Capítulo 4Lenguaje, pasiones y perfectibilidad
Digan lo que digan los moralistas, el entendimiento humano debe mucho a las pasiones, que, según reconocimiento general, también le deben mucho a él: es por su actividad que nuestra razón se perfecciona; solo buscamos conocer porque deseamos disfrutar; y no es posible concebir por qué quien no tuviera ni deseos ni temores se tomaría la molestia de razonar. Las pasiones, a su vez, tienen su origen en nuestras necesidades, y su avance en nuestros conocimientos; pues solo se puede desear o temer las cosas a partir de las ideas que se pueden tener de ellas, o por el simple impulso de la naturaleza; y el hombre salvaje, privado de toda clase de luces, solo experimenta las pasiones de esta última especie; sus deseos no sobrepasan sus necesidades físicas (Nota 11); los únicos bienes que conoce en el universo son el alimento, una hembra y el descanso; los únicos males que teme son el dolor y el hambre; digo el dolor y no la muerte; pues jamás el animal sabrá lo que es morir, y el conocimiento de la muerte, y de sus terrores, es una de las primeras adquisiciones que el hombre ha hecho al alejarse de la condición animal.
Me sería fácil, si me fuera necesario, apoyar este parecer con hechos, y hacer ver que en todas las naciones del mundo los progresos del espíritu se han proporcionado exactamente a las necesidades que los pueblos habían recibido de la naturaleza, o a las que las circunstancias los habían sometido, y por consiguiente a las pasiones que los impulsaban a satisfacer esas necesidades. Mostraría en Egipto las artes naciendo y extendiéndose con los desbordamientos del Nilo; seguiría su progreso entre los griegos, donde se las vio germinar, crecer y elevarse hasta los cielos entre las arenas y las rocas del Ática, sin poder echar raíces en las orillas fértiles del Eurotas; observaría que en general los pueblos del Norte son más laboriosos que los del Mediodía, porque pueden prescindir menos de serlo, como si la naturaleza quisiera así igualar las cosas, dando a los espíritus la fertilidad que niega a la tierra.
Pero sin recurrir a los testimonios inciertos de la historia, ¿quién no ve que todo parece alejar del hombre salvaje la tentación y los medios de dejar de serlo? Su imaginación no le pinta nada; su corazón no le pide nada. Sus modestas necesidades se hallan tan fácilmente a mano, y está tan lejos del grado de conocimientos necesarios para desear adquirir otros mayores, que no puede tener ni previsión ni curiosidad. El espectáculo de la naturaleza le resulta indiferente, a fuerza de resultarle familiar: es siempre el mismo orden, son siempre las mismas revoluciones; no tiene el espíritu para asombrarse de las mayores maravillas; y no es en él donde hay que buscar la filosofía que el hombre necesita para saber observar una vez lo que ha visto todos los días. Su alma, que nada agita, se entrega al único sentimiento de su existencia actual, sin ninguna idea del futuro, por próximo que pueda estar, y sus proyectos, limitados como sus miras, apenas se extienden hasta el final de la jornada. Tal es todavía hoy el grado de previsión del caribe: vende por la mañana su lecho de algodón, y viene a llorar por la noche para volverlo a comprar, por no haber previsto que lo necesitaría para la noche siguiente.
Cuanto más se medita sobre este asunto, más se agranda ante nuestra mirada la distancia de las puras sensaciones a los más simples conocimientos; y es imposible concebir cómo un hombre habría podido por sus solas fuerzas, sin el auxilio de la comunicación y sin el aguijón de la necesidad, franquear un intervalo tan grande. ¡Cuántos siglos habrán transcurrido quizá antes de que los hombres hayan estado en condiciones de ver otro fuego que el del cielo! ¡Cuántos azares diferentes les habrá hecho falta para aprender los usos más comunes de ese elemento! ¡Cuántas veces no lo habrán dejado extinguirse antes de haber adquirido el arte de reproducirlo! ¡Y cuántas veces quizá cada uno de esos secretos no habrá muerto con quien lo había descubierto! ¿Qué diremos de la agricultura, arte que exige tanto trabajo y previsión, que depende de otras artes, que muy evidentemente solo es practicable en una sociedad al menos comenzada, y que no nos sirve tanto para extraer de la tierra alimentos que ella proporcionaría bien sin ello, como para forzarla a las preferencias que son más de nuestro gusto? Pero supongamos que los hombres se hubieran multiplicado de tal modo que las producciones naturales ya no hubieran bastado para alimentarlos, suposición que, dicho sea de paso, mostraría una gran ventaja para la especie humana en esa manera de vivir; supongamos que, sin fraguas y sin talleres, los instrumentos de labranza hubieran caído del cielo entre las manos de los salvajes; que esos hombres hubieran vencido el odio mortal que todos sienten por un trabajo continuo; que hubieran aprendido a prever tan de lejos sus necesidades, que hubieran adivinado cómo hay que cultivar la tierra, sembrar los granos y plantar los árboles; que hubieran encontrado el arte de moler el trigo y de poner la uva en fermentación; todas cosas que les ha sido preciso hacer enseñar por los dioses, a falta de concebir cómo las habrían aprendido por sí mismos: ¿quién sería después de eso el hombre bastante insensato para atormentarse con el cultivo de un campo que será despojado por el primero que llegue, hombre o bestia indiferentemente, a quien esa cosecha convenga? ¿Y cómo podrá cada cual resolverse a pasar su vida en un trabajo penoso, del que está tanto más seguro de no recoger el precio cuanto más necesario le sea? En una palabra, ¿cómo podrá esta situación llevar a los hombres a cultivar la tierra, mientras no esté repartida entre ellos, es decir, mientras el estado de naturaleza no esté aniquilado?
Cuando quisiéramos suponer a un hombre salvaje tan hábil en el arte de pensar como nos lo presentan nuestros filósofos; cuando hiciéramos de él, siguiendo su ejemplo, un filósofo él mismo, descubriendo solo las más sublimes verdades, elaborando mediante series de razonamientos muy abstractos máximas de justicia y de razón extraídas del amor del orden en general, o de la voluntad conocida de su creador; en una palabra, cuando le supusiéramos en el espíritu tanta inteligencia y luces como debe tener, y como de hecho se le encuentra de torpeza y estupidez, ¿qué utilidad sacaría la especie de toda esa metafísica que no podría comunicarse y que perecería con el individuo que la hubiera inventado? ¿Qué progreso podría hacer el género humano disperso en los bosques entre los animales? ¿Y hasta qué punto podrían perfeccionarse e ilustrarse mutuamente unos hombres que, no teniendo ni domicilio fijo ni ninguna necesidad el uno del otro, se encontrarían quizá apenas dos veces en su vida, sin conocerse y sin hablarse?
Que se piense en cuántas ideas somos deudores al uso de la palabra; cuánto ejercita y facilita la gramática las operaciones del espíritu; y que se consideren las penas inconcebibles y el tiempo infinito que ha debido costar la primera invención de las lenguas: que se unan estas reflexiones a las precedentes, y se juzgará cuántos millares de siglos habrían hecho falta para desarrollar sucesivamente en el espíritu humano las operaciones de las que era capaz.
Que me sea permitido considerar un instante los embarazos del origen de las lenguas. Podría contentarme con citar o repetir aquí las investigaciones que el señor abate de Condillac ha hecho sobre esta materia, que todas confirman plenamente mi parecer, y que quizá me han dado la primera idea. Pero la manera en que este filósofo resuelve las dificultades que se plantea a sí mismo sobre el origen de los signos instituidos, mostrando que ha supuesto lo que yo pongo en cuestión, a saber, una suerte de sociedad ya establecida entre los inventores del lenguaje, creo que al remitir a sus reflexiones debo añadir las mías para exponer las mismas dificultades bajo la luz que conviene a mi asunto. La primera que se presenta es imaginar cómo pudieron volverse necesarias; pues no teniendo los hombres ninguna correspondencia entre sí, ni ninguna necesidad de tenerla, no se concibe ni la necesidad de esta invención, ni su posibilidad, si no fue indispensable. Diría bien, como muchos otros, que las lenguas nacieron en el comercio doméstico de los padres, las madres y los hijos: pero además de que eso no resolvería las objeciones, sería cometer el error de quienes razonando sobre el estado de naturaleza transportan a él las ideas tomadas de la sociedad, ven siempre a la familia reunida en una misma habitación, y a sus miembros guardando entre sí una unión tan íntima y permanente como entre nosotros, donde tantos intereses comunes los reúnen; mientras que en ese estado primitivo, no teniendo ni casa, ni cabañas, ni propiedad de ninguna especie, cada cual se alojaba al azar, y a menudo por una sola noche; los machos y las hembras se unían fortuitamente según el encuentro, la ocasión y el deseo, sin que la palabra fuera un intérprete muy necesario de las cosas que tenían que decirse: se dejaban con la misma facilidad (Nota 12); la madre amamantaba primero a sus hijos por su propia necesidad; luego el hábito habiéndoselos vuelto queridos, los alimentaba después por la de ellos; tan pronto como tenían la fuerza de buscar su pasto, no tardaban en dejar a la madre misma; y como casi no había otro medio de volver a encontrarse que no perderse de vista, pronto llegaban al punto de no reconocerse siquiera unos a otros. Obsérvese además que teniendo el niño todas sus necesidades que explicar, y por consiguiente más cosas que decir a la madre que la madre al niño, es él quien debe hacer los mayores gastos de la invención, y que la lengua que emplea debe ser en gran parte obra suya; lo que multiplica las lenguas tanto como hay individuos para hablarlas, a lo cual contribuye además la vida errante y vagabunda que no deja a ningún idioma el tiempo de cobrar consistencia; pues decir que la madre dicta al niño las palabras de las que deberá servirse para pedirle tal o cual cosa, eso muestra bien cómo se enseñan lenguas ya formadas, pero no enseña cómo se forman.
Supongamos vencida esta primera dificultad: franqueemos por un momento el espacio inmenso que debió hallarse entre el puro estado de naturaleza y la necesidad de las lenguas; y busquemos, suponiéndolas necesarias (Nota 13), cómo pudieron empezar a establecerse. Nueva dificultad peor aún que la precedente; pues si los hombres han tenido necesidad de la palabra para aprender a pensar, han tenido mucha más necesidad aún de saber pensar para encontrar el arte de la palabra; y cuando se comprendiera cómo los sonidos de la voz han sido tomados por los intérpretes convencionales de nuestras ideas, quedaría siempre por saber cuáles han podido ser los intérpretes mismos de esa convención para las ideas que, no teniendo un objeto sensible, no podían indicarse ni por el gesto ni por la voz, de suerte que apenas se pueden formar conjeturas soportables sobre el nacimiento de este arte de comunicar los pensamientos y de establecer un comercio entre los espíritus: arte sublime que está ya tan lejos de su origen, pero que el filósofo ve todavía a una distancia tan prodigiosa de su perfección, que no hay hombre bastante osado para asegurar que llegaría jamás a él, aunque las revoluciones que el tiempo acarrea necesariamente se suspendieran en su favor, los prejuicios salieran de las academias o callaran ante ellas, y estas pudieran ocuparse de ese objeto espinoso durante siglos enteros sin interrupción.
El primer lenguaje del hombre, el lenguaje más universal, el más enérgico, y el único del que tuvo necesidad antes de que fuera preciso persuadir a hombres reunidos, es el grito de la naturaleza. Como ese grito solo era arrancado por una especie de instinto en ocasiones apremiantes, para implorar socorro en los grandes peligros, o alivio en los males violentos, no era de gran utilidad en el curso ordinario de la vida, donde reinan sentimientos más moderados. Cuando las ideas de los hombres comenzaron a extenderse y a multiplicarse, y se estableció entre ellos una comunicación más estrecha, buscaron signos más numerosos y un lenguaje más extenso: multiplicaron las inflexiones de la voz, y les añadieron los gestos, que, por su naturaleza, son más expresivos, y cuyo sentido depende menos de una determinación anterior. Expresaban, pues, los objetos visibles y móviles mediante gestos, y aquellos que impresionan el oído, mediante sonidos imitativos: pero como el gesto apenas indica más que los objetos presentes, o fáciles de describir, y las acciones visibles; como no es de uso universal, puesto que la oscuridad, o la interposición de un cuerpo lo vuelven inútil, y como exige la atención en lugar de excitarla, se les ocurrió finalmente sustituirlo por las articulaciones de la voz, que, sin tener la misma relación con ciertas ideas, son más apropiadas para representarlas a todas, como signos instituidos; sustitución que solo pudo hacerse con un consentimiento común, y de una manera bastante difícil de practicar para hombres cuyos órganos groseros no habían tenido aún ningún ejercicio, y más difícil todavía de concebir en sí misma, puesto que ese acuerdo unánime debió estar motivado, y que la palabra parece haber sido muy necesaria para establecer el uso de la palabra.
Debe juzgarse que las primeras palabras de las que los hombres hicieron uso tuvieron en su espíritu una significación mucho más extensa que las que se emplean en las lenguas ya formadas, y que ignorando la división del discurso en sus partes constitutivas, dieron desde el principio a cada palabra el sentido de una proposición entera. Cuando comenzaron a distinguir el sujeto del atributo, y el verbo del nombre, lo que no fue un esfuerzo mediocre de ingenio, los sustantivos no fueron al principio más que nombres propios, el infinitivo fue el único tiempo de los verbos, y en cuanto a los adjetivos la noción solo debió desarrollarse con gran dificultad, porque todo adjetivo es una palabra abstracta, y las abstracciones son operaciones penosas, y poco naturales. Cada objeto recibió al principio un nombre particular, sin consideración a los géneros, y a las especies, que esos primeros fundadores no estaban en condiciones de distinguir; y todos los individuos se presentaron aislados a su espíritu, tal como lo están en el cuadro de la naturaleza. Si un roble se llamaba A, otro roble se llamaba B: de modo que cuanto más limitados eran los conocimientos, más extenso se volvió el diccionario. El embarazo de toda esta nomenclatura no pudo levantarse fácilmente: pues para clasificar los seres bajo denominaciones comunes, y genéricas, había que conocer las propiedades y las diferencias; hacían falta observaciones, y definiciones, es decir, historia natural y metafísica, mucho más de lo que los hombres de ese tiempo podían tener.
Por otra parte, las ideas generales no pueden introducirse en el espíritu más que con la ayuda de las palabras, y el entendimiento solo las capta mediante proposiciones. Esta es una de las razones por las que los animales no pueden formarse tales ideas, ni adquirir jamás la perfectibilidad que depende de ellas. Cuando un mono va sin vacilar de una nuez a otra, ¿se piensa que tiene la idea general de esa clase de fruto, y que compara su arquetipo con esos dos individuos? No, sin duda; pero la vista de una de esas nueces le trae a la memoria las sensaciones que ha recibido de la otra, y sus ojos, modificados de cierta manera, anuncian a su gusto la modificación que va a recibir. Toda idea general es puramente intelectual; en cuanto la imaginación interviene, la idea se vuelve inmediatamente particular. Intenta trazarte la imagen de un árbol en general, jamás lo conseguirás, a tu pesar tendrás que verlo pequeño o grande, ralo o frondoso, claro u oscuro, y si dependiera de ti no ver en él más que lo que se encuentra en todo árbol, esa imagen ya no se parecería a un árbol. Los seres puramente abstractos se ven de la misma manera, o solo se conciben mediante el discurso. Solo la definición del triángulo te da la verdadera idea: en cuanto te figuras uno en tu espíritu, es tal triángulo y no otro, y no puedes evitar hacer sensibles sus líneas o colorear el plano. Hay que enunciar proposiciones, hay que hablar para tener ideas generales; pues en cuanto la imaginación se detiene, el espíritu no avanza más que con la ayuda del discurso. Si, pues, los primeros inventores no pudieron dar nombres más que a las ideas que ya tenían, se sigue que los primeros sustantivos no pudieron ser jamás más que nombres propios.
Pero cuando, por medios que no concibo, nuestros nuevos gramáticos comenzaron a extender sus ideas y a generalizar sus palabras, la ignorancia de los inventores debió someter ese método a límites muy estrechos; y como habían multiplicado en exceso los nombres de los individuos por no conocer los géneros y las especies, hicieron luego demasiado pocas especies y géneros por no haber considerado los seres en todas sus diferencias. Para llevar las divisiones suficientemente lejos, habría hecho falta más experiencia y luces de las que podían tener, y más investigaciones y trabajo de los que querían emplear. Ahora bien, si incluso hoy se descubren cada día nuevas especies que habían escapado hasta ahora a todas nuestras observaciones, piénsese cuántas debieron ocultarse a hombres que no juzgaban las cosas más que por el primer aspecto. En cuanto a las clases primitivas y las nociones más generales, es superfluo añadir que también debieron escapárseles: ¿cómo, por ejemplo, habrían imaginado o entendido las palabras materia, espíritu, sustancia, modo, figura, movimiento, puesto que nuestros filósofos que las emplean desde hace tanto tiempo tienen gran dificultad para entenderlas ellos mismos, y que las ideas que se asocian a esas palabras siendo puramente metafísicas, no encontraban ningún modelo en la naturaleza? Me detengo en estos primeros pasos, y suplico a mis jueces que suspendan aquí su lectura; para considerar, solo sobre la invención de los sustantivos físicos, es decir, sobre la parte de la lengua más fácil de encontrar, el camino que le queda por recorrer, para expresar todos los pensamientos de los hombres, para tomar una forma constante, poder ser hablada en público, e influir sobre la sociedad. Les suplico que reflexionen sobre el tiempo y los conocimientos que hicieron falta para encontrar los números (Nota 14), las palabras abstractas, los aoristos, y todos los tiempos de los verbos, las partículas, la sintaxis, enlazar las proposiciones, los razonamientos, y formar toda la lógica del discurso. En cuanto a mí, espantado por las dificultades que se multiplican, y convencido de la imposibilidad casi demostrada de que las lenguas hayan podido nacer y establecerse por medios puramente humanos, dejo a quien quiera emprenderla la discusión de este difícil problema, cuál fue lo más necesario, de la sociedad ya constituida, para la institución de las lenguas, o de las lenguas ya inventadas, para el establecimiento de la sociedad.
Sea como fuere respecto a esos orígenes, se ve al menos, por el poco cuidado que puso la naturaleza en acercar a los hombres mediante necesidades mutuas, y en facilitarles el uso de la palabra, cuán poco preparó su sociabilidad, y cuán poco puso de su parte en todo lo que han hecho para establecer sus lazos. En efecto, es imposible imaginar por qué, en ese estado primitivo, un hombre habría tenido más necesidad de otro hombre que un mono o un lobo de su semejante, ni, supuesta esa necesidad, qué motivo podría inducir al otro a satisfacerla, ni siquiera, en este último caso, cómo podrían ponerse de acuerdo entre ellos sobre las condiciones. Sé que se nos repite sin cesar que nada habría sido tan miserable como el hombre en ese estado; y si es verdad, como creo haberlo probado, que no habría podido más que después de muchos siglos tener el deseo y la ocasión de salir de él, sería un proceso a hacer a la naturaleza, y no a aquel a quien ella habría constituido así. Pero, si entiendo bien este término de miserable, es una palabra que no tiene ningún sentido, o que solo significa una privación dolorosa y el sufrimiento del cuerpo o del alma. Ahora bien, yo quisiera que se me explicara cuál puede ser el género de miseria de un ser libre cuyo corazón está en paz y el cuerpo sano. Pregunto cuál, de la vida civil o natural, es la más propensa a volverse insoportable para quienes la disfrutan. Casi no vemos a nuestro alrededor más que gente que se queja de su existencia, varios incluso que se privan de ella tanto como está en su poder, y la reunión de las leyes divina y humana apenas basta para detener este desorden. Pregunto si jamás se ha oído decir que un salvaje en libertad haya siquiera pensado en quejarse de la vida y darse la muerte. Júzguese pues con menos orgullo de qué lado está la verdadera miseria. Nada, al contrario, habría sido tan miserable como el hombre salvaje, deslumbrado por luces, atormentado por pasiones, y razonando sobre un estado diferente del suyo. Fue por una providencia muy sabia, que las facultades que tenía en potencia solo debían desarrollarse con las ocasiones de ejercerlas, a fin de que no le fueran ni superfluas y onerosas antes de tiempo, ni tardías, e inútiles en caso de necesidad. Tenía en el solo instinto todo lo que le hacía falta para vivir en el estado de naturaleza, no tiene en una razón cultivada más que lo que le hace falta para vivir en sociedad.
Parece al principio que los hombres en ese estado no teniendo entre ellos ninguna clase de relación moral, ni deberes conocidos, no podían ser ni buenos ni malos, y no tenían ni vicios ni virtudes, a menos que, tomando esas palabras en un sentido físico, se llame vicios en el individuo las cualidades que pueden perjudicar a su propia conservación, y virtudes aquellas que pueden contribuir a ella; en cuyo caso, habría que llamar el más virtuoso a aquel que resistiera menos a los simples impulsos de la naturaleza. Pero sin apartarnos del sentido ordinario, conviene suspender el juicio que podríamos formular sobre semejante situación, y desconfiar de nuestros prejuicios, hasta que, balanza en mano, se haya examinado si hay más virtudes que vicios entre los hombres civilizados, o si sus virtudes son más ventajosas que sus vicios son funestos, o si el progreso de sus conocimientos es una compensación suficiente de los males que se hacen mutuamente, a medida que se instruyen del bien que deberían hacerse, o si no estarían, considerándolo todo, en una situación más feliz de no tener ni mal que temer ni bien que esperar de nadie que de haberse sometido a una dependencia universal, y de obligarse a recibirlo todo de aquellos que no se obligan a darles nada.
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