Capítulo 8Del contrato al despotismo
En cuanto a la autoridad paterna de la que varios han hecho derivar el gobierno absoluto y toda la sociedad, sin recurrir a las pruebas contrarias de Locke y de Sidney, basta señalar que nada en el mundo está más alejado del espíritu feroz del despotismo que la dulzura de esta autoridad que mira más a la ventaja de quien obedece que a la utilidad de quien manda; que por la ley de naturaleza el padre no es amo del hijo sino mientras su ayuda le es necesaria, que más allá de este límite se vuelven iguales y que entonces el hijo, perfectamente independiente del padre, no le debe sino respeto, y no obediencia; pues la gratitud es ciertamente un deber que hay que rendir, pero no un derecho que se pueda exigir. En lugar de decir que la sociedad civil deriva del poder paterno, había que decir por el contrario que es de ella de donde ese poder extrae su principal fuerza: un individuo no fue reconocido como padre de varios sino cuando estos permanecieron reunidos en torno a él. Los bienes del padre, de los que es verdaderamente el dueño, son los lazos que retienen a sus hijos en su dependencia, y puede no darles parte de su sucesión sino en la medida en que se hayan hecho dignos de él mediante una continua deferencia a sus voluntades. Ahora bien, lejos de que los súbditos tengan algún favor semejante que esperar de su déspota, como le pertenecen en propiedad, ellos y todo lo que poseen, o al menos así lo pretende él, se ven reducidos a recibir como un favor lo que les deja de su propio bien; hace justicia cuando los despoja; hace gracia cuando los deja vivir.
Continuando examinando así los hechos según el derecho, no encontraríamos más solidez que verdad en el establecimiento voluntario de la tiranía, y sería difícil mostrar la validez de un contrato que solo obligaría a una de las partes, en el que se pondría todo de un lado y nada del otro y que solo redundaría en perjuicio de quien se compromete. Este sistema odioso está muy lejos de ser, incluso hoy, el de los monarcas sabios y buenos, y sobre todo el de los reyes de Francia, como puede verse en diversos lugares de sus edictos y en particular en el siguiente pasaje de un escrito célebre, publicado en 1667, en nombre y por orden de Luis XIV: «Que no se diga pues que el soberano no está sujeto a las leyes de su Estado, puesto que la proposición contraria es una verdad del derecho de gentes que la adulación ha atacado algunas veces, pero que los buenos príncipes siempre han defendido como una divinidad tutelar de sus Estados. Cuánto más legítimo es decir con el sabio Platón que la perfecta felicidad de un reino es que un príncipe sea obedecido por sus súbditos, que el príncipe obedezca a la ley, y que la ley sea recta y siempre dirigida al bien público». No me detendré a investigar si, siendo la libertad la más noble de las facultades del hombre, no es degradar su naturaleza, ponerse al nivel de las bestias esclavas del instinto, ofender incluso al autor de su ser, renunciar sin reserva al más precioso de todos sus dones, someterse a cometer todos los crímenes que él nos prohíbe, para complacer a un amo feroz o insensato, y si ese obrero sublime debe irritarse más al ver destruir que al ver deshonrar su más bella obra. Preguntaré solamente con qué derecho quienes no han temido envilecerse ellos mismos hasta ese punto han podido someter a su posteridad a la misma ignominia, y renunciar por ella a bienes que no recibe de su liberalidad, y sin los cuales la vida misma es onerosa para todos quienes son dignos de ella.
Pufendorf dice que, igual que se transfiere el propio bien a otro mediante convenciones y contratos, también se puede despojar uno de su libertad en favor de alguien. Este me parece un razonamiento muy malo; pues en primer lugar el bien que enajena se me vuelve una cosa del todo extraña, y cuyo abuso me es indiferente, pero me importa que no se abuse de mi libertad, y no puedo sin hacerme culpable del mal que me obligarán a hacer, exponerme a convertirme en instrumento del crimen. Además, el derecho de propiedad no siendo sino de convención y de institución humana, todo hombre puede a su arbitrio disponer de lo que posee: pero no ocurre lo mismo con los dones esenciales de la naturaleza, tales como la vida y la libertad, de los cuales está permitido a cada cual disfrutar y de los cuales es menos dudoso que se tenga derecho a despojarse. Al quitarse la una se degrada su ser; al quitarse la otra se le aniquila en cuanto está en uno; y como ningún bien temporal puede compensar ni la una ni la otra, sería ofender a la vez a la naturaleza y a la razón renunciar a ellas a cualquier precio que fuese. Pero aun cuando se pudiera enajenar la propia libertad como los propios bienes, la diferencia sería muy grande para los hijos que solo disfrutan de los bienes del padre por transmisión de su derecho, mientras que, siendo la libertad un don que reciben de la naturaleza en calidad de hombres, sus padres no han tenido ningún derecho a despojarlos de ella; de suerte que, así como para establecer la esclavitud hubo que hacer violencia a la naturaleza, hubo que cambiarla para perpetuar ese derecho, y los jurisconsultos que han pronunciado gravemente que el hijo de una esclava nacería esclavo han decidido en otros términos que un hombre no nacería hombre.
Me parece pues cierto que no solamente los gobiernos no han comenzado por el poder arbitrario, que no es sino la corrupción de estos, el término extremo, y que los devuelve finalmente a la sola ley del más fuerte de la que fueron al principio el remedio, sino además que, aun cuando así hubieran comenzado, ese poder, siendo por su naturaleza ilegítimo, no ha podido servir de fundamento a los derechos de la sociedad, ni por consiguiente a la desigualdad de institución.
Sin entrar hoy en las investigaciones que quedan aún por hacer sobre la naturaleza del pacto fundamental de todo gobierno, me limito siguiendo la opinión común a considerar aquí el establecimiento del cuerpo político como un verdadero contrato entre el pueblo y los jefes que se elige, contrato por el cual las dos partes se obligan a la observancia de las leyes que en él se estipulan y que forman los lazos de su unión. El pueblo, habiendo reunido en cuanto a las relaciones sociales todas sus voluntades en una sola, todos los artículos sobre los cuales esa voluntad se expresa se convierten en otras tantas leyes fundamentales que obligan a todos los miembros del Estado sin excepción, y una de las cuales regula la elección y el poder de los magistrados encargados de velar por la ejecución de las demás. Ese poder se extiende a todo lo que puede mantener la constitución, sin llegar hasta cambiarla. Se le añaden honores que hacen respetables las leyes y sus ministros, y para estos personalmente prerrogativas que los compensan de los penosos trabajos que cuesta una buena administración. El magistrado, por su parte, se obliga a usar del poder que le es confiado solo según la intención de los comitentes, a mantener a cada uno en el disfrute pacífico de lo que le pertenece y a preferir en toda ocasión la utilidad pública a su propio interés.
Antes de que la experiencia hubiese mostrado, o de que el conocimiento del corazón humano hubiese hecho prever los abusos inevitables de tal constitución, debió parecer tanto mejor cuanto que quienes estaban encargados de velar por su conservación eran ellos mismos los más interesados en ello; pues la magistratura y sus derechos no estando establecidos sino sobre las leyes fundamentales, tan pronto como estas fueran destruidas, los magistrados dejarían de ser legítimos, el pueblo ya no estaría obligado a obedecerles, y como no habría sido el magistrado, sino la ley quien habría constituido la esencia del Estado, cada cual volvería de derecho a su libertad natural.
Con tal de reflexionar un poco atentamente, esto se confirmaría con nuevas razones y por la naturaleza del contrato se vería que no podría ser irrevocable: pues si no hubiera ningún poder superior que pudiese ser garante de la fidelidad de los contratantes, ni forzarlos a cumplir sus compromisos recíprocos, las partes quedarían como únicos jueces en su propia causa y cada una de ellas tendría siempre el derecho de renunciar al contrato, tan pronto como encontrase que la otra infringe las condiciones o que estas dejasen de convenirle. Es sobre este principio que parece que el derecho de abdicar puede fundarse. Ahora bien, considerando solamente, como hacemos, la institución humana, si el magistrado que tiene todo el poder en la mano y que se apropia de todas las ventajas del contrato, tuviese sin embargo el derecho de renunciar a la autoridad; con mayor razón el pueblo, que paga todas las faltas de los jefes, debería tener el derecho de renunciar a la dependencia. Pero las disensiones espantosas, los desórdenes infinitos que acarrearía necesariamente ese peligroso poder, muestran más que ninguna otra cosa cuánto los gobiernos humanos habían necesitado de una base más sólida que la sola razón y cuánto era necesario para el reposo público que la voluntad divina interviniese para dar a la autoridad soberana un carácter sagrado e inviolable que quitase a los súbditos el funesto derecho de disponer de ella. Aun cuando la religión no hubiese hecho sino ese bien a los hombres, sería bastante para que todos debieran amarla y adoptarla, incluso con sus abusos, puesto que ahorra aún más sangre de la que el fanatismo hace correr: pero sigamos el hilo de nuestra hipótesis.
Las diversas formas de los gobiernos tienen su origen en las diferencias más o menos grandes que se encontraron entre los particulares en el momento de la institución. ¿Era un hombre eminente en poder, en virtud, en riquezas o en crédito? Fue elegido solo magistrado, y el Estado se volvió monárquico; si varios aproximadamente iguales entre ellos prevalecían sobre todos los demás, fueron elegidos conjuntamente, y se tuvo una aristocracia. Aquellos cuya fortuna o talentos eran menos desproporcionados y que se habían alejado menos del estado de naturaleza conservaron en común la administración suprema y formaron una democracia. El tiempo verificó cuál de estas formas era la más ventajosa para los hombres. Unos permanecieron únicamente sometidos a las leyes, los otros obedecieron pronto a amos. Los ciudadanos quisieron conservar su libertad, los súbditos solo pensaron en quitársela a sus vecinos, no pudiendo sufrir que otros disfrutasen de un bien del que ya no disfrutaban ellos mismos. En una palabra, de un lado estuvieron las riquezas y las conquistas, y del otro la felicidad y la virtud.
En estos diversos gobiernos, todas las magistraturas fueron al principio electivas, y cuando la riqueza no prevalecía, la preferencia se concedía al mérito que da un ascendiente natural y a la edad que da la experiencia en los asuntos y la sangre fría en las deliberaciones. Los ancianos de los hebreos, los Gerontes de Esparta, el Senado de Roma, y la etimología misma de nuestra palabra Señor muestran cuánto antiguamente la vejez era respetada. Cuanto más recaían las elecciones en hombres avanzados en edad, más frecuentes se volvían, y más se hacían sentir sus dificultades; se introdujeron las intrigas, se formaron las fracciones, los partidos se enconaron, se encendieron las guerras civiles, finalmente la sangre de los ciudadanos fue sacrificada a la pretendida felicidad del Estado, y se estuvo en vísperas de volver a caer en la anarquía de los tiempos anteriores. La ambición de los principales aprovechó estas circunstancias para perpetuar sus cargos en sus familias: el pueblo ya acostumbrado a la dependencia, al reposo y a las comodidades de la vida, y ya fuera de estado de romper sus cadenas, consintió en dejar aumentar su servidumbre para afianzar su tranquilidad y así fue como los jefes vueltos hereditarios se acostumbraron a considerar su magistratura como un bien de familia, a considerarse ellos mismos como los propietarios del Estado del que no eran al principio sino los oficiales, a llamar a sus conciudadanos sus esclavos, a contarlos como ganado en el número de las cosas que les pertenecían y a llamarse ellos mismos iguales a los dioses y reyes de reyes.
Si seguimos el progreso de la desigualdad en estas diferentes revoluciones, encontraremos que el establecimiento de la ley y del derecho de propiedad fue su primer término; la institución de la magistratura el segundo, que el tercero y último fue el cambio del poder legítimo en poder arbitrario; de suerte que el estado de rico y de pobre fue autorizado por la primera época, el de poderoso y de débil por la segunda, y por la tercera el de amo y de esclavo, que es el último grado de la desigualdad, y el término al cual desembocan finalmente todos los demás, hasta que nuevas revoluciones disuelvan por completo el gobierno, o lo acerquen a la institución legítima.
Para comprender la necesidad de ese progreso hay que considerar menos los motivos del establecimiento del cuerpo político que la forma que adopta en su ejecución y los inconvenientes que acarrea tras de sí: pues los vicios que hacen necesarias las instituciones sociales son los mismos que hacen inevitable su abuso; y como, excepto la sola Esparta, donde la ley velaba principalmente por la educación de los niños y donde Licurgo estableció costumbres que casi lo dispensaban de añadirles leyes, las leyes en general menos fuertes que las pasiones contienen a los hombres sin cambiarlos; sería fácil probar que todo gobierno que, sin corromperse ni alterarse, marchase siempre exactamente según el fin de su institución, habría sido instituido sin necesidad, y que un país donde nadie eludiera las leyes ni abusara de la magistratura, no tendría necesidad ni de magistrados ni de leyes.
Las distinciones políticas acarrean necesariamente las distinciones civiles. La desigualdad, al crecer entre el pueblo y sus jefes, pronto se hace sentir entre los particulares y se modifica allí de mil maneras según las pasiones, los talentos y las circunstancias. El magistrado no puede usurpar un poder ilegítimo sin hacerse criaturas a quienes está obligado a ceder alguna parte de él. Por lo demás, los ciudadanos solo se dejan oprimir en la medida en que, arrastrados por una ambición ciega y mirando más hacia abajo que hacia arriba, la dominación les resulta más querida que la independencia, y en que consienten en llevar cadenas para poder imponerlas a su vez. Es muy difícil reducir a la obediencia a quien no busca mandar, y el político más hábil no lograría someter a hombres que solo quieran ser libres; pero la desigualdad se extiende sin esfuerzo entre almas ambiciosas y cobardes, siempre dispuestas a correr los riesgos de la fortuna y a dominar o servir casi indiferentemente según esta les sea favorable o contraria. Así debió llegar un tiempo en que los ojos del pueblo quedaron fascinados hasta tal punto que a sus conductores les bastaba con decir al más pequeño de los hombres: Sé grande, tú y toda tu raza; al instante él parecía grande a todo el mundo así como ante sus propios ojos, y sus descendientes se elevaban aún más a medida que se alejaban de él; cuanto más remota e incierta era la causa, más aumentaba el efecto; cuantos más holgazanes se podían contar en una familia, más ilustre se volvía.
Si este fuera el lugar para entrar en detalles, explicaría fácilmente cómo la desigualdad de crédito y de autoridad se vuelve inevitable entre los particulares (Nota 19) tan pronto como, reunidos en una misma sociedad, se ven forzados a compararse entre sí y a tener en cuenta las diferencias que encuentran en el uso continuo que han de hacer unos de otros. Estas diferencias son de varias especies, pero en general la riqueza, la nobleza o el rango, el poder y el mérito personal, siendo las distinciones principales por las cuales uno se mide en la sociedad, yo probaría que el acuerdo o el conflicto de estas fuerzas diversas es la indicación más segura de un Estado bien o mal constituido. Haría ver que entre estas cuatro clases de desigualdad, siendo las cualidades personales el origen de todas las demás, la riqueza es la última a la que se reducen al final, porque al ser la más inmediatamente útil para el bienestar y la más fácil de comunicar, se usa fácilmente para comprar todo lo demás. Observación que puede hacer juzgar con bastante exactitud la medida en que cada pueblo se ha alejado de su institución primitiva, y del camino que ha recorrido hacia el término extremo de la corrupción. Señalaría cuánto ese deseo universal de reputación, de honores y de preferencias, que nos devora a todos, ejercita y compara los talentos y las fuerzas, cuánto excita y multiplica las pasiones, y cuánto, al volver a todos los hombres competidores, rivales o más bien enemigos, causa todos los días reveses, éxitos y catástrofes de toda clase al hacer correr en la misma liza a tantos pretendientes. Mostraría que es a ese ardor por hacer hablar de uno mismo, a esa furia por distinguirse que nos mantiene casi siempre fuera de nosotros mismos, a lo que debemos lo que hay de mejor y de peor entre los hombres, nuestras virtudes y nuestros vicios, nuestras ciencias y nuestros errores, nuestros conquistadores y nuestros filósofos, es decir, una multitud de cosas malas por un pequeño número de buenas. Probaría finalmente que si vemos a un puñado de poderosos y de ricos en la cima de las grandezas y de la fortuna, mientras la multitud se arrastra en la oscuridad y en la miseria, es porque los primeros no estiman las cosas de que disfrutan sino en la medida en que los otros están privados de ellas, y que, sin cambiar de estado, dejarían de ser felices si el pueblo dejara de ser miserable.
Pero estos detalles serían por sí solos la materia de una obra considerable en la que se sopesarían las ventajas y los inconvenientes de todo gobierno, relativamente a los derechos del estado de naturaleza, y donde se desvelarían todas las caras diferentes bajo las cuales la desigualdad se ha mostrado hasta hoy y podrá mostrarse en los siglos según la naturaleza de esos gobiernos y las revoluciones que el tiempo acarreará necesariamente. Se vería a la multitud oprimida en el interior como consecuencia de las precauciones mismas que había tomado contra lo que la amenazaba desde fuera. Se vería a la opresión acrecentarse continuamente sin que los oprimidos pudieran nunca saber qué término tendría, ni qué medios legítimos les quedarían para detenerla. Se verían los derechos de los ciudadanos y las libertades nacionales extinguirse poco a poco, y las reclamaciones de los débiles tratadas como murmuraciones sediciosas. Se vería a la política restringir a una porción mercenaria del pueblo el honor de defender la causa común: se vería surgir de ahí la necesidad de los impuestos, al cultivador desalentado abandonar su campo incluso durante la paz y dejar el arado para ceñirse la espada. Se verían nacer las reglas funestas y bizarras del pundonor. Se vería a los defensores de la patria convertirse tarde o temprano en sus enemigos, mantener sin cesar el puñal levantado sobre sus conciudadanos, y llegaría un tiempo en que se les oiría decir al opresor de su país:
Si me ordenas clavar la espada en el pecho de mi hermano y en la garganta de mi padre, y en las entrañas grávidas de mi esposa, aun así cumpliré todo con mano renuente.
De la extrema desigualdad de las condiciones y de las fortunas, de la diversidad de las pasiones y de los talentos, de las artes inútiles, de las artes perniciosas, de las ciencias frívolas, saldrían multitudes de prejuicios, igualmente contrarios a la razón, a la felicidad y a la virtud. Se vería fomentar por los jefes todo lo que puede debilitar a unos hombres reunidos desuniéndolos; todo lo que puede dar a la sociedad un aire de concordia aparente y sembrar en ella un germen de división real; todo lo que puede inspirar a los diferentes órdenes una desconfianza y un odio mutuo por la oposición de sus derechos y de sus intereses, y fortalecer en consecuencia el poder que los contiene a todos.
Es del seno de este desorden y de estas revoluciones que el despotismo, alzando por grados su cabeza horrenda y devorando todo lo que habría percibido de bueno y de sano en todas las partes del Estado, llegaría finalmente a pisotear las leyes y el pueblo, y a establecerse sobre las ruinas de la república. Los tiempos que precederían a este último cambio serían tiempos de turbulencias y de calamidades, pero al final todo sería engullido por el monstruo y los pueblos ya no tendrían ni jefes ni leyes, sino solo tiranos. Desde ese instante también dejaría de ser cuestión de costumbres y de virtud; porque por doquier donde reina el despotismo, cui ex honesto nulla est spes, no sufre ningún otro amo; tan pronto como habla, no hay ni probidad ni deber que consultar, y la más ciega obediencia es la única virtud que queda a los esclavos.
Este es el último término de la desigualdad, y el punto extremo que cierra el círculo y toca el punto del cual partimos. Es aquí donde todos los particulares vuelven a ser iguales porque no son nada, y donde los súbditos, no teniendo ya otra ley que la voluntad del amo, ni el amo otra regla que sus pasiones, las nociones del bien y los principios de la justicia se desvanecen de nuevo. Es aquí donde todo se reduce a la sola ley del más fuerte y en consecuencia a un nuevo estado de naturaleza diferente de aquel por el cual comenzamos, en que uno era el estado de naturaleza en su pureza, y este último es el fruto de un exceso de corrupción. Hay tan poca diferencia por lo demás entre estos dos estados y el contrato de gobierno está tan disuelto por el despotismo que el déspota no es el amo sino en tanto es el más fuerte, y que, tan pronto como se le puede expulsar, no tiene nada que reclamar contra la violencia. El motín que termina por estrangular o destronar a un sultán es un acto tan jurídico como aquellos por los cuales él disponía la víspera de las vidas y de los bienes de sus súbditos. Solo la fuerza lo mantenía, solo la fuerza lo derriba; todas las cosas suceden así según el orden natural, y cualquiera que pueda ser el acontecimiento de estas cortas y frecuentes revoluciones, nadie puede quejarse de la injusticia de otro, sino solo de su propia imprudencia o de su desgracia.
Al descubrir y seguir así las rutas olvidadas y perdidas que del estado natural debieron conducir al hombre al estado civil, al restablecer, con las posiciones intermedias que acabo de señalar, aquellas que el tiempo que me apremia me ha hecho suprimir, o que la imaginación no me ha sugerido, todo lector atento no podrá sino quedar impresionado por el espacio inmenso que separa esos dos estados. Es en esa lenta sucesión de las cosas donde verá la solución de una infinidad de problemas de moral y de política que los filósofos no pueden resolver. Sentirá que el género humano de una época no siendo el género humano de otra época, la razón por la cual Diógenes no encontraba hombre alguno es que buscaba entre sus contemporáneos al hombre de un tiempo que ya no existía: Catón, dirá, pereció con Roma y la libertad, porque estuvo desplazado en su siglo, y el más grande de los hombres no hizo sino asombrar al mundo que habría gobernado quinientos años antes. En una palabra, explicará cómo el alma y las pasiones humanas, alterándose insensiblemente, cambian por así decir de naturaleza; por qué nuestras necesidades y nuestros placeres cambian de objetos con el tiempo; por qué, desvaneciéndose por grados el hombre original, la sociedad ya no ofrece a los ojos del sabio sino un conjunto de hombres artificiales y de pasiones facticias que son la obra de todas esas nuevas relaciones y no tienen ningún fundamento verdadero en la naturaleza. Lo que la reflexión nos enseña al respecto, la observación lo confirma perfectamente: el hombre salvaje y el hombre civilizado difieren tanto por el fondo del corazón y de las inclinaciones que lo que constituye la felicidad suprema del uno reduciría al otro a la desesperación. El primero no respira sino el reposo y la libertad, solo quiere vivir y permanecer ocioso, y la ataraxia misma del estoico no se aproxima a su profunda indiferencia por todo otro objeto. Al contrario, el ciudadano siempre activo suda, se agita, se atormenta sin cesar para buscar ocupaciones aún más laboriosas: trabaja hasta la muerte, corre incluso hacia ella para ponerse en estado de vivir, o renuncia a la vida para adquirir la inmortalidad. Hace la corte a los grandes que odia y a los ricos que desprecia; no escatima nada para obtener el honor de servirles; se jacta orgullosamente de su bajeza y de su protección, y orgulloso de su esclavitud, habla con desdén de quienes no tienen el honor de compartirla. ¡Qué espectáculo para un caribeño los trabajos penosos y envidiados de un ministro europeo! ¡Cuántas muertes crueles no preferiría ese indolente salvaje al horror de semejante vida que a menudo ni siquiera está endulzada por el placer de hacer el bien? Pero para ver el objeto de tantos esfuerzos, haría falta que esas palabras, poder y reputación, tuvieran un sentido en su espíritu, que aprendiera que hay una clase de hombres que cuentan por algo las miradas del resto del universo, que saben ser felices y contentos de sí mismos sobre el testimonio ajeno más bien que sobre el suyo propio. Tal es, en efecto, la verdadera causa de todas esas diferencias: el salvaje vive en sí mismo; el hombre sociable, siempre fuera de sí, no sabe vivir sino en la opinión de los otros, y es, por así decir, solo de su juicio que extrae el sentimiento de su propia existencia. No es mi tema mostrar cómo de tal disposición nace tanta indiferencia por el bien y el mal, con tan bellos discursos de moral; cómo, reduciéndose todo a las apariencias, todo se vuelve facticio y fingido: honor, amistad, virtud, y a menudo hasta los vicios mismos, de los que se encuentra al fin el secreto para gloriarse; cómo, en una palabra, preguntando siempre a los otros lo que somos y no atreviéndonos jamás a interrogarnos al respecto a nosotros mismos, en medio de tanta filosofía, de humanidad, de cortesía y de máximas sublimes, no tenemos sino un exterior engañoso y frívolo, honor sin virtud, razón sin sabiduría, y placer sin felicidad. Me basta haber probado que ese no es el estado original del hombre y que es solo el espíritu de la sociedad y la desigualdad que ella engendra los que cambian y alteran así todas nuestras inclinaciones naturales.
He intentado exponer el origen y el progreso de la desigualdad, el establecimiento y el abuso de las sociedades políticas, en la medida en que estas cosas pueden deducirse de la naturaleza del hombre mediante las solas luces de la razón, e independientemente de los dogmas sagrados que dan a la autoridad soberana la sanción del derecho divino. De esta exposición se sigue que la desigualdad, siendo casi nula en el estado de naturaleza, extrae su fuerza y su crecimiento del desarrollo de nuestras facultades y de los progresos del espíritu humano, y se vuelve por fin estable y legítima mediante el establecimiento de la propiedad y de las leyes. Se sigue además que la desigualdad moral, autorizada por el solo derecho positivo, es contraria al derecho natural todas las veces que no concurre en la misma proporción que la desigualdad física; distinción que determina suficientemente lo que hay que pensar a este respecto acerca del tipo de desigualdad que reina entre todos los pueblos civilizados; puesto que resulta manifiestamente contra la Ley de la Naturaleza, cualquiera que sea la manera en que se la defina, que un niño mande a un anciano, que un imbécil dirija a un hombre sabio, y que un puñado de gente rebose de superfluidades mientras la multitud hambrienta carece de lo necesario.
↑ «Este perro es mío, decían esos pobres niños; este es mi lugar al sol: he ahí el comienzo y la imagen de la usurpación de toda la tierra.» Pascal, Pensamientos, I parte, art. 9, §. 53.
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