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Libro VIII

La República · Platón · 55 min de lectura

Parte1Constituciones políticas y caracteres humanos

Y así, Glaucón, hemos llegado a la conclusión de que en el Estado perfecto las esposas y los hijos deben ser comunes; y que toda la educación y las actividades de la guerra y de la paz también han de ser comunes, y que los mejores filósofos y los más valientes guerreros deben ser sus reyes.

Eso, respondió Glaucón, ha quedado reconocido.

Sí, dije; y además hemos reconocido que los gobernantes, una vez nombrados, tomarán a sus soldados y los instalarán en viviendas como las que describíamos, que son comunes a todos y no contienen nada privado ni individual; y respecto a su propiedad, ¿recuerdas lo que acordamos?

Sí, recuerdo que nadie debía tener ninguna de las posesiones ordinarias de la humanidad; debían ser atletas guerreros y guardianes, recibiendo de los otros ciudadanos, en lugar de pago anual, solo su manutención, y debían cuidar de sí mismos y de todo el Estado.

Cierto, dije; y ahora que esta parte de nuestra tarea está concluida, encontremos el punto en que nos desviamos, para que podamos volver al viejo camino.

No hay dificultad en volver; tú dabas a entender, entonces como ahora, que habías terminado la descripción del Estado: dijiste que tal Estado era bueno, y que el hombre era bueno quien correspondía a él, aunque, según ahora parece, tenías cosas más excelentes que relatar tanto del Estado como del hombre. Y dijiste además que si esta era la forma verdadera, entonces las otras eran falsas; y de las formas falsas, dijiste, según recuerdo, que había cuatro principales, y que sus defectos, y los defectos de los individuos correspondientes a ellas, merecían ser examinados. Cuando hubiéramos visto a todos los individuos, y finalmente acordáramos quién era el mejor y quién el peor de ellos, debíamos considerar si el mejor no era también el más feliz, y el peor el más miserable. Te pregunté cuáles eran las cuatro formas de gobierno de las que hablabas, y entonces Polemarco y Adimanto intervinieron; y tú comenzaste de nuevo, y has encontrado tu camino hasta el punto en que ahora hemos llegado.

Tu recuerdo, dije, es muy exacto.

Entonces, como un luchador, respondió él, debes colocarte de nuevo en la misma posición; y déjame hacerte las mismas preguntas, y dame tú la misma respuesta que estabas a punto de darme entonces.

Sí, si puedo, lo haré, dije.

Desearé especialmente oír cuáles eran las cuatro constituciones de las que hablabas.

Esa pregunta, dije, se responde fácilmente: los cuatro gobiernos de los que hablé, en la medida en que tienen nombres distintos, son, primero, los de Creta y Esparta, que son generalmente aplaudidos; lo que se llama oligarquía viene después; esta no es igualmente aprobada, y es una forma de gobierno que rebosa de males: en tercer lugar, la democracia, que naturalmente sigue a la oligarquía, aunque muy diferente: y por último viene la tiranía, grande y famosa, que difiere de todas ellas, y es el cuarto y peor desorden de un Estado. No conozco, ¿y tú?, ninguna otra constitución que pueda decirse que tiene un carácter distinto. Hay señoríos y principados que se compran y se venden, y algunas otras formas intermedias de gobierno. Pero estos son indescriptibles y pueden encontrarse igualmente entre los helenos y entre los bárbaros.

Sí, respondió él, ciertamente oímos hablar de muchas formas curiosas de gobierno que existen entre ellos.

¿Sabes, dije, que los gobiernos varían según varían las disposiciones de los hombres, y que debe haber tantos de unos como de otros? Pues no podemos suponer que los Estados estén hechos de «roble y roca», y no de las naturalezas humanas que hay en ellos, y que en cierto modo inclinan la balanza y arrastran tras de sí otras cosas.

Sí, dijo él, los Estados son como los hombres; surgen de los caracteres humanos.

Entonces si las constituciones de los Estados son cinco, las disposiciones de las mentes individuales también serán cinco.

Ciertamente.

A aquel que corresponde a la aristocracia, y a quien con razón llamamos justo y bueno, ya lo hemos descrito.

Así es.

Entonces procedamos ahora a describir la clase inferior de naturalezas, siendo las contenciosas y ambiciosas, que corresponden a la política espartana; también la oligárquica, la democrática y la tiránica. Coloquemos al más justo al lado del más injusto, y cuando los veamos podremos comparar la relativa felicidad o infelicidad de quien lleva una vida de pura justicia o de pura injusticia. La investigación quedará entonces completada. Y sabremos si debemos perseguir la injusticia, como aconseja Trasímaco, o de acuerdo con las conclusiones del argumento preferir la justicia.

Ciertamente, respondió él, debemos hacer como dices.

¿Seguiremos nuestro viejo plan, que adoptamos con vistas a la claridad, de tomar primero el Estado y luego proceder al individuo, y comenzar con el gobierno del honor? No conozco ningún nombre para tal gobierno aparte de timocracia, o quizá timarquía. Compararemos con este el carácter similar en el individuo; y, después de eso, consideraremos la oligarquía y el hombre oligárquico; y luego de nuevo volveremos nuestra atención a la democracia y al hombre democrático; y por último, iremos a ver la ciudad de la tiranía, y una vez más echaremos un vistazo al alma del tirano, e intentaremos llegar a una decisión satisfactoria.

Esa manera de ver y juzgar el asunto será muy adecuada.

Primero, entonces, dije, preguntémonos cómo surge la timocracia (el gobierno del honor) de la aristocracia (el gobierno de los mejores). Claramente, todos los cambios políticos se originan en divisiones del poder gobernante efectivo; un gobierno que está unido, por pequeño que sea, no puede ser removido.

Muy cierto, dijo él.

¿De qué manera, entonces, será removida nuestra ciudad, y de qué modo discrepará las dos clases de auxiliares y gobernantes entre sí o unos con otros? ¿Rogaremos, a la manera de Homero, a las Musas que nos digan «cómo surgió primero la discordia»? ¿Las imaginaremos en solemne burla, jugando y bromeando con nosotros como si fuéramos niños, y dirigiéndose a nosotros en un elevado tono trágico, fingiendo estar serias?

¿Cómo se dirigirían a nosotros?

Parte2La disolución del Estado ideal

De esta manera: una ciudad así constituida difícilmente puede ser sacudida; pero, dado que todo lo que tiene un comienzo tiene también un fin, ni siquiera una constitución como la vuestra durará para siempre, sino que con el tiempo se disolverá. Y esta es la disolución: en las plantas que crecen en la tierra, así como en los animales que se mueven sobre la superficie terrestre, la fertilidad y la esterilidad del alma y del cuerpo se producen cuando se completan las circunferencias de los círculos de cada uno, que en las existencias de vida corta pasan sobre un espacio breve, y en las de vida larga sobre un espacio largo. Pero al conocimiento de la fecundidad y la esterilidad humanas no llegarán toda la sabiduría y educación de vuestros gobernantes; las leyes que las regulan no serán descubiertas por una inteligencia que está mezclada con los sentidos, sino que se les escaparán, y traerán niños al mundo cuando no deberían.

Ahora bien, lo que es de nacimiento divino tiene un periodo que está contenido en un número perfecto (es decir, un número cíclico, como el 6, que es igual a la suma de sus divisores 1, 2, 3, de modo que cuando se completa el círculo o tiempo representado por 6, también se completan los tiempos menores o rotaciones representadas por 1, 2, 3), pero el periodo del nacimiento humano está comprendido en un número en el cual los primeros incrementos por involución y evolución (o al cuadrado y al cubo) obteniendo tres intervalos y cuatro términos de semejantes y desemejantes, números crecientes y menguantes, hacen todos los términos conmensurables y concordantes entre sí. (Probablemente los números 3, 4, 5, 6 de los cuales los tres primeros = los lados del triángulo pitagórico. Los términos serán entonces 3 al cubo, 4 al cubo, 5 al cubo, que juntos = 6 al cubo = 216.) La base de estos (3) con un tercio añadido (4) cuando se combina con cinco (20) y se eleva a la tercera potencia proporciona dos armonías; la primera un cuadrado que es cien veces mayor (400 = 4 x 100) (O la primera un cuadrado que es 100 x 100 = 10.000.

El número completo será entonces 17.500 = un cuadrado de 100, y un oblongo de 100 por 75.), y la otra una figura que tiene un lado igual a la anterior, pero oblonga, consistente en cien números al cuadrado sobre diámetros racionales de un cuadrado (es decir, omitiendo fracciones), cuyo lado es cinco (7 x 7 = 49 x 100 = 4.900), siendo cada uno de ellos menor en uno (que el cuadrado perfecto que incluye las fracciones, a saber 50) o menor en (O, «consistente en dos números al cuadrado sobre diámetros irracionales», etc. = 100. Para otras explicaciones del pasaje véase la Introducción.) dos cuadrados perfectos de diámetros irracionales (de un cuadrado cuyo lado es cinco = 50 + 50 = 100); y cien cubos de tres (27 x 100 = 2.700 + 4.900 + 400 = 8.000).

Ahora bien, este número representa una figura geométrica que tiene control sobre el bien y el mal de los nacimientos. Pues cuando vuestros guardianes ignoran la ley de los nacimientos, y unen novia y novio fuera de temporada, los niños no serán buenos ni afortunados. Y aunque sólo los mejores de ellos sean designados por sus predecesores, aun así serán indignos de ocupar los lugares de sus padres, y cuando lleguen al poder como guardianes, pronto se descubrirá que fracasan en cuidar de nosotras, las Musas, primero infravalorando la música; cuyo descuido pronto se extenderá a la gimnástica; y de ahí que los jóvenes de vuestro Estado estarán menos cultivados. En la generación siguiente se designarán gobernantes que habrán perdido el poder guardián de probar el metal de vuestras diferentes razas, que, como las de Hesíodo, son de oro y plata y bronce y hierro.

Y así el hierro se mezclará con la plata, y el bronce con el oro, y de ahí surgirán la desemejanza y la desigualdad y la irregularidad, que siempre y en todos los lugares son causas de odio y guerra. Esto afirman las Musas que es la cepa de la que ha brotado la discordia, dondequiera que surja; y esta es su respuesta para nosotros.

Sí, y podemos suponer que responden verazmente.

Pues sí, dije, desde luego que responden verazmente; ¿cómo pueden las Musas hablar falsamente?

¿Y qué dicen las Musas a continuación?

Cuando surgió la discordia, entonces las dos razas fueron arrastradas en direcciones diferentes: el hierro y el bronce se lanzaron a adquirir dinero y tierra y casas y oro y plata; pero las razas de oro y plata, no necesitando dinero sino teniendo las verdaderas riquezas en su propia naturaleza, se inclinaron hacia la virtud y el antiguo orden de las cosas. Hubo una batalla entre ellos, y al final acordaron distribuir sus tierras y casas entre propietarios individuales; y esclavizaron a sus amigos y sostenedores, a quienes habían protegido anteriormente en condición de hombres libres, e hicieron de ellos súbditos y sirvientes; y ellos mismos se dedicaron a la guerra y a vigilarlos.

Creo que has concebido correctamente el origen del cambio.

¿Y el nuevo gobierno que así surge será de una forma intermedia entre la oligarquía y la aristocracia?

Muy cierto.

Tal será el cambio, y una vez hecho el cambio, ¿cómo procederán? Claramente, el nuevo Estado, estando en un término medio entre la oligarquía y el Estado perfecto, seguirá en parte a uno y en parte al otro, y también tendrá algunas peculiaridades.

Cierto, dijo él.

En el honor dado a los gobernantes, en la abstinencia de la clase guerrera de la agricultura, las artesanías y el comercio en general, en la institución de comidas en común, y en la atención prestada a la gimnástica y al entrenamiento militar, en todos estos aspectos este Estado se asemejará al anterior.

Cierto.

Pero en el temor de admitir a los filósofos al poder, porque ya no pueden encontrarse simples y serios, sino que están hechos de elementos mezclados; y en apartarse de ellos hacia caracteres apasionados y menos complejos, que por naturaleza están hechos para la guerra más que para la paz; y en el valor que ellos otorgan a las estratagemas y artimañas militares, y en librar guerras interminables, este Estado será en su mayor parte peculiar.

Sí.

Sí, dije; y los hombres de este tipo serán codiciosos de dinero, como quienes viven en oligarquías; tendrán un ansia feroz y secreta de oro y plata, que atesorarán en lugares oscuros, teniendo almacenes y tesoros propios para el depósito y ocultación de ellos; también castillos que son simplemente nidos para sus huevos, y en los cuales gastarán grandes sumas en sus esposas, o en cualesquiera otros que les plazcan.

Eso es muy cierto, dijo él.

Y son tacaños porque no tienen medios de adquirir abiertamente el dinero que aprecian; gastarán lo que es de otro hombre en la gratificación de sus deseos, robando sus placeres y huyendo como niños de la ley, su padre: han sido educados no por influencias amables sino por la fuerza, pues han descuidado a aquella que es la verdadera Musa, la compañera de la razón y la filosofía, y han honrado la gimnástica más que la música.

Indudablemente, dijo él, la forma de gobierno que describes es una mezcla de bien y mal.

Pues hay una mezcla, dije; pero una cosa, y solo una cosa, se ve predominantemente: el espíritu de contienda y ambición; y estos se deben a la prevalencia del elemento apasionado o fogoso.

Ciertamente, dijo él.

Tal es el origen y tal el carácter de este Estado, que ha sido descrito solo en líneas generales; la ejecución más perfecta no era necesaria, pues un esbozo es suficiente para mostrar el tipo del más perfectamente justo y del más perfectamente injusto; y recorrer todos los Estados y todos los caracteres de los hombres, sin omitir ninguno de ellos, sería un trabajo interminable.

Muy cierto, respondió él.

Ahora bien, ¿qué hombre corresponde a esta forma de gobierno? ¿Cómo llegó a ser, y cómo es?

Creo, dijo Adimanto, que en el espíritu de contienda que lo caracteriza, no es distinto de nuestro amigo Glaucón.

Quizá, dije, pueda parecerse a él en ese punto; pero hay otros aspectos en los que es muy diferente.

¿En qué aspectos?

Debería tener más autoafirmación y estar menos cultivado, y sin embargo ser amigo de la cultura; y debería ser un buen oyente, pero no un orador. Tal persona tiende a ser ruda con los esclavos, a diferencia del hombre educado, que es demasiado orgulloso para eso; y también será cortés con los hombres libres, y notablemente obediente a la autoridad; es un amante del poder y un amante del honor; reclamando ser gobernante, no porque sea elocuente, o por ningún motivo de ese tipo, sino porque es un soldado y ha realizado hazañas de armas; es también un amante de los ejercicios gimnásticos y de la caza.

Parte3Timocracia, oligarquía y sus defectos

Sí, ese es el tipo de carácter que corresponde a la timocracia.

Un hombre así despreciará las riquezas solo cuando es joven; pero a medida que envejece se sentirá cada vez más atraído por ellas, porque tiene en sí una parte de naturaleza codiciosa y no está enteramente consagrado a la virtud, habiendo perdido a su mejor guardián.

¿Quién era ese?, preguntó Adimanto.

La filosofía, dije, templada con la música, que viene y se instala en el hombre, y es la única salvadora de su virtud a lo largo de la vida.

Bien, dijo.

Tal, dije, es el joven timocrático, y se parece al Estado timocrático.

Exactamente.

Su origen es el siguiente: a menudo es el hijo joven de un padre valiente que habita en una ciudad mal gobernada, de la cual rechaza los honores y los cargos, y no quiere ir a juicio ni esforzarse de ninguna manera, sino que está dispuesto a renunciar a sus derechos con tal de evitar problemas.

¿Y cómo llega a ser el hijo?

El carácter del hijo comienza a desarrollarse cuando oye a su madre quejarse de que su esposo no tiene lugar en el gobierno, con la consecuencia de que ella no tiene precedencia entre las demás mujeres. Además, cuando ve que su esposo no está muy interesado en el dinero, y en lugar de luchar y despotricar en los tribunales o en la asamblea, acepta tranquilamente lo que le suceda; y cuando observa que sus pensamientos siempre se centran en sí mismo, mientras que la trata a ella con considerable indiferencia, se molesta y le dice a su hijo que su padre es solo medio hombre y demasiado complaciente, añadiendo todas las demás quejas sobre su propio maltrato que tanto les gusta repetir a las mujeres.

Sí, dijo Adimanto, nos dan muchas de ellas, y sus quejas son tan propias de ellas.

Y sabes, dije, que los viejos sirvientes también, que se supone están apegados a la familia, de vez en cuando hablan en privado en el mismo tono al hijo; y si ven a alguien que le debe dinero a su padre o lo está perjudicando de alguna manera, y él no los procesa, le dicen al joven que cuando crezca debe vengarse de personas de este tipo y ser más hombre que su padre. Solo tiene que salir a la calle y oye y ve lo mismo: a quienes se ocupan de sus propios asuntos en la ciudad los llaman ingenuos y no se les estima, mientras que los entrometidos son honrados y aplaudidos. El resultado es que el joven, oyendo y viendo todas estas cosas —oyendo, también, las palabras de su padre, y teniendo una visión más cercana de su modo de vida, y haciendo comparaciones de él con otros— es arrastrado en direcciones opuestas: mientras su padre está regando y nutriendo el principio racional en su alma, los otros están alentando lo pasional y lo apetitivo; y él, no siendo originalmente de mala naturaleza, pero habiendo tenido malas compañías, es llevado finalmente por la influencia conjunta de ambos a un punto medio, y entrega el reino que está dentro de él al principio intermedio de la contención y la pasión, y se vuelve arrogante y ambicioso.

Me parece que has descrito su origen perfectamente.

Entonces ahora tenemos, dije, la segunda forma de gobierno y el segundo tipo de carácter.

Así es.

A continuación, miremos a otro hombre que, como dice Esquilo,

«Está puesto frente a otro Estado»;

o mejor, como requiere nuestro plan, comencemos con el Estado.

Por supuesto.

Creo que la oligarquía sigue en orden.

¿Y qué clase de gobierno llamas oligarquía?

Un gobierno basado en una valoración de la propiedad, en el cual los ricos tienen el poder y el pobre está privado de él.

Entiendo, respondió.

¿No debo comenzar describiendo cómo surge el cambio de timocracia a oligarquía?

Sí.

Bien, dije, no se necesitan ojos para ver cómo la una pasa a la otra.

¿Cómo?

La acumulación de oro en el tesoro de individuos privados es la ruina de la timocracia; inventan modos ilegales de gasto; pues ¿qué les importa a ellos o a sus esposas la ley?

Sí, en efecto.

Y luego uno, viendo a otro enriquecerse, busca rivalizar con él, y así la gran masa de los ciudadanos se vuelven amantes del dinero.

Bastante probable.

Y así se vuelven más y más ricos, y cuanto más piensan en hacer fortuna menos piensan en la virtud; pues cuando las riquezas y la virtud se colocan juntas en los platillos de la balanza, uno siempre sube cuando el otro baja.

Cierto.

Y en proporción a como las riquezas y los hombres ricos son honrados en el Estado, la virtud y los virtuosos son deshonrados.

Claramente.

Y lo que es honrado se cultiva, y lo que no tiene honor se descuida.

Eso es obvio.

Y así, finalmente, en lugar de amar la competencia y la gloria, los hombres se vuelven amantes del comercio y del dinero; honran y admiran al hombre rico, y hacen de él un gobernante, y deshonran al pobre.

Así lo hacen.

A continuación proceden a hacer una ley que fija una suma de dinero como requisito para la ciudadanía; la suma es mayor en un lugar y menor en otro, según la oligarquía sea más o menos exclusiva; y no permiten que nadie cuya propiedad caiga por debajo de la cantidad fijada tenga ninguna participación en el gobierno. Estos cambios en la constitución los efectúan por la fuerza de las armas, si la intimidación no ha hecho ya su trabajo.

Muy cierto.

Y esta, hablando en general, es la manera en que se establece la oligarquía.

Sí, dijo; pero ¿cuáles son las características de esta forma de gobierno y cuáles son los defectos de los que hablábamos?

En primer lugar, dije, considera la naturaleza del requisito. Piensa qué pasaría si los pilotos fueran elegidos según su propiedad, y a un hombre pobre se le negara el permiso de gobernar el timón, aunque fuera mejor piloto.

¿Quieres decir que naufragarían?

Sí; ¿y no es esto cierto del gobierno de cualquier cosa?

Me lo imagino.

¿Excepto una ciudad? ¿O incluirías una ciudad?

No, dijo, el caso de una ciudad es el más fuerte de todos, en la medida en que el gobierno de una ciudad es el mayor y más difícil de todos.

¿Este, entonces, será el primer gran defecto de la oligarquía?

Claramente.

Y aquí hay otro defecto que es igualmente malo.

¿Qué defecto?

La inevitable división: tal Estado no es uno, sino dos Estados, uno de pobres, otro de ricos; y están viviendo en el mismo lugar y siempre conspirando uno contra otro.

Eso, sin duda, es al menos igual de malo.

Otro rasgo deshonroso es que, por una razón similar, son incapaces de llevar a cabo ninguna guerra. O arman a la multitud, y entonces les tienen más miedo a ellos que al enemigo; o, si no los convocan en la hora de la batalla, son oligarcas en verdad, pocos para luchar como son pocos para gobernar. Y al mismo tiempo su afición al dinero los hace reacios a pagar impuestos.

¡Qué deshonroso!

Y, como dijimos antes, bajo tal constitución las mismas personas tienen demasiados oficios: son agricultores, comerciantes, guerreros, todo en uno. ¿Eso se ve bien?

Todo menos bien.

Hay otro mal que es, quizás, el mayor de todos, y al cual este Estado comienza a ser vulnerable por primera vez.

¿Qué mal?

Un hombre puede vender todo lo que tiene, y otro puede adquirir su propiedad; sin embargo, después de la venta puede habitar en la ciudad de la cual ya no es parte, sin ser ni comerciante, ni artesano, ni jinete, ni hoplita, sino solo una criatura pobre e indefensa.

Sí, ese es un mal que también comienza por primera vez en este Estado.

El mal ciertamente no se previene allí; pues las oligarquías tienen ambos extremos de gran riqueza y pobreza absoluta.

Cierto.

Pero piensa de nuevo: en sus días de riqueza, mientras gastaba su dinero, ¿era un hombre de este tipo en algo más útil al Estado para los propósitos de la ciudadanía? ¿O solo parecía ser miembro del cuerpo gobernante, aunque en verdad no era ni gobernante ni súbdito, sino solo un derrochador?

Como dices, parecía ser un gobernante, pero solo era un derrochador.

¿No podemos decir que este es el zángano en la casa que es como el zángano en el panal, y que el uno es la plaga de la ciudad como el otro lo es de la colmena?

Justamente, Sócrates.

Parte4Los zánganos y el origen de la democracia

Y Dios ha hecho a los zánganos voladores, Adimanto, todos sin aguijón, mientras que de los zánganos que caminan ha hecho algunos sin aguijón pero a otros les ha dado aguijones terribles; de la clase sin aguijón son aquellos que en su vejez terminan como mendigos; de los que tienen aguijón procede toda la clase criminal, como se les llama.

Muy cierto, dijo.

Claramente entonces, siempre que veas mendigos en un Estado, en algún lugar de ese vecindario hay escondidos ladrones, rateros, saqueadores de templos y toda clase de malhechores.

Claramente.

Bien, dije, y en los Estados oligárquicos ¿no encuentras mendigos?

Sí, dijo; casi todo el mundo es un mendigo excepto los gobernantes.

¿Y podemos atrevernos a afirmar que también se encuentran en ellos muchos criminales, bribones que tienen aguijón, y a quienes las autoridades se cuidan de contener por la fuerza?

Ciertamente, podemos atrevernos.

La existencia de tales personas debe atribuirse a la falta de educación, a la mala formación y a una constitución perversa del Estado.

Cierto.

Tal es, entonces, la forma y tales son los males de la oligarquía; y puede haber muchos otros males.

Muy probablemente.

Entonces la oligarquía, o la forma de gobierno en que los gobernantes son elegidos por su riqueza, puede ahora dejarse de lado. Procedamos a continuación a considerar la naturaleza y el origen del individuo que corresponde a este Estado.

Por supuesto.

¿No se transforma el hombre timocrático en el oligárquico de esta manera?

¿Cómo?

Llega un momento en que el representante de la timocracia tiene un hijo: al principio este empieza emulando a su padre y siguiendo sus pasos, pero de pronto lo ve naufragar contra el Estado como contra un arrecife sumergido, y él y todo lo que tiene se pierde; puede haber sido un general o algún otro alto funcionario que es llevado a juicio bajo un prejuicio suscitado por delatores, y es condenado a muerte, o exiliado, o privado de los privilegios de ciudadano, y toda su propiedad le es arrebatada.

Nada más probable.

Y el hijo ha visto y conocido todo esto—es un hombre arruinado, y su miedo le ha enseñado a derribar de cabeza la ambición y la pasión del trono de su pecho; humillado por la pobreza se dedica a hacer dinero y mediante ahorros miserables y mezquinos y trabajo duro reúne una fortuna. ¿No es probable que tal individuo coloque el elemento concupiscente y codicioso en el trono vacante y le permita representar al gran rey dentro de él, ceñido con tiara, cadena y cimitarra?

Muy cierto, respondió.

Y cuando ha hecho que la razón y el ánimo se sienten obedientemente en el suelo a ambos lados de su soberano, y les ha enseñado a conocer su lugar, obliga a uno a pensar solamente en cómo sumas menores pueden convertirse en mayores, y no permite al otro venerar y admirar nada excepto las riquezas y los hombres ricos, ni ambicionar nada tanto como la adquisición de riqueza y los medios de adquirirla.

De todos los cambios, dijo, no hay ninguno tan rápido ni tan seguro como la conversión del joven ambicioso en el avaricioso.

¿Y el avaricioso, dije, es el joven oligárquico?

Sí, dijo; en todo caso el individuo del que procede es como el Estado del que procede la oligarquía.

Consideremos entonces si hay alguna semejanza entre ellos.

Muy bien.

Primero, entonces, se asemejan uno al otro en el valor que le atribuyen a la riqueza.

Ciertamente.

También en su carácter miserable y laborioso; el individuo solo satisface sus apetitos necesarios y limita a ellos su gasto; sus otros deseos los reprime, bajo la idea de que son poco provechosos.

Cierto.

Es un tipo mezquino, que ahorra algo de todo y se hace una bolsa; y esta es la clase de hombre a quien la gente vulgar aplaude. ¿No es una verdadera imagen del Estado que representa?

Me parece que sí; en todo caso el dinero es altamente valorado por él tanto como por el Estado.

Ves que no es un hombre de cultura, dije.

Me lo imagino, dijo; si hubiera sido educado nunca habría hecho de un dios ciego el director de su coro, ni le habría dado el honor principal.

¡Excelente!, dije. Pero considera: ¿No debemos admitir además que debido a esta falta de cultura se encontrarán en él deseos semejantes a zánganos, como de mendigo y bribón, que son contenidos por la fuerza por su hábito general de vida?

Cierto.

¿Sabes dónde tendrás que mirar si quieres descubrir sus pillerías?

¿Dónde debo mirar?

Deberías verlo donde tiene alguna gran oportunidad de actuar deshonestamente, como en la tutela de un huérfano.

Así es.

Entonces quedará bastante claro que en sus tratos ordinarios que le dan reputación de honestidad coacciona sus malas pasiones mediante una virtud forzada; no haciéndoles ver que están equivocadas, ni domándolas mediante la razón, sino por necesidad y miedo constriñéndolas, y porque tiembla por sus posesiones.

Sin duda.

Sí, en efecto, querido amigo, pero encontrarás que los deseos naturales del zángano comúnmente existen en él igualmente siempre que tiene que gastar lo que no es suyo.

Sí, y también serán fuertes en él.

El hombre, entonces, estará en guerra consigo mismo; será dos hombres, y no uno; pero, en general, sus deseos mejores prevalecerán sobre los inferiores.

Cierto.

Por estas razones tal individuo será más respetable que la mayoría de la gente; sin embargo, la verdadera virtud de un alma unánime y armoniosa huirá muy lejos y nunca se acercará a él.

Eso esperaría.

Y seguramente, el avaro individualmente será un competidor innoble en un Estado por cualquier premio de victoria, u otro objeto de ambición honorable; no gastará su dinero en la competencia por la gloria; tan temeroso está de despertar sus apetitos costosos e invitarlos a ayudar y unirse en la lucha; a la verdadera manera oligárquica lucha solo con una pequeña parte de sus recursos, y el resultado comúnmente es que pierde el premio y conserva su dinero.

Muy cierto.

¿Podemos dudar ya, entonces, de que el avaro y hacedor de dinero corresponde al Estado oligárquico?

No puede haber duda.

A continuación viene la democracia; de esta el origen y la naturaleza todavía deben ser considerados por nosotros; y luego indagaremos sobre los caminos del hombre democrático, y lo traeremos a juicio.

Este, dijo, es nuestro método.

Bien, dije, ¿y cómo surge el cambio de oligarquía a democracia? ¿No es de esta manera? El bien al que tal Estado aspira es hacerse tan rico como sea posible, un deseo que es insaciable.

¿Qué entonces?

Los gobernantes, siendo conscientes de que su poder descansa sobre su riqueza, se niegan a restringir por ley la extravagancia de la juventud derrochadora porque se benefician de su ruina; les cobran intereses y compran sus propiedades y así aumentan su propia riqueza e importancia.

Sin duda.

No puede haber duda de que el amor a la riqueza y el espíritu de moderación no pueden coexistir en los ciudadanos de un mismo Estado en una medida considerable; uno u otro será desatendido.

Eso está bastante claro.

Y en los Estados oligárquicos, debido a la difusión general del descuido y la extravagancia, hombres de buena familia han sido a menudo reducidos a la mendicidad.

Sí, a menudo.

Y aún permanecen en la ciudad; ahí están, listos para picar y completamente armados, y algunos de ellos deben dinero, algunos han perdido su ciudadanía; una tercera clase está en ambos predicamentos; y odian y conspiran contra aquellos que han obtenido su propiedad, y contra todos los demás, y están ansiosos por la revolución.

Es cierto.

Por otro lado, los hombres de negocios, encorvados al caminar, y fingiendo ni siquiera ver a aquellos que ya han arruinado, insertan su aguijón—es decir, su dinero—en algún otro que no está en guardia contra ellos, y recuperan la suma original multiplicada muchas veces en una familia de hijos: y así hacen que el zángano y el mendigo abunden en el Estado.

Sí, dijo, hay muchos de ellos—eso es seguro.

El mal arde como un fuego; y no lo extinguirán, ni restringiendo el uso que un hombre hace de su propia propiedad, ni mediante otro remedio:

¿Cuál otro?

Uno que es el siguiente mejor, y tiene la ventaja de obligar a los ciudadanos a ocuparse de su carácter: que haya una regla general de que cada uno entrará en contratos voluntarios bajo su propio riesgo, y habrá menos de esta escandalosa acumulación de dinero, y los males de los que hablábamos disminuirán grandemente en el Estado.

Parte5El surgimiento de la democracia

Sí, se reducirán enormemente.

En la actualidad los gobernantes, motivados por las razones que he mencionado, tratan mal a sus súbditos; mientras que ellos y sus allegados, especialmente los jóvenes de la clase gobernante, se habitúan a llevar una vida de lujo y ociosidad tanto del cuerpo como de la mente; no hacen nada y son incapaces de resistir ni el placer ni el dolor.

Muy cierto.

Ellos mismos solo se preocupan por hacer dinero, y son tan indiferentes como el mendigo al cultivo de la virtud.

Sí, totalmente indiferentes.

Tal es el estado de cosas que prevalece entre ellos. Y a menudo gobernantes y súbditos pueden encontrarse en el camino del otro, ya sea en un viaje o en alguna otra ocasión de encuentro, en una peregrinación o una marcha, como compañeros soldados o compañeros marineros; sí, y pueden observar el comportamiento del otro en el momento mismo del peligro —pues donde hay peligro, no hay temor de que el rico desprecie al pobre— y muy probablemente el pobre curtido y fibroso sea puesto en batalla al lado de uno rico que nunca ha estropeado su tez y tiene abundante carne superflua— cuando ve a ese tipo resoplando y sin saber qué hacer, ¿cómo puede evitar sacar la conclusión de que hombres como él solo son ricos porque nadie tiene el valor de despojarlos? Y cuando se encuentran en privado, ¿no estará la gente diciéndose unos a otros «Nuestros guerreros no valen gran cosa»?

Sí, dijo, estoy perfectamente consciente de que así es como hablan.

Y, como en un cuerpo que está enfermo la adición de un toque desde fuera puede provocar una enfermedad, y a veces incluso cuando no hay provocación externa puede surgir una conmoción desde dentro— del mismo modo dondequiera que hay debilidad en el Estado también es probable que haya enfermedad, cuya ocasión puede ser muy leve, introduciendo un partido desde fuera a sus aliados oligárquicos, el otro a sus aliados democráticos, y entonces el Estado enferma y está en guerra consigo mismo; y puede estar a veces perturbado, incluso cuando no hay causa externa.

Sí, sin duda.

Y entonces la democracia nace después de que los pobres han vencido a sus oponentes, matando a algunos y desterrando a otros, mientras que al resto les dan una parte igual de libertad y poder; y esta es la forma de gobierno en la que los magistrados son comúnmente elegidos por sorteo.

Sí, dijo, esa es la naturaleza de la democracia, ya sea que la revolución se haya efectuado por las armas, o que el miedo haya causado que el partido opuesto se retire.

Y ahora, ¿cuál es su manera de vivir, y qué clase de gobierno tienen? Pues tal como sea el gobierno, así será el hombre.

Claramente, dijo.

En primer lugar, ¿no son libres; y no está la ciudad llena de libertad y franqueza— un hombre puede decir y hacer lo que le gusta?

Eso se dice, respondió.

¿Y donde hay libertad, el individuo es claramente capaz de ordenar para sí mismo su propia vida como le place?

Claramente.

Entonces en esta clase de Estado habrá la mayor variedad de naturalezas humanas.

La habrá.

Este, entonces, parece que será el más hermoso de los Estados, siendo como una túnica bordada que está salpicada con toda clase de flores. Y así como las mujeres y los niños piensan que una variedad de colores es de todas las cosas la más encantadora, así hay muchos hombres para quienes este Estado, que está salpicado con las maneras y caracteres de la humanidad, parecerá ser el más hermoso de los Estados.

Sí.

Sí, mi buen señor, y no habrá mejor en el cual buscar un gobierno.

¿Por qué?

Por la libertad que reina allí— tienen un surtido completo de constituciones; y quien tenga la intención de establecer un Estado, como hemos estado haciendo, debe ir a una democracia como iría a un bazar en el que las venden, y escoger la que le convenga; entonces, cuando haya hecho su elección, puede fundar su Estado.

Seguramente tendrá suficientes modelos.

Y no habiendo necesidad, dije, de que gobiernes en este Estado, incluso si tienes la capacidad, o de ser gobernado, a menos que te guste, o de ir a la guerra cuando el resto va a la guerra, o de estar en paz cuando otros están en paz, a menos que estés dispuesto a ello— no habiendo necesidad tampoco, porque alguna ley te prohíba ocupar un cargo o ser juez, de que no debas ocupar un cargo o ser juez, si te apetece— ¿no es esta una manera de vivir que por el momento es supremamente deliciosa?

Por el momento, sí.

¿Y no es su humanidad con los condenados en algunos casos muy encantadora? ¿No has observado cómo, en una democracia, muchas personas, aunque han sido sentenciadas a muerte o exilio, simplemente se quedan donde están y andan por el mundo— el caballero se pasea como un héroe, y nadie lo ve ni le importa?

Sí, respondió, muchos y muchos.

Mira también, dije, el espíritu perdonador de la democracia, y el «no me importa» respecto a las pequeñeces, y el desprecio que muestra por todos los nobles principios que solemnemente establecimos en la fundación de la ciudad— como cuando dijimos que, excepto en el caso de alguna naturaleza raramente dotada, nunca habrá un hombre bueno que no haya sido acostumbrado desde su infancia a jugar entre cosas bellas y hacer de ellas un gozo y un estudio— ¡cuán grandiosamente pisotea ella todos estos nobles pensamientos nuestros, sin dar nunca un pensamiento a las ocupaciones que hacen a un estadista, y promoviendo al honor a cualquiera que profese ser amigo del pueblo!

Sí, ella es de espíritu noble.

Estas y otras características afines son propias de la democracia, que es una forma de gobierno encantadora, llena de variedad y desorden, y dispensando una especie de igualdad a iguales y desiguales por igual.

La conocemos bien.

Considera ahora, dije, qué tipo de hombre es el individuo, o más bien considera, como en el caso del Estado, cómo llega a ser.

Muy bien, dijo.

¿No es este el camino— es el hijo del padre avaro y oligárquico que lo ha educado en sus propios hábitos?

Exactamente.

Y, como su padre, mantiene bajo control por la fuerza los placeres que son del tipo de gastar y no de obtener, siendo aquellos que se llaman innecesarios.

Obviamente.

¿Te gustaría, por claridad, distinguir cuáles son los placeres necesarios y cuáles son los innecesarios?

Me gustaría.

¿No son placeres necesarios aquellos de los que no podemos deshacernos, y de los cuales la satisfacción es un beneficio para nosotros? Y se les llama así con razón, porque estamos constituidos por naturaleza para desear tanto lo que es beneficioso como lo que es necesario, y no podemos evitarlo.

Cierto.

¿No estamos equivocados entonces al llamarlos necesarios?

No estamos equivocados.

¿Y los deseos de los cuales un hombre puede deshacerse, si se esfuerza desde su juventud— de los cuales la presencia, además, no hace ningún bien, y en algunos casos lo contrario— no tendremos razón al decir que todos estos son innecesarios?

Sí, ciertamente.

¿Supongamos que seleccionamos un ejemplo de cada tipo, para que podamos tener una noción general de ellos?

Muy bien.

¿No será el deseo de comer, es decir, de alimento simple y condimentos, en la medida en que son requeridos para la salud y la fuerza, de la clase necesaria?

Eso es lo que supondría.

¿El placer de comer es necesario de dos maneras; nos hace bien y es esencial para la continuación de la vida?

Sí.

¿Pero los condimentos solo son necesarios en la medida en que son buenos para la salud?

Ciertamente.

¿Y el deseo que va más allá de esto, de alimento más delicado, u otros lujos, que generalmente podrían eliminarse, si se controlan y entrenan en la juventud, y es perjudicial para el cuerpo, y perjudicial para el alma en la búsqueda de la sabiduría y la virtud, puede ser llamado con razón innecesario?

Muy cierto.

¿No podemos decir que estos deseos gastan, y que los otros hacen dinero porque conducen a la producción?

Ciertamente.

¿Y de los placeres del amor, y todos los otros placeres, se sostiene lo mismo?

Cierto.

¿Y el zángano del que hablamos era aquel que estaba saciado en placeres y deseos de este tipo, y era el esclavo de los deseos innecesarios, mientras que aquel que estaba sujeto solo a los necesarios era avaro y oligárquico?

Muy cierto.

De nuevo, veamos cómo el hombre democrático surge del oligárquico: el siguiente, según sospecho, es comúnmente el proceso.

¿Cuál es el proceso?

Parte6Del hombre oligárquico al democrático

Cuando un joven que ha sido educado como acabamos de describir, de manera vulgar y mezquina, ha probado la miel de los zánganos y ha llegado a relacionarse con caracteres fieros y astutos capaces de proporcionarle toda clase de refinamientos y variedades de placer, entonces, como puedes imaginar, comenzará el cambio del principio oligárquico que hay en él hacia el democrático.

Inevitablemente.

Y así como en la ciudad lo semejante ayudaba a lo semejante, y el cambio se efectuaba mediante una alianza desde fuera que asistía a una parte de los ciudadanos, así también el joven es cambiado por una clase de deseos que vienen de fuera para asistir a los deseos que hay dentro de él, de modo que lo afín y semejante vuelve a ayudar a lo afín y semejante.

Ciertamente.

Y si hay algún aliado que ayuda al principio oligárquico dentro de él, ya sea la influencia de un padre o de los familiares, aconsejándolo o reprendiéndolo, entonces surge en su alma una facción y una facción opuesta, y entra en guerra consigo mismo.

Tiene que ser así.

Y hay ocasiones en que el principio democrático cede ante el oligárquico, y algunos de sus deseos mueren, y otros son desterrados; un espíritu de reverencia penetra en el alma del joven y se restaura el orden.

Sí, dijo él, eso ocurre a veces.

Y luego, de nuevo, después de que los viejos deseos han sido expulsados, brotan otros nuevos afines a ellos, y porque su padre no sabe cómo educarlos, se vuelven fieros y numerosos.

Sí, dijo él, eso suele ser lo habitual.

Lo arrastran hacia sus antiguos compañeros, y manteniendo relaciones secretas con ellos, se reproducen y multiplican en él.

Muy cierto.

Al final se apoderan de la ciudadela del alma del joven, que perciben vacía de todas las realizaciones y nobles ocupaciones y palabras verdaderas que hacen su morada en las mentes de los hombres queridos por los dioses, y que son sus mejores guardianes y centinelas.

No hay mejores.

Entonces conceptos y frases falsas y jactanciosas ascienden y ocupan su lugar.

Sin duda lo harán.

Y así el joven regresa al país de los lotófagos y establece allí su morada a la vista de todos; y si alguna ayuda es enviada por sus amigos a la parte oligárquica de él, los mencionados conceptos vanos cierran la puerta de la fortaleza del rey; y no permitirán que la embajada misma entre, ni si consejeros privados ofrecen el consejo paternal de los ancianos los escucharán o los recibirán. Se libra una batalla y ellos la ganan, y entonces la modestia, a la que llaman necedad, es ignominiosamente expulsada al exilio por ellos, y la templanza, a la que apodan falta de hombría, es pisoteada en el fango y arrojada fuera; persuaden a los hombres de que la moderación y el gasto ordenado son vulgaridad y mezquindad, y así, con la ayuda de una turba de apetitos malvados, los expulsan más allá de la frontera.

Sí, con todas sus fuerzas.

Y cuando han vaciado y barrido el alma de aquel que está ahora en su poder y que está siendo iniciado por ellos en grandes misterios, lo siguiente es traer de vuelta a su casa la insolencia y la anarquía y el despilfarro y el descaro en brillante formación llevando guirnaldas en sus cabezas, y una gran comitiva con ellos, cantando sus alabanzas y llamándolos con dulces nombres; a la insolencia la llaman buena crianza, y a la anarquía libertad, y al despilfarro magnificencia, y al descaro valor. Y así el joven pasa de su naturaleza original, que fue entrenada en la escuela de la necesidad, a la libertad y el libertinaje de placeres inútiles e innecesarios.

Sí, dijo él, el cambio en él es bastante visible.

Después de esto vive gastando su dinero y trabajo y tiempo en placeres innecesarios tanto como en los necesarios; pero si tiene fortuna y no está demasiado desordenado en su juicio, cuando han transcurrido años y el apogeo de la pasión ha pasado —suponiendo que entonces readmite en la ciudad alguna parte de las virtudes exiliadas, y no se entrega del todo a sus sucesoras— en ese caso equilibra sus placeres y vive en una suerte de equilibrio, poniendo el gobierno de sí mismo en manos de aquello que llega primero y gana el turno; y cuando ha tenido suficiente de eso, entonces en manos de otro; no desprecia a ninguno de ellos sino que los alienta a todos por igual.

Muy cierto, dijo él.

Tampoco recibe ni deja pasar a la fortaleza ninguna palabra verdadera de consejo; si alguien le dice que algunos placeres son las satisfacciones de deseos buenos y nobles, y otros de deseos malos, y que debe usar y honrar unos y castigar y dominar los otros —siempre que esto se le repite sacude la cabeza y dice que todos son iguales, y que uno es tan bueno como otro.

Sí, dijo él; así es como actúa.

Sí, dije yo, vive al día complaciendo el apetito del momento; y a veces se entrega a la bebida y a los sones de la flauta; luego se vuelve un bebedor de agua e intenta adelgazar; después le da por la gimnasia; a veces holgazanea y descuida todo, luego vive otra vez la vida de un filósofo; a menudo se ocupa de la política, y se pone de pie de un salto y dice y hace lo que le viene a la cabeza; y si emula a alguien que es un guerrero, se lanza en esa dirección, o a hombres de negocios, una vez más en esa. Su vida no tiene ni ley ni orden; y llama a esta existencia desquiciada gozo y dicha y libertad; y así continúa.

Sí, respondió él, es todo libertad e igualdad.

Sí, dije yo; su vida es abigarrada y múltiple y un epítome de las vidas de muchos; corresponde al Estado que describimos como hermoso y salpicado de colores. Y muchos hombres y muchas mujeres lo tomarán como modelo, y muchas constituciones y muchos ejemplos de costumbres están contenidos en él.

Exactamente.

Que se lo ponga entonces frente a la democracia; puede ser llamado con propiedad el hombre democrático.

Que ese sea su lugar, dijo él.

Por último viene lo más hermoso de todo, hombre y Estado por igual, la tiranía y el tirano; estos tenemos ahora que considerar.

Muy cierto, dijo él.

Dime entonces, amigo mío, ¿de qué manera surge la tiranía? Que tiene un origen democrático es evidente.

Claramente.

¿Y no brota la tiranía de la democracia de la misma manera que la democracia de la oligarquía? Quiero decir, en cierto modo.

¿Cómo?

El bien que la oligarquía se propuso a sí misma y el medio por el cual se mantenía era el exceso de riqueza, ¿no tengo razón?

Sí.

¿Y el deseo insaciable de riqueza y el descuido de todas las demás cosas por amor a la acumulación de dinero fue también la ruina de la oligarquía?

Cierto.

¿Y la democracia tiene su propio bien, cuyo deseo insaciable la lleva a la disolución?

¿Qué bien?

La libertad, respondí; que, como te dicen en una democracia, es la gloria del Estado, y que por tanto solo en una democracia el hombre libre por naturaleza se dignará habitar.

Sí; el dicho está en boca de todos.

Iba a observar que el deseo insaciable de esto y el descuido de otras cosas introduce el cambio en la democracia que ocasiona una demanda de tiranía.

¿Cómo es eso?

Cuando una democracia que está sedienta de libertad tiene malos escanciadores presidiendo el banquete, y ha bebido demasiado profundamente del fuerte vino de la libertad, entonces, a menos que sus gobernantes sean muy complacientes y le den una copiosa ración, los llama a cuentas y los castiga, y dice que son oligarcas malditos.

Sí, respondió él, una ocurrencia muy común.

Sí, dije yo; y los ciudadanos leales son insultantemente llamados por ella esclavos que abrazan sus cadenas y hombres de nada; quiere súbditos que sean como gobernantes, y gobernantes que sean como súbditos: estos son hombres según su corazón, a quienes alaba y honra tanto en privado como en público. Ahora bien, en tal Estado, ¿puede la libertad tener algún límite?

Ciertamente no.

Poco a poco la anarquía encuentra un camino hacia las casas privadas, y termina llegando hasta los animales e infectándolos.

¿Qué quieres decir?

Quiero decir que el padre se acostumbra a descender al nivel de sus hijos y a temerles, y el hijo está al nivel de su padre, sin tener respeto ni reverencia por ninguno de sus padres; y esta es su libertad, y el meteco es igual al ciudadano y el ciudadano al meteco, y el extranjero es tan bueno como cualquiera de ellos.

Sí, dijo él, así es.

Parte7Los males de la democracia extrema

Y estos no son los únicos males, dije; hay varios menores: en tal estado de la sociedad el maestro teme y halaga a sus alumnos, y los alumnos desprecian a sus maestros y tutores; jóvenes y viejos son todos iguales; y el joven se pone al nivel del viejo, y está dispuesto a competir con él en palabra o acción; y los viejos condescenden con los jóvenes y están llenos de gracia y alegría; les repugna que se les considere hoscos y autoritarios, y por eso adoptan las maneras de los jóvenes.

Muy cierto, dijo.

El último extremo de la libertad popular es cuando el esclavo comprado con dinero, sea hombre o mujer, es tan libre como quien lo compró; y no debo olvidar hablar de la libertad e igualdad de los dos sexos en relación el uno con el otro.

¿Por qué no, como dice Esquilo, pronunciar la palabra que sube a nuestros labios?

Eso es lo que estoy haciendo, respondí; y debo añadir que nadie que no lo sepa creería cuánto mayor es la libertad que tienen los animales bajo el dominio del hombre en una democracia que en cualquier otro Estado: pues verdaderamente, las perras, como dice el proverbio, son tan buenas como sus amas, y los caballos y asnos tienen la costumbre de marchar con todos los derechos y dignidades de hombres libres; y se abalanzarán sobre cualquiera que se cruce en su camino si no les deja el camino libre: y todas las cosas están a punto de estallar de libertad.

Cuando doy un paseo por el campo, dijo, a menudo experimento lo que describes. Tú y yo hemos soñado lo mismo.

Y sobre todo, dije, y como resultado de todo, mira qué susceptibles se vuelven los ciudadanos; se irritan impacientes ante el menor toque de autoridad, y al final, como sabes, dejan de preocuparse incluso por las leyes, escritas o no escritas; no quieren tener a nadie sobre ellos.

Sí, dijo, lo sé muy bien.

Tal, amigo mío, dije, es el hermoso y glorioso comienzo del que brota la tiranía.

Glorioso, desde luego, dijo. ¿Pero cuál es el siguiente paso?

La ruina de la oligarquía es la ruina de la democracia; la misma enfermedad magnificada e intensificada por la libertad domina a la democracia; siendo la verdad que el aumento excesivo de cualquier cosa a menudo causa una reacción en dirección opuesta; y esto es el caso no solo en las estaciones y en la vida vegetal y animal, sino sobre todo en las formas de gobierno.

Cierto.

El exceso de libertad, ya sea en los Estados o en los individuos, parece solo convertirse en exceso de esclavitud.

Sí, el orden natural.

Y así la tiranía surge naturalmente de la democracia, y la forma más agravada de tiranía y esclavitud surge de la forma más extrema de libertad.

Como era de esperar.

Esa, sin embargo, no era, según creo, tu pregunta; más bien deseabas saber qué desorden es el que se genera tanto en la oligarquía como en la democracia, y es la ruina de ambas.

Exacto, respondió.

Bien, dije, me refería a la clase de los ociosos derrochadores, de los cuales los más valientes son los líderes y los más tímidos los seguidores, los mismos que estábamos comparando con los zánganos, algunos sin aguijón, y otros con aguijón.

Una comparación muy justa.

Estas dos clases son las plagas de toda ciudad en la que se generan, siendo lo que la flema y la bilis son para el cuerpo. Y el buen médico y legislador del Estado debería, como el sabio apicultor, mantenerlos a distancia y evitar, si es posible, que entren nunca; y si de algún modo han encontrado la manera de entrar, entonces debería hacer que ellos y sus celdas sean extirpados lo más rápidamente posible.

Sí, por supuesto, dijo.

Entonces, para que veamos claramente lo que estamos haciendo, imaginemos que la democracia está dividida, como en efecto lo está, en tres clases; porque en primer lugar la libertad crea bastantes más zánganos en el Estado democrático de los que había en el Estado oligárquico.

Eso es cierto.

Y en la democracia están ciertamente más intensificados.

¿Cómo es eso?

Porque en el Estado oligárquico son descalificados y expulsados de los cargos, y por tanto no pueden entrenarse ni reunir fuerzas; mientras que en una democracia son casi todo el poder gobernante, y mientras los más agudos hablan y actúan, el resto siguen zumbando alrededor de la tribuna y no permiten que se diga una palabra del otro lado; de ahí que en las democracias casi todo sea manejado por los zánganos.

Muy cierto, dijo.

Luego hay otra clase que siempre está siendo separada de la masa.

¿Cuál es esa?

Son la clase ordenada, que en una nación de comerciantes es seguro que sea la más rica.

Naturalmente.

Son las personas más exprimibles y producen la mayor cantidad de miel para los zánganos.

Pues, dijo, hay poco que exprimir de personas que tienen poco.

Y a esto se le llama la clase adinerada, y los zánganos se alimentan de ellos.

Ese es más o menos el caso, dijo.

El pueblo es una tercera clase, que consiste en aquellos que trabajan con sus propias manos; no son políticos, y no tienen mucho para vivir. Esta, cuando está reunida, es la clase más grande y poderosa en una democracia.

Cierto, dijo; pero entonces la multitud rara vez está dispuesta a congregarse a menos que obtengan un poco de miel.

¿Y no comparten?, dije. ¿No despojan sus líderes a los ricos de sus propiedades y las distribuyen entre el pueblo; al mismo tiempo cuidando de reservar la mayor parte para sí mismos?

Pues sí, dijo, en esa medida el pueblo sí comparte.

Y las personas cuya propiedad les es arrebatada se ven obligadas a defenderse ante el pueblo como mejor pueden.

¿Qué otra cosa pueden hacer?

Y entonces, aunque no tengan deseo de cambio, los otros les acusan de conspirar contra el pueblo y de ser amigos de la oligarquía.

Cierto.

Y el final es que cuando ven al pueblo, no por su propia voluntad, sino por ignorancia, y porque son engañados por informantes, buscando hacerles daño, entonces finalmente se ven forzados a convertirse en oligarcas en realidad; no desean serlo, pero el aguijón de los zánganos los atormenta y engendra revolución en ellos.

Esa es exactamente la verdad.

Entonces vienen acusaciones y juicios y procesos unos contra otros.

Cierto.

El pueblo siempre tiene algún campeón al que ponen sobre ellos y alimentan hasta la grandeza.

Sí, esa es su manera.

Esta y ninguna otra es la raíz de la que brota un tirano; cuando aparece por primera vez sobre la tierra es un protector.

Sí, eso está muy claro.

¿Cómo entonces comienza un protector a transformarse en tirano? Claramente cuando hace lo que se dice que hace el hombre en la historia del templo arcadio de Zeus Líceo.

¿Qué historia?

La historia es que quien ha probado las entrañas de una sola víctima humana mezcladas con las entrañas de otras víctimas está destinado a convertirse en lobo. ¿Nunca la oíste?

Oh, sí.

Y el protector del pueblo es como él; teniendo una multitud completamente a su disposición, no se abstiene de derramar la sangre de parientes; por el método favorito de la falsa acusación los lleva a juicio y los asesina, haciendo desaparecer la vida del hombre, y con lengua y labios impíos probando la sangre de sus conciudadanos; a algunos los mata y a otros los destierra, al mismo tiempo insinuando la abolición de las deudas y el reparto de tierras: y después de esto, ¿cuál será su destino? ¿No debe perecer a manos de sus enemigos, o de ser hombre convertirse en lobo, es decir, en tirano?

Inevitablemente.

Este, dije, es el que comienza a formar un partido contra los ricos.

El mismo.

Después de un tiempo es expulsado, pero vuelve, a pesar de sus enemigos, como un tirano ya crecido.

Eso está claro.

Y si son incapaces de expulsarlo, o de conseguir que sea condenado a muerte mediante acusación pública, conspiran para asesinarlo.

Sí, dijo, esa es su manera habitual.

Entonces viene la famosa petición de una guardia, que es el recurso de todos los que han llegado tan lejos en su carrera tiránica: «Que el amigo del pueblo», como dicen, «no se pierda para ellos».

Exactamente.

El pueblo consiente rápidamente; todos sus temores son por él; no tienen ninguno por sí mismos.

Muy cierto.

Y cuando un hombre que es rico y también es acusado de ser enemigo del pueblo ve esto, entonces, amigo mío, como dijo el oráculo a Creso,

«Por la orilla del guijarroso Hermo huye y no descansa, y no se avergüenza de ser un cobarde».

Parte8La naturaleza del tirano

«Y con toda razón», dijo él, «porque si lo fuera, nunca volvería a sentir vergüenza».

Pero si lo atrapan, muere.

Por supuesto.

Y ese protector del que hablábamos ha de ser visto, no «engrosando la llanura» con su corpulencia, sino él mismo como derrocador de muchos, de pie en el carro del Estado con las riendas en la mano, ya no protector, sino tirano absoluto.

Sin duda, dijo.

Y ahora consideremos la felicidad del hombre, y también la del Estado en el que se engendra una criatura como él.

Sí, dijo, consideremos eso.

Al principio, en los primeros días de su poder, está lleno de sonrisas, y saluda a todos los que encuentra; ¡él, que dice no ser un tirano, haciendo promesas en público y también en privado! Liberando deudores y distribuyendo tierras al pueblo y a sus seguidores, y queriendo ser tan amable y bueno con todo el mundo.

Por supuesto, dijo.

Pero cuando se ha deshecho de los enemigos extranjeros mediante la conquista o los tratados, y no hay nada que temer de ellos, entonces está siempre provocando alguna guerra u otra, a fin de que el pueblo pueda requerir un líder.

Desde luego.

¿No tiene también otro objetivo, que es que se empobrezcan con el pago de impuestos, y así se vean obligados a dedicarse a sus necesidades diarias y por tanto sean menos propensos a conspirar contra él?

Claramente.

Y si alguno de ellos es sospechoso para él de tener nociones de libertad y de resistencia a su autoridad, tendrá un buen pretexto para destruirlos poniéndolos a merced del enemigo; y por todas estas razones el tirano debe estar siempre provocando una guerra.

Así es.

Ahora empieza a volverse impopular.

Un resultado necesario.

Entonces algunos de aquellos que se unieron para establecerlo en el poder, y que están en el poder, le hablan con franqueza a él y entre sí, y los más valientes de ellos le echan en cara lo que está sucediendo.

Sí, eso puede esperarse.

Y el tirano, si quiere gobernar, debe deshacerse de ellos; no puede detenerse mientras tenga un amigo o un enemigo que valga para algo.

No puede.

Y por tanto debe mirar a su alrededor y ver quién es valiente, quién magnánimo, quién sabio, quién rico; hombre feliz, es enemigo de todos ellos, y debe buscar ocasión contra ellos quiera o no, hasta que haya hecho una purga del Estado.

Sí, dijo, y una purga extraordinaria.

Sí, dije, no el tipo de purga que los médicos hacen del cuerpo; porque ellos quitan lo peor y dejan la mejor parte, pero él hace lo contrario.

Si ha de gobernar, supongo que no puede evitarlo.

Qué alternativa tan dichosa, dije: estar obligado a vivir solo con los muchos malvados, y ser odiado por ellos, ¡o no vivir en absoluto!

Sí, esa es la alternativa.

Y cuanto más detestables sean sus acciones para los ciudadanos, más satélites y mayor devoción en ellos requerirá.

Ciertamente.

¿Y quiénes son la banda devota, y dónde los conseguirá?

Acudirán a él en masa, dijo, por su propia voluntad, si les paga.

¡Por el perro!, dije, aquí hay más zánganos, de toda clase y de toda tierra.

Sí, dijo, los hay.

Pero ¿no deseará conseguirlos en el mismo lugar?

¿Qué quieres decir?

Robará a los ciudadanos sus esclavos; luego los liberará y los alistará en su guardia personal.

Sin duda, dijo; y podrá confiar en ellos más que en nadie.

Qué criatura tan dichosa, dije, debe ser este tirano; ha dado muerte a los otros y tiene a estos como amigos de confianza.

Sí, dijo; son completamente de su clase.

Sí, dije, y estos son los nuevos ciudadanos que ha traído a la existencia, que lo admiran y son sus compañeros, mientras que los buenos lo odian y lo evitan.

Por supuesto.

En verdad, entonces, la tragedia es algo sabio y Eurípides un gran trágico.

¿Por qué?

Pues porque es el autor de la frase preñada de significado:

«Los tiranos son sabios por vivir con los sabios»;

y claramente quiso decir que son los sabios aquellos a quienes el tirano hace sus compañeros.

Sí, dijo, y también alaba la tiranía como divina; y muchas otras cosas del mismo tipo son dichas por él y por los otros poetas.

Y por tanto, dije, los poetas trágicos, siendo hombres sabios, nos perdonarán a nosotros y a cualquier otro que viva según nuestra manera si no los recibimos en nuestro Estado, porque son los elogiadores de la tiranía.

Sí, dijo, aquellos que tienen ingenio sin duda nos perdonarán.

Pero continuarán yendo a otras ciudades y atrayendo multitudes, y contratando voces hermosas y fuertes y persuasivas, y arrastrando las ciudades hacia tiranías y democracias.

Muy cierto.

Además, son pagados por esto y reciben honores: el mayor honor, como podría esperarse, de los tiranos, y el siguiente de las democracias; pero cuanto más alto ascienden por nuestra colina constitucional, más falla su reputación, y parece incapaz por falta de aliento de continuar más allá.

Cierto.

Pero nos estamos apartando del tema: volvamos por tanto e investiguemos cómo mantendrá el tirano ese ejército suyo tan hermoso y numeroso y variado y siempre cambiante.

Si, dijo, hay tesoros sagrados en la ciudad, los confiscará y gastará; y en la medida en que las fortunas de las personas condenadas puedan bastar, podrá disminuir los impuestos que de otro modo tendría que imponer al pueblo.

¿Y cuando estos se acaben?

Pues, claramente, dijo, entonces él y sus compañeros de juerga, sean hombres o mujeres, se mantendrán a costa de la hacienda de su padre.

¿Quieres decir que el pueblo, del cual ha derivado su ser, lo mantendrá a él y a sus compañeros?

Sí, dijo; no pueden evitarlo.

¿Pero qué si el pueblo se enfurece y afirma que un hijo adulto no debería ser mantenido por su padre, sino que el padre debería ser mantenido por el hijo? El padre no lo trajo a la existencia, ni lo estableció en la vida, para que cuando su hijo se hiciera hombre él mismo fuera el sirviente de sus propios sirvientes y debiera mantenerlo a él y a su chusma de esclavos y compañeros; sino para que su hijo lo protegiera, y para que con su ayuda pudiera emanciparse del gobierno de los ricos y aristócratas, como se les llama. Y así lo expulsa a él y a sus compañeros, tal como cualquier otro padre podría echar de casa a un hijo desenfrenado y a sus asociados indeseables.

¡Por el cielo!, dijo, entonces el padre descubrirá qué monstruo ha estado alimentando en su seno; y cuando quiera echarlo, descubrirá que él es débil y su hijo fuerte.

Pero no querrás decir que el tirano usará la violencia. ¿Qué? ¿Golpeará a su padre si este se le opone?

Sí, lo hará, después de haberlo desarmado primero.

Entonces es un parricida, y un guardián cruel de un padre anciano; y esta es la tiranía real, sobre la cual ya no puede haber error: como dice el refrán, el pueblo que quiso escapar del humo que es la esclavitud de los hombres libres, ha caído en el fuego que es la tiranía de los esclavos. Así la libertad, saliendo de todo orden y razón, pasa a la forma más dura y amarga de esclavitud.

Cierto, dijo.

Muy bien; ¿y no podemos decir con razón que hemos discutido suficientemente la naturaleza de la tiranía, y la manera de la transición de la democracia a la tiranía?

Sí, suficiente, dijo.

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