Parte 3El magistrado y el asalto a la Acrópolis
MAGISTRADO.— Estas mujeres, ¿habrán hecho suficiente escándalo, me pregunto, con sus panderetas? ¿Habrán llorado bastante a Adonis en sus terrazas? Estaba escuchando los discursos el último día de asamblea, y Demóstrato, ¡que el cielo lo confunda!, decía que todos debíamos ir a Sicilia... ¡y mira por dónde, su mujer andaba bailando por ahí repitiendo: «¡Ay! ¡Ay! ¡Adonis, ay de mí por Adonis!». Demóstrato decía que debíamos reclutar hoplitas en Zacinto... ¡y mira por dónde, su mujer, más que medio borracha, gritaba en el tejado de la casa: «¡Llorad, llorad por Adonis!»... mientras ese infame Buey Loco bramaba por su lado. ¿No os avergonzáis, mujeres, de vuestros actos salvajes y escandalosos?
CORO DE ANCIANOS.— ¡Pero aún no conocéis todo su descaro! Nos insultaron y vejaron; luego nos empaparon con el agua de sus cántaros, y nos han dejado escurriendo nuestras ropas, como si nos hubiéramos meado encima.
MAGISTRADO.— Y bien hecho, por Poseidón. Nosotros, los hombres, debemos compartir la culpa de su mala conducta; somos nosotros quienes les enseñamos a amar el desorden y la disolución y sembramos las semillas de la maldad en sus corazones. Ves a un marido entrar en una tienda: «Mira, joyero», dice, «te acuerdas del collar que hiciste para mi mujer. Pues bien, la otra noche, mientras bailaba, se le abrió el cierre. Ahora, debo partir hacia Salamina; ¿te vendrá bien subir esta noche para asegurarle el cierre?». Otro irá donde un zapatero, un tipo grande y fuerte, con una herramienta grande y larga, y le dirá: «La correa de una de las sandalias de mi mujer le aprieta el dedito del pie, que es muy sensible; ven a eso del mediodía para ablandar la cosa y estirarla». Ahora ved los resultados. Tomad mi propio caso: como magistrado he reclutado remeros; necesito dinero para pagarles, ¡y mira por dónde, las mujeres me cierran la puerta en las narices! Pero ¿por qué nos quedamos aquí con los brazos cruzados? Traedme una palanca; ¡castigaré su insolencia! Eh, tú, buen hombre (dirigiéndose a uno de sus guardias), ¿qué estás ahí mirando a los cuervos? ¿Buscando una taberna, supongo, eh? Vamos, palancas aquí, y forzad las puertas. Yo mismo pondré mano a la obra.
LISÍSTRATA.— No hace falta forzar las puertas; salgo yo... aquí estoy. ¿Y para qué cerrojos y trancas? Lo que necesitamos aquí no son cerrojos ni trancas ni candados, sino sentido común.
MAGISTRADO.— ¿De verdad, mi fina dama? ¿Dónde está mi guardia? Quiero que ate las manos de esa mujer a la espalda.
LISÍSTRATA.— ¡Por Ártemis, la diosa virgen! Si me toca con la punta del dedo, aunque sea guardia de la paz pública, ¡que se ande con cuidado!
MAGISTRADO (al guardia).— ¿Cómo? ¿Tienes miedo? Agárrala, te digo, por la cintura. ¡Vosotros dos a por ella, y acabemos de una vez!
PRIMERA MUJER.— ¡Por Pándroso! Si le pones una mano encima, ¡te pisotearé hasta que cagues las tripas!
MAGISTRADO.— ¡Ay, mi vientre! ¿Dónde está mi otro guardia? ¡Atad primero a esa arpía que habla tan bonito!
SEGUNDA MUJER.— ¡Por Febe! Si la tocas con un dedo, ¡más te vale llamar rápido a un cirujano!
MAGISTRADO.— ¿Qué decís? ¿Dónde te has metido, guardia? ¡Agárrala! ¡Oh, pero voy a pararles los pies a todas!
TERCERA MUJER.— ¡Por la Ártemis táurica! Si te acercas a ella, ¡te arrancaré el pelo, grites lo que grites!
MAGISTRADO.— ¡Ah, desdichado de mí! ¡Mis propios guardias me abandonan! ¿Cómo? ¿Vamos a dejarnos vencer por una turba de mujeres? ¡Eh, escitas míos, cerrad filas y adelante!
LISÍSTRATA.— ¡Por las santas diosas! Vais a tener que conocer a cuatro compañías de mujeres, listas para la refriega y bien armadas además.
MAGISTRADO.— ¡Adelante, escitas, y atadlas!
LISÍSTRATA.— ¡Adelante, gallardas compañeras; marchad, vendedoras de grano y huevos, de ajos y hortalizas, taberneras y panaderas, arrancad y golpead y desgarrad; vamos, ¡un torrente de insultos e improperios! (Las mujeres golpean a los guardias.) ¡Basta, basta! Ahora retiraos, ¡no despojéis a los vencidos!
MAGISTRADO.— ¡Vaya hazaña para mis guardias!
LISÍSTRATA.— ¡Ah, ja! ¿Así que creíais que sólo teníais que vérnoslas con un grupo de esclavas? ¿No sabíais el ardor que llena el pecho de las damas libres?
MAGISTRADO.— ¡Ardor! Sí, por Apolo, ¡ardor de sobra... sobre todo por la copa de vino!
CORO DE ANCIANOS.— Señor, señor, ¿de qué sirven las palabras? No valen de nada con fieras de esta especie. ¿No sabes cómo acaban de lavarnos... y con un jabón nada fragante?
CORO DE MUJERES.— ¿Qué pretendíais? Nunca debisteis poner vuestras manos temerarias sobre nosotras. Si volvéis a empezar, os sacaré los ojos. Mi delicia es quedarme en casa recatada como una doncella, sin hacer daño a nadie ni moverme más que un mojón; ¡pero cuidado con las avispas, si vais a alborotar el avispero!
CORO DE ANCIANOS.— ¡Ah, grandes dioses! ¿Cómo vencer a estas criaturas feroces? ¡Es insoportable! Pero vamos, intentemos averiguar el motivo de este terrible azote. ¿Con qué fin se han apoderado de la ciudadela de Cránao, el santuario sagrado que se alza sobre la roca inaccesible de la Acrópolis? Interrogadlas; sed cautos y no demasiado crédulos. Sería negligencia culpable no desentrañar el misterio, si es que podemos.
MAGISTRADO (dirigiéndose a las mujeres).— Primero querría preguntaros por qué habéis cerrado nuestras puertas.
LISÍSTRATA.— Para apoderarnos del tesoro; sin dinero, no hay guerra.
MAGISTRADO.— ¿Entonces el dinero es la causa de la guerra?
LISÍSTRATA.— Y de todos nuestros problemas. Era para encontrar ocasión de robar por lo que Pisandro y todos los demás agitadores no paraban de provocar revoluciones. ¡Muy bien! Pero no conseguirán ni un dracma más aquí.
MAGISTRADO.— ¿Y qué proponéis hacer entonces, si puede saberse?
LISÍSTRATA.— ¿Que qué proponemos? Pues administrar nosotras mismas el tesoro público.
MAGISTRADO.— ¿Vosotras?
LISÍSTRATA.— ¿Qué tiene eso de sorprendente? ¿Acaso no administramos el presupuesto doméstico?
MAGISTRADO.— Pero eso no es lo mismo.
LISÍSTRATA.— ¿Cómo que no es lo mismo?
MAGISTRADO.— El tesoro público financia los gastos de la guerra.
LISÍSTRATA.— Pues ese es nuestro primer principio: ¡nada de guerra!
MAGISTRADO.— ¿Cómo? ¿Y la seguridad de la ciudad?
LISÍSTRATA.— Nosotras nos encargaremos de eso.
MAGISTRADO.— ¿Vosotras?
LISÍSTRATA.— Sí, nosotras mismas.
MAGISTRADO.— ¡Menudo desastre!
LISÍSTRATA.— Sí, vamos a salvaros, os guste o no.
MAGISTRADO.— ¡Qué desvergüenza la de estas criaturas!
LISÍSTRATA.— Pareces molesto, pero da igual, no te queda más remedio que aceptarlo.
MAGISTRADO.— ¡Pero si esto es el colmo de la infamia!
LISÍSTRATA.— Vamos a salvarte, amigo mío.
MAGISTRADO.— ¿Y si no quiero que me salven?
LISÍSTRATA.— Pues razón de más.
MAGISTRADO.— ¡Pero qué ocurrencia, meteros en cuestiones de paz y guerra!
LISÍSTRATA.— Te explicaremos nuestra idea.
MAGISTRADO.— Pues suéltala ya, rápido, o si no... (amenazándola).
LISÍSTRATA.— Escucha y no te muevas, por favor.
MAGISTRADO.— ¡Ay, es demasiado! ¡No puedo controlar mi genio!
UNA MUJER.— Pues entonces vigila, que tú tienes más que perder que nosotras.
MAGISTRADO.— ¡Deja de graznar, vieja corneja! (A Lisístrata.) Ahora tú, di lo que tengas que decir.
LISÍSTRATA.— Con mucho gusto. Durante todo el tiempo que ha durado la guerra, hemos aguantado con modesta paciencia todo lo que hacíais los hombres; nunca nos permitimos abrir la boca. Estábamos muy lejos de estar satisfechas, porque sabíamos cómo iban las cosas; a menudo en casa os oíamos discutir, al revés y del derecho, algún asunto importante. Entonces, con el corazón triste pero sonrientes, os preguntábamos: Bueno, ¿en la Asamblea de hoy han votado la paz? Pero el marido gruñía: «¡A ti qué te importa! ¡Cállate!» Y yo no decía nada más.
UNA MUJER.— ¡Yo no me habría callado, no!
MAGISTRADO.— A ti te habrían obligado a callar a golpes.
LISÍSTRATA.— Bueno, yo no decía nada más. Pero luego me enteraba de que habíais llegado a alguna decisión nueva aún más desastrosamente estúpida que la anterior. «¡Ay, querido!», le decía yo, «¿qué locura es esta?» Pero él me miraba de reojo y me decía: «Tú ponte a tejer; si no, te van a escocer las mejillas durante horas. La guerra es cosa de hombres».
MAGISTRADO.— ¡Bravo! ¡Bien dicho!
LISÍSTRATA.— ¿Cómo, desgraciado? ¿No dejarnos combatir vuestras locuras ya era bastante malo? Pero luego os oíamos preguntar en voz alta en plena calle: «¿No queda ni un hombre en Atenas?», y os respondían: «No, ni uno, ni uno solo». Entonces, entonces nos decidimos sin más demora a hacer causa común para salvar a Grecia. Abrid vuestros oídos a nuestros sabios consejos y callad la boca, y aún podremos enderezar las cosas.
MAGISTRADO.— ¿Vosotras enderezar las cosas? ¡Ay, es demasiado! ¡Qué insolencia! Silencio, digo yo.
LISÍSTRATA.— ¡Cállate tú!
MAGISTRADO.— ¡Que me muera mil veces antes de obedecer a una que lleva velo!
LISÍSTRATA.— Si eso es lo único que te preocupa, toma, coge mi velo, envuélvetelo en la cabeza y cierra el pico. Luego coge esta cesta, ponte un cinturón, carda lana, mastica habas. La guerra será cosa de mujeres.
CORO DE MUJERES.— Dejad a un lado vuestros cántaros, nosotras los vigilaremos, ayudaremos a nuestras amigas y compañeras. En cuanto a mí, jamás me cansaré de bailar; mis rodillas nunca se pondrán rígidas de fatiga. Lo afrontaré todo junto a mis queridas aliadas, a quienes la Naturaleza ha prodigado virtud, gracia, audacia, inteligencia, y cuya energía sabiamente dirigida va a salvar el Estado. ¡Oh, mi buena y valiente Lisístrata, y todas mis amigas, sed siempre como un manojo de ortigas; que vuestra ira no decaiga jamás; los vientos de la fortuna soplan a nuestro favor!
LISÍSTRATA.— Que el dulce Amor y la tierna reina de Chipre derramen encantos seductores sobre nuestros pechos y toda nuestra persona. Si conseguimos despertar en los hombres un deseo tan amoroso que sus herramientas se pongan tiesas como palos, entonces mereceremos realmente el nombre de pacificadoras entre los griegos.
MAGISTRADO.— ¿Y cómo va a ser eso, si puede saberse?
LISÍSTRATA.— Para empezar, ya no os veremos corriendo como locos por el mercado con la lanza en el puño.
UNA MUJER.— Eso ya será algo ganado, ¡por la diosa de Pafos!
LISÍSTRATA.— Ahora los vemos mezclados con cacerolas y cacharros de cocina, armados hasta los dientes, ¡parecen coribantes salvajes!
MAGISTRADO.— Pues claro, así es como deben actuar los hombres valientes.
LISÍSTRATA.— ¡Ay, pero qué espectáculo tan gracioso ver a un hombre con un escudo con cabeza de Gorgona yendo a comprar pescado!
UNA MUJER.— El otro día en el mercado vi a un filarca con rizos flotantes; iba a caballo y estaba echando en su casco el caldo que acababa de comprar en el puesto de una vieja. Había también un guerrero tracio que blandía su lanza como Tereo en la obra; había espantado a una pobre mujer que vendía higos y se estaba zampando toda su fruta más madura.
MAGISTRADO.— ¿Y cómo, si puede saberse, proponéis restablecer la paz y el orden en todos los países de Grecia?
LISÍSTRATA.— ¡Es la cosa más fácil del mundo!
MAGISTRADO.— Vamos, contadnos cómo; tengo curiosidad por saberlo.
LISÍSTRATA.— Cuando enrollamos hilo y está enredado, pasamos la bobina de un lado a otro de la madeja, así y asá; pues del mismo modo, para acabar con la guerra, enviaremos embajadas acá y allá y por todas partes, para desenredar los asuntos.
MAGISTRADO.— ¿Y con vuestro hilo, vuestras madejas y vuestras bobinas pensáis apaciguar tantas enemistades amargas, mujeres tontas?
LISÍSTRATA.— Si al menos tuvierais sentido común, haríais siempre en política lo mismo que hacemos nosotras con nuestro hilo.
MAGISTRADO.— Vamos, ¿cómo es eso?
LISÍSTRATA.— Primero lavamos el hilo para quitarle la grasa y la suciedad; haced lo mismo con todos los malos ciudadanos, clasificadlos y echadlos fuera a varazos, son la escoria de la ciudad. Luego, en cuanto a todos esos que se agolpan buscando empleos y cargos, hay que cardarlos bien; después, para llevarlos a todos al mismo nivel, echadlos todos revueltos en la misma cesta, residentes extranjeros o no, aliados, deudores del Estado, todos mezclados. Y en cuanto a nuestras colonias, debéis pensar en ellas como madejas aisladas; encontrad los cabos de los hilos sueltos, traedlos hacia un centro aquí, enrolladlos en uno solo, haced una gran madeja con todo, de la que el pueblo pueda tejerse una buena túnica resistente.
MAGISTRADO.— ¿No es pecado y vergüenza verlas cardar y enrollar el Estado, estas mujeres que no tienen arte ni parte en las cargas de la guerra?
LISÍSTRATA.— ¿Cómo? ¡Desgraciado! Si es una carga mucho más pesada para nosotras que para vosotros. Para empezar, parimos hijos que marchan a luchar lejos de Atenas.
MAGISTRADO.— ¡Basta ya! ¡No evoques recuerdos tristes y dolorosos!
LISÍSTRATA.— Y en segundo lugar, en vez de disfrutar de los placeres del amor y sacar partido de nuestra juventud y belleza, nos quedamos languideciendo lejos de nuestros maridos, que están todos con el ejército. Pero no hablemos más de nosotras; lo que me aflige es ver a nuestras muchachas envejeciendo en soledad.
MAGISTRADO.— ¿Acaso los hombres no envejecen también?
LISÍSTRATA.— No es lo mismo. Cuando el soldado regresa de la guerra, aunque tenga el pelo blanco, enseguida encuentra una esposa joven. Pero una mujer solo tiene un verano; si no hace heno mientras brilla el sol, después nadie querrá saber nada de ella, y se pasa los días consultando oráculos que nunca le envían un marido.
MAGISTRADO.— Pero el viejo que todavía puede empinar el nabo...
LISÍSTRATA.— Y tú, ¿por qué no te acabas de morir de una vez? Eres rico; cómprate un ataúd, y yo te amasaré un pastel de miel para Cerbero. Toma, coge esta guirnalda. (Le echa agua encima.)
PRIMERA MUJER.— Y esta también. (Le echa agua encima.)
SEGUNDA MUJER.— Y estas cintas. (Le echa agua encima.)
LISÍSTRATA.— ¿Qué más te falta? Sube a la barca; Caronte te está esperando, lo estás reteniendo.
MAGISTRADO.— ¡Tratarme tan vilmente! ¡Qué insulto! Iré a mostrarme ante mis colegas magistrados tal como estoy.
LISÍSTRATA.— ¿Cómo? ¿Nos echas en cara no haberte expuesto según la costumbre? Vamos, consuélate; no dejaremos de ofrecerte el sacrificio del tercer día, a primera hora de la mañana.
CORO DE ANCIANOS.— ¡Despertad, amigos de la libertad; mantengámonos siempre listos para actuar! Sospecho un gran peligro; preveo otra tiranía como la de Hipias. Mucho me temo que los lacedemonios reunidos aquí con Clístenes hayan, mediante una estratagema de guerra, incitado a estas mujeres, enemigas de los dioses, a apoderarse de nuestro tesoro y de los fondos con los que yo vivía. ¿No es pecado y vergüenza que se entrometan aconsejando a los ciudadanos, parloteando de escudos y lanzas, y aliándose con lacedemonios, tipos en los que no confío más que en lobos hambrientos? Todo esto, amigos míos, no es más que un intento de restablecer la tiranía. Pero nunca me someteré; estaré en guardia en el futuro; siempre llevaré una espada oculta bajo ramas de mirto; me apostaré en la plaza pública con las armas en la mano, hombro con hombro con Aristogitón; y ahora, para empezar, tengo que romperle algunos dientes a esa maldita vieja de ahí.
CORO DE MUJERES.— No, no hagas el valiente, que si no cuando vuelvas a casa tu propia madre no te va a reconocer. Pero, queridas amigas y aliadas, primero dejemos nuestras cargas en el suelo; después, ciudadanas todas, oíd lo que tengo que decir. Tengo un consejo útil que dar a nuestra ciudad, que bien lo merece por las brillantes distinciones que ha prodigado a mi niñez. A los siete años fui portadora de los vasos sagrados; a los diez, molí cebada para el altar de Atenea; luego, vestida con una túnica de seda amarilla, fui osezna de Artemisa en las Brauronias; más tarde, ya convertida en una doncella alta y hermosa, me pusieron un collar de higos secos al cuello y fui canéfora. Así que desde luego estoy obligada a dar mis mejores consejos a Atenas. ¿Qué importa que haya nacido mujer, si puedo curar vuestras desgracias? Yo pago mi parte de tributos e impuestos dando hombres al Estado. Pero vosotros, miserables vejestorio, no contribuís nada a los gastos públicos; al contrario, habéis malgastado el tesoro de nuestros antepasados, como se le llamaba, el tesoro acumulado en los tiempos de las guerras persas. No pagáis nada a cambio; y encima ponéis en peligro nuestras vidas y libertades con vuestros errores. ¿Tenéis algo que decir en vuestra defensa?... ¡Ah! No me irritéis, vosotros ahí, o te cruzo la cara con mi sandalia, ¡y pesa bastante!
CORO DE ANCIANOS.— ¡Ultraje tras ultraje! Las cosas van de mal en peor. Castiguemos a las descaradas, todos los que tengamos apéndices de hombre de los que presumir. Vamos, fuera túnicas, que un hombre debe oler a hombría; vamos, amigos míos, desnudémonos de pies a cabeza. ¡Ánimo, digo yo, los que en nuestros tiempos guarnecimos Lipsidrio; seamos jóvenes de nuevo y sacudámonos la vejez! Si les damos el más mínimo poder sobre nosotros, ¡se acabó! Su audacia no tendrá límites. Las veremos construyendo barcos y librando batallas navales, como Artemisia; más aún, si quieren montar a caballo y pelear como caballería, mejor licenciemos a los jinetes, pues las mujeres destacan montando y tienen un asiento firme y seguro al galope. Pensad en todos esos escuadrones de amazonas que Micón nos ha pintado luchando cuerpo a cuerpo con hombres. Vamos, pues, habrá que ponerles collares a todos estos cuellos dispuestos.
CORO DE MUJERES.— Por las benditas diosas, si me enfadáis, soltaré la bestia de mis malas pasiones, y una verdadera granizada de golpes os hará gritar pidiendo auxilio. Vamos, damas, fuera túnicas, y rápido; las mujeres deben oler a mujeres en el arrebato de la pasión... Ahora atrévete a medir tus fuerzas conmigo, viejo chocho, y te garantizo que no volverás a comer ajo ni habas negras. No, ni una palabra más; mi ira está en su punto de ebullición, y haré contigo lo que el escarabajo hizo con los huevos del águila. Me río de tus amenazas, mientras tenga a mi lado a Lampito y a la noble tebana, mi querida Ismenia... Decreta lo que quieras, no puedes hacernos ningún daño, desgraciado aborrecido por todos tus compañeros. Pues ayer mismo, con ocasión de la fiesta de Hécate, pedí a mis vecinas de Beocia una de sus hijas por la que mis muchachas sienten un vivo cariño, una anguila hermosa y gorda para ser exactos; y no se negaron, pero resulta que por culpa de vuestros malditos decretos no me la pudieron enviar. ¡No dejaremos de sufrir lo mismo hasta que alguien os dé un buen tropezón y os rompa el cuello!
CORO DE MUJERES (dirigiéndose a Lisístrata).— Tú, Lisístrata, tú que eres la jefa de nuestra gloriosa empresa, ¿por qué te veo venir hacia mí con aire tan sombrío?
LISÍSTRATA.— Es el comportamiento de estas mujeres traviesas, es el corazón femenino y la debilidad femenina lo que me desanima tanto.
CORO DE MUJERES.— Cuéntanos, cuéntanos, ¿qué pasa?
LISÍSTRATA.— Solo digo la pura verdad.
CORO DE MUJERES.— ¿Qué ha ocurrido tan desconcertante? Vamos, cuéntaselo a tus amigas.
LISÍSTRATA.— ¡Ay! Es tan difícil de decir... pero tan imposible de ocultar.
CORO DE MUJERES.— No, nunca intentes esconder ningún mal que haya caído sobre nuestra causa.
LISÍSTRATA.— Para decirlo de golpe: ¡estamos en celo!
CORO DE MUJERES. ¡Oh, Zeus, oh, Zeus!
LISÍSTRATA. ¿De qué sirve invocar a Zeus? La cosa es tal como digo. No puedo impedir que sigan deseando a los hombres. Todas quieren desertar. A la primera la pillé escabulléndose por la poterna cerca de la cueva de Pan; otra se descolgaba con una cuerda y polea; una tercera andaba preparando su fuga; y una cuarta, montada a lomos de un pájaro, estaba a punto de volar hacia la casa de Orsiloco cuando la agarré por el pelo. Una tras otra, todas inventan excusas para largarse a casa. ¡Mirad! Ahí va una, intentando salir. ¡Eh, tú! ¿Adónde vas con tanta prisa?
MUJER PRIMERA. Quiero ir a casa; tengo lana de Mileto en casa que se me está comiendo toda la polilla.
LISÍSTRATA. ¡Bah! Tú y tu polilla... ¡Vuelve ahora mismo!
MUJER PRIMERA. Volveré enseguida, lo juro por las dos diosas. Solo necesito extenderla sobre la cama.
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