Clasicalia
InicioÉtica a NicómacoLibro 4
4 / 10

Libro 4Las virtudes del trato con los demás

Ética a Nicómaco · Aristóteles · 47 min de lectura

Capítulo1

A continuación hablaremos de la liberalidad. Se considera que esta es la disposición intermedia cuyo objeto son las riquezas: es decir, se elogia al hombre liberal no en las circunstancias de la guerra, ni en aquellas que constituyen el carácter del dominio de sí mismo perfeccionado, ni tampoco en las decisiones judiciales, sino respecto al dar y recibir riquezas, principalmente lo primero. Con el término riquezas me refiero a «todas aquellas cosas cuyo valor se mide con dinero».

Ahora bien, las disposiciones de exceso y defecto respecto de las riquezas son, respectivamente, la prodigalidad y la tacañería: este último término lo aplicamos invariablemente a quienes se preocupan excesivamente por las riquezas, pero el primero lo empleamos a veces con una noción compleja; es decir, damos el nombre a quienes carecen de dominio de sí mismos y gastan dinero en la gratificación desenfrenada de sus pasiones; y por eso se considera que son sumamente viles, porque tienen muchos vicios a la vez.

Sin embargo, debe notarse que este no es un uso estricto y propio del término, ya que su significado etimológico natural es denotar a quien tiene un mal particular, a saber, el dilapidar su hacienda: está perdido (como denota literalmente el término) quien se arruina por su propia culpa; y esto realmente puede decirse que es; se considera que la destrucción de su hacienda es una especie de dilapidación de sí mismo, ya que estas cosas son los medios de vida. Bien, esta es nuestra aceptación del término prodigalidad.

Además, cualesquiera cosas que sirven para el uso pueden usarse bien o mal, y las riquezas pertenecen a esta clase. Usa mejor cada cosa particular quien tiene la virtud a cuya esfera pertenece: así que usará mejor las riquezas quien tiene la virtud respecto de las riquezas, es decir, el hombre liberal.

Se considera que el gasto y el dar son el uso del dinero, pero el recibir y conservar más bien se llamaría poseerlo. Y así, dar a las personas apropiadas es más característico del hombre liberal que recibir de las fuentes apropiadas y abstenerse de recibir de las contrarias. De hecho, en general, hacer el bien a otros es más característico de la virtud que recibir el bien, y hacer cosas positivamente honorables que abstenerse de hacer cosas deshonrosas; y cualquiera puede ver que el hacer el bien a otros y hacer cosas positivamente honorables se vincula al acto de dar, pero al de recibir solo el recibir el bien o abstenerse de hacer lo que es deshonroso.

Además, se dan las gracias a quien da, no a quien meramente se abstiene de recibir, y el elogio aún más. De nuevo, abstenerse de recibir es más fácil que dar, siendo más común el caso de ser demasiado poco generoso con lo propio que tomar lo que no es de uno.

Y además, son quienes dan los que se denominan liberales, mientras que quienes se abstienen de recibir son elogiados, no por la liberalidad sino por el trato justo, mientras que por recibir los hombres no son, de hecho, elogiados en absoluto.

Y los liberales son apreciados casi por encima de todos los caracteres virtuosos, porque son provechosos para otros, y esta utilidad suya consiste en su dar.

Más aún: todas las acciones realizadas de acuerdo con la virtud son honorables, y se hacen por motivo del honor: y el hombre liberal, por tanto, dará por motivo del honor, y dará correctamente; quiero decir, a las personas apropiadas, en proporción correcta, en momentos correctos, y todo lo que está incluido en el término «dar correctamente»: y esto también con positivo placer, o al menos sin dolor, ya que todo lo que se hace de acuerdo con la virtud es placentero o al menos no desagradable, con toda certeza no acompañado de dolor positivo.

Pero el hombre que da a personas inapropiadas, o no por motivo del honor sino por alguna otra causa, no será llamado liberal sino otra cosa. Tampoco será así denominado quien lo hace con dolor: esto es señal de que preferiría su riqueza a la acción honorable, y esto no es parte del carácter del hombre liberal; tampoco recibirá tal hombre de fuentes inapropiadas, porque el recibir así no es característico de quien no valora las riquezas: ni tampoco será propenso a pedir, porque quien hace bondades a otros no suele recibirlas voluntariamente; pero de fuentes apropiadas (su propia propiedad, por ejemplo) recibirá, haciendo esto no como honorable sino como necesario, para que tenga algo que dar: ni será descuidado con lo suyo, ya que es su deseo a través de estas cosas ayudar a otros en necesidad: ni dará a personas al azar, para que tenga con qué dar a quienes debe, en momentos correctos, y en ocasiones en que es honorable hacerlo así.

Además, es un rasgo del carácter del hombre liberal incluso excederse mucho al dar de modo que se deje muy poco para sí mismo, siendo característico de tal hombre no pensar en sí mismo.

Ahora bien, la liberalidad es un término relativo a los medios de un hombre, pues la generosidad no depende del monto de lo que se da sino de la disposición moral del que da, que da en proporción a sus medios. Entonces no hay razón por la que no sea el hombre más liberal quien da el monto menor, si tiene menos que dar.

Además, se considera que son más liberales quienes han heredado, no adquirido por sí mismos, sus medios; porque, en primer lugar, nunca han experimentado la carencia, y luego, todas las personas aman más sus propias obras, igual que los padres y los poetas.

No es fácil para el hombre liberal ser rico, ya que no es propenso ni a recibir ni a conservar sino a derrochar, y no valora las riquezas por sí mismas sino con vistas a regalarlas. De ahí que comúnmente se acuse a la fortuna de que quienes más merecen ser ricos son los que menos lo son. Sin embargo, esto sucede razonablemente; es imposible que tenga riquezas quien no pone ningún cuidado en tenerlas, igual que en cualquier caso similar.

Sin embargo, no dará a personas inapropiadas, ni en momentos equivocados, y así sucesivamente: porque entonces no estaría actuando de acuerdo con la liberalidad, y si gastara en tales objetos, no tendría nada que gastar en aquellos en los que debe: pues, como he dicho antes, es liberal quien gasta en proporción a sus medios, y en objetos apropiados, mientras que quien lo hace en exceso es pródigo (esta es la razón por la que nunca llamamos pródigos a los déspotas, porque no parece fácil para ellos con sus regalos y gastos ir más allá de sus inmensas posesiones).

Para resumir entonces. Dado que la liberalidad es una disposición intermedia respecto del dar y recibir riquezas, el hombre liberal dará y gastará en objetos apropiados, y en proporción apropiada, en cosas grandes y en pequeñas por igual, y todo esto con placer para sí mismo; también recibirá de fuentes correctas, y en proporción correcta: porque, como la virtud es una disposición intermedia respecto de ambas, hará ambas como debe, y, de hecho, al dar apropiado sigue el recibir correspondiente, mientras que lo que no es tal es contrario a él. (Ahora bien, las que se siguen unas a otras llegan a coexistir en la misma persona, las que son contrarias claramente no.)

Además, si le sucede gastar dinero más allá de lo necesario, o de otra manera que no sea bien, se contrariará, pero solo moderadamente y como debe; pues sentir placer y dolor en los objetos correctos, y de la manera correcta, es una propiedad de la virtud.

El hombre liberal es también una buena persona para tener como socio respecto de las riquezas: pues puede ser fácilmente perjudicado, ya que no valora las riquezas, y está más contrariado por no gastar donde debería haberlo hecho que por gastar donde no debería, y no aprecia la máxima de Simónides.

Capítulo2

Pero el hombre pródigo se equivoca también en estos puntos, pues no se complace ni se duele en los objetos apropiados o de la manera apropiada, lo que se volverá más claro a medida que avancemos.

Ya hemos dicho que la prodigalidad y la tacañería son respectivamente disposiciones de exceso y defecto, y esto en dos cosas, dar y recibir (el gasto, por supuesto, lo clasificamos bajo dar). Pues bien, la prodigalidad excede en dar y en abstenerse de recibir y es deficiente en recibir, mientras que la tacañería es deficiente en dar y excede en recibir, pero es en cosas pequeñas.

Cierto es que las dos partes de la Prodigalidad no suelen darse juntas; quiero decir que no es fácil dar a todos si no recibes de nadie, porque los particulares que dan así pronto verán agotarse sus recursos, y de hecho se considera que estos son pródigos. Quien combinara ambas cosas parecería muy superior al hombre mezquino: pues puede curarse fácilmente, tanto por el avance de los años como por la falta de medios, y así puede llegar al término medio: tiene ya, como ves, los actos del hombre liberal, da y se abstiene de recibir, solo que no hace ninguna de las dos cosas de la manera correcta ni bien. Así que si pudiera ser influido mediante la habituación en este aspecto, o cambiar de cualquier otra manera, sería un hombre verdaderamente liberal, pues dará a quienes debe y se abstendrá de recibir de donde no debe. Esta es también la razón por la que se piensa que no es bajo en carácter moral, porque excederse en dar y en abstenerse de recibir no es signo de maldad o mezquindad, sino solo de insensatez.

Pues bien, quien es pródigo de esta manera se considera muy superior al hombre mezquino por las razones mencionadas, y también porque hace bien a muchos, mientras que el mezquino no hace bien a nadie, ni siquiera a sí mismo. Pero la mayoría de los pródigos, como se ha dicho, combinan con sus otros defectos el de recibir de fuentes impropias, y en este punto son mezquinos: y se vuelven codiciosos, porque desean gastar y no pueden hacerlo fácilmente, ya que sus medios pronto se agotan y se ven obligados a conseguir de alguna otra parte; y entonces otra vez, como no les importa lo que es honorable, reciben sin escrúpulos, y de todas las fuentes indistintamente, porque desean dar pero no les importa cómo ni de dónde.

Y por esta razón sus dádivas no son liberales, en cuanto que no son honorables, ni puramente desinteresadas, ni hechas de la manera correcta; sino que a menudo enriquecen a quienes deberían ser pobres, y a los que son gente tranquila y respetable no les darán nada, pero a los aduladores, o a los que sirven a sus placeres de cualquier manera, les darán mucho. Y por eso la mayoría de ellos están totalmente desprovistos de autocontrol; pues como son desprendidos, son generosos en el gasto para la gratificación desenfrenada de sus pasiones, y se entregan a sus placeres porque no viven en referencia a lo que es honorable.

Así pues, el pródigo, si no es guiado, resbala hacia estos defectos; pero si pudiera recibir cuidados podría llegar al término medio y a lo que es correcto.

La mezquindad, por el contrario, es incurable: la vejez, por ejemplo, y la incapacidad de cualquier tipo, se piensa que vuelven mezquinas a las personas; y es más congenial a la naturaleza humana que la prodigalidad, pues la masa de los hombres ama más el dinero que dar: además se extiende ampliamente y tiene muchas fases, considerándose que los modos de la mezquindad son muchos. Pues como consiste en dos cosas, defecto en dar y exceso en recibir, no todos la tienen entera, sino que a veces se divide, y una clase de personas exceden en recibir, mientras que otras son deficientes en dar. Me refiero a los que son designados con apelativos como ahorradores, tacaños, cicateros, todos deficientes en dar; pero la propiedad ajena ni la desean ni están dispuestos a recibirla, en algunos casos por una moderación real y rechazo de lo que es bajo.

Hay algunas personas cuyo motivo, supuesto o alegado, para conservar su propiedad es este: que nunca se vean obligados a hacer nada deshonroso: a esta clase pertenece el rácano, y todos los de carácter similar, así llamados por el exceso de no-dar. Otros en cambio se niegan a recibir los bienes de su prójimo por miedo; su idea es que no es fácil tomar las cosas de otras personas sin que ellos tomen las tuyas: así que están contentos de no recibir ni dar.

La otra clase de nuevo, los que son mezquinos respecto a recibir, exceden en que reciben cualquier cosa de cualquier fuente; como los que trabajan en empleos indignos, proxenetas y similares, y usureros que prestan pequeñas sumas a gran interés: pues todos estos reciben de fuentes impropias, y cantidades impropias. Su característica común es la ganancia vil, ya que todos se someten a la deshonra por el bien de la ganancia y esta pequeña; porque a quienes reciben cosas grandes ni de donde deben, ni lo que deben (como por ejemplo déspotas que saquean ciudades y saquean templos), los denominamos malvados, impíos e injustos, pero no mezquinos.

Ahora bien, el tahúr y el saqueador de baños y el ladrón pertenecen a la clase de los mezquinos, pues se entregan a la ganancia vil: ambos se ocupan y se someten a la deshonra por el bien de la ganancia, y una clase incurre en los mayores peligros por el bien de su botín, mientras que los otros obtienen ganancia de sus amigos a quienes deberían estar dando.

Así que ambas clases, como desean obtener ganancia de fuentes impropias, se entregan a la ganancia vil, y todas estas recepciones son mezquinas. Y con buena razón se llama a la mezquindad lo contrario de la liberalidad: tanto porque es un mal mayor que la prodigalidad, como porque los hombres yerran más en esta dirección que en la de la prodigalidad de la que hemos hablado como propia y completamente tal.

Considérese esto como lo que tenemos que decir respecto a la liberalidad y los vicios contrarios.

Capítulo3

Lo siguiente en orden parecería ser una disertación sobre la Magnificencia, considerándose que es, como la liberalidad, una virtud que tiene por objeto-materia la Riqueza; pero no se extiende, como aquella, a todas las transacciones respecto a la Riqueza, sino que solo se aplica a las que son costosas, y en estas circunstancias excede a la liberalidad en cuanto a magnitud, porque es (lo que el mismo nombre en griego sugiere) gasto apropiado a gran escala: este término es por supuesto relativo: quiero decir, el gasto de equipar y comandar una trirreme no es lo mismo que el de dar un espectáculo público: «apropiado» por supuesto también es relativo al individuo, y la materia en la cual y sobre la cual tiene que gastar. Y un hombre no es denominado magnífico por gastar como debe en cosas pequeñas u ordinarias, como, por ejemplo,

«A menudo al mendigo errante di»,

sino por hacerlo en asuntos grandes: es decir, el hombre magnífico es liberal, pero el liberal no es por ello magnífico. El quedarse corto de tal estado se llama Tacañería, el excederse Profusión Vulgar, Falta de Gusto, y así sucesivamente; que son defectuosos, no porque sean de escala excesiva respecto a objetos correctos sino, porque se exhiben en objetos impropios, y de manera impropia: de estos hablaremos enseguida. El hombre magnífico es como un hombre de habilidad, porque puede ver lo que es apropiado, y puede gastar ampliamente con buen gusto; pues, como dijimos al comienzo, el hábito confirmado es determinado por los actos separados de obrar, y por su objeto-materia.

Pues bien, los gastos del hombre magnífico son grandes y apropiados: tales también son sus obras (porque esto asegura que el gasto no sea meramente grande, sino apropiado a la obra). Así pues, la obra debe ser proporcionada al gasto, y este de nuevo a la obra, o incluso por encima de ella: y el hombre magnífico incurrirá en tales gastos por el motivo del honor, siendo esto común a todas las virtudes, y además lo hará con placer y pródigamente; el cálculo excesivamente exacto siendo tacaño. Considerará también cómo una cosa puede hacerse de la manera más hermosa y apropiada, más bien que por cuánto puede hacerse, y cómo al menor gasto.

Así pues, el hombre Magnífico debe ser también un hombre liberal, porque el hombre liberal también gastará lo que debe y de la manera correcta: pero lo Grande, es decir, la gran escala, es lo que distingue al hombre Magnífico, siendo el objeto de la liberalidad el mismo, y sin gastar más dinero que otro hombre hará la obra más magnífica. Quiero decir que la excelencia de una posesión y de una obra no es la misma: como propiedad, es más valioso aquello que vale más, el oro por ejemplo; pero como obra, lo que es grande y bello, porque la contemplación de tal objeto es admirable, y así es lo Magnífico. Por tanto, la excelencia de una obra es la Magnificencia en gran escala. Hay casos de gasto que llamamos honorables, como las ofrendas votivas a los dioses, el equipamiento de sus templos y los sacrificios, y de igual manera todo lo que tiene que ver con la Divinidad, y todos aquellos asuntos públicos que son objetos de ambición honorable, como cuando los hombres piensan que en cualquier caso es su deber proveer un coro para el teatro espléndidamente, o equipar y mantener un trirreme, o dar un banquete público general.

Ahora bien, en todas estas cosas, como ya se ha dicho, se tiene en cuenta también el rango y los medios del hombre que las realiza: porque deben ser proporcionadas a estos, y convenir no solo a la obra sino también al hacedor de la obra. Por esta razón un hombre pobre no puede ser un hombre Magnífico, puesto que no tiene medios con los que gastar generosamente y al mismo tiempo de forma apropiada; y si lo intenta es un necio, en tanto que es desproporcionado y contrario a lo apropiado, mientras que para estar de acuerdo con la virtud una cosa debe hacerse correctamente.

Tal gasto es además adecuado para aquellos a quienes tales cosas les pertenecen previamente, ya sea por sí mismos o por sus antepasados o gente con la que están relacionados, y para los bien nacidos o gente de gran reputación, y así sucesivamente: porque todas estas cosas implican grandeza y reputación.

Así pues, el hombre Magnífico es más o menos como lo he descrito, y la Magnificencia consiste en tales gastos: porque son los más grandes y más honorables; y de los privados, los que ocurren una sola vez, como el matrimonio por ejemplo, y cosas de ese tipo; y cualquier ocasión que interese a la comunidad en general, o a aquellos que están en el poder; y lo que concierne a recibir y despedir extranjeros; y regalos, y devolver regalos: porque el hombre Magnífico no es propenso a gastar en sí mismo sino en el bien público, y los regalos están más o menos en el mismo caso que las ofrendas votivas.

Es característico también del hombre Magnífico amueblar su casa de forma adecuada a su riqueza, pues esto también de alguna manera refleja honor; y de nuevo, gastar más bien en aquellas obras que son de larga duración, siendo estas las más honorables. Y de nuevo, lo apropiado en cada caso, porque las mismas cosas no son adecuadas para dioses y hombres, ni en un templo y en una tumba. Y de nuevo, en el caso de los gastos, cada uno debe ser grande en su género, y el gran gasto en un gran objeto es lo más magnífico, es decir, en cualquier caso lo que es grande en estas cosas particulares.

Hay también una diferencia entre grandeza de una obra y grandeza de gasto: por ejemplo, una pelota o copa muy hermosa es magnífica como regalo para un niño, mientras que el precio es pequeño y casi mezquino. Por tanto, es característico del hombre Magnífico hacer magníficamente cualquier cosa que emprenda: pues lo que sea de este tipo no puede ser fácilmente superado, y guarda una proporción adecuada con el gasto.

Tal es entonces el hombre Magnífico.

El hombre que está en el estado de exceso, llamado de Profusión Vulgar, está en exceso porque gasta de forma inapropiada, como se ha dicho. Quiero decir que en casos que requieren pequeño gasto derrocha mucho y presume con mal gusto; dando a su club un banquete digno de una boda, o si tiene que proveer un coro para una comedia, vistiendo a los actores de púrpura en la primera escena, como hicieron los Megarios. Y todas estas cosas las hará, no con vistas a lo que es realmente honorable, sino para exhibir su riqueza, y porque piensa que será admirado por estas cosas; y gastará poco donde debería gastar mucho, y mucho donde debería gastar poco.

El hombre Mezquino será deficiente en todos los casos, e incluso donde ha gastado más estropeará todo el efecto por falta de alguna nimiedad; procrastina en todo lo que hace, y maquina cómo puede gastar lo menos, e incluso hace eso con lamentaciones sobre el gasto, y pensando que hace todas las cosas a mayor escala de lo que debería.

Por supuesto, ambos estados son defectuosos, pero no implican deshonra porque no son perjudiciales para otros ni muy indecorosos.

Capítulo4

El nombre mismo de Grandeza de alma implica que las cosas grandes son su objeto; y primero aclararemos qué tipo de cosas. No hace ninguna diferencia, por supuesto, si consideramos el estado moral en abstracto o como ejemplificado en un individuo.

Pues bien, se considera de alma Grande quien se valora altamente y al mismo tiempo con justicia, porque quien lo hace sin fundamento es necio, y ningún carácter virtuoso es necio o insensato. Bien, el carácter que he descrito es de alma Grande. El hombre que se estima bajamente, y al mismo tiempo con justicia, es modesto; pero no de alma Grande, puesto que esta última cualidad implica grandeza, así como la belleza implica una conformación corporal grande mientras que la gente pequeña es pulcra y bien hecha pero no bella.

De nuevo, quien se valora altamente sin fundamento justo es un hombre Vanidoso: aunque el nombre no debe aplicarse a todo caso de autoestimación indebidamente alta. Quien se valora por debajo de su verdadero valor es de alma Pequeña, y ya sea que ese valor sea grande, moderado o pequeño, su propia estimación queda por debajo de él. Y es el caso más fuerte de este error quien es realmente un hombre de gran valor, pues ¿qué habría hecho si su valor hubiera sido menor?

El hombre de alma Grande está entonces, en lo que respecta a grandeza, en la cumbre, pero respecto a lo apropiado está en el medio, porque se estima a sí mismo en su valor real (los otros caracteres respectivamente están en exceso y defecto). Puesto que entonces se estima justamente alto, o más bien al precio más alto posible, su carácter tendrá respecto especialmente a una cosa: este término «precio» tiene referencia, por supuesto, a bienes externos: y de estos deberíamos asumir que es el mayor aquel que atribuimos a los dioses, y que es el objeto especial de deseo para quienes están en el poder, y que es el premio propuesto a las acciones más honorables: ahora bien, el honor responde a estas descripciones, siendo el mayor de los bienes externos. Así el hombre de alma Grande se comporta como debe respecto al honor y deshonor. De hecho, sin necesidad de palabras, los de alma Grande tienen claramente el honor como su objeto: pues el honor es aquello de lo que los grandes se consideran especialmente dignos, y según cierto precio.

El hombre de alma Pequeña es deficiente, tanto en lo que respecta a sí mismo, como también en lo que respecta a la estimación del de alma Grande: mientras que el hombre Vanidoso está en exceso en lo que respecta a sí mismo, pero no va más allá del hombre de alma Grande. Ahora bien, el hombre de alma Grande, siendo por hipótesis digno de las cosas más grandes, debe ser de la más alta excelencia, puesto que cuanto mejor es un hombre más vale, y quien es mejor vale más: se sigue entonces que para ser verdaderamente de alma Grande un hombre debe ser bueno, y lo que sea grande en cada virtud parecería pertenecer al de alma Grande. No correspondería en modo alguno con el carácter del de alma Grande huir extendiendo sus manos por todos lados; ni dañar a nadie; pues ¿con qué objetivo hará lo que es bajo, en cuyos ojos nada es grande? en resumen, si uno fuera a entrar en detalles, el hombre de alma Grande parecería bastante ridículo a menos que fuera un hombre bueno: no sería de hecho merecedor de honor si fuera un hombre malo, siendo el honor el premio de la virtud y dado a los buenos.

Esta virtud, entonces, de la Grandeza de alma parece ser una especie de ornamento de todas las demás virtudes, en tanto que las hace mejores y no puede ser sin ellas; y por esta razón es difícil ser real y verdaderamente de alma Grande; porque no puede ser sin completa bondad y nobleza de carácter.

El honor y el deshonor son, pues, especialmente el objeto de la magnanimidad: y aquel que es grande, y dado por hombres buenos, le complacerá moderadamente como algo que le corresponde, o quizás algo menos, porque ningún honor puede ser del todo adecuado a la virtud perfecta: pero aun así lo aceptará porque ellos no tienen nada superior que darle. Pero el que es dado por gente ordinaria y por motivos triviales lo despreciará por completo, porque estos no están a la altura de sus méritos: y el deshonor igualmente, porque en su caso no puede haber fundamento justo para ello.

Ahora bien, aunque, como he dicho, el honor es especialmente el objeto del magnánimo, no quiero decir con esto que también en lo que respecta a la riqueza y el poder, y la buena o mala fortuna de cualquier tipo, no se comporte con moderación, caiga como caiga, y que ni en la prosperidad se regocijará en exceso ni en la adversidad sufrirá indebidamente. Pues ni siquiera respecto al honor se comporta así; y sin embargo es el mayor de todos tales objetos, puesto que es la causa de que el poder y la riqueza sean dignos de elección, ya que ciertamente quienes los tienen desean recibir honor a través de ellos. Así que para aquel a quien incluso el honor es poca cosa, todas las demás cosas también lo serán; y por esto tales hombres parecen arrogantes.

Parece también que los golpes de buena fortuna contribuyen a formar este carácter de magnanimidad: me refiero a los bien nacidos, o los hombres de influencia, o los ricos, que son considerados con derecho al honor, porque están en una posición de eminencia y todo lo que es eminente por el bien tiene más derecho al honor: y por esto tales circunstancias disponen a los hombres más bien hacia la magnanimidad, porque reciben honor de manos de algunos hombres.

Ahora bien, real y verdaderamente solo el hombre bueno tiene derecho al honor; solo que si un hombre une en sí mismo la bondad con estas ventajas externas se piensa que tiene más derecho al honor: pero quienes las tienen sin tener también la virtud no están justificados en su alta estimación de sí mismos, ni son denominados magnánimos con razón; puesto que la virtud perfecta es una de las condiciones indispensables para tal carácter.

Además, tales hombres se vuelven arrogantes e insolentes, no siendo fácil soportar bien la prosperidad sin bondad; y no siendo capaces de soportarla, y poseídos por una idea de su propia superioridad sobre los demás, los desprecian y hacen lo que sea que su capricho les sugiera; pues imitan al magnánimo, aunque no son como él, y hacen esto en los puntos que pueden, de modo que sin hacer las acciones que solo pueden fluir de la bondad real desprecian a los demás. Mientras que el magnánimo desprecia con buenos fundamentos (pues forma sus opiniones verdaderamente), la masa de hombres lo hace al azar.

Además, no es hombre que incurra en pequeños riesgos, ni corteja el peligro, porque hay pocas cosas que valore; pero incurrirá en grandes peligros, y cuando se arriesga es pródigo con su vida sabiendo que hay términos bajo los cuales no vale la pena vivir. Es el tipo de hombre que hace favores, pero se avergüenza de recibirlos; lo primero pone a un hombre en posición de superioridad, lo segundo en la de inferioridad; en consecuencia pagará con creces cualquier favor que se le haga, porque el actor original quedará así bajo obligación y estará en la posición de la parte beneficiada. Tales hombres parecen igualmente recordar a aquellos a quienes han hecho favores, pero no a aquellos de quienes los han recibido: porque quien ha recibido es inferior a quien ha hecho el favor y nuestro amigo desea ser superior; en consecuencia se complace en oír hablar de sus propios actos bondadosos pero no de los hechos hacia él (y por esto, en Homero, Tetis no menciona a Júpiter los favores que le había hecho, ni lo hicieron los lacedemonios a los atenienses sino solo los beneficios que habían recibido).

Además, es característico del magnánimo pedir favores nada en absoluto, o muy reluctantemente, pero hacer un servicio muy fácilmente; y comportarse altivamente hacia los grandes o afortunados, pero hacia la gente de condición media afablemente; porque estar por encima de los primeros es difícil y por tanto una cosa grandiosa, pero estar por encima de los segundos es fácil; y ser altivo y poderoso hacia los primeros no es innoble, pero hacerlo hacia aquellos de humilde condición sería bajo y vulgar; sería como hacer alarde de fuerza contra el débil.

Y también, no ponerse en el camino del honor, ni ir donde otros son los principales; y ser negligente y dilatado, excepto en el caso de algún gran honor o trabajo; y estar interesado en pocas cosas, y esas grandes y famosas. Es también propio de él ser abierto, tanto en sus antipatías como en sus simpatías, porque el ocultamiento es consecuencia del miedo. Igualmente preocuparse por la realidad más que por la apariencia, y hablar y actuar abiertamente (pues su desprecio por los demás lo hace un hombre audaz, por cuya misma razón es propenso a decir la verdad, excepto donde entra el principio de la reserva), pero ser reservado hacia la generalidad de los hombres.

Y ser incapaz de vivir con referencia a ningún otro sino un amigo; porque hacer esto es servil, como puede verse en que todos los aduladores son bajos y los hombres en baja condición son aduladores. Tampoco se excita fácilmente su admiración, porque nada es grande a sus ojos; ni guarda rencor, puesto que recordar cualquier cosa, y especialmente los agravios, no es parte de la magnanimidad, sino más bien pasarlos por alto; ni habla de otros hombres; de hecho, no hablará ni de sí mismo ni de ningún otro; no le importa ser alabado él mismo ni que otros sean censurados; ni tampoco alaba libremente, y por esta razón no es propenso a hablar mal ni siquiera de sus enemigos excepto para mostrar desprecio e insolencia.

Y no es en absoluto propenso a hacer lamentos sobre cosas que no pueden remediarse, o peticiones sobre aquellas que son triviales; porque estar así dispuesto respecto a estas cosas es consecuente solo de una ansiedad real por ellas. Además, es el tipo de hombre que adquiere lo que es bello e improductivo más que lo que es productivo y provechoso: esto siendo más bien lo propio de un hombre independiente.

También el movimiento lento, la voz de tono grave y el estilo de habla deliberado se consideran característicos del magnánimo: pues quien se preocupa seriamente por pocas cosas no es probable que esté apurado, ni quien no estima nada grande que esté muy tenso: y los tonos agudos y la rapidez son el resultado de estas cosas.

Capítulo5

Este es entonces mi concepto del magnánimo; y quien está en el defecto es un pusilánime, quien está en el exceso un vanidoso. Sin embargo, como observamos respecto al último carácter que discutimos, estos extremos no se consideran viciosos exactamente, sino solo equivocados, pues no hacen daño.

El pusilánime, por ejemplo, siendo realmente digno de bien se priva a sí mismo de sus méritos, y parece tener algo defectuoso por no tener una estimación suficientemente alta de su propio mérito, de hecho por ignorancia de sí mismo: porque, de no ser por esto, habría alcanzado lo que realmente le corresponde, y eso es bueno. Aun así tales caracteres no se consideran tontos, sino más bien rezagados. Pero el tener tal opinión de sí mismos parece tener un efecto deteriorante sobre el carácter: porque en todos los casos los objetivos de los hombres están regulados por su supuesto mérito, y así estos hombres, bajo una noción de su propia falta de mérito, se mantienen al margen de acciones y cursos honorables, y similarmente de los bienes externos.

Pero los vanidosos son tontos e ignorantes de sí mismos, y eso palpablemente: porque intentan cosas honorables, como si fueran dignos, y luego son descubiertos. También se adornan, por el vestir, y el porte, y cosas semejantes, y desean que sus buenas circunstancias sean vistas, y hablan de ellas bajo la noción de recibir honor por ello. La pusilanimidad más que la vanidad se opone a la magnanimidad, porque se encuentra más comúnmente y es peor.

Capítulo6

Bien, la virtud de la magnanimidad tiene por objeto el gran honor, como hemos dicho: y parece haber una virtud que tiene también al honor por objeto (como declaramos en el libro anterior), que puede parecer guardar con la magnanimidad la misma relación que la liberalidad con la magnificencia: es decir, ambas virtudes se mantienen alejadas de lo que es grande pero nos disponen como debemos estar dispuestos hacia asuntos moderados y pequeños. Además: como en el dar y recibir riqueza hay un estado medio, un exceso y un defecto, así igualmente en el buscar el honor hay el más o menos de lo que es correcto, y también el hacerlo desde las fuentes correctas y de la manera correcta.

Pues censuramos al amante del honor por aspirar al honor más de lo que debe y desde fuentes equivocadas; y al que carece de amor por el honor, por no elegir ser honrado ni siquiera por lo que es noble. Pero otras veces elogiamos al amante del honor como varonil y amante de lo que es noble, y al que no lo ama como moderado y modesto (como ya observamos en la discusión anterior de estas virtudes).

Queda claro entonces que, puesto que «amante de tal o cual cosa» es un término susceptible de varios significados, no siempre denotamos la misma cualidad con el término «amante del honor»; sino que cuando lo usamos como término de elogio denotamos más de lo que son la mayoría de los hombres; cuando para censura, más de lo que un hombre debería ser.

Y como el estado medio no tiene nombre propio, los extremos parecen disputárselo como si fuera territorio desocupado: pero naturalmente donde hay exceso y defecto debe haber también el término medio. Y de hecho, los hombres aspiran al honor más de lo que deberían, y menos, y a veces justo como deben; por ejemplo, este estado es elogiado, siendo un estado medio respecto del honor, pero sin ningún nombre apropiado. Comparado con lo que se llama ambición parece una falta de amor por el honor, y comparado con esta parece ambición, o comparado con ambas, parece ambos defectos: y este no es un caso singular entre las virtudes. Aquí los caracteres extremos parecen estar opuestos, porque el medio no tiene nombre que le esté apropiado.

Capítulo7

La mansedumbre es un estado medio que tiene por objeto la ira: y como el carácter en el medio no tiene nombre, y podemos decir casi lo mismo de los extremos, damos el nombre de mansedumbre (inclinándonos más bien hacia el defecto, que tampoco tiene nombre) al carácter en el medio.

El exceso puede llamarse una aptitud excesiva para la ira: pues la pasión es la ira, y las causas que la producen son muchas y variadas. Ahora bien, el que se enoja con lo que debe y con quien debe, y además de manera correcta y en el momento oportuno, y durante el tiempo apropiado, es elogiado, así que este hombre será manso, puesto que la mansedumbre es elogiada. Pues la noción representada por el término hombre manso es la de ser imperturbable y no dejarse llevar por la pasión, sino estar enojado de esa manera, y con esas cosas, y durante ese tiempo que la razón pueda indicar. Sin embargo, se piensa que este carácter yerra más bien por el lado del defecto, en la medida en que no está dispuesto a vengarse sino más bien a hacer concesiones y perdonar. Y el defecto, llámalo falta de ira o como quieras, es censurado: quiero decir, aquellos que no se enojan con las cosas con las que deberían enojarse son considerados necios, y aquellos que se enojan no de manera correcta, ni en el momento correcto, ni con quienes deben; pues se piensa que un hombre que padece este defecto no tiene percepción ni siente dolor, y no tiene tendencia a vengarse, en la medida en que no siente ira: ahora bien, soportar insultos contra la propia persona y ver pacientemente a los propios amigos sufrirlos es algo servil.

En cuanto al exceso, ocurre en todas las formas; los hombres se enojan con quienes no deben y con cosas con las que no deben, y más de lo que deben, y demasiado precipitadamente, y durante demasiado tiempo. Sin embargo, no quiero decir que estos rasgos se combinen en una sola persona: eso de hecho sería imposible, porque el mal se destruye a sí mismo, y si se desarrolla en toda su fuerza se vuelve insoportable.

Ahora bien, aquellos a quienes llamamos los apasionados se enojan pronto, y con personas con quienes y por cosas por las que no deben, y en grado excesivo, pero pronto se calman de nuevo, que es lo mejor de ellos. Y esto resulta de que no reprimen su ira, sino que la devuelven a sus enemigos (en cuanto muestran sus sentimientos por razón de su vehemencia), y luego han terminado con ella.

Los coléricos, por su parte, son excesivamente vehementes y se enojan por todo y en toda ocasión; de ahí viene su nombre griego que significa que su cólera está en lo alto.

Los de temperamento amargado son difíciles de reconciliar y mantienen su ira durante largo tiempo, porque reprimen el sentimiento: pero cuando se han vengado entonces viene una tregua; pues la venganza destruye su ira produciendo placer en lugar de dolor. Pero si esto no sucede mantienen el peso en sus mentes: porque, como no se manifiesta, nadie intenta razonarlo, y digerir la ira dentro de uno mismo lleva tiempo. Tales hombres son muy molestos para sí mismos y para sus mejores amigos.

Además, llamamos quisquillosos a aquellos que se enojan con objetos equivocados, y en grado excesivo, y durante demasiado tiempo, y que no se apaciguan sin venganza o al menos sin castigar al ofensor.

A la mansedumbre oponemos el exceso más que el defecto, porque es de ocurrencia más común: pues la naturaleza humana está más dispuesta a tomar venganza que a renunciar a ella. Y los quisquillosos son peores para convivir [que quienes son demasiado flemáticos].

Ahora bien, a partir de lo que se ha dicho aquí, también es evidente lo que se dijo antes. Quiero decir, no es fácil definir cómo, y con qué personas, y ante qué tipo de cosas, y durante cuánto tiempo uno debe enojarse, y hasta qué punto una persona está en lo correcto o en lo incorrecto. Pues el que transgrede la regla estricta solo un poco, ya sea por el lado del exceso o del defecto, no es censurado: a veces elogiamos a quienes son deficientes en el sentimiento y los llamamos mansos, a veces llamamos a los irritables animosos como si estuvieran bien cualificados para gobernar. Así que no es fácil establecer, con palabras precisas, en qué grado o tipo de transgresión un hombre es censurable: porque la decisión reside en los casos particulares y descansa por tanto en el sentido moral. Sin embargo, esto es evidente: que el estado medio es digno de elogio, en virtud del cual nos enojamos con quienes y con aquellas cosas con las que debemos enojarnos, y de manera correcta, y así sucesivamente; mientras que los excesos y defectos son censurables, ligeramente si son solo leves, más si son mayores, y cuando son considerables muy censurables.

Queda claro, por tanto, que el estado medio es al que debemos aferrarnos.

Esta es entonces nuestra exposición de los diversos estados morales que tienen por objeto la ira.

Capítulo8

A continuación, en cuanto al trato social y al intercambio de palabras y acciones, algunos hombres son considerados excesivamente complacientes porque, con el único fin de dar placer, están de acuerdo con todo y nunca se oponen, sino que piensan que su línea es no causar ningún dolor a aquellos entre quienes están; en cambio, otros son llamados hoscos y contenciosos porque toman exactamente la línea contraria a estos, y se oponen en todo, y no tienen ningún cuidado de si causan dolor o no.

Ahora bien, es bastante claro, por supuesto, que los estados que he nombrado son censurables, y que el medio entre ellos es digno de elogio, en virtud del cual un hombre dejará pasar lo que debe como debe, y también se opondrá de igual manera. Sin embargo, este estado no tiene nombre apropiado, pero se parece más a la amistad; puesto que el hombre que lo exhibe es justo el tipo de hombre al que llamaríamos el amigo afable, con la adición de un afecto fuerte y sincero; pero entonces este es precisamente el punto en que difiere de la amistad, que es completamente independiente de cualquier sentimiento o afecto fuerte por aquellos entre quienes el hombre se mezcla: quiero decir, que toma todo como debe, no por algún sentimiento de amor u odio, sino simplemente porque su disposición natural lo lleva a hacerlo; lo hará por igual con aquellos a quienes conoce y aquellos a quienes no conoce, y aquellos con quienes es íntimo y aquellos con quienes no lo es; solo que en cada caso como lo requiere la propiedad, porque no es apropiado preocuparse igualmente por los íntimos y los extraños, ni tampoco causarles dolor por igual.

Se ha establecido de manera general que su trato social estará regulado por la propiedad, y su objetivo será evitar causar dolor y contribuir al placer, pero con una referencia constante a lo que es noble y conveniente.

Su objeto propio parecen ser los placeres y dolores que surgen del trato social, pero siempre que no sea honorable o incluso perjudicial para él contribuir al placer, en estos casos se opondrá y preferirá causar dolor.

O si las cosas en cuestión implican indecoro para quien las hace, y esto no en grado insignificante, o algún daño, mientras que su oposición causará solo un pequeño dolor, aquí no accederá sino que se opondrá.

Además, regulará de forma distinta su trato con los grandes personajes y con la gente común, y con todas las personas según el conocimiento que tenga de ellas; y de igual manera, teniendo en cuenta cualquier otra diferencia que pueda existir, dando a cada uno lo que le corresponde, y prefiriendo en sí mismo dar placer y cuidándose de no causar dolor, pero guiándose aún por los resultados, me refiero a lo noble y lo conveniente según predomine uno u otro.

Además, infligirá un dolor pequeño con vistas al placer consiguiente.

Pues bien, el hombre que tiene el carácter medio es más o menos tal como lo he descrito, pero no tiene un nombre que se le haya asignado: de quienes intentan dar placer, el hombre que simplemente y sin otro interés intenta ser agradable se llama Excesivamente Complaciente, quien lo hace con vistas a obtener algún provecho en forma de riqueza, o aquellas cosas que la riqueza puede procurar, es un Adulador: ya he dicho antes que el hombre que es «siempre disconforme» es Desabrido y Pendenciero. Aquí los extremos tienen la apariencia de estar opuestos entre sí, porque el término medio no tiene un nombre apropiado.

Capítulo9

El estado medio que evita la Exageración tiene más o menos el mismo objeto que el último que describimos, y del mismo modo no tiene un nombre que se le haya asignado. Aun así, puede ser conveniente repasar estos estados: porque, en primer lugar, mediante una discusión particular de cada uno conoceremos mejor el tema general del carácter moral, y además nos convenceremos más de que las virtudes son estados medios al ver que esto es universalmente el caso.

Así pues, respecto a la convivencia en sociedad, ya se ha hablado de quienes llevan a cabo este trato con vistas al placer y al dolor; ahora pasaremos a hablar de quienes son Veraces o Falsos, tanto en sus palabras y acciones como en las pretensiones que avanzan.

Ahora bien, se piensa que el Exagerado tiene tendencia a reclamar para sí cosas que le dan crédito, tanto cuando no le pertenecen en absoluto como en mayor grado del que realmente le corresponden: mientras que el hombre Reservado, por el contrario, niega las que realmente le pertenecen o bien las deprecia, mientras que el carácter medio, siendo una persona Llana y práctica, es Veraz en vida y palabra, admitiendo la existencia de lo que realmente le pertenece y no haciéndolo ni mayor ni menor que la verdad.

Es posible, por supuesto, tomar cualquiera de estas líneas con o sin algún propósito ulterior: pero en general los hombres hablan, y actúan, y viven, cada uno según su carácter y disposición particulares, a menos que un hombre esté actuando por algún motivo especial.

Ahora bien, puesto que la falsedad es en sí misma baja y censurable, mientras que la verdad es noble y laudable, se sigue que el hombre Veraz (que también está en el término medio) es laudable, y los dos que se apartan de la estricta verdad son ambos censurables, pero especialmente el Exagerado.

Hablaremos ahora de cada uno, y primero del hombre Veraz: lo llamo Veraz, porque no nos referimos ahora al hombre que es veraz en sus acuerdos ni en tales asuntos como equivalen a justicia o injusticia (esto entraría en el ámbito de una virtud diferente), sino que, en tales asuntos como no implican ninguna diferencia tan seria como esta, el hombre que describimos es veraz en vida y palabra simplemente porque se encuentra en un cierto estado moral.

Y quien es así debe ser juzgado como hombre bueno: pues quien tiene amor por la Verdad como tal, y se guía por ella en asuntos indiferentes, lo hará igualmente aún más en los que no son indiferentes; porque seguramente tendrá temor de la falsedad por ser vil, ya que la evitaba incluso en sí misma: y quien tiene tal carácter es laudable, aunque se inclina más bien hacia lo que está por debajo de la verdad, teniendo esto una apariencia de mejor gusto porque las exageraciones son tan odiosas.

En cuanto al hombre que reclama para sí cosas por encima de lo que realmente le pertenece sin ningún motivo especial, se parece a un hombre vil porque de otro modo no habría sentido placer en la falsedad, pero se muestra más como un necio que como un bribón. Pero si un hombre hace esto con un motivo especial, supongamos por honor o gloria, como hace el Fanfarrón, entonces no es tan censurable, pero si, directa o indirectamente, por consideraciones pecuniarias, es más indecoroso.

Ahora bien, el Fanfarrón es tal no por su capacidad sino por su propósito, es decir, en virtud de su estado moral, y porque es un hombre de cierta clase; igual que hay mentirosos que sienten placer en la falsedad por sí misma mientras que otros mienten por deseo de gloria o ganancia. Quienes exageran con vistas a la gloria fingen tener tales cualidades como son seguidas de alabanza o máxima felicitación; quienes lo hacen con vistas a la ganancia asumen aquellas de las que sus vecinos pueden aprovecharse, y cuya ausencia puede ocultarse, como ser un hábil adivino o médico; y por consiguiente la mayoría de los hombres fingen tales cosas y exageran en esta dirección, porque las faltas que he mencionado están en ellos.

Los Reservados, que deprecian sus propias cualidades, tienen la apariencia de ser más refinados en sus caracteres, porque no se piensa que hablen con vistas a la ganancia sino para evitar la grandilocuencia: un rasgo muy común en tales caracteres es negar las opiniones comunes corrientes, como solía hacer Sócrates. Hay personas que reclaman falsamente cosas pequeñas y cosas cuya falsedad en sus pretensiones es obvia; estos se llaman Charlatanes y son muy despreciables.

Esta misma Reserva a veces se muestra como Exageración; tómese, por ejemplo, la sencillez excesiva en el vestir que afectaban los lacedemonios: de hecho, tanto el exceso como el extremo de la deficiencia participan de la naturaleza de la Exageración. Pero quienes practican la Reserva con moderación, y en casos en que la verdad no es muy obvia y clara, dan una impresión de refinamiento. Aquí es el Exagerado (por ser el peor carácter) quien parece estar opuesto al hombre Veraz.

Capítulo10

A continuación, como la vida tiene sus pausas y en ellas admite pasatiempo combinado con Jocosidad, se piensa que en este respecto también hay una especie de trato apropiado, y que pueden prescribirse reglas en cuanto al tipo de cosas que uno debe decir y la manera de decirlas; y respecto a escuchar igualmente (y habrá una diferencia entre decir y escuchar tales y tales cosas). Es evidente que con respecto a estas cosas también habrá un exceso y un defecto y un término medio.

Ahora bien, quienes exceden en lo ridículo son juzgados como Bufones y Vulgares, buscándolo de cualquier manera y a cualquier precio, y apuntando más bien a provocar risa que a decir lo que es decoroso y a evitar hacer sufrir al objeto de su ingenio. Quienes, por otro lado, no harían una broma por nada del mundo y se disgustan con quienes lo hacen son considerados Toscos y Severos. Pero quienes son Jocosos con buen gusto se denominan con un término griego que expresa propiamente facilidad de movimiento, porque se piensa que tales personas son, por así decirlo, movimientos del carácter moral; y así como los cuerpos se juzgan por sus movimientos, así también los caracteres morales.

Ahora bien, como lo ridículo está en la superficie, y la mayoría de los hombres sienten más placer del debido en la Jocosidad y las Bromas, los Bufones también reciben este nombre de Agradabilidad Fácil, como si fueran refinados y caballerosos; pero que difieren de estos, y considerablemente además, es evidente por lo que se ha dicho.

Una cualidad que pertenece al estado medio es el Tacto: es característico de un hombre de Tacto decir y escuchar aquellas cosas que son adecuadas para que un hombre bueno y un caballero las diga y las escuche: pues hay cosas que son convenientes para tal persona decir y escuchar en materia de Broma, y hay una diferencia entre la Broma del Caballero y la del Vulgar; y también entre la del hombre educado y la del inculto. Esto puedes verlo comparando la Comedia Antigua y la Nueva: en la primera la diversión estaba en el lenguaje obsceno; en la segunda más bien en la insinuación: y esta no es una diferencia menor en cuanto a decencia.

Bien entonces, ¿caracterizaremos al que bromea bien por decir lo que conviene a un caballero, o por evitar causar dolor al objeto de su ingenio, o incluso por darle placer? ¿O acaso tal definición no será vaga, puesto que cosas diferentes son odiosas y placenteras para personas diferentes?

Sea como sea, las mismas cosas que dice también las escuchará, ya que comúnmente se sostiene que un hombre hará lo que soporta oír: esto, sin embargo, debe limitarse; un hombre no hará absolutamente todo lo que oye: porque bromear es una especie de bufonada y hay algunos puntos de bufonada prohibidos por la ley; puede ser que ciertos puntos de la broma también deberían haber sido así prohibidos. Así entonces el hombre refinado y caballeroso se comportará de este modo como siendo una ley para sí mismo. Tal es el carácter medio, ya sea denominado el hombre de Tacto o de Agradable Jovialidad.

Pero el Bufón no puede resistirse a lo ridículo, sin perdonar ni a sí mismo ni a nadie más con tal de provocar la risa, diciendo cosas de tal naturaleza que ningún hombre refinado diría y algunas que ni siquiera toleraría si otros las dijesen en su presencia.

El hombre Grosero es para tal intercambio completamente inútil: en tanto que no contribuye nada jocoso de su parte es hostil con todos los que lo hacen.

Sin embargo, algo de descanso y diversión en la vida se juzgan generalmente indispensables.

Los tres estados medios que han sido descritos sí ocurren en la vida, y la materia de todos es el intercambio de palabras y acciones. Difieren en que uno de ellos se ocupa de la verdad, y los otros dos de lo placentero: y de estos dos nuevamente, uno trata de las jocosidades de la vida, el otro de todos los demás aspectos del trato social.

Capítulo11

Hablar de la Vergüenza como una Virtud es incorrecto, porque es mucho más semejante a un sentimiento que a un estado moral. Se define, lo sabemos, como «una especie de temor a la deshonra», y sus efectos son similares a los del temor al peligro, pues quienes sienten Vergüenza enrojecen y quienes temen la muerte palidecen. Así que ambos son evidentemente en cierto modo físicos, lo cual se piensa que es marca de un sentimiento más que de un estado moral.

Además, es un sentimiento no adecuado para toda edad, sino solo para la juventud: sí pensamos que los jóvenes deben ser Vergonzosos, porque dado que viven a merced de la pasión hacen mucho que está mal y la Vergüenza actúa sobre ellos como un freno. De hecho, alabamos a los jóvenes que son Vergonzosos, pero nadie alabaría jamás a un anciano por serlo, en tanto que sostenemos que no debería hacer cosas que causen Vergüenza; pues la Vergüenza, ya que surge ante acciones bajas y malas, no pertenece en absoluto al hombre bueno, porque tales cosas no deberían hacerse en absoluto: ni hace ninguna diferencia alegar que algunas cosas son deshonrosas realmente, otras solo porque se piensa que lo son; pues ninguna debería hacerse, de modo que un hombre no debería estar en la posición de sentir Vergüenza. En verdad, ser tal hombre como para hacer algo deshonroso es propio de un carácter defectuoso. Y que un hombre sea tal que sentiría Vergüenza si hiciera algo deshonroso, y pensar que esto lo constituye un hombre bueno, es absurdo: porque la Vergüenza se siente solo ante acciones voluntarias, y un hombre bueno nunca hará voluntariamente lo que es bajo.

Es cierto que la Vergüenza puede ser buena bajo cierta suposición, como «si un hombre hiciera tales cosas, sentiría Vergüenza»: pero entonces las Virtudes son buenas en sí mismas, y no meramente en casos supuestos. Y, concedido que la impudicia y el no avergonzarse de hacer lo que es deshonroso es bajo, no se sigue más que sea bueno para un hombre hacer tales cosas y sentir Vergüenza.

Tampoco es el Autocontrol propiamente una Virtud, sino una especie de estado mixto: sin embargo, todo esto se expondrá en un Libro futuro.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/etica-a-nicomaco/texto/libro-4-las-virtudes-del-trato-con-los-demas/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Ética a Nicómaco» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier libro o capítulo.