Parte 10El castigo y su multiplicidad de sentidos
Así pues, para volver al asunto, es decir, al castigo, hay que distinguir en él dos cosas: por un lado lo relativamente duradero, la costumbre, el acto, el «drama», cierta secuencia rigurosa de procedimientos; por otro lado lo fluido, el sentido, el propósito, la expectativa que se vincula a la ejecución de tales procedimientos. En esto se presupone sin más, per analogiam, según el punto de vista principal de la metodología histórica que acabo de desarrollar, que el procedimiento en sí será algo más antiguo, más temprano que su utilización para el castigo, que esta última sólo ha sido introducida, interpretada posteriormente en el procedimiento (que existe desde hace mucho tiempo, pero que se practicaba en otro sentido), en resumen, que las cosas no son como hasta ahora han supuesto nuestros ingenuos genealogistas de la moral y del derecho, quienes todos sin excepción pensaban que el procedimiento había sido inventado con el propósito del castigo, así como en otros tiempos se pensaba que la mano había sido inventada con el propósito de agarrar. En lo que respecta a ese otro elemento del castigo, lo fluido, su «sentido», en un estado muy tardío de la cultura (por ejemplo en la Europa actual) el concepto «castigo» ya no representa de hecho un único sentido, sino toda una síntesis de «sentidos»: la historia del castigo en general hasta el momento, la historia de su aprovechamiento para los más diversos propósitos, se cristaliza finalmente en una especie de unidad difícilmente soluble, difícilmente analizable y, lo que hay que destacar, completamente indefinible. (Hoy es imposible decir con certeza por qué se castiga realmente: todos los conceptos en los que un proceso entero se resume semióticamente se sustraen a la definición; sólo es definible aquello que no tiene historia.) En una etapa anterior, en cambio, aquella síntesis de «sentidos» aparece todavía más soluble, también más desplazable; todavía se puede percibir cómo en cada caso particular los elementos de la síntesis cambian su valencia y se reorganizan en consecuencia, de modo que ora este, ora aquel elemento destaca y domina a costa de los demás, e incluso en determinadas circunstancias un elemento (por ejemplo el propósito de la disuasión) parece anular todo el resto de elementos. Para dar al menos una idea de lo inseguro, de lo tardío, de lo accidental que es «el sentido» del castigo, y de cómo uno y el mismo procedimiento puede ser utilizado, interpretado, adaptado a intenciones fundamentalmente diferentes: ahí va el esquema que a mí mismo se me ha presentado sobre la base de un material relativamente pequeño y fortuito. Castigo como neutralización, como prevención de ulteriores daños. Castigo como pago del daño a la víctima, en alguna forma (también en la de una compensación afectiva). Castigo como aislamiento de una perturbación del equilibrio, para impedir que la perturbación se propague. Castigo como infundir temor a aquellos que determinan y ejecutan el castigo. Castigo como una especie de compensación por las ventajas de las que el delincuente ha disfrutado hasta entonces (por ejemplo cuando se le hace útil como esclavo en minas). Castigo como eliminación de un elemento degenerado (en determinadas circunstancias de toda una rama, como según el derecho chino: por tanto como medio para mantener pura la raza o para conservar un tipo social). Castigo como fiesta, es decir, como violación y escarnio de un enemigo finalmente derrotado. Castigo como creación de memoria, ya sea para aquel que sufre el castigo —la llamada «corrección»—, ya sea para los testigos de la ejecución. Castigo como pago de un honorario, estipulado por parte del poder que protege al malhechor de los excesos de la venganza. Castigo como compromiso con el estado natural de la venganza, en la medida en que esta última es aún sostenida por estirpes poderosas y reclamada como privilegio. Castigo como declaración de guerra y medida de guerra contra un enemigo de la paz, de la ley, del orden, de la autoridad, al que se combate como peligroso para la comunidad, como violador del contrato en lo que respecta a sus presupuestos, como rebelde, traidor y quebrantador de la paz, con los medios que justamente la guerra pone a disposición.
Esta lista no es, sin duda, completa; es evidente que el castigo está sobrecargado de utilidades de todo tipo. Tanto más lícito será restarle una supuesta utilidad que, ciertamente, en la conciencia popular vale como la más esencial: la creencia en el castigo, que hoy vacila por varios motivos, encuentra precisamente en ella todavía su apoyo más fuerte. El castigo debería tener el valor de despertar el sentimiento de culpa en el culpable, se busca en él el verdadero instrumentum de aquella reacción psíquica que se llama «mala conciencia», «remordimiento de conciencia». Pero con ello se yerra respecto a la realidad y la psicología incluso para el día de hoy; y cuánto más para la historia más larga del hombre, su prehistoria. El auténtico remordimiento de conciencia es justamente entre delincuentes y prisioneros algo sumamente raro, las cárceles, los presidios no son los criaderos en los que esta especie de gusano roedor prospera con predilección: en ello coinciden todos los observadores concienzudos, que en muchos casos emiten semejante juicio de mala gana y en contra de sus propios deseos. En términos generales, el castigo endurece y enfría; concentra; agudiza el sentimiento de enajenación; fortalece la capacidad de resistencia. Cuando sucede que quebranta la energía y produce una lamentable postración y autodegradación, tal resultado es sin duda todavía menos edificante que el efecto medio del castigo: este se caracteriza por una seriedad seca y sombría. Pero si pensamos en aquellos milenios anteriores a la historia del hombre, entonces se puede juzgar sin vacilación que justamente por el castigo el desarrollo del sentimiento de culpa ha sido obstaculizado del modo más enérgico, al menos con respecto a las víctimas sobre las que se desahogaba el poder punitivo. No subestimemos, en efecto, hasta qué punto el delincuente, justamente por la contemplación de los procedimientos judiciales y ejecutivos, es impedido de sentir su acto, el tipo de su acción en sí como reprobable: pues ve exactamente el mismo tipo de acciones cometidas al servicio de la justicia y luego aprobadas, cometidas con buena conciencia: así espionaje, astucia, soborno, tender trampas, todo el arte taimado y retorcido de policías y fiscales, además el saqueo, el avasallamiento, el ultraje, el apresamiento, la tortura, el asesinato por principio, ni siquiera excusados por el afecto, tal como se expresan en las diversas clases de castigo; todas ellas acciones, pues, en modo alguno rechazadas y condenadas en sí por sus jueces, sino sólo en cierto respecto y aplicación práctica. La «mala conciencia», esa planta más inquietante e interesante de nuestra vegetación terrestre, no ha crecido en este suelo; de hecho en la conciencia de los que juzgan, de los que castigan, no se expresó durante muchísimo tiempo nada de que se estuviera tratando con un «culpable». Sino con un causante de daño, con una pieza irresponsable del destino. Y aquel mismo sobre el que después caía el castigo, nuevamente como una pieza del destino, no tenía en ello otra «pena interior» que la que surge ante el advenimiento repentino de algo incalculado, de un terrible acontecimiento natural, de un peñasco que cae y aplasta, contra el que ya no hay lucha posible.
Esto vino una vez a la conciencia de Spinoza de un modo comprometedor (para disgusto de sus intérpretes, que se esfuerzan debidamente en malinterpretarlo en este punto, por ejemplo Kuno Fischer), cuando una tarde, quién sabe frotándose con qué recuerdo, siguió la pista de la pregunta de qué había quedado propiamente para él mismo del famoso morsus conscientiae; él, que había relegado el bien y el mal a las imaginaciones humanas y había defendido con saña el honor de su Dios «libre» contra aquellos blasfemos cuya afirmación iba en el sentido de que Dios obra todo sub ratione boni («pero eso significaría someter a Dios al destino y sería verdaderamente la mayor de todas las monstruosidades»). El mundo había retornado para Spinoza a aquella inocencia en la que yacía antes de la invención de la mala conciencia: ¿qué había sido entonces del morsus conscientiae? «Lo opuesto del gaudium», se dijo finalmente: «una tristeza, acompañada de la representación de una cosa pasada que ha resultado contra toda expectativa». Eth. III propos. XVIII schol. I. II. No de otro modo que Spinoza han sentido los causantes-del-mal alcanzados por el castigo durante milenios respecto a su «transgresión»: «aquí algo ha salido inesperadamente mal», no: «esto no debería haberlo hecho»; se sometían al castigo como uno se somete a una enfermedad o a una desgracia o a la muerte, con aquel valeroso fatalismo sin revuelta mediante el cual, por ejemplo, todavía hoy los rusos en el manejo de la vida tienen ventaja sobre nosotros los occidentales. Si entonces había una crítica del acto, era la prudencia la que ejercía la crítica sobre el acto: sin duda debemos buscar el efecto propio del castigo sobre todo en una agudización de la prudencia, en una prolongación de la memoria, en una voluntad de proceder en adelante de modo más cauteloso, desconfiado, secreto, en la comprensión de que se es de una vez por todas demasiado débil para muchas cosas, en una especie de mejora de la autoevaluación. Lo que mediante el castigo puede conseguirse en términos generales, en el hombre y en el animal, es el aumento del temor, la agudización de la prudencia, el dominio de los apetitos: así doma el castigo al hombre, pero no lo hace «mejor»; con más derecho aún se podría afirmar lo contrario. («El daño hace prudente», dice el pueblo: en la medida en que hace prudente, hace también malo. Afortunadamente hace a menudo bastante tonto.)
En este punto ya no es posible evitar dar una primera expresión provisional a mi propia hipótesis sobre el origen de la «mala conciencia»: no es fácil hacer que se la escuche y quiere ser largamente pensada, vigilada y dormida. Yo concibo la mala conciencia como la profunda enfermedad a la que el hombre tuvo que sucumbir bajo la presión del más radical de todos los cambios que jamás ha experimentado, de aquel cambio cuando se encontró definitivamente encerrado en el recinto de la sociedad y de la paz. No de otro modo que debe haberles sucedido a los animales acuáticos cuando se vieron obligados a convertirse en animales terrestres o a perecer, así les sucedió a estos semianimales felizmente adaptados a la selva, a la guerra, al vagabundeo, a la aventura: de golpe todos sus instintos quedaron desvalorizados y «descolgados». Ahora debían andar sobre los pies y «llevarse a sí mismos», donde antes eran llevados por el agua: una terrible pesadez gravitaba sobre ellos. Para las funciones más simples se sentían torpes, para este nuevo mundo desconocido ya no tenían sus antiguos guías, los instintos reguladores que conducían inconscientemente con seguridad; estaban reducidos a pensar, a inferir, a calcular, a combinar causas y efectos, estos desgraciados, ¡a su «conciencia», a su órgano más pobre y falible! Creo que nunca ha habido en la tierra semejante sentimiento de miseria, tan plúmbeo malestar; ¡y sin embargo aquellos viejos instintos no habían cesado de golpe de plantear sus exigencias! Sólo que era difícil y rara vez posible darles gusto: en lo principal tenían que buscar satisfacciones nuevas y como subterráneas. Todos los instintos que no se descargan hacia fuera se vuelven hacia dentro: esto es lo que yo llamo la interiorización del hombre: con ello crece por primera vez en el hombre eso que más tarde se llamará su «alma». Todo el mundo interior, originalmente delgado como extendido entre dos membranas, se ha separado y expandido, ha adquirido profundidad, anchura, altura, en la medida en que la descarga del hombre hacia fuera ha sido inhibida. Aquellos terribles baluartes con los que la organización estatal se protegía contra los antiguos instintos de libertad —los castigos pertenecen ante todo a estos baluartes— provocaron que todos aquellos instintos del hombre salvaje, libre, errante se volvieran hacia atrás, se volvieran contra el hombre mismo. La enemistad, la crueldad, el placer en la persecución, en el asalto, en el cambio, en la destrucción: todo eso volviéndose contra los poseedores de tales instintos: ese es el origen de la «mala conciencia». El hombre que, por falta de enemigos y resistencias externas, aprisionado en una opresiva estrechez y regularidad de la costumbre, se desgarraba, se perseguía, se royía, se sobresaltaba, se maltrataba impacientemente a sí mismo, este animal que se golpea contra los barrotes de su jaula cuando quieren «domesticarlo», este ser carente y consumido por la nostalgia del desierto, que tuvo que crearse a partir de sí mismo una aventura, un lugar de tortura, una selva insegura y peligrosa: este loco, este prisionero añorante y desesperado fue el inventor de la «mala conciencia». Pero con él se había iniciado la enfermedad más grande y más siniestra de la que la humanidad no se ha curado hasta hoy, el sufrimiento del hombre por el hombre, por sí: como consecuencia de una separación violenta de su pasado animal, de un salto y caída por así decir en nuevas situaciones y condiciones de existencia, de una declaración de guerra contra los viejos instintos sobre los que hasta entonces se basaban su fuerza, placer y temibilidad. Añadamos enseguida que, por otro lado, con el hecho de un alma animal vuelta contra sí misma, tomando partido contra sí misma, apareció en la tierra algo tan nuevo, profundo, inaudito, enigmático, contradictorio y lleno de futuro que el aspecto de la tierra cambió esencialmente con ello. De hecho, hicieron falta espectadores divinos para apreciar el espectáculo que entonces comenzó y cuyo final está lejos todavía de poder preverse: ¡un espectáculo demasiado sutil, demasiado maravilloso, demasiado paradójico como para que pudiera desarrollarse sin sentido, inadvertido en algún ridículo astro! El hombre cuenta desde entonces entre las tiradas de dados más inesperadas y excitantes que juega el «gran niño» de Heráclito, llámese Zeus o azar; despierta para sí un interés, una tensión, una esperanza, casi una certeza, como si con él se anunciara algo, se preparara algo, como si el hombre no fuera una meta, sino sólo un camino, un incidente, un puente, una gran promesa...
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