondo del alma alemana (que Hegel sistematizó, que Richard Wagner acabó poniendo en música). «Bonachón y malicioso», tal yuxtaposición, absurda respecto a cualquier otro pueblo, se justifica lamentablemente con demasiada frecuencia en Alemania: basta vivir un tiempo entre suabos. La pesadez del sabio alemán, su insipidez social se aviene espantosamente bien con una funambulesca interior y una ligereza audaz ante la cual todos los dioses ya han aprendido a temer. Si se quiere demostrar ad oculos el «alma alemana», basta mirar el gusto alemán, las artes y costumbres alemanas: ¡qué indiferencia rústica hacia el «gusto»! ¡Cómo están ahí lo más noble y lo más vulgar uno junto al otro! ¡Qué desordenado y rico es todo este hogar del alma! El alemán arrastra su alma; arrastra todo lo que experimenta. Digiere mal sus acontecimientos, nunca «acaba» con ellos; la profundidad alemana es a menudo sólo una «digestión» pesada y vacilante. Y como todos los enfermos habituales, todos los dispépticos tienen la inclinación a lo cómodo, así el alemán ama la «apertura» y la «probidad»: ¡qué cómodo es ser abierto y probo! Es quizá hoy el disfraz más peligroso y afortunado que el alemán entiende, este ser confiado, complaciente, mostrar-las-cartas de la honradez alemana: es su verdadero arte mefistofélico, con él puede «llegar aún lejos». El alemán se deja ir, mira con ello con fieles ojos alemanes azules y vacíos, ¡y enseguida el extranjero lo confunde con su bata! Quería decir: sea la «profundidad alemana» lo que sea —del todo entre nosotros quizá nos permitamos reírnos de ella—, hacemos bien en mantener en honor también en adelante su apariencia y buen nombre y no malvender demasiado barato nuestra vieja fama, como pueblo de la profundidad, a cambio de «desenvoltura» prusiana e ingenio y arena berlineses. Es prudente para un pueblo hacerse pasar, dejarse pasar por profundo, por torpe, por bonachón, por honrado, por poco prudente: ¡podría incluso ser profundo! Por último: hay que hacer honor al propio nombre; no se llama en vano el pueblo «tiusche», el pueblo del engaño...
Aforismo245
Los «buenos viejos tiempos» ya pasaron, en Mozart se agotaron cantando: ¡qué afortunados somos de que su rococó todavía nos hable, de que su «buena sociedad», su tierno entusiasmo, su alegría infantil por lo chino y lo recargado, su cortesía del corazón, su deseo de delicadeza, de amor, de danza, de lágrimas dichosas, su fe en el sur puedan apelar todavía a algún resto que hay en nosotros! Ay, alguna vez también esto se acabará, pero ¿quién puede dudar de que mucho antes se acabará la comprensión y el gusto por Beethoven? Él fue solo el acorde final de una transición de estilo y de una ruptura de estilo, y no, como Mozart, el acorde final de un gran gusto europeo de siglos de duración. Beethoven es el acontecimiento intermedio entre un alma antigua y frágil que constantemente se quiebra, y un alma futura demasiado joven que constantemente llega; sobre su música yace esa penumbra de pérdida eterna y de esperanza eterna y desbordante, la misma luz en la que estuvo bañada Europa cuando soñó con Rousseau, cuando danzó alrededor del árbol de la libertad de la Revolución y finalmente casi adoró a Napoleón. Pero qué rápido se desvanece ahora precisamente este sentimiento, qué difícil es ya hoy el saber de este sentimiento, qué extraña suena a nuestros oídos la lengua de aquellos Rousseau, Schiller, Shelley, Byron, en quienes juntos el mismo destino de Europa encontró el camino hacia la palabra, que en Beethoven supo cantar. Lo que vino después de la música alemana pertenece al romanticismo, es decir, a un movimiento, históricamente hablando, aún más breve, aún más fugaz, aún más superficial que aquel gran entreacto, aquella transición de Europa de Rousseau a Napoleón y al advenimiento de la democracia. Weber: ¡pero qué significan hoy para nosotros El cazador furtivo y Oberón! ¿O Hans Heiling y Vampiro de Marschner? ¡O incluso el Tannhäuser de Wagner! Es música que se ha desvanecido, aunque aún no olvidada. Toda esta música del romanticismo, además, no era lo bastante noble, no era lo bastante música como para mantener también su validez en otros lugares que no fueran el teatro y ante la multitud; era desde el principio música de segunda categoría, que entre verdaderos músicos contaba poco. Otra cosa era Felix Mendelssohn, aquel maestro halciónico que por su alma más ligera, más pura, más dichosa, fue venerado rápidamente y olvidado igual de rápidamente: como el hermoso episodio de la música alemana. Pero en cuanto a Robert Schumann, que lo tomó en serio y desde el principio fue tomado en serio también, el último que fundó una escuela: ¿no se considera hoy entre nosotros una fortuna, un respiro, una liberación que precisamente este romanticismo schumanniano haya sido superado? Schumann, refugiándose en la «Suiza sajona» de su alma, mitad de carácter wertheriano, mitad de carácter jeanpauliano, ciertamente no beethoveniano, ciertamente no byroniano —su música de Manfredo es un error y un malentendido hasta la injusticia—, Schumann con su gusto que en el fondo era un gusto pequeño (es decir, una inclinación peligrosa, doblemente peligrosa entre alemanes, hacia la lírica callada y la embriaguez del sentimiento), apartándose constantemente, retirándose tímido y recluido, un noble delicado que se entregaba a una dicha y un dolor totalmente anónimos, una especie de muchacha y noli me tangere desde el principio: este Schumann era ya solo un acontecimiento alemán en la música, ya no europeo, como lo fue Beethoven, como lo fue Mozart en una medida aún más amplia; con él amenazaba a la música alemana su mayor peligro, el de perder la voz del alma de Europa y hundirse en un mero patrioterismo.
Aforismo246
¡Qué tormento son los libros escritos en alemán para quien tiene el tercer oído! ¡Qué disgustado está junto al pantano que gira lentamente de sonidos sin sonido, de ritmos sin danza, que entre los alemanes se llama «libro»! ¡Y sobre todo el alemán que lee libros! ¡Qué perezoso, qué renuente, qué mal lee! ¡Cuántos alemanes saben y exigen de sí mismos saber que en cada buena frase hay arte, arte que debe ser adivinado si la frase quiere ser comprendida! Un malentendido sobre su tempo, por ejemplo: ¡y la frase misma es malentendida! Que no se debe dudar de las sílabas decisivas para el ritmo, que se debe sentir la ruptura de la simetría demasiado rígida como algo querido y como un encanto, que se debe tender un oído fino y paciente a cada staccato, a cada rubato, que se debe adivinar el sentido en la secuencia de las vocales y diptongos, y qué delicada y ricamente pueden colorearse y recolorearse en su sucesión: ¿quién entre los alemanes que leen libros tiene suficiente buena voluntad como para reconocer de tal modo deberes y exigencias, y para prestar atención a tanto arte e intención en el lenguaje? Al final simplemente «no se tiene oído para ello»: y así no se escuchan los más fuertes contrastes del estilo, y el más fino arte se malgasta como ante sordos. Estos eran mis pensamientos cuando noté cómo burda e ingenuamente se confundía a dos maestros en el arte de la prosa, a uno al que las palabras le gotean vacilantes y frías, como desde el techo de una cueva húmeda —cuenta con su sonido sordo y su eco— y a otro que maneja su lenguaje como una espada flexible y siente desde el brazo hasta la punta de los pies la felicidad peligrosa de la hoja temblorosa y afiladísima que quiere morder, silbar, cortar.
Aforismo247
Qué poco tiene que ver el estilo alemán con el sonido y con los oídos lo demuestra el hecho de que precisamente nuestros buenos músicos escriben mal. El alemán no lee en voz alta, no para el oído, sino solo con los ojos: ha guardado sus oídos en el cajón. El hombre antiguo, cuando leía —cosa que sucedía con bastante rareza— se leía algo a sí mismo en voz alta; se sorprendía cuando alguien leía en silencio y se preguntaba en secreto las razones. En voz alta: es decir, con todas las hinchazones, flexiones, cambios de tono y variaciones de tempo en las que el mundo público antiguo tenía su alegría. Entonces las leyes del estilo escrito eran las mismas que las del estilo hablado; y las leyes de este dependían en parte de la asombrosa formación, de las refinadas necesidades del oído y de la laringe, y en parte de la fuerza, duración y poder del pulmón antiguo. Un periodo, en el sentido de los antiguos, es ante todo un conjunto fisiológico, en tanto que es abarcado por un solo aliento. Tales periodos como los que aparecen en Demóstenes, en Cicerón, dos veces hinchándose y dos veces descendiendo, y todo dentro de un solo aliento: son deleites para los hombres antiguos, que sabían apreciar por su propia formación la virtud en ello, lo raro y difícil en la exposición de tal periodo; nosotros en realidad no tenemos derecho al gran periodo, nosotros los modernos, nosotros los cortos de aliento en todos los sentidos. Aquellos antiguos eran todos en el discurso mismo aficionados, por tanto conocedores, por tanto críticos, con ello llevaban a sus oradores al extremo; de la misma manera como en el siglo pasado, cuando todos los italianos e italianas sabían cantar, entre ellos el virtuosismo del canto (y con ello también el arte de la melodía) alcanzó la cumbre. En Alemania, en cambio (hasta tiempos muy recientes, cuando una especie de elocuencia de tribuna mueve tímida y torpemente sus jóvenes alas), había propiamente solo un tipo de discurso público y más o menos artístico: el que se pronunciaba desde el púlpito. Solo el predicador sabía en Alemania lo que pesa una sílaba, lo que pesa una palabra, en qué medida una frase golpea, salta, cae, corre, se acaba; solo él tenía conciencia en sus oídos, con bastante frecuencia una mala conciencia: pues no faltan razones para que precisamente un alemán alcance la competencia en el discurso rara vez, casi siempre demasiado tarde. La obra maestra de la prosa alemana es por eso justamente la obra maestra de su más grande predicador: la Biblia fue hasta ahora el mejor libro alemán. Comparado con la Biblia de Lutero, casi todo lo demás es solo «literatura», una cosa que no creció en Alemania y por eso tampoco creció ni crece en los corazones alemanes: como lo hizo la Biblia.
Aforismo248
Hay dos tipos de genio: uno que ante todo engendra y quiere engendrar, y otro que se deja fecundar de buen grado y da a luz. Y de la misma manera hay entre los pueblos geniales aquellos a los que ha correspondido el problema femenino del embarazo y la tarea secreta del modelar, madurar, perfeccionar —los griegos, por ejemplo, eran un pueblo de este tipo, igualmente los franceses—; y otros que deben fecundar y se convierten en la causa de nuevos órdenes de vida, como los judíos, los romanos y, preguntado con toda modestia, ¿los alemanes? Pueblos atormentados y extasiados por fiebres desconocidas e irresistiblemente empujados fuera de sí mismos, enamorados y codiciosos de razas extranjeras (de aquellas que «se dejan fecundar») y al mismo tiempo dominadores como todo lo que se sabe lleno de fuerzas generadoras y por tanto «por la gracia de Dios». Estos dos tipos de genio se buscan, como hombre y mujer; pero también se malentienden, como hombre y mujer.
Aforismo249
Cada pueblo tiene su propia tartufería, y la llama sus virtudes. Lo mejor que se es no se lo conoce —no se lo puede conocer.
Aforismo250
¿Qué le debe Europa a los judíos? Muchas cosas, buenas y malas, y sobre todo una que es a la vez de lo mejor y lo peor: el gran estilo en la moral, la tremenda majestad de exigencias infinitas, de significaciones infinitas, todo el romanticismo y la sublimidad de lo moralmente cuestionable —y por tanto, precisamente la parte más atractiva, más cautivadora y más exquisita de ese juego de colores y de seducciones hacia la vida en cuyo resplandor tardío brilla hoy el cielo de nuestra cultura europea, su cielo vespertino— quizás se extinga. Nosotros, artistas entre los espectadores y filósofos, estamos —agradecidos a los judíos por ello.
Aforismo251
Hay que aceptar que cuando un pueblo sufre —o quiere sufrir— de fiebre nerviosa nacional y ambición política, pasen por su espíritu diversas nubes y perturbaciones, en pocas palabras, pequeños ataques de imbecilización: por ejemplo, en los alemanes de hoy, ora la estupidez antifrancesa, ora la antijudía, ora la antipolaca, ora la cristiano-romántica, ora la wagneriana, ora la teutónica, ora la prusiana (mírese a estos pobres historiadores, a estos Sybel y Treitschke con sus cabezas tan vendadas), y como quiera que se llamen todas estas pequeñas confusiones del espíritu y la conciencia alemanas. Que se me perdone si también yo, durante una breve y arriesgada estancia en territorio muy infectado, no quedé completamente a salvo de la enfermedad y empecé, como todo el mundo, a hacerme reflexiones sobre cosas que no me incumben: primer signo de infección política. Por ejemplo, sobre los judíos: que se escuche. Todavía no me he encontrado con ningún alemán que les tuviera afecto a los judíos; y por muy incondicional que pueda ser el rechazo del antisemitismo propiamente dicho por parte de todos los prudentes y políticos, esta prudencia y política no se dirigen en absoluto contra el tipo de sentimiento en sí, sino sólo contra su peligrosa desmesura, en particular contra la expresión abominable y vergonzosa de ese sentimiento desmesurado —sobre eso no hay que engañarse. Que Alemania tiene judíos más que suficientes, que el estómago alemán, la sangre alemana tienen dificultades (y aún tendrán dificultades durante mucho tiempo) para asimilar incluso esa cantidad de «judío» —tal como lo han logrado el italiano, el francés, el inglés, gracias a una digestión más vigorosa—: esa es la clara manifestación y el lenguaje de un instinto general al que hay que escuchar, según el cual hay que actuar. «¡No dejar entrar más judíos! ¡Y cerrar las puertas especialmente hacia el este (también hacia Austria)!», así lo ordena el instinto de un pueblo cuyo carácter es aún débil e indeterminado, de modo que fácilmente podría borrarse, fácilmente podría ser extinguido por una raza más fuerte. Pero los judíos son sin ninguna duda la raza más fuerte, más tenaz y más pura que vive ahora en Europa; saben imponerse incluso en las peores condiciones (mejor incluso que en las favorables), gracias a ciertas virtudes que hoy se quisiera marcar como vicios —gracias, sobre todo, a una fe resuelta que no tiene por qué avergonzarse ante las «ideas modernas»; cuando cambian, lo hacen siempre sólo de la manera en que el imperio ruso hace sus conquistas —como un imperio que tiene tiempo y no es de ayer—: es decir, según el principio «lo más lentamente posible». Un pensador que tiene en su conciencia el futuro de Europa contará en todos los proyectos que se hace sobre ese futuro con los judíos igual que con los rusos, como los factores próximamente más seguros y probables en el gran juego y lucha de fuerzas. Lo que hoy se llama «nación» en Europa y que en realidad es más una res facta que nata (es más, a veces se parece hasta confundirse con una res ficta et picta) es en todo caso algo en devenir, joven, fácilmente desplazable, todavía no una raza, y menos aún un aere perennius como lo es la estirpe judía: ¡estas «naciones» deberían guardarse cuidadosamente de toda competencia y hostilidad irreflexivas! Que los judíos, si quisieran —o si se les forzara a ello, como parecen quererlo los antisemitas—, podrían ya ahora tener el predominio, es más, literalmente el dominio sobre Europa, es algo seguro; que no trabajan ni hacen planes en esa dirección, también. Mientras tanto, quieren y desean más bien, incluso con cierta insistencia, ser absorbidos e integrados en Europa, por Europa, anhelan por fin ser firmes, permitidos, respetados en algún lugar y poner fin a la vida nómada, al «judío errante» —; y habría que prestar atención a este impulso y deseo (que quizás expresa ya por sí mismo una mitigación de los instintos judíos) y salirle al encuentro: para lo cual quizás sería útil y justo expulsar del país a los bocazas antisemitas. Salirle al encuentro con toda precaución, con selección; aproximadamente como lo hace la nobleza inglesa. Es evidente que los tipos más fuertes y ya más firmemente acuñados del nuevo germanismo podrían relacionarse con ellos sin ningún reparo, por ejemplo el oficial noble de la Marca: sería de múltiple interés ver si al arte hereditario del mando y la obediencia —en ambos el país mencionado es hoy clásico— no se podría añadir, criar el genio del dinero y la paciencia (y sobre todo algo de espíritu y espiritualidad, de lo que falta abundantemente en el lugar mencionado). Pero aquí conviene interrumpir mi jovial germanismo y discurso festivo: pues ya toco mi seriedad, el «problema europeo» tal como yo lo entiendo, la cría de una nueva casta gobernante sobre Europa.
Aforismo252
No es una raza filosófica estos ingleses: Bacon significa un ataque contra el espíritu filosófico en general, Hobbes, Hume y Locke una degradación y disminución del valor del concepto «filósofo» durante más de un siglo. Contra Hume se alzó y elevó Kant; fue de Locke de quien Schelling pudo decir: «je méprise Locke»; en la lucha contra el embrutecimiento mecanicista-inglés del mundo estuvieron de acuerdo Hegel y Schopenhauer (con Goethe), esos dos genios hermanos enemigos en la filosofía que tendieron hacia los polos opuestos del espíritu alemán y al hacerlo se hicieron injusticia, como sólo los hermanos se la hacen. Lo que falta en Inglaterra y siempre ha faltado lo sabía bastante bien aquel semiactor y retórico, ese abominable confuso de Carlyle, que buscaba ocultarlo bajo gesticulaciones apasionadas, lo que sabía de sí mismo: es decir, lo que faltaba en Carlyle: auténtico poder de espiritualidad, auténtica profundidad de la mirada espiritual, en resumen, filosofía. Caracteriza a una raza tan antifilosófica que se aferre estrictamente al cristianismo: necesita su disciplina para la «moralización» y humanización. El inglés, más sombrío, más sensual, más fuerte de voluntad y más brutal que el alemán, es precisamente por eso, como el más vulgar de ambos, también más devoto que el alemán: necesita el cristianismo todavía más. Para narices más finas, incluso este cristianismo inglés tiene un auténtico tufo accesorio inglés de spleen y desahogo alcohólico, contra el cual se usa con buenas razones como remedio —el veneno más fino, a saber, contra el más burdo: una intoxicación más fina es de hecho en pueblos toscos ya un progreso, un escalón hacia la espiritualización. La torpeza inglesa y la seriedad campesina se disfrazan de la manera más soportable mediante el lenguaje gestual cristiano y mediante la oración y el canto de salmos, o mejor dicho: se interpretan y reinterpretan; y para esa bestia de borrachos y libertinos que antaño bajo el poder del metodismo y recientemente de nuevo como «Ejército de Salvación» aprendió a gruñir moralmente, un espasmo de arrepentimiento puede ser realmente la prestación relativamente más elevada de «humanidad» a la que puede ser elevada: tanto puede concederse equitativamente. Pero lo que ofende incluso en el inglés más humano es su falta de música, hablando metafóricamente (y sin metáfora): no tiene tacto ni danza en los movimientos de su alma y su cuerpo, es más, ni siquiera el deseo de tacto y danza, de «música». Que se le escuche hablar; que se vea caminar a las inglesas más hermosas —no hay en ningún país de la tierra palomas y cisnes más hermosos—, finalmente: ¡que se les oiga cantar! Pero pido demasiado...
Aforismo253
Hay verdades que son mejor reconocidas por cabezas mediocres porque les son más adecuadas, hay verdades que sólo para espíritus mediocres tienen encantos y fuerzas de seducción —precisamente ahora se nos empuja hacia esta proposición quizás desagradable, desde que el espíritu de ingleses respetables pero mediocres —menciono a Darwin, John Stuart Mill y Herbert Spencer— empieza a alcanzar el predominio en la región media del gusto europeo. De hecho, ¿quién querría dudar de la utilidad de que temporalmente dominen tales espíritus? Sería un error considerar precisamente a los espíritus de alta estirpe y que vuelan aparte como especialmente aptos para fijar, recoger y comprimir en conclusiones muchos pequeños hechos comunes: más bien ellos, como excepciones, no están desde el principio en ninguna posición favorable respecto a las «reglas». Al final tienen más que hacer que sólo conocer —a saber, ser algo nuevo, significar algo nuevo, representar nuevos valores—. El abismo entre saber y poder es quizás mayor, también más inquietante de lo que se piensa: el que puede en gran estilo, el creador, posiblemente tendrá que ser un ignorante —mientras que, por otra parte, para descubrimientos científicos del tipo de Darwin no viene mal cierta estrechez, sequedad y solicitud laboriosa, en resumen, algo inglés. Finalmente no hay que olvidarles a los ingleses que ya una vez con su profunda mediocridad causaron una depresión general del espíritu europeo: lo que se llama «las ideas modernas» o «las ideas del siglo dieciocho» o también «las ideas francesas» —eso, pues, contra lo cual el espíritu alemán se alzó con profundo asco— era de origen inglés, no hay que dudarlo. Los franceses sólo han sido los monos y actores de estas ideas, también sus mejores soldados, asimismo desgraciadamente sus primeras y más profundas víctimas: pues por la maldita anglomanía de las «ideas modernas» el âme française se ha vuelto al final tan delgado y demacrado que hoy casi con incredulidad se recuerda su siglo dieciséis y diecisiete, su profunda fuerza apasionada, su noble capacidad de invención. Pero hay que mantener esta proposición de equidad histórica con los dientes y defenderla contra el momento y la apariencia: la noblesse europea —del sentimiento, del gusto, de la costumbre, en resumen, la palabra tomada en todo sentido elevado— es obra e invención de Francia, la vulgaridad europea, el plebeyismo de las ideas modernas, de Inglaterra.
Aforismo254
Todavía hoy Francia es la sede de la cultura más espiritual y refinada de Europa y la alta escuela del gusto: pero hay que saber encontrar esa «Francia del gusto». Quienes pertenecen a ella se mantienen bien ocultos: puede que sean un pequeño número en el que vive y alienta, y además quizá personas que no se sostienen sobre las piernas más robustas, en parte fatalistas, ensombrecidos, enfermos, en parte mimados y artificiales, gente que tiene la ambición de ocultarse. Algo tienen todos en común: se tapan los oídos ante la enloquecida estupidez y la ruidosa palabrería del burgués democrático. En efecto, hoy se revuelca en primer plano una Francia embrutecida y envilecida; hace poco, en el entierro de Victor Hugo, celebró una auténtica orgía de mal gusto y al mismo tiempo de autoadmiración. También tienen en común otra cosa: una buena voluntad de resistirse a la germanización espiritual, ¡y una incapacidad aún mejor para lograrlo! Quizá Schopenhauer ya se ha vuelto más hogareño y familiar en esa Francia del espíritu, que es también una Francia del pesimismo, de lo que nunca fue en Alemania; por no hablar de Heinrich Heine, que hace tiempo ya pasó a la carne y la sangre de los líricos más refinados y exigentes de París, o de Hegel, que hoy en la figura de Taine —es decir, del primer historiador vivo— ejerce una influencia casi tiránica. Pero en lo que respecta a Richard Wagner: cuanto más aprenda la música francesa a configurarse según las necesidades reales del âme moderne, tanto más «wagnerizará», eso se puede predecir; ¡y ya lo hace bastante ahora! Sin embargo, hay tres cosas que todavía hoy los franceses pueden mostrar con orgullo como herencia y propiedad suyas y como señal imperecedera de una antigua superioridad cultural sobre Europa, a pesar de toda germanización y vulgarización del gusto, voluntaria o involuntaria: en primer lugar, la capacidad para las pasiones artísticas, para las dedicaciones a la «forma», para la cual se ha inventado la palabra l'art pour l'art, junto con otras mil; algo así no ha faltado en Francia desde hace tres siglos y ha posibilitado siempre de nuevo, gracias a la reverencia por el «pequeño número», una especie de música de cámara de la literatura que en el resto de Europa se busca en vano. Lo segundo en lo que los franceses pueden fundar una superioridad sobre Europa es su antigua y múltiple cultura moralista, que hace que en promedio, incluso entre pequeños novelistas de periódicos y ocasionales boulevardiers de París, se encuentre una irritabilidad y curiosidad psicológica de la que, por ejemplo, en Alemania no se tiene concepto (¡y no digamos la cosa misma!). A los alemanes les faltan para ello un par de siglos de trabajo moralista que, como he dicho, Francia no se ha ahorrado; quien por eso llama «ingenuos» a los alemanes les convierte una carencia en un elogio. (Como contraste a la inexperiencia e inocencia alemanas in voluptate psychologica, que no está muy lejana del aburrimiento del trato alemán, y como expresión más lograda de una auténtica curiosidad e inventiva francesa para ese reino de los escalofríos delicados, puede valer Henri Beyle, ese hombre notable que se anticipó y adelantó, que con un tempo napoleónico atravesó corriendo su Europa, a través de varios siglos del alma europea, como rastreador y descubridor de esa alma: hicieron falta dos generaciones para alcanzarlo de algún modo, para adivinar posteriormente algunos de los enigmas que lo atormentaban y encantaban, a este maravilloso epicúreo y hombre-signo-de-interrogación, que fue el último gran psicólogo de Francia). Existe todavía una tercera pretensión de superioridad: en la esencia de los franceses está dada una síntesis a medias lograda del norte y del sur, que les hace comprender muchas cosas y hacer otras que un inglés nunca comprenderá; su temperamento periódicamente vuelto hacia el sur y apartado de él, en el que de vez en cuando se desborda la sangre provenzal y ligur, los preserva del espantoso gris sobre gris nórdico y de la espectrología conceptual sin sol y la anemia —nuestra enfermedad alemana del gusto, contra cuyo exceso uno se ha recetado actualmente con gran resolución sangre y hierro, es decir: la «gran política» (según un arte curativo peligroso que me enseña a esperar y esperar, pero hasta ahora aún no a tener esperanza). Todavía hoy existe en Francia una comprensión previa y una receptividad para aquellos hombres raros y raramente satisfechos que son demasiado amplios para encontrar su satisfacción en cualquier patriotismo y saben amar en el norte al sur, en el sur al norte: para los mediterráneos natos, los «buenos europeos». Para ellos ha hecho música Bizet, ese último genio que vio una belleza y seducción nuevas, que descubrió un pedazo de sur de la música.
Aforismo255
Contra la música alemana considero necesarias varias precauciones. Supongamos que alguien ama el sur como yo lo amo, como una gran escuela de curación, en lo más espiritual y lo más sensual, como una indomable plenitud de sol y transfiguración solar que se extiende sobre una existencia autónoma, creyente en sí misma: bien, alguien así aprenderá a cuidarse un poco de la música alemana, porque ella, al corromper retrospectivamente su gusto, le corrompe retrospectivamente también la salud. Un sureño así, no por origen sino por creencia, si sueña con el futuro de la música, debe soñar también con una redención de la música del norte y tener en sus oídos el preludio de una música más profunda, más poderosa, quizá más malvada y más misteriosa, una música supra-alemana que no se desvanece, amarillea ni palidece ante la vista del mar azul y voluptuoso y de la claridad celeste mediterránea, como hace toda música alemana, una música supra-europea que todavía conserva su derecho ante las puestas de sol pardas del desierto, cuya alma está emparentada con la palmera y sabe sentirse en casa y vagar entre grandes, hermosos y solitarios animales de presa... Yo podría imaginar una música cuyo encanto más raro consistiera en que ya no supiera nada de bien y mal, salvo que quizá alguna nostalgia marinera, algunas sombras doradas y debilidades tiernas pasaran aquí y allá sobre ella: un arte que viera refugiarse hacia sí desde una gran lejanía los colores de un mundo moral en declive, vuelto casi incomprensible, y que fuera suficientemente hospitalario y profundo para acoger a tales refugiados tardíos.
Aforismo256
Gracias al extrañamiento enfermizo que la locura nacionalista ha puesto y sigue poniendo entre los pueblos de Europa, gracias también a los políticos de vista corta y mano rápida que hoy están arriba con su ayuda y no sospechan en absoluto hasta qué punto la política disgregadora que practican sólo puede ser necesariamente una política de entreacto; gracias a todo eso y a mucho más totalmente inexpresable hoy se pasan por alto o se reinterpretan arbitraria y mentidamente las señales más inequívocas en las que se expresa que Europa quiere convertirse en una. En todos los hombres más profundos y amplios de este siglo la auténtica dirección general en el trabajo misterioso de su alma fue preparar el camino hacia esa nueva síntesis e intentar anticipar al europeo del futuro: sólo con sus primeros planos, o en horas más débiles, quizá en la vejez, pertenecieron a las «patrias»; sólo descansaban de sí mismos cuando se volvían «patriotas». Pienso en hombres como Napoleón, Goethe, Beethoven, Stendhal, Heinrich Heine, Schopenhauer: que no se me tome a mal si cuento también entre ellos a Richard Wagner, sobre quien no hay que dejarse seducir por sus propios malentendidos; genios de su tipo raramente tienen el derecho de comprenderse a sí mismos. Menos aún, por cierto, por el ruido incivilizado con el que ahora en Francia se bloquea y defiende uno contra Richard Wagner: sin embargo, el hecho sigue siendo que el romanticismo tardío francés de los años cuarenta y Richard Wagner pertenecen el uno al otro de la manera más estrecha e íntima. Son afines en todas las alturas y profundidades de sus necesidades, fundamentalmente afines: es Europa, la Europa una, cuya alma se impulsa y anhela a través de su arte múltiple e impetuoso hacia fuera, hacia arriba, ¿hacia dónde? ¿hacia una nueva luz? ¿hacia un nuevo sol? Pero ¿quién querría expresar con exactitud lo que todos estos maestros de nuevos medios de expresión no supieron expresar claramente? Es seguro que la misma tempestad e impulso los atormentaba, que buscaban de la misma manera, ¡estos últimos grandes buscadores! Todos dominados por la literatura hasta en sus ojos y oídos —los primeros artistas de formación literaria mundial—, la mayoría incluso ellos mismos escritores, poetas, mediadores y mezcladores de las artes y de los sentidos (Wagner pertenece como músico entre los pintores, como poeta entre los músicos, como artista en general entre los actores); todos fanáticos de la expresión «a cualquier precio» —destaco a Delacroix, el más próximamente emparentado con Wagner—, todos grandes descubridores en el reino de lo sublime, también de lo feo y lo horrible, descubridores aún mayores en el efecto, en la exhibición, en el arte de los escaparates, todos talentos mucho más allá de su genio, virtuosos de cabo a rabo, con accesos inquietantes a todo lo que seduce, atrae, obliga, derriba, enemigos natos de la lógica y de las líneas rectas, codiciosos de lo extraño, lo exótico, lo monstruoso, lo torcido, lo contradictorio; como hombres, tántalos de la voluntad, plebeyos ascendidos que se sabían incapaces de un tempo noble, de un lento en la vida y la creación —piénsese por ejemplo en Balzac—, trabajadores desenfrenados, casi autodestructores por el trabajo; antinomistas y rebeldes en las costumbres, ambiciosos e insaciables sin equilibrio ni disfrute; todos finalmente quebrantándose y hundiéndose ante la cruz cristiana (y con razón: pues ¿quién de ellos habría sido lo bastante profundo y originario para una filosofía del Anticristo?); en conjunto, una especie osadamente audaz, espléndidamente violenta, de vuelo alto y arrebatador hacia arriba de hombres superiores que tuvo que enseñar primero a su siglo —¡y es el siglo de la masa!— el concepto de «hombre superior». Que los amigos alemanes de Richard Wagner reflexionen sobre si hay en el arte wagneriano algo absolutamente alemán, o si precisamente su distinción no consiste en provenir de fuentes e impulsos supra-alemanes: donde no debe subestimarse cuán indispensable fue precisamente París para la formación de su tipo, hacia el cual en el momento decisivo la profundidad de sus instintos le ordenó dirigirse, y cómo toda la manera de su aparición, de su auto-apostolado sólo pudo completarse a la vista del modelo socialista francés. Quizá se encontrará, en una comparación más fina, en honor de la naturaleza alemana de Richard Wagner, que en todo lo llevó más fuerte, más audaz, más duro, más alto de lo que podría llevarlo un francés del siglo diecinueve —gracias a la circunstancia de que nosotros los alemanes estamos todavía más cerca de la barbarie que los franceses—; quizá incluso lo más notable que Richard Wagner ha creado sea para toda la raza latina tan tardía inaccesible para siempre y no sólo para hoy, insensible, inimitable: la figura de Sigfrido, ese hombre muy libre que de hecho puede ser con mucho demasiado libre, demasiado duro, demasiado alegre, demasiado sano, demasiado anticatólico para el gusto de pueblos culturales antiguos y maduros. Puede haber sido incluso un pecado contra el romanticismo, este Sigfrido antirromántico: bien, Wagner ha pagado abundantemente ese pecado en sus viejos días turbios, cuando —anticipando un gusto que entretanto se ha vuelto política— con la vehemencia religiosa que le era propia comenzó a predicar, si no a recorrer, el camino a Roma. Para que no se me malentienda con estas últimas palabras, quiero acudir en ayuda de unos versos vigorosos que revelarán incluso a oídos menos finos lo que quiero, lo que quiero contra el «último Wagner» y su música de Parsifal.
- ¿Es esto todavía alemán? -
¿De un corazón alemán salió este chillido sofocante? ¿Y de un cuerpo alemán este desollarse a sí mismo? ¿Es alemán este extender de manos de sacerdote, este excitar los sentidos que huele a incienso? ¿Y alemán este detenerse, desplomarse, tambalearse, este incierto balanceo de campanas? ¿Este ojear de monjas, este repicar de campanas del avemaría, todo este falso y extasiado sobrecielo del cielo?
- ¿Es esto todavía alemán? -
¡Reflexionad! Aún estáis ante la puerta: - pues lo que oís es Roma, - ¡la fe de Roma sin palabras!
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