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Parte 3Agamenón: el crimen y Egisto

La Orestíada · Esquilo · 6 min de lectura

EGISTO.— ¡Salve, alba del día de justa venganza! Me atrevo por fin a afirmar que los dioses de arriba tienen cuidado de los hombres y atienden a los agravios terrenales. Yo, yo que estoy aquí y me regocijo así al ver a este hombre yaciendo envuelto en las vestiduras que las Erinias tejieron, muerto en pago del engaño de su padre. Tomad la verdad: que Atreo, el padre de este hombre, el señor y monarca de esta tierra en tiempos antiguos, mantuvo profunda disputa con mi padre Tiestes, hermano contra hermano, por el premio del poder, y lo arrojó de su hogar al destierro. Después, el desdichado exiliado regresó a hurtadillas a casa y se abrazó suplicante al hogar divino, y para sí ganó esta inmunidad: no manchar con su propia sangre la tierra que le dio nacimiento. Pero Atreo, padre impío de quien aquí yace muerto, planeó esta bienvenida: con celo que no era amor fingió celebrar con gozo leal un día de festiva alegría, e invitó a mi padre a su mesa, y puso ante él carne que fue una vez sus hijos. Primero, sentado solo en la mesa superior, ocultó los dedos y los pies, pero le dio el resto... y sin vacilar Tiestes tomó lo que ante su ignorancia no tenía apariencia de carne humana, y comió. ¡Mirad qué maldición trajo esa comida sobre nuestra estirpe y nuestro nombre! Pues cuando supo qué cosa tan impía había cometido así, con amargo grito de horror retrocedió de un salto, escupiendo los fragmentos repugnantes, y pronunció sobre la casa de Pélope una maldición mortal: «¡Tan oscuramente como rechazo este maldito alimento, perezca toda la raza de Plistenes!». Así por esa maldición cayó aquel a quien aquí veis, y yo —¿quién si no?— tejí y planeé este asesinato. Pues a mí, todavía un infante en pañales, el más joven de los tres hijos, Atreo me envió al destierro junto a mi triste padre. Pero la Justicia me trajo de vuelta a casa una vez más, ya crecido hasta los años de la madurez; y aunque era un extraño, mi mano derecha alcanzó la vida del caudillo, tramando y planeando todo lo que la malicia ordenaba. Y la muerte misma sería ahora para mí un honor, contemplándolo atrapado en la emboscada de la Justicia.

CORO.— Egisto, por esta insolencia tuya que se jacta en el mal, recibe mi desprecio. Por tu propia voluntad, dices, has matado al caudillo, por tu propia trama sin ayuda maquinaste su muerte lastimera. Te advierto bien: no pienses que tu cabeza escapará, cuando prevalezca el derecho, a la condena del pueblo, a las piedras de muerte y perdición.

EGISTO.— ¿Esta palabra de ti, esta palabra de uno que rema abajo en los bancos, mientras nosotros gobernamos, nosotros del nivel superior? Sabrás pronto que es amargo que se enseñe de nuevo en la vejez, por alguien tan joven, la sumisión a la palabra. Pero el hierro de la cadena y los dolores del hambre pueden ministrar a un orgullo demasiado hinchado de manera maravillosa, sí, incluso en los viejos. ¿Tienes ojos y no ves esto? ¡Paz! No cocees así contra el aguijón, para tu propio dolor.

CORO.— Tú, hombre afeminado, esperando hasta que cesara la guerra, vigilante del hogar y profanador del lecho, y artífice principal de la perdición del caudillo.

EGISTO.— Palabras audaces otra vez, pero terminarán en lágrimas. Lo contrario exacto, las tuyas, de la lengua de Orfeo: él despertó y guió en éxtasis de gozo todas las cosas que oyeron su voz melodiosa; pero tú, con el ladrido inútil de perros, atraerás a los hombres airados contra ti. ¡Paz! O pronto la fuerte sujeción domará tu lengua.

CORO.— Sí, tú eres quien ha de dominar a un argivo... Tú, diestro en planear el asesinato del rey, ¡pero no en dar tú mismo el golpe con tu propia mano!

EGISTO.— Esa fuerza fraudulenta era papel propio de mujer, no mío, a quien desde antiguo la profunda sospecha habría impedido. Ahora con la ayuda de su tesoro mi propósito es gobernar a los ciudadanos. Pero a quien no quiera soportar mi mano guiadora, lo conduciré no como un caballo de tiro, ligeramente enjaezado, sino uncido al timón con el arnés más pesado. El hambre, compañera sombría de la mazmorra oscura, lo mirará y lo verá domado.

CORO.— Tú, alma ruin, ¿era entonces tu fuerza demasiado débil para ejecutar el asesinato, mientras la mano de una mujer, manchando y avergonzando a Argos y a sus dioses, fue capaz de matarlo? ¡Eh, si en algún lugar la luz de la vida hiere los ojos de Orestes, que él, regresando por algún destino guardián, derribe con fuerza a su amante y a ella!

EGISTO.— Cómo acabarán tu palabra y tu acto, lo comprenderás en breve.

CORO.— ¡Arriba a la acción, oh compañeros míos! Pues la lucha está cerca. ¡Rápido, vuestras manos derechas a la empuñadura! ¡Desnudad el arma como para el combate!

EGISTO.— ¡Mira! Yo también estoy de pie y listo, mano en la empuñadura para la muerte o la vida.

CORO.— Fue tu palabra y la aceptamos: ¡adelante hacia el azar de la guerra!

CLITEMNESTRA.— ¡No, basta, basta, campeón mío! No heriremos ni mataremos más. Ya hemos cosechado bastante del campo de siega de la culpa. Basta de maldad y asesinato, que no se derrame otra sangre. Paz, ancianos, y marchaos a los hogares decretados por el Destino, no sea que el mal valor encuentre nuestra venganza... fue una acción necesaria. Pero basta de trabajos y penas... que sea el fin, si alguna vez, ahora, antes de que tu garra, oh Vengador, aseste otro golpe mortal. Es una palabra de advertencia de mujer, y escúchela quien quiera.

EGISTO.— Pero que estos suelten y derrochen imprudentes flores de la lengua, y arriesgando su fortuna arrojen sobre mí palabras injuriosas, y olviden la ley de los súbditos, y ultrajen la palabra de su gobernante...

CORO.— ¿Gobernante? ¡Pero no es propio de argivos reconocer así a un señor cobarde!

EGISTO.— Te seguiré para castigarte en mis días venideros de poder.

CORO.— No si la Fortuna guía a Orestes sano y salvo en su camino de regreso.

EGISTO.— Ah, bien sé cómo los exiliados se alimentan de esperanzas de retorno.

CORO.— Anda y engórdate con la contaminación de la justicia, mientras dure tu turno.

EGISTO.— Pagarás, ten la seguridad, pesada compensación por tu orgullo.

CORO.— ¡Cacarea y pavonéate, con ella vigilándote, como un gallo junto a su hembra!

CLITEMNESTRA.— No les hagas demasiado caso... deja que la jauría de perros gruña y ladre. Yo y tú gobernaremos el palacio y ordenaremos bien todas las cosas.

(Salen.)

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