Capítulo 3El hombre natural
PRIMERA PARTE
Por importante que sea, para juzgar bien el estado natural del hombre, considerarlo desde su origen y examinarlo, por así decir, en el primer embrión de la especie, no seguiré su organización a través de sus desarrollos sucesivos: no me detendré a buscar en el sistema animal lo que pudo ser al comienzo para convertirse finalmente en lo que es. No examinaré si, como piensa Aristóteles, sus uñas alargadas no fueron al principio garras ganchudas; si no estaba velludo como un oso; y si, andando a cuatro patas, sus miradas dirigidas hacia la tierra, y limitadas a un horizonte de algunos pasos, no señalaban a la vez el carácter y los límites de sus ideas. No podría formar sobre este asunto sino conjeturas vagas y casi imaginarias. La anatomía comparada ha hecho aún demasiado pocos progresos, las observaciones de los naturalistas son todavía demasiado inciertas, para que pueda establecerse sobre semejantes fundamentos la base de un razonamiento sólido: así, sin recurrir a los conocimientos sobrenaturales que tenemos sobre este punto, y sin tener en cuenta los cambios que han debido sobrevenir en la conformación, tanto interior como exterior, del hombre, a medida que aplicaba sus miembros a nuevos usos y se alimentaba de nuevos alimentos, lo supondré conformado desde siempre como lo veo hoy, andando sobre dos pies, sirviéndose de sus manos como nosotros hacemos de las nuestras, dirigiendo sus miradas sobre toda la naturaleza, y midiendo con los ojos la vasta extensión del cielo.
Al despojar a este ser así constituido de todos los dones sobrenaturales que ha podido recibir, y de todas las facultades artificiales que no ha podido adquirir sino por largos progresos; al considerarlo en una palabra tal como debió salir de las manos de la naturaleza, veo un animal menos fuerte que unos, menos ágil que otros, pero, en definitiva, organizado de la forma más ventajosa de todos: lo veo saciándose bajo un roble, apagando su sed en el primer arroyo, encontrando su lecho al pie del mismo árbol que le ha proporcionado su comida; y he aquí satisfechas sus necesidades.
La tierra, abandonada a su fertilidad natural, y cubierta de bosques inmensos que el hacha no mutiló jamás, ofrece a cada paso almacenes y refugios a los animales de toda especie. Los hombres, dispersos entre ellos, observan, imitan su industria, y se elevan así hasta el instinto de las bestias; con esta ventaja: que cada especie no tiene sino el suyo propio, y que el hombre, no teniendo quizá ninguno que le pertenezca, se los apropia todos, se alimenta igualmente de la mayor parte de los alimentos diversos que los otros animales se reparten, y encuentra por consiguiente su subsistencia más fácilmente que cualquiera de ellos.
Acostumbrados desde la infancia a las inclemencias del aire y al rigor de las estaciones, ejercitados en la fatiga, y obligados a defender desnudos y sin armas su vida y su presa contra las otras bestias feroces, o a escapar de ellas a la carrera, los hombres se forman un temperamento robusto y casi inalterable; los niños, trayendo al mundo la excelente constitución de sus padres y fortaleciéndola con los mismos ejercicios que la han producido, adquieren así todo el vigor del que la especie humana es capaz. La naturaleza obra precisamente con ellos como la ley de Esparta con los hijos de los ciudadanos; vuelve fuertes y robustos a los que están bien constituidos, y hace perecer a todos los demás: diferente en esto de nuestras sociedades, donde el Estado, al volver onerosos a los hijos para los padres, los mata indistintamente antes de su nacimiento.
El cuerpo del hombre salvaje siendo el único instrumento que conoce, lo emplea para diversos usos de los que, por falta de ejercicio, los nuestros son incapaces, y es nuestra industria la que nos quita la fuerza y la agilidad que la necesidad lo obliga a adquirir. Si hubiera tenido un hacha, ¿rompería su muñeca ramas tan fuertes? Si hubiera tenido una honda, ¿lanzaría con la mano una piedra con tanta rigidez? Si hubiera tenido una escalera, ¿treparia tan ligeramente a un árbol? Si hubiera tenido un caballo, ¿sería tan veloz en la carrera? Dad al hombre civilizado el tiempo de reunir todas sus máquinas a su alrededor, no puede dudarse de que supere fácilmente al hombre salvaje: pero si queréis ver un combate aún más desigual, ponedlos desnudos y desarmados frente a frente, y reconoceréis pronto cuál es la ventaja de tener sin cesar todas sus fuerzas a su disposición, de estar siempre pronto para cualquier acontecimiento, y de llevarse, por así decir, siempre todo entero consigo.
Hobbes pretende que el hombre es naturalmente intrépido, y no busca sino atacar y combatir. Un filósofo ilustre piensa, por el contrario, y Cumberland y Pufendorf lo aseguran también, que nada es tan tímido como el hombre en el estado de naturaleza, y que está siempre temblando y presto a huir al menor ruido que lo golpea, al menor movimiento que percibe. Esto puede ser así para los objetos que no conoce; y no dudo de que esté asustado por todos los nuevos espectáculos que se le ofrecen cada vez que no puede distinguir el bien y el mal físicos que debe esperar de ellos, ni comparar sus fuerzas con los peligros que tiene que correr; circunstancias raras en el estado de naturaleza, donde todas las cosas marchan de una manera tan uniforme, y donde la faz de la tierra no está sujeta a esos cambios bruscos y continuos que causan en ella las pasiones y la inconstancia de los pueblos reunidos. Pero el hombre salvaje, viviendo disperso entre los animales, y encontrándose temprano en el caso de medirse con ellos, pronto hace la comparación; y, sintiendo que los supera más en destreza de lo que ellos lo superan en fuerza, aprende a no temerlos más. Poned a un oso o a un lobo a las presas con un salvaje robusto, ágil, valeroso, como lo son todos, armado de piedras y de un buen bastón, y veréis que el peligro será al menos recíproco, y que tras varias experiencias parecidas, las bestias feroces, que no gustan de atacarse unas a otras, atacarán poco voluntariamente al hombre, al que habrán encontrado tan feroz como ellas. Respecto a los animales que tienen realmente más fuerza de la que él tiene destreza, está frente a ellos en el caso de las otras especies más débiles, que no dejan de subsistir; con esta ventaja para el hombre: que, no menos dispuesto que ellos a la carrera, y encontrando en los árboles un refugio casi seguro, tiene en todas partes el tomar y el dejar en el encuentro, y la elección de la huida o del combate. Añadamos que no parece que ningún animal haga naturalmente la guerra al hombre fuera del caso de su propia defensa o de un hambre extrema, ni testimonie contra él esas violentas antipatías que parecen anunciar que una especie está destinada por la naturaleza a servir de pasto a la otra.
He ahí sin duda las razones por las que los negros y los salvajes se preocupan tan poco de las bestias feroces que pueden encontrar en los bosques. Los caribes de Venezuela viven entre otros a ese respecto en la más profunda seguridad y sin el menor inconveniente. Aunque van casi desnudos, dice François Corréal, no dejan de exponerse audazmente en los bosques, armados solamente de la flecha y el arco; pero nunca se ha oído decir que ninguno de ellos haya sido devorado por las bestias.
Otros enemigos más temibles, y contra los que el hombre no tiene los mismos medios de defenderse, son las enfermedades naturales, la infancia, la vejez y las enfermedades de toda clase; tristes señales de nuestra debilidad, las dos primeras de las cuales son comunes a todos los animales, y la última pertenece principalmente al hombre que vive en sociedad. Observo incluso, respecto a la infancia, que la madre, llevando por todas partes a su hijo con ella, tiene mucha más facilidad para alimentarlo que las hembras de muchos animales, que se ven forzadas a ir y venir sin cesar con mucha fatiga, por un lado para buscar su alimento, y por otro, para amamantar o alimentar a sus crías. Es verdad que, si la mujer llega a perecer, el niño corre gran riesgo de perecer con ella; pero este peligro es común a otras cien especies cuyas crías no están por largo tiempo en condiciones de ir a buscar ellas mismas su alimento; y si la infancia es más larga entre nosotros, siendo la vida también más larga, todo es todavía aproximadamente igual en este punto (Nota 7); aunque existan sobre la duración de la primera edad, y sobre el número de crías (Nota 8), otras reglas que no son de mi tema. En los ancianos, que actúan y transpiran poco, la necesidad de alimentos disminuye con la facultad de procurárselos; y como la vida salvaje aleja de ellos la gota y los reumatismos, y la vejez es de todos los males aquel que los socorros humanos pueden aliviar menos, se extinguen finalmente, sin que nadie se dé cuenta de que dejan de ser, y casi sin darse cuenta ellos mismos.
En cuanto a las enfermedades, no repetiré las vanas y falsas declamaciones que hace contra la medicina la mayoría de la gente sana; pero preguntaré si hay alguna observación sólida de la cual se pueda concluir que, en los países donde este arte es más descuidado, la vida media del hombre sea más corta que en aquellos donde se cultiva con más esmero. ¿Y cómo podría ser así, si nos procuramos más males que remedios puede proporcionarnos la medicina? La extrema desigualdad en la manera de vivir, el exceso de ociosidad en unos, el exceso de trabajo en otros, la facilidad de irritar y de satisfacer nuestros apetitos y nuestra sensualidad, los alimentos demasiado refinados de los ricos, que los nutren de jugos que calientan y los abruman de indigestiones, la mala alimentación de los pobres, de la que carecen incluso la mayor parte del tiempo, y cuya falta los lleva a sobrecargar ávidamente su estómago cuando tienen ocasión, los desvelos, los excesos de toda especie, los transportes desmesurados de todas las pasiones, las fatigas y el agotamiento del espíritu, las penas y los pesares sin número que se experimentan en todos los estados, y de los que las almas están perpetuamente roídas: he aquí las pruebas funestas de que la mayor parte de nuestros males son obra nuestra, y de que los habríamos evitado casi todos conservando la manera de vivir simple, uniforme y solitaria que nos estaba prescrita por la naturaleza. Si ella nos ha destinado a estar sanos, me atrevo casi a asegurar que el estado de reflexión es un estado contra natura, y que el hombre que medita es un animal depravado. Cuando se piensa en la buena constitución de los salvajes, al menos de aquellos que no hemos arruinado con nuestros licores fuertes; cuando se sabe que apenas conocen otras enfermedades que las heridas y la vejez, se está muy inclinado a creer que se podría fácilmente hacer la historia de las enfermedades humanas siguiendo la de las sociedades civiles. Es al menos la opinión de Platón, que juzga, sobre ciertos remedios empleados o aprobados por Podaliro y Macaón en el sitio de Troya, que diversas enfermedades que esos remedios debían provocar no eran entonces aún conocidas entre los hombres; y Celso informa que la dieta, hoy tan necesaria, no fue inventada sino por Hipócrates.
Con tan pocas fuentes de males, el hombre en el estado de naturaleza apenas tiene necesidad de remedios, y menos aún de médicos; la especie humana tampoco es a este respecto de peor condición que todas las demás, y es fácil saber de los cazadores si en sus correrías encuentran muchos animales enfermos. Varios encuentran algunos que han recibido heridas considerables muy bien cicatrizadas, que han tenido huesos e incluso miembros rotos, y restablecidos sin otro cirujano que el tiempo, sin otro régimen que su vida ordinaria, y que no por ello están menos perfectamente curados por no haber sido atormentados con incisiones, envenenados con drogas, ni extenuados con ayunos. En fin, por útil que pueda ser entre nosotros la medicina bien administrada, siempre es cierto que si el salvaje enfermo, abandonado a sí mismo, no tiene nada que esperar sino de la naturaleza, en cambio no tiene nada que temer sino de su mal; lo que hace a menudo su situación preferible a la nuestra.
Cuidémonos pues de confundir al hombre salvaje con los hombres que tenemos ante los ojos. La naturaleza trata a todos los animales abandonados a sus cuidados con una predilección que parece mostrar cuán celosa es de ese derecho. El caballo, el gato, el toro, el asno mismo, tienen en su mayoría una talla más alta, todos una constitución más robusta, más vigor, fuerza y valor, en los bosques que en nuestras casas: pierden la mitad de estas ventajas al volverse domésticos, y se diría que todos nuestros cuidados para tratar y alimentar bien a estos animales no hacen sino abastardearlos. Así ocurre con el hombre mismo: al volverse sociable y esclavo se vuelve débil, temeroso, rastrero; y su manera de vivir blanda y afeminada acaba por enervar a la vez su fuerza y su valor. Añadamos que entre las condiciones salvaje y doméstica la diferencia de hombre a hombre debe ser todavía más grande que la de bestia a bestia: pues habiendo sido tratados igualmente por la naturaleza el animal y el hombre, todas las comodidades que el hombre se procura además de las que da a los animales que domestica son otras tantas causas particulares que lo hacen degenerar más sensiblemente.
No es pues una desgracia tan grande para estos primeros hombres, ni sobre todo un obstáculo tan grande para su conservación, la desnudez, la falta de habitación, y la privación de todas esas inutilidades que creemos tan necesarias. Si no tienen la piel velluda, no la necesitan en los países cálidos; y saben pronto, en los países fríos, apropiarse las de las bestias que han vencido: si no tienen más que dos pies para correr, tienen dos brazos para proveer a su defensa y a sus necesidades. Sus hijos caminan quizá tarde y con dificultad, pero las madres los llevan con facilidad; ventaja que falta a las otras especies, donde la madre, siendo perseguida, se ve obligada a abandonar a sus crías o a regular su paso sobre el de ellas. En fin, a menos que se supongan esos concursos singulares y fortuitos de circunstancias de los que hablaré más adelante, y que bien podían no llegar nunca, es claro, en todo estado de causa, que el primero que se hizo vestidos o una vivienda se procuró en ello cosas poco necesarias, puesto que se había pasado sin ellas hasta entonces, y no se ve por qué no habría podido soportar, hombre adulto, un género de vida que soportaba desde su infancia.
Solo, ocioso, y siempre vecino del peligro, el hombre salvaje debe amar dormir, y tener el sueño ligero, como los animales, que, pensando poco, duermen, por así decir, todo el tiempo que no piensan. Su propia conservación siendo casi su único cuidado, sus facultades más ejercitadas deben ser aquellas que tienen por objeto principal el ataque y la defensa, sea para subyugar su presa, sea para evitar ser la de otro animal; por el contrario, los órganos que no se perfeccionan sino por la molicie y la sensualidad deben permanecer en un estado de tosquedad que excluye en él toda especie de delicadeza; y sus sentidos encontrándose divididos en este punto, tendrá el tacto y el gusto de una rudeza extrema, la vista, el oído y el olfato, de la mayor sutileza. Tal es el estado animal en general, y es también, según el relato de los viajeros, el de la mayoría de los pueblos salvajes. Así no hay que asombrarse de que los hotentotes del cabo de Buena Esperanza descubran a simple vista los barcos en alta mar desde tan lejos como los holandeses con anteojos; ni de que los salvajes de América rastrearan a los españoles como habrían podido hacer los mejores perros; ni de que todas estas naciones bárbaras soporten sin dificultad su desnudez, agudicen su gusto a fuerza de pimiento, y beban los licores europeos como agua.
No he considerado hasta aquí sino al hombre físico; tratemos de mirarlo ahora por el lado metafísico y moral.
No veo en todo animal sino una máquina ingeniosa, a la que la naturaleza ha dado sentidos para remontarse ella misma, y para resguardarse, hasta cierto punto, de todo lo que tiende a destruirla o a desarreglarla. Percibo precisamente las mismas cosas en la máquina humana, con esta diferencia: que la naturaleza sola lo hace todo en las operaciones de la bestia, mientras que el hombre concurre a las suyas en calidad de agente libre. Una elige o rechaza por instinto, y el otro por un acto de libertad; lo que hace que la bestia no pueda apartarse de la regla que le está prescrita, incluso cuando le fuera ventajoso hacerlo, y que el hombre se aparte a menudo de ella en su perjuicio. Así es como una paloma moriría de hambre cerca de una fuente llena de las mejores carnes, y un gato sobre montones de frutas o de granos, aunque uno y otro pudieran muy bien nutrirse del alimento que desdeñan, si se les hubiera ocurrido probarlo; así es como los hombres disolutos se entregan a excesos que les causan la fiebre y la muerte, porque el espíritu deprava los sentidos, y la voluntad habla todavía cuando la naturaleza calla.
Todo animal tiene ideas, puesto que tiene sentidos; combina incluso sus ideas hasta cierto punto: y el hombre no difiere a este respecto de la bestia sino en el más o en el menos; algunos filósofos han avanzado incluso que hay más diferencia de tal hombre a tal hombre, que de tal hombre a tal bestia. No es pues tanto el entendimiento lo que hace entre los animales la distinción específica del hombre, como su cualidad de agente libre. La naturaleza manda a todo animal, y la bestia obedece. El hombre experimenta la misma impresión, pero se reconoce libre de consentir, o de resistir; y es sobre todo en la conciencia de esta libertad que se muestra la espiritualidad de su alma: pues la física explica de alguna manera el mecanismo de los sentidos y la formación de las ideas; pero en el poder de querer o más bien de elegir, y en el sentimiento de este poder no se encuentran sino actos puramente espirituales, de los que no se explica nada mediante las leyes de la mecánica.
Pero, aunque las dificultades que rodean todas estas cuestiones dejaran algún lugar para discutir sobre esta diferencia del hombre y del animal, hay otra cualidad muy específica que los distingue, y sobre la cual no puede haber discusión; es la facultad de perfeccionarse; facultad que, con ayuda de las circunstancias, desarrolla sucesivamente todas las demás, y reside entre nosotros tanto en la especie como en el individuo, mientras que un animal es, al cabo de algunos meses, lo que será toda su vida, y su especie, al cabo de mil años, lo que era el primer año de esos mil años. ¿Por qué solo el hombre está sujeto a volverse imbécil? ¿No es acaso que retorna así a su estado primitivo, y que, mientras la bestia, que nada ha adquirido y que nada tampoco tiene que perder, permanece siempre con su instinto, el hombre, reperdiendo por la vejez u otros accidentes todo lo que su perfectibilidad le había hecho adquirir, recae así más bajo que la bestia misma? Sería triste para nosotros vernos forzados a convenir que esta facultad distintiva y casi ilimitada, es la fuente de todas las desgracias del hombre; que es ella la que lo saca, a fuerza de tiempo, de esa condición originaria, en la cual transcurriría días tranquilos e inocentes; que es ella la que, haciendo eclosionar con los siglos sus luces y sus errores, sus vicios y sus virtudes, lo vuelve a la larga el tirano de sí mismo y de la naturaleza (Nota 9). Sería horrible vernos obligados a alabar como un ser bienhecho a quien el primero sugirió al habitante de las orillas del Orinoco el uso de esas tablillas que aplica sobre las sienes de sus hijos, y que les aseguran al menos una parte de su imbecilidad, y de su felicidad original.
El hombre salvaje, librado por la naturaleza al solo instinto, o más bien compensado de aquel que quizá le falta, por facultades capaces de suplirlo de entrada, y de elevarlo luego muy por encima de él, comenzará pues por las funciones puramente animales (Nota 10). Percibir y sentir será su primer estado, que le será común con todos los animales; querer y no querer; desear y temer, serán las primeras, y casi las únicas operaciones de su alma, hasta que nuevas circunstancias causen en ella nuevos desarrollos.
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