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Capítulo 6«Esto es mío»: el nacimiento de la propiedad

Discurso sobre la desigualdad · Jean-Jacques Rousseau · 13 min de lectura

SEGUNDA PARTE

El primero que, tras cercar un terreno, se le ocurrió decir: Esto es mío, y encontró gentes lo bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, cuántas miserias y horrores no habría ahorrado al género humano aquel que, arrancando las estacas o cegando el foso, hubiera gritado a sus semejantes: «¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos, y que la tierra no es de nadie!» Pero es muy probable que entonces las cosas habían llegado ya al punto de no poder durar más como estaban: porque esta idea de propiedad, dependiendo de muchas ideas anteriores que solo han podido nacer sucesivamente, no se formó de golpe en el espíritu humano: fue preciso hacer muchos progresos, adquirir mucha industria y luces, transmitirlas y aumentarlas de edad en edad, antes de llegar a este último término del estado de naturaleza. Retomemos, pues, las cosas desde más atrás y tratemos de reunir bajo un solo punto de vista esta lenta sucesión de acontecimientos y de conocimientos en su orden más natural.

El primer sentimiento del hombre fue el de su existencia; su primer cuidado el de su conservación. Las producciones de la tierra le proporcionaban todos los auxilios necesarios; el instinto lo llevó a hacer uso de ellos. El hambre, otros apetitos, haciéndole experimentar por turno diversas maneras de existir, hubo una que lo invitó a perpetuar su especie; y esta inclinación ciega, desprovista de todo sentimiento del corazón, no producía sino un acto puramente animal: satisfecha la necesidad, los dos sexos ya no se reconocían, y el niño mismo no era ya nada para la madre tan pronto como podía prescindir de ella.

Tal fue la condición del hombre naciente; tal fue la vida de un animal limitado al principio a las puras sensaciones, y aprovechando apenas los dones que le ofrecía la naturaleza, lejos de pensar en arrancarle nada; pero pronto se presentaron dificultades, fue necesario aprender a vencerlas: la altura de los árboles que le impedía alcanzar sus frutos, la competencia de los animales que intentaban alimentarse de ellos, la ferocidad de aquellos que querían quitarle la vida, todo le obligó a dedicarse a los ejercicios del cuerpo; fue necesario hacerse ágil, veloz en la carrera, vigoroso en el combate. Las armas naturales, que son las ramas de árbol y las piedras, se hallaron pronto en su mano. Aprendió a superar los obstáculos de la naturaleza, a combatir cuando fuera necesario a los otros animales, a disputar su subsistencia a los hombres mismos, o a compensarse de lo que debía ceder al más fuerte.

A medida que el género humano se extendió, las penas se multiplicaron con los hombres. La diferencia de los terrenos, de los climas, de las estaciones, pudo forzarlos a introducirlas en sus maneras de vivir. Años estériles, inviernos largos y duros, veranos abrasadores que lo consumen todo, exigieron de ellos una nueva industria. A lo largo del mar y de los ríos, inventaron el sedal y el anzuelo, y se convirtieron en pescadores e ictiófagos. En los bosques se hicieron arcos y flechas, y se convirtieron en cazadores y guerreros. En los países fríos se cubrieron con las pieles de las bestias que habían matado. El trueno, un volcán, o algún feliz azar, les hizo conocer el fuego, nuevo recurso contra el rigor del invierno: aprendieron a conservar este elemento, luego a reproducirlo, y por último a preparar con él las carnes que antes devoraban crudas.

Esta aplicación reiterada de los seres diversos a sí mismo, y los unos a los otros, debió naturalmente engendrar en el espíritu del hombre las percepciones de ciertas relaciones. Estas relaciones que nosotros expresamos con las palabras grande, pequeño, fuerte, débil, rápido, lento, miedoso, audaz, y otras ideas parecidas, comparadas según la necesidad, y casi sin pensarlo, produjeron finalmente en él alguna suerte de reflexión, o más bien una prudencia maquinal que le indicaba las precauciones más necesarias para su seguridad.

Las nuevas luces que resultaron de este desarrollo aumentaron su superioridad sobre los otros animales, haciéndosela conocer. Se ejercitó en tenderles trampas, los engañó de mil maneras, y aunque varios lo superaban en fuerza en el combate, o en velocidad en la carrera, de aquellos que podían servirle o dañarle, se convirtió con el tiempo en el amo de unos, y el azote de otros. Así fue como la primera mirada que dirigió sobre sí mismo produjo en él el primer movimiento de orgullo; así fue como sabiendo apenas distinguir los rangos, y contemplándose en el primero por su especie, se preparaba de lejos a pretenderlo por su individuo.

Aunque sus semejantes no eran para él lo que son para nosotros, y aunque no tenía mucho más trato con ellos que con los otros animales, no fueron olvidados en sus observaciones. Las conformidades que el tiempo pudo hacerle percibir entre ellos, su hembra y él mismo, le hicieron juzgar sobre aquellas que no percibía, y viendo que todos se conducían como él lo habría hecho en parecidas circunstancias, concluyó que su manera de pensar y de sentir era enteramente conforme a la suya, y esta importante verdad, bien establecida en su espíritu, le hizo seguir por un presentimiento tan seguro y más rápido que la dialéctica las mejores reglas de conducta que para su ventaja y su seguridad le convenía guardar con ellos.

Instruido por la experiencia de que el amor al bienestar es el único móvil de las acciones humanas, se halló en estado de distinguir las ocasiones raras en que el interés común debía hacerle contar con la asistencia de sus semejantes, y aquellas más raras aún en que la competencia debía hacerle desconfiar de ellos. En el primer caso se unía con ellos en manada, o a lo sumo mediante alguna suerte de asociación libre que no obligaba a nadie, y que no duraba más que el tiempo de la necesidad pasajera que la había formado. En el segundo cada uno intentaba conseguir sus ventajas, ya por la fuerza abierta si creía poderlo, ya por astucia y sutileza si se sentía el más débil.

He aquí cómo los hombres pudieron insensiblemente adquirir alguna idea grosera de los compromisos mutuos, y de la ventaja de cumplirlos, pero solamente en la medida en que podía exigirlo el interés presente y sensible; pues la previsión no era nada para ellos, y lejos de ocuparse de un futuro lejano, ni siquiera pensaban en el día siguiente. Si se trataba de atrapar un ciervo, cada uno sentía bien que debía para ello guardar fielmente su puesto; pero si una liebre pasaba al alcance de uno de ellos, no cabe duda de que la perseguiría sin escrúpulo, y que habiendo alcanzado su presa se preocuparía muy poco de hacer fallar la suya a sus compañeros.

Es fácil comprender que un comercio semejante no exigía un lenguaje mucho más refinado que el de los cuervos o de los monos, que se agrupan más o menos de la misma manera. Gritos inarticulados, muchos gestos y algunos ruidos imitativos debieron componer durante mucho tiempo la lengua universal, a lo cual añadiendo en cada comarca algunos sonidos articulados y convencionales cuya institución, como ya he dicho, no es demasiado fácil de explicar, se obtuvieron lenguas particulares, pero groseras, imperfectas, y tales más o menos como las que tienen todavía hoy diversas naciones salvajes. Recorro como un rayo multitudes de siglos, forzado por el tiempo que transcurre, por la abundancia de cosas que tengo que decir, y por el progreso casi insensible de los comienzos; pues cuanto más lentos eran los acontecimientos en sucederse, más rápidos son de describir.

Estos primeros progresos pusieron por fin al hombre en condiciones de hacer otros más rápidos. Cuanto más se iluminaba el espíritu, más se perfeccionaba la industria. Pronto dejando de dormirse bajo el primer árbol, o de retirarse a las cavernas, se hallaron algunas suertes de hachas de piedras duras y cortantes, que sirvieron para cortar madera, cavar la tierra y hacer chozas de ramajes, que luego se les ocurrió recubrir de arcilla y de barro. Esta fue la época de una primera revolución que formó el establecimiento y la distinción de las familias, y que introdujo una suerte de propiedad; de donde quizá nacieron ya muchas querellas y combates. Sin embargo, como los más fuertes fueron verosímilmente los primeros en hacerse alojamientos que se sentían capaces de defender, es de creer que los débiles hallaron más corto y más seguro imitarlos que intentar desalojarlos; y en cuanto a aquellos que ya tenían cabañas, cada uno debió buscar poco apropiarse la de su vecino, menos porque no le pertenecía que porque le era inútil y que no podía apoderarse de ella sin exponerse a un combate muy vivo con la familia que la ocupaba.

Los primeros desarrollos del corazón fueron el efecto de una situación nueva que reunía en una habitación común a los maridos y las mujeres, los padres y los hijos; el hábito de vivir juntos hizo nacer los más dulces sentimientos que sean conocidos de los hombres, el amor conyugal y el amor paternal. Cada familia se convirtió en una pequeña sociedad tanto mejor unida cuanto que el afecto recíproco y la libertad eran sus únicos lazos; y fue entonces cuando se estableció la primera diferencia en la manera de vivir de los dos sexos, que hasta entonces no habían tenido más que una. Las mujeres se volvieron más sedentarias y se acostumbraron a guardar la cabaña y los hijos, mientras que el hombre iba a buscar la subsistencia común. Los dos sexos empezaron también con una vida un poco más muelle a perder algo de su ferocidad y de su vigor: pero si cada uno por separado se volvió menos apto para combatir a las bestias salvajes, en cambio fue más fácil reunirse para resistirles en común.

En este nuevo estado, con una vida simple y solitaria, necesidades muy limitadas, y los instrumentos que habían inventado para satisfacerlas, los hombres gozando de un muy gran ocio lo emplearon en procurarse varias suertes de comodidades desconocidas para sus padres; y este fue el primer yugo que se impusieron sin pensarlo, y la primera fuente de males que prepararon a sus descendientes; pues además de que continuaron así debilitando el cuerpo y el espíritu, estas comodidades habiendo perdido por el hábito casi todo su atractivo, y habiendo al mismo tiempo degenerado en verdaderas necesidades, la privación de ellas se volvió mucho más cruel que su posesión no era dulce, y se era desgraciado al perderlas, sin ser feliz al poseerlas.

Se vislumbra un poco mejor aquí cómo el uso de la palabra se establece o se perfecciona insensiblemente en el seno de cada familia, y se puede conjeturar además cómo diversas causas particulares pudieron extender el lenguaje, y acelerar el progreso haciéndolo más necesario. Grandes inundaciones o terremotos rodearon de aguas o de precipicios comarcas habitadas; revoluciones del globo separaron y cortaron en islas porciones del continente. Se concibe que entre hombres así acercados y forzados a vivir juntos, debió formarse un idioma común antes que entre aquellos que erraban libremente en los bosques de la tierra firme. Así es muy posible que después de sus primeros ensayos de navegación, los isleños hayan traído entre nosotros el uso de la palabra; y es al menos muy verosímil que la sociedad y las lenguas hayan nacido en las islas y se hayan perfeccionado allí antes de ser conocidas en el continente.

Todo comienza a cambiar de aspecto. Los hombres errando hasta aquí en los bosques, habiendo tomado una posición más fija, se acercan lentamente, se reúnen en diversas tropas, y forman por fin en cada comarca una nación particular, unida por costumbres y caracteres, no por reglamentos y leyes, sino por el mismo género de vida y de alimentos, y por la influencia común del clima. Una vecindad permanente no puede dejar de engendrar por fin algún vínculo entre diversas familias. Jóvenes de diferentes sexos habitan cabañas vecinas, el comercio pasajero que exige la naturaleza trae pronto otro no menos dulce y más permanente por la frecuentación mutua. Se acostumbran a considerar diferentes objetos y a hacer comparaciones; se adquieren insensiblemente ideas de mérito y de belleza que producen sentimientos de preferencia. A fuerza de verse, ya no se puede prescindir de verse de nuevo. Un sentimiento tierno y dulce se insinúa en el alma, y por la menor oposición se convierte en una furia impetuosa: los celos se despiertan con el amor; la discordia triunfa y la más dulce de las pasiones recibe sacrificios de sangre humana.

A medida que las ideas y los sentimientos se suceden, que el espíritu y el corazón se ejercitan, el género humano continúa domesticándose, los vínculos se extienden y los lazos se estrechan. Se acostumbraron a reunirse delante de las cabañas o alrededor de un gran árbol: el canto y la danza, verdaderos hijos del amor y del ocio, se convirtieron en el entretenimiento o más bien en la ocupación de los hombres y de las mujeres ociosos y agrupados. Cada uno comenzó a mirar a los otros y a querer ser mirado él mismo, y la estima pública tuvo un precio. Aquel que cantaba o danzaba mejor; el más bello, el más fuerte, el más diestro o el más elocuente se convirtió en el más considerado, y este fue el primer paso hacia la desigualdad, y hacia el vicio al mismo tiempo: de estas primeras preferencias nacieron de un lado la vanidad y el desprecio, del otro la vergüenza y la envidia; y la fermentación causada por estas nuevas levaduras produjo por fin compuestos funestos para la felicidad y la inocencia.

Tan pronto como los hombres hubieron comenzado a apreciarse mutuamente y la idea de la consideración se formó en su espíritu, cada uno pretendió tener derecho a ella, y ya no fue posible privar de ella impunemente a nadie. De ahí salieron los primeros deberes de la civilidad, incluso entre los salvajes, y de ahí todo daño voluntario se convirtió en ultraje, porque con el mal que resultaba de la injuria, el ofendido veía en ella el desprecio de su persona a menudo más insoportable que el mal mismo. Fue así como cada uno castigando el desprecio que se le había mostrado de una manera proporcionada al caso que hacía de sí mismo, las venganzas se volvieron terribles, y los hombres sanguinarios y crueles. He aquí precisamente el grado al que habían llegado la mayoría de los pueblos salvajes que nos son conocidos; y es por no haber distinguido suficientemente las ideas, y advertido cuánto estos pueblos estaban ya lejos del primer estado de naturaleza, que varios se han apresurado a concluir que el hombre es naturalmente cruel y que necesita policía para suavizarlo, cuando nada hay tan dulce como él en su estado primitivo, cuando colocado por la naturaleza a distancias iguales de la estupidez de los brutos y de las luces funestas del hombre civil, y limitado igualmente por el instinto y por la razón a protegerse del mal que lo amenaza, es retenido por la piedad natural de hacer él mismo mal a nadie, sin ser impulsado a ello por nada, incluso después de haberlo recibido. Pues, según el axioma del sabio Locke, no puede haber injuria donde no hay propiedad.

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