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Parte 12La mala conciencia y el dios santo

La genealogía de la moral · Friedrich Nietzsche · 8 min de lectura

Ya se habrá adivinado lo que realmente ha sucedido con todo esto y bajo todo esto: aquella voluntad de atormentarse a sí mismo, aquella crueldad contenida del hombre-animal interiorizado, acorralado dentro de sí mismo, del que fue encerrado en el «Estado» con el fin de domesticarlo, que inventó la mala conciencia para hacerse daño después de que se taponara la salida más natural de este querer-hacer-daño —este hombre de la mala conciencia se ha apoderado de la premisa religiosa para llevar su autotortura hasta la más espantosa dureza y agudeza. Una deuda con Dios: este pensamiento se convierte para él en instrumento de tortura. Él aprehende en «Dios» los últimos antagonismos que puede encontrar respecto a sus propios e irredimibles instintos animales, reinterpreta esos mismos instintos animales como deuda con Dios (como enemistad, rebelión, sublevación contra el «Señor», el «Padre», el antepasado primordial y el comienzo del mundo), se tensa en la contradicción «Dios» y «Diablo», arroja fuera de sí todo el no que dice a sí mismo, a la naturaleza, a la naturalidad, a la facticidad de su esencia, como un sí, como algo existente, corpóreo, real, como Dios, como santidad de Dios, como juicio de Dios, como verdugo de Dios, como más allá, como eternidad, como tormento sin fin, como infierno, como inconmensurabilidad de castigo y de culpa. Esta es una especie de locura de la voluntad en la crueldad psíquica que sencillamente no tiene parangón: la voluntad del hombre de encontrarse culpable y reprobable hasta la imposibilidad de expiación, su voluntad de pensarse castigado sin que el castigo pueda nunca equivaler a la culpa, su voluntad de infectar y envenenar el fundamento más profundo de las cosas con el problema del castigo y la culpa para cortarse de una vez por todas la salida de este laberinto de «ideas fijas», su voluntad de erigir un ideal —el del «Dios santo»— y ante él estar tangiblemente seguro de su absoluta indignidad. ¡Oh, esta bestia loca y triste que es el hombre! ¡Qué ocurrencias le vienen, qué contranaturaleza, qué paroxismos de sinsentido, qué bestialidad de la idea irrumpe en él de inmediato cuando se le impide tan solo un poco ser bestia de acción!... Todo esto es interesante hasta el exceso, pero también de una tristeza negra, sombría, enervante, de modo que hay que prohibirse violentamente mirar demasiado tiempo en estos abismos. Aquí hay enfermedad, sin duda alguna, la más terrible enfermedad que hasta ahora ha hecho estragos en el hombre —y quien aún es capaz de oírlo (¡pero hoy ya no se tienen oídos para ello!—), cómo en esta noche de tormento y sinrazón ha sonado el grito amor, el grito del más anhelante éxtasis, de la redención en el amor, ese se aparta poseído por un horror invencible... ¡Hay tanto espanto en el hombre!... ¡La tierra ha sido ya demasiado tiempo un manicomio!...

Baste esto de una vez por todas sobre el origen del «Dios santo». —Que en sí la concepción de dioses no tiene por qué conducir necesariamente a esta degradación de la fantasía cuya representación no podíamos permitirnos omitir por un instante, que hay modos más nobles de servirse de la ficción de dioses que esta autocrucifixión y autovilipendiación del hombre en la que los últimos milenios de Europa han tenido su maestría —esto se puede deducir afortunadamente con cada mirada que se lanza todavía a los dioses griegos, esos reflejos de hombres nobles y señores de sí mismos en quienes el animal en el hombre se sentía divinizado y no se desgarraba a sí mismo, no enfurecía contra sí mismo. Estos griegos se sirvieron durante larguísimo tiempo de sus dioses precisamente para mantener alejada de sí la «mala conciencia», para poder seguir disfrutando de su libertad de alma: en un sentido, pues, inverso al uso que el cristianismo ha hecho de su Dios. En esto llegaron muy lejos esos magníficos y leoninos cabezas de niño; y ninguna autoridad menor que la del propio Zeus homérico les da a entender aquí y allá que se lo están poniendo demasiado fácil. «¡Asombroso!» dice una vez —se trata del caso de Egisto, de un caso muy malo—

«¡Asombroso cuánto acusan los mortales a los dioses!

Solo de nosotros viene el mal, piensan ellos; pero ellos mismos

Se procuran la desgracia con insensatez, incluso contra el destino.»

Pero al mismo tiempo se oye y se ve aquí que incluso este espectador y juez olímpico está lejos de guardárles rencor por ello y de pensar mal de ellos: «¡qué insensatos son!» piensa él ante las fechorías de los mortales —y «insensatez», «falta de juicio», un poco de «perturbación en la cabeza», hasta ese punto admitieron incluso los griegos de la época más fuerte y valerosa en sí mismos como razón de mucho malo y funesto —insensatez, no pecado, ¿lo entendéis?... Pero incluso esta perturbación en la cabeza era un problema —«sí, ¿cómo es siquiera posible? ¿de dónde puede realmente haber venido, en cabezas como las nuestras, nosotros los hombres de noble linaje, de la felicidad, de la buena constitución, de la mejor sociedad, de la nobleza, de la virtud?» —así se preguntó durante siglos el noble griego ante cada horror y atrocidad incomprensible para él con que alguien de su misma condición se había manchado. «Algún dios tuvo que aturdirlo», se decía finalmente sacudiendo la cabeza... Esta salida es típicamente griega... De este modo servían entonces los dioses para justificar al hombre hasta cierto grado incluso en lo malo, servían como causas del mal —en aquel entonces no tomaban sobre sí el castigo, sino, como es más noble, la culpa...

—Termino con tres signos de interrogación, como se ve. «¿Se erige aquí realmente un ideal o se derriba uno?» quizá se me pregunte... Pero ¿os habéis preguntado vosotros mismos alguna vez lo suficiente cuán caro se ha hecho pagar en la tierra la erección de cada ideal? Cuánta realidad ha debido siempre ser calumniada y desconocida, cuánta mentira santificada, cuánta conciencia perturbada, cuánto «Dios» tuvo que ser sacrificado cada vez. Para que pueda erigirse un santuario tiene que ser destruido un santuario: esa es la ley —¡que se me muestre el caso en que no se haya cumplido!... Nosotros los hombres modernos somos los herederos de la vivisección de la conciencia y de la autotortura animal de milenios: en eso tenemos nuestro más largo ejercicio, nuestra maestría tal vez, en todo caso nuestro refinamiento, nuestro capricho del gusto. El hombre ha contemplado durante demasiado tiempo sus inclinaciones naturales con «mirada malvada», de modo que finalmente se han hermanado en él con la «mala conciencia». Un intento inverso sería en sí posible —¿pero quién es lo bastante fuerte para ello?—, a saber, hermanar con la mala conciencia las inclinaciones antinaturales, todas esas aspiraciones a lo ultramundano, a lo contrario a los sentidos, a lo contrario al instinto, a lo contrario a la naturaleza, a lo contrario al animal, en resumen, los ideales anteriores, que son todos ellos ideales hostiles a la vida, ideales calumniadores del mundo. ¿A quién dirigirse hoy con tales esperanzas y pretensiones?... Precisamente a los hombres buenos se los tendría con eso en contra; además, como es natural, a los cómodos, los reconciliados, los vanidosos, los entusiastas, los cansados... ¿Qué ofende más profundamente, qué separa tan radicalmente como dejar entrever algo del rigor y la altura con que uno se trata a sí mismo? Y por otra parte —¡qué complaciente, qué afectuoso se muestra todo el mundo con nosotros en cuanto hacemos como todo el mundo y nos «dejamos ir» como todo el mundo!... Para ese objetivo se requeriría otra clase de espíritus de los que son probables precisamente en esta época: espíritus fortalecidos por guerras y victorias, para los que la conquista, la aventura, el peligro, incluso el dolor se haya convertido en necesidad; se requeriría para ello la habituación al aire cortante y enrarecido de las alturas, a las peregrinaciones invernales, al hielo y las montañas en todo sentido, se requeriría para ello incluso una especie de maldad sublime, una última y autoconfiadísima travesura del conocimiento que pertenece a la gran salud, se requeriría, en pocas y bastante malas palabras, precisamente esa gran salud... ¿Es esta siquiera posible hoy?... Pero en algún momento, en una época más fuerte que este presente carcomido y dubitativo de sí mismo, tiene que llegarnos finalmente, el hombre redentor del gran amor y el desprecio, el espíritu creador a quien su fuerza impulsora expulsa siempre de todo apartamiento y todo más allá, cuya soledad es mal entendida por el pueblo como si fuera una huida de la realidad —cuando es solo su hundimiento, su enterramiento, su profundización en la realidad, para que cuando vuelva a salir a la luz traiga de ella la redención de esta realidad: su redención de la maldición que el ideal anterior ha puesto sobre ella. Este hombre del futuro que nos redimirá tanto del ideal anterior como de lo que tuvo que crecer de él, del gran hastío, de la voluntad de la nada, del nihilismo, este tañido de campana del mediodía y de la gran decisión que libera de nuevo la voluntad, que devuelve a la tierra su meta y al hombre su esperanza, este anticristo y antinihilista, este vencedor de Dios y de la nada —tiene que llegar algún día...

—Pero ¿qué estoy diciendo? ¡Basta! ¡Basta! En este punto solo me corresponde una cosa: callar; de lo contrario me atribuyo algo que solo le está permitido a uno más joven, a uno más «futuro», a uno más fuerte que yo —algo que solo le está permitido a Zaratustra, Zaratustra el ateo...

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