Parte 4Las coéforas: Orestes vuelve a Argos
LAS COÉFORAS
PERSONAJES
ORESTES CORO DE MUJERES CAUTIVAS ELECTRA UNA NODRIZA CLITEMNESTRA EGISTO UN SERVIDOR PÍLADES
(La escena es la tumba de Agamenón en Micenas; después, el palacio de Atreo, junto a la tumba.)
(Orestes)
ORESTES.— Señor de las sombras y patrón del reino que antaño gobernó mi padre, escucha ahora mi plegaria, Hermes, y sálvame con tu brazo protector, a mí que regreso del destierro y me alzo sobre esta mi tierra patria; mira, mi pie se posa sobre este túmulo sepulcral, y como heraldo, cual tú mismo, una y otra vez llamo a mi padre para que me oiga. Y traigo estas dos guedejas, cortadas de mi cabeza: una la consagro a Ínaco, el dios del río que nutrió mi juventud, y la otra, en señal de duelo inconcluso, la deposito, aunque tarde, sobre la tumba de mi padre. Porque oh padre mío, no estuve yo junto a tu cadáver para llorar tu muerte, ni extendí mi mano para llevarte a la sepultura.
¿Qué visión es esa? ¿Qué es este tropel de mujeres que se acerca, manifiestas como plañideras por su atuendo sombrío? ¿Qué ha ocurrido? ¿Acaso sucede alguna nueva desgracia dentro de la casa? ¿O puedo pensar con razón que se aproximan portando libaciones, de esas que apaciguan la ira de los muertos encoléricos, hacia la tumba de mi padre? No, así son en verdad; pues distingo a Electra, mi propia hermana, que camina hacia aquí, conspicua en su aflicción taciturna. Concede, oh Zeus, concédeme vengar el asesinato de mi padre. ¡Sé tú mi campeón propicio! Pílades, apartémonos hasta que discierna correctamente por qué estas mujeres acuden en súplica.
(Salen Pílades y Orestes; entra el Coro portando vasijas para libación; Electra las sigue; avanzan lentamente hacia la tumba de Agamenón.)
CORO.— Desde los salones reales, por alto mandato, traigo libaciones para el muerto. Resuena sobre mi pecho golpeado mi mano que golpea, y toda mi mejilla está rasgada y enrojecida, recién surcada por mis uñas, y toda mi alma desde hace muchos días se alimenta de gritos de dolor. Y jirones colgantes de mi vestido, en harapos rotos y agujereados, lamentables, penden desgarrados en torno a mi pecho, tal como yo misma, por golpes del Destino más severo, entristecida y desgarrada.
Oracular a través de visiones, espantosamente claras, trayendo un soplo de cólera desde los reinos de abajo, y erizando cada cabello que se levanta con pavor, salió de la tierra de los sueños el Miedo, y, alto y terrible, hizo que el alarido resonara en la hora hechizada de medianoche, y se cernió, severo de aflicción, sobre la casa interior, el aposento de las mujeres. Y videntes inspirados interpretaron el sueño bajo juramento, cantando en voz alta: «En los reinos de abajo los muertos están airados; contra sus asesinos su ira aún resplandece».
Por eso, para llevar este don de valor ingrato —oh Tierra, madre que me amamanta— me envía la mujer maldita por los dioses, no sea que un crimen traiga otro. Malo es hasta pronunciar la palabra, pues nadie puede rescatar o expiar la sangre una vez derramada y oscureciendo la llanura. Oh hogar de desdicha y ruina, oh estado que yace abatido. Sin sol, malditas por los hombres, las sombras se ciernen sobre la morada de la majestad asesinada.
El rumor de poder, incuestionado, indomado, que penetra oídos y alma de hombres menores, ahora está callado y muerto. Mas reina un pavor más vil; pues la dicha y el poder, como quiera que se alcancen, cual dioses, y más que dioses, deslumbran nuestra mirada mortal.
La Justicia marca, con balanzas que oscilan velozmente, a algunos que aún están en la luz; otros en el intervalo entre día y noche, hasta que el Destino los despierte, aguardan; y algunos están envueltos en la noche, donde todo se deshace.
Sobre el regazo vivificante de la Tierra ha manado sangre; y ahora, semilla de venganza, coagula la llanura: indisoluble, imborrable la mancha. Y Ate tarda mucho, pero al final el corazón del pecador es arrojado a dolores penetrantes, crecientes.
Mira, cuando la fuerza del hombre abre las puertas virginales, no hay cura ni esperanza para lo que se pierde; del mismo modo, pienso, aunque en un solo cauce corriera toda corriente de la Tierra lavando la mano manchada por la mancha del asesinato, sería en vano.
Y sobre mí —¡ay de mí!— los dioses han impuesto la desgracia que envolvió a Troya, cuando me condujeron lejos del hogar y los míos a la servidumbre de un esclavo: el sino de inclinar la cabeza y observar la voluntad de nuestro amo obrar actos buenos y malos, contemplar el dominio arrollador de la fuerza y el pecado, y mantener refrenado el odio amargo del espíritu, lamentando el destino infructuoso del monarca, ocultando mi rostro en mi manto, ávida de lágrimas y helada por la escarcha del dolor oculto.
ELECTRA.— Servidoras, ordenadoras de los salones del palacio, ya que a mi lado venís, séquito suplicante, compañeras de esta ofrenda, aconsejadme lo que mejor convenga al momento: pues yo, que vierto sobre la tumba estas corrientes funerarias, ¿con qué palabra justa puedo invocar a mi padre? ¿Debo afirmar: «He aquí, traigo estos dones de esposa bien amada para su bien amado señor», cuando vienen de ella, mi madre? No me atrevo a decirlo: me faltan todas las palabras con las que consagrar a mi padre estos honores sacrificiales sobre su tumba. ¿O debo pronunciar esta palabra, como acostumbran los mortales: «Dad a quienes envían estas coronas plena recompensa, males por actos malignos»? ¿O he de verter este brebaje para que lo beba la Tierra, sin palabra ni reverencia, como mi padre fue asesinado, y regresar a casa con ojos sin volver atrás, arrojando la copa, como quien arroja las limpiezas del hogar al camino común? Sed arte y parte, oh amigas, en esta mi duda, tal como lo sois en ese odio común mediante el cual vivimos asistidas: no temáis la cólera de hombre alguno, ni ocultéis vuestra palabra en vuestro pecho: el día de muerte y perdición aguarda por igual al hombre libre y al esclavo. Hablad, pues, si sabéis algo que nos ayude más.
CORO.— Me lo pides; hablaré el pensamiento de mi alma, venerando como santuario la tumba de tu padre.
ELECTRA.— Di entonces tu pensamiento, como veneras su sepulcro.
CORO.— Pronuncia palabras solemnes hacia quienes aman, y vierte.
ELECTRA.— ¿Y a quién de sus parientes me atrevo a nombrar como afectuoso?
CORO.— A ti misma; y luego, a quien quiera que Egisto desprecie.
ELECTRA.— ¿Entonces debo nombrar en mi plegaria a mí misma y a ti?
CORO.— Quienes sean, te toca a ti saberlo y nombrarlos.
ELECTRA.— ¿No hay otro a quien podamos reclamar como nuestro?
CORO.— Piensa en Orestes, aunque esté lejos.
ELECTRA.— Muy bien también en esto has instruido mi pensamiento.
CORO.— Con memoria, luego, sobre quienes derramaron la sangre...
ELECTRA.— ¿Rogar sobre ellos qué? Explica, instruye mi duda.
CORO.— Esto: «Que sobre ellos venga algún dios o mortal»...
ELECTRA.— ¿Como juez o como vengador? Habla tu pensamiento.
CORO.— Ruega en términos precisos: «Que quien mate al matador».
ELECTRA.— ¿Conviene pedir tal merced al cielo?
CORO.— ¿Cómo no, para vengar un agravio contra un enemigo?
ELECTRA.— Oh poderoso Hermes, guardián de las sombras, heraldo del mundo superior e inferior, proclama y haz descender la apelación de mi plegaria a los dioses de abajo, para que con ojos vigilantes contemplen estos salones, antaño de mi padre, y a la Tierra, madre de todas las cosas, y nodriza, y vientre que recibe su semilla.
Mira, yo que vierto estos brebajes para hombres ahora muertos, invoco a mi padre, que aún tiene piedad de mí y de mi propio Orestes: «Padre, habla: ¿cómo gobernarán tus hijos de nuevo tus salones? Sin hogar estamos y vendidos; y quien nos vendió es quien nos dio a luz; y el precio que tomó es quien se unió a ella para obrar tu muerte, Egisto, su nuevo señor. Mírame aquí reducida a condición de esclava, y lejos vaga Orestes, desterrado de la riqueza que fue tuya, del fruto de tu esfuerzo, sobre el cual estos se regocijan en vergonzosa alegría. Padre, mi plegaria está dicha; te toca oírla. Concede que algún destino propicio traiga a Orestes de regreso, y a mí concédeme estas cosas: un alma más pura que la de mi madre, una mano más inmaculada».
Estas son mis plegarias por nosotros; por ti, oh padre, clamo que uno pueda venir a herir a tus enemigos, y que los asesinos puedan a su vez ser asesinados. Maldita es su plegaria, y así bloqueo su camino, rogando la mía propia, una contra-maldición sobre ellos. Y tú, envíanos la justa merced por la que rogamos: que tus auxilios sean el cielo y la tierra, y que la justicia guíe el derecho hacia la victoria.
(A las mujeres del Coro.)
Así he rogado, y así vierto estas corrientes. Y vosotras seguid la costumbre, y como con flores coronad con muchas lágrimas y cantad el lamento, que vuestros labios resuenen sobre la tumba del muerto.
(Derrama las libaciones.)
CORO.— ¡Ay, ay, ay! Que caiga la lágrima, salpicando el suelo donde yace nuestro señor: cae y lava la mancha de la libación maldita, derramada sobre este túmulo, dentro del cual están encerrados juntos dones de bien o de mal que se obtienen de los muertos. ¡Señor de Argos, escucha! Aunque te rodee la bruma de la muerte y el inframundo, levántate y escucha. ¡Escucha y despierta ante nuestro grito de dolor! ¿Quién liberará nuestra casa con el poder de la lanza? ¿Quién como Ares tensará hasta hacerlo vibrar, tensará el arco septentrional? ¿Quién con la mano sobre la empuñadura se lanzará él mismo con la espada, se lanzará y matará y salvará?
ELECTRA.— ¡Mirad! La tierra las bebe, pasan a mi padre. Aprended conmigo de esto que es nuevo y extraño.
CORO.— Habla tú; mi pecho palpita de temor.
ELECTRA.— Veo sobre la tumba un rizo recién cortado.
CORO.— ¿Cortado de qué hombre o de qué doncella de cintura ceñida?
ELECTRA.— Eso puede adivinarlo quien quiera; la señal es clara.
CORO.— Deja que aprenda esto de ti; que la juventud instruya a la vejez.
ELECTRA.— No hay aquí nadie más que yo para cortar tal ofrenda.
CORO.— Pues quienes así deberían llorarlo lo odian con fuerza.
ELECTRA.— ¡Y mirad! En verdad el cabello es sumamente parecido...
CORO.— ¿Parecido a qué rizos y de quién? Instrúyeme en eso.
ELECTRA.— Parecido a los que llevan los hijos de mi padre.
CORO.— ¿Entonces es este rizo una ofrenda secreta de Orestes?
ELECTRA.— Muy semejante es a los rizos que él llevaba.
CORO.— Pero ¿cómo se atrevió a venir a su hogar?
ELECTRA.— Solo lo ha enviado, cortado para llorar a su padre.
CORO.— Es un dolor tan grave como su muerte el que él viva y nunca se atreva a volver.
ELECTRA.— Sí, y mi corazón se desborda con la hiel del dolor, y estoy traspasada como por un dardo que raja; como las primeras gotas tras la sequía, mis lágrimas caen a voluntad, una amarga marea que estalla, al contemplar este rizo; no puedo pensar que ningún argivo salvo el propio Orestes haya sido jamás dueño de él; ni, bien lo sé, ella, la asesina, lo haya cortado y depositado este rizo para llorar a quien mató —mi madre ella, que no lleva corazón de madre, sino para su estirpe un espíritu aborrecible, aborrecido por el mismo cielo. Pero afirmar, como completamente seguro, que este adorno viene de la mano de mi Orestes, hermano de mi alma, no puedo aventurarme, ¡aunque la esperanza halaga dulcemente! ¡Ay, infortunio, que este cabello mudo tuviera voz para alegrar mis oídos, como un mensajero, ordenándome no vacilar más entre el miedo y la esperanza, mandando claramente: «Arrójame lejos, fui cortado de una cabeza que no amas»; o: «Soy de tu sangre, y aquí, como tú, vengo a llorar y adornar la tumba de nuestro padre». ¡Ayudadme, oh dioses! Pues bien sabéis cómo en el vendaval y el contravendaval de la duda, como la barca del marinero, giramos y nos extraviamos. Pero si Dios quiere nuestra vida, ¡cuán fuerte brotará, de semilla tan pequeña, el nuevo árbol de nuestra casa! Mirad, una segunda señal —estas huellas, ved—, parecidas a las mías, una huella que corresponde; y mirad, otra pisada —esta la suya propia, y aquella el pie de uno que caminó con él. Observad cómo la huella del talón y los tendones se combinan, medidas exactamente, coincidentes con las mías. ¡Ay! Pues la duda y la angustia atormentan mi mente.
ORESTES (acercándose súbitamente).— Ruega tú, en gratitud por las plegarias cumplidas: «Que buena fortuna caiga sobre el resto de lo que pido al cielo».
ELECTRA.— ¿Por qué? ¿Qué obtengo de los dioses mediante la plegaria?
ORESTES.— Esto: que tus ojos contemplen el deseo de tu corazón.
ELECTRA.— ¿A cuál de los mortales sabes que invoco?
ORESTES.— Sé que tu anhelo por Orestes es profundo.
ELECTRA.— Di entonces, ¿en qué acontecimiento ha coronado mi plegaria?
ORESTES.— Yo, yo soy él; no busques a nadie más cercano.
ELECTRA.— ¿Algún engaño, oh extranjero, tramas contra mí?
ORESTES.— Contra mí mismo lo tejo, si es que lo tejo.
ELECTRA.— ¡Ah, tienes intención de burlarte de mí en mi dolor!
ORESTES.— Entonces me burlo del mío, si me burlo del tuyo.
ELECTRA.— ¿Hablo contigo entonces como si fueras el propio Orestes?
ORESTES.— Mi mismo rostro ves y no me reconoces, y sin embargo hace poco, cuando viste el rizo cortado para la tumba de mi padre, y cuando tu búsqueda era ansiosa sobre las huellas que había dejado, yo mismo, tu hermano, con tu misma forma y tamaño, hice temblar tu espíritu, ¡como al verme! Coloca ahora este rizo de donde fue cortado, y juzga, y mira este manto, obra de tus propias manos, las marcas del telar, la criatura bordada en él. Contente, y no pierdas la prudencia en la alegría, pues bien sé que nuestros parientes son menos que bondadosos.
ELECTRA.— ¡Oh tú que eres para el hogar de nuestro padre amor, dolor y esperanza, por ti corrieron las lágrimas, por ti, el hijo, el salvador que debía ser! Confía en tu brazo y conquista las salas de tu padre. ¡Oh aspecto dulce de cuádruple amor para mí, a quien la constricción del corazón me obliga a invocar como a mi padre, y la exigencia de amor que de mí iba hacia mi madre se vuelve hacia ti, pues ella es puro odio; hacia ti también se vuelve lo que de mi corazón salió hacia la que murió con muerte despiadada sobre la piedra del altar; y por mí misma te amo —a ti que fuiste un hermano leal, único sostén de amor para mí. Ahora estén a tu lado la fuerza y la justicia, y Zeus Salvador todopoderoso, que se alce para ayudar a ambos.
ORESTES.— ¡Zeus, Zeus! Mira nuestra condición y a nosotros, la prole huérfana de él, nuestro padre águila, a quien una terrible serpiente llevó a la muerte enroscándolo en sus anillos; y nosotros, privados y sin alimento, nos hundimos de hambre, demasiado débiles para llevar al nido, como él llevaba, la presa que mataba. ¡Mira! Yo y ella, Electra, estamos ante ti, sin padre, y cada uno igualmente expulsado y hecho sin hogar.
ELECTRA.— Y si abandonas a la muerte a la prole de aquel cuyo altar ardió para ti, cuya reverencia fue tuya, toda tuya, ¿de dónde, en los años venideros, mano alguna como la suya adornará tu santuario con sacrificio de carne? Si las aguiluchos son matados, no tendrías un mensajero que lleve tus presagios, antes tan claros, a los hombres mortales; así, si este linaje real se marchita del todo, nadie en las altas festividades cuidará tu altar. ¡Dígnate elevarnos! Fuerte se mostrará la estirpe, aunque ahora parezca insignificante y caída en lo bajo.
CORO.— ¡Oh hijos, salvadores del hogar de vuestro padre, cuidaos de vuestras palabras, no sea que alguien oiga y las lleve, pues la lengua tiene ansias de contar, a nuestros amos —a quienes Dios me conceda ver en el humoso resplandor de la llama funeraria!
ORESTES.— No, poderoso es el oráculo de Apolo y no me fallará, él que me ordenó atravesar todo este peligro; clara resonó la voz con muchas advertencias, amenazando severamente a mi ardiente corazón con el frío invernal del dolor, a menos que sobre los asesinos de mi padre presionara en busca de venganza: esta la orden del dios, que yo, encolerizado por el hogar y la riqueza despojados, debía con una astucia como la de ellos matar a los asesinos; de lo contrario con mi propia vida expiaría esta acción no realizada, de muchas formas espantosas. Pues proclamó a los oídos de los hombres que las ofrendas, derramadas ante el poder airado de la muerte, exudan de nuevo, a menos que se cumpla su voluntad, como enfermedad siniestra sobre quienes las derramaron —como úlceras leprosas que suben por la carne y con colmillos crueles corroen lo que antaño llevaba forma natural; y sobre la frente surgen cabellos blancos envenenados, corona de esta enfermedad. Habló además de espíritus atacantes capacitados para vengarse en mí de la sangre de mi padre, ejerciendo su ira sobre mí, cuando en la noche bajo párpados cerrados el ojo del espíritu ve con claridad. El dardo que vuela en la oscuridad, enviado desde el infierno por espíritus de los muertos asesinados que llaman a sus parientes para venganza, el miedo sin forma, el visitante de la noche, y la maldición de la locura debían perseguirme y atormentarme; y mi cuerpo torturado debía ser expulsado de la comunidad de los hombres como con los escorpiones de bronce del azote. Para mí y los como yo ninguna vasija lustral debía alzarse, ningún derramamiento de vino ser vertido a Dios por mí, y la ira invisible de mi padre muerto debía expulsarme del santuario; ningún hombre debía atreverse a llevarme a su hogar, ni morar conmigo: lento, sin amigos, maldito por todos debía ser mi final, y piedad implacable enrollarme para la tumba. Esto habló el dios —¿esto me atrevo a desobedecer? Sí, aunque me atreviera, la acción debe igualmente cumplirse; pues a ese fin diversos deseos se combinan —el mandato del dios, profundo dolor por quien murió, y por último, el penoso vacío de la riqueza despojada—, todo esto pesa sobre mí, urge que los hombres argivos, servidores del valor, que con alma de fuego hicieron de Troya amurallada un montón ruinoso, no sean dejados esclavos de dos que son cada uno una mujer. Pues él, el hombre, lleva corazón de mujer; si no, pronto lo sabrá, confrontado por un hombre.
[Orestes, Electra y el Coro se reúnen alrededor de la tumba de Agamenón para la invocación que sigue]
CORO.— ¡Poderosas Moiras, a vosotras clamamos! ¡Ordene la voluntad de Zeus dar poder a aquellos a quienes de nuevo se vuelve la Justicia con su mano y su ayuda! Grave fue la súplica pronunciada: ¡grave debe caer la respuesta! Donde se ha fijado el destino poderoso, la Justicia reclama en voz alta su deuda. Quien hundió el acero en la sangre, profundo en sangre sentirá su paga. Escuchad una palabra inmemorial: «El que tome la espada perecerá por la espada».
ORESTES.— Padre, desdichado en tu muerte, ¡oh padre mío! ¿Qué soplo de palabra o acto puedo enviarte desde esta lejana frontera hasta tu humilde lecho, enviarte a ti que yaces en medio de las tinieblas, el contrarresplandor de fuego de la esperanza? Sin embargo, el dirge estruendoso de alabanza trae gracia imperecedera a todo padre que ha partido.
CORO.— Oh hijo, el espíritu del muerto, aunque sobre su carne hayan devorado los crueles dientes de la llama, no queda aplastado; después de muchos días el aguijón de la ira levantará su alma para reclamar venganza. Al muerto resuena fuerte nuestro clamor: manifiesta es la traición de los vivos; hinchándose, agudizándose, alzándose en lo alto, el vengativo dirge por los padres asesinados luchará y alcanzará su meta.
ELECTRA.— ¡Escúchame también a mí, padre, escúchame! No por un solo hijo se derraman estos gemidos, estas lágrimas sobre tu sepulcro. Cada uno, cada uno, donde yaces humillado, está de pie, un suplicante, privado de hogar: ¡ah, y todo está lleno de mal, no hay consuelo que pueda decirse! Por mucho que luchemos y nos debatamos, permanece en pie el destino invencible.
CORO.— No, si así lo quiere, el dios aún puede convertir nuestras lágrimas en gozo. Puede ordenar que una oda de triunfo ahogue el dirge junto a esta urna; puede saludar en los regios palacios al hijo restituido, los pasos guiados de vuelta a casa.
ORESTES.— ¡Ah padre mío! Si hubieras caído bajo el muro de Ilión, abatido por algún lancero licio, habrías dejado en este tu palacio honor; habrías forjado para nosotros fama y vida gloriosas. Si hubieras muerto más allá de los mares, pesada habría estado tu tumba, amontonada en lo alto; pero, extinguido en orgullo, ligero sería el dolor para tu hogar.
CORO.— Amado y honrado habrías yacido junto a los muertos que cayeron noblemente. En el mundo inferior, de nuevo, donde están entronizados los reyes del infierno, lleno de poder adorable habrías permanecido a su mano derecha: tú que fuiste, en tierra mortal, por ordenanza y ley del Destino, rey de reyes que portan la corona y el cetro, ante el cual en temor los hombres mortales se inclinan.
ELECTRA.— No, oh padre, yo hubiera preferido que otro destino hubiera caído sobre ti. Mal estaría si hubieras yacido entre los caídos comunes, abatido junto a la ribera del Escamandro. Aquellos que te mataron deberían estar allí. Entonces, intocados por la esclavitud, habríamos oído como desde lejos de muertes de aquellos que debían haber muerto en medio del azar de la guerra.
CORO.— ¡Oh hija, cesa! ¡Hablas de cosas demasiado altas! Fácil, pero vana, tu súplica. Un don por encima de todo oro es lo que ruegan, un destino inalcanzable, como el de la tierra bendita que yace lejos, más allá del viento del norte. Sin embargo, vuestra doble plegaria resuena como fuerte reproche; un doble azote de suspiros despierta a los muertos; los vengadores se levantan, aunque tarde; la sangre mancha el orgullo culpable de los malditos que gobiernan en la tierra, y el Destino está del lado de los hijos.
ELECTRA.— ¡Eso ha atravesado mi oído como una flecha del arco! ¡Zeus, Zeus! Eres tú quien envías desde abajo un destino sobre el ejecutor desesperado: antes de mucho, un padre visitará su agravio sobre una madre.
CORO.— Sea mío alzar a través del humo de la pira el canto de deleite, mientras el fuego funerario devora el cadáver de un hombre asesinado y una mujer abatida. Pues ¿quién me ordena ocultarlo? ¡Desgarrando todo control, sopla siempre el severo vendaval del odio a través de mi alma, y ante mí una visión de ira y de ruina revolotea y ondea de aquí para allá!
ORESTES.— Zeus, tú solo eres ahora nuestro padre. Golpea con un golpe desgarrador sobre sus cabezas, y ordena que la tierra esté bien; pon lo correcto donde lo equivocado ha estado; y tú, oh Tierra, escucha mi plegaria: sí, escucha, oh madre Tierra, y monarquía del infierno.
CORO.— No, la ley está severamente fijada: gotas de sangre derramadas sobre el suelo reclaman más derramamiento de sangre todavía; fuerte resuena el llamado de la muerte, invocando la culpa de tiempos antiguos, una Furia, coronando crimen con crimen.
ELECTRA.— ¿Dónde, dónde estáis, poderes vengadores, poderosas Furias de los asesinados? ¡Contemplad las reliquias de la raza de Atreo, arrojadas de su lugar de orgullo! Oh Zeus, ¿qué hogar es el nuestro en adelante, qué refugio alcanzar?
CORO.— Mira, ante vuestro lamento late mi corazón, salvajemente agitado. Ahora estoy desolado de tristeza, oscurecido en toda mi alma, al oír la palabra de vuestro dolor. Pronto me alzo hacia la esperanza, asiento de la fuerza: ella, apartando el pesar, eleva mis ojos hacia la nueva aurora de la alegría.
ORESTES.— ¿Acaso sirve relatar algo salvo agravio tras agravio, forjado por el acto de nuestra madre? Aunque ahora ella adule pidiendo perdón, firme y severa permanece nuestra ira, y no escuchará ni atenderá; el alma de sus hijos es lobuna, nacida de la suya, y no se ablanda con plegarias.
CORO.— Golpeé sobre mi pecho el golpe que conocen las mujeres dolientes de Asia; brota de mi pecho el grito funerario, la melodía de lamento cisia; extendidas desgarradoramente, para romper y despedazar, mis manos crispadas vagan, aquí y allá, de la cabeza al pecho; trastornadas con golpes, palpitan vertiginosamente mis sienes.
ELECTRA.— ¡Sin temor en el odio, oh madre, severamente audaz! Como en la tumba de un enemigo pusiste en tierra a un rey, pero al féretro ningún ciudadano se acercó: tu esposo, el tuyo, y sin embargo por sus exequias no ordenaste que surgiera lamento alguno.
ORESTES.— ¡Ay del vergonzoso entierro del que hablas! Sin embargo, yo vengaré la afrenta de su deshonra: ¡eso ordenan los dioses! ¡Eso logrará mi mano! Concédeme arrancar su vida, y yo me atreveré a morir.
CORO.— ¡Escucha el hecho! Derribado y vilmente mutilado, fue llevado a la tumba; sí, por su mano, la que obró el acto, con igual deshonra fue llevado a la sepultura, y por su mano ella se esforzó, con fuerte deseo, en aplastar tu vida, oh hijo, mediante el asesinato de tu padre: reflexiona, al escuchar, sobre la vergüenza, el dolor con que ese padre fue asesinado.
ELECTRA.— Sí, tal fue el destino de mi padre; ¡ay!, fui apartada de su lado. Como a un perro me arrojaron de la cámara, y en lugar de mi risa surgieron sollozos y lágrimas, mientras yacía en la oscuridad. Oh padre, si esta palabra puede llegar a tus oídos, ¡que llegue a tu alma y permanezca allí!
CORO.— Deja que pase, deja que penetre, a través del sentido de tu oído, hasta tu alma, donde en silencio aguarda la hora. El pasado está consumado; pero despiértate para oír lo que el futuro prepara; despierta y aparece, nuestro campeón, en ira y en poder.
ORESTES.— Oh padre, ven en ayuda de tus seres queridos.
ELECTRA.— Con lágrimas te invoco.
CORO.— ¡Escucha y álzate a la luz! Está con nosotros, está contra el enemigo. Rápidamente este clamor se eleva: así oramos, la banda leal, como hemos orado.
ORESTES.— Que su fuerza se encuentre con la mía, y su derecho con mi derecho.
ELECTRA.— Oh dioses, es vuestro decretar.
CORO.— Clamáis al muerto; tiemblo al oír. El Destino está ordenado desde antiguo, y cumplirá vuestra plegaria.
ELECTRA.— ¡Ay, la maldición innata que acecha nuestro hogar, del azote ensangrentado de Ate el sonido sin melodía! ¡Ay, el destino profundo e insufrible, la herida que no cesa de manar!
ORESTES.— Será estancada, la tarea es nuestra; no por mano extraña, sino por mano de la sangre, será expulsado el demonio sangriento de nuestra tierra. Sea este nuestro conjuro hablado, para invocar a los poderes infernales de la Tierra.
CORO.— Señores de una oscura eternidad, a vosotros ha llegado el clamor de los hijos. Enviad desde el infierno, cumplid vuestra ayuda a quienes os rogaron.
ORESTES.— Oh padre, asesinado de forma indigna de un rey, cumple mi plegaria, concédeme gobernar tus palacios.
ELECTRA.— A mí también concede este don: dar muerte oscura a Egisto y escapar de mi destino.
ORESTES.— Así los banquetes legítimos que los mortales ofrecen serán dispuestos para ti; de otro modo, no para ti se alzará el humo perfumado de los altares alimentados con carne, sino que yacerás deshonrado: ¡escúchame!
ELECTRA.— Yo también, restaurada de mi herencia completa, verteré las corrientes lustrales, cuando pase como novia de estos palacios paternos, y honraré primero, por encima de todas las tumbas, tu sepulcro.
ORESTES.— ¡Tierra, envía a mi padre para defenderme en la batalla!
ELECTRA.— ¡Da fortuna de hermoso rostro, oh Perséfone!
ORESTES.— Recuerda, padre, en el baño fuiste asesinado...
ELECTRA.— ¡Recuerda la red que urdieron para ti!
ORESTES.— Ataduras no de bronce te atraparon, padre mío.
ELECTRA.— Sí, la vil astucia de una túnica envolvente.
ORESTES.— ¡Por este nuestro amargo discurso álzate, oh padre!
ELECTRA.— ¡Alza tu cabeza al último y más querido llamado del amor!
ORESTES.— Sí, envía la Justicia para ayudar a la causa de tus parientes; agarre por agarre, que atrapen al enemigo, si tú deseas en triunfo olvidar tu caída.
ELECTRA.— Escúchame, oh padre, una vez más escúchame. Mira, junto a tu tumba, dos polluelos de tu nidada, un hijo varón y una doncella; tenlos en compasión, y no los borres, los últimos del linaje de Pélope. Pues mientras viven, tú vives desde la muerte; los hijos son las voces de la memoria, y preservan a los muertos de morir por completo: como una red se mantiene siempre por los corchos flotantes que salvan la malla de lino, sumergida en la profundidad. Escucha, este nuestro lamento se eleva por ti, y al atenderlo tú mismo quedas salvado.
CORO.— En verdad, habéis pronunciado una plegaria sin tacha, la retribución de la tumba por el dirge negado. Ahora, en cuanto al resto, como estás resuelto a obrar, toma la fortuna de la mano y cumple tu voluntad.
ORESTES.— El destino está fijado; y sin embargo quisiera preguntar, sin desviarme del curso de mi resolución, por qué envió ella estas ofrendas, y por qué ablanda demasiado tarde su hecho incurable. Fue un don inútil enviarlo aquí al muerto que no se preocupa de tales dones. No puedo adivinar su pensamiento, pero bien sé que tales dones carecen de habilidad para expiar tal crimen. Una vez derramada la sangre, lucha vana batalla quien busca con otra riqueza o vino vertido expiar el hecho. Así está escrita la palabra, y no falla. Sin embargo, quisiera conocer su pensamiento; habla, si lo sabes.
CORO.— Lo sé, hijo; pues a su lado estuve. Fue el terror errante de la noche de un sueño lo que la arrojó temblando de su lecho, y la ordenó, a ella, la maldita de Dios, enviar estas ofrendas.
ORESTES.— ¿Oísteis el sueño, para relatarlo correctamente?
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