Parte 3El ser religioso
Tercer capítulo:
El ser religioso.
Aforismo45
El alma humana y sus límites, el alcance total de la experiencia interior humana logrado hasta ahora, las alturas, profundidades y lejanías de estas experiencias, toda la historia del alma hasta hoy y sus posibilidades aún no agotadas: este es el campo de caza predestinado para un psicólogo nato y amigo de la «gran cacería». Pero cuántas veces debe decirse desesperado: «¡Un solo individuo! ¡Ay, apenas un solo individuo! ¡Y este gran bosque y selva virgen!». Y así desea tener unos cientos de ayudantes de caza y finos sabuesos adiestrados a quienes pudiera lanzar a la historia del alma humana para reunir allí sus presas. En vano: una y otra vez comprueba, radical y amargamente, lo difícil que es encontrar ayudantes y sabuesos para todas aquellas cosas que justamente excitan su curiosidad. El inconveniente que tiene enviar eruditos a nuevos y peligrosos campos de caza, donde hacen falta coraje, astucia y refinamiento en todos los sentidos, reside en que precisamente ahí ya no son útiles, donde comienza la «gran cacería», pero también el gran peligro: precisamente ahí pierden su olfato y su ojo rastreador. Para adivinar y establecer, por ejemplo, qué historia ha tenido hasta ahora el problema del saber y la conciencia en el alma de los homines religiosi, uno tendría quizás que ser él mismo tan profundo, tan herido, tan monstruoso como lo fue la conciencia intelectual de Pascal: y aun así todavía haría falta aquel cielo despejado de luminosa y maliciosa espiritualidad que desde arriba fuera capaz de contemplar, ordenar y forzar en fórmulas este hormigueo de experiencias peligrosas y dolorosas. Pero ¿quién me haría ese servicio? ¿Y quién tendría tiempo de esperar a tales servidores? Es evidente que crecen demasiado raramente, ¡en todas las épocas son tan improbables! Al final uno debe hacerlo todo por sí mismo para saber por sí mismo algunas cosas: es decir, ¡uno tiene mucho que hacer! Pero una curiosidad como la mía sigue siendo, después de todo, el más agradable de todos los vicios —¡perdón! quise decir: el amor a la verdad tiene su recompensa en el cielo y ya en la tierra.
Aforismo46
La fe tal como la exigió el cristianismo primitivo y no pocas veces la alcanzó, en medio de un mundo escéptico y meridional-librepensador que tenía tras de sí y en sí una lucha centenaria de escuelas filosóficas, sumada a la educación para la tolerancia que proporcionó el imperium Romanum —esta fe no es aquella fe de súbdito ingenua y mordaz con la que un Lutero o un Cromwell o algún otro bárbaro nórdico del espíritu se aferró a su dios y al cristianismo; más bien aquella fe se asemejaba a la de Pascal, que de modo terrible se parece a un permanente suicidio de la razón —de una razón tenaz, longeva y reptante que no se puede matar de una vez y de un solo golpe. La fe cristiana es desde el comienzo sacrificio: sacrificio de toda libertad, de todo orgullo, de toda seguridad en sí mismo del espíritu; al mismo tiempo esclavitud y autoescarnio, automutilación. Hay crueldad y fenicismo religioso en esta fe que se le exige a una conciencia frágil, múltiple y muy mimada: su presupuesto es que la sumisión del espíritu duele indescriptiblemente, que todo el pasado y la costumbre de semejante espíritu se resisten contra lo absurdísimo que se le presenta como «fe». Los hombres modernos, con su insensibilidad ante toda la nomenclatura cristiana, ya no perciben lo espantoso y superlativo que había para un gusto antiguo en la paradoja de la fórmula «Dios en la cruz». Nunca antes ni en ningún lugar ha habido igual osadía en invertir, algo igualmente terrible, cuestionador y cuestionable como esta fórmula: prometía una transvaloración de todos los valores antiguos. Es Oriente, el Oriente profundo, es el esclavo oriental quien de este modo se vengó de Roma y de su noble y frívola tolerancia, del «catolicismo» romano de la fe: y siempre fue no la fe, sino la libertad respecto de la fe, aquella despreocupación medio estoica y sonriente por la seriedad de la fe, lo que sublevó a los esclavos contra sus amos. La «Ilustración» subleva: el esclavo quiere precisamente lo incondicional, solo entiende lo tiránico, también en la moral, ama como odia, sin matices, hasta el fondo, hasta el dolor, hasta la enfermedad —su mucho sufrimiento oculto se subleva contra el gusto noble que parece negar el sufrimiento. El escepticismo ante el sufrimiento, en el fondo solo una actitud de la moral aristocrática, participó no poco también en el surgimiento de la última gran rebelión de esclavos, que comenzó con la Revolución francesa.
Aforismo47
Dondequiera que en la tierra haya aparecido hasta ahora la neurosis religiosa, la encontramos vinculada a tres peligrosas prescripciones dietéticas: soledad, ayuno y abstinencia sexual —aunque sin que se pueda decidir con seguridad qué es aquí causa y qué efecto, o si siquiera existe una relación de causa y efecto. Justifica esta última duda el hecho de que entre sus síntomas más regulares, tanto en pueblos salvajes como en pueblos domesticados, figura también la voluptuosidad más súbita y desenfrenada, que luego, con igual brusquedad, se convierte en convulsiones de penitencia y negación del mundo y de la voluntad: ¿acaso ambas cosas interpretables como epilepsia enmascarada? Pero en ningún lugar habría que renunciar más a las interpretaciones: en torno a ningún tipo ha crecido hasta ahora tal abundancia de insensatez y superstición, ninguno parece haber interesado más a los hombres, incluso a los filósofos —sería hora de enfriarse un poco justamente aquí, de aprender precaución, mejor aún: de apartar la vista, de irse. Todavía en el trasfondo de la filosofía más reciente, la schopenhaueriana, está, casi como el problema en sí, este espantoso signo de interrogación de la crisis y el despertar religiosos. ¿Cómo es posible la negación de la voluntad? ¿Cómo es posible el santo? Esto parece haber sido realmente la pregunta con la que Schopenhauer se convirtió en filósofo y comenzó. Y así fue una auténtica consecuencia schopenhaueriana que su seguidor más convencido (quizás también el último, en lo que respecta a Alemania), a saber, Richard Wagner, concluyera su propia obra vital precisamente aquí y finalmente presentara aún en el escenario aquel tipo terrible y eterno como Kundry, type vécu, tal como vive y existe; al mismo tiempo que los médicos de alienados de casi todos los países de Europa tuvieron ocasión de estudiarlo de cerca, allí donde la neurosis religiosa —o, como yo la llamo, «el ser religioso»— ha hecho como «Ejército de Salvación» su último brote y desfile epidémicos. Pero si uno se pregunta qué ha sido propiamente lo que en todo el fenómeno del santo ha resultado tan indómitamente interesante a los hombres de toda clase y tiempo, también a los filósofos, es sin duda alguna la apariencia de milagro que le es inherente, a saber, la inmediata sucesión de opuestos, de estados del alma valorados moralmente de modo opuesto: se creyó captar aquí con las manos que de un «hombre malo» se convertía de golpe en un «santo», en un hombre bueno. La psicología anterior naufragó en este punto: ¿no habrá ocurrido sobre todo porque se había sometido al dominio de la moral, porque creía ella misma en las oposiciones de valores morales y veía, leía e interpretaba estas oposiciones en el texto y en los hechos? ¿Cómo? ¿El «milagro» solo un error de interpretación? ¿Una carencia de filología?
Aforismo48
Parece que a las razas latinas su catolicismo les pertenece mucho más íntimamente que a nosotros los nórdicos el cristianismo en general: y que por consiguiente la incredulidad en países católicos tiene un significado completamente distinto que en los protestantes —a saber, una especie de rebelión contra el espíritu de la raza, mientras que entre nosotros es más bien un retorno al espíritu (o no-espíritu) de la raza. Nosotros los nórdicos descendemos indudablemente de razas bárbaras, también en lo que respecta a nuestro talento para la religión: estamos mal dotados para ella. Puede exceptuarse a los celtas, que por eso también proporcionaron el mejor suelo para la recepción de la infección cristiana en el Norte: en Francia el ideal cristiano llegó a florecer en la medida en que lo permitió el pálido sol del Norte. ¡Qué extrañamente piadosos resultan aún para nuestro gusto estos últimos escépticos franceses, en la medida en que hay algo de sangre celta en su ascendencia! ¡Qué católica, qué poco alemana nos huele la Sociología de Auguste Comte con su lógica romana de los instintos! ¡Qué jesuítico aquel amable e inteligente cicerone de Port-Royal, Sainte-Beuve, a pesar de toda su hostilidad a los jesuitas! Y en cuanto a Ernest Renan: ¡qué inaccesible nos suena a los nórdicos el lenguaje de tal Renan, en el que a cada instante alguna nada de tensión religiosa desestabiliza su alma voluptuosa en sentido refinado y que se acomoda cómodamente! Repítanse una vez estas hermosas frases suyas —¡y qué malicia y soberbia se agita inmediatamente en nuestra alma probablemente menos hermosa y más dura, es decir, más alemana, como respuesta!— «Digamos pues con osadía que la religión es un producto del hombre normal, que el hombre está más en lo cierto cuando es más religioso y más seguro de un destino infinito... Es cuando es bueno que quiere que la virtud corresponda a un orden eterno, es cuando contempla las cosas de manera desinteresada que encuentra la muerte repugnante y absurda. ¿Cómo no suponer que es en esos momentos cuando el hombre ve mejor?...» Estas frases son tan antípodas de mis oídos y costumbres que, cuando las encontré, mi primer arrebato escribió al lado «¡la niaiserie religieuse par excellence!» —hasta que mi último arrebato llegó incluso a estimarlas, estas frases con su verdad puesta de cabeza. ¡Es tan encantador, tan distinguido, tener los propios antípodas!
Aforismo49
Lo que asombra en la religiosidad de los antiguos griegos es la incontenible plenitud de gratitud que irradia: ¡es una clase muy noble de hombre la que se sitúa así ante la naturaleza y ante la vida! Más tarde, cuando la plebe llega a predominar en Grecia, también en la religión el miedo lo invade todo; y el cristianismo se preparaba.
Aforismo50
La pasión por Dios: existen formas campesinas, ingenuas e impertinentes, como la de Lutero —todo el protestantismo carece de la delicatezza meridional—. Hay en ella un salirse de sí oriental, como el de un esclavo inmerecidamente perdonado o elevado, por ejemplo en Agustín, que de un modo ofensivo carece por completo de nobleza en sus gestos y deseos. Hay en ella ternura y codicia femeninas que, pudorosas e inconscientes, se apresuran hacia una unio mystica et physica: como en Madame de Guyon. En muchos casos aparece, de manera bastante curiosa, como disfraz de la pubertad de una muchacha o de un joven; aquí y allá incluso como histeria de una solterona, y también como su última ambición: la Iglesia ya ha canonizado a mujeres en más de uno de estos casos.
Aforismo51
Hasta ahora los hombres más poderosos siempre se han inclinado con veneración ante el santo, ante el enigma de la autosuperación y la renuncia última y voluntaria: ¿por qué se inclinaban? Intuían en él —y como si estuviera detrás del signo de interrogación de su apariencia frágil y lastimosa— la fuerza superior que quería ponerse a prueba en semejante sometimiento, la fuerza de la voluntad en la que reconocían y sabían honrar su propia fuerza y su placer señorial: honraban algo en sí mismos cuando honraban al santo. A esto se añadía que la visión del santo les inspiraba una sospecha: algo tan monstruoso en cuanto a negación y antinaturaleza no habrá sido deseado en vano, se decían y se preguntaban. Quizá haya una razón para ello, un peligro muy grande del que el asceta, gracias a sus misteriosos confidentes y visitantes, podría estar mejor informado. En suma, los poderosos del mundo aprendieron ante él un nuevo miedo, intuyeron un nuevo poder, un enemigo extraño aún no sometido: era la «voluntad de poder» la que los obligaba a detenerse ante el santo. Tenían que preguntarle...
Aforismo52
En el «Antiguo Testamento» judío, el libro de la justicia divina, hay hombres, cosas y discursos de un estilo tan grandioso que la literatura griega e india no tiene nada que ponerle al lado. Uno se encuentra con horror y veneración ante estos enormes vestigios de lo que el hombre fue en otro tiempo, y en el proceso tendrá pensamientos tristes sobre la vieja Asia y su pequeña península adelantada, Europa, que quiere significar sin duda alguna, frente a Asia, el «progreso del hombre». Desde luego: quien sólo sea un animal doméstico flaco y manso y sólo conozca necesidades de animal doméstico (como nuestros cultos de hoy, incluidos los cristianos del cristianismo «culto»), no tiene entre esas ruinas motivo ni para asombrarse ni mucho menos para entristecerse —el gusto por el Antiguo Testamento es una piedra de toque respecto a lo «grande» y lo «pequeño»—: quizá encuentre siempre más cercano a su corazón el Nuevo Testamento, el libro de la gracia (en él hay mucho del verdadero olor a beato tierno, obtuso y de almas pequeñas). Haber pegado este Nuevo Testamento, una especie de rococó del gusto en todos los sentidos, con el Antiguo Testamento para formar un solo libro, como «la Biblia», como «el libro en sí»: eso es quizá la mayor osadía y el mayor «pecado contra el espíritu» que la Europa literaria tiene sobre su conciencia.
Aforismo53
¿Por qué hoy el ateísmo? «El Padre» en Dios está completamente refutado; igualmente «el Juez», «el Remunerador». Asimismo su «libre voluntad»: no escucha —y aunque escuchara, tampoco sabría ayudar—. Lo peor es que parece incapaz de comunicarse con claridad: ¿es confuso? Esto es lo que yo he averiguado, preguntando y escuchando atentamente, a partir de numerosas conversaciones, como causas del declive del teísmo europeo; me parece que, si bien el instinto religioso está creciendo poderosamente, rechaza con profunda desconfianza precisamente la satisfacción teísta.
Aforismo54
¿Qué hace en el fondo toda la filosofía moderna? Desde Descartes —y más bien por rechazo hacia él que sobre la base de su proceder— todos los filósofos perpetran un atentado contra el viejo concepto de alma, bajo la apariencia de una crítica del concepto de sujeto y predicado —es decir: un atentado contra el presupuesto fundamental de la doctrina cristiana—. La filosofía moderna, en tanto que escepticismo gnoseológico, es, oculta o abiertamente, anticristiana: aunque, dicho para oídos más finos, de ningún modo antirreligiosa. Pues en otro tiempo se creía en «el alma», como se creía en la gramática y el sujeto gramatical: se decía que «yo» es la condición, «pienso» es el predicado y está condicionado —el pensar es una actividad para la cual debe pensarse un sujeto como causa—. Entonces se intentó, con una tenacidad y astucia admirables, ver si no se podía salir de esta red —si acaso no fuera verdad lo contrario: «pienso» condición, «yo» condicionado; «yo», por tanto, primeramente una síntesis producida por el pensar mismo—. Kant quiso en el fondo demostrar que, partiendo del sujeto, no puede demostrarse el sujeto —ni tampoco el objeto—: la posibilidad de una existencia aparente del sujeto, es decir, «del alma», puede no haberle sido siempre ajena, ese pensamiento que como filosofía vedanta ya estuvo una vez presente en la tierra con enorme poder.
Aforismo55
Existe una gran escala de la crueldad religiosa, con muchos peldaños; pero tres de ellos son los más importantes. En otro tiempo se sacrificaban a Dios seres humanos, quizá precisamente aquellos a quienes más se amaba —a esto pertenecen los sacrificios de primicias de todas las religiones primitivas, y también el sacrificio del emperador Tiberio en la gruta de Mitra de la isla de Capri, el más espantoso de todos los anacronismos romanos—. Después, en la época moral de la humanidad, se sacrificaban a Dios los instintos más fuertes que se poseían, la propia «naturaleza»; esta alegría festiva resplandece en la mirada cruel del asceta, del entusiasta de lo «antinatural». Por último: ¿qué quedaba aún por sacrificar? ¿No había que sacrificar finalmente, alguna vez, todo lo consolador, sagrado, sanador, toda esperanza, toda fe en armonías ocultas, en felicidades y justicias futuras? ¿No había que sacrificar a Dios mismo y, por crueldad contra uno mismo, adorar la piedra, la estupidez, la pesadez, el destino, la nada? Sacrificar a Dios por la nada —este misterio paradójico de la última crueldad quedó reservado a la generación que precisamente ahora está llegando: todos nosotros sabemos ya algo de ello—.
Aforismo56
Quien, como yo, con algún deseo enigmático se ha esforzado largo tiempo en pensar el pesimismo en profundidad y redimirlo de la estrechez y simpleza medio cristiana, medio alemana con que finalmente se ha presentado en este siglo, a saber, en forma de la filosofía schopenhaueriana; quien realmente alguna vez ha mirado, con un ojo asiático y suprasiático, dentro y hacia el fondo de la más negadora del mundo de todas las formas posibles de pensar —más allá del bien y del mal, y no ya, como Buda y Schopenhauer, bajo el hechizo y el espejismo de la moral—, ése quizá precisamente con ello, sin haberlo querido realmente, se ha abierto los ojos para el ideal contrario: para el ideal del hombre más exuberante, más vivo y más afirmador del mundo, que no sólo ha aprendido a resignarse y soportar lo que fue y es, sino que quiere tenerlo otra vez tal como fue y es, por toda la eternidad, gritando insaciablemente da capo, no sólo para sí, sino para toda la pieza y el espectáculo, y no sólo para un espectáculo, sino en el fondo para aquel que necesita precisamente este espectáculo —y lo hace necesario—: porque siempre vuelve a necesitarse a sí mismo —y a hacerse necesario—... ¿Cómo? ¿Y esto no sería —circulus vitiosus deus?
Aforismo57
Con la fuerza de su mirada y penetración espirituales crece la distancia y por así decir el espacio alrededor del hombre: su mundo se hace más profundo, siempre nuevas estrellas, siempre nuevos enigmas e imágenes entran en su campo de visión. Quizá todo aquello en lo que el ojo del espíritu ejercitó su agudeza y su profundidad fue sólo una ocasión para su ejercicio, una cuestión de juego, algo para niños y cabezas de niño. Quizá algún día los conceptos más solemnes, por los que más se ha luchado y sufrido, los conceptos «Dios» y «pecado», no nos parezcan más importantes de lo que a un anciano le parece un juguete infantil y un dolor infantil —y quizá entonces «el viejo» necesite de nuevo otro juguete y otro dolor— ¡siempre todavía bastante niño, un niño eterno!
Aforismo58
¿Se ha reparado en qué medida para una vida propiamente religiosa (tanto para su trabajo predilecto microscópico del autoexamen como para esa tierna serenidad que se llama «oración» y que es una disposición constante para la «venida de Dios») es necesario el ocio externo o el semiocio, me refiero al ocio con buena conciencia, desde antiguo, de nacimiento, al que no es del todo ajeno el sentimiento aristocrático de que el trabajo deshonra —es decir, envilece alma y cuerpo? ¿Y que por consiguiente la moderna, ruidosa, consumidora de tiempo, orgullosa de sí misma, estúpidamente orgullosa laboriosidad, más que todo lo demás, educa y prepara precisamente para la «incredulidad»? Entre aquellos que, por ejemplo, viven actualmente en Alemania apartados de la religión, encuentro gente de muy diversa índole y procedencia en cuanto a «librepensamiento», pero sobre todo una mayoría de aquellos en quienes la laboriosidad, de generación en generación, ha disuelto los instintos religiosos: de modo que ya ni siquiera saben para qué sirven las religiones, y sólo registran su existencia en el mundo con una especie de estupor obtuso. Ya se sienten suficientemente reclamadas estas buenas gentes, ya sea por sus negocios, ya sea por sus diversiones, por no hablar de la «patria» y los periódicos y los «deberes familiares»: parece que no les queda tiempo alguno para la religión, sobre todo porque les resulta confuso si se trata de un nuevo negocio o de una nueva diversión —pues, se dicen, es imposible que uno vaya a la iglesia simplemente para echarse a perder el buen humor—. No son enemigos de las prácticas religiosas; si en ciertos casos, por ejemplo por parte del Estado, se exige participación en tales prácticas, hacen lo que se les pide, como se hacen tantas cosas, con una seriedad paciente y modesta y sin mucha curiosidad ni molestia: es que viven demasiado al margen y afuera como para encontrar necesario siquiera un a favor o en contra en tales asuntos. A estos indiferentes pertenece hoy la mayoría de los protestantes alemanes de las clases medias, especialmente en los grandes y laboriosos centros comerciales y de comunicaciones; igualmente la mayoría de los eruditos laboriosos y todo el personal universitario (excepto los teólogos, cuya existencia y posibilidad allí le plantea al psicólogo cada vez más y cada vez más refinados enigmas que resolver). Rara vez se hacen una idea, por parte de gente piadosa o simplemente eclesiástica, de cuánta buena voluntad, podría decirse de cuánta voluntad arbitraria hace falta ahora para que un erudito alemán tome en serio el problema de la religión; por todo su oficio (y, como se ha dicho, por la laboriosidad artesanal a la que lo obliga su conciencia moderna) se inclina hacia una alegría superior, casi benévola, respecto a la religión, a la que a veces se mezcla un ligero menosprecio dirigido contra la «impureza» del espíritu que presupone en todas partes donde aún se profesa la Iglesia. El erudito sólo consigue, con ayuda de la historia (por tanto, no desde su experiencia personal), llegar frente a las religiones a una seriedad respetuosa y a una cierta consideración temerosa; pero aunque haya elevado su sentimiento hasta la gratitud hacia ellas, con su persona no se ha acercado ni un solo paso a lo que aún existe como Iglesia o como piedad: quizá al contrario. La indiferencia práctica respecto a los asuntos religiosos en que ha nacido y sido educado suele sublimarse en él en precaución y limpieza que evita el contacto con personas y cosas religiosas; y puede ser precisamente la profundidad de su tolerancia y humanidad lo que le haga esquivar la fina situación de emergencia que trae consigo el tolerar mismo. Cada época tiene su propia especie divina de ingenuidad por cuya invención otros siglos pueden envidiarla: ¡y cuánta ingenuidad, venerable, infantil e ilimitadamente torpe ingenuidad hay en esta creencia de superioridad del erudito, en la buena conciencia de su tolerancia, en la despreocupada y simple seguridad con que su instinto trata al hombre religioso como un tipo inferior y de menor valor, más allá, por encima del cual él mismo ha crecido —él, el pequeño enano presuntuoso y hombre de plebe, el diligente y hábil trabajador manual e intelectual de las «ideas», de las «ideas modernas»!
Aforismo59
Quien ha mirado en profundidad el mundo comprende bien qué sabiduría hay en el hecho de que los hombres sean superficiales. Es su instinto de conservación el que les enseña a ser fugaces, ligeros y falsos. Aquí y allá se encuentra una adoración apasionada y exagerada de las «formas puras», tanto en filósofos como en artistas: que nadie dude de que quien necesita de tal modo el culto de la superficie, alguna vez ha metido la mano desafortunadamente bajo ella. Quizá incluso respecto de estos niños quemados, de los artistas natos, que solo encuentran ya el goce de la vida en la intención de falsear su imagen (como en una prolongada venganza contra la vida), hay todavía un orden jerárquico: se podría deducir el grado en que la vida les ha resultado odiosa, de hasta qué punto desean ver su imagen falseada, adelgazada, trasladada al más allá, divinizada —se podría contar a los homines religiosi entre los artistas, como su rango más alto—. Es el profundo miedo receloso ante un pesimismo incurable el que durante milenios enteros obliga a aferrarse con los dientes a una interpretación religiosa de la existencia: el miedo de aquel instinto que presiente que podría uno apoderarse de la verdad demasiado pronto, antes de que el hombre se haya vuelto lo bastante fuerte, lo bastante duro, lo bastante artista... La piedad, la «vida en Dios», contemplada con esta mirada, aparecería entonces como el producto más refinado y último del miedo a la verdad, como adoración y embriaguez de artista ante la más consecuente de todas las falsificaciones, como la voluntad de invertir la verdad, de incurrir en la no-verdad a cualquier precio. Quizá hasta ahora no haya habido medio más poderoso para embellecer al hombre mismo que precisamente la piedad: mediante ella el hombre puede volverse tanto arte, superficie, juego de colores, bondad, que ya no se sufre al contemplarlo.
Aforismo60
Amar al hombre por la voluntad de Dios: este ha sido hasta ahora el sentimiento más noble y remoto que se ha alcanzado entre los hombres. Que el amor al hombre sin alguna intención santificadora de fondo es una estupidez y una animalidad más, que la inclinación a este amor al hombre ha de recibir primero de una inclinación superior su medida, su finura, su grano de sal y su pizca de ámbar: —sea quien fuere el hombre que primero sintió y «vivió» esto, por mucho que su lengua haya titubeado al intentar expresar tal delicadeza, que nos sea sagrado y venerable por todos los tiempos, como el hombre que hasta ahora ha volado más alto y se ha extraviado de la forma más hermosa.
Aforismo61
El filósofo, tal como lo entendemos nosotros, espíritus libres, como el hombre de la más amplia responsabilidad, que tiene la conciencia por el desarrollo total del hombre: este filósofo se servirá de las religiones para su obra de selección y educación, como se servirá de las condiciones políticas y económicas del momento. La influencia selectiva, cultivadora, es decir, siempre tanto destructora como creadora y configuradora, que puede ejercerse con ayuda de las religiones, es múltiple y variada según el tipo de hombres que se coloquen bajo su hechizo y protección. Para los fuertes, independientes, preparados y predestinados para mandar, en quienes se encarna la razón y el arte de una raza gobernante, la religión es un medio más para superar resistencias, para poder dominar: como un vínculo que une en común a gobernantes y súbditos y que delata y entrega a los primeros la conciencia de los últimos, su intimidad y su interior más recóndito, que con gusto quisiera sustraerse a la obediencia; y si algunas naturalezas de tan noble origen, por su elevada espiritualidad, se inclinan a una vida más retirada y contemplativa y se reservan solo la más refinada forma de dominio (sobre discípulos selectos o hermanos de orden), entonces la religión misma puede usarse como medio para procurarse tranquilidad ante el ruido y la fatiga del gobierno más tosco, y pureza ante la inevitable suciedad de toda actividad política. Así lo entendieron, por ejemplo, los brahmanes: con ayuda de una organización religiosa se dieron el poder de designar reyes al pueblo, mientras ellos mismos se mantenían y se sentían aparte y fuera, como hombres de tareas superiores y supra-regias. Entretanto, la religión da también a una parte de los gobernados orientación y oportunidad para prepararse para un eventual dominio y mando, a saber, a aquellas clases y estamentos que van ascendiendo lentamente, en los que, gracias a costumbres matrimoniales afortunadas, la fuerza y el gusto de la voluntad, la voluntad de autodominio, van en aumento constante: —a ellos la religión les ofrece suficientes estímulos y tentaciones para recorrer los caminos hacia una espiritualidad más elevada, para experimentar los sentimientos de la gran autosuperación, del silencio y la soledad: —ascetismo y puritanismo son medios de educación y ennoblecimiento casi indispensables si una raza quiere dominar sobre su procedencia de la plebe y trabajar para elevarse a un dominio futuro—. A los hombres comunes, finalmente, a la inmensa mayoría, que existen para servir y para la utilidad general y que solo en esa medida tienen derecho a existir, la religión les da una inapreciable conformidad con su situación y su naturaleza, múltiple paz del corazón, un ennoblecimiento de la obediencia, una felicidad y un sufrimiento más junto a sus semejantes, y algo de transfiguración y embellecimiento, algo de justificación de toda la cotidianidad, de toda la bajeza, de toda la semi-animal pobreza de su alma. La religión y la significación religiosa de la vida ponen luz de sol sobre tales hombres perpetuamente atormentados y les hacen soportable incluso su propia contemplación, actúa como suele actuar una filosofía epicúrea sobre los que sufren de rango superior, reconfortando, refinando, aprovechando por así decir el sufrimiento, finalmente incluso santificando y justificando. Quizá no hay nada tan venerable en el cristianismo y el budismo como su arte de enseñar incluso a los más bajos a colocarse mediante la piedad en un orden de cosas aparentemente superior, y de ese modo mantener en sí mismos la satisfacción con el orden real, dentro del cual viven con bastante dureza —¡y precisamente esta dureza es necesaria!
Aforismo62
Por último, ciertamente, para hacer también a tales religiones la terrible contrapartida y poner a la luz su inquietante peligrosidad: —siempre se paga cara y terriblemente cuando las religiones no gobiernan como medios de selección y educación en manos del filósofo, sino por sí mismas y soberanamente, cuando ellas mismas quieren ser fines últimos y no medios junto a otros medios—. Hay en el hombre, como en cualquier otra especie animal, un excedente de fracasados, enfermos, degenerados, débiles, que necesariamente sufren; los casos logrados son también en el hombre siempre la excepción, e incluso teniendo en cuenta que el hombre es el animal todavía no establecido, la excepción escasa. Pero aún peor: cuanto más elevado es el tipo de un hombre que representa, tanto más aumenta todavía la improbabilidad de que salga bien: la casualidad, la ley del sinsentido en la economía total de la humanidad se muestra de la forma más aterradora en su efecto destructor sobre los hombres superiores, cuyas condiciones de vida son delicadas, múltiples y difíciles de calcular. ¿Cómo se comportan ahora las dos mayores religiones mencionadas frente a este excedente de casos fracasados? Buscan conservar, mantener en vida lo que de algún modo se pueda mantener, más aún, toman partido por ellos por principio, como religiones para los que sufren, dan la razón a todos aquellos que sufren de la vida como de una enfermedad, y querrían imponer que cualquier otro sentimiento de la vida sea considerado falso y se vuelva imposible. Por mucho que se aprecie este cuidado indulgente y conservador, en la medida en que se aplica, junto a todos los demás, también al tipo superior del hombre, hasta ahora casi siempre también el más sufriente: en el balance total las religiones hasta ahora existentes, a saber, las soberanas, pertenecen a las causas principales que mantuvieron el tipo «hombre» en un nivel inferior —conservaron demasiado de lo que debía perecer—. Se les debe agradecer cosas inestimables; ¿y quién es lo bastante rico en gratitud como para no empobrecerse ante todo lo que, por ejemplo, los «hombres espirituales» del cristianismo han hecho hasta ahora por Europa! Y sin embargo, cuando dieron consuelo a los que sufren, valor a los oprimidos y desesperados, un bastón y un apoyo a los que carecen de autonomía, y atrajeron a los destruidos interiormente y enloquecidos fuera de la sociedad hacia monasterios y casas de corrección del alma: ¿qué más tuvieron que hacer para con buena conciencia trabajar así por principio en la conservación de todo lo enfermo y sufriente, es decir, en verdad y de hecho, en el empeoramiento de la raza europea? Poner todas las valoraciones patas arriba —¡eso tuvieron que hacer!— Y quebrar a los fuertes, enfermar las grandes esperanzas, volver sospechosa la felicidad en la belleza, doblegar todo lo autónomo, viril, conquistador, dominador, todos los instintos propios del tipo más elevado y logrado de «hombre», hacia la inseguridad, la angustia de conciencia, la autodestrucción, es más, convertir todo el amor a lo terrenal y al dominio sobre la tierra en odio contra la tierra y lo terrenal —esto es lo que la Iglesia se impuso como tarea y tuvo que imponerse, hasta que finalmente para su estimación «desmundanización», «desensualización» y «hombre superior» se fundieron en un solo sentimiento—. Supuesto que se pudiera abarcar con la mirada burlona e imparcial de un dios epicúreo la extrañamente dolorosa y tanto tosca como refinada comedia del cristianismo europeo, creo que no se acabaría nunca de asombrarse y reír: ¿acaso no parece que una sola voluntad ha dominado sobre Europa durante dieciocho siglos, la de hacer del hombre un aborto sublime? Pero quien con necesidades invertidas, ya no epicúreas, sino con algún martillo divino en la mano, se acercara a esta degeneración y atrofia casi arbitraria del hombre, tal como es el europeo cristiano (Pascal, por ejemplo), ¿no tendría que gritar con furia, con compasión, con horror: «¡Oh necios, necios presuntuosos y compasivos, qué habéis hecho! ¿Era esto un trabajo para vuestras manos? ¡Cómo me habéis destrozado y estropeado mi piedra más hermosa! ¿Qué os habéis atrevido a hacer?»— Yo quería decir: el cristianismo ha sido hasta ahora el tipo más funesto de presunción. Hombres no lo bastante elevados ni duros como para tener derecho a configurar al hombre como artistas; hombres no lo bastante fuertes ni previsores como para, con un sublime autodominio, dejar que opere la ley de primer plano del múltiple fracaso y perecimiento; hombres no lo bastante nobles como para ver la abismal diferencia de jerarquía y distancia jerárquica entre hombre y hombre: —tales hombres han dominado hasta ahora sobre el destino de Europa con su «iguales ante Dios», hasta que finalmente se ha criado una especie reducida, casi ridícula, un animal de rebaño, algo bondadoso, enfermizo y mediocre, el europeo de hoy...
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