Parte 11El Estado y la mala conciencia
A la presuposición de esta hipótesis sobre el origen de la mala conciencia pertenece, en primer lugar, que aquel cambio no fue ni gradual ni voluntario y no se presentó como un crecimiento orgánico hacia nuevas condiciones, sino como una ruptura, un salto, una coacción, un destino inevitable contra el que no hubo lucha ni siquiera ressentiment. En segundo lugar, sin embargo, que la inserción de una población hasta entonces sin frenos y sin forma en una forma fija, tal como empezó con un acto de violencia, solo pudo llevarse a término con puros actos de violencia: que el «Estado» más antiguo apareció y siguió operando, en consecuencia, como una terrible tiranía, como una maquinaria aplastante y despiadada, hasta que tal materia prima de pueblo y semianimal no solo quedó finalmente amasada y dócil, sino también moldeada. He usado la palabra «Estado»: se entiende por sí mismo quién se quiere decir con ello: alguna manada de rubias bestias de presa, una raza de conquistadores y señores que, organizada militarmente y con la fuerza de organizar, pone sin vacilación sus terribles garras sobre una población quizá enormemente superior en número, pero todavía informe, todavía errante. Así es como comienza el «Estado» en la tierra: creo que ha quedado superada aquella fantasía que lo hacía comenzar con un «contrato». Quien puede mandar, quien es «señor» por naturaleza, quien actúa con violencia en la obra y en el gesto, ¿qué tiene que ver con contratos? Con tales seres no se cuenta, vienen como el destino, sin fundamento, sin razón, sin miramientos, sin pretexto, están ahí como está ahí el rayo, demasiado terribles, demasiado súbitos, demasiado convincentes, demasiado «distintos» para siquiera ser odiados. Su obra es un instintivo crear-formas, imprimir-formas, son los artistas más involuntarios, más inconscientes que existen: en poco tiempo hay algo nuevo en pie donde ellos aparecen, una estructura de dominación que vive, en la que partes y funciones están delimitadas y referidas unas a otras, en la que no encuentra cabida nada a lo que no se le haya dado primero un «sentido» con respecto al todo. Ellos no saben lo que es culpa, lo que es responsabilidad, lo que es miramiento, estos organizadores natos; en ellos impera aquel terrible egoísmo de artista que tiene mirada de bronce y se sabe justificado de antemano para toda la eternidad en la «obra», como la madre en su hijo. No es en ellos donde ha crecido la «mala conciencia», esto se entiende de antemano; pero no habría crecido sin ellos, este feo brote, faltaría si bajo la presión de sus martillazos, de su violencia de artistas, una enorme cantidad de libertad no hubiera sido expulsada del mundo, o al menos de la visibilidad, y de algún modo vuelta latente. Este instinto de libertad vuelto latente por la violencia —ya lo hemos entendido—, este instinto de libertad reprimido, retirado, encarcelado en lo interior y que finalmente solo se descarga y desahoga todavía sobre sí mismo: eso, solo eso es en sus comienzos la mala conciencia.
Que uno se guarde de pensar poco de todo este fenómeno simplemente porque sea desde el principio feo y doloroso. En el fondo es la misma fuerza activa que está grandiosa en acción en aquellos artistas-violentos y organizadores y que construye Estados, la que aquí, interiormente, más pequeña, más mezquina, en la dirección hacia atrás, en el «laberinto del pecho», por hablar con Goethe, se crea la mala conciencia y construye ideales negativos, justamente aquel instinto de libertad (dicho en mi lenguaje: la voluntad de poder): solo que el material sobre el que se desata la naturaleza formadora y violentadora de esta fuerza es aquí precisamente el hombre mismo, su yo antiguo animal completo, y no, como en aquel fenómeno mayor y más llamativo, el otro hombre, los otros hombres. Esta secreta autoviolentación, esta crueldad de artista, este placer en darse forma a sí mismo como a una materia dura, resistente, sufriente, en grabarse a fuego una voluntad, una crítica, una contradicción, un desprecio, un no, este trabajo siniestro y espantosamente placentero de un alma voluntariamente escindida consigo misma, que se hace sufrir por placer en hacer-sufrir, toda esta activa «mala conciencia» ha sacado finalmente a la luz —ya se adivina— como verdadero seno materno de acontecimientos ideales e imaginativos también una abundancia de nueva y extraña belleza y afirmación, y quizá la belleza en general por primera vez... ¿Qué sería «bello», si la contradicción no hubiera llegado primero a la conciencia de sí misma, si lo feo no se hubiera dicho primero a sí mismo «soy feo»?... Al menos después de esta indicación el enigma será menos enigmático respecto a en qué medida puede estar indicado un ideal, una belleza, en conceptos contradictorios como abnegación, autonegación, autosacrificio; y algo se sabe en adelante —no dudo de ello—, a saber, de qué tipo es desde el principio el placer que experimenta el abnegado, el que-se-niega-a-sí-mismo, el que-se-sacrifica-a-sí-mismo: este placer pertenece a la crueldad. Tanto de momento sobre el origen de lo «no egoísta» como valor moral y sobre la delimitación del suelo del que ha crecido este valor: solo la mala conciencia, solo la voluntad de automaltrato da la presuposición para el valor de lo no egoísta.
Es una enfermedad, la mala conciencia, eso no está sujeto a duda, pero una enfermedad como lo es el embarazo. Busquemos las condiciones bajo las cuales esta enfermedad ha llegado a su cima más terrible y sublime: veremos qué es lo que con ello ha hecho propiamente su entrada en el mundo. Pero para ello se requiere un largo aliento, y ante todo tenemos que volver todavía una vez a un punto de vista anterior. La relación de derecho privado del deudor con su acreedor, de la que ya se ha hablado largamente, ha sido interpretada una vez más, y de hecho de un modo histórico sumamente notable y dudoso, en una relación en la que quizá nos resulta a nosotros los hombres modernos lo más incomprensible: a saber, en la relación de los vivientes con sus antepasados. Dentro de la comunidad tribal originaria —hablamos de tiempos primitivos— la generación viviente reconoce en cada caso una obligación jurídica frente a la anterior y en especial frente a la más antigua, fundadora del linaje (y en absoluto un mero vínculo sentimental: habría incluso fundamento para negar este último durante el período más largo de la existencia del género humano). Aquí impera la convicción de que el linaje solo existe gracias a los sacrificios y logros de los antepasados, y de que hay que retribuírselos mediante sacrificios y logros: se reconoce por tanto una deuda que crece constantemente aún más por el hecho de que estos ancestros, en su existencia continuada como espíritus poderosos, no cesan de otorgar al linaje nuevas ventajas y anticipos con su fuerza. ¿Acaso gratis? Pero no hay «gratis» para aquellas épocas toscas y «pobres de alma». ¿Qué se les puede retribuir? Sacrificios (al principio como alimento, en el sentido más burdo), fiestas, capillas, honores, sobre todo obediencia, pues todas las costumbres son, como obras de los antepasados, también sus estatutos y mandatos: ¿se les da alguna vez lo suficiente? Esta sospecha queda y crece: de cuando en cuando fuerza una gran redención de una sola vez, algo monstruoso de contrapago al «acreedor» (el célebre sacrificio del primogénito, por ejemplo, sangre, sangre humana en cualquier caso). El temor al antepasado y su poder, la conciencia de deudas frente a él aumenta según este tipo de lógica necesariamente en la misma medida en que aumenta el poder del linaje mismo, en que el linaje mismo se presenta cada vez más victorioso, más independiente, más honrado, más temido. ¡No al revés! Más bien cada paso hacia la decadencia del linaje, todos los miserables azares, todos los signos de degeneración, de disolución inminente, disminuyen siempre también el temor ante el espíritu de su fundador y dan una idea cada vez menor de su prudencia, previsión y presencia de poder. Si uno piensa este tosco tipo de lógica llevado hasta su fin, entonces finalmente los antepasados de los linajes más poderosos deben haber crecido ellos mismos hasta lo monstruoso a través de la fantasía del temor creciente y haber sido empujados hacia atrás a la oscuridad de una divina inquietud e inimaginabilidad: el antepasado termina transfigurándose necesariamente en un dios. Quizá aquí esté incluso el origen de los dioses, ¡un origen por tanto desde el temor! Y a quien le parezca necesario añadir «pero también desde la piedad» difícilmente tendrá razón con ello para el período más largo del género humano, para su tiempo primitivo. Mucho más, en cambio, para el período intermedio, en el que se forman los linajes nobles, los cuales de hecho han devuelto con intereses a sus fundadores, a los antepasados (héroes, dioses), todas las cualidades que entretanto se han vuelto manifiestas en ellos mismos, las cualidades nobles. Volveremos a echar más adelante una mirada a la nobilización y ennoblecimiento de los dioses (que sin embargo no es en absoluto su «santificación»): llevemos solo el curso de todo este desarrollo de la conciencia de culpa provisionalmente hasta el final.
La conciencia de tener deudas con la divinidad, como enseña la historia, de ningún modo ha llegado a su conclusión después del ocaso de la forma de organización de la «comunidad» por vínculos de sangre; la humanidad ha heredado, del mismo modo que ha heredado los conceptos «bueno y malo» de la nobleza tribal (junto con su inclinación psicológica fundamental a establecer jerarquías), también con la herencia de las divinidades tribales y de linaje la del peso de deudas todavía no pagadas y del deseo de redención de las mismas. (La transición la hacen aquellas amplias poblaciones de esclavos y siervos que se han adaptado al culto divino de sus señores, ya sea por coacción, ya sea por sumisión y mimetismo: de ellas entonces esta herencia desborda hacia todos los lados.) El sentimiento de culpa frente a la divinidad no ha dejado de crecer durante varios milenios, y de hecho siempre en la misma proporción en que el concepto de dios y el sentimiento de dios han crecido en la tierra y han sido llevados a las alturas. (Toda la historia de las luchas étnicas, victorias, reconciliaciones, fusiones, todo lo que precede a la jerarquía definitiva de todos los elementos populares en cada gran síntesis racial, se refleja en el enredo genealógico de sus dioses, en las sagas de sus luchas, victorias y reconciliaciones; el avance hacia imperios universales es siempre también el avance hacia divinidades universales, el despotismo con su superación de la nobleza independiente allana siempre también de algún modo el camino a algún monoteísmo.) La aparición del Dios cristiano, como el Dios máximo que hasta ahora se ha alcanzado, ha traído por eso también a manifestación el máximo del sentimiento de culpa en la tierra. Supuesto que entretanto hemos entrado ya en el movimiento inverso, podría derivarse con no poca probabilidad del imparable declive de la fe en el Dios cristiano que ya hay actualmente también un declive considerable de la conciencia de culpa humana; más aún, la perspectiva no es desechable de que la victoria completa y definitiva del ateísmo pudiera liberar a la humanidad de todo ese sentimiento de tener deudas con su comienzo, su causa prima. Ateísmo y una especie de segunda inocencia van juntos.
Esto de momento en breve y tosco sobre la conexión de los conceptos «culpa», «deber» con presupuestos religiosos: he dejado hasta ahora intencionadamente de lado la auténtica moralización de estos conceptos (el desplazamiento de los mismos hacia la conciencia, más exactamente, el enredo de la mala conciencia con el concepto de Dios) y al final de la sección anterior incluso he hablado como si esta moralización no existiera en absoluto, en consecuencia, como si con aquellos conceptos se llegara ahora necesariamente al final después de que ha caído su presupuesto, la fe en nuestro «acreedor», en Dios. El estado real de las cosas se desvía de ello de modo terrible. Con la moralización de los conceptos culpa y deber, con su desplazamiento hacia la mala conciencia, está dado muy propiamente el intento de invertir la dirección del desarrollo recién descrito, o al menos de detener su movimiento: ahora precisamente la perspectiva de una redención definitiva debe cerrarse pesimistamente de una vez por todas, ahora la mirada debe rebotar, retroceder sin consuelo ante una imposibilidad férrea, ahora aquellos conceptos «culpa» y «deber» deben volverse hacia atrás —¿contra quién entonces? No se puede dudar: en primer lugar contra el «deudor», en quien ahora la mala conciencia se instala de tal modo, se come, se extiende y crece como un pólipo en toda amplitud y profundidad, hasta que finalmente con la insolubilidad de la deuda se concibe también la insolubilidad de la penitencia, la idea de su impagabilidad (de la «pena eterna»); pero finalmente incluso contra el «acreedor», piénsese ahora en ello en la causa prima del hombre, en el comienzo del género humano, en su antepasado, que ahora queda afectado con una maldición («Adán», «pecado original», «falta de libertad de la voluntad»), o en la naturaleza, del seno de la cual surge el hombre y en la que ahora se deposita el principio malo («diabolización de la naturaleza»), o en la existencia en general, que como indigna en sí queda sobrando (apartamiento nihilista de ella, anhelo hacia la nada o anhelo hacia su «contrario», hacia un ser-de-otro-modo, budismo y cosas semejantes), hasta que de pronto estamos ante el paradójico y espantoso expediente en el que la humanidad martirizada ha encontrado un alivio temporal, aquel golpe de genio del cristianismo: Dios mismo sacrificándose por la culpa del hombre, Dios mismo haciéndose pago a sí mismo, Dios como el único que puede redimir al hombre de lo que para el hombre mismo se ha vuelto irredimible, el acreedor sacrificándose por su deudor, por amor (¿habría que creerlo?), por amor a su deudor...
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