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Parte 9Origen de la justicia y del castigo

La genealogía de la moral · Friedrich Nietzsche · 11 min de lectura

Aquí una palabra de rechazo contra intentos que han surgido últimamente de buscar el origen de la justicia en un terreno completamente distinto, a saber, en el del ressentiment. Dicho ante todo al oído de los psicólogos, en caso de que tengan ganas de estudiar alguna vez el ressentiment de cerca: esta planta florece ahora del modo más hermoso entre anarquistas y antisemitas, por lo demás igual que siempre ha florecido, en lo oculto, semejante a la violeta, aunque con otro perfume. Y como de lo igual necesariamente ha de surgir siempre lo igual, no sorprenderá ver surgir precisamente de nuevo de tales círculos intentos que ya han existido a menudo —compárese más arriba la página 792— de santificar la venganza bajo el nombre de la justicia —como si la justicia en el fondo fuera solo un desarrollo ulterior del sentimiento de estar herido— y de llevar a continuación a honores junto con la venganza los afectos reactivos en general, todos y cada uno de ellos. De esto último sería yo quien menos se ofendería: hasta me parecería incluso un mérito con respecto al problema biológico entero (en relación con el cual el valor de aquellos afectos ha sido hasta ahora subestimado). A lo que únicamente llamo la atención es a la circunstancia de que es el espíritu del ressentiment mismo de donde brota este nuevo matiz de equidad científica (en favor del odio, la envidia, la malquerencia, la desconfianza, el rencor, la venganza). Pues esta «equidad científica» se interrumpe enseguida y da lugar a acentos de hostilidad mortal y prejuicio tan pronto como se trata de otro grupo de afectos que, según me parece, son de un valor biológico todavía mucho más alto que aquellos reactivos y, por lo tanto, merecen precisamente ser valorados y estimados científicamente en primer lugar: a saber, los afectos propiamente activos, como afán de dominio, avidez y cosas semejantes. (E. Dühring, El valor de la vida; Curso de filosofía; en el fondo por todas partes.) Tanto contra esta tendencia en general: pero en cuanto a la tesis concreta de Dühring de que la patria de la justicia ha de buscarse en el terreno del sentimiento reactivo, hay que oponerle, en honor a la verdad, mediante una inversión tajante, esta otra tesis: el último terreno que es conquistado por el espíritu de la justicia es el terreno del sentimiento reactivo. Cuando realmente ocurre que el hombre justo permanece justo incluso con quienes le dañan (y no solo frío, mesurado, extraño, indiferente: ser justo es siempre un comportamiento positivo), cuando bajo el asalto de la ofensa personal, el escarnio, la sospecha, no se enturbia la objetividad alta, clara, tan profunda como benévola en su mirada del ojo justo, del ojo que juzga, pues bien, eso es un trozo de perfección y suprema maestría en la tierra —incluso algo que aquí sería inteligente no esperar, en lo cual en todo caso no se debería creer con demasiada facilidad. Es seguro que, en promedio, incluso en las personas más honradas basta una pequeña dosis de agresión, maldad, insinuación para hacerles subir la sangre a los ojos y expulsar la equidad de los ojos. El hombre activo, el agresivo, el invasor sigue estando cien pasos más cerca de la justicia que el reactivo; es que para él no es en absoluto necesario, del modo como lo hace el hombre reactivo, como tiene que hacerlo, valorar su objeto de manera falsa y prejuiciada. De hecho, por eso en todos los tiempos el hombre agresivo, como el más fuerte, más valeroso, más noble, ha tenido también de su parte el ojo más libre, la conciencia mejor: a la inversa, ya se adivina quién tiene en general en la conciencia la invención de la «mala conciencia»: ¡el hombre del ressentiment! Por último, mírese en torno en la historia: ¿en qué esfera ha tenido hasta ahora su hogar en la tierra en general todo el manejo del derecho, también la auténtica necesidad de derecho? ¿Acaso en la esfera de los hombres reactivos? De ningún modo: más bien en la de los activos, fuertes, espontáneos, agresivos. Considerado históricamente, el derecho en la tierra representa —sea dicho para disgusto del agitador mencionado (que él mismo hace una vez sobre sí la confesión: «la doctrina de la venganza se ha extendido como el hilo rojo de la justicia a través de todos mis trabajos y esfuerzos»)— la lucha precisamente contra los sentimientos reactivos, la guerra con ellos por parte de poderes activos y agresivos, que emplearon su fuerza en parte para poner freno y medida al desbordamiento del pathos reactivo y forzar un acuerdo. Dondequiera que se practica la justicia, que se mantiene la justicia, se ve a un poder más fuerte buscar medios, con respecto a los más débiles que están bajo él (sean grupos, sean individuos), para poner fin entre estos al delirio absurdo del ressentiment, bien sacando de las manos de la venganza el objeto del ressentiment, bien poniendo en lugar de la venganza por su parte la lucha contra los enemigos de la paz y del orden, bien inventando, proponiendo, bajo ciertas circunstancias imponiendo compensaciones, bien elevando a norma ciertos equivalentes de daños a los cuales desde ahora el ressentiment queda remitido de una vez por todas. Pero lo más decisivo que el poder supremo hace y logra contra la preponderancia de los sentimientos de oposición y resentimiento —lo hace siempre, tan pronto como es de algún modo lo bastante fuerte para ello— es la instauración de la ley, la declaración imperativa sobre qué ha de valer en general bajo sus ojos como permitido, como derecho, qué como prohibido, como injusto: al tratar, tras la instauración de la ley, transgresiones y actos arbitrarios de individuos o de grupos enteros como crímenes contra la ley, como rebelión contra el poder supremo mismo, desvía el sentimiento de sus súbditos del daño inmediato causado por tales crímenes y alcanza así a la larga lo contrario de lo que quiere toda venganza, la cual solo ve, solo deja valer el punto de vista del dañado: desde ahora el ojo se ejercita para una valoración cada vez más impersonal del acto, incluso el ojo del propio dañado (aunque este en último lugar, como se señaló antes). —En consecuencia, solo a partir de la instauración de la ley existen «derecho» e «injusto» (y no, como quiere Dühring, a partir del acto de la lesión). Hablar en sí de derecho e injusto carece de todo sentido; en sí, naturalmente, un lesionar, violentar, explotar, aniquilar no puede ser nada «injusto», en la medida en que la vida funciona esencialmente, es decir, en sus funciones fundamentales, de manera lesionante, violentadora, explotadora, aniquiladora y no puede siquiera pensarse sin este carácter. Hay que confesarse incluso algo más inquietante aún: que, desde el punto de vista biológico más alto, los estados de derecho solo pueden ser estados excepcionales, como restricciones parciales de la auténtica voluntad de vida, que tiende al poder, y subordinándose a su propósito global como medios singulares: a saber, como medios para crear unidades de poder mayores. Un orden jurídico pensado de manera soberana y general, no como medio en la lucha de complejos de poder, sino como medio contra toda lucha en general, más o menos según el patrón comunista de Dühring de que toda voluntad ha de tomar a toda voluntad como igual, sería un principio hostil a la vida, un destructor y disolvente del hombre, un atentado contra el futuro del hombre, un signo de agotamiento, un camino tortuoso hacia la nada. —

Aquí todavía una palabra sobre el origen y el propósito del castigo —dos problemas que caen o deberían caer separados: desgraciadamente se los arroja de ordinario en uno solo. ¿Cómo lo han hecho los genealogistas de la moral hasta ahora en este caso? Ingenuamente, como lo han hecho siempre: descubren algún «propósito» en el castigo, por ejemplo venganza o disuasión, luego colocan ingenuamente este propósito al principio, como causa fiendi del castigo, y —ya están listos. Pero el «propósito en el derecho» es lo último que debe usarse para la historia del origen del derecho: más bien no hay para toda clase de historia ningún principio más importante que aquel que se ha conquistado con tal esfuerzo, pero que también debería estar realmente conquistado —a saber, que la causa del origen de una cosa y su utilidad final, su efectivo empleo e inserción en un sistema de propósitos, están toto coelo separados; que algo existente, de algún modo llegado a ser, es siempre interpretado de nuevo por un poder superior a él hacia nuevas intenciones, apropiado de nuevo, transformado y reorientado hacia una nueva utilidad; que todo acontecer en el mundo orgánico es un subyugar, un enseñorearse, y que a su vez todo subyugar y enseñorearse es un reinterpretar, un reajustar, en el cual el «sentido» y el «propósito» anteriores necesariamente tienen que oscurecerse o borrarse del todo. Por bien que se haya comprendido la utilidad de cualquier órgano fisiológico (o también de una institución jurídica, de una costumbre social, de un uso político, de una forma en las artes o en el culto religioso), no se ha comprendido todavía nada con respecto a su origen: por incómodo y desagradable que esto suene a oídos más antiguos —pues desde antiguo se había creído comprender en el propósito demostrable, en la utilidad de una cosa, de una forma, de una institución, también su razón de origen, el ojo como hecho para ver, la mano como hecha para agarrar. Así también se ha imaginado el castigo como inventado para castigar. Pero todos los propósitos, todas las utilidades son solo señales de que una voluntad de poder se ha enseñoreado de algo menos poderoso y le ha impreso desde sí misma el sentido de una función; y toda la historia de una «cosa», de un órgano, de un uso puede ser así una cadena de signos continuada de siempre nuevas interpretaciones y reajustes, cuyas causas mismas no necesitan estar en conexión entre sí, sino que bajo ciertas circunstancias solo se siguen y relevan casualmente una tras otra. El «desarrollo» de una cosa, de un uso, de un órgano es, en consecuencia, cualquier cosa menos su progressus hacia una meta, y aún menos un progressus lógico y brevísimo, alcanzado con el menor gasto de fuerza y costes —sino la sucesión de procesos de subyugación más o menos profundos, más o menos independientes entre sí, que se desarrollan en ella, a lo que se suma las resistencias empleadas cada vez en contra, las metamorfosis de forma intentadas con propósito de defensa y reacción, también los resultados de contraacciones logradas. La forma es fluida, pero el «sentido» lo es todavía más... Incluso dentro de cada organismo individual ocurre lo mismo: con cada crecimiento esencial del todo se desplaza también el «sentido» de los órganos singulares —bajo ciertas circunstancias su parcial perecer, su reducción numérica (por ejemplo mediante aniquilación de los miembros intermedios) puede ser una señal de fuerza y perfección crecientes. Quería decir: también el parcial volverse inútil, el atrofiarse y degenerar, el perder sentido y finalidad, en suma la muerte, pertenecen a las condiciones del auténtico progressus: el cual aparece siempre en figura de una voluntad y camino hacia mayor poder y siempre se impone a costa de numerosos poderes menores. La magnitud de un «progreso» se mide incluso por la masa de todo aquello que tuvo que serle sacrificado; la humanidad como masa sacrificada al medro de una especie más fuerte de hombre singular —eso sería un progreso... Destaco este punto de vista capital del método histórico tanto más cuanto que en el fondo va contra el instinto y el gusto de la época precisamente dominantes, que preferirían aún avenirse con la casualidad absoluta, incluso con la insensatez mecanicista de todo acontecer, antes que con la teoría de una voluntad de poder que se desarrolla en todo acontecer. La idiosincrasia democrática contra todo lo que domina y quiere dominar, el moderno misarquismo (para formar una palabra mala para una cosa mala) se ha traducido y disfrazado gradualmente de tal modo en lo espiritual, en lo espiritualísimo, que hoy ya penetra, ya puede penetrar paso a paso en las ciencias más estrictas, aparentemente más objetivas; más aún, me parece que ya se ha enseñoreado de toda la fisiología y teoría de la vida, en detrimento suyo, como se entiende por sí mismo, ya que le ha escamoteado un concepto fundamental, el de la actividad propiamente dicha. En cambio, bajo la presión de aquella idiosincrasia, se coloca en primer plano la «adaptación», es decir, una actividad de segundo rango, una mera reactividad; más aún, se ha definido la vida misma como una adaptación interna cada vez más apropiada a circunstancias externas (Herbert Spencer). Pero con eso se desconoce la esencia de la vida, su voluntad de poder; con eso se pasa por alto el primado de principio que tienen las fuerzas espontáneas, agresivas, invasoras, reinterpretadoras, reorientadoras y configuradoras, tras cuyo efecto viene primero la «adaptación»; con eso se niega en el organismo mismo el papel dominante de los funcionarios supremos en los cuales la voluntad de vida aparece activa y formadora. Se recuerda lo que Huxley reprochó a Spencer: su «nihilismo administrativo»: pero se trata todavía de más que de «administrar»...

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