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Parte 1Agamenón: el vigía y el regreso

La Orestíada · Esquilo · 39 min de lectura

AGAMENÓN

PERSONAJES

UN VIGÍA UN HERALDO EL CORO AGAMENÓN EGISTO CLITEMNESTRA CASANDRA

(La escena transcurre en el palacio de Atreo en Micenas. Frente al palacio se alzan estatuas de los dioses y altares preparados para los sacrificios.)

(Un vigía)

VIGÍA.— Ruego a los dioses que me liberen de estas fatigas, que pongan fin a la guardia que sostengo durante este año entero; pues como perro guardián que yace sin descanso, apoyado sobre un brazo, en el techo del palacio de la estirpe de Atreo, por demasiado tiempo, demasiado bien conozco el cónclave estrellado del cielo a medianoche, conozco demasiado bien los esplendores del firmamento, los señores de la luz, cuyo aspecto regio muestra —cuando se ponen o se alzan en el cielo por turnos— las divisiones del año, trayendo la escarcha o el fuego.

Y ahora, como siempre, estoy aquí apostado para observar cuándo brotará el resplandor de la llama señal, el brillante fuego de alarma, y cuente su relato troyano: «la ciudad de Troya ha caído»; tal esperanza abriga ella, en cuyo pecho de mujer late corazón de hombre.

Así, sobre mi lecho sin reposo yazgo, bañado por los rocíos de la noche, sin ser visitado por sueños —¡ay de mí!—, pues en el lugar del sueño se yergue el Miedo como mi compañero, y repele el blando descanso que querría sellar mis párpados. Y si en algún momento, en busca del bálsamo perdido del sueño, trato mi alma con melodía de trino o canto, pronto me vuelvo a las lágrimas, lamentando la desgracia que se cierne sobre esta casa, que ya no se guía por el honor como antaño.

Pero ahora, por fin, llegue la hora bienvenida que me libere, cuando la noche espesa brille con el fuego señal de una esperanza ya no diferida. ¡Salve!

(Se ve la luz de una hoguera enrojeciendo el cielo distante.)

¡Fuego de la noche, que traes a mi espíritu el día, derramando sobre Argos luz, y danza, y canto, saludos a la fortuna, salve!

Que resuene mi llamada estridente en los oídos de la reina de Agamenón, para que ella se alce de su lecho y con voz aguda lance un gozoso saludo al resplandor de la señal, porque Ilión ha caído; tal mensaje ígneo destella desde aquella alta llama; y yo, antes que los demás, marcaré el paso ligero de nuestra alegría; pues puedo decir: «Los dados cayeron bien para mi señor: ¡mirad! el triple seis, la llama afortunada». Ahora sea mi suerte estrechar, en leal amor, la mano de aquel que, restaurado, gobierna nuestra casa: casa... mas no digo más: sobre mi lengua pisa fuerte el buey del proverbio. Si tuviera voz, la casa misma podría contar su historia del modo más sincero; yo, por voluntad decidida, hablo palabras que los sabios pueden entender, pero para los demás, nada recuerdo ni discierno.

(Sale. Entra el coro de ancianos de Micenas, cada uno apoyándose en un bastón. Durante su canto aparece Clitemnestra al fondo, encendiendo los altares.)

CORO.— Diez largos años han transcurrido desde que los señores gemelos del cetro soberano, dotados por Zeus con orgullo de rango, los valientes jefes de la estirpe de Atreo, partieron antaño para pleitear con Príamo, cara a cara, ante el tribunal de la Guerra.

Mil naves desde la tierra argiva zarparon para llevar la hueste marcial que, con espíritu severo y fuerte, salió a reparar el agravio del reino; resonó, mientras iban, el canto de batalla, salvaje como el grito de los buitres; cuando sobre el nido, remontándose a lo alto, en salvaje agonía del despojo, una y otra vez, en anillos aéreos, giran al remar con sus alas, mas no ven la nidada de polluelos que los llamó al nido de antaño; pero si Apolo desde el cielo, o Pan, o Zeus, solo oye el grito, el grito exiliado, el lamento afligido de las aves de quienes les arrebataron su hogar, sobre los que cometieron el robo cae, pues el cielo envía las vengativas furias del infierno.

Así también Zeus, el señor celoso y guardián del hogar y de la mesa, envía en vengativa cólera a los hijos de Atreo contra Paris; los envía encendidos en fuego para comprar de vuelta, en guerra y sangre, a aquella que uno desposó pero muchos cortejaron. Y muchos, muchos, por su voluntad, sentirán el último abrazo de los enemigos, y muchas rodillas se doblarán en el polvo, y lanzas astilladas resonarán fuerte sobre los escudos, de troyano y de griego, antes de que termine aquel festín nupcial de hierro. Pero todo está ordenado como él lo quiso, y las desgracias, decretadas por el cielo, deben caer; sin que las apacigüen lágrimas ni libaciones de vino derramadas demasiado tarde, la cólera divina dirige su venganza sobre el altar sin llama.

Y nosotros, en gris vejez deshonrada, débiles de complexión, fuimos considerados no aptos para unirnos a la hueste guerrera que entonces partió hacia la refriega: y aquí en casa permanecemos, anhelosos de sostener nuestros débiles pasos, cada uno sobre su bastón; así mengua la fuerza y se vuelve de nuevo como infancia. Pues mientras la savia de la juventud está verde y, aún sin madurar, brota por dentro, los jóvenes son tan débiles como los viejos, y ambos por igual no aptos para ocupar el puesto de ventaja de la guerra. Y ¡ay! cuando flor y fruto han pasado, y en el árbol de la vida las hojas están secas, la vejez avanza apoyada su camino lúgubre, tan sin fuerzas como un niño, tan ligera y fugaz como un sueño nocturno perdido en el día resplandeciente.

Mas tú, oh hija de Tindáreo, reina Clitemnestra, ¡habla! y di: ¿qué mensajero de alegría hoy ha ganado tu oído? ¿qué nuevas bienvenidas, que así de modo sacrificial hasta los límites mismos de la ciudad mandas que se alcen los fuegos del altar? Cada dios que custodia nuestra ciudad y guarda vigilancia sobre Argos desde el cielo arriba, desde la tierra abajo; los señores poderosos que gobiernan los cielos, las deidades menores del mercado, a todos y cada uno resplandecen los altares, apilados para el sacrificio. Y aquí y allá, cerca, lejos, brota hacia el cielo más de una estrella señal, conjurada y hechizada y bien encendida por el hechizo suave y sin malicia del aceite puro, ya no oculto más dentro de la reserva secreta del palacio.

Oh reina, te rogamos, cualquier cosa que te sea conocida, si fuera conveniente revelarla, confíala a nuestro oído y ordena que nuestro corazón ansioso se sane; que ahora mengua hacia la desesperación, ahora, creciendo hasta convertirse en presagio propicio, despunta, desde el altar, la Esperanza, para espantar de nuestros desgarrados corazones el buitre del Cuidado.

¡Escuchad! pues el poder es mío para entonar en lo alto la empresa de los jefes, la fuerza que dieron los presagios. ¡Escuchad! sobre mi alma aún respira una armonía desde los reinos de los poderes eternos, y fuerte para salvar.

Cómo los reyes hermanos, señores gemelos de un mando, condujeron adelante la flor de la juventud de la Hélade, impulsados en su camino, con lanza y espada vengadoras, por aves guerreras que observaron la hora de la partida.

«Id a Troya», las águilas parecían gritar, y los reyes del mar obedecieron la palabra de los reyes del cielo, cuando a la derecha se elevaron cruzando el cielo, y una era negra, una llevaba cola blanca listada.

Por encima del palacio fueron vistos volar, luego se posaron a la vista de todos, y desgarraron y rasgaron, lejos de los campos que nunca más debería recorrer, preñada de su prole nonata, a una liebre madre.

Y uno contempló, el profeta soldado verdadero, y a los dos jefes, distintos de alma y voluntad, en las águilas de dos colores de inmediato reconoció, y pronunció el presagio, para bien y para mal.

(¡Ay, aflicción y desventura! pero sea el resultado propicio.)

«Id», gritó, «y la ciudad de Príamo caerá. Pero largo será el tiempo; y rebaños y manadas, la riqueza del pueblo que vagan ante la muralla, habrá de abatir por fuerza, cuando el Destino dé la palabra».

«Mas, ¡oh, cuidado! no sea que more la cólera en el Cielo para oscurecer la fragua de batalla resplandeciente una vez más, y malogrará el poderoso freno del orgullo troyano, el acero de la venganza, forjado como para la guerra».

«Pues la virgen Ártemis guarda celoso odio contra la casa real, el par de águilas que desgarra la prole nonata, insaciables; sí, aborrece su festín sobre la liebre temblorosa».

(¡Ay, aflicción y desventura! pero sea el resultado propicio.)

«Pues bien ama —la diosa amable y benigna— a los tiernos cachorros recién nacidos de leones audaces, demasiado débiles para vagar, y bien al niño lactante de cada bestia que deambula por bosque y páramo».

«Así al Señor del Cielo ella ruega todavía: "No, si debe ser, sea verdadero el presagio. Mas los águilas vistas presagian el mal; sea bien el fin, pero cruzado también con mal"».

«¡Apolo sanador! sea controlada su ira, y no teja la larga demora de vientos que estorban para hacer guerra contra los dánaos y retener de las libres olas del océano sus velas ansiosas».

«Ella anhela, ay, ver una segunda vida derramada, un maldito sacrificio impío; entre almas casadas, artificie de contienda, y odio que no conoce el miedo, y plan funesto».

«En casa merodea como serpiente al acecho, aguardando su momento, una ira no reconciliada, un vigilante astuto, apasionado por aplacar con sangre el resentimiento por un hijo asesinado».

Tal fue la advertencia poderosa, proclamada en tiempos antiguos; en medio de buenas nuevas, tal la palabra de temor, cuando las águilas fatídicas se cernieron sobre los reyes, y Calcante leyó claro el presagio.

(En tonos como los suyos, una vez más, ¡canta aflicción y desventura! pero sea el resultado propicio.)

Zeus, si a ti el Desconocido ese nombre de muchos nombres parece bueno, Zeus, a ti invoco. Por todo camino de la mente he pasado, mas vanos son todos, salvo aquel que te nombra Zeus, el Altísimo, si tan solo fuera mío arrojar la carga, la carga fatigosa que agobia mi espíritu.

Aquel que fue Señor antaño, en plenitud de orgullo de posición y valor audaz, ha caído y se ha ido, ¡como un viejo cuento contado! Y aquel que después tuvo el poder, derribado por agarre más fuerte, ¡ha pasado! Y quienquiera que ahora mande entonar el canto de triunfo a Zeus, y solo a Zeus, será hallado verdaderamente sabio. Es solo Zeus quien muestra el camino perfecto del conocimiento: Él ha dispuesto que los hombres aprendan la sabiduría, instruidos por la aflicción.

En visiones de la noche, como lluvia que gotea, descienden los muchos recuerdos del dolor ante la vista del espíritu: a través de lágrimas y duelo viene la sabiduría sobre el alma renuente; una merced, lo sé, de toda la Divinidad que sostiene su trono sagrado en fuerza, por encima del cielo.

Y entonces el jefe mayor, bajo cuyo mando fue armada la flota de Grecia, no lanzó sobre el vidente palabra de odio, sino que viró ante el soplo repentino del Destino. ¡Ay, largo tiempo fatigoso! pues, antes de que izaran velas, menguó toda provisión, cada vasija disminuida, mientras toda la hueste aquea yacía anclada en Áulide, mirando hacia Cálcide y la costa donde las aguas refluentes se agitan, mecen y oscilan; y letal con maligna demora desde el septentrional Estrimón sopló el viento contrario, madre de hambruna funesta, que mantiene a los hombres vagando aún lejos del puerto donde ansían estar; e implacable devastó cada nave y cable, pudriéndose sobre el mar, y, duplicando con la demora cada hora fatigosa, marchitó con esperanza diferida la flor guerrera de los aqueos.

Pero cuando, para la amarga tormenta, un alivio más mortífero y más pesado con el mal para ambos jefes, alegando la cólera de Ártemis, el vidente proclamó, los dos Atridas golpearon sus cetros contra el llano, y, luchando duramente, no pudieron contener sus lágrimas. Y entonces el monarca mayor habló en voz alta: «Sería mala suerte mía desobedecer, y mala también herir a mi hija, amor y orgullo de mi casa. Manchar con sangre virginal las manos de un padre, y sacrificar a mi hija junto al altar. Entre desgracia y desgracia habito; no me atrevo a huir como un cobarde y abandonar la liga de naves y fallar a cada fiel aliado; pues con razón anhelan, con mente ansiosa y ardiente, la sangre de la virgen derramada para calmar el viento adverso. ¡Dios quiera que el acto sea bueno!».

Así sobre su cuello tomó el duro yugo apremiante del Destino; luego, en el contraviento de la voluntad aborrecida, maldita, su espíritu cambiante viró hacia la temeridad. ¡Ay! que el Frenesí, primero de los males y peor, con maligno arte ha incitado siempre al pecado las almas de los hombres.

Y así endureció su corazón —¡ay, día afortunado!—, ayudando a una guerra por causa de una mujer falsa, a sacrificar a su hija, y con su sangre derramada hacer una ofrenda para impulsar las naves en su camino.

Anhelando la guerra, los árbitros sangrientos cerraron corazón y oídos, y no quisieron ni oír ni atender la voz de muchacha que suplicaba: «¡Piedad, Padre!», ni sus ruegos, ni sus tiernos años virginales.

Así, cuando el canto del sacrificio hubo concluido, su padre ordenó al joven séquito sacerdotal alzarla, como algún pobre cabrito, sobre la piedra del altar, desde donde entre sus ropas yacía hundida toda en desmayo; les ordenó, como con el bocado que silenciosamente doma al corcel, contener el habla de sus hermosos labios, no fuera que pronunciara una maldición sobre la casa y simiente de Atreo.

Así, arrastrando por tierra su manto de tinte azafrán, con un último dardo lastimero de su ojo suplicante hirió a aquellos que debían herirla; hermosa, silenciosa, como una forma pintada, pero anhelante de suplicar: «¿Se olvida todo? ¡Cuántas veces aquellos salones de antaño, donde mi padre celebraba alto festín, resonaron con la suave melodía virginal, cuando yo, niña sin mancha, canté desde labios puros e inmaculados, canté de mi padre, y de toda su vida honrada, y de cómo sobre él caería el más alto don y ganancia del Cielo». Y luego... mas no contemplé, ni puedo contar, qué más suerte cayó: mas esto es cierto, que el canto agorero de Calcante nunca puede ser vano o vacío. De la mano de la Justicia esta paga ganan los que sufren: discernir el futuro: y sin embargo, ¡adiós, oh secreto del Mañana! El conocimiento previo es pena previa. Claro con los claros rayos del sol del mañana, el futuro se abalanza. Ahora, que el relato de la casa, por oscuro que sea, ¡encuentre aún un resultado propicio! Así reza la leal banda solitaria que guarda la tierra apia.

(Se vuelven hacia Clitemnestra, que deja los altares y avanza.)

CORIFEO.— Oh reina, vengo en reverencia a tu autoridad, pues mientras el trono del gobernante está vacío, el corazón leal se inclina ante su consorte. Ahora bien, sean noticias ciertas y seguras de algo bueno, o las hermosas nuevas de una esperanza halagüeña las que te impulsan a extender la luz de altar en altar, yo, ansioso por oír, no te reprocho si las ocultas.

CLITEMNESTRA.— Como dice el adagio: «Del vientre de la Noche brota, con promesa hermosa, el niño joven Luz». Sí, más hermosas aún que toda esperanza son mis noticias: ¡por manos griegas ha sido tomada la ciudad de Príamo!

CORIFEO.— ¿Qué dices? El corazón incierto vuelve traicionero el oído.

CLITEMNESTRA.— Escucha entonces de nuevo, y con claridad: ¡Troya es nuestra!

CORIFEO.— Recorre mi corazón tal gozo que despierta lágrimas.

CLITEMNESTRA.— Sí, a través de esas lágrimas tu ojo muestra lealtad.

CORIFEO.— ¿Pero tienes pruebas para hacer la certeza segura?

CLITEMNESTRA.— Vamos, las tengo, a menos que el dios haya mentido.

CORIFEO.— ¿Acaso alguna visión nocturna te ganó para la creencia?

CLITEMNESTRA.— ¡Fuera todo presagio de un alma adormilada!

CORIFEO.— ¿Pero te animó la palabra sin alas del Rumor?

CLITEMNESTRA.— Paz, me reprendes como a una muchacha crédula.

CORIFEO.— Di entonces, ¿cuánto tiempo hace que cayó la ciudad?

CLITEMNESTRA.— Precisamente en esta noche que ahora da a luz el alba.

CORIFEO.— ¿Y quién tan veloz pudo traer el mensaje aquí?

CLITEMNESTRA.— Desde la cumbre del Ida, Hefesto, señor del fuego, envió su señal; y adelante, siempre adelante, de faro en faro corrió la llama mensajera. Desde el Ida hasta el peñasco que Hermes ama, en Lemnos; de allí a la altura sublime del Atos, trono de Zeus, resplandeció la amplia llamarada. Desde allí, alzada en alto para dispararse a través del mar, la luz móvil, regocijándose en su fuerza, partió de la pira de pino y urgió su camino en gloria dorada, como un sol nuevo y extraño, adelante, y alcanzó las alturas vigilantes de Macisto. Allí, sin torpe demora ni sueño descuidado, el vigía transmitió a su vez las nuevas, hasta que la guardia en el pico de Mesapio vio la llama lejana brillar sobre la marea del Euripo, y desde el alto montón de brezos marchitos encendió la nueva señal y despachó el mensaje. Entonces la luz fuerte, volada lejos y aún sin debilitarse, cruzó como un disparo el cielo sobre la llanura de Asopo, brillante como la luna, y en el peñasco del Citerón despertó otra vigilancia de fuego volador. Y allí los centinelas en modo alguno desdeñaron, sino que enviaron redoblado el mandato de la llama: veloz disparó la luz, sobre la bahía de Gorgopis, hasta el monte de Egiplancto, y ordenó al pico no fallar a la disposición progresiva del fuego. Y como una larga barba fluyendo al viento, bien alimentada de combustible, rugió y se elevó la llamarada, y lanzándose adelante, resplandeció sobre el cabo bajo el cual brilla la bahía Sarónica, y desde allí saltó la luz hasta el pico de Aracne, la atalaya montañosa que mira sobre nuestra ciudad. Desde allí hasta el techo de los Atridas: en linaje hermoso, una brillante posteridad del fuego del Ida. Así corrió de etapa en etapa, cumplida a su turno, llama tras llama, a lo largo del curso dispuesto, y he aquí que la última en acelerar su camino divisa el fin primero, y resplandece hasta la meta. Y Troya ha sido tomada, y por esta señal mi señor me cuenta el relato, y vosotros habéis aprendido mi palabra.

CORIFEO.— Al cielo, oh reina, elevaré nueva canción. Pero si quisieras hablar una vez más, con gusto escucharía de principio a fin la maravilla del relato.

CLITEMNESTRA.— Pensad: esta misma mañana los griegos en Troya, y alta en ella la voz del lamento absoluto. Dentro de una copa verted vinagre y aceite, y mirad: sin mezclarse, sin reconciliarse, batallan. Así en el doble resultado de la lucha se mezclan el grito del vencedor y el gemido de los cautivos. Pues todos los conquistados a quienes la espada ha perdonado se aferran llorando, unos a un hermano muerto, otros como niños a la forma de un padre protector, y lloran a los amados y perdidos, mientras su cuello se inclina ya bajo la cadena del cautivo. Y he aquí que los vencedores, terminada la lucha, aguijoneados por el hambre inquieta, recorren por todas partes sin orden a través de la ciudad para arrebatar el alimento y el descanso que el azar pueda dar dentro de los palacios cautivos que una vez fueron Troya, gozosos de librarse de la escarcha y el rocío en los que se acostaban sobre la llanura antiguamente, gozosos de dormir toda la noche graciosa sin ser llamados por el centinela vigilante. Mas que reverencien bien a los dioses de la ciudad, los señores de Troya, aunque caída, y a sus santuarios; así los saqueadores no serán a su vez saqueados. Sí, que ningún ansia de ganancia prohibida ordene a los conquistadores ceder ante los dardos de la codicia. Pues todavía necesitamos, antes de que la carrera esté ganada, de regreso a casa, sin daño, completar el curso una vez más. Pues si el ejército se torna libertino antes de venir, entonces, aunque el golpe repentino del destino sea evitado, sin embargo a la vista de los dioses se alzará de nuevo el gran agravio de los muertos, para reclamar venganza. Ahora, oyendo de esta boca mía de mujer el relato y también su advertencia, rogad conmigo: «Que la suerte incline la balanza, sin peso incierto. Pues mis hermosas esperanzas se han transformado en gozos más hermosos».

CORIFEO.— Una palabra graciosa han dicho tus labios de mujer, digna del discurso de un hombre sabio, oh reina mía. Ahora, con clara confianza en tu relato convincente, me dispongo a saludar a los dioses con canto, que nos traen dicha para contrapesar nuestro dolor.

(Sale Clitemnestra.)

CORO.— ¡Zeus, Señor del cielo, y noche bienvenida de victoria, que has coronado nuestro poderío con todas las glorias! Sobre las torres de Ilión, ya no libres, has arrojado la poderosa red de guerra y estrechamente las has ceñido, hasta que ningún guerrero pueda escapar ni joven salte ligeramente sobre los lazos mientras se cierran, y se cierran, hasta que con el apretón del destino nuestros enemigos queden atados en la espiral de la esclavitud. ¡Zeus, Señor de la hospitalidad, en respetuoso temor me inclino ante ti! Tú eres quien ha asestado el golpe. Hacia Alejandro, hace mucho tiempo, te vimos tensar tu arco vengativo, pero largo y cautelosamente retuviste el dardo ansioso, que, sin control y soltado demasiado pronto o lanzado demasiado alto, habría vagado sin sangre por el cielo. ¡Zeus, el alto Dios! Cualquiera sea lo oscuro en la duda, esto puede rastrear nuestro pensamiento: el golpe que derriba al pecador es de Dios, y como él quiere, la vara de la venganza golpea duramente. Uno dijo antiguamente: «Los dioses no gustan de llevar cuenta con aquel cuyos pies oprimen la gracia de la santidad». ¡Palabra impía! Pues siempre que el padre exhaló fuego rebelde, cuando su casa desbordó la medida de dicha y salud y tesoro, los hijos de sus hijos leyeron la cuenta claramente, al fin, en lágrimas y dolor. Que sobre mí sea enviada prosperidad que no trae aflicción, y con ello, contentamiento. Quien desprecia el santuario de lo Justo, ni riqueza ni poder le serán torre para guardarlo del abismo: allí yace su suerte, donde todas las cosas son olvidadas. La lujuria lo impulsa, lujuria desesperada y salvaje, hijo maquinador del pecado del Destino, y no hay cura; más allá del ocultamiento claro, arde el resplandor funesto del pecado. Como una moneda falsa bajo el toque del desgaste delata por mancha y borrón su metal falso, tal es el pecador. Antes, sobre alas ligeras, revolotea el hermoso Placer y lo seduce como a un niño, mientras el hogar y los parientes gimen bajo la carga aplastante de su crimen; hasta que, al fin de los tiempos, arrojado del cielo, derrama plegaria inútil a poderes que no escucharán. Y así llegó Paris a la casa de los Atridas, y de allí, para pagar su bienvenida con pecado y vergüenza, robó a la esposa. Y ella, dejando a su patria y a sus parientes el estrépito de escudos y lanzas y naves que se arman, y llevando a Troya destrucción por dote, y sobrado osada en pecado, marchó ligeramente a través de las puertas a la hora de medianoche. A menudo de los labios de los profetas brotó gimiendo la advertencia y el lamento: «¡Ay, pobre! ¡Pobre del hogar, el hogar, y pobre de los jefes! ¡Pobre del lecho nupcial, tibio todavía por los hermosos miembros, la impresión de la forma de quien amaba a su señor hace poco tiempo! ¡Y pobre de él que permanece avergonzado, silencioso, sin reproches, extendiendo manos que no la encuentran, y ve, mas no quiere ver, que ella está lejos!» Y su triste fantasía, anhelando sobre el mar, convocará y evocará su espectro, para reinar una vez más en su palacio. Y tristes con muchos recuerdos, la hermosa belleza fría de cada rostro esculpido, y toda su gracia se torna odiosidad, vista con ojos vacíos, desolados y hambrientos. Y cuando la noche es profunda, vienen visiones, dulces y tristes, y portando dolor de esperanzas vanas, vacías, vacías y vanas, pues apenas la vista durmiente ha visto su antiguo deleite, cuando a través de los apretones del amor que le ordenan quedarse se desvanece sobre alas silenciosas que vagan por los caminos del sueño. Tales son las visiones, las penas terribles, en torno a nuestro hogar, y peores, de las que no puedo hablar. Pero, por toda la amplia ciudad, cada casa que envió a su señor lejos de la costa de Hélade siente hoy la aguda punzada del corazón, el dolor de la pérdida. Pues, a decir verdad, el toque de la amarga muerte es múltiple. Familiar era cada rostro, y querido como la vida, que partió a la guerra, pero allí, de donde un guerrero marchó antiguamente, nada regresa, solo una lanza y una espada, y cenizas en una urna. Pues Ares, señor de la contienda, que sostiene las balanzas oscilantes de la batalla, cambista de la guerra, dando polvo por oro, envía de vuelta, a corazones que los estimaron queridos, escasa ceniza de guerreros, llorada con muchas lágrimas, ligera a la mano pero pesada para el alma; sí, llena la urna ligera con lo que sobrevivió a la llama, la polvorienta medida de la muerte de un cuerpo heroico. «¡Ay!», grita uno, «¡y ay de nuevo! Nuestro jefe se ha ido, el héroe de la lanza, y no ha dejado igual. ¡Ah, pobre!», gime otro, «mi esposa ha sido asesinada, la muerte del honor, revolcada en polvo y sangre, asesinada por el pecado de una mujer, la vergüenza de una esposa falsa». Tales palabras murmuradas de ánimo amargo se alzan contra quienes partieron a reclamar; sí, la ira celosa se arrastra contra el nombre de los Atridas. Y otros, lejos bajo el muro de Ilión, duermen su último sueño, los jefes hermosos y altos, acostados en tierra enemiga, donde entregaron su aliento, y señores de Troya, cada uno en su tumba troyana. Por tanto, por cada uno y por todos el pecho de la ciudad está pesado con ira reprimida, tan profunda y mortal como una maldición más ruidosa arrojada por la muchedumbre común. Y, meditando profundamente, aguarda mi alma noticias del destino venidero, sepultado todavía en el vientre de la oscuridad. Pues no olvidadizo es el juicio de los altos dioses contra los hijos de la carnicería: demasiado largo parece al injusto prosperar y ser fuerte, hasta que vienen las oscuras Furias y golpean con severa inversión todo su hogar, hundido en obstrucción tenebrosa; se ha ido, y ayuda y esperanza, entre los perdidos, no hay ninguna. Sobre quien se jacta de una fama excesiva pende una aflicción condígna; el rayo vengativo flamea sobre sus ojos, disparado desde la mano divina. Que esta dicha sea mía, no envidiada por Dios, sentir: no hollar ninguna ciudad hasta el polvo, ni ver mi propia vida arrojada al estado de esclavo bajo el talón de otro. He aquí, a través de toda la ciudad han corrido los pies veloces del Rumor, despertados por la llama jubilosa. ¿Pero son verdad las noticias que esparcen? ¿O acaso dan por verdad algún engaño que el cielo forja? Niño sería y del todo insensato quien dejara su corazón agitarse de gozo al ver alzarse los fuegos de señales, y luego, bajo alguna palabra contraria, enfermar en seguida con la esperanza diferida. El filo de la percepción de mujer todavía divide las buenas noticias de las falsas; ligeros rumores saltan dentro del límite que cerca la credulidad femenina, pero, nacido ligeramente, muere con igual ligereza el relato que brota de su conjetura. Pronto sabremos de qué hablan las hogueras, los faros encendidos con llama transmitida; si, como bien considero, su relato es verdad, o si como algún sueño engañoso vino el resplandor bienvenido solo para embaucar nuestra alma. Pues he aquí que veo un heraldo de la costa acercarse, sombreado con la rama de olivo, y el polvo sediento, hermano gemelo de la arcilla, habla claro de viaje lejano y noticias veraces; no conjetura muda, ni lengua de llama en humo encendida intermitentemente desde la pira de la montaña; sino que su voz dirá más claramente: «Todo está bien», o... pero fuera, presentimientos adversos, ahora, y sobre hermosa promesa venga hermoso cumplimiento. Y quien por el estado ruegue otra cosa, ¡que él mismo coseche la cosecha de su deseo pernicioso!

(Entra el Heraldo.)

HERALDO.— ¡Oh tierra de Argos, tierra patria mía! A ti al fin, bajo el sol del décimo año, regresan mis pies; la barca de mi empresa, aunque una a una se rompieron las anclas de la esperanza, se sostuvo por la última y ahora fondea a salvo aquí. Largo, largo tiempo mi alma desesperó de ganar, en la muerte, su anhelado descanso dentro de nuestra tierra argiva. Y ahora, salud toda, oh tierra, y salud a ti, sol recién surgido, y salud a nuestro Dios de la patria, Zeus de alto dominio, y tú, el señor pitio, cuyas flechas nos hirieron una vez: ¡no hieras más! ¿No se desató plena tu ira sobre nuestras cabezas, oh rey Apolo, junto al Escamandro? Vuélvete, sé vuelto, sé salvador, sanador, ahora. Y salud, todos los dioses que gobernáis la calle y el mercado, y salud, Hermes, mi patrón y mi orgullo, heraldo del cielo y señor de heraldos aquí. Y Héroes, vosotros que nos enviásteis en nuestro camino, a uno y a todos clamo: «¡Recibid de nuevo con gracia a tales argivos como la lanza ha perdonado!» ¡Ah, hogar de la realeza, salones amados, y santuarios solemnes, y dioses que miráis al oriente! Benignos como antaño, con aspecto enrojecido por el sol, recibid al rey que regresa después de muchos días. Pues como de la noche destellan los rayos del día, así de la oscuridad amanece una luz, un rey, sobre vosotros, sobre Argos: Agamenón viene. Entonces saludadlo y recibidlo bien; tal galardón conviene a aquel cuya mano derecha derribó las torres de Troya con la gran hacha de Zeus que endereza el agravio, y golpeó la llanura, la golpeó reduciéndola a la nada, cada altar, cada santuario; y a lo largo y ancho muere de la faz de toda la tierra su bella prole. Tal poderoso yugo de destino puso sobre Troya nuestro señor y monarca, el hijo mayor de Atreo, y llega al fin con dichoso honor a casa; el más alto de todos los que caminan hoy sobre la tierra. Ni Paris ni la ciudad misma que pagó el precio del pecado con él pueden jactarse: «Caiga lo que caiga, el galardón que hemos ganado supera todo aquello». Pero ante el tribunal del Destino el ladrón está condenado de rapiña, y su presa es arrancada de sus manos, y por su acción se cosecha una cosecha sangrienta de su hogar y tierra hundidos en la muerte, y por su culpa y lujuria la raza de su padre paga el doble en el polvo.

CORO.— Salud, heraldo de los griegos, recién llegado de la guerra.

HERALDO.— ¡Salud a todos! Ahora ni la muerte misma puede asustarme.

CORO.— ¿Acaso tu corazón se retorcía de nostalgia por tu tierra?

HERALDO.— Tanto que esta alegría hace que mis ojos se colmen de lágrimas.

CORO.— Entonces también cayó sobre ti esta dulce angustia...

HERALDO.— ¿Cómo dices? Hazme dueño de tu palabra.

CORO.— Tú nos anhelabas a nosotros, que también te añorábamos.

HERALDO.— ¿Deseaba la tierra a quienes la deseábamos, amor por amor?

CORO.— Sí, hasta que mi corazón meditabundo gimió de dolor.

HERALDO.— ¿De dónde viene tu desesperanza, que empaña la alegría del ejército?

CORO.— «El único remedio del mal es el silencio», dice el proverbio.

HERALDO.— Con tus reyes lejos, ¿podías temer a otros hombres?

CORO.— La muerte habría sido dulce, como tú mismo dijiste hace un momento.

HERALDO.— Es cierto; el destino sonríe al fin. A lo largo de nuestro sufrimiento, durante todos estos años, algunas contingencias resultaron favorables, y otras, bien lo sé, estuvieron marcadas por una maldición. Pero ¿quién, en la tierra, ha conquistado la dicha del cielo, una felicidad intacta a través de todo el curso del tiempo? Podría contarte una historia de remos fatigosos, mal descanso, escasos desembarcos en costas sembradas de rocas, todos los dolores, todas las penas, como sino cotidiano. Y peores y más odiosos fueron nuestros males en tierra; pues donde acampamos, junto al muro enemigo, la llanura del río estaba siempre húmeda de rocío, caído del cielo, exudado de la tierra, una maldición que se aferraba a nuestras ropas empapadas, y nuestro pelo se erizaba como la piel de una bestia salvaje. ¿Por qué contar las desgracias del invierno, cuando los pájaros yacían rígidos y tiesos, tan severa era la nieve del Ida? ¿O el ardor del verano, cuando la ola inmóvil se hundía en su sueño bajo el sol del mediodía? ¿Por qué lamentar viejas desgracias? Su dolor ha pasado; y ha pasado, de aquellos que cayeron, toda preocupación, para siempre, de levantarse y vivir de nuevo.

¿Por qué hacer el recuento de la muerte, y dar gracias por la vida lamentándose sobre un destino maligno? ¡Adiós, un largo adiós a todas nuestras desgracias! Para nosotros, el resto de la hueste de Grecia, viene un bien que supera todo contrapeso del mal; así nos jactamos con justicia ante ese sol de allí, como él surcamos lejos el mar y la tierra. «La hueste argiva prevaleció para conquistar Troya, y en los templos de los dioses de Grecia colgó estos despojos, señal resplandeciente para el Tiempo». Que quienes conozcan esta leyenda bendigan como es debido la ciudad y a sus caudillos, y paguen la recompensa de gratitud a Zeus, que quiso y obró la hazaña. Así queda cumplido el relato.

CORO.— Tus palabras vencen mi duda: pues para noticias de bien, el oído de la vejez siempre tiene juventud suficiente. Pero los de dentro, y la propia Clitemnestra, querrían oírlo todo; alegra sus oídos y los míos.

(Entra de nuevo Clitemnestra)

CLITEMNESTRA.— Anoche, cuando por primera vez llegó el mensajero de fuego, en señal de que Troya ha sido tomada y arrasada hasta el suelo, tan salvaje grito de júbilo dieron mis labios que fui reprendida: «¿Acaso la vigía de las hogueras ha asegurado a tu alma el saqueo de Troya? Muy mujer eres tú, cuyo corazón se exalta ligero ante rumores vagabundos». Y con palabras como estas me mostraron cómo me extraviaba, engañada por la esperanza. Sin embargo, sobre cada altar dispuse el sacrificio, y, en el modo que ellos consideraban femenino, fueron heraldos por la ciudad, de aquí para allá, con voz de alto pregón, anunciando alegría; y en cada templo encendieron y apagaron con vino los perfumes especiados que se desvanecían en la llama. Todo está cumplido: te ahorro un relato más largo. El propio rey pronto me lo contará todo.

Queda pensar qué honor puede mejor recibir a mi señor, la majestad de Argos, de regreso a casa. ¿Qué día alumbra más hermoso ante los ojos de una mujer que este, en el que abre de par en par el portal para saludar a su señor, protegido por el cielo, de vuelta de la guerra? Esto a mi esposo: que no se demore, sino que convierta la añoranza de la ciudad en júbilo. Sí, que venga, y al venir que encuentre una esposa no distinta de la que dejó, fiel y leal como un perro guardián para su hogar, enemiga de sus enemigos, en todos sus deberes fiel, digna de confianza para guardar durante diez largos años intacto el tesoro sobre el que él puso su sello de dueño. Que el acero se tiña profundamente, antes de que esperéis ver mala alegría, mala fama, de otro hombre, en mí.

HERALDO.— Está bien dicho: así habla una dama noble, y no habla mal cuando la verdad informa la jactancia.

(Sale Clitemnestra)

CORO.— Así ha hablado ella... quede en vosotros aprender, por intérpretes claros, su especiosa palabra. Vuélvete hacia mí, heraldo; dime si pronto viene el segundo señor, tan amado, de Argos. ¿Ha venido Menelao a salvo contigo?

HERALDO.— ¡Ay! Breve don sería para mis amigos adularlos, en lugar de verdad, con falsedades halagüeñas.

CORO.— Habla de alegría, si la verdad es alegre, pero verdad, en el peor caso... Demasiado claramente, verdad y alegría están aquí divorciadas.

HERALDO.— El héroe y su nave fueron arrebatados lejos de la flota griega. Es verdad lo que digo.

CORO.— ¿Acaso partió de Ilión a la vista de todos, o fue arrancado de la flota por el rigor del temporal?

HERALDO.— En pleno blanco tu flecha de palabra da en el centro, y una sola palabra breve ha relatado largos males con justeza.

CORO.— Pero dime, ¿qué dicen ahora de él cada uno de sus compañeros? ¿Cuáles son sus presentimientos, sobre su vida o su muerte?

HERALDO.— No me preguntes más: la verdad no la conoce nadie, salvo el Sol, que nutre la tierra y todo lo contempla.

CORO.— Dime, ¿por qué condena fue empujada la flota de Grecia? ¿Cómo se alzó, cómo se hundió la tormenta, la ira del cielo?

HERALDO.— No, mal estaría empañar con relato de tristeza el día de noticias dichosas. Los dioses reclaman acción de gracias separada de la angustia. Si uno como heraldo viniera con rostro afligido para decir: «La maldición ha caído, y la hueste se ha hundido en la muerte; y una sola herida ancha ha alcanzado el corazón de la ciudad, y de muchos hogares muchos han sido expulsados y consagrados a la muerte, bajo el doble azote que Ares ama, la pareja sangrienta, el fuego y la espada del destino»... si tal carga dolorosa pesara sobre mi lengua, sería apropiado pronunciar palabras como las que alegran a los demonios. Pero... viniendo como viene quien trae noticias de retorno seguro de la fatiga, y de resultados favorables, a hombres que se regocijan en un bien restaurado... ¿me atrevo a mezclar buenas palabras con malas, y decir cómo la ira de los dioses golpeó a los griegos en tormenta? Pues el fuego y el mar, que antes mantenían amarga enemistad, ahora juraron conspiración y empeñaron su fe, devastando a los argivos agotados por el esfuerzo y la guerra. La noche y el gran horror de la ola creciente cayeron sobre nosotros, y los vendavales que soplan desde Tracia chocaron nave con nave, y algunas con proa que se hundía a través de ráfagas arrastradas de rocío y tormenta furiosa desaparecieron, como rebaños dispersados por algún mal pastor. Y cuando al fin el sol se alzó brillante, vimos el campo marino del Egeo salpicado de flores de muerte, cadáveres de hombres griegos y cascos destrozados. Pues para nosotros, en verdad, algún dios, según creo bien, ningún poder humano, puso su mano sobre nuestro timón, nos arrebató o nos rogó a los poderes del aire, y trajo nuestra barca entera, con el casco intacto. Y la Fortuna salvadora se sentó y nos guió bien, de modo que ninguna ola nos engullera en las profundidades de la salmuera, ni moliera nuestra quilla contra una costa rocosa.

Así escapamos de la muerte que acecha bajo el mar, pero, bajo la luz blanca del día, desconfiados todos de la sonrisa de la fortuna, nos sentamos y meditamos profundamente, pastores desolados de pensamientos que vagaban errantes, sobre esta nueva desgracia; pues golpeada fue nuestra hueste, y perdida como cenizas esparcidas de la pira. De los cuales, si alguno aún respira, estad bien seguros, piensa en nosotros como muertos, como nosotros de él no presagiamos otro destino. Pero que el cielo los salve a todos. Si Menelao vive, no tardará, sino que seguramente vendrá. Por tanto, si en algún lugar el rayo del sol en lo alto lo descubre sobre la tierra, preservado por Zeus, que aún no quiere aniquilar su estirpe, aún hay esperanza de que pueda regresar a casa. Basta... has oído la verdad hasta el final.

CORO.— Dime, ¿de qué labios cayó el presagio? ¿Quién leyó el futuro demasiado bien, y la nombró, en su hora natal, Helena, la novia con la guerra por dote? Fue uno de los Invisibles, guiando su lengua con poder profético. Sobre la flota, y la hueste, y la ciudadela, la guerra, surgida de ella, y la muerte se cernieron, cuando desde el velo fino del lecho nupcial ella desplegó su vela al Céfiro.

Sopló fuerte la brisa... la ola se cerró sobre la estela abierta de quilla y remo, pero mientras ella huía, avanzó a toda marcha, pegada a su estela, una muchedumbre poderosa... sedientos de sangre, sedientos de guerra, hacia adelante en feroz persecución se lanzaron, y luego saltaron a la orilla del Simois, entre los bosquecillos frondosos... no guardabosques eran, ni del campo, sino cazadores de la espada y el escudo.

Los celos del cielo, que obran su voluntad, enviaron así sobre Troya su mal destinado, bien nombrada, a la vez, Novia y Ruina; y resonó alto el himno nupcial; pero aquellos a quienes correspondió ese canto pronto volvieron de nuevo a las lágrimas; Zeus tarda, pero aún venga el agravio del esposo, la mancha del hogar. Él, el señor del hogar, no tolera ver su hospitalidad ultrajada.

Ahora mismo, y en tono muy distinto, Troya entona su canto fúnebre de poderoso gemido: «¡Ay de París, ay y odio! Que cortejó la perdición de su país como esposa». Este es el peso del gemido, con el que ella llora desconsolada la sangre que tantos de los suyos han derramado en vano para defender su destino. ¡Troya! Has alimentado y dejado vagar libre un cachorro de león dentro de tu hogar.

Una criatura lactante, recién apartada de la teta materna, aún plenamente deseosa de cuidados de crianza; y a menudo acariciada, entre los brazos, sobre el pecho, tal como un niño, ha yacido; o menea la cola y lame, apremiada por el hambre, la mano que calmará su dolor; en el alba joven de la vida, huésped muy amado, un mimado para el juego de los niños, una alegría para los ancianos y los grises.

Pero el tiempo que crece y el crecimiento traicionan la sed de sangre de la raza del león, y, por el cuidado protector de la casa, sin que nadie lo invite, allí se solaza, y paga sangrienta recompensa... carne desgarrada de presa, sus garras desgastan: una bestia poderosa, que mata y mata, y mancha con sangre la casa bella, una peste invencible enviada por Dios, un ministro del destino y del infierno.

Así a la ciudad de Ilión vino furtivamente un espíritu como de mares y cielos sin viento, un fantasma gentil de alegría y riqueza, con suaves flechas del amor disparadas desde sus ojos... rosa del amor, cuya espina atraviesa el alma de modo sutil.

¡Ay, bien al día! El lecho nupcial amargo, cuando la bella desgracia yacía al lado de París. ¡Qué maldición sobre palacio y pueblo corrió con ella, la Furia enviada contra el orgullo de Príamo, por Zeus airado! ¡Cuántas lágrimas de muchas novias viudas!

Hace mucho, mucho tiempo fue contado esto a los mortales, cómo la dulce seguridad y el estado dichoso tienen maldiciones por hijos... así lo sostienen los hombres... y para el hombre de destino demasiado próspero brota de semilla amarga alguna desgracia insaciable.

Solo, solo, yo opino muy distinto; no es la dicha ni la riqueza, sino la acción impía, de donde surge ese crecimiento posterior del mal. La desgracia brota del mal, la planta es como la semilla... mientras la Rectitud, en la casa del honor, engendra su propia semejanza.

Alguna impiedad pasada, algún crimen gris y viejo, engendra la maldición joven, que se revuelca en nuestro mal, temprano o tarde, cuando llega el tiempo señalado... y de la luz trae poder de tinieblas todavía, un demonio-amo, un enemigo, invisible, invencible;

un orgullo maldito, que se cierne sobre la estirpe y el hogar en que Ate oscura ejerce su dominio... hijo del Pecado e hijo del Dolor, que lleva el rostro de sus padres; mientras la Rectitud en establos ahumados brilla clara como el día, y adorna con bien su vida, quien camina el sendero justo.

De salones dorados, que manos contaminadas levantan, la Rectitud se aparta con ojos orgullosos y apartados, y de la riqueza, que los hombres de manera errada marcan con elogios, indiferente, a templos más pobres, más santos, se encamina, y guía todo hacia la meta del Destino, de la manera señalada.

Salud a ti, jefe de la estirpe de Atreo, que regresas orgulloso de Troya sometida. ¿Cómo he de saludar tu rostro conquistador? ¿Cómo no imponer un elogio excesivo, ni escatimar la recompensa de gratitud? Pues los hombres mortales que caen en desgracia prestan poca atención a la verdad abierta, sino que buscan aún su apariencia: la muestra de llanto y de compasión a quien está desolado todos los hombres la ofrecen, pero, del dolor que sus ojos despliegan, nada atraviesa el camino hacia el corazón. Y, con los jubilosos, engañan sus labios con una sonrisa fingida, y fuerzan una alegría, no sentida entretanto; pero quien como pastor sabio conoce su rebaño, nunca puede leer mal la verdad en la falsedad de sus ojos, que vela bajo apariencia bondadosa un amor tibio en los hechos. Y tú, nuestro caudillo... cuando antaño ordenaste a Grecia partir a la guerra por causa de Helena... me atrevo a declarar que entonces no te tenía como ahora; que a mi visión parecías teñido en los tintes del desdén. Te tenía por piloto torpe, e imprudente, por tu propia voluntad, dotando a otros condenados a morir con audacia vana y forzada. Ahora desde mi corazón, sin reservas, a quienes llevaron a cabo la obra, sea dicha esta palabra: «Bien caiga el trabajo que habéis cumplido». Que el tiempo y la indagación, oh rey, declaren qué hombres dentro de los confines de tu ciudad fueron leales al cuidado del reino, y quiénes resultaron desleales.

(Entra Agamenón en un carro, acompañado por Casandra. Habla sin descender.)

AGAMENÓN.— Primero, como es debido, sea dicho el saludo real a Argos y a los dioses que guardan esta tierra, dioses que junto a mí lograron llevarnos de vuelta a casa, que junto a mí lograron arrancar de la ciudad de Príamo lo que la justicia exigía. En el tribunal del cielo se sentaron los dioses en asamblea y juzgaron la causa, no por lengua de abogado alguno, y al final, unánimes, en la urna del destino pronunciaron esta sentencia: «Sobre Ilión y sus hombres, muerte», y donde la esperanza se acercó a la urna del perdón, no hubo mano que echara en ella voto alguno. Y todavía el humo de Ilión caída se alza a la vista de todos, y la llama del holocausto de Ate vive aún, y donde las torres se hunden en cenizas polvorientas se elevan los ricos vapores de la pompa y la riqueza consumidas. Por esto deben todos pagar a los dioses la recompensa de corazones agradecidos y memorioso

(Salen todos excepto Casandra y el Coro.)

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