Capítulo 2La pregunta de la Academia
DISCURSO SOBRE EL ORIGEN Y LOS FUNDAMENTOS DE LA DESIGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES
Es del hombre de quien he de hablar; y la cuestión que examino me enseña que voy a hablar a hombres; pues no se proponen semejantes cuestiones cuando se teme honrar la verdad. Defenderé pues con confianza la causa de la humanidad ante los sabios que me invitan a ello, y no estaré descontento de mí mismo si me hago digno de mi tema y de mis jueces.
Concibo en la especie humana dos clases de desigualdades: una, que llamo natural o física, porque está establecida por la naturaleza, y que consiste en la diferencia de edades, de salud, de las fuerzas del cuerpo y de las cualidades del espíritu o del alma; la otra, que puede llamarse desigualdad moral o política, porque depende de una especie de convención, y porque está establecida o al menos autorizada por el consentimiento de los hombres. Esta consiste en los diferentes privilegios de que gozan algunos en perjuicio de otros, como ser más ricos, más honrados, más poderosos que ellos, o incluso hacerse obedecer por ellos.
No puede preguntarse cuál es la fuente de la desigualdad natural, porque la respuesta se encontraría enunciada en la simple definición de la palabra. Aún menos puede buscarse si no habría alguna relación esencial entre las dos desigualdades; pues sería preguntar en otros términos si quienes mandan valen necesariamente más que quienes obedecen, y si la fuerza del cuerpo o del espíritu, la sabiduría o la virtud, se encuentran siempre en los mismos individuos en proporción del poder o de la riqueza: cuestión buena quizá para agitar entre esclavos oídos por sus amos, pero que no conviene a hombres razonables y libres, que buscan la verdad.
¿De qué se trata entonces precisamente en este Discurso? De señalar en el progreso de las cosas el momento en que, sucediendo el derecho a la violencia, la naturaleza fue sometida a la ley; de explicar por qué encadenamiento de prodigios el fuerte pudo resolverse a servir al débil, y el pueblo a comprar un reposo ideal al precio de una felicidad real.
Los filósofos que han examinado los fundamentos de la sociedad han sentido todos la necesidad de remontarse hasta el estado de naturaleza, pero ninguno de ellos ha llegado a él. Unos no han vacilado en suponer al hombre en ese estado la noción de lo justo y de lo injusto, sin preocuparse de mostrar que debiera tener esa noción, ni siquiera que le fuera útil. Otros han hablado del derecho natural que cada uno tiene de conservar lo que le pertenece, sin explicar lo que entendían por pertenecer. Otros, dando desde el principio al más fuerte la autoridad sobre el más débil, han hecho nacer de inmediato el gobierno, sin pensar en el tiempo que debió transcurrir antes de que el sentido de las palabras autoridad y gobierno pudiera existir entre los hombres. En fin, todos, hablando sin cesar de necesidad, de avidez, de opresión, de deseos y de orgullo, han trasladado al estado de naturaleza ideas que habían tomado en la sociedad: hablaban del hombre salvaje, y pintaban al hombre civil. Ni siquiera se les ha pasado por la cabeza a la mayoría de los nuestros dudar de que el estado de naturaleza hubiera existido, cuando es evidente, por la lectura de los libros sagrados, que el primer hombre, habiendo recibido inmediatamente de Dios luces y preceptos, no estaba él mismo en ese estado, y que al añadir a los escritos de Moisés la fe que todo filósofo cristiano les debe, hay que negar que, incluso antes del diluvio, los hombres se hayan encontrado jamás en el puro estado de naturaleza, a menos que hayan recaído en él por algún acontecimiento extraordinario: paradoja muy embarazosa de defender y totalmente imposible de probar.
Comencemos pues por descartar todos los hechos, pues no atañen a la cuestión. No hay que tomar las investigaciones en las que puede entrarse sobre este asunto por verdades históricas, sino solamente por razonamientos hipotéticos y condicionales, más propios para esclarecer la naturaleza de las cosas que para mostrar su verdadero origen, y semejantes a los que hacen todos los días nuestros físicos sobre la formación del mundo. La religión nos ordena creer que Dios mismo, habiendo sacado a los hombres del estado de naturaleza inmediatamente después de la creación, son desiguales porque él quiso que lo fueran; pero no nos prohíbe formar conjeturas sacadas de la sola naturaleza del hombre y de los seres que lo rodean, sobre lo que habría podido convertirse el género humano si hubiese quedado abandonado a sí mismo. He aquí lo que se me pide, y lo que me propongo examinar en este Discurso. Interesando mi asunto al hombre en general, intentaré adoptar un lenguaje que convenga a todas las naciones; o más bien, olvidando los tiempos y los lugares para no pensar sino en los hombres a quienes hablo, me supondré en el liceo de Atenas, repitiendo las lecciones de mis maestros, teniendo a los Platones y los Jenócrates por jueces, y al género humano por auditorio.
Oh hombre, de cualquier región que seas, cualesquiera que sean tus opiniones, escucha; he aquí tu historia, tal como he creído leerla, no en los libros de tus semejantes, que son mentirosos, sino en la naturaleza, que no miente nunca. Todo lo que sea de ella será verdadero; no habrá de falso sino lo que yo haya mezclado sin querer de lo mío. Los tiempos de los que voy a hablar están muy alejados: ¡cuánto has cambiado de lo que eras! Es, por así decir, la vida de tu especie lo que voy a describir según las cualidades que has recibido, que tu educación y tus hábitos han podido depravar, pero que no han podido destruir. Hay, lo siento, una edad en la que el hombre individual querría detenerse: buscarás la edad en la que desearías que tu especie se hubiera detenido. Descontento de tu estado presente por razones que anuncian a tu desdichada posteridad descontentos aún mayores, quizá querrías poder retroceder; y ese sentimiento debe hacer el elogio de tus primeros antepasados, la crítica de tus contemporáneos, y el espanto de quienes tendrán la desgracia de vivir después de ti.
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