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Parte 5Las coéforas: la venganza

La Orestíada · Esquilo · 26 min de lectura

CORO.— Sí, de ella misma; su vientre dio a luz una serpiente.

ORESTES.— ¿Cuál entonces la suma y el desenlace del relato?

CORO.— Como a un niño envuelto en pañales, arrulló a la criatura.

ORESTES.— ¿Qué alimento ansiaba la criatura, nacida con colmillos completos?

CORO.— Sin embargo, en sus sueños le ofreció el pecho.

ORESTES.— ¿Cómo? ¿La odiosa criatura no mordió su pezón?

CORO.— Sí, y chupó un coágulo de sangre en la leche.

ORESTES.— No es vano este sueño: presagia la venganza de un hombre.

CORO.— Entonces se despertó del sueño con un grito, y a través del palacio para ayuda de su señora muchas lámparas, que antes yacían ciegas con la noche, resplandecieron en luz; luego, tal como los dolientes acostumbran, envía estas ofrendas, con la esperanza de ganar una cura para hender y separar el pecado del destino.

ORESTES.— Tierra y tumba de mi padre, a vosotros invoco: dad cumplimiento a este sueño suyo, y a través de mí. Lo leo en cada parte coincidente con lo que será; pues mirad, esa serpiente brotó del mismo vientre que yo, en bandas de pañales fue envuelta por las mismas manos, sorbió el mismo pecho, y chupando la misma dulce leche materna infundió un coágulo de sangre; y en alarma ella lanzó sobre su herida el grito de dolor. La lectura es clara: la criatura de terror que alimentó, la muerte de sangre morirá; y yo, soy yo, en semejanza de serpiente, quien debe matarla. Tú eres mi vidente, y así leo el sueño.

CORO.— Así sea; pero antes de que obres, háblanos, ordenando a unos actuar, a otros, con no actuar, ayudar.

ORESTES.— Breve es mi orden: ordeno a mi hermana pasar en silencio a la casa, y a todos ordeno ocultar con cautela este diseño mío, para que aquellos que por astucia mataron a un príncipe sean atrapados por igual astucia y en igual lazo, muriendo la muerte que Loxias predijo: Apolo, rey y profeta sin contradicción. Yo con este guerrero Pílades vendré en apariencia de extranjero, totalmente equipado como vienen los viajeros, y en las puertas del palacio estaré, como extranjero pero aliado por vínculo de amistad a esta casa; y cada uno de nosotros hablará la lengua que suena alrededor del Parnaso, fingiendo tal habla como usan las voces focias. Y si ninguno de los que atienden las puertas nos da la bienvenida con alegría, dado que la casa está acechada por males divinos, si esto sucede, permaneceremos en la puerta hasta que, pasando por allí, algún ciudadano haga conjeturas y proclame: «¿Cómo? ¿Está Egisto aquí, y a sabiendas mantiene a los suplicantes alejados, con cerrojo y barra?» Entonces ganaré mi camino; y si cruzo el umbral de la puerta, la guardia del palacio, y lo encuentro entronizado donde una vez se sentó mi padre, o si viene pronto, y enfrentándome cara a cara baja sus ojos de los míos, juro que no pronunciará «¿Quién eres y de dónde?» antes de que mi acero salte, y rodeado de muerte caiga bajo; y así, bien alimentada con el destino, la Furia de la casa beberá una vez más un tercer trago profundo de sangre pura no mezclada. Pero tú, oh hermana, cuida que todo dentro esté bien preparado para dar a estas cosas su cumplimiento. Y vosotros, digo que sería bueno portar una lengua llena de silencio propicio y de discurso adecuado según convenga al momento; y por último, tú, Hermes el dios guardián, vigila y vela, y guía a la victoria mi espada combatiente.

(Salen, con Pílades.)

CORO.— Muchas y maravillosas son las cosas de terror que el seno de la Tierra alberga; y el regazo del mar rebosa de monstruos, y los rayos ventosos y los fulgores de los meteoros engendran muchas cosas mortíferas: formas desconocidas y voladoras, con el miedo en sus alas, y la muerte en su pisada; y torbellinos impetuosos, cuyo aliento destructor puede contar la lengua del hombre. Pero ¿quién puede contar debidamente la cosa más feroz, el alma sin temor que habita en el pecho del hombre? ¿Quién puede contar cómo, cargado de pasión y enloquecido de amor, el pensamiento ansioso y ávido de la mujer desposa al género humano con la desgracia y la ruina terrible? Sí, cómo el amor sin amor que posee a la mujer, igual que a la leona, desgarra y arranca con disputa feroz el vínculo de la vida conyugal.

Que sea testigo aquel cuyo pensamiento no es llevado por alas ligeras por el aire, sino que permanece con el conocimiento, de lo que hizo la desesperación de Altea; pues ella destruyó la gracia de la vida de su hijo, con mal consejo reavivó la llama que se apagó cuando ardía en el tizón, en el momento en que él vino de su madre, con el llanto de un niño recién nacido; y el tizón ella lo arrancó del fuego, pues las Moiras lo habían predicho coetáneo, en la vida y en la muerte, con su hijo.

Sí, y el odio del hombre cuenta de otra, la misma Escila de astucia homicida, que por causa de un enemigo mató a su padre, seducida por el engaño y los regalos de Minos de Creta, las galas del oro finamente labrado; pues ella cortó de la cabeza de su padre el mechón que nunca debía envejecer, mientras él respiraba en el silencio del sueño, y no conocía su astucia ni su crimen; pero Hermes, el guardián de los muertos, la apresa cuando llega la plenitud del tiempo.

Y ya que hablo de los crímenes de los crueles, que mi canto registre las bodas amargas y sin amor, la maldición derramada sobre estos palacios, el artificio astuto de una mujer por el que cayó un caudillo, un guerrero severo en su cólera; el terror de todos sus enemigos: ¡un canto deshonroso, inoportuno! y frío está el hogar que estuvo cálido y fue gobernado por la cobarde lanza, el brazo sin feminidad de la mujer.

Pero la cumbre y corona de todos los crímenes es el que sucedió en Lemnos; una desgracia y un lamento es, una vergüenza y un escupitajo contarlo; y aquel que en el tiempo futuro habla de su pensamiento más mortal, dice: «Es semejante a la acción que en tiempos antiguos se hizo en Lemnos». Y aborrecidas por los hombres fueron las que lo hicieron, y perecieron, ellas y su semilla, pues los dioses trajeron odio sobre ellas; nadie ama el acto impío.

Bien está contar estos relatos; pues la espada en la mano de la Justicia con un golpe tajante y penetrante hiere hasta lo más hondo del corazón, y la acción hecha ilegalmente no es pisoteada ni olvidada, cuando el pecador traspasa la ley y no atiende al Dios supremo; pero la Justicia ha plantado el yunque, y el Destino forja la espada que herirá en su tiempo elegido; por ella es restaurado el hijo; y, maquinando oscuramente, el Demonio de la casa, maldito por el mundo, pagará el precio de la sangre del que fue muerto y derramada en el día pasado.

(Entran Orestes y Pílades, vestidos como viajeros.)

ORESTES.— (Golpeando la puerta del palacio.) ¡Eh! ¡Esclavo, eh! En vano, parece, golpeo la puerta del palacio; ¡eh, atiende adentro! Una vez más, atiende; salid y abrid los palacios, si aún Egisto los mantiene hospitalarios.

ESCLAVO.— (Desde dentro.) ¡Ya voy, ya voy!

(Abre la puerta.)

Habla, ¿de qué tierra eres y enviado por quién?

ORESTES.— Ve, dile a quienes gobiernan los palacios, puesto que es a ellos a quienes vengo con noticias nuevas (no te demores; el carro oscuro de la Noche avanza veloz, y ya es tiempo de que los caminantes echen el ancla en el puerto, dondequiera que una casa dé la bienvenida a los forasteros), que salga ahora alguien que tenga autoridad dentro; la reina, o, si es algún hombre, sería más apropiado; pues cuando un hombre está cara a cara con un hombre, ninguna modestia balbuciente confunde su discurso, sino que cada uno le dice al otro su propósito con claridad.

(Entra Clitemnestra.)

CLITEMNESTRA.— Hablad, oh forasteros; ¿tenéis necesidad de algo? Aquí está todo lo que conviene a una casa como esta: baño caliente y lecho, blando restaurador de la Naturaleza cansada, y ojos corteses para saludaros; y si algo de mayor importancia necesita también acción, eso, como asunto de hombre, a un hombre lo diré.

ORESTES.— Soy un hombre de Dáulide, de camino desde la Fócide, y cuando con mi propio morral viajaba cargado me dirigía hacia Argos, partiendo hacia aquí con pie de viajero, me encontró uno a quien yo no conocía y que no me conocía, pero preguntó mi camino proyectado y no escondió el suyo, y, mientras conversábamos juntos, dijo su nombre: Estrofio de la Fócide; entonces dijo: «Buen señor, ya que de todos modos te diriges a Argos, no olvides este mensaje mío, atiéndelo bien, dile a los suyos: "Orestes ya no existe". Y, sea lo que sea que resuelvan sus parientes, si llevar su polvo a su hogar, o depositarlo aquí, en la muerte como antes en vida exiliado para siempre, hijo del destierro, tráeme su mandato en tu camino de regreso; pues ahora en broncíneo recipiente de una urna yacen sus cenizas, pagadas sus deudas de llanto». Tanto oí, y tanto te digo, sin saber si hablo a sus parientes que gobiernan su hogar; pero bien, juzgo, sería que tales noticias llegaran primero al oído de un padre.

CLITEMNESTRA.— ¡Ay de mí! Tu palabra cuenta nuestra ruina; desde el techo hasta los cimientos somos despojados. ¡Oh tú a quien nunca jamás vencemos, tú Furia de esta casa, cuán a menudo divises lo que está tendido muy lejos, sí, desde lejos tiendes el arco infalible y arrancas de mi desventura a sus amigos! Como ahora Orestes, quien, hace poco tiempo, a salvo del fango de la muerte se mantuvo cautamente, era la esperanza de la casa de curar el exultante agravio; ahora tú ordenas: «Que permanezca el mal».

ORESTES.— Con anfitrión y anfitriona así bendecidos por la fortuna, de buena gana habría venido con mejores noticias que llevar a vuestro saludo y familiaridad; pues ¿qué buena voluntad yace más profunda que el vínculo del huésped y el anfitrión? Y agravio aborrecido sería, según juzgo bien, si yo, que empeñé mi palabra a uno, y saludos del otro tenía, no llevara debidamente las noticias entre ambos.

CLITEMNESTRA.— Sea cual sea tu noticia, no te faltará bienvenida, adecuada y merecida, ni escasa será nuestra gracia. Si tú mismo no hubieses venido a contar tal relato, otro, seguramente, lo habría traído a nuestros oídos. Pero he aquí que llega la hora en que los huéspedes viajeros, frescos de la fatiga del día en el camino, deben ganar su merecida recompensa. Llévalo adentro

(Al esclavo.)

al reposo hospitalario de la cámara de los hombres, a él y a estos compañeros de viaje a su lado; dadles tal derecho de huésped como conviene a nuestros palacios; te ordeno que lo hagas como habrás de responder por ello. Y yo al príncipe que gobierna nuestra casa le contaré el relato, y, puesto que no nos faltan amigos, con ellos deliberaré cómo soportar esta desgracia.

(Sale Clitemnestra.)

CORO.— Que así se haga. Hermanas siervas, ¿cuándo se acerca el tiempo de que nosotras gritemos en voz alta «¡Orestes y su victoria!»?

¡Oh tierra santa y santa tumba levantada en lo alto sobre la fosa sepulcral, donde yace Agamenón, el rey de las naves, el señor del ejército! Ahora es la hora, escuchad y venid, pues ahora la Astucia ofrece su ayuda, y Hermes, guardián de las sombras en el infierno, se alza sobre su contienda, para velar por la condena de la espada. Sé que el forastero obra desgracia adentro. Pues he aquí, veo salir, bañada en lágrimas, a la nodriza de Orestes. ¡Eh, Cilisa! ¿Tú más allá de las puertas? ¿Adónde vas? Me parece que algún pesar no invitado camina a tu lado.

(Entra Cilisa, una nodriza.)

CILISA.— Mi señora me ordena, con toda la rapidez que pueda, que llame a Egisto para que vea a estos huéspedes extranjeros, para que venga y, plantándose cara a cara, hombre con hombres, pueda así enterarse más claramente de este rumor reciente. Así hablaba, y a sus esclavos ocultó bajo la mirada de un dolor fingido la risa por lo que se ha consumado —según su deseo y demasiado bien; pero mal, mal, mal acecha a esta casa, traído por el relato que estos huéspedes han contado tan claramente. Y él, Dios lo sabe, alegrará todo su corazón al oír este rumor. ¡Ay de mí, qué desdicha! La amarga copa mezclada de antiguos sufrimientos, difícil de soportar, que cayó aquí sobre la casa de Atreo, fue penosa para mi corazón más íntimo, pero nunca antes sufrí tanto dolor. Todo lo demás lo soporté con alma firme y pacientemente; pero ahora —¡ay, ay!— ¡el querido Orestes, el trabajo día y noche de mi alma! A él, del vientre de su madre, un niño recién nacido, lo tomé en brazos y lo cuidé. Muchas, muchas veces mi servicio fue trabajoso e infructuoso, cuando su agudo llanto me llamaba desde mi lecho. Porque el niño pequeño, antes de que nazca la razón, tiene solo la vida de una criatura muda, debe ser alimentado según dicta su propia naturaleza. La criatura envuelta en pañales no tiene habla alguna, venga la molestia que venga —hambre o sed o necesidad más baja e infantil—, porque el estómago del bebé obra su propio alivio. Sabiendo bien esto de antemano, pero sorprendida a menudo, me tocaba limpiar los pañales —pobre de mí, era nodriza para cuidar y lavandera para blanquear; dos trabajos en uno, dos oficios tomé, cuando el padre puso al niño en mis brazos. Y ahora está muerto —¡ay, qué desdicha!— Sin embargo, debo ir a aquel cuyo poder injusto contamina esta casa —¡buenas noticias son estas para él!

CORO.— Di entonces, ¿con qué séquito ella le ordena venir?

CILISA.— ¿Qué dices? Habla más claro para que lo oiga mi oído.

CORO.— ¿Le ordena traer hombres armados, o venir solo?

CILISA.— Le ordena traer una guardia armada con lanzas.

CORO.— No, no le digas eso a nuestro odiado señor, sino apresúrate hacia él, pon aire de alegría, di: «Ven solo, no temas, la noticia es buena». Un mensajero puede contar derecha una historia torcida.

CILISA.— ¿Acaso tu mente encuentra alegría en este nuevo relato?

CORO.— ¿Y qué, si Zeus ordena que nuestro viento adverso cambie a favorable?

CILISA.— ¿Y cómo? La esperanza de la casa muere con Orestes.

CORO.— Todavía no —un vidente, aunque débil, esto podría ver.

CILISA.— ¿Qué dices? ¿Sabes algo que desmienta este relato?

CORO.— Ve, cuéntale la noticia a él, cumple tu misión —lo que los dioses quieran, ellos mismos pueden proveerlo bien.

CILISA.— Bien, iré, obedeciéndote en esto; y que caiga fortuna favorable, con favor enviado desde el cielo.

(Sale.)

CORO.— Zeus, padre de los que en el Olimpo moran, escucha, oh, escucha mi plegaria. Concede a mis justos señores prosperar bien, así como su celo es justo. Por la justicia, por la justicia se eleva alta mi voz —Zeus, ayúdalo, permanece a su lado.

Entra en la casa de su padre para golpear a los enemigos de su padre. ¡Ordénale que prevalezca! Por ti sobre el trono del triunfo colocado, dos veces, sí, y tres veces con gozo pagará la deuda.

Piénsalo, el joven corcel, el potro huérfano de un padre amado por ti, al carro del destino está uncido firmemente. Guíalo correctamente, planta firme una meta perdurable, acelera su paso —oh, que ningún azar malogren el rumbo de regreso, el último.

Y vosotros que moráis en la cámara interior donde brilla la alegría atesorada del oro —dioses de un solo corazón, oh, escuchad, y recordad; levantaos y vengad la sangre derramada antaño, con súbito golpe justo; entonces que la antigua maldición muera, y no se renueve con progenie de sangre —una vez más, y no de nuevo, que la culpa posterior sea abatida.

Oh tú que moras en la poderosa cueva de Delfos, concédenos ver esta casa una vez más restaurada a su legítimo señor. Que mire hacia adelante, desde los velos de la muerte, con ojo gozoso hacia la luz del amanecer de la libertad; y Hermes, hijo de Maya, preste mano para salvar, queriendo lo justo, y guíe nuestro estado con la brisa de la Fortuna por la marea favorable. Cuanto yace oculto en la oscuridad, él lo pronuncia a su voluntad; él a su voluntad arroja oscuridad sobre nuestro ojo de noche y también de día inescrutable.

Entonces, entonces la riqueza expiará los males que aquí se cometieron. Entonces, entonces desataremos, arrojaremos libres al viento que lleva la voz de mujer que gime ahora con acentos penetrantes por un jefe abatido; y este nuestro canto será: «¡Salve a la comunidad restaurada! ¡Salve a la libertad conquistada para mí! ¡Salve a todos! Porque la condena ha pasado de él, mi muy amado señor».

Y tú, oh hijo, cuando el Tiempo y el Azar lo dispongan, ¡adelante con la hazaña que por tu padre se hace! Y si ella te suplica: «Ten piedad, oh hijo», grita: «¡Ayuda, oh padre!», y consuma la hazaña, el horror de la lengua humana, la gran necesidad de los dioses. Guarda en tu pecho tal corazón como tuvo Perseo, la amarga pena ejecuta, apacigua la llamada de los muertos, la ira de los amigos en la tierra; sí, coloca dentro una señal de sangre y condena, y da muerte absoluta a quien contamina tu casa.

(Entra Egisto.)

EGISTO.— Aquí he venido, y no sin ser llamado; porque un nuevo rumor, traído por hombres extranjeros que llegan aquí, ha alcanzado mis oídos, de un suceso no deseado, la muerte de Orestes. Esto sería nuevo dolor, una carga manchada de sangre depositada sobre la casa que ya se inclina bajo una herida anterior que supura profundamente. ¿Me atrevo a suponer que estas palabras tienen verdad y vida? ¿O son cuentos, nacidos del terror de mujer, que vuelan en el aire vacío y mueren desmentidos? ¿Puedes decir algo, y probarlo a mi alma?

CORO.— Lo que hemos oído, lo hemos oído; entra tú mismo a preguntar a los extranjeros por su relato. Débiles son las noticias oídas a través de otro; la pregunta corresponde a aquel a quien se trae el relato.

EGISTO.— Yo también me encontraré con el mensajero y lo pondré a prueba, si él mismo fue testigo de la muerte, o la cuenta meramente por rumor confuso aprendido. Nadie engañará a quien tiene un alma con ojos vigilantes.

(Sale.)

CORO.— ¡Zeus, Zeus! ¿Qué palabra me es dada? ¿Qué clamor o plegaria, invocando al cielo, será pronunciada primero por mí? ¿Qué discurso de artificio, ni revelándolo todo, ni ocultándolo todo con demasiada cautela, terminando mi discurso, ayudará a la hazaña? Porque he aquí, en disposición está puesta la oscura empresa, la hoja que rasga; dagas que gotean sangre lograrán la condena sin fecha del nombre de Atreo, o —encendiendo antorcha y llama gozosa en señal de libertad recién conquistada— una vez más Orestes recuperará la riqueza de su padre, y, entronizado en lo alto, recibirá la lealtad de la ciudad. Tan poderoso es el asimiento con el que, ayudado por el cielo, hará tropezar y derribará, sin ayuda, a un doble enemigo. ¡Victoria!

(Un fuerte grito desde dentro.)

VOZ DE EGISTO.— ¡Socorro, socorro, ay!

CORO.— ¡Eh, ahí! ¿Cómo va dentro? ¿Está hecho? ¿Ha terminado? Permanezcamos aquí apartados mientras se ejecuta, para que parezcamos inocentes de esta oscura hazaña; con la muerte se cumple la lucha.

(Entra un esclavo.)

ESCLAVO.— ¡Oh, desdicha, oh, desdicha, mi señor ha muerto! ¡Desdicha, desdicha, y desdicha de nuevo, Egisto se ha ido! ¡Apresuraos, abrid de par en par las puertas, soltad los cerrojos de la cámara de la reina! ¡Oh, si hubiera alguna fuerza joven para enfrentar la necesidad! Pero la ayuda no sirve de nada para quien yace abatido para siempre. ¡Socorro, socorro, socorro! Seguro que a oídos sordos grito, y llamo en vano a un sueño inútil. ¡Eh! ¿La reina? ¿Cómo está la propia Clitemnestra? Su cuello también, el suyo, está cerca del acero, y pronto se hundirá, cortado como la justicia dispone.

(Entra Clitemnestra.)

CLITEMNESTRA.— ¿Qué te sucede, que nos provocas este alboroto?

ESCLAVO.— Digo que los muertos han venido a matar a los vivos.

CLITEMNESTRA.— ¡Ay de mí, entiendo tus enigmas demasiado bien! Matamos con astucia y por igual astucia moriremos. Rápido, traed el hacha que mató a mi señor antaño; sabré pronto si es muerte o victoria. Así se alza la maldición, así la enfrento aquí.

(Entra Orestes, su espada goteando sangre.)

ORESTES.— A ti también te busco: en cuanto a él, lo hecho basta.

CLITEMNESTRA.— ¡Ay, ay! ¡Egisto, esposo y campeón, asesinado!

ORESTES.— ¿Amas al hombre? Entonces yace en su tumba, sé suya en la muerte, no lo abandones nunca más.

CLITEMNESTRA.— Detente, hijo, y teme golpear. Oh hijo, este pecho acunó tu cabeza tantas veces, mientras, adormecido por el sueño, tu boca desdentada extrajo leche de madre de mí.

ORESTES.— ¿Puedo perdonar a mi madre? Habla, Pílades.

PÍLADES.— ¿Dónde quedaría entonces el mandato que Apolo dio en Delfos, dónde el solemne pacto jurado? Escoge el odio de todos los hombres, no el de los dioses.

ORESTES.— Prevaleces; considero bueno tu consejo.

(A Clitemnestra.)

Sígueme; te mataré junto a él. Con aquel a quien en vida amaste más que a Agamenón, duerme en la muerte, recompensa por odio donde debió haber amor, y amor donde debió haber odio.

CLITEMNESTRA.— Te crié de niño; ¿debo renunciar a mi vejez?

ORESTES.— Mataste a mi padre; ¿vivirás conmigo?

CLITEMNESTRA.— ¡El destino tuvo parte en estas cosas, oh hijo mío!

ORESTES.— El destino también dispone esta condena para ti.

CLITEMNESTRA.— Cuídate, oh hijo mío, de la maldición de un padre que muere.

ORESTES.— ¡Una madre que me arrojó a la desgracia!

CLITEMNESTRA.— No te arrojé, sino a un hogar amigo.

ORESTES.— Nacido libre, fui vendido por doble trato.

CLITEMNESTRA.— ¿Dónde está entonces el precio que recibí por ti?

ORESTES.— El precio de la vergüenza; no te acuso más claramente.

CLITEMNESTRA.— No, pero cuenta también la lujuria de tu padre.

ORESTES.— Casera, no censures a quien se afana fuera.

CLITEMNESTRA.— Es duro para las esposas vivir como viudas, hijo.

ORESTES.— El marido ausente se afana por ellas en casa.

CLITEMNESTRA.— Te vuelves deseoso de matar a tu madre, hijo.

ORESTES.— No, tú misma te matarás, no yo.

CLITEMNESTRA.— Cuídate de las vengativas sabuesas infernales de tu madre.

ORESTES.— ¿Cómo escaparé de las de mi padre, si te perdono?

CLITEMNESTRA.— En vida, grito como ante una tumba, sin ser oída.

ORESTES.— El destino de mi padre ordena esta condena para ti.

CLITEMNESTRA.— ¡Ay de mí! Esta serpiente fue la que parí y crié.

ORESTES.— Sí, bien profético fue tu temor visionario. Vergonzoso fue tu acto, muere la muerte de la vergüenza.

(Sale, empujando a Clitemnestra delante de él.)

CORO.— Mira, incluso por estos lloro, una doble muerte. Mas puesto que Orestes, empujado por el destino, corona así la cumbre de múltiples asesinatos, digo que está bien, para que no se hunda en noche y muerte el ojo y la luz de esta nuestra casa. Vino sobre la estirpe y el nombre de Príamo una venganza; aunque tardó largo tiempo, vino con pesada condena. Vino también sobre el palacio de Agamenón un par de leones, dos espadachines fuertes. Y por último, la herencia recae sobre él, a quien desde la cueva pítica el dios dio su más profundo consejo. ¡Gritad, alegraos! Nuestro palacio real ha escapado de la ruina, nunca más será despilfarrada toda su antigua riqueza por dos usurpadores manchados de pecado, camino perverso de desdicha y perdición. Sobre quien asestó el golpe traicionero viene la Astucia, hija tramadora de la Venganza. Y de la mano con él va, ávida de lucha, la hija de Zeus, a quien los hombres de abajo llaman Justicia, nombrándola con acierto. Y sobre sus enemigos su aliento es como el soplo de la muerte; pues por ella el dios que habita en profunda morada bajo la ceja del Parnaso convoca con fuerte aclamación a alzarse, aunque tarde y coja, y venir con astucia que obra la rectitud. Pues incluso sobre los Poderes divinos esta ley es fuerte: «No servirás a lo injusto». A aquello que gobierna el cielo conviene que nos inclinemos. ¡Mirad, ha llegado la luz de la libertad! ¡Mirad, ahora se desgarra el sombrío y constrictor bocado que nos mantenía mudos! ¡Alzaos a la luz, oh palacios! Durante tantos días habéis yacido demasiado bajo en tierra. Y el Tiempo, el gran Consumador, cruzará el umbral, cuando elija con mano purificadora limpiar el palacio, expulsando toda polución de allí. Y hermosa será la tirada del dado de la Fortuna ante los nuevos señores de nuestro estado, no como antes, sino trayendo más hermoso destino. ¡Mirad, ha llegado la luz de la libertad!

(La escena se abre, revelando a Orestes de pie sobre los cadáveres de Egisto y Clitemnestra; en una mano sostiene su espada, en la otra el manto en el que Agamenón fue enredado y asesinado.)

ORESTES.— Ahí yace la doble tiranía de nuestro país, los asesinos de mi padre, saqueadores de mi hogar. En otro tiempo fueron reales, sentados en el trono, y aun amantes son todavía; su destino común cuenta la historia con verdad, muestra su juramento firme. Juraron obrar la muerte de mi desdichado padre, juraron morir juntos; se ha cumplido. Oh vosotros que estáis aquí, testigos de este gran juicio, contemplad también el oscuro artificio que ató a mi infeliz padre a su muerte, contemplad la red que atrapó sus manos, envolvió sus pies. Formad círculo, desplegadla: es la red trampa que envolvió a un caudillo. Que la vea aquel, el padre, no mi padre, sino aquel cuyo ojo es juez de todas las cosas, el Sol que todo lo ve. Que contemple el acto maldito de mi madre, luego que sea testigo, cuando llegue el momento necesario para mí, de que con justicia he buscado y matado a mi madre; sin culpa fue la condena de Egisto: murió la muerte que la ley manda para los adúlteros. Mas ella, que tramó esta cosa maldita de matar a su señor, por quien llevó bajo su cinturón en otro tiempo la carga de sus hijos, amados antes, ahora vueltos enemigos odiosos, ¿qué creéis de ella? ¿O qué cosa venenosa, serpiente marina o víbora, tuvo más poder que ella para envenenar con un toque la carne no herida? Tan grande su osadía, tal su voluntad impía. ¿Cómo nombrarla, si no puedo pronunciar una maldición? ¡Un lazo de león! ¡El paño de un baño envolvente, envolviendo a un muerto, enroscándose en sus pies! ¡Una red, una trampa, un manto enredador! Tal sería el arma de algún ladrón estrangulador, el terror del camino, un perro ratero. Con tal artificio podría matar a muchísimos, exultar con frecuencia en el calor de la villanía. Nunca habite mi casa morador tan maldito: que el cielo me envíe, más bien, a ser muerto sin hijos.

CORO.— ¡Ay por cada acto desesperado! ¡Ay por la reina, privada de vida con vergüenza! Y ah, por quien aún queda, Locura, flor oscura de semilla sangrienta.

ORESTES.— ¿Hizo ella el acto o no? Este manto da prueba, impregnado con la sangre que bañó la espada de Egisto: mirad cómo la mancha derramada se combina con el tiempo para difuminar los muchos tintes que en otro tiempo adornaron su patrón multiforme. Ahora estoy aquí, alegrado, entristecido por la sangre, exultante, lamentándome. ¡Oíd, oh tú, tejido entramado que mataste a mi padre! Me aflijo por el acto y la muerte y todo mi hogar, vencedor, con la mancha maldita de la polución como premio.

CORO.— Ay, que ninguno de los hombres mortales puede pasar su vida sin ser tocado por el dolor. Contemplad, una desgracia está aquí, otra se cierne cerca.

ORESTES.— Escuchad y aprended, pues qué será el final para mí no lo sé: escapando del freno mi espíritu me arrebata, presa conquistada, llevado como un auriga por corceles enloquecidos lejos del curso, y la locura en mi pecho arde para cantar su canción, y saltar, y delirar. ¡Escuchad y aprended, amigos, antes de que mi razón se vaya! Digo que con derecho maté a mi madre, una cosa aborrecida por los dioses, que impíamente mató a mi padre, y principal hechicero del hechizo que me ató a este acto nombro al adivino pítico Apolo, quien predijo que si mataba, la culpa del asesinato cometido se apartaría de mí; mas si perdonaba, el destino que sería mío no me atrevo a proclamarlo: el arco del habla no puede alcanzar la marca para contar esa condena. Y ahora contempladme, cómo con rama y corona paso, suplicante hecho apto para ir al santuario central de la Tierra, el suelo sagrado de Loxias, y aquella renombrada luz del fuego eternamente ardiente, para escapar de la condena del asesinato de parientes: a ningún otro santuario, así ordenó Loxias, puedo volverme en busca de refugio. Dad testimonio, argivos, en el tiempo venidero, de cómo vino sobre mí esta terrible fatalidad. Vivo, paso de aquí como vagabundo exiliado, para dejar en la muerte la memoria de este grito.

CORO.— No, mas el acto está bien; no enlacéis vuestros labios a palabras de mal agüero, ni pronunciéis palabras de mal augurio, tú que has dado a Argos su plena libertad, cortando dos cabezas de serpiente con golpe oportuno.

ORESTES.— ¡Mirad, mirad, ay de mí! Criadas, ved, ¡qué formas de Gorgonas se apiñan! Oscuros sus mantos y todo su cabello enroscado, serpientes enroscadas con serpientes. ¡Fuera, fuera, debo irme!

CORO.— El más leal de todos los hijos hacia tu padre, ¿qué visiones te distraen así? Detente, aguarda; grande fue tu victoria, ¿y temerás?

ORESTES.— ¡Estos no son sueños, formas vacías de mal acosador, sino claras a la vista vienen las sabuesas infernales de mi madre!

CORO.— No, el reciente derramamiento de sangre aún impregna tus manos, y de ahí la distracción se hunde en tu alma.

ORESTES.— ¡Oh rey Apolo, ved, se apiñan y acumulan! Negra sangre de odio goteando de sus ojos.

CORO.— Un remedio tienes; ve, toca el santuario de Loxias, y líbrate de estos males.

ORESTES.— Vosotros no podéis contemplarlas, mas yo las contemplo. ¡Arriba y fuera! No me atrevo a permanecer más.

(Sale.)

(Sale)

CORO.— Adiós, entonces, y que tu divinidad amiga te proteja y te auxilie con su favor. Ved: la tormenta divina de desgracias que azota y golpea a la estirpe de Atreo ha soplado su gran tercer vendaval. Primero fue la horrible desdicha de Tiestes, el funesto banquete de antaño servido con carne de sus propios hijos, desconocida para él. Y luego la afrenta del rey, cuando quien conducía a los griegos a la guerra fue abatido en el baño. Y ahora el vástago de la estirpe se alza en tercer lugar, en el puesto del salvador, ¿para salvar o para consumir? ¿Hacia dónde, antes de que se cumpla, antes de que su feroz ventolera se apacigüe y acalle, soplará el viento del destino?

(Salen todos)

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