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Parte 6Las euménides: las Furias persiguen a Orestes

La Orestíada · Esquilo · 28 min de lectura

PERSONAJES

LA SACERDOTISA PÍTICA APOLO ORESTES EL FANTASMA DE CLITEMNESTRA CORO DE FURIAS ATENEA ASISTENTES DE ATENEA DOCE CIUDADANOS ATENIENSES

(La escena del drama es el templo de Apolo en Delfos; después el templo de Atenea en la Acrópolis de Atenas y el Areópago adyacente)

(El templo en Delfos)

(La sacerdotisa pítica)

LA SACERDOTISA PÍTICA.— Primero, en esta plegaria, nombro entre todos los dioses a la Tierra, madre profética; y luego a Temis, segunda que se sentó —pues así se dice con verdad— en este oráculo de su madre. Después, con su gracia, quien sin coacción lo consintió, se sentó allí otra hija de la Tierra: Febe la titánide. Ella, con el tiempo, cedió el trono como regalo de nacimiento a un dios, Febo, quien en su propio nombre lleva el de Febe. Él desde el lago y el monte de la isla de Delos navegó hasta el puerto de las costas áticas de Palas, morada de naves; y de allí pasó y llegó a esta tierra y al santuario del Parnaso. Y a su lado, reverenciándole con temor, fueron los hijos de la semilla de Hefesto, los que tallan el camino sagrado, quienes doman el terreno indómito que antes era yermo. Y todo este pueblo, y Delfos, rey soberano de esta tierra, le dieron honrosa acogida; y en su pecho Zeus puso un alma de profeta, y le dio este trono donde se sienta, cuarto profeta del santuario, y llamado Loxias, da voz a lo que Zeus su padre decreta.

A tales dioses nombro en mi plegaria inicial, y después de ellos invoco con el debido honor a Palas, guardiana del templo, y a las ninfas que moran en torno a la roca Coricia, donde en la caverna hueca, morada de aves salvajes, vagan los pies de dioses menores; y allí, bien lo sé, habita Dioniso el bromio, pues él en divinidad condujo a su multitud de ménades, maquinando la muerte de Penteo, a quien despedazaron como liebre entre sabuesos. Y por último invoco a las fuentes de Pleisto, al poder de Poseidón y a Zeus altísimo, el gran consumador. Luego, como vidente, me dirijo al asiento sagrado y me siento; y que los poderes divinos hagan esta mi entrada más fructífera en respuestas que cada anterior venida, triplemente bendita. Y si hay alguno aguardando afuera, llegado de Grecia, hombres que buscan oráculos, que pase cada uno en el orden del sorteo, como permite la costumbre; pues el dios guía todo cuanto mi lengua proclama.

(Entra al interior del templo; tras un breve intervalo, regresa con gran temor)

LA SACERDOTISA PÍTICA.— Cosas terribles de decir, terribles de ver con los ojos, me han hecho huir de nuevo del santuario de Loxias, con las fuerzas quebradas, sin poder ya moverme erguida, sino ayudando con mis manos a mis pies debilitados, privada de nervio por el miedo. La fuerza de una anciana es nada, es como la de un niño cuando la vejez y el miedo se combinan. Pues mientras avanzo hacia el recinto más íntimo, adornado con cintas por mano de muchos suplicantes, descubro junto al altar central a uno agazapado como buscando refugio —sí, un hombre aborrecido por el cielo—; y de sus manos, en las que sostiene una espada recién desenvainada, manaba y goteaba sangre: lleva una vara, el retoño más alto del olivo, ceñido a propósito con un espeso y apretado vellón de lana blanquísima. Esto, que vi claramente, claramente lo cuento. Pero he aquí que frente a él, agazapada en los peldaños del altar, una siniestra banda de mujeres dormita —no parecen mujeres, sino más bien gorgonas; no, esa palabra es débil, ni puedo equiparar la forma de las gorgonas con la suya. Tales he visto antes en semblanza pintada: harpías aladas arrebatando comida de la mesa de Fineo; pero éstas no tienen alas, son negras, y toda su forma es abominación para el ojo que la contempla. Horrible es el aliento —que nadie se acerque a él— con el que resoplan dormidas; de sus ojos exudan las malditas gotas de venenosa ira; y tal es su atavío que nadie debería atreverse a traerlo ante estatuas de dioses o moradas de hombres. No conozco la estirpe de donde puede venir legión tan horrible, ni en qué tierra la Tierra podría criar, ilesa, tales criaturas, ni confesar que había sufrido dolores de parto y dado a luz la muerte. Pero, en cuanto al resto, sean todas estas cosas cuidado del poderoso Loxias, señor de este nuestro santuario: sanador y profeta él, discernidor de presagios y purificador de otras moradas —¡ved, la suya propia por purificar!

(Sale)

(La escena se abre, mostrando el interior del templo: Orestes se aferra al altar central; las Furias yacen dormidas a poca distancia; Apolo y Hermes aparecen desde el santuario más interior)

APOLO.— He aquí que no te abandono nunca: hasta el fin, junto a ti como ahora, o separado por la distancia, soy tu guardián, y a tus enemigos implacablemente me opongo: míralos, estas voraces furias, sometidas bajo mi astucia. Ved, han caído dormidas, estas ancianas horribles, a cuya sombría y marchita doncellez ni dios ni hombre ni bestia pueden jamás acercarse. Sí, para el mal nacieron, para destino de mal, malo es el oscuro abismo del Tártaro donde moran, y ellas mismas son el odio de los hombres en la tierra y de los dioses olímpicos. Pero tú, huye lejos y con velocidad inquebrantable; pues te cazarán por toda la vasta tierra firme, dondequiera que a lo largo del territorio de tierra transitada vague tu pie, y sobre los mares y moradas insulares de los hombres. No desfallezca ni flaquees, apacentando demasiado pronto y temerosamente en tu pecho pensamientos desolados de esta tu fatiga; sino ve a la ciudad de Palas, y allí agáchate ante su santuario y abraza su antigua imagen: allí encontraremos sin duda jueces apropiados para esta causa y argumentos persuasivos, hábiles para tramarte liberación de toda esta desgracia. Sea tal mi promesa para ti, pues por mi mandato diste muerte a tu madre.

ORESTES.— Oh rey Apolo, ya que bien sabes lo que manda la justicia, préstale atención, cúmplela —tu poder es enteramente suficiente para lograrlo—.

APOLO.— Presta tú también atención, y no permitas que tu miedo prevalezca sobre tu voluntad. Y tú, guárdalo, Hermes, cuya sangre es hermana de la mía, cuyo padre es el mismo dios altísimo. Los hombres te llaman guía y guardián, guía pues y guarda a mi suplicante; pues Zeus mismo venera el derecho del proscrito, don de noble escolta, conferido al hombre.

(Salen Apolo, Hermes y Orestes. El fantasma de Clitemnestra se acerca)

EL FANTASMA DE CLITEMNESTRA.— ¡Dormid! ¡Despertad! ¿De qué me sirve vuestro sueño a mí, a mí que entre todos los muertos soy deshonrada por vosotras, a mí de quien nunca, en el mundo de los muertos, muere esta maldición: «Es ella quien hirió y mató», y avergonzada y escarnecida vago? ¡Despertad y escuchad mi queja de odio intolerable de los muertos! A mí, severamente asesinada por quienes debieron haberme amado, a mí ningún dios se mueve a vengar, abatida en sangre por manos matricidas. Mirad estas heridas de donde brotó la sangre del corazón, y por mano de quién, ¡pensadlo! Pues el sentido cuando se encierra en sueño tiene entonces la visión del espíritu, pero en el día el ojo interior está ciego. ¡Escuchad, vosotras que bebisteis tantas veces con lengua sorbedora el brebaje sin vino que yo derramé para apaciguar vuestra vengativa ira! Cuántas veces sobre altar encendido puse el festín de las tinieblas, en la hora aborrecida por todos los dioses menos vosotras solas. ¡Ved, todo mi servicio pisoteado y despreciado! Y él ha burlado vuestra caza, como el ciervo a los sabuesos; sí, saltando ligeramente del cerco de redes, ha torcido su rostro en desprecio y huye lejos. ¡Despertad y escuchad —por mi propia alma clamo—, despertad, potencias del infierno! El fantasma errante que una vez fue Clitemnestra llama— ¡Levantaos!

(Las Furias murmuran sombríamente, como en un sueño)

FANTASMA.— Murmurando y mascullando, mientras él ha volado lejos. Mis parientes tienen dioses que los protegen, yo no tengo ninguno.

(Las Furias murmuran como antes)

FANTASMA.— Oh, aletargadas en un sueño demasiado profundo para atender mi dolor. Orestes huye, quien a mí, su madre, mató.

(Las Furias lanzan un grito confuso)

FANTASMA.— Aullando y aletargadas de nuevo. Arriba, y poned manos a la obra en aquello que únicamente es vuestro, la obra del infierno.

(Las Furias lanzan otro grito)

FANTASMA.— Mirad, el sueño y la fatiga, cómplices jurados, han quebrado vuestra cólera de dragón, antaño tan feroz.

LAS FURIAS (murmurando más fieramente y en voz alta).— Atrapad, atrapad, atrapad, atrapad; atended, allá está.

FANTASMA.— En sueños perseguís una presa, y como sabueso que aun dormido realiza su labor del bosque, ladráis y aulláis. ¿Qué hacéis, durmiendo aquí? No os dejéis vencer por la fatiga ni os rindáis al sueño; no desatendáis mi agravio. Arriba, estremeced vuestro corazón con las justas reconvenciones de mi lengua: tales palabras son espuela para un propósito firmemente sostenido. Soplad sobre él el aliento de la ira y la sangre, abrasadlo con el hedor del fuego que arde en vosotras, consumidlo con nueva persecución. ¡Rápido, acosadlo hasta el fin!

(El fantasma se hunde)

PRIMERA FURIA (despertando).— ¡Arriba! Despierta a otra como yo te despierto a ti. ¡Arriba! ¿Duermes? Levántate, y apartando el sueño a puntapiés, veamos si este preludio nos ha engañado.

CORO DE FURIAS.— ¡Ay, ay, oh hermanas, hemos trabajado, oh mucho y vanamente hemos trabajado y soportado! Vanamente, y todo lo que hicimos los dioses lo han frustrado y nos han convertido en burla. Se ha escapado de la red quien perseguíamos, se nos ha escapado quien debía ser nuestra presa. Vencidas por el sueño nos hundimos, y nuestra presa se ha escabullido. Tú, hijo del elevado dios Zeus, Apolo, nos has robado y agraviado. Tú, un joven, has pisoteado el derecho que pertenecía a una divinidad más antigua. Has protegido a tu suplicante; al asesino abandonado por los dioses, la maldición de un progenitor, mediante artimaña de nuestras garras lo has arrebatado. Un dios, nos has robado a las vengadoras un hijo matricida. ¿Y quién considerará tu acción y dirá: «Esto está hecho con justicia»? El sonido de desprecio acusador vino desde la tierra de los sueños; profundamente hasta mi corazón más íntimo lo sentí vibrar y arder, hincado como aguijón fuertemente empuñado para empujar adelante el tiro del carro. Estremecida, helada con amargo dolor interior, permanezco como alguien bajo el azote del verdugo. Vergüenza sobre los dioses más jóvenes que pisotean el derecho sentándose en tronos de poder. ¡Ay del altar del santuario central de la tierra! Coagulada sobre escalón y templo, contemplad la culpa de la sangre, la espantosa mancha. ¡Ay de ti, Apolo! Descontrolado, sin ser invitado, has manchado, dios profeta, el puro santuario profético con sangre culpable. Pues tuviste un respeto demasiado atroz del hombre, demasiado poco cuidado de los poderes divinos. Y a nosotras las Moiras, las antiguas de la tierra, nos juzgaste sin valor alguno. Desdeñoso eres conmigo, pero no apartarás mi ira de él. Aunque huya al infierno, también allí estamos nosotras. Y él, manchado de sangre, debería sentir y lamentar, aunque yo no estuviera, una cólera de demonio que no tendrá fin, descendiendo sobre su cabeza, sobre quien vilmente mató.

(Apolo vuelve a entrar desde el santuario interior)

APOLO.— ¡Fuera! Os lo ordeno. Fuera de esta mi morada. Apresuraos, no os demoréis. Fuera del santuario místico, no sea que vuestro destino sea recibir en vuestro pecho el dardo alado y brillante que desde mi áurea cuerda se lanza silbando como serpiente; no sea que, atravesadas y traspasadas de agonía, debáis escupir de nuevo la sangre negra y espumosa del corazón, extraída de hombres mortales, vomitando los coágulos ensangrentados chupados de las heridas. Estas no son salas donde tales como vosotras puedan rondar. Id donde los hombres impongan a los hombres la sentencia de sangre, cabezas cercenadas de cuellos, ojos arrancados de sus órbitas, carne tajada, la flor de la semilla juvenil aplastada, pies y manos cercenados, y muerte bajo la piedra que golpea, gemidos bajos y lastimeros de hombres empalados. Escuchad, oíd por qué festín ansiáis siempre, y los dioses asqueados escupen sobre vuestro anhelo. Mirad, vuestra forma está demasiado ajustada a vuestra avidez; la cueva donde acecha algún león lamiendo sangre sería hogar más apropiado para vosotras. ¡Fuera de los santuarios sagrados, y no traigáis contaminación con vuestro contacto sobre todo lo que se os acerca! ¡Fuera! Y vagad sin pastor. No hay dios que cuide de rebaño como vosotras.

CORIFEO.— Oh rey Apolo, en nuestro turno escúchanos. Tú no solo tienes parte en estas cosas malas, sino que eres causa principal y autor de las mismas.

APOLO.— ¿Cómo? Extiende tu discurso para contar esto, y acaba.

CORIFEO.— Tu oráculo ordenó a este hombre matar a su madre.

APOLO.— Le ordené vengar la muerte de su padre. ¿Por qué no?

CORIFEO.— Entonces ayudaste y protegiste un crimen de manos ensangrentadas.

APOLO.— Sí, y le ordené huir a este templo.

CORIFEO.— ¡Y sin embargo nos reprochas que lo persigamos!

APOLO.— Sí, pues no os corresponde a vosotras acercaros a este santuario.

CORIFEO.— Sin embargo tal oficio es nuestro, impuesto por el destino.

APOLO.— ¿Qué oficio? Jactaos de la cosa que consideráis tan hermosa.

CORIFEO.— De hogar en hogar perseguimos al matricida.

APOLO.— ¿Qué? ¿Para vengar a una esposa que mata a su señor?

CORIFEO.— Esa no es sangre derramada por manos emparentadas.

APOLO.— Cuán oscuramente deshonráis y anuláis la fe a la que los altos consumadores, Hera y Zeus, honran. Sí, y así Afrodita es arrojada al deshonor, la reina del rapto para los hombres mortales. Sabed que sobre el lecho nupcial ordenado para hombre y mujer permanece el Derecho como guardián, realzando la santidad del juramento de fidelidad. Por tanto, si sois indulgentes con quienes han matado a su consorte y no queréis volver sobre ellos la mirada de la ira, injustas sois al perseguir hasta su perdición al hombre que mató a su madre. Mirad, os conozco llenas de ira contra una acción, pero demasiado indulgentes con la otra, minimizando el crimen. Mas en esta causa Palas guardará el derecho.

CORIFEO.— No creas que mi búsqueda abandonará jamás a ese hombre.

APOLO.— Persigue entonces, hazte doble trabajo en vano.

CORIFEO.— No pienses mediante palabras recortar mi oficio.

APOLO.— ¡Ninguno tienes que yo aceptaría de ti!

CORIFEO.— Sí, alto es tu honor junto al trono de Zeus. Pero yo, atraída por el olor de sangre materna, busco venganza contra este hombre y lo persigo.

APOLO.— Pero yo estaré a su lado; pues me corresponde proteger a mi suplicante. Dioses y hombres por igual temen la maldición de tal persona traicionada, y en mí el Temor y la Voluntad dicen: «No lo abandones».

(Salen todos)

(La escena cambia a Atenas. En primer plano, el templo de Atenea en la Acrópolis; su estatua está en el centro; se ve a Orestes aferrado a ella)

ORESTES.— Mírame, reina Atenea. He aquí que vengo por mandato de Loxias. Tú, en tu gracia, recíbeme, perseguido por poderes vengadores; ya no un asesino de manos rojas sin purificar, sino con culpa desvaneciéndose, medio borrada, gastada en muchos hogares y senderos de hombres mortales. Pues hasta el límite de cada tierra, cada mar, vagué, obediente al mandato de Apolo, y llego al fin, oh diosa, a tu santuario. Y aferrándome a tu imagen, aguardo mi sentencia.

(Entra el coro de Furias, rastreando como sabuesos)

CORIFEO.— ¡Eh! Clara está aquí la huella de quien buscamos. Seguid el rastro de sangre, el signo silencioso. Como sabueso que caza una cierva herida, olfateamos a lo largo del rastro de sangre que gotea, y jadeamos por dentro, pues muchos días nos hemos afanado en persecución que destruirá al hombre. Pues una y otra vez por la vasta tierra he vagado, y sobre el vasto mar, volando sin alas, rápida como una vela presioné sobre su rastro. Quien ahora está agazapado muy cerca, bien lo sé, pues el olor de sangre mortal me atrae aquí. Seguid, buscadlo; por todas partes olfatead y rastreád y escudriñad el suelo, no sea que escape ileso, quien a su madre mató. ¡Chist, está ahí! Vedlo enroscar sus brazos en torno a la imagen de la doncella divina. Así ayudado, por la acción que cometió, quiere ser llevado a juicio. No puede ser. La sangre de una madre derramada sobre la tierra manchada nadie la recoge; yace, sed testigos, Infierno, para siempre indeleble. Y tú que la derramaste darás la tuya propia para expiar ese derramamiento. Sí, de tus miembros vivos la chupo, roja, coagulada, gota a gota, un trago aborrecido por hombres y dioses; pero yo lo beberé, te dejaré seco. Sí, te consumiré vivo, nervio y vena. Sí, por tu madre asesinada te arrastraré hacia abajo, allí donde sufrirás el sino de la agonía. Y tú y cualquiera de los hombres que haya pecado, haya agraviado a dios, a amigo o progenitor, aprended cómo a todos y a cada uno puede alcanzar el brazo de la perdición. Severamente retribuye, en el mundo de abajo, el tribunal de la Muerte. Sí, la Muerte, contemplando el esfuerzo de cada hombre, lo registra para siempre.

ORESTES.— Yo, educado en muchas miserias, he aprendido cuántos refugios de santuarios purificadores hay. Sé cuándo la ley permite hablar y cuándo impone silencio. He aquí que ahora estoy determinado a hablar, pues aquel cuya palabra es sabia lo ordena. Mirad cómo la mancha de sangre está apagada sobre mi mano y se desvanece, y lavada y perdida con ella está la profunda maldición del matricidio. Pues mientras la culpa era nueva, fue desterrada de mí en el hogar de Apolo, expiada y purificada por muerte de cerdos. Larga sería mi palabra si debiera resumir el relato de cuántas veces desde entonces entre mis semejantes me mantuve sin traer maldición alguna. El tiempo limpia todo, el tiempo, coetáneo de todas las cosas que son. Ahora con labios puros, en palabras de buen augurio, llamo a Atenea, señora de esta tierra, para que venga, mi campeona. Así, en el tiempo venidero, ella no carecerá de amor y servicio leal, no ganado mediante guerra, de mí y de mi tierra y de todo el pueblo de Argos, consagrados a ella. Ahora, esté ella lejos en tierra líbica donde fluye del lago Tritón su ola natal; permanezca ella con pies plantados, o en alguna hora de descanso los oculte, campeona de sus amigos dondequiera que esté; o bien sobre la llanura de Flegra mire adelante, como guerrera audaz, a ella clamo para que venga, dondequiera que esté (y ella, como diosa, desde lejos puede oír), y me ayude y libere, situada entre mis enemigos.

CORIFEO.— A ti ni Apolo ni la fuerza de Atenea pueden salvarte de perecer, un desecho en medio de los Perdidos, donde ningún deleite encontrará tu alma; presa exangüe de poderes infernales, una sombra entre sombras. ¿No respondes nada? ¿Desechas mis palabras con desdén, tú, presa preparada y dedicada a mí? No como víctima sacrificada en el altar, sino viva verás tu carne ser mi alimento. Escucha ahora el canto vinculante que te hace mío. Tejed la danza extraña; contemplad la hora de pronunciar el canto del infierno, nuestro dominio entre los hombres contar, la guía de nuestro poder. De la Justicia somos ministras, y cualquiera de los hombres que permanezca alzando mano pura e inmaculada, ese hombre no incurre en sentencia nuestra y camina por toda su senda mortal intocado por la aflicción, ileso por la ira. Pero si, como ese hombre de allá, tiene sangre en las manos que se esfuerza por ocultar, nos erguimos vengadoras a su lado, decretando: «Has agraviado al muerto; somos testigos de la perdición para ti». El precio de la sangre que sus manos han derramado le arrancamos; en vida, en muerte, pegadas a su lado estamos. ¡Noche, Madre Noche, que me diste a luz, tormento para hombres vivos y muertos, óyeme, oh óyeme! Por el hijo joven de Leto soy deshonrada. Él me ha arrebatado a quien se refugia, a mí consagrado, víctima legítima, a quien mató a su madre, entregado a mí y al destino. Oíd el himno del infierno, sobre la víctima resonando, canto de frenesí, canto de mal, sentido y voluntad confundiendo. En torno al alma enroscándose sin lira ni laúd, alma en locura consumiéndose, desvaneciéndose como con fuego. Destino, Destino omnipresente, este servicio hiló, ordenando que yo permaneciera en él. Quienquiera de los mortales, vuelto perverso e impío, esté manchado con sangre de pariente, a su lado estamos y lo perseguimos siempre hacia adelante, hasta que a la Tierra Silenciosa, el reino de la muerte, llega; ni siquiera allá en libertad permanecerá. Oíd el himno del infierno, sobre la víctima resonando, canto de frenesí, canto de mal, sentido y voluntad confundiendo. En torno al alma enroscándose sin lira ni laúd, alma en locura consumiéndose, desvaneciéndose como con fuego. Cuando del vientre de la Noche brotamos, sobre nosotras esta labor fue puesta y permanecerá. Dioses inmortales sois, mas cuidaos de no tocar aquello que es nuestro orgullo. Nadie puede acercarse a nosotras reunidas en torno al festín de sangre; para nosotras ninguna vestidura blanca resplandece en día festivo; para nosotras un destino más oscuro, otro rito más oscuro. Esa es mi hora cuando cae un linaje antiguo; cuando en el corazón de la casa el dios de la sangre mata por manos emparentadas, entonces cumplimos nuestra parte. Sobre quien mata nos abalanzamos con grito persecutor. Aunque sea triplemente fuerte, lo desgastamos y consumimos; sangre expía sangre, nuevo dolor por antiguo agravio. Sostengo esta tarea: es mía, no de otro. Los propios dioses en lo alto, aunque pueden silenciar y anular las plegarias de quienes a nosotras claman, no pueden luchar con nosotras que permanecemos aparte, raza aborrecida por Zeus, ensangrentadas, consideradas indignas del consejo y conversación del señor del Cielo. Por tanto más me lanzo sobre mi presa; sobre su cabeza salto; mi pie es duro; como quien hace tropezar a un corredor los arrojo al suelo. Sí, hasta la profundidad de perdición intolerable. Y quienes antaño fueron grandes y en la tierra mantuvieron alto su orgullo y gloria, son llevados a bajo estado. En el inframundo se consumen y disminuyen, mientras en torno a ellos flotan oscuros ondeos de mis ropas y, sutilmente tejidos, los pasos de mis pies. Quien cae enloquecido, no ve ni sabe que estamos a su lado; tan cercanamente en torno a él, oscuramente revoloteando, la nube de culpa se desliza. Gravemente se proclama cómo alrededor de su hogar la oscuridad del infierno se levanta. Firme e inamovible es la ley; tenemos manos para cumplirla, astucia para idearla. Reinas somos y conscientes de nuestra venganza solemne. Ni por lágrima ni plegaria un hombre la apartará. En oscuridad sin honores, lejos de los dioses, caminamos, alumbradas para nuestra tarea con antorcha de regiones sin sol, y por sendero mortal, mortal para los vivos como para quienes no ven vida y luz del día, perseguimos y presionamos hacia adelante. ¿Quién de los mortales al oír no tiembla de pavor, oyendo todo lo que el Destino a través de mano de Dios nos ha dado para ordenanza y ley? Sí, este derecho para nosotras, en oscuro abismo y retroceso de edades sucedió. Nadie agraviará mi oficio, aunque en regiones infernales y oscuridad sin sol yo more.

(Entra Atenea desde lo alto.)

ATENEA.— Desde lejos oí el clamor de vuestros gritos, mientras posaba mi pie junto al Escamandro, afirmando mi derecho sobre la tierra que me fue entregada por quienes ejercieron mando y liderazgo sobre la hueste de Acaya: una porción nada pequeña de todo cuanto conquistaron con lanza y espada me la dieron, la tierra y cuanto en ella crecía, como herencia escogida para el linaje de mi Teseo. Llamada desde allí, vine con pie incansable —zumbó en el viento, en lugar de alas, el pliegue de mi égida, impulsado por mis pies, como avanza un carro uncido a briosos caballos—. Y ahora, contemplando aquí a la prole de las profundidades de la Tierra, no la temo en absoluto, pero mis ojos están asombrados de maravilla. ¿Quiénes sois? Lo pregunto a todos, y a este extranjero que se aferra a mi estatua. Pero vosotras... vuestra forma no se parece a ninguna forma humana, no se parece a ninguna diosa que los dioses contemplen, no se parece a ninguna forma que lleven las mujeres mortales. Sin embargo, permanecer aquí y reprochar a una forma monstruosa es del todo injusto: de tales palabras el Derecho se aparta.

CORO.— Oh hija de Zeus, una sola palabra te dirá todo. Somos las hijas de la Noche eterna, y en el mundo subterráneo nos llaman Furias.

ATENEA.— Ahora conozco vuestro linaje y también vuestro nombre.

CORO.— Sí, y muy pronto conocerás también mis derechos.

ATENEA.— Con gusto los conocería; exponedlos con claridad.

CORO.— Expulsamos del hogar a los asesinos de hombres.

ATENEA.— ¿Y dónde puede al fin detenerse quien dio muerte?

CORO.— Donde esta es la ley: _Abandona aquí toda alegría_.

ATENEA.— Decidme, ¿acosáis a este hombre a tal huida?

CORO.— Sí, porque eligió dar muerte a su madre.

ATENEA.— ¿No urgido por temor a otra ira y condena?

CORO.— ¿Qué aguijón puede justamente incitar al matricidio?

ATENEA.— Dos están aquí para pleitear; a uno solo he oído.

CORO.— No jurará ni nos desafiará a juramento.

ATENEA.— Quieres la forma de la justicia, no su hecho.

CORO.— Prueba esa palabra; no te falta habilidad.

ATENEA.— Digo que los juramentos no deben imponer lo injusto.

CORO.— Entonces examina la causa, juzga y dicta lo justo.

ATENEA.— ¿Me confiaréis entonces esta decisión?

CORO.— Sí, reverenciando a verdadera hija de digno padre.

ATENEA.— (a Orestes) Oh hombre desconocido, expón tú ahora tu alegato. Declara tu tierra, tu linaje y tus desgracias; luego, si puedes, aparta esta amarga acusación. Si, como creo, en confianza del derecho te sientas firmemente junto a mi sagrado lugar, aferrándote a esta estatua, como se sentó Ixión, suplicante sagrado para que Zeus lo purificara, a todo esto respóndeme con palabras claras.

ORESTES.— Oh reina Atenea, primero, a partir de tus últimas palabras, te liberaré de una gran inquietud. No soy culpable de sangre; ninguna mancha impura se adhiere a tu imagen por mi mano que se aferra; de esto tengo una prueba contundente que contar. He aquí que la ley establece: _El asesino no alegará hasta que por la mano de quien purifica la sangre lo rocíe la sangre de una criatura lactante_. Hace mucho cumplí esta expiación: en muchos hogares, bestias sacrificadas y arroyos corrientes me han purificado. Así alejo ese temor. Luego, de mi linaje pronto sabrás: soy argivo, y bien conoces a mi padre, ese Agamenón que dispuso la flota y a quienes en ella fueron a la guerra, ese jefe con quien tu mano se unió para aplastar hasta convertir en montón sin ciudad lo que una vez fue Troya. Ese Agamenón, cuando regresó a casa, no recibió muerte honrosa, fue asesinado por la esposa de alma oscura que me dio a luz para él, envuelto y asesinado en redes astutas, marcadas con la sangre que corrió en el baño. Y yo, regresando de una juventud en el exilio, la maté, a mi madre —¡he aquí, queda declarado!—, con sangre por sangre vengando a mi amado padre. Y en este hecho Loxias tiene parte, decretando agonías para aguijonear mi voluntad, a menos que por mí los culpables hallaran su condena. Tú decide si fue hecho correcto o incorrecto: tu sentencia, cualquiera que sea, me satisface.

ATENEA.— Demasiado grave es este asunto, cualquiera que sea el mortal que pretenda juzgarlo con justicia. Sí, a mí, incluso a mí, el Derecho eterno me prohíbe juzgar los asuntos de culpa de sangre y la ira que sigue veloz tras ella. Esto también da pausa: que tú, como quien ha cumplido todos los ritos debidos, vienes, sin pecado, puro, a mi santuario. Seas quien seas, en nombre de esta ciudad mía, como no condenado, te recibo a mi lado. Sin embargo, estos enemigos tuyos tienen tales derechos por el destino que no puedo desterrarlos: y si fracasan, vencidos en el juicio de la causa, al punto el veneno de su ira infectará la tierra, una gota pestilente de mal eterno. Así nos hallamos con una desgracia en ambos lados: permanezcan ellas o partan por mi mandato, perplejidad o dolor deben sobrevenir. Sin embargo, como el Destino me ha impuesto la causa, elijo para mí jueces que serán una ordenanza para siempre, establecida para regir lo debido por culpa de sangre, declarado bajo juramento. Pero vosotras, presentad vuestro testimonio y vuestra prueba, palabras fuertes para la justicia, fortificadas por juramento; y yo, quienes sean los más justos en mi ciudad, a esos escogeré y traeré, y estrictamente ordenaré: _Mirad esta causa, discerniendo bien, y jurad no pronunciar nada injusto_.

(Sale Atenea.)

CORO.— Ahora quedan deshechas todas las antiguas leyes, si aquí la causa del asesino prevalece; nuevo mal por antiguo derecho habrá si el matricida queda libre. De ahora en adelante un hecho como el suyo estará al alcance de todos, demasiado fácil a la mano: con demasiada frecuencia los padres en el tiempo venidero lamentarán y deplorarán este crimen, enseñados, no en falsa imaginación, a sentir el acero penetrante de sus hijos: ya no caerá la ira que antes cayó sobre el asesinato desde nosotras, las reinas del Infierno, ya no penderá nuestra mirada vigilante; la muerte golpeará sin restricción.

De ahora en adelante uno gritará a otro: «¡Mirad, son heridos, mirad, caen y mueren a mi alrededor!», y ese otro le responde: «Oh tú que esperas que tus desgracias cesen, contempla cómo con oscuro crecimiento se agolpan y te acosan; sí, y oscura es toda cura, y vano todo consuelo».

Que nadie de ahora en adelante grite, cuando caiga el golpe de la desgracia que súbita hiere, que grite en triste letanía reiterada: «¡Oh Justicia, ayuda! ¡Ayudad, oh tronos del Infierno!». Así, aunque un padre o una madre se lamenten recién heridos por un hijo, ya no servirá de nada, pues, derribado por el mal, el templo de la Justicia cayó.

Sabed que hay un trono que no puede desaparecer, y uno que se sienta en él —el Temor mismo—, escrutando con ojos firmes el alma interior del hombre: la Sabiduría es hija del dolor, y nace con muchas lágrimas. Pero quién de ahora en adelante, qué hombre de los hombres mortales, qué nación sobre la tierra que no tenga nada en reverencia ni a la luz de la reverencia interior, adorará el Derecho como en los antiguos días?

No elogies, oh hombre, la vida sin control, ni la que se inclina bajo el poder de un tirano. Sabe que el camino intermedio es el más querido por Dios, y quienes por él avanzan alcanzarán el fin; pero quienes se desvían a izquierda o derecha son pecadores a su vista. Lleva a tu corazón esta única palabra verdadera: de la insolencia es padre la impiedad; solo del sereno control y la cordura imperturbada viene la verdadera dicha, la meta del deseo de todo hombre.

Sí, ocurra lo que ocurra, mantén esta palabra mía: _Inclínate ante el altar de la Justicia, no apartes tus ojos del señuelo terrenal, ni con pie impío patees ese altar_. Pues como tú hagas, así hará el Destino en retorno, y la gran condena es segura. Por tanto, que cada uno honre la confianza de un padre, y cada uno con lealtad reverencie al huésped que en sus salas descansa. Pues quien sin compulsión sigue lo que es justo, nunca será desdichado; sí, nunca llegará al abismo de la condena ese hombre. Pero aquel cuya voluntad está contra los dioses, quien pisa más allá de la ley con pie impuro, hasta que sobre los restos del Derecho se cierne la confusión —sabed que para él, aunque ahora navegue seguro, llegará el día de la tormenta; entonces se esforzará y fracasará, bajará desde la verga destrozada para arriar la vela, y llamará a Poderes que no lo escuchan para que lo salven, y luchará en vano con la ola giratoria. Ardiente estaba su corazón de orgullo —«No caeré», gritó—. Pero el dios lo contempla con escarnio vigilante, desamparado, enredado en lazos del Destino sin escape, sin esperanza de puerto seguro más allá del cabo, hasta que toda su riqueza y dicha de días pasados es lanzada sobre el arrecife de la Justa Condena, y es arrebatado, sin llanto, para siempre, al mundo muerto y olvidado.

(Reentra Atenea con doce ciudadanos atenienses)

ATENEA.— Oh heraldo, haz proclama, ordena que acudan todos. Que luego la penetrante explosión de la trompeta tirrena, colmada con aliento mortal, resuene por el vasto aire convocando en alto a todos los hombres para que presten atención. Pues hasta que mis jueces llenen este tribunal, conviene el silencio, para que esta ciudad entera aprenda lo que mi ordenanza ordena para todos los tiempos, y estos hombres, para que la causa sea juzgada rectamente.

(Se acerca Apolo)

CORO.— Oh señor Apolo, gobierna lo que es tuyo, pero en este asunto ¿qué parte te corresponde?

APOLO.— Primero vengo como testigo, pues este hombre es por derecho sagrado suplicante mío, huésped de mi hogar santo y purificado por mí de la culpa de sangre; luego, para ponerme a su lado y tomar parte en su causa, como en parte tomé antiguamente en su acción por la que cayó su madre. Que quien lo sepa anuncie ahora la causa.

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