Clasicalia
InicioDiscurso sobre la desigualdadCapítulo 5
5 / 8

Capítulo 5Piedad natural y estado de naturaleza

Discurso sobre la desigualdad · Jean-Jacques Rousseau · 20 min de lectura

Sobre todo no vayamos a concluir con Hobbes que, por no tener ninguna idea de la bondad, el hombre sea naturalmente malvado, que sea vicioso porque no conoce la virtud, que siempre niegue a sus semejantes los servicios que no cree deberles, ni que en virtud del derecho que con razón se atribuye sobre las cosas que necesita, se imagine insensatamente ser el único propietario de todo el universo. Hobbes ha visto muy bien el defecto de todas las definiciones modernas del derecho natural: pero las consecuencias que saca de la suya muestran que la toma en un sentido que no es menos falso. Razonando sobre los principios que establece, este autor debería haber dicho que, siendo el estado de naturaleza aquel en que el cuidado de nuestra conservación es el menos perjudicial para la de los demás, ese estado era por consiguiente el más apropiado para la paz, y el más conveniente al género humano. Dice precisamente lo contrario, por haber introducido inoportunamente en el cuidado de la conservación del hombre salvaje la necesidad de satisfacer una multitud de pasiones que son obra de la sociedad, y que han hecho necesarias las leyes. El malvado, dice, es un niño robusto; falta saber si el hombre salvaje es un niño robusto. Aunque se le concediera, ¿qué concluiría de ello? Que si, cuando es robusto, ese hombre fuera tan dependiente de los demás como cuando es débil, no hay clase de exceso a la que no se entregaría, que pegaría a su madre cuando tardara demasiado en darle el pecho, que estrangularía a uno de sus hermanos pequeños cuando le molestara, que mordería la pierna al otro cuando le chocara o le perturbara; pero son dos suposiciones contradictorias en el estado de naturaleza ser robusto y dependiente; el hombre es débil cuando es dependiente, y está emancipado antes de ser robusto. Hobbes no ha visto que la misma causa que impide a los salvajes usar de su razón, como pretenden nuestros jurisconsultos, les impide al mismo tiempo abusar de sus facultades, como pretende él mismo; de modo que podría decirse que los salvajes no son malvados precisamente porque no saben lo que es ser buenos; pues no es ni el desarrollo de las luces, ni el freno de la ley, sino la calma de las pasiones y la ignorancia del vicio lo que les impide hacer el mal; tanto más en illis proficit vitiorum ignoratio, quàm in his cognitio virtutis. Hay además otro principio que Hobbes no ha percibido en absoluto y que, habiendo sido dado al hombre para suavizar, en ciertas circunstancias, la ferocidad de su amor propio, o el deseo de conservarse antes del nacimiento de ese amor (Nota 15), templa el ardor que tiene por su bienestar mediante una repugnancia innata a ver sufrir a su semejante. No creo tener ninguna contradicción que temer al conceder al hombre la única virtud natural que se ha visto obligado a reconocer el detractor más extremo de las virtudes humanas. Hablo de la piedad, disposición conveniente a seres tan débiles y sujetos a tantos males como lo somos nosotros; virtud tanto más universal y tanto más útil al hombre cuanto que precede en él al uso de toda reflexión, y tan natural que las bestias mismas dan a veces signos sensibles de ella. Sin hablar de la ternura de las madres por sus pequeños, y de los peligros que arrostran para protegerlos, se observa todos los días la repugnancia que tienen los caballos a pisotear un cuerpo viviente; un animal no pasa sin inquietud junto a un animal muerto de su especie; los hay incluso que les dan una especie de sepultura; y los tristes mugidos del ganado al entrar en un matadero anuncian la impresión que recibe del horrible espectáculo que lo golpea. Se ve con agrado al autor de la fábula de las Abejas, obligado a reconocer al hombre como un ser compasivo y sensible, salir, en el ejemplo que da de ello, de su estilo frío y sutil, para ofrecernos la patética imagen de un hombre encerrado que percibe afuera a una bestia feroz arrancando a un niño del seno de su madre, rompiendo bajo su diente asesino los débiles miembros, y desgarrando con sus garras las entrañas palpitantes de ese niño. ¡Qué terrible agitación experimenta ese testigo de un suceso en el que no tiene ningún interés personal! ¡Qué angustias sufre ante esa visión, al no poder llevar ningún socorro a la madre desmayada, ni al niño moribundo?

Tal es el puro movimiento de la naturaleza, anterior a toda reflexión: tal es la fuerza de la piedad natural, que las costumbres más depravadas aún tienen dificultad para destruir, puesto que se ve todos los días en nuestros espectáculos enternecerse y llorar por las desdichas de un infortunado a tal persona que, si estuviera en el lugar del tirano, agravaría aún más los tormentos de su enemigo; semejante al sanguinario Sila, tan sensible a los males que no había causado, o a aquel Alejandro de Feras que no osaba asistir a la representación de ninguna tragedia, por temor a que se le viera gemir con Andrómaca y Príamo, mientras escuchaba sin emoción los gritos de tantos ciudadanos que eran degollados todos los días por sus órdenes:

Mollissima corda Humano generi dare se natura fatetur, Quæ lacrymas dedit.

Mandeville ha sentido bien que con toda su moral los hombres nunca hubieran sido más que monstruos si la naturaleza no les hubiera dado la piedad como apoyo de la razón: pero no ha visto que de esta sola cualidad emanan todas las virtudes sociales que quiere disputar a los hombres. En efecto, ¿qué es la generosidad, la clemencia, la humanidad, sino la piedad aplicada a los débiles, a los culpables, o a la especie humana en general? La benevolencia y la amistad misma son, a decir verdad, productos de una piedad constante, fijada en un objeto particular: pues desear que alguien no sufra, ¿qué otra cosa es sino desear que sea feliz? Aunque fuera cierto que la conmiseración no fuese más que un sentimiento que nos pone en el lugar del que sufre, sentimiento oscuro y vivo en el hombre salvaje, desarrollado pero débil en el hombre civil, ¿qué importaría esa idea a la verdad de lo que digo, sino darle más fuerza? En efecto, la conmiseración será tanto más enérgica cuanto más íntimamente se identifique el animal espectador con el animal que sufre. Ahora bien, es evidente que esa identificación ha debido ser infinitamente más estrecha en el estado de naturaleza que en el estado de razonamiento. Es la razón la que engendra el amor propio, y es la reflexión la que lo fortifica; es ella la que repliega al hombre sobre sí mismo; es ella la que lo separa de todo lo que le molesta y le aflige: es la filosofía la que lo aísla; es por ella que dice en secreto, ante el aspecto de un hombre que sufre: perece si quieres, yo estoy a salvo. Ya solo los peligros de la sociedad entera turban el sueño tranquilo del filósofo, y lo arrancan de su lecho. Se puede impunemente degollar a su semejante bajo su ventana; no tiene más que ponerse las manos en los oídos y argumentarse un poco para impedir que la naturaleza que se rebela en él lo identifique con aquel a quien asesinan. El hombre salvaje no tiene ese admirable talento; y a falta de sabiduría y de razón, se le ve siempre entregarse atolondradamente al primer sentimiento de la humanidad. En los motines, en las riñas de las calles, la plebe se reúne, el hombre prudente se aleja: es la canalla, son las mujeres de los mercados, las que separan a los combatientes, y las que impiden que las gentes honradas se entre-degüellen.

Es pues cierto que la piedad es un sentimiento natural que, moderando en cada individuo la actividad del amor de sí mismo, concurre a la conservación mutua de toda la especie. Es ella la que nos lleva sin reflexión al socorro de aquellos a quienes vemos sufrir: es ella la que, en el estado de naturaleza, hace las veces de leyes, de costumbres y de virtud, con esa ventaja de que nadie está tentado de desobedecer su dulce voz: es ella la que apartará a todo salvaje robusto de arrebatar a un niño débil, o a un anciano enfermo, su subsistencia adquirida con pena, si él mismo espera poder encontrar la suya en otra parte; es ella la que, en lugar de esa máxima sublime de justicia razonada: Haz a los demás como quieres que te hagan, inspira a todos los hombres esta otra máxima de bondad natural mucho menos perfecta, pero más útil quizá que la precedente: Haz tu bien con el menor mal de los demás que sea posible. Es, en una palabra, en este sentimiento natural, más que en argumentos sutiles, donde hay que buscar la causa de la repugnancia que todo hombre experimentaría a hacer el mal, incluso independientemente de las máximas de la educación. Aunque pueda corresponder a Sócrates, y a los espíritus de su temple, adquirir la virtud por la razón, hace mucho que el género humano ya no existiría, si su conservación no hubiera dependido más que de los razonamientos de quienes lo componen.

Con pasiones tan poco activas, y un freno tan saludable, los hombres más bien huraños que malvados, y más atentos a protegerse del mal que podían recibir que tentados a hacerlo a los demás, no estaban sujetos a disputas muy peligrosas: como no tenían entre ellos ninguna especie de comercio, como no conocían por consiguiente ni la vanidad, ni la consideración, ni la estima, ni el desprecio, como no tenían la menor noción de lo tuyo y lo mío, ni ninguna idea verdadera de la justicia, como consideraban las violencias que podían sufrir como un mal fácil de reparar, y no como una injuria que hay que castigar, y como no pensaban siquiera en la venganza si no es quizá maquinalmente y en el momento, como el perro que muerde la piedra que se le arroja, sus disputas habrían tenido raramente consecuencias sangrientas, si no hubieran tenido motivo más sensible que el alimento: pero veo uno más peligroso, del que me queda por hablar.

Entre las pasiones que agitan el corazón del hombre, hay una ardiente, impetuosa, que hace un sexo necesario al otro, pasión terrible que desafía todos los peligros, derriba todos los obstáculos, y que en sus furores parece propia para destruir el género humano que está destinada a conservar. ¿Qué será de los hombres presa de esa rabia desenfrenada y brutal, sin pudor, sin freno, y disputándose cada día sus amores al precio de su sangre?

Hay que convenir primero en que cuanto más violentas son las pasiones, más necesarias son las leyes para contenerlas: pero además de que los desórdenes y los crímenes que estas causan todos los días entre nosotros muestran bastante la insuficiencia de las leyes a ese respecto, sería bueno todavía examinar si esos desórdenes no han nacido con las leyes mismas; pues entonces, aunque ellas fueran capaces de reprimirlos, sería bien lo menos que se debería exigir de ellas detener un mal que no existiría sin ellas.

Comencemos por distinguir lo moral de lo físico en el sentimiento del amor. Lo físico es ese deseo general que lleva a un sexo a unirse al otro; lo moral es lo que determina ese deseo y lo fija en un solo objeto exclusivamente, o que al menos le da por ese objeto preferido un mayor grado de energía. Ahora bien, es fácil ver que lo moral del amor es un sentimiento facticio; nacido del uso de la sociedad, y celebrado por las mujeres con mucha habilidad y cuidado para establecer su imperio, y hacer dominante al sexo que debería obedecer. Ese sentimiento, estando fundado en ciertas nociones del mérito o de la belleza que un salvaje no está en condiciones de tener, y en comparaciones que no está en condiciones de hacer, debe ser casi nulo para él. Pues como su espíritu no ha podido formarse ideas abstractas de regularidad y de proporción, su corazón tampoco es susceptible de los sentimientos de admiración y de amor que, incluso sin que uno se dé cuenta, nacen de la aplicación de esas ideas; escucha únicamente el temperamento que ha recibido de la naturaleza, y no el gusto que no ha podido adquirir, y toda mujer es buena para él.

Limitados a lo solo físico del amor, y bastante felices para ignorar esas preferencias que irritan el sentimiento y aumentan las dificultades, los hombres deben sentir menos frecuente y menos vivamente los ardores del temperamento y por consiguiente tener entre ellos disputas más raras, y menos crueles. La imaginación, que hace tantos estragos entre nosotros, no habla a corazones salvajes; cada uno aguarda apaciblemente la impulsión de la naturaleza, se entrega a ella sin elección, con más placer que furor, y la necesidad satisfecha, todo el deseo se extingue.

Es pues una cosa incontestable que el amor mismo, así como todas las demás pasiones, no ha adquirido sino en la sociedad ese ardor impetuoso que lo hace tan a menudo funesto a los hombres, y es tanto más ridículo representar a los salvajes como entre-degollándose sin cesar para saciar su brutalidad, cuanto que esa opinión es directamente contraria a la experiencia, y que los Caribes, aquel de todos los pueblos existentes que hasta ahora se ha apartado menos del estado de naturaleza, son precisamente los más apacibles en sus amores, y los menos sujetos a los celos, aunque vivan bajo un clima ardiente que parece siempre dar a esas pasiones una mayor actividad.

En cuanto a las inferencias que podrían extraerse, en diversas especies animales, de los combates entre machos que ensangrientan en todo tiempo nuestros corrales o que hacen resonar en primavera nuestros bosques con sus gritos al disputarse a la hembra, es preciso empezar por excluir todas las especies en que la naturaleza ha establecido manifiestamente en el poder relativo de los sexos otras relaciones que las que existen entre nosotros: así, los combates de gallos no constituyen inferencia alguna para la especie humana. En las especies en que la proporción se observa mejor, esos combates solo pueden tener por causas la escasez de hembras en comparación con el número de machos, o los intervalos exclusivos durante los cuales la hembra rechaza constantemente la aproximación del macho, lo que equivale a la primera causa; porque si cada hembra solo acepta al macho durante dos meses del año, es a este respecto como si el número de hembras fuera menor en las cinco sextas partes. Ahora bien, ninguno de estos dos casos es aplicable a la especie humana, en la que el número de hembras supera generalmente al de los machos, y en la que nunca se ha observado que, ni siquiera entre los salvajes, las hembras tengan, como las de otras especies, períodos de celo y de exclusión. Además, entre varios de estos animales, toda la especie entra a la vez en efervescencia, llega un momento terrible de ardor común, de tumulto, de desorden y de combate: momento que no tiene lugar en la especie humana, en la que el amor nunca es periódico. No se puede concluir, pues, de los combates de ciertos animales por la posesión de las hembras que sucedería lo mismo al hombre en el estado de naturaleza; y aun cuando pudiera extraerse esta conclusión, como esas disensiones no destruyen las demás especies, debe pensarse al menos que no serían más funestas para la nuestra, y es muy evidente que causarían en ella aún menos estragos que los que causan en la sociedad, sobre todo en los países en que, contando todavía las costumbres para algo, los celos de los amantes y la venganza de los esposos provocan cada día duelos, asesinatos, y peor aún; en que el deber de una fidelidad eterna no sirve sino para producir adulterios, y en que las leyes mismas de la continencia y del honor extienden necesariamente el libertinaje y multiplican los abortos.

Concluyamos que, errando por los bosques sin industria, sin palabra, sin domicilio, sin guerra y sin vínculos, sin necesidad alguna de sus semejantes, como sin deseo alguno de hacerles daño, acaso incluso sin reconocer jamás a ninguno individualmente, el hombre salvaje, sujeto a pocas pasiones y bastándose a sí mismo, no tenía sino los sentimientos y las luces propios de ese estado, no sentía sino sus verdaderas necesidades, no miraba sino lo que creía tener interés en ver, y su inteligencia no hacía más progresos que su vanidad. Si por azar hacía algún descubrimiento, tanto menos podía comunicarlo cuanto que no reconocía ni siquiera a sus hijos. El arte perecía con el inventor; no había ni educación ni progreso, las generaciones se multiplicaban inútilmente; y partiendo cada una siempre del mismo punto, los siglos transcurrían en toda la tosquedad de las primeras edades, la especie era ya vieja, y el hombre permanecía siempre niño.

Si me he extendido tanto en la suposición de esta condición primitiva, es porque, teniendo que destruir antiguos errores y prejuicios inveterados, he creído deber ahondar hasta la raíz, y mostrar en el cuadro del verdadero estado de naturaleza hasta qué punto la desigualdad, incluso natural, está lejos de tener en ese estado tanta realidad e influencia como pretenden nuestros escritores.

En efecto, es fácil ver que, entre las diferencias que distinguen a los hombres, varias pasan por naturales que son únicamente obra del hábito y de los diversos géneros de vida que los hombres adoptan en la sociedad. Así un temperamento robusto o delicado, la fuerza o la debilidad que de él dependen, provienen a menudo más de la manera ruda o afeminada en que se ha sido criado que de la constitución primitiva de los cuerpos. Sucede lo mismo con las fuerzas del espíritu, y no solo la educación establece la diferencia entre los espíritus cultivados y los que no lo son, sino que aumenta la que se encuentra entre los primeros en proporción a su cultura; porque si un gigante y un enano caminan por la misma ruta, cada paso que den uno y otro otorgará una nueva ventaja al gigante. Ahora bien, si se compara la diversidad prodigiosa de educaciones y de géneros de vida que reina en los distintos órdenes del estado civil, con la simplicidad y uniformidad de la vida animal y salvaje, en que todos se nutren de los mismos alimentos, viven de la misma manera y hacen exactamente las mismas cosas, se comprenderá cuánto debe ser menor la diferencia de hombre a hombre en el estado de naturaleza que en el de sociedad, y cuánto debe aumentar la desigualdad natural en la especie humana por la desigualdad de institución.

Pero aun cuando la naturaleza afectara en la distribución de sus dones tantas preferencias como se pretende, ¿qué ventaja sacarían de ello los más favorecidos, en perjuicio de los demás, en un estado de cosas que apenas admitiría relación alguna entre ellos? Allí donde no hay amor, ¿de qué servirá la belleza? ¿Qué sirve el ingenio a gentes que no hablan, y la astucia a quienes no tienen negocios? Siempre oigo repetir que los más fuertes oprimirán a los débiles; pero que se me explique qué se quiere decir con esta palabra opresión. Unos dominarán con violencia, otros gemirán esclavizados a todos sus caprichos: he ahí precisamente lo que observo entre nosotros, pero no veo cómo podría decirse esto de los hombres salvajes, a quienes se tendría incluso mucha dificultad en hacer entender qué es servidumbre y dominación. Un hombre podrá muy bien apoderarse de los frutos que otro ha recogido, de la caza que ha matado, de la cueva que le servía de refugio; pero ¿cómo llegará jamás a hacerse obedecer por él, y cuáles podrán ser las cadenas de la dependencia entre hombres que no poseen nada? Si me expulsan de un árbol, estoy libre para ir a otro; si me atormentan en un lugar, ¿quién me impedirá pasar a otra parte? ¿Se encuentra acaso un hombre de fuerza lo bastante superior a la mía, y además lo bastante depravado, lo bastante perezoso y lo bastante feroz para obligarme a proveer a su subsistencia mientras él permanece ocioso? Es preciso que se resuelva a no perderme de vista ni un solo instante, a mantenerme atado con muy gran cuidado durante su sueño, por miedo a que yo escape o lo mate: es decir, que está obligado a exponerse voluntariamente a una pena mucho mayor que la que quiere evitar, y que la que me da a mí mismo. Después de todo esto, ¿se relaja su vigilancia un momento? ¿Un ruido imprevisto le hace volver la cabeza? Doy veinte pasos en el bosque, mis hierros se rompen, y no vuelve a verme en su vida.

Sin prolongar inútilmente estos detalles, cualquiera debe ver que, al no formarse los lazos de la servidumbre sino de la dependencia mutua de los hombres y de las necesidades recíprocas que los unen, es imposible esclavizar a un hombre sin haberlo puesto antes en el caso de no poder pasarse sin otro; situación que, no existiendo en el estado de naturaleza, deja a cada uno libre del yugo y hace vana la ley del más fuerte.

Tras haber probado que la desigualdad es apenas sensible en el estado de naturaleza, y que su influencia en él es casi nula, me resta mostrar su origen y sus progresos en los desarrollos sucesivos del espíritu humano. Tras haber mostrado que la perfectibilidad, las virtudes sociales y las demás facultades que el hombre natural había recibido en potencia no podían jamás desarrollarse por sí mismas, que necesitaban para ello el concurso fortuito de varias causas extrañas que podían no nacer jamás, y sin las cuales habría permanecido eternamente en su condición primitiva; me resta considerar y reunir los distintos azares que han podido perfeccionar la razón humana, al tiempo que deterioraban la especie, hacer malvado a un ser al volverlo sociable, y de un término tan lejano llevar al fin al hombre y al mundo al punto en que los vemos.

Reconozco que, habiendo podido suceder de diversas maneras los acontecimientos que he de describir, no puedo determinarme en la elección sino por conjeturas; pero aparte de que estas conjeturas se convierten en razones cuando son las más probables que pueden extraerse de la naturaleza de las cosas y los únicos medios que pueden tenerse para descubrir la verdad, las consecuencias que quiero deducir de las mías no serán por ello conjeturales, puesto que, sobre los principios que acabo de establecer, no podría formarse ningún otro sistema que no me proporcione los mismos resultados, y del cual no pueda extraer las mismas conclusiones.

Esto me dispensará de extender mis reflexiones sobre la manera en que el transcurso del tiempo compensa la poca verosimilitud de los acontecimientos; sobre el poder sorprendente de causas muy leves cuando actúan sin descanso; sobre la imposibilidad en que se está, por un lado, de destruir ciertas hipótesis, si por otro se encuentra uno fuera de estado de darles el grado de certeza de los hechos; sobre que, dados dos hechos como reales a enlazar mediante una serie de hechos intermedios, desconocidos o considerados como tales, corresponde a la historia, cuando se la tiene, dar los hechos que los enlazan; corresponde a la filosofía, a falta de aquella, determinar los hechos semejantes que pueden enlazarlos; en fin, sobre que, en materia de acontecimientos, la similitud reduce los hechos a un número mucho menor de clases diferentes de lo que se imagina. Me basta ofrecer estos objetos a la consideración de mis jueces; me basta haber hecho de modo que los lectores vulgares no necesitaran considerarlos.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/discurso-sobre-la-desigualdad/texto/capitulo-5-piedad-natural-y-estado-de-naturaleza/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Discurso sobre la desigualdad» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo.