Libro 6Las virtudes del entendimiento
Capítulo1
Habiendo establecido en una parte anterior de este tratado que los hombres deben elegir el término medio en lugar del exceso o del defecto, y que el término medio está de acuerdo con los dictados de la Razón Recta, procederemos ahora a explicar este término.
Pues en todos los hábitos que hemos mencionado expresamente, así como en todos los demás, hay, por así decirlo, una marca hacia la cual dirige su mirada el hombre que posee Razón mientras tensa o afloja su cuerda; y hay un cierto límite de esos estados medios que decimos están de acuerdo con la Razón Recta, y que se sitúan entre el exceso por un lado y el defecto por el otro.
Ahora bien, hablar así es bastante cierto pero no transmite un significado muy preciso: como, de hecho, en todos los demás empeños que requieren atención y diligencia sobre los que se aplican la habilidad y la ciencia; es del todo cierto, por supuesto, decir que los hombres no deben ni trabajar ni relajarse demasiado ni demasiado poco, sino con moderación, y como la Razón Recta indica; sin embargo, si esto fuera todo lo que un hombre tuviera, no sería mucho más sabio; así como, por ejemplo, si en respuesta a la pregunta de cuáles son las aplicaciones apropiadas al cuerpo, se le dijera: «¡Oh! desde luego, lo que la ciencia de la medicina, y de la manera que el médico, indique».
Y así, con respecto a los estados mentales, se requiere no meramente que esto sea verdadero, lo que ya se ha establecido, sino además que se establezca expresamente qué es la Razón Recta, y cuál es su definición.
Capítulo2
Ahora bien, en nuestra división de las Excelencias del Alma, dijimos que había dos clases, la Moral y la Intelectual: ya hemos tratado la primera; y procederemos ahora a hablar de las otras, haciendo algunas observaciones preliminares respecto al Alma misma. Se estableció antes, recordarás, que el Alma consiste en dos partes, la Racional y la Irracional: debemos ahora hacer una división similar de la Racional.
Entiéndase entonces que hay dos partes del Alma dotadas de Razón; una mediante la cual comprendemos aquellas existencias cuyas causas no pueden ser de otra manera de lo que son, y una mediante la cual comprendemos aquellas que pueden ser de otra manera de lo que son (pues debe haber, correspondiendo a cosas genéricamente diferentes, partes genéricamente diferentes del alma naturalmente adaptadas a cada una, ya que estas partes del alma poseen su conocimiento en virtud de una cierta semejanza y adecuación en sí mismas a los objetos de los que son perceptoras); y llamemos a la primera «lo que es apto para conocer», a la segunda, «lo que es apto para calcular» (porque deliberar y calcular son lo mismo, y nadie delibera jamás sobre cosas que no pueden ser de otra manera de lo que son: y así lo Calculativo será una parte de la facultad Racional del alma).
Debemos descubrir, entonces, cuál es el mejor estado de cada una de estas, porque ese será la Excelencia de cada una; y esta a su vez es relativa a la función que cada una tiene que desempeñar.
Hay en el Alma tres funciones de las que dependen la acción moral y la verdad: Sentido, Intelecto, Apetición, ya sea Deseo vago o Voluntad definida. Ahora bien, de estas el Sentido no es causa originaria de ninguna acción moral, como se ve en el hecho de que los animales tienen Sentido pero de ninguna manera participan de la acción moral.
[Intelecto y Voluntad están así conectados:] lo que en la operación Intelectual es Afirmación y Negación, eso en la Voluntad es Búsqueda y Evitación. Y así, puesto que la Virtud Moral es un Estado apto para ejercer la Elección Moral y la Elección Moral es Voluntad consecuente con la deliberación, la Razón debe ser verdadera y la Voluntad correcta, para constituir una buena Elección Moral, y lo que la Razón afirma la Voluntad debe perseguir.
Ahora bien, esta operación Intelectual y esta Verdad es la que tiene que ver con la Acción Moral; por supuesto, la verdad y la falsedad deben ser el bien y el mal de aquella Operación Intelectual que es puramente Especulativa, y que no se ocupa ni de la acción ni de la producción, porque esto es manifiestamente la función de toda facultad Intelectual, mientras que de la facultad que es de naturaleza mixta Práctica e Intelectual, la función es aquella Verdad que, como he descrito anteriormente, corresponde al movimiento correcto de la Voluntad.
Ahora bien, el punto de partida de la acción moral es la Elección Moral (me refiero a lo que efectivamente la pone en movimiento, no la causa final), y de la Elección Moral, la Apetición y la Razón dirigida a un cierto resultado: y así la Elección Moral no es independiente del intelecto, es decir, de la operación intelectual, ni de un cierto estado moral: pues la acción correcta o incorrecta no puede existir independientemente de la operación del Intelecto y del carácter moral.
Pero la operación del Intelecto por sí misma no mueve nada, solo cuando está dirigida a un cierto resultado, es decir, ejercida en la Acción Moral: (no digo nada de que se ejerza en la producción, porque esta función se origina en la anterior: pues todo el que hace algo hace con vistas a algo ulterior; y lo que está o puede estar hecho no es un Fin en sí mismo, sino solo relativamente a algo más, y perteneciente a alguien; mientras que lo que está o puede estar hecho es un Fin en sí mismo, porque actuar bien es un Fin en sí mismo, y este es el objeto de la Voluntad), y así la Elección Moral es o Intelecto puesto en posición de Querer, o Apetición sometida a un Proceso Intelectual. Y tal Causa es el Hombre.
Pero nada de lo que está hecho y pasado puede ser objeto de Elección Moral; por ejemplo, ningún hombre elige haber saqueado Troya; porque, de hecho, nadie delibera nunca sobre lo que es pasado, sino solo sobre lo que es futuro, y que por tanto puede ser influido, mientras que lo que ha sido no puede no haber sido: y así Agatón tiene razón al decir:
«De esto solo está privada la Divinidad, De hacer que no haya ocurrido lo que ha sido hecho».
Así pues, la Verdad es la función de ambas Partes Intelectuales del Alma; aquellos estados, por tanto, son las Excelencias de cada una en los cuales cada una alcanzará mejor la verdad.
Capítulo3
Comenzando entonces desde el punto establecido anteriormente hablaremos ahora de estas Excelencias nuevamente. Asumamos que las facultades mediante las cuales el Alma alcanza la verdad en la Afirmación o Negación son cinco en número: a saber, Arte, Conocimiento, Sabiduría Práctica, Ciencia, Intuición: (no incluyo Suposición y Opinión, porque mediante estas se puede errar).
Qué es el Conocimiento, resulta claro de las siguientes consideraciones, si se ha de hablar con precisión, en lugar de dejarse llevar por semejanzas. Pues todos concebimos que aquello que estrictamente hablando conocemos no puede ser de otra manera de lo que es, porque respecto a aquellas cosas que pueden ser de otra manera de lo que son, estamos inciertos de si son o no son, en el momento en que dejan de estar dentro de la esfera de nuestra observación actual.
Así pues, cualquier cosa que entre dentro del rango del Conocimiento existe por necesidad, y por tanto es eterna (porque todas las cosas que existen necesariamente son así), y todas las cosas eternas carecen de principio y son indestructibles.
Además, se piensa que todo Conocimiento es capaz de ser enseñado, y que lo que entra dentro de su rango es capaz de ser aprendido. Y toda enseñanza se basa en conocimiento previo (una afirmación que encontrarás también en los Analíticos), pues hay dos maneras de enseñar, mediante Silogismo y mediante Inducción. De hecho, la Inducción es la fuente de las proposiciones universales, y el Silogismo razona a partir de estos universales. El Silogismo entonces puede razonar a partir de principios que no pueden ser probados ellos mismos Silogísticamente: y por tanto deben serlo por Inducción.
Así que el Conocimiento es «un estado o facultad mental apta para demostrar silogísticamente», etc., como en los Analíticos: porque un hombre, estricta y propiamente hablando, conoce cuando establece su conclusión de cierta manera, y los principios le son conocidos: pues si no le son mejor conocidos que la conclusión, tal conocimiento como tenga será meramente accidental.
Acéptese esto como una definición del Conocimiento.
Capítulo4
La materia que puede existir de otra manera de lo que realmente existe en cualquier caso dado (comúnmente llamada Contingente) es de dos clases, aquella que es objeto del Hacer, y aquella que es objeto del Actuar; ahora bien, Hacer y Actuar son dos cosas diferentes (como mostramos en el tratado exotérico), y así aquel estado mental, unido a la Razón, que es apto para Actuar, es distinto de aquel también unido a la Razón, que es apto para Hacer: y por esta razón no están incluidos uno en el otro, es decir, Actuar no es Hacer, ni Hacer es Actuar. Ahora bien, dado que la Arquitectura es un Arte, y es lo mismo que «un cierto estado mental, unido a la Razón, que es apto para Hacer», y como no hay Arte que no sea tal estado, ni ningún tal estado que no sea un Arte, el Arte, en su sentido estricto y propio, debe ser «un estado mental, unido a la Razón verdadera, apto para Hacer».
Ahora bien, todo arte tiene que ver con la producción, con la habilidad y con ver cómo pueden producirse aquellas cosas que pueden ser o no ser, y cuyo origen reside en el que las hace y no en la cosa hecha.
Y así, ni las cosas que existen o llegan a ser necesariamente, ni las cosas que son por naturaleza, entran en el ámbito del arte, porque estas se originan por sí mismas. Y puesto que hacer y actuar son distintos, el arte debe ocuparse del primero y no del segundo. Y en cierto sentido el arte y la fortuna se ocupan de las mismas cosas, como dice Agatón de paso:
«El arte ama a la fortuna, y es amado por ella».
Así pues, el arte, como se ha dicho, es «cierto estado de la mente apto para hacer, unido a la razón verdadera»; su ausencia, por el contrario, es el mismo estado unido a la razón falsa, y ambos se emplean en la materia contingente.
Capítulo5
En cuanto a la sabiduría práctica, determinaremos su naturaleza examinando a qué tipo de personas se la atribuimos en el lenguaje común.
Se piensa entonces que es propio del hombre prácticamente sabio ser capaz de deliberar bien respecto a lo que es bueno y conveniente para sí mismo, no en ninguna línea definida, como lo que conduce a la salud o a la fuerza, sino a vivir bien. Una prueba de esto es que llamamos sabios en esto o aquello a los hombres cuando calculan bien con vistas a algún buen fin en un caso donde no hay una regla definida. Y así, hablando de manera general, el hombre que es bueno en la deliberación será prácticamente sabio. Ahora bien, nadie delibera respecto a cosas que no pueden ser de otra manera de como son, ni respecto a aquellas que no están al alcance de su propia acción: y así, puesto que el conocimiento requiere razonamiento estrictamente demostrativo, del cual la materia contingente no admite (digo materia contingente, porque todos los asuntos de deliberación deben ser contingentes y la deliberación no puede tener lugar respecto a cosas que son necesariamente), la sabiduría práctica no puede ser conocimiento ni arte; ni lo primero, porque lo que cae bajo el ámbito del actuar debe ser contingente; ni lo segundo, porque actuar y hacer son diferentes en especie.
Queda entonces que debe ser «un estado de la mente verdadero, unido a la razón y apto para actuar, que tiene por objeto aquellas cosas que son buenas o malas para el hombre»: porque en el hacer el objeto es siempre algo más allá de sí mismo, pero no puede serlo en el actuar porque el actuar-bien mismo es en sí un fin.
Por esta razón pensamos que Pericles y hombres de ese tipo son prácticamente sabios, porque pueden ver lo que es bueno para sí mismos y para los hombres en general, y también pensamos que lo son aquellos que son hábiles en la administración doméstica o el gobierno civil. De hecho, esta es la razón por la que llamamos al hábito de perfecto dominio de sí mismo con el nombre que lleva en griego, que etimológicamente significa «lo que preserva la sabiduría práctica»: porque lo que preserva es la noción que he mencionado, es decir, la del propio interés verdadero.
Porque no es toda clase de noción la que lo placentero y lo doloroso corrompen y pervierten, como, por ejemplo, que «los tres ángulos de todo triángulo rectilíneo son iguales a dos ángulos rectos», sino solo aquellas que se refieren a la acción moral.
Porque los principios de los asuntos de acción moral son la causa final de ellos: ahora bien, para el hombre que ha sido corrompido por razón del placer o el dolor el principio inmediatamente se oscurece, y no ve que es su deber elegir y actuar en cada caso con vistas a esta causa final y por razón de ella: porque el vicio tiene tendencia a destruir el principio moral: y así la sabiduría práctica debe ser «un estado unido a la razón, verdadero, que tiene el bien humano por objeto y es apto para actuar».
Además, el arte admite grados de excelencia, pero la sabiduría práctica no: y en el arte el que se equivoca a propósito es preferible al que lo hace sin darse cuenta, pero no así respecto a la sabiduría práctica o las otras virtudes. Evidentemente es entonces una excelencia de cierto tipo, y no un arte.
Ahora bien, como hay dos partes del alma que tienen razón, debe ser la excelencia de la parte opinativa [que antes llamamos calculativa o deliberativa], porque tanto la opinión como la sabiduría práctica se ejercen sobre materia contingente. Y además, no es simplemente un estado unido a la razón, como lo prueba el hecho de que tal estado puede ser olvidado y así perderse, mientras que la sabiduría práctica no puede.
Capítulo6
Ahora bien, el conocimiento es una concepción concerniente a lo universal y a la materia necesaria, y por supuesto hay ciertos primeros principios en todos los encadenamientos de razonamiento demostrativo (es decir, de todo conocimiento porque este está conectado con el razonamiento): esa facultad, entonces, que capta los primeros principios de lo que entra en el ámbito del conocimiento, no puede ser ni conocimiento, ni arte, ni sabiduría práctica: no conocimiento, porque lo que es objeto del conocimiento debe derivarse del razonamiento demostrativo; tampoco ninguna de las otras dos, porque se ejercen solo sobre materia contingente. Ni puede ser ciencia la que capta estos, porque el hombre científico debe en algunos casos depender del razonamiento demostrativo.
Se reduce entonces a esto: puesto que las facultades mediante las cuales siempre alcanzamos la verdad y nunca nos engañamos cuando tratamos con materia necesaria o incluso contingente son el conocimiento, la sabiduría práctica, la ciencia y la intuición, y la facultad que capta los primeros principios no puede ser ninguna de las tres primeras; la última, es decir la intuición, debe ser la que cumple esta función.
Capítulo7
Ciencia es un término que usamos principalmente en dos sentidos: en primer lugar, en las artes la atribuimos a quienes llevan sus artes a la mayor exactitud; Fidias, por ejemplo, lo llamamos escultor científico o hábil; Policleto estatuario científico o hábil; queriendo decir, en este caso, nada más por ciencia que una excelencia del arte: en el otro sentido, pensamos que algunos son científicos de manera general, no en ninguna línea particular ni en ninguna cosa particular, tal como Homero dice de un hombre en su Margites: «A él los dioses no lo hicieron ni cavador de la tierra, ni labrador, ni de ninguna otra manera científico».
Así que está claro que ciencia debe significar el más exacto de todos los conocimientos; pero si es así, entonces el hombre científico no solo debe conocer las deducciones de los primeros principios sino estar en posesión de la verdad respecto a los primeros principios. De modo que la ciencia debe ser equivalente a intuición y conocimiento; es, por así decir, conocimiento de los objetos más preciosos, con cabeza.
Digo de las cosas más preciosas, porque es absurdo suponer que la politike, o sabiduría práctica, sea la más elevada, a menos que pueda demostrarse que el hombre es lo más excelente de todo lo que existe en el universo. Ahora bien, si «saludable» y «bueno» son términos relativos, que difieren cuando se aplican a hombres o a peces, pero «blanco» y «recto» son lo mismo siempre, los hombres deben admitir que lo científico es lo mismo siempre, pero lo prácticamente sabio varía: porque a aquello que provee todas las cosas bien para sí mismo, a eso aplicarían el término prácticamente sabio, y le confiarían estos asuntos; que es la razón, por cierto, de que llamen prácticamente sabios a algunos animales, es decir, a aquellos que claramente tienen una facultad de previsión respecto a su propia subsistencia.
Y es muy evidente que ciencia y politike no pueden ser idénticas: porque si los hombres dan el nombre de ciencia a esa facultad que se emplea en lo que es conveniente para ellos mismos, habrá muchas en lugar de una, porque no hay una y la misma facultad empleada en el bien de todos los animales colectivamente, a menos que en el mismo sentido en que puedes decir que hay un arte de curar respecto a todos los seres vivos.
Si se argumenta que el hombre es superior a todos los demás animales, eso no hace diferencia: porque hay muchas otras cosas más divinas en su naturaleza que el hombre, como, muy obviamente, los elementos de los que está compuesto el universo.
Está claro entonces que la ciencia es la unión de conocimiento e intuición, y tiene por objetos aquellas cosas que son más preciosas en su naturaleza. En consecuencia, a Anaxágoras, Tales y hombres de ese tipo, la gente los llama científicos, pero no prácticamente sabios porque los ven ignorantes de lo que les concierne a sí mismos; y dicen que lo que saben está muy fuera de lo común ciertamente, y es maravilloso, y difícil, y muy bueno sin duda, pero aun así inútil porque no buscan lo que es bueno para ellos como hombres.
Capítulo8
Pero la sabiduría práctica se emplea en asuntos humanos, y en aquellos que son objetos de deliberación (porque decimos que deliberar bien es muy especialmente la obra del hombre que posee esta sabiduría), y nadie delibera sobre cosas que no pueden ser de otra manera de como son, ni sobre ninguna salvo aquellas que tienen algún fin definido y este fin bueno que resulta de la acción moral; y el hombre a quien deberíamos dar el nombre de bueno en el consejo, simple y sin modificación, es aquel que por vía de cálculo tiene capacidad para alcanzar aquel de los bienes prácticos que es el mejor para el hombre.
Tampoco consiste la Sabiduría Práctica únicamente en un conocimiento de principios generales, sino que es necesario que uno conozca también los detalles particulares, porque está orientada a la acción, y la acción se ocupa de los detalles: por esta razón a veces hombres que no tienen mucho conocimiento son más prácticos que otros que lo tienen; entre otros, aquellos que derivan todo lo que saben de la experiencia real: supongamos que un hombre sabe, por ejemplo, que las carnes ligeras son fáciles de digerir y saludables, pero no sabe qué tipos de carne son ligeras, no producirá un estado saludable; aquel hombre tendrá muchas más posibilidades de lograrlo, quien sabe que la carne de aves es ligera y saludable. Puesto que entonces la Sabiduría Práctica está orientada a la acción, uno debe tener ambos tipos de conocimiento, o, si solo uno, el conocimiento de los detalles más que el de los Principios. Así habrá, respecto de la Sabiduría Práctica, la distinción de suprema y subordinada.
Además: la politike y la Sabiduría Práctica son el mismo estado mental, pero el punto de vista no es el mismo.
De la Sabiduría Práctica ejercida sobre una comunidad, aquella que yo llamaría la Suprema es la facultad de Legislación; la subordinada, que se ocupa de los detalles, generalmente tiene el nombre común de politike, y sus funciones son la Acción y la Deliberación (pues el decreto particular es un asunto de acción, siendo el resultado final de esta rama de la Sabiduría Práctica, y por eso la gente comúnmente dice que solo estos hombres están realmente ocupados en el gobierno, porque solo ellos actúan, ocupando la misma posición respecto a los legisladores que los trabajadores respecto a un maestro).
Además, se considera que es Sabiduría Práctica en el sentido más propio aquella que tiene por objeto el interés del Individuo: y esta generalmente se apropia del nombre común: las otras se llaman respectivamente Administración Doméstica, Legislación, Gobierno Ejecutivo dividido en dos ramas, Deliberativa y Judicial. Ahora bien, por supuesto, el conocimiento para uno mismo es un tipo de conocimiento, pero admite muchos matices de diferencia: y es una noción común que el hombre que conoce y se ocupa solamente de sus propios asuntos es el hombre de Sabiduría Práctica, mientras que aquellos que extienden su solicitud a la sociedad en general son considerados entrometidos.
Eurípides ha plasmado así este sentimiento; «Qué», dice uno de sus Personajes, «Qué tonto soy yo, que mientras podría haber compartido por igual, ociosamente contado entre la multitud del ejército *** pues a los que son ocupados y entrometidos [Zeus odia]», porque la generalidad de la humanidad busca su propio bien y considera que este es su asunto propio. Es entonces de esta opinión de donde ha surgido la noción de que tales hombres son los Prácticamente Sabios. Y sin embargo, es muy posible que el bien del individuo no pueda asegurarse independientemente de la conexión con una familia o una comunidad. Y de nuevo, cómo debe un hombre administrar sus propios asuntos a veces no está del todo claro, y debe convertirse en objeto de investigación.
Una corroboración de lo que he dicho es el hecho de que los jóvenes llegan a ser geómetras y matemáticos, y Científicos en tales materias, pero no se considera que un hombre joven pueda llegar a poseer la Sabiduría Práctica: ahora bien, la razón es que esta Sabiduría tiene por objeto hechos particulares, que llegan a conocerse por la experiencia, que un hombre joven no tiene porque solo se produce con el paso del tiempo.
Por cierto, una persona podría también preguntarse, por qué un muchacho puede convertirse en matemático pero no en Científico o filósofo natural. ¿No es esta la razón? que las matemáticas se captan mediante el proceso de abstracción, pero los principios de la Ciencia y la filosofía natural deben obtenerse mediante la experiencia; y los últimos los jóvenes hablan de ellos pero no los comprenden, mientras que la naturaleza de los primeros es clara y evidente.
Además, en materia de práctica, el error se adhiere o bien a la regla general, en el proceso de deliberación, o bien al hecho particular: por ejemplo, esta sería una regla general, «Toda agua de cierta densidad es mala»; el hecho particular, «esta agua es de esa densidad».
Y que la Sabiduría Práctica no es Conocimiento es evidente, pues tiene que ver con el resultado final, como se ha dicho, porque todo objeto de acción es de esta naturaleza.
A la Intuición se opone, pues esta capta aquellos principios que no pueden probarse mediante razonamiento, mientras que la Sabiduría Práctica se ocupa del hecho particular último que no puede comprenderse mediante el Conocimiento sino mediante el Sentido; no me refiero a uno de los cinco sentidos, sino al mismo por el cual captamos el hecho matemático, que ninguna figura rectilínea puede estar contenida por menos de tres líneas, es decir, que un triángulo es la figura última, porque aquí también hay un punto de parada.
Esto sin embargo es Sentido más que Sabiduría Práctica, que es de otro tipo.
Capítulo9
Ahora bien, los actos de investigar y deliberar difieren, aunque deliberar es un tipo de investigación. Debemos determinar acerca del Buen Consejo igualmente qué es, si un tipo de Conocimiento, u Opinión, o Conjetura Afortunada, o algún otro tipo de facultad. Conocimiento obviamente no es, porque los hombres no investigan sobre lo que conocen, y el Buen Consejo es un tipo de deliberación, y el hombre que está deliberando está investigando y calculando.
Tampoco es Conjetura Afortunada; porque esta es independiente del razonamiento, y una operación rápida; pero los hombres deliberan mucho tiempo, y es un dicho común que uno debe ejecutar rápidamente lo que se ha resuelto en la deliberación, pero deliberar lentamente.
La percepción rápida de causas de nuevo es una facultad diferente del buen consejo, pues es una especie de Conjetura Afortunada. Ni es el Buen Consejo Opinión de ningún tipo.
Pues bien, dado que quien delibera mal se equivoca, y quien delibera bien lo hace correctamente, está claro que el Buen Consejo es rectitud de algún tipo, pero no de Conocimiento ni de Opinión: pues el Conocimiento no puede llamarse correcto porque no puede estar equivocado, y la Rectitud de la Opinión es Verdad: y además, todo lo que es objeto de opinión está definitivamente delimitado.
Sin embargo, el Buen Consejo no es independiente de la Razón. ¿Queda entonces que es una rectitud de Operación Intelectual simplemente, porque esta no equivale a una afirmación; y la objeción a la Opinión era que no es un proceso de investigación sino ya una afirmación definida; mientras que quienquiera que delibera, ya sea bien o mal, está ocupado en investigación y cálculo?
Bien, el Buen Consejo es una Rectitud de deliberación, y así la primera pregunta debe referirse a la naturaleza y los objetos de la deliberación. Ahora bien, recuerda que Rectitud es un término equívoco; evidentemente no nos referimos a Rectitud de cualquier tipo; el akrates, por ejemplo, o el hombre malo, obtendrá mediante su cálculo lo que se propone como objetivo, y así puede decirse que ha deliberado correctamente en un sentido, pero habrá alcanzado un gran mal. Mientras que haber deliberado bien se considera que es un bien, porque el Buen Consejo es Rectitud de deliberación de tal naturaleza que es apta para alcanzar el bien.
Pero incluso esto de nuevo puedes obtenerlo mediante razonamiento falso, y dar con el efecto correcto aunque no a través de medios correctos, siendo tu término medio falaz: y así tampoco esto será todavía Buen Consejo como consecuencia del cual obtienes lo que debes pero no a través de medios apropiados.
Además, un hombre puede dar con algo después de larga deliberación, otro rápidamente. Y así lo antes descrito no será todavía Buen Consejo, sino que la Rectitud debe ser con referencia a lo que es conveniente; y debes tener un fin apropiado a la vista, perseguirlo de manera correcta y en el momento correcto.
Una vez más. Uno puede deliberar bien ya sea generalmente o hacia algún Fin particular. El buen consejo en general entonces es aquel que va correctamente hacia lo que es el Fin de manera general de consideración; en particular, aquel que lo hace hacia algún Fin particular.
Puesto que entonces deliberar bien es una cualidad de hombres poseídos de Sabiduría Práctica, el Buen Consejo debe ser «Rectitud respecto de lo que conduce a un Fin dado, del cual la Sabiduría Práctica es la concepción verdadera».
Capítulo10
Existe también la facultad del Juicio, y también su ausencia, en virtud de la cual llamamos a los hombres Juiciosos o lo contrario.
Ahora bien, el Juicio no es enteramente idéntico al Conocimiento o la Opinión (pues entonces todos habrían sido Juiciosos), ni es ninguna ciencia específica, como la ciencia médica cuya materia son las cosas saludables; o la geometría cuya materia es la magnitud: pues no tiene por objeto cosas que siempre existen y son inmutables, ni de aquellas cosas que vienen a ser cualquiera que pueda ser por azar; sino aquellas respecto de las cuales un hombre podría dudar y deliberar.
Y así tiene el mismo objeto que la sabiduría práctica; sin embargo, ambas facultades no son idénticas, porque la sabiduría práctica tiene la capacidad de mandar y tomar la iniciativa, pues su fin es «lo que se debe o no se debe hacer»; pero el discernimiento solo es apto para decidir sobre sugerencias (aunque en griego añadamos «bien» a la facultad y a su nombre concreto, en realidad significan exactamente lo mismo que las palabras simples), y el discernimiento no es ni poseer sabiduría práctica ni alcanzarla, sino que, así como aprender se denomina synienai cuando un hombre usa su conocimiento, así el discernimiento consiste en emplear la facultad opinativa para juzgar acerca de aquellas cosas que caen dentro de la provincia de la sabiduría práctica cuando otro las enuncia; y no solo juzgar, sino juzgar bien (pues eu y kalos significan exactamente lo mismo). Y el nombre griego de esta facultad deriva del uso del término synienai en el aprendizaje: manthanein y synienai se usan a menudo como sinónimos.
La facultad llamada gnome, en virtud de la cual llamamos eugnomones a los hombres, o decimos que tienen gnome, es «el juicio correcto del hombre equitativo». Una prueba de ello es que muy comúnmente decimos que el hombre equitativo tiene una tendencia a mostrar indulgencia, y mostrar indulgencia en ciertos casos es equitativo. Y syngnome (la palabra que denota indulgencia) es gnome correcta que tiene capacidad para tomar decisiones equitativas. Por «correcta» me refiero a la del hombre veraz.
Capítulo11
Ahora bien, todos estos estados mentales tienden al mismo objeto, como de hecho nos lleva a esperar el lenguaje común: quiero decir, hablamos de gnome, discernimiento, sabiduría práctica e intuición práctica, atribuyendo la posesión de gnome e intuición práctica a los mismos individuos a quienes denominamos prácticamente sabios y discernidores; porque todas estas facultades se emplean sobre los extremos, es decir, sobre detalles particulares; y en virtud de su aptitud para decidir sobre los asuntos que caen dentro de la provincia del prácticamente sabio, un hombre es discernidor y poseedor de buena gnome; es decir, está dispuesto a mostrar indulgencia, pues consideraciones de equidad son albergadas por todos los hombres buenos por igual en transacciones con sus semejantes.
Y todos los asuntos de acción moral pertenecen a la clase de los particulares, llamados también extremos: pues el hombre de sabiduría práctica debe conocerlos, y el discernimiento y la gnome se ocupan de asuntos de acciones morales, que son extremos.
La intuición, además, capta los extremos en ambos extremos: quiero decir, los primeros y últimos términos deben captarse no por razonamiento sino por intuición [de modo que la intuición viene a ser de dos clases], y la que pertenece a razonamientos demostrativos estrictos capta términos primeros inmutables, es decir, necesarios; mientras que la que se emplea en asuntos prácticos capta el extremo, lo contingente y la premisa menor: pues las premisas menores son la fuente de la causa final, estando los universales compuestos a partir de particulares. Para captar estos, por supuesto, debemos tener sentido, es decir, en otras palabras, intuición práctica.
Y por esta razón se piensa que estas son simplemente dones de la naturaleza; y mientras que nadie se considera científico por naturaleza, se piensa que los hombres tienen gnome, y discernimiento, e intuición práctica: una prueba de ello es que pensamos que estas facultades son una consecuencia incluso de edades particulares, y esta edad dada tiene intuición práctica y gnome, decimos, como bajo la noción de que la naturaleza es la causa. Y así la intuición es tanto el principio como el fin, porque las pruebas se basan en una clase de extremos y conciernen a la otra.
Y así uno debe atender a los dichos y opiniones indemostrables de los hábiles, los ancianos y los prácticamente sabios, no menos que a aquellos que se basan en razonamiento estricto, porque ven correctamente, habiendo ganado su poder de visión moral a partir de la experiencia.
Capítulo12
Bien, hemos expuesto ahora la naturaleza y objetos de la sabiduría práctica y la ciencia respectivamente, y que pertenecen cada una a una parte diferente del alma. Pero puedo concebir a una persona cuestionando su utilidad. «La ciencia», diría, «se ocupa de ninguna de las causas de la felicidad humana (pues no tiene nada que ver con producir nada): la sabiduría práctica tiene esta recomendación, lo concedo, pero ¿dónde está la necesidad de ella, puesto que su provincia son aquellas cosas que son justas y honorables y buenas para el hombre, y estas son las cosas que el hombre bueno como tal hace; pero no somos ni un poco más aptos para hacerlas porque las conocemos, puesto que las virtudes morales son hábitos; así como no somos más aptos para estar sanos o en buena condición por mero conocimiento de lo que se refiere a estos (me refiero, por supuesto, a cosas llamadas así no por producir salud, etc., sino por evidenciarla en un sujeto particular), pues no somos más aptos para estar sanos y en buena condición meramente por conocer el arte de la medicina o el entrenamiento.
«Si se argumenta que saber qué es bueno no hace por sí mismo a un hombre prácticamente sabio sino volverse bueno; aun así esta sabiduría tampoco será de utilidad ni para aquellos que son buenos, y así ya la tienen, ni para aquellos que no la tienen; porque no les hará ninguna diferencia si la tienen ellos mismos o se ponen bajo la guía de otros que la tienen; y podríamos contentarnos con estar respecto a esto como respecto a la salud: pues aunque deseamos estar sanos, aun así no nos ponemos a aprender el arte de la curación.
«Además, parecería extraño que, aunque más baja en la escala que la ciencia, sea su ama; lo cual es, porque lo que produce resultados toma la regla y dirige en cada asunto».
Esto, entonces, es de lo que vamos a hablar, pues estos son los únicos puntos ahora planteados.
Ahora bien, primero decimos que siendo respectivamente excelencias de diferentes partes del alma deben ser dignas de elección, incluso bajo el supuesto de que ninguna de ellas produzca resultados.
En segundo lugar decimos que sí producen resultados; que la ciencia hace la felicidad, no como el arte médico sino como la salud hace la salud: porque, siendo una parte de la virtud en su sentido más extenso, hace feliz a un hombre por ser poseída y por actuar.
Luego, la obra del hombre como hombre se cumple en virtud de la sabiduría práctica y la virtud moral, dando esta última el objetivo y dirección correctos, la primera los medios correctos para su logro; pero de la cuarta parte del alma, el mero principio nutritivo, no hay tal excelencia, porque nada está en su poder hacer o dejar sin hacer.
En cuanto a que no somos más aptos para hacer lo noble y justo por razón de poseer sabiduría práctica, debemos comenzar un poco más arriba, tomando esto como nuestro punto de partida. Como decimos que los hombres pueden hacer cosas en sí mismas justas y sin embargo no ser hombres justos; por ejemplo, cuando los hombres hacen lo que las leyes les requieren, ya sea contra su voluntad, o por razón de ignorancia o algo más, en todo caso no por causa de las cosas mismas; y sin embargo hacen lo que deben y todo lo que el hombre bueno debería hacer; así parece que para ser un hombre bueno uno debe hacer cada acto en un marco mental particular, quiero decir a partir de la elección moral y por causa de las cosas mismas que se hacen. Ahora bien, es la virtud la que hace correcta la elección moral, pero lo que sea naturalmente requerido para llevar a cabo esa elección cae bajo la provincia no de la virtud sino de una facultad diferente. Debemos detenernos, por así decirlo, un rato, y hablar más claramente sobre estos puntos.
Hay entonces una cierta facultad, comúnmente llamada habilidad, de tal naturaleza que es capaz de hacer y alcanzar lo que conduce a cualquier propósito dado: ahora bien, si ese propósito es bueno la facultad es loable; si no, recibe un nombre que, denotando estrictamente la capacidad, implica la disposición a hacer cualquier cosa; en consecuencia llamamos hábiles a los prácticamente sabios, y también a aquellos que pueden y quieren hacer cualquier cosa.
Ahora bien, la sabiduría práctica no es idéntica a la habilidad, ni está sin este poder de adaptar medios a fines: pero este ojo del alma (como podemos llamarlo) no alcanza su estado apropiado sin bondad, como hemos dicho antes y como es muy evidente, porque los silogismos en los que la acción moral puede ser analizada tienen como premisa mayor «puesto que —— es el fin y el bien supremo» (llena el espacio en blanco con cualquier cosa que quieras, pues meramente queremos exhibir la forma, de modo que cualquier cosa servirá), pero cómo debe llenarse este espacio en blanco solo lo ve el hombre bueno: porque el vicio distorsiona la visión moral y causa que los hombres se engañen respecto a los principios prácticos.
Queda claro, por tanto, que un hombre no puede ser prácticamente sabio sin ser un hombre bueno.
Debemos investigar también de nuevo sobre la Virtud: porque puede dividirse en Virtud Natural y Virtud Madura, que mantienen entre sí una relación semejante a la que la Sabiduría Práctica mantiene con la Habilidad; una relación no de identidad sino de semejanza. Hablo de Virtud Natural porque los hombres sostienen que cada una de las disposiciones morales nos corresponde de algún modo por naturaleza: tenemos disposiciones hacia la justicia, el dominio de uno mismo y el valor, por ejemplo, inmediatamente desde nuestro nacimiento; pero aun así buscamos la Bondad en su sentido más elevado como algo distinto de estas, y que estas disposiciones se nos adhieran de una forma un tanto diferente. Los niños y los animales tienen estos estados naturales, pero resultan claramente perjudiciales si no se combinan con un elemento intelectual: al menos esto es cuestión de experiencia real y observación, que así como un cuerpo fuerte desprovisto de vista debe, si se pone en movimiento, caer violentamente porque no tiene vista, así ocurre también en el caso que estamos considerando: pero si puede obtener el elemento intelectual entonces sobresale en el actuar. Así pues, el Estado Natural de la Virtud, siendo como este cuerpo fuerte, será entonces Virtud en el sentido más elevado cuando también se combine con el elemento intelectual.
De modo que, así como en el caso de la facultad opinativa hay dos formas, Habilidad y Sabiduría Práctica, también en el caso de lo Moral hay dos, Virtud Natural y Virtud Madura; y de estas la última no puede formarse sin Sabiduría Práctica.
Esto lleva a algunos a decir que todas las Virtudes son meramente Sabiduría Práctica intelectual, y Sócrates tenía razón en parte en su investigación y en parte estaba equivocado: equivocado en que pensaba que todas las Virtudes eran meramente Sabiduría Práctica intelectual, en lo cierto al decir que no eran independientes de esa facultad.
Una prueba de ello es que ahora todos, al definir la Virtud, añaden el «estado» [mencionando también a qué criterio se refiere, es decir, aquel] «que está de acuerdo con la Recta Razón»: ahora bien, «recta» significa de acuerdo con la Sabiduría Práctica. Así pues, todos parecen tener una noción instintiva de que aquel estado que está de acuerdo con la Sabiduría Práctica es Virtud; sin embargo, debemos hacer un ligero cambio en su afirmación, porque ese estado es Virtud, no meramente el que está de acuerdo con sino el que implica la posesión de Recta Razón; que, en tales materias, es Sabiduría Práctica. La diferencia entre nosotros y Sócrates es esta: él pensaba que las Virtudes eran procesos de razonamiento (es decir, que eran todas instancias de Conocimiento en su sentido estricto), pero nosotros decimos que implican la posesión de Razón.
A partir de lo dicho queda claro entonces que uno no puede ser, estrictamente hablando, bueno sin Sabiduría Práctica ni Prácticamente Sabio sin bondad moral.
Y mediante la distinción entre Virtud Natural y Virtud Madura se puede responder al razonamiento por el cual podría argumentarse «que las Virtudes son separables porque el mismo hombre no está por naturaleza más inclinado a todas a la vez, de modo que habrá adquirido esta antes de tener aquella otra»: responderíamos que esto es posible respecto a las Virtudes Naturales pero no respecto a aquellas en virtud de las cuales un hombre es denominado simplemente bueno: porque todas le pertenecerán junto con la única facultad de Sabiduría Práctica.
Es evidente también que incluso si no fuera apta para actuar la necesitaríamos, porque es la Excelencia de una parte del Alma; y que la elección moral no puede ser correcta independientemente de la Sabiduría Práctica y la Bondad Moral; porque esta da el Fin correcto, aquella causa el hacer estas cosas que conducen al Fin.
Por otra parte, tampoco es Dueña de la Ciencia (es decir, de la parte superior del Alma), así como tampoco el arte de curar es Dueño de la salud; porque no hace uso de ella, sino que mira cómo puede llegar a ser: así que ordena por causa de ella pero no la ordena a ella.
La objeción es, de hecho, tan válida como si un hombre dijera que la politike gobierna a los dioses porque da órdenes sobre todas las cosas en la comunidad.
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