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Capítulo 7La época más feliz y su ruina

Discurso sobre la desigualdad · Jean-Jacques Rousseau · 23 min de lectura

Pero hay que señalar que la sociedad comenzada y las relaciones ya establecidas entre los hombres exigían en ellos cualidades diferentes de aquellas que tenían por su constitución primitiva; que la moralidad comenzaba a introducirse en las acciones humanas, y que cada uno, antes de las leyes, siendo el único juez y vengador de las ofensas que había recibido, la bondad adecuada al estado de naturaleza puro ya no era la que convenía a la sociedad naciente; que era necesario que los castigos se volvieran más severos a medida que las ocasiones de ofender se hacían más frecuentes, y que correspondía al terror de las venganzas ocupar el lugar del freno de las leyes. Así, aunque los hombres se hubieran vuelto menos resistentes, y aunque la piedad natural hubiera sufrido ya cierta alteración, este periodo del desarrollo de las facultades humanas, guardando un justo medio entre la indolencia del estado primitivo y la petulante actividad de nuestro amor propio, debió de ser la época más feliz y más duradera. Cuanto más se reflexiona sobre ello, más se comprueba que ese estado era el menos expuesto a las revoluciones, el mejor para el hombre (Nota 16), y que solo debió de salir de él por algún acaso funesto que en beneficio común nunca debería haber ocurrido. El ejemplo de los salvajes, a quienes casi todos se ha encontrado en este punto, parece confirmar que el género humano estaba hecho para permanecer siempre en él, que ese estado es la verdadera juventud del mundo, y que todos los progresos ulteriores han sido en apariencia otros tantos pasos hacia la perfección del individuo, y en realidad hacia la decrepitud de la especie.

Mientras los hombres se contentaron con sus cabañas rústicas, mientras se limitaron a coser sus vestidos de pieles con espinas o con espinas de pescado, a adornarse con plumas y conchas, a pintarse el cuerpo de diversos colores, a perfeccionar o embellecer sus arcos y sus flechas, a tallar con piedras cortantes algunas canoas de pescadores o algunos instrumentos toscos de música, en una palabra, mientras solo se aplicaron a trabajos que uno solo podía hacer, y a artes que no necesitaban el concurso de varias manos, vivieron libres, sanos, buenos y felices en la medida en que podían serlo por su naturaleza, y continuaron gozando entre ellos de las dulzuras de un trato independiente: pero desde el instante en que un hombre tuvo necesidad del auxilio de otro; desde que se advirtió que era útil a uno solo tener provisiones para dos, la igualdad desapareció, la propiedad se introdujo, el trabajo se hizo necesario y los vastos bosques se transformaron en campiñas sonrientes que hubo que regar con el sudor de los hombres, y en las cuales se vio pronto germinar y crecer la esclavitud y la miseria con las cosechas.

La metalurgia y la agricultura fueron las dos artes cuya invención produjo esta gran revolución. Para el poeta, son el oro y la plata, pero para el filósofo son el hierro y el trigo los que han civilizado a los hombres y perdido al género humano; también uno y otro eran desconocidos para los salvajes de América, que por ello han permanecido siempre tales; los otros pueblos parecen incluso haber permanecido bárbaros mientras practicaron una de estas artes sin la otra; y una de las mejores razones quizá de por qué Europa ha sido, si no más temprano, al menos más constante y mejor civilizada que las otras partes del mundo, es que ella es a la vez la más abundante en hierro y la más fértil en trigo.

Es muy difícil conjeturar cómo los hombres han llegado a conocer y emplear el hierro: pues no es creíble que hayan imaginado por sí mismos extraer la materia de la mina y darle las preparaciones necesarias para ponerla en fusión antes de saber qué resultaría de ello. Por otro lado, puede atribuirse tanto menos este descubrimiento a algún incendio accidental cuanto que las minas solo se forman en lugares áridos y desprovistos de árboles y de plantas, de manera que diríase que la naturaleza había tomado precauciones para ocultarnos ese funesto secreto. Solo queda, pues, la circunstancia extraordinaria de algún volcán que, vomitando materias metálicas en fusión, habrá dado a los observadores la idea de imitar esa operación de la naturaleza; pero aun así hay que suponerles mucho valor y mucha previsión para emprender un trabajo tan penoso y contemplar desde tan lejos las ventajas que podían obtener de él; lo cual no conviene apenas a espíritus ya más ejercitados de lo que estos debían de estarlo.

En cuanto a la agricultura, el principio fue conocido mucho tiempo antes de que la práctica fuera establecida, y apenas es posible que los hombres, ocupados sin cesar en obtener su subsistencia de los árboles y de las plantas, no tuvieran bastante pronto la idea de las vías que la naturaleza emplea para la generación de los vegetales; pero su industria probablemente solo se volvió muy tarde hacia ese lado, sea porque los árboles, que con la caza y la pesca proveían a su alimentación, no necesitaban de sus cuidados, sea por falta de conocer el uso del trigo, sea por falta de instrumentos para cultivarlo, sea por falta de previsión para la necesidad futura, sea en fin por falta de medios para impedir que los otros se apropiaran del fruto de su trabajo. Vueltos más industriosos, puede creerse que con piedras afiladas y palos puntiagudos comenzaron por cultivar algunas legumbres o raíces alrededor de sus cabañas, mucho antes de saber preparar el trigo y de tener los instrumentos necesarios para el cultivo en gran escala, sin contar que, para entregarse a esta ocupación y sembrar tierras, hay que resolverse a perder de entrada algo para ganar mucho después; precaución muy alejada del giro de espíritu del hombre salvaje que, como he dicho, le cuesta mucho pensar por la mañana en sus necesidades de la tarde.

La invención de las otras artes fue pues necesaria para forzar al género humano a aplicarse al de la agricultura. Desde que hicieron falta hombres para fundir y forjar el hierro, hicieron falta otros hombres para alimentar a aquellos. Cuanto más vino a multiplicarse el número de obreros, menos hubo de manos empleadas en proveer a la subsistencia común, sin que hubiera menos bocas para consumirla; y como hizo falta a unos géneros a cambio de su hierro, los otros encontraron por fin el secreto de emplear el hierro para la multiplicación de los géneros. De ahí nacieron de un lado el labranza y la agricultura, y del otro el arte de trabajar los metales y de multiplicar sus usos.

De la cultura de las tierras se siguió necesariamente su reparto, y de la propiedad una vez reconocida las primeras reglas de justicia: pues para dar a cada uno lo suyo, es necesario que cada uno pueda tener algo; además, los hombres comenzando a llevar sus miradas hacia el futuro, y viéndose todos con algunos bienes que perder, no había ninguno que no tuviera que temer para sí la represalia de los agravios que pudiera causar a otro. Este origen es tanto más natural cuanto que es imposible concebir la idea de la propiedad naciendo de otra parte que de la mano de obra; pues no se ve qué, para apropiarse las cosas que no ha hecho, el hombre puede poner de más que su trabajo. Es solo el trabajo el que, dando derecho al cultivador sobre el producto de la tierra que ha labrado, le da por consiguiente sobre el fondo, al menos hasta la cosecha, y así de año en año, lo cual, haciendo una posesión continua, se transforma fácilmente en propiedad. Cuando los Antiguos, dice Grocio, dieron a Ceres el epíteto de legisladora, y a una fiesta celebrada en su honor el nombre de Tesmoforias, hicieron entender con ello que el reparto de las tierras ha producido una nueva clase de derecho. Es decir, el derecho de propiedad, diferente del que resulta de la ley natural.

Las cosas en este estado habrían podido permanecer iguales, si los talentos hubieran sido iguales, y si, por ejemplo, el empleo del hierro y el consumo de los géneros hubieran hecho siempre una balanza exacta: pero la proporción que nada mantenía fue pronto rota; el más fuerte hacía más trabajo; el más hábil sacaba mejor partido del suyo; el más ingenioso encontraba medios de abreviar el trabajo; el labrador tenía más necesidad de hierro, o el herrero más necesidad de trigo, y trabajando igualmente, uno ganaba mucho mientras el otro apenas conseguía vivir. Así es como la desigualdad natural se despliega insensiblemente con la de combinación y como las diferencias de los hombres, desarrolladas por las de las circunstancias, se vuelven más sensibles, más permanentes en sus efectos, y comienzan a influir en la misma proporción sobre la suerte de los particulares.

Habiendo llegado las cosas a este punto, es fácil imaginar el resto. No me detendré a describir la invención sucesiva de las otras artes, el progreso de las lenguas, la prueba y el empleo de los talentos, la desigualdad de las fortunas, el uso o el abuso de las riquezas, ni todos los detalles que siguen a estos, y que cada uno puede fácilmente suplir. Me limitaré solo a echar una mirada sobre el género humano colocado en este nuevo orden de cosas.

He aquí, pues, todas nuestras facultades desarrolladas, la memoria y la imaginación en juego, el amor propio interesado, la razón vuelta activa y el espíritu llegado casi al término de la perfección de que es susceptible. He aquí todas las cualidades naturales puestas en acción, el rango y la suerte de cada hombre establecidos, no solo sobre la cantidad de bienes y el poder de servir o de perjudicar, sino sobre el espíritu, la belleza, la fuerza o la destreza, sobre el mérito o los talentos, y siendo estas cualidades las únicas que podían atraer consideración, pronto hizo falta tenerlas o afectarlas, hizo falta para provecho propio mostrarse otro de lo que se era en efecto. Ser y parecer se volvieron dos cosas completamente diferentes, y de esta distinción salieron el fasto imponente, la astucia engañosa, y todos los vicios que son su cortejo. De otro lado, de libre e independiente que era antes el hombre, helo aquí por una multitud de nuevas necesidades sometido, por así decirlo, a toda la naturaleza, y sobre todo a sus semejantes de quienes se vuelve esclavo en cierto sentido, incluso volviéndose su amo; rico, tiene necesidad de sus servicios; pobre, tiene necesidad de su auxilio, y la mediocridad no le pone en situación de prescindir de ellos. Hace falta pues que busque sin cesar interesarlos en su suerte, y hacerles encontrar en efecto o en apariencia su provecho en trabajar para el suyo: lo cual lo vuelve falso y artificioso con unos, imperioso y duro con otros, y lo pone en la necesidad de abusar de todos aquellos de quienes tiene necesidad, cuando no puede hacerse temer por ellos, y cuando no encuentra su interés en servirlos útilmente. Por fin, la ambición devoradora, el ardor de elevar su fortuna relativa, menos por una verdadera necesidad que para ponerse por encima de los otros, inspira a todos los hombres una negra inclinación a perjudicarse mutuamente, un celo secreto tanto más peligroso cuanto que, para dar su golpe con más seguridad, toma a menudo la máscara de la benevolencia; en una palabra, competencia y rivalidad de una parte, de la otra oposición de interés, y siempre el deseo oculto de hacer su provecho a expensas de otro, todos estos males son el primer efecto de la propiedad y el cortejo inseparable de la desigualdad naciente.

Antes de que se hubieran inventado los signos representativos de las riquezas, estas apenas podían consistir más que en tierras y en ganados, los únicos bienes reales que los hombres puedan poseer. Ahora bien, cuando las herencias se hubieron acrecido en número y en extensión hasta el punto de cubrir el suelo entero y de tocarse todas, unos ya no pudieron agrandarse sino a expensas de otros, y los supernumerarios a quienes la debilidad o la indolencia habían impedido adquirirlas a su vez, vueltos pobres sin haber perdido nada, porque, cambiando todo alrededor de ellos, ellos solos no habían cambiado, fueron obligados a recibir o a arrebatar su subsistencia de la mano de los ricos, y de ahí comenzaron a nacer, según los diversos caracteres de unos y otros, la dominación y la servidumbre, o la violencia y las rapiñas. Los ricos por su lado conocieron apenas el placer de dominar, que pronto desdeñaron todos los otros, y sirviéndose de sus antiguos esclavos para someter otros nuevos, solo pensaron en subyugar y esclavizar a sus vecinos; semejantes a esos lobos hambrientos que habiendo probado una vez la carne humana rechazan cualquier otro alimento y ya solo quieren devorar hombres.

Así es como los más poderosos o los más miserables, haciendo de su fuerza o de sus necesidades una especie de derecho al bien de otro, equivalente, según ellos, al de propiedad, la igualdad rota fue seguida del más atroz desorden: así es como las usurpaciones de los ricos, los bandidajes de los pobres, las pasiones desenfrenadas de todos sofocando la piedad natural, y la voz aún débil de la justicia, volvieron a los hombres avaros, ambiciosos y malvados. Se alzaba entre el derecho del más fuerte y el derecho del primer ocupante un conflicto perpetuo que solo se terminaba con combates y asesinatos (Nota 17). La sociedad naciente dio lugar al más horrible estado de guerra: el género humano envilecido y desolado, no pudiendo ya retroceder sobre sus pasos ni renunciar a las adquisiciones desgraciadas que había hecho y no trabajando sino para su vergüenza, por el abuso de las facultades que lo honran, se puso él mismo en vísperas de su ruina.

«Attonitus novitate mali, divesque miserque,

Effugere optat opes, et quæ modo voverat, odit.»

No es posible que los hombres no hayan acabado haciendo reflexiones sobre una situación tan miserable y sobre las calamidades que los abrumaban. Los ricos, sobre todo, debieron sentir pronto cuán desventajosa les era una guerra perpetua cuyos gastos corrían enteramente de su cuenta y en la que el riesgo de la vida era común, pero el de los bienes, particular. Por lo demás, cualquiera que fuese el color que pudieran dar a sus usurpaciones, sentían bastante bien que estas solo se fundaban en un derecho precario y abusivo, y que al no haber sido adquiridas más que por la fuerza, la fuerza podía quitárselas sin que ellos tuvieran razón para quejarse. Aquellos mismos que solo la industria había enriquecido difícilmente podían fundar su propiedad en mejores títulos. Por más que dijeran: soy yo quien ha construido este muro; he ganado este terreno con mi trabajo. ¿Quién os ha dado las delimitaciones?, se les podía responder, ¿y en virtud de qué pretendéis que os paguemos a nuestra costa por un trabajo que no os hemos impuesto? ¿Ignoráis que una multitud de vuestros hermanos perece o sufre necesidad por lo que vosotros tenéis de sobra, y que os hacía falta un consentimiento expreso y unánime del género humano para apropiaros de la subsistencia común todo lo que excediera la vuestra? Desprovisto de razones válidas para justificarse y de fuerzas suficientes para defenderse; aplastando fácilmente a un particular, pero aplastado él mismo por bandas de bandidos, solo contra todos, y sin poder, a causa de las mutuas envidias, unirse con sus iguales contra enemigos unidos por la esperanza común del pillaje, el rico, urgido por la necesidad, concibió por fin el proyecto más astuto que jamás haya entrado en el espíritu humano; este fue emplear en su favor las fuerzas mismas de quienes lo atacaban, hacer de sus adversarios sus defensores, inspirarles otras máximas y darles otras instituciones que le fuesen tan favorables como el derecho natural le era contrario.

Con este propósito, después de haber expuesto a sus vecinos el horror de una situación que los armaba a todos unos contra otros, que les hacía sus posesiones tan onerosas como sus necesidades, y donde nadie hallaba su seguridad ni en la pobreza ni en la riqueza, inventó fácilmente razones especiosas para conducirlos a su objetivo. «Unámonos —les dijo—, para garantizar de la opresión a los débiles, contener a los ambiciosos y asegurar a cada uno la posesión de lo que le pertenece. Instituyamos reglas de justicia y de paz a las que todos estén obligados a conformarse, que no hagan acepción de personas y que reparen en cierto modo los caprichos de la fortuna sometiendo igualmente al poderoso y al débil a deberes mutuos. En una palabra, en lugar de volver nuestras fuerzas contra nosotros mismos, reunámoslas en un poder supremo que nos gobierne según sabias leyes, que proteja y defienda a todos los miembros de la asociación, rechace a los enemigos comunes y nos mantenga en una concordia eterna».

Bastó mucho menos que el equivalente de este discurso para arrastrar a hombres toscos, fáciles de seducir, que por lo demás tenían demasiados asuntos que resolver entre ellos para poder pasar sin árbitros, y demasiada avaricia y ambición para poder pasar mucho tiempo sin amos. Todos corrieron al encuentro de sus cadenas creyendo asegurar su libertad; pues si bien tenían suficiente razón para sentir las ventajas de un establecimiento político, no tenían bastante experiencia para prever los peligros; los más capaces de presentir los abusos eran precisamente quienes contaban con aprovecharse de ellos, y los mismos sabios vieron que era preciso resignarse a sacrificar una parte de su libertad para conservar la otra, como un herido se hace cortar el brazo para salvar el resto del cuerpo.

Tal fue, o debió ser, el origen de la sociedad y de las leyes, que dieron nuevas trabas al débil y nuevas fuerzas al rico, destruyeron sin remedio la libertad natural, fijaron para siempre la ley de la propiedad y de la desigualdad, hicieron de una hábil usurpación un derecho irrevocable y, para provecho de unos cuantos ambiciosos, sometieron en adelante a todo el género humano al trabajo, a la servidumbre y a la miseria. Se ve fácilmente cómo el establecimiento de una sola sociedad hizo indispensable el de todas las demás, y cómo, para hacer frente a fuerzas unidas, fue preciso unirse a su vez. Las sociedades, multiplicándose o extendiéndose rápidamente, cubrieron pronto toda la superficie de la tierra, y ya no fue posible hallar un solo rincón en el universo donde uno pudiera liberarse del yugo y sustraer su cabeza al sable a menudo mal dirigido que cada hombre vio perpetuamente suspendido sobre la suya. El derecho civil, al convertirse así en la regla común de los ciudadanos, la ley de naturaleza ya no tuvo lugar más que entre las diversas sociedades, donde, bajo el nombre de derecho de gentes, fue atemperada por algunas convenciones tácitas para hacer posible el comercio y suplir a la conmiseración natural, que, perdiendo de sociedad a sociedad casi toda la fuerza que tenía de hombre a hombre, ya no reside más que en algunas grandes almas cosmopolitas que franquean las barreras imaginarias que separan a los pueblos y que, a ejemplo del ser soberano que los ha creado, abrazan a todo el género humano en su benevolencia.

Los cuerpos políticos, permaneciendo así entre ellos en el estado de naturaleza, sintieron pronto los inconvenientes que habían obligado a los particulares a salir de él, y ese estado se volvió aún más funesto entre esos grandes cuerpos de lo que lo había sido antes entre los individuos de que estaban compuestos. De ahí salieron las guerras nacionales, las batallas, los asesinatos, las represalias que hacen estremecer a la naturaleza y chocan con la razón, y todos esos prejuicios horribles que colocan en el rango de las virtudes el honor de derramar sangre humana. Las personas más honradas aprendieron a contar entre sus deberes el de degollar a sus semejantes; se vio por fin a los hombres masacrarse por millares sin saber por qué; y se cometían más asesinatos en un solo día de combate y más horrores en la toma de una sola ciudad que los que se habían cometido en el estado de naturaleza durante siglos enteros sobre toda la faz de la tierra. Tales son los primeros efectos que se vislumbran de la división del género humano en diferentes sociedades. Volvamos a su institución.

Sé que varios han dado otros orígenes a las sociedades políticas, como las conquistas del más poderoso o la unión de los débiles, y la elección entre estas causas es indiferente para lo que quiero establecer: sin embargo, la que acabo de exponer me parece la más natural por las razones siguientes: 1.ª Que en el primer caso, el derecho de conquista, al no ser un derecho, no ha podido fundar ningún otro, permaneciendo siempre el conquistador y los pueblos conquistados entre ellos en estado de guerra, a menos que la nación, devuelta a plena libertad, no escoja voluntariamente a su vencedor por jefe. Hasta entonces, cualesquiera que hayan sido las capitulaciones que se hayan hecho, como solo se fundaron en la violencia, y por consiguiente son nulas por el hecho mismo, no puede haber en esta hipótesis ni verdadera sociedad, ni cuerpo político, ni otra ley que la del más fuerte. 2.ª Que estas palabras de fuerte y de débil son equívocas en el segundo caso; que en el intervalo que se encuentra entre el establecimiento del derecho de propiedad o de primer ocupante y el de los gobiernos políticos, el sentido de estos términos se expresa mejor con los de pobre y de rico, porque en efecto un hombre no tenía, antes de las leyes, otro medio de someter a sus iguales que atacar sus bienes o hacerles alguna parte de los suyos. 3.ª Que los pobres, al no tener nada que perder más que su libertad, habría sido una gran locura por su parte quitarse voluntariamente el único bien que les quedaba para no ganar nada a cambio; que al contrario los ricos, siendo por así decir sensibles en todas las partes de sus bienes, era mucho más fácil hacerles daño, que por consiguiente tenían más precauciones que tomar para preservarse de él, y que por fin es razonable creer que una cosa ha sido inventada por aquellos a quienes les es útil antes que por aquellos a quienes perjudica.

El gobierno naciente no tuvo una forma constante y regular. La falta de filosofía y de experiencia no dejaba percibir más que los inconvenientes presentes, y no se pensaba en remediar los otros más que a medida que se presentaban. A pesar de todos los trabajos de los más sabios legisladores, el estado político permaneció siempre imperfecto, porque era casi obra del azar, y porque, mal comenzado, el tiempo, al descubrir los defectos y sugerir remedios, nunca pudo reparar los vicios de la constitución. Se remendaba sin cesar, en lugar de que hubiese sido preciso comenzar por limpiar el área y retirar todos los viejos materiales, como hizo Licurgo en Esparta, para luego levantar un buen edificio. La sociedad no consistió al principio más que en algunas convenciones generales que todos los particulares se comprometían a observar y de las cuales la comunidad se hacía garante frente a cada uno de ellos. Fue preciso que la experiencia mostrase cuán débil era semejante constitución, y cuán fácil era para los infractores evitar la convicción o el castigo de las faltas de las que solo el público debía ser testigo y juez; fue preciso que la ley fuese eludida de mil maneras; fue preciso que los inconvenientes y los desórdenes se multiplicasen continuamente para que por fin se pensase en confiar a particulares el peligroso depósito de la autoridad pública y se cometiese a magistrados el cuidado de hacer observar las deliberaciones del pueblo: pues decir que los jefes fueron elegidos antes de que se hiciera la confederación, y que los ministros de las leyes existieron antes que las leyes mismas, es una suposición que no está permitido combatir seriamente.

No sería más razonable creer que los pueblos se arrojaron de entrada en brazos de un amo absoluto, sin condiciones y sin retorno, y que el primer medio de proveer a la seguridad común que imaginaron hombres orgullosos e indomables fue precipitarse en la esclavitud. En efecto, ¿por qué se dieron superiores, si no es para defenderse contra la opresión y proteger sus bienes, sus libertades y sus vidas, que son, por así decir, los elementos constitutivos de su ser? Ahora bien, en las relaciones de hombre a hombre, lo peor que puede sucederle a uno es verse a discreción del otro; ¿no habría sido contrario al buen sentido comenzar por despojarse en manos de un jefe de las únicas cosas para cuya conservación tenían necesidad de su auxilio? ¿Qué equivalente habría podido ofrecerles por la concesión de un derecho tan hermoso? Y si hubiese osado exigirlo bajo el pretexto de defenderlos, ¿no habría recibido en el acto la respuesta del apólogo: ¿Qué más nos hará el enemigo? Es, pues, incontestable, y esta es la máxima fundamental de todo el derecho político, que los pueblos se dieron jefes para defender su libertad y no para esclavizarlos. Si tenemos un príncipe, decía Plinio a Trajano, es para que nos preserve de tener un amo.

Los políticos hacen sobre el amor a la libertad los mismos sofismas que los filósofos han hecho sobre el estado de naturaleza; por las cosas que ven juzgan cosas muy diferentes que no han visto, y atribuyen a los hombres una inclinación natural a la servidumbre por la paciencia con que quienes tienen ante sus ojos soportan la suya, sin pensar que sucede con la libertad como con la inocencia y la virtud, cuyo precio solo se siente en tanto se goza de ellas y cuyo gusto se pierde tan pronto como se las ha perdido. Conozco las delicias de tu país, decía Brásidas a un sátrapa que comparaba la vida de Esparta con la de Persépolis, pero tú no puedes conocer los placeres del mío.

Como un corcel indómito eriza sus crines, golpea la tierra con el pie y se debate impetuosamente ante la sola aproximación del bocado, mientras que un caballo adiestrado sufre pacientemente la vara y la espuela, el hombre bárbaro no inclina su cabeza al yugo que el hombre civilizado lleva sin murmurar, y prefiere la más tormentosa libertad a un sometimiento tranquilo. No es, pues, por el envilecimiento de los pueblos esclavizados por lo que hay que juzgar las disposiciones naturales del hombre a favor o en contra de la servidumbre, sino por los prodigios que han hecho todos los pueblos libres para preservarse de la opresión. Sé que los primeros no hacen más que elogiar sin cesar la paz y el reposo de que gozan en sus cadenas, y que miserrimam servitutem pacem appellant; pero cuando veo a los otros sacrificar los placeres, el reposo, la riqueza, el poder e incluso la vida a la conservación de ese solo bien tan desdeñado por quienes lo han perdido; cuando veo a animales nacidos libres y que aborrecen el cautiverio romperse la cabeza contra los barrotes de su prisión; cuando veo a multitudes de salvajes completamente desnudos despreciar las voluptuosidades europeas y desafiar el hambre, el fuego, el hierro y la muerte para no conservar más que su independencia, siento que no corresponde a los esclavos razonar sobre la libertad.

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