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Parte 2Los psicólogos ingleses y el origen de «bueno»

La genealogía de la moral · Friedrich Nietzsche · 11 min de lectura

TRATADO PRIMERO — «BUENO Y MALVADO», «BUENO Y MALO»

Estos psicólogos ingleses a quienes hasta ahora hay que agradecer también los únicos intentos de llegar a una historia del origen de la moral, nos plantean con su propia persona un enigma no pequeño; tienen incluso, debo confesarlo, precisamente por eso, como enigmas vivientes, algo esencial de ventaja sobre sus libros: ellos mismos son interesantes. Estos psicólogos ingleses: ¿qué quieren en realidad? Se les encuentra, sea de manera voluntaria o involuntaria, siempre en la misma tarea, a saber: empujar al primer plano la partie honteuse de nuestro mundo interior y buscar precisamente ahí lo que es realmente eficaz, rector, decisivo para el desarrollo, donde el orgullo intelectual del hombre menos desearía encontrarlo (por ejemplo, en la vis inertiae de la costumbre o en el olvido o en una ciega y casual concatenación y mecanismo de ideas, o en algo puramente pasivo, automático, reflejo, molecular y radicalmente estúpido): ¿qué es lo que empuja a estos psicólogos siempre precisamente en esta dirección? ¿Es un instinto secreto, maligno, vil, de empequeñecimiento del hombre, quizá inconfesable para sí mismo? ¿O quizá una sospecha pesimista, la desconfianza de idealistas desilusionados, ensombrecidos, envenenados y que se han vuelto verdes? ¿O una pequeña hostilidad y rencor subterráneos contra el cristianismo (y Platón) que tal vez ni siquiera ha alcanzado el umbral de la conciencia? ¿O incluso un gusto lascivo por lo extraño, por lo doloroso-paradójico, por lo cuestionable y absurdo de la existencia? ¿O finalmente —algo de todo: un poco de vileza, un poco de ensombrecimiento, un poco de anticristianismo, un poco de cosquilleo y necesidad de pimienta?... Pero me dicen que son simplemente ranas viejas, frías, aburridas, que se arrastran y saltan alrededor del hombre, dentro del hombre, como si estuvieran allí en su elemento propio, a saber: en un pantano. Oigo esto con resistencia, más aún, no lo creo; y si se puede desear donde no se puede saber, entonces deseo de corazón que sea al revés con ellos: que estos investigadores y microscopistas del alma sean en el fondo animales valientes, generosos y orgullosos, que sepan mantener a raya tanto su corazón como su dolor y se hayan educado para sacrificar a la verdad toda deseabilidad, a toda verdad, incluso a la verdad simple, áspera, fea, repugnante, anticristiana, inmoral... Pues hay tales verdades.

Todo respeto, pues, a los buenos espíritus que puedan regir en estos historiadores de la moral. Pero es seguro, por desgracia, que les falta precisamente el espíritu histórico, que han sido abandonados precisamente por todos los buenos espíritus de la historia. Todos ellos piensan, como es vieja costumbre de filósofos, de manera esencialmente ahistórica; de eso no hay duda. La chapucería de su genealogía de la moral se pone de manifiesto ya al principio, allí donde se trata de investigar el origen del concepto y del juicio «bueno». «Originalmente —decretan ellos— se alabaron y llamaron buenas las acciones no egoístas por parte de aquellos a quienes fueron dispensadas, es decir, aquellos a quienes eran útiles; más tarde se olvidó este origen de la alabanza y las acciones no egoístas, simplemente porque por costumbre siempre fueron alabadas como buenas, también se sintieron como buenas, como si fueran algo bueno en sí». Se ve de inmediato: esta primera derivación contiene ya todos los rasgos típicos de la idiosincrasia de los psicólogos ingleses; tenemos «la utilidad», «el olvido», «la costumbre» y al final «el error», todo ello como base de una valoración de la que hasta ahora el hombre superior ha estado orgulloso como de una especie de prerrogativa del hombre en general. Este orgullo debe ser humillado, esta valoración desvalorizada: ¿se ha conseguido?... Pues bien, en primer lugar me resulta evidente que con esta teoría se busca y se ubica en el lugar falso el verdadero foco de origen del concepto «bueno»: el juicio «bueno» no procede de aquellos a quienes se dispensa «bondad». Más bien han sido «los buenos» mismos, es decir, los nobles, los poderosos, los de posición superior y elevados sentimientos, quienes se sintieron y se establecieron a sí mismos y a su obrar como buenos, es decir, de primer rango, en oposición a todo lo bajo, lo de sentimientos bajos, lo común y lo plebeyo. Desde este pathos de la distancia se tomaron el derecho a crear valores, a acuñar nombres de valores: ¡qué les importaba la utilidad! El punto de vista de la utilidad es tan ajeno e inadecuado como sea posible respecto a semejante cálida efusión de juicios de valor supremos que ordenan y distinguen rangos: aquí el sentimiento ha llegado precisamente a un grado opuesto a ese bajo grado de calor que presupone toda prudencia calculadora, todo cálculo de utilidad; y no por una vez, no por una hora de excepción, sino de manera duradera. El pathos de la nobleza y la distancia, como he dicho, el sentimiento de conjunto y fundamental duradero y dominante de una especie superior dominante en relación con una especie inferior, con un «abajo»: ese es el origen de la oposición «bueno» y «malo». (El derecho señorial de dar nombres llega tan lejos que debería permitirse concebir el origen del lenguaje mismo como manifestación de poder de los dominadores: dicen «esto es esto y aquello», sellan cada cosa y cada acontecimiento con un sonido y con ello los toman en posesión, por así decirlo). Radica en este origen el que la palabra «bueno» desde el principio no se vincule en absoluto necesariamente a acciones «no egoístas»: como es la superstición de esos genealogistas de la moral. Más bien ocurre solo con una decadencia de las valoraciones aristocráticas que esta oposición entera «egoísta» «no egoísta» se impone cada vez más a la conciencia humana: es, para usar mi lenguaje, el instinto de rebaño el que con ella finalmente llega a expresarse (también a palabras). Y aun entonces transcurre mucho tiempo hasta que este instinto se adueña de tal modo que la valoración moral quede lisa y llanamente atascada en esa oposición (como es el caso, por ejemplo, en la Europa actual: hoy domina el prejuicio que toma «moral», «no egoísta», «désintéressé» como conceptos de igual valor, ya con la fuerza de una «idea fija» y enfermedad mental).

En segundo lugar, sin embargo: totalmente aparte de la insostenibilidad histórica de esa hipótesis sobre el origen del juicio de valor «bueno», adolece de un contrasentido psicológico en sí misma. La utilidad de la acción no egoísta tendría que ser el origen de su alabanza, y ese origen tendría que haber sido olvidado: ¿cómo es posible siquiera este olvido? ¿Acaso la utilidad de tales acciones cesó en algún momento? Ocurre lo contrario: esta utilidad ha sido más bien la experiencia cotidiana en todos los tiempos, algo que, por tanto, constantemente fue siempre subrayado de nuevo; en consecuencia, en lugar de desaparecer de la conciencia, en lugar de volverse olvidable, tuvo que imprimirse en la conciencia con claridad cada vez mayor. Cuánto más razonable es aquella teoría opuesta (no por ello más verdadera), que, por ejemplo, sostiene Herbert Spencer: que considera el concepto «bueno» como esencialmente idéntico al concepto «útil», «funcional», de modo que en los juicios «bueno» y «malo» la humanidad habría sumado y sancionado precisamente sus experiencias no olvidadas e inolvidables sobre útil-funcional, sobre dañino-disfuncional. Bueno es, según esta teoría, lo que desde siempre ha demostrado ser útil: con ello puede reivindicar validez como «valioso en el más alto grado», como «valioso en sí». También este camino de la explicación es, como he dicho, falso, pero al menos la explicación misma es en sí razonable y psicológicamente sostenible.

La indicación del camino correcto me la dio la pregunta de qué significan propiamente en sentido etimológico las denominaciones de lo «bueno» acuñadas por las diversas lenguas: ahí encontré que todas ellas remiten a la misma transformación conceptual; que en todas partes «noble», «distinguido» en sentido estamental es el concepto fundamental del que necesariamente se desarrolla «bueno» en el sentido de «anímicamente noble», «distinguido», de «anímicamente de alta estirpe», «anímicamente privilegiado»: un desarrollo que siempre corre paralelo a aquel otro que hace que «común», «plebeyo», «bajo» finalmente pase al concepto de «malo». El ejemplo más elocuente para esto último es la palabra alemana «schlecht» [malo] misma: que es idéntica a «schlicht» [simple, llano] —compárese «schlechtweg» [simplemente], «schlechterdings» [absolutamente]— y originalmente designaba al hombre simple, al hombre común, todavía sin una mirada lateral sospechosa, sencillamente en oposición al noble. Aproximadamente en la época de la Guerra de los Treinta Años, es decir, bastante tarde, este sentido se desplaza al actualmente usado. Esto me parece una comprensión esencial respecto a la genealogía de la moral; que se haya encontrado tan tarde se debe a la influencia inhibidora que el prejuicio democrático ejerce dentro del mundo moderno con respecto a todas las cuestiones del origen. Y esto hasta en el campo aparentemente más objetivo de las ciencias naturales y de la fisiología, como aquí solo puede indicarse. Qué desaguisado puede causar, sin embargo, este prejuicio, una vez desatado hasta el odio, especialmente para la moral y la historia, lo muestra el célebre caso de Buckle; el plebeyismo del espíritu moderno, que es de origen inglés, allí brotó una vez más en su suelo natal, violentamente como un volcán fangoso y con esa elocuencia salada, estruendosa, común con la que hasta ahora han hablado todos los volcanes.

Con respecto a nuestro problema, que por buenas razones puede llamarse un problema silencioso y que se dirige selectivamente solo a unos pocos oídos, no es de poco interés constatar que a menudo todavía en aquellas palabras y raíces que designan «bueno» trasluce el matiz principal por el cual los nobles se sentían precisamente como hombres de rango superior. Ciertamente, tal vez en los casos más frecuentes se denominan simplemente según su superioridad en poder (como «los poderosos», «los señores», «los que mandan») o según el signo más visible de esta superioridad, por ejemplo, como «los ricos», «los poseedores» (ese es el sentido de arya; y correspondientemente en el iranio y en el eslavo). Pero también según un rasgo de carácter típico: y este es el caso que aquí nos atañe. Se llaman a sí mismos, por ejemplo, «los veraces»; por delante el noble griego, cuyo portavoz es el poeta megárico Teognis. La palabra acuñada para ello, esthlos, significa según su raíz uno que es, que tiene realidad, que es real, que es verdadero; luego, con un giro subjetivo, el verdadero como el veraz: en esta fase de la transformación conceptual se convierte en la consigna y palabra clave del noble y pasa enteramente al sentido de «noble», como delimitación del hombre común mendaz, tal como Teognis lo toma y lo describe —hasta que finalmente la palabra, tras la decadencia de la nobleza, queda para designar la nobleza anímica y madura y se vuelve dulce, por así decirlo. En la palabra kakos, como en deilos (el plebeyo en oposición al agathos), está subrayada la cobardía: esto quizá da una indicación de en qué dirección buscar el origen etimológico del agathos, susceptible de múltiples interpretaciones. En el latín malus (al que pongo melas al lado) el hombre común podría estar caracterizado como el de color oscuro, sobre todo como el de cabello negro (« hic niger est –»), como el habitante preario del suelo itálico, que por el color se diferenciaba con mayor claridad de la raza conquistadora rubia, es decir, aria, que se volvió dominante; al menos el gaélico me ofreció el caso exactamente correspondiente: fin (por ejemplo, en el nombre Fin-Gal), la palabra distintiva de la nobleza, finalmente el bueno, noble, puro, originalmente el rubio, en oposición a los habitantes originarios oscuros de cabello negro. Los celtas, dicho sea de paso, eran enteramente una raza rubia; se comete un error cuando se pone en relación esas franjas de una población esencialmente de cabello oscuro que se hacen notables en mapas etnográficos más cuidadosos de Alemania con algún origen celta y mezcla de sangre, como todavía hace Virchow: más bien es la población prearia de Alemania la que allí aflora. (Lo mismo vale casi para toda Europa: en lo esencial, la raza sometida ha terminado finalmente por tomar de nuevo la supremacía allí, en color, brevedad del cráneo, quizá incluso en los instintos intelectuales y sociales: ¿quién nos garantiza que no sea la democracia moderna, el anarquismo aún más moderno y especialmente esa tendencia a la « commune », a la forma de sociedad más primitiva, que ahora es común a todos los socialistas de Europa, lo que en lo principal tenga que significar un monstruoso resurgimiento —y que la raza conquistadora y señorial, la de los arios, también esté sucumbiendo fisiológicamente?...) El latín bonus creo poder interpretarlo como «el guerrero»: suponiendo que tenga razón al reconducir bonus a un más antiguo duonus (compárese bellum = duellum = duen-lum, en el cual me parece conservado aquel duonus). Bonus, pues, como hombre de la contienda, de la escisión (duo), como guerrero: se ve qué constituía en la antigua Roma la «bondad» de un hombre. Nuestro alemán «Gut» [bueno] mismo: ¿no debería significar «el divino», el hombre «de estirpe divina»? ¿Y ser idéntico al nombre del pueblo (originalmente de nobleza) de los godos? Las razones para esta conjetura no pertenecen aquí.

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