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Libro 2La virtud y el término medio

Ética a Nicómaco · Aristóteles · 32 min de lectura

Capítulo1

Bien: la excelencia humana es de dos clases, intelectual y moral. La intelectual tiene su origen, y se desarrolla después, principalmente mediante la enseñanza, y por eso necesita experiencia y tiempo; mientras que la moral procede de la costumbre, de modo que el término griego que la designa es solo una ligera variante del término que en esa lengua designa la costumbre.

De este hecho se desprende claramente que ninguna de las virtudes morales surge en nosotros por mera naturaleza: porque las cosas que existen por naturaleza no pueden ser modificadas por la costumbre. Una piedra, por ejemplo, que por naturaleza gravita hacia abajo, jamás podría ser llevada por la costumbre a ascender, ni siquiera si uno intentara acostumbrarla lanzándola hacia arriba diez mil veces; ni el fuego podría ser llevado a descender; de hecho, nada cuya naturaleza sea de una manera podría ser llevado por la costumbre a ser de otra. Las virtudes, entonces, no surgen en nosotros ni por naturaleza ni contra naturaleza, sino que la naturaleza nos proporciona la capacidad de recibirlas y nos perfeccionamos en ellas mediante la costumbre.

Además, en todos los casos en que obtenemos algo por naturaleza, primero adquirimos las facultades y después realizamos los actos correspondientes; una ilustración de esto la proporcionan nuestros sentidos corporales, pues no fue por haber visto u oído muchas veces que obtuvimos estos sentidos, sino justamente al revés: los teníamos y por eso los ejercitamos, pero no los teníamos porque los hubiéramos ejercitado. Las virtudes, en cambio, las obtenemos realizando primero actos particulares, lo cual sucede también con otras cosas, como las artes, por ejemplo; pues lo que tenemos que hacer una vez que hemos aprendido cómo, esto aprendemos a hacerlo haciéndolo: los hombres llegan a ser constructores, por ejemplo, construyendo; arpistas, tocando el arpa. Exactamente igual, haciendo acciones justas llegamos a ser justos; haciendo acciones de dominio de sí mismos llegamos a perfeccionarnos en el dominio de sí mismos; y haciendo acciones valientes nos volvemos valientes.

Y lo que ocurre en las comunidades da testimonio de la verdad de esto: porque los legisladores hacen buenos a los ciudadanos individuales mediante la habituación, y esta es ciertamente la intención de todo legislador, y todos los que no lo logran bien fracasan en su propósito; y en esto consiste la diferencia entre una buena Constitución y una mala.

Además, toda virtud se produce o se destruye a partir de las mismas circunstancias y por ellas; del mismo modo ocurre también con el arte. Quiero decir que es tocando el arpa como se forman tanto los buenos como los malos arpistas; y de manera similar los constructores y todos los demás: construyendo bien los hombres llegarán a ser buenos constructores; haciéndolo mal, malos. De hecho, si esto no fuera así, no habría habido necesidad de instructores, sino que todos los hombres habrían sido de inmediato buenos o malos en sus respectivas artes sin ellos.

Así pues, lo mismo ocurre con las virtudes: porque actuando en las diversas relaciones en que nos encontramos con nuestros semejantes, llegamos a ser, unos justos, otros injustos; y actuando en situaciones peligrosas y habituándonos a sentir miedo o confianza, llegamos a ser, unos valientes, otros cobardes.

De manera similar ocurre también respecto a las ocasiones de deseo y de ira: pues algunos hombres llegan a perfeccionarse en el dominio de sí mismos y a ser apacibles, otros carecen de todo autocontrol y son irascibles; una clase comportándose de una manera ante ellas, la otra comportándose de otra. O, en una palabra, los hábitos se producen a partir de actos semejantes a ellos: y por eso lo que tenemos que hacer es dar un cierto carácter a estos actos particulares, porque los hábitos formados se corresponden con las diferencias de estos.

Así pues, si nos acostumbramos de una manera o de otra desde la infancia, no constituye una diferencia pequeña sino importante, o más bien diría yo que constituye toda la diferencia.

Capítulo2

Dado entonces que el objetivo del presente tratado no es la mera especulación, como lo es en algunos otros (pues no estamos investigando meramente para saber qué es la virtud, sino para volvernos virtuosos, pues de otro modo habría sido inútil), debemos considerar en cuanto a las acciones particulares cómo hemos de realizarlas, porque, como acabamos de decir, la calidad de los hábitos que se formarán depende de ellas.

Ahora bien, que debemos actuar de acuerdo con la recta razón es una máxima general, y puede darse por supuesta por el momento: hablaremos de ello más adelante, y diremos tanto qué es la recta razón como cuáles son sus relaciones con las demás virtudes.

Pero que primero quede bien entendido entre nosotros este punto: que todo lo que se puede decir sobre la acción moral debe decirse en líneas generales, por así decir, y no con exactitud; pues como señalamos al comienzo, solo debe exigirse el tipo de razonamiento que admita la naturaleza del tema, y los asuntos de acción moral y de conveniencia no tienen nada de fijo, como tampoco los asuntos de salud. Y si el tema en sus máximas generales es tal, todavía menos se puede alcanzar exactitud en su aplicación a casos particulares: porque estos no caen bajo ningún arte o sistema de reglas, sino que debe dejarse en cada caso a los agentes individuales atender a las exigencias del caso particular, como ocurre en el arte de curar o en el de navegar un barco. Aun así, aunque el presente tema sea admitidamente tal, debemos intentar hacer lo que podamos por él.

Primero entonces debe notarse esto: que es propio de la naturaleza de tales cosas estropearse por defecto y por exceso; como vemos en el caso de la salud y la fuerza (pues para la ilustración de cosas que no pueden verse debemos usar las que sí pueden verse), ya que el entrenamiento excesivo perjudica la fuerza tanto como el deficiente: la comida y la bebida, de igual manera, en cantidades demasiado grandes o demasiado pequeñas, perjudican la salud, mientras que en la proporción debida la causan, la aumentan y la preservan.

Así es por tanto también con los hábitos del perfeccionado dominio de sí mismo y del valor y las demás virtudes: pues el hombre que huye de todas las cosas y las teme todas, y nunca hace frente a nada, llega a ser un cobarde; y el que no teme nada, sino que acomete todo, llega a ser temerario. De igual manera, el que prueba todos los placeres y no se abstiene de ninguno llega a perder todo autocontrol; mientras que el que evita todos, como hacen los torpes y rústicos, llega por así decir a perder sus facultades de percepción: es decir, los hábitos del perfeccionado dominio de sí mismo y del valor se estropean por el exceso y el defecto, pero se preservan mediante el término medio.

Además, no solo el origen, el crecimiento y el deterioro de los hábitos provienen de las mismas circunstancias y por ellas, sino que también los actos que se realizan después de formados los hábitos se ejercitarán sobre las mismas: pues así ocurre también con aquellas otras cosas que son más directamente objeto de la vista, la fuerza por ejemplo: pues esta se adquiere tomando mucho alimento y haciendo mucho ejercicio, y el hombre que ha alcanzado la fuerza es el más capaz de hacer estas cosas. Y así es también con las virtudes, pues no solo absteniéndonos de los placeres llegamos a perfeccionarnos en el dominio de sí mismos, sino que cuando hemos llegado a serlo podemos abstenernos mejor de ellos. De manera similar ocurre también con el valor: pues es acostumbrándonos a despreciar los objetos de temor y a hacerles frente como llegamos a ser valientes; y después de haber llegado a serlo estaremos en mejores condiciones de hacerles frente.

Y como prueba de la formación de los hábitos debemos tomar el placer o el dolor que sigue a los actos; pues está perfeccionado en el dominio de sí mismo quien no solo se abstiene de los placeres corporales sino que se alegra de hacerlo; mientras que quien se abstiene pero lamenta hacerlo no tiene dominio de sí mismo. Es valiente, a su vez, quien hace frente al peligro, ya sea con placer positivo o al menos sin ningún dolor; mientras que quien lo hace con dolor no es valiente.

Pues la virtud moral tiene por objeto de estudio los placeres y los dolores, porque por causa del placer hacemos lo malo, y por causa del dolor dejamos de hacer lo correcto (razón por la cual, como observa Platón, los hombres deberían haber sido educados desde la infancia para recibir placer y dolor de los objetos apropiados, porque esa es la educación correcta). Además: puesto que las virtudes tienen que ver con acciones y sentimientos, y a cada sentimiento y a cada acción siguen placer y dolor, aquí tenemos otra prueba de que la virtud tiene por objeto de estudio el placer y el dolor. Lo mismo se muestra también por el hecho de que los castigos se aplican por medio de estos; porque son de la naturaleza de los remedios, y es propio de los remedios ser contrarios a los males que curan. Además, citando lo que dijimos antes: todo hábito del alma por su propia naturaleza tiene relación con las cosas del mismo tipo que aquellas por las cuales se deteriora o mejora naturalmente, y ejerce su actividad sobre ellas: ahora bien, tales hábitos llegan a ser viciosos por causa de placeres y dolores, es decir, porque los hombres persiguen o evitan, respectivamente, ya sea los que no deben, o en momentos equivocados, o de manera equivocada, y así sucesivamente (razón por la cual, dicho sea de paso, algunas personas definen las virtudes como ciertos estados de impasibilidad y quietud absoluta, pero están equivocados porque hablan sin matización, en lugar de añadir «como se debe», «como no se debe», y «cuándo», y demás). Así pues, se asume que la virtud es aquel hábito que es tal, en relación con placeres y dolores, que produce los mejores resultados, y el vicio lo contrario.

Las siguientes consideraciones pueden servir también para arrojar luz sobre esto. Hay principalmente tres cosas que nos mueven a la elección y tres a la evitación: lo honroso, lo conveniente, lo placentero; y sus tres contrarios: lo deshonroso, lo perjudicial y lo doloroso: ahora bien, el hombre bueno tiende a actuar correctamente, y el hombre malo incorrectamente, respecto a todas estas cosas, por supuesto, pero muy especialmente respecto al placer: porque no solo es esto común a él con todos los animales, sino que también es un concomitante de todas aquellas cosas que mueven a la elección, ya que tanto lo honroso como lo conveniente dan una impresión de placer.

Además, crece con todos nosotros desde la infancia, y por eso es difícil arrancar de nosotros mismos este sentimiento, arraigado como está en nuestra vida misma.

Además, adoptamos el placer y el dolor (algunos de nosotros más, y algunos menos) como medida incluso de las acciones: por esta causa, entonces, todo nuestro quehacer debe ocuparse de ellos, puesto que recibir impresiones correctas o equivocadas de placer y dolor es algo de no poca importancia respecto a las acciones. Una vez más: es más difícil, como dice Heráclito, luchar contra el placer que contra la ira: ahora bien, el arte surge en relación con aquello que es más difícil de lo común, y la virtud también, porque en aquello que es difícil el bien es de un orden superior: y así, por esta razón también, tanto la virtud como la filosofía moral en general deben ocuparse enteramente de los placeres y dolores, porque quien los usa bien será bueno, quien lo hace mal será malo.

Entendamos entonces que hemos establecido que la virtud tiene por objeto de estudio placeres y dolores, y que se incrementa o se malogra por las mismas circunstancias (usadas de modo diferente) por las cuales se genera originalmente, y que ejerce su actividad sobre las mismas circunstancias de las cuales se generó.

Capítulo3

Ahora bien, puedo concebir que una persona esté perpleja en cuanto al significado de nuestra afirmación de que los hombres deben hacer acciones justas para volverse justos, y las de dominio de sí para adquirir el hábito del dominio de sí; «pues», diría, «si los hombres están haciendo las acciones, ya tienen las virtudes respectivas, así como los hombres son gramáticos o músicos cuando hacen las acciones de cualquiera de esas artes». ¿No podemos responder diciendo que no es así ni siquiera en el caso de las artes mencionadas? Porque un hombre puede producir algo gramatical ya sea por azar o por sugerencia de otro; pero solo entonces será gramático cuando no solo produzca algo gramatical sino que lo haga a la manera del gramático, es decir, en virtud del conocimiento gramatical que él mismo posee.

Además, los casos de las artes y de las virtudes no son paralelos: porque aquellas cosas que son producidas por las artes tienen su excelencia en sí mismas, y por lo tanto es suficiente que estas, cuando se producen, estén en cierto estado: pero aquellas que se producen por la vía de las virtudes son, estrictamente hablando, acciones de cierto tipo (digamos de justicia o de perfecto dominio de sí), no meramente si en sí mismas están en cierto estado sino si también quien las hace las hace estando él mismo en cierto estado: primero si sabe lo que está haciendo, luego si lo hace con preferencia deliberada, y con tal preferencia por las cosas mismas por su propio bien; y en tercer lugar si está él mismo estable e indispuesto al cambio. Ahora bien, para constituir posesión de las artes estos requisitos no se cuentan, excepto el único punto del conocimiento: mientras que para la posesión de las virtudes el conocimiento vale poco o nada, pero los otros requisitos valen no poco, sino que, de hecho, lo son todo, y estos requisitos de hecho provienen de hacer repetidamente las acciones de justicia y de perfecto dominio de sí.

Los hechos, es verdad, son llamados por los nombres de estos hábitos cuando son tales como los que haría el hombre justo o perfectamente dueño de sí; pero no está en posesión de las virtudes quien meramente hace estos hechos, sino quien también los hace de la manera en que los hacen el justo y el dueño de sí.

Tenemos razón entonces al decir que estas virtudes se forman en un hombre al hacer él las acciones; pero nadie, si las dejara sin hacer, estaría siquiera en camino de convertirse en un hombre bueno. Sin embargo, la gente en general no realiza estas acciones, sino que refugiándose en la charla se envanecen de que están filosofando, y que así serán hombres buenos: actuando en verdad muy como aquellos enfermos que escuchan al médico con gran atención pero no hacen nada de lo que les dice: así como estos entonces no pueden estar bien corporalmente bajo tal régimen de tratamiento, tampoco pueden aquellos estarlo mentalmente mediante tal filosofar.

Capítulo4

A continuación, debemos examinar qué es la virtud. Bien, puesto que las cosas que llegan a ser en el alma son, en total, de tres tipos —sentimientos, capacidades, estados—, la virtud por supuesto debe pertenecer a una de las tres clases.

Por sentimientos entiendo tales como deseo, ira, miedo, confianza, envidia, alegría, amistad, odio, añoranza, emulación, compasión; en resumen, todos aquellos a los que siguen placer o dolor: por capacidades, aquellas en virtud de las cuales se dice que somos capaces de estos sentimientos; como en virtud de las cuales somos capaces de habernos airado, o entristecido, o compadecido; por estados, aquellos en virtud de los cuales estamos en cierta relación buena o mala con los sentimientos antes mencionados; con habernos airado, por ejemplo, estamos en una relación equivocada si en nuestra ira fuimos demasiado violentos o demasiado flojos, pero si estuvimos en el término medio feliz estamos en una relación correcta con el sentimiento. Y así con el resto.

Ahora bien, ni las virtudes ni los vicios son sentimientos, porque en virtud de los sentimientos no somos denominados ni buenos ni malos, pero en virtud de las virtudes y vicios sí lo somos.

Además, en virtud de los sentimientos no somos ni alabados ni censurados (pues un hombre no es elogiado por tener miedo o estar airado, ni censurado por estar airado meramente sino por estarlo de una manera particular), pero en virtud de las virtudes y vicios sí lo somos.

Además, tanto ira como miedo los sentimos sin elección moral, mientras que las virtudes son actos de elección moral, o al menos ciertamente no independientes de ella.

Por otra parte, en virtud de los sentimientos se dice que somos movidos, pero en virtud de las virtudes y vicios no que somos movidos, sino dispuestos, de cierta manera.

Y por estas mismas razones no son capacidades, pues no somos llamados buenos o malos meramente porque seamos capaces de sentir, ni somos alabados o censurados.

Y además, las capacidades las tenemos por naturaleza, pero no llegamos a ser buenos o malos por naturaleza, como hemos dicho antes.

Puesto que entonces las virtudes no son ni sentimientos ni capacidades, queda que deben ser estados.

Capítulo5

Ahora bien, qué es el género de la virtud ha sido dicho; pero no debemos meramente hablar de ella así, como que es un estado, sino decir también qué tipo de estado es.

Debemos observar entonces que toda excelencia hace que aquello de lo cual es excelencia esté en buen estado y realice bien su función. La excelencia del ojo, por ejemplo, hace que tanto el ojo sea bueno como también su función: pues gracias a la excelencia del ojo vemos bien. Del mismo modo, la excelencia del caballo hace que un caballo sea bueno, bueno en velocidad, en llevar a su jinete y en mantenerse firme ante el enemigo. Si esto es así universalmente, entonces la excelencia del Hombre, es decir, la Virtud, debe ser un estado mediante el cual el Hombre llega a ser bueno y mediante el cual realizará bien su función propia. Ahora bien, cómo ha de ser esto es verdad que ya lo hemos dicho, pero aun así quizá pueda arrojar luz sobre el tema ver cuál es su naturaleza característica.

En toda cantidad, entonces, ya sea continua o discreta, se puede tomar la parte mayor, la menor o la exactamente igual, y estas ya sea con referencia a la cosa misma o relativamente a nosotros: y lo exactamente igual es un término medio entre el exceso y el defecto. Ahora bien, por el término medio de la cosa, es decir, el término medio absoluto, designo aquello que equidista de ambos extremos (que por supuesto es uno y el mismo para todos), y por el término medio relativamente a nosotros, aquello que no es ni demasiado ni demasiado poco para el individuo particular. Esto por supuesto no es uno ni el mismo para todos: por ejemplo, supongamos que diez es demasiado y dos demasiado poco, la gente toma seis como el término medio absoluto; porque excede la suma menor exactamente tanto como él mismo es excedido por la mayor, y este término medio es según la proporción aritmética.

Pero el término medio relativamente a nosotros no debe encontrarse así; pues no se sigue, suponiendo que diez minas sea una cantidad demasiado grande para comer y dos demasiado pequeña, que el entrenador ordenará a su hombre seis; porque para la persona que ha de tomarla esto también puede ser demasiado o demasiado poco: para Milón sería demasiado poco, pero para un hombre que apenas comienza sus ejercicios atléticos demasiado: de manera similar también con los ejercicios mismos, como correr o luchar.

Así pues, parece que todo aquel que posee habilidad evita el exceso y el defecto, pero busca y elige el término medio, no el absoluto sino el relativo.

Ahora bien, si toda habilidad cumple bien su función manteniendo la vista en el término medio, y llevando las obras a este punto (de donde es bastante común decir de obras que están en buen estado, «no se les puede añadir ni quitar nada», bajo la noción de que el exceso o el defecto destruyen la bondad pero el estado medio la preserva), y los buenos artesanos, como decimos, trabajan con la vista puesta en esto, y la excelencia, al igual que la naturaleza, es más exacta y mejor que cualquier arte en el mundo, debe tener una aptitud para apuntar al término medio.

Es la excelencia moral, es decir, la Virtud, por supuesto, la que quiero decir, porque esta es la que se ocupa de los sentimientos y las acciones, y en estos puede haber exceso y defecto y el término medio: es posible, por ejemplo, sentir las emociones de miedo, confianza, deseo, ira, compasión, y placer y dolor en general, demasiado o demasiado poco, y en cualquier caso erróneamente; pero sentirlas cuando debemos, en qué ocasiones, hacia quién, por qué, y como debemos hacerlo, es el término medio, o en otras palabras el mejor estado, y esto es la propiedad de la Virtud.

De manera similar también con respecto a las acciones, puede haber exceso y defecto y el término medio. Ahora bien, la Virtud se ocupa de sentimientos y acciones, en los cuales el exceso está equivocado y el defecto es censurado pero el término medio es alabado y va bien; y ambas circunstancias pertenecen a la Virtud. La Virtud entonces es en cierto sentido un estado medio, puesto que ciertamente tiene una aptitud para apuntar al término medio.

Además, uno puede equivocarse de muchas maneras diferentes (porque, como lo expresaron los pitagóricos, el mal es de la clase de lo infinito, el bien de lo finito), pero acertar solo de una; y así lo primero es fácil, lo segundo difícil; fácil errar el blanco, pero difícil acertarlo: y por estas razones, por tanto, tanto el exceso como el defecto pertenecen al Vicio, y el estado medio a la Virtud; pues, como dice el poeta,

«Los hombres pueden ser malos de muchas maneras, pero buenos solo de una».

Capítulo6

La Virtud entonces es «un estado apto para ejercer elección deliberada, estando en el término medio relativo, determinado por la razón, y como el hombre de sabiduría práctica lo determinaría».

Es un estado intermedio entre dos estados defectuosos, por vía de exceso por un lado y de defecto por el otro: y lo es además, porque los estados defectuosos por un lado se quedan cortos, y los del otro exceden, lo que es correcto, tanto en el caso de los sentimientos como de las acciones; pero la Virtud encuentra, y una vez encontrado adopta, el término medio.

Y así, viéndola con respecto a su esencia y definición, la Virtud es un estado medio; pero en referencia al bien supremo y a la excelencia es el estado más elevado posible.

Pero no debe suponerse que toda acción o todo sentimiento es capaz de subsistir en este estado medio, porque algunos hay que se nombran de tal modo que inmediatamente transmiten la noción de maldad, como la malevolencia, la desvergüenza, la envidia; o, por poner ejemplos en acciones, el adulterio, el robo, el homicidio; pues todos estos y similares son censurados porque son en sí mismos malos, no el tener demasiado o demasiado poco de ellos.

En estos entonces nunca puedes acertar, sino que siempre debes estar equivocado: ni en tales casos lo correcto o incorrecto depende de la selección de una persona, tiempo o manera apropiados (toma el adulterio por ejemplo), sino que simplemente hacer cualquiera de esas cosas es estar equivocado.

Bien podrías requerir que se determine un estado medio, un exceso y un defecto con respecto a actuar injustamente, ser cobarde, o renunciar a todo control de las pasiones: pues a este ritmo habrá del exceso y el defecto un estado medio; del exceso, exceso; y del defecto, defecto.

Pero así como del autodominio perfeccionado y el valor no hay exceso ni defecto, porque el término medio es en cierto punto de vista el estado más elevado posible, así tampoco de aquellos estados defectuosos puedes tener un estado medio, exceso o defecto, sino que como quiera que se hagan están equivocados: no puedes, en resumen, tener del exceso y el defecto un estado medio, ni del estado medio exceso y defecto.

Capítulo7

No basta, sin embargo, enunciar esto en términos generales, debemos también aplicarlo a casos particulares, porque en los tratados sobre conducta moral las afirmaciones generales tienen un aire de vaguedad, pero aquellas que entran en detalle uno de mayor realidad: pues las acciones después de todo deben ser en detalle, y las afirmaciones generales, para valer algo, deben ser válidas aquí.

Debemos tomar estos detalles entonces del esquema bien conocido.

I. Con respecto a los miedos y la confianza o audacia:

El estado medio es el Valor: los hombres pueden exceder, por supuesto, ya sea en ausencia de miedo o en confianza positiva: lo primero no tiene nombre (lo cual es un caso común), lo segundo se llama temerario: de nuevo, el hombre que tiene demasiado miedo y demasiado poca confianza se llama cobarde.

II. Con respecto a los placeres y dolores (pero no todos, y quizá menos dolores que placeres):

El estado medio aquí es el Autodominio perfeccionado, el defecto ausencia total de Autocontrol. En cuanto al defecto con respecto al placer, realmente no hay personas que sean acusables de ello, así que, por supuesto, realmente no hay nombre para tales caracteres, pero, como son concebibles, les daremos uno y los llamaremos insensibles.

III. Con respecto a dar y tomar riqueza (a):

El estado medio es la Liberalidad, el exceso la Prodigalidad, el defecto la Tacañería: aquí cada uno de los extremos implica realmente un exceso y un defecto contrarios entre sí: quiero decir, el pródigo da demasiado y toma demasiado poco, mientras que el tacaño toma demasiado y da demasiado poco. (Debe entenderse que ahora estamos dando meramente un esquema y resumen, intencionalmente: y en una parte posterior del tratado trazaremos las distinciones con mayor exactitud.)

IV. Con respecto a la riqueza (b):

Existen otras disposiciones además de las mencionadas: un estado medio llamado Munificencia (pues el hombre munificente difiere del liberal, ya que el primero trata necesariamente con grandes riquezas, mientras que el segundo con pequeñas); el exceso llamado Mal Gusto o Profusión Vulgar, y el defecto Mezquindad (estos también difieren de los extremos relacionados con la liberalidad, y el modo de su diferencia se expondrá más adelante).

V. Respecto del honor y la deshonra (a):

El estado medio Grandeza de Alma, el exceso que puede llamarse chaunotes, y el defecto Pequeñez de Alma.

VI. Respecto del honor y la deshonra (b):

Ahora bien, hay un estado que guarda la misma relación con la Grandeza de Alma que, según dijimos hace un momento, la Liberalidad guarda con la Munificencia, con la diferencia de que se refiere a una pequeña cantidad de lo mismo: este estado tiene que ver con el honor pequeño, así como la Grandeza de Alma con el gran honor; un hombre puede, por supuesto, aspirar al honor más de lo debido o menos; ahora bien, el que se excede en su aspiración se llama ambicioso, el que se queda corto no ambicioso, el que está justo como debe estar no tiene nombre propio: ni de hecho tienen nombre los estados, excepto que la disposición del hombre ambicioso se llama ambición. Por esta razón quienes están en uno u otro extremo reclaman el medio como tierra discutible, y llamamos al carácter virtuoso a veces con el nombre de ambicioso, a veces con el de no ambicioso, y elogiamos a veces al uno y a veces al otro. Por qué lo hacemos se dirá en la parte posterior del tratado; pero ahora seguiremos con el resto de las virtudes según el plan que hemos establecido.

VII. Respecto de la ira:

Aquí también hay exceso, defecto y un estado medio; pero como puede decirse que realmente no tienen nombres propios, dado que llamamos al carácter virtuoso Apacible, llamaremos al estado medio Apacibilidad, y en cuanto a los extremos, sea denominado Colérico el hombre que es excesivo, y Cólera el estado defectuoso, e Inirascible el que es deficiente, e Inirascibilidad el defecto.

Existen también otros tres estados medios que tienen cierta semejanza mutua, pero con diferencias; se parecen en que todos tienen por objeto el trato en palabras y acciones, y difieren en que uno se refiere a la verdad en esto, los otros dos a lo que es agradable; y esto de dos modos, uno en el descanso y la diversión, el otro en todas las cosas que ocurren en la vida diaria. Debemos decir una palabra o dos también sobre estos, para que podamos ver mejor que en todos los asuntos el medio es digno de elogio, mientras que los extremos no son ni correctos ni dignos de elogio sino de reproche.

Ahora bien, es cierto que la mayoría de estos no tienen nombres propios, pero aun así debemos intentar, como en los otros casos, acuñar algunos para ellos en aras de la claridad y la inteligibilidad.

I. Respecto de la verdad:

Al hombre que está en el estado medio lo llamaremos Veraz, y a su estado Veracidad, y en cuanto al disfraz de la verdad, si está del lado de la exageración, Fanfarronería, y el que la tiene Fanfarrón; si del lado de la disminución, Reserva y Reservado serán los términos.

II. Respecto de lo que es agradable en el modo del descanso o la diversión.

El estado medio se llamará Buen Humor, y el carácter en consecuencia un hombre de Buen Humor; el exceso Bufonería, y el hombre un Bufón; el hombre deficiente en esto un Rústico, y su estado Rusticidad.

III. Respecto de lo que es agradable en la vida diaria.

El que es como debe ser puede llamarse Amigable, y su estado medio Amigabilidad: el que se excede, si es sin ningún motivo interesado, algo Demasiado Complaciente, si con tal motivo, un Adulador: el que es deficiente y en todos los casos desagradable, Pendenciero y Huraño.

Hay estados medios igualmente en los sentimientos y asuntos que los conciernen. El pudor, por ejemplo, no es una virtud, pero aun así un hombre es elogiado por ser pudoroso: pues también en estos el uno es denominado el hombre en el estado medio, el otro en el exceso; el Aturdido, por ejemplo, que está abrumado por la vergüenza en todas y cualesquiera ocasiones: el hombre que está en el defecto, es decir, que no tiene vergüenza alguna en su composición, se llama Desvergonzado: pero el carácter correcto Pudoroso.

La indignación contra el vicio exitoso, a su vez, es un estado en el medio entre la Envidia y la Malevolencia: las tres tienen que ver con el placer y el dolor producidos por lo que le sucede al prójimo: pues el hombre que tiene este sentimiento correcto se molesta por el éxito inmerecido de otros, mientras que el envidioso va más allá y se molesta por todo éxito de otros, y el malévolo se queda tan corto de sentir molestia que incluso se regocija [por la desgracia de otros].

Pero para la discusión de estos también habrá otra oportunidad, como también de la Justicia, porque el término se usa en más de un sentido. Así que después de esto entraremos con precisión en cada uno y diremos cómo son estados medios: y de manera semejante también con respecto a las Excelencias Intelectuales.

Capítulo8

Ahora bien, como hay tres estados en cada caso, dos defectuosos ya sea por exceso o por defecto, y uno correcto, que es el estado medio, por supuesto todos están de algún modo opuestos entre sí; los extremos, por ejemplo, no solo al medio sino también entre sí, y el medio a los extremos: pues así como la mitad es mayor si se compara con la porción menor, y menor si se compara con la mayor, así los estados medios, comparados con los defectos, exceden, ya sea en sentimientos o acciones, y viceversa. El hombre valiente, por ejemplo, se muestra como temerario cuando se le compara con el cobarde, y cobarde cuando se le compara con el temerario; de modo similar también el hombre de dominio de sí perfeccionado, visto en comparación con el hombre desprovisto de toda percepción, parece un hombre sin autocontrol, pero en comparación con el hombre que realmente no tiene autocontrol, parece como uno desprovisto de toda percepción: y el hombre liberal comparado con el tacaño parece pródigo, y al lado del pródigo, tacaño.

Y así los caracteres extremos empujan, por así decirlo, hacia sí mismos al hombre en el estado medio; el hombre valiente es llamado temerario por el cobarde, y cobarde por el temerario, y en los otros casos en consecuencia. Y habiendo esta oposición mutua, la contrariedad entre los extremos es mayor que entre cualquiera de ellos y el medio, porque están más lejos uno del otro que del medio, así como la porción mayor o menor difieren más entre sí que cualquiera de ellas de la mitad exacta.

Además, en algunos casos un extremo tendrá semejanza con el medio; la temeridad, por ejemplo, con el valor, y la prodigalidad con la liberalidad; pero entre los extremos hay la mayor desemejanza. Ahora bien, las cosas que están más alejadas entre sí se definen como contrarias, y así cuanto más alejadas estén más contrarias serán.

Además: de los extremos en algunos casos el exceso, y en otros el defecto, es lo más opuesto al medio: al valor, por ejemplo, no la temeridad que es el exceso, sino la cobardía que es el defecto; mientras que al dominio de sí perfeccionado no la insensibilidad que es el defecto sino la ausencia de todo autocontrol que es el exceso.

Y para esto hay dos razones que dar; una de la naturaleza de la cosa misma, porque estando un extremo más cerca y siendo más semejante al medio, no ponemos este contra él, sino el otro; como, por ejemplo, puesto que se piensa que la temeridad está más cerca del valor que la cobardía, y se le parece más, ponemos la cobardía contra el valor más bien que la temeridad, porque aquellas cosas que están más lejos del medio se piensa que son más contrarias a él. Esta entonces es una razón que surge de la cosa misma; hay otra que surge de nuestra propia constitución y naturaleza: pues en el caso de cada hombre aquellas cosas dan la impresión de ser más contrarias al medio hacia las cuales individualmente tenemos una inclinación natural. Así tenemos una inclinación natural hacia los placeres, razón por la cual estamos mucho más inclinados al rechazo de todo autocontrol que a la autodisciplina.

Aquellas cosas entonces hacia las cuales está la inclinación, las llamamos más contrarias, y así la total carencia de autocontrol (el exceso) es más contraria que el defecto al dominio de sí perfeccionado.

Capítulo9

Ahora bien, que la Virtud Moral es un estado medio, y cómo lo es, y que yace entre dos estados defectuosos, uno por exceso y otro por defecto, y que es así porque tiene aptitud para apuntar al medio tanto en sentimientos como en acciones, todo esto ha sido expuesto plena y suficientemente.

Y así resulta difícil ser bueno: pues ciertamente es difícil en cada caso encontrar el término medio, igual que hallar el punto medio o centro de un círculo no es algo que cualquier hombre pueda hacer, sino solo quien sabe cómo hacerlo: del mismo modo, enfadarse, dar dinero y ser generoso es algo que cualquier hombre puede hacer, y es fácil; pero hacerlo con la persona adecuada, en la proporción debida, en el momento oportuno, con el propósito correcto y de la manera apropiada, esto ya no es como antes algo que cualquier hombre pueda hacer, ni es fácil; y por esta razón la bondad es rara, digna de elogio y noble.

Por tanto, quien aspira al término medio debe ocuparse en primer lugar de mantenerse alejado de aquel extremo que es más contrario que el otro al término medio; igual que Calipso en Homero aconseja a Ulises,

«Dirige tu nave lejos de este humo y oleaje»;

porque de los dos extremos uno es siempre más erróneo y el otro menos; y, por consiguiente, dado que acertar exactamente en el término medio es difícil, uno debe tomar el menor de los males como el plan más seguro; y esto es lo que hará un hombre si sigue este método.

Debemos también tomar en consideración nuestra propia inclinación natural, que varía en el caso de cada hombre y que se descubrirá a partir del placer y el dolor que surgen en nosotros. Además, debemos forzarnos a ir en la dirección contraria, porque nos encontraremos en el término medio después de habernos apartado mucho del lado equivocado, exactamente como hacen los hombres al enderezar madera torcida.

Pero en todos los casos debemos guardarnos con el mayor cuidado de lo que es placentero, y del placer mismo, porque no somos jueces imparciales de él.

Debemos sentir de hecho hacia el placer como sintieron los ancianos consejeros hacia Helena, y en todos los casos pronunciar una sentencia similar; pues así, enviándolo lejos de nosotros, erraremos menos.

Bien, para hablar muy brevemente, estas son las precauciones que, adoptándolas, estaremos mejor capacitados para alcanzar el término medio.

Sin embargo, quizá después de todo es cuestión de dificultad, y especialmente en los casos particulares: no es fácil, por ejemplo, determinar exactamente de qué manera, con qué personas, por qué causas y durante cuánto tiempo uno debe sentir ira: pues nosotros mismos a veces elogiamos a quienes son deficientes en este sentimiento y los llamamos mansos; en otro momento, llamamos al irascible varonil y animoso.

Además, quien se desvía poco de lo correcto, sea por el lado del exceso o por el del defecto, no es censurado, solo quien se desvía considerablemente; pues este no puede pasar desapercibido. Pero hasta qué punto o grado debe errar un hombre para incurrir en censura, no es fácil determinarlo exactamente con palabras: ni de hecho ninguno de esos puntos que son objeto de percepción por el sentido moral; tales cuestiones son asuntos de detalle, y la decisión sobre ellos recae en el sentido moral.

En cualquier caso, esto al menos queda claro: que el estado medio es en todo digno de elogio, y que en la práctica debemos desviarnos a veces hacia el exceso, a veces hacia el defecto, porque este será el método más fácil de acertar en el término medio, es decir, en lo correcto.

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