Parte 1La conjura de las mujeres
LISÍSTRATA
PERSONAJES LISÍSTRATA. CALONICE. MIRRINA. LAMPITO. ESTRATILIS. UN MAGISTRADO. CINESIAS. UN NIÑO. HERALDO DE LOS LACEDEMONIOS. EMBAJADORES DE LOS LACEDEMONIOS. POLICÁRIDO. VAGOS DE LA PLAZA. UN CRIADO. UN CIUDADANO ATENIENSE. CORO DE ANCIANOS. CORO DE MUJERES.
ESCENA: En una plaza pública de Atenas; después ante las puertas de la Acrópolis, y finalmente dentro del recinto de la ciudadela.
LISÍSTRATA
LISÍSTRATA.— (Sola) ¡Ah! Si las hubiera invitado a una juerga de Dioniso, o a una fiesta de Pan o de Afrodita o de Genetilis, no se podría pasar por las calles de tanto pandero. Pero ahora no hay ni una sola mujer aquí… ¡ah!, excepto mi vecina Calonice, a la que veo acercarse por allí… Buenos días, Calonice.
CALONICE.— Buenos días, Lisístrata; pero dime, ¿a qué viene esa cara tan seria y amenazante, querida? Créeme, no te favorece nada ese ceño fruncido tan negro.
LISÍSTRATA.— ¡Ay, Calonice, estoy que ardo! Me avergüenzo de nuestro sexo. Los hombres insisten en que somos tramposas y retorcidas…
CALONICE.— ¡Y tienen toda la razón, te lo juro!
LISÍSTRATA.— Pero fíjate, cuando se convoca a las mujeres para un asunto de la máxima importancia, se quedan en la cama en lugar de venir.
CALONICE.— ¡Oh! Vendrán, querida; pero ya sabes que no es fácil para una mujer salir de casa. Una está ocupada atendiendo a su marido; otra levantando al criado; otra está durmiendo al niño, o lavando al mocoso o dándole de comer.
LISÍSTRATA.— Pero te digo que el asunto por el que las he convocado es muchísimo más urgente.
CALONICE.— ¿Y por qué nos convocas, querida Lisístrata? ¿De qué se trata?
LISÍSTRATA.— De un asunto gordo.
CALONICE.— ¿Y es grueso también?
LISÍSTRATA.— Sí, muy gordo y muy importante.
CALONICE.— ¡Y no estamos todas aquí!
LISÍSTRATA.— ¡Oh! Si fuera lo que tú piensas, no faltaría ni una. No, no, se trata de algo que he estado dándole vueltas y más vueltas durante muchas noches en vela.
CALONICE.— ¡Debe de ser algo muy fino y sutil para haberle dado tantas vueltas!
LISÍSTRATA.— Tan fino, que significa esto: ¡Grecia salvada por las mujeres!
CALONICE.— ¿Por las mujeres? ¡Pues su salvación pende de un hilo muy fino entonces!
LISÍSTRATA.— El destino de nuestro país depende de nosotras… está en nuestras manos acabar para siempre con los peloponesios…
CALONICE.— ¡Eso sí que sería una hazaña noble!
LISÍSTRATA.— ¡Exterminar a los beocios hasta el último hombre!
CALONICE.— Pero seguro que perdonarías a las anguilas.
LISÍSTRATA.— Por Atenas jamás amenazaré con destino tan terrible; confía en mí para eso. Sin embargo, si las mujeres de Beocia y del Peloponeso se unen a nosotras, Grecia está salvada.
CALONICE.— ¿Pero cómo vamos a realizar las mujeres una hazaña tan sabia y gloriosa, nosotras que vivimos recluidas en casa, vestidas con túnicas transparentes de seda amarilla y largas túnicas flotantes, adornadas con flores y calzadas con zapatitos delicados?
LISÍSTRATA.— Pero esas son precisamente las anclas de nuestra salvación: esas túnicas amarillas, esos perfumes y zapatitos, esos cosméticos y vestidos transparentes.
CALONICE.— ¿Cómo es eso?
LISÍSTRATA.— No habrá un solo hombre que levante su lanza contra otro…
CALONICE.— ¡Rápido, voy a buscar una túnica amarilla del tintorero!
LISÍSTRATA.— … ni que quiera un escudo.
CALONICE.— ¡Voy corriendo a ponerme una túnica flotante!
LISÍSTRATA.— … ni que desenvaine una espada.
CALONICE.— ¡Me apresuro a comprar un par de zapatitos ahora mismo!
LISÍSTRATA.— Ahora dime, ¿no habrían hecho mejor las mujeres viniendo ya?
CALONICE.— ¡Deberían haber venido volando!
LISÍSTRATA.— ¡Ay, querida! Ya verás que como buenas atenienses, lo harán todo demasiado tarde… Ni una sola mujer ha venido de la costa, ni una de Salamina.
CALONICE.— Pero yo sé con certeza que embarcaron al amanecer.
LISÍSTRATA.— ¡Y las señoras de Acarnas! Pensé que serían las primeras en llegar.
CALONICE.— La mujer de Teágenes seguro que viene; hasta ha ido a consultar a Hécate… Pero mira, aquí vienen algunas… y hay más detrás. ¡Ah! Eh, ¿de dónde son estas?
LISÍSTRATA.— Son de Anagira.
CALONICE.— ¡Sí, por mi palabra, es una movilización en masa de toda la población femenina de Anagira!
MIRRINA.— ¿Llegamos tarde, Lisístrata? Dinos, por favor; ¿qué pasa, ni una palabra?
LISÍSTRATA.— No puedo decir gran cosa de ti, Mirrina. No te has esforzado demasiado para un asunto tan urgente.
MIRRINA.— No encontraba mi cinturón en la oscuridad. De todos modos, si el asunto es tan urgente, aquí estamos; así que habla.
LISÍSTRATA.— No, esperemos un momento más, hasta que lleguen las mujeres de Beocia y las del Peloponeso.
MIRRINA.— Sí, es mejor así… ¡Ah! Aquí viene Lampito.
LISÍSTRATA.— Buenos días, Lampito, querida amiga de Lacedemonia. ¡Qué bien y qué guapa te ves! ¡Qué color tan rosado! Y qué fuerte pareces; seguro que podrías estrangular un toro.
LAMPITO.— Sí, ciertamente, creo que podría. Es porque hago gimnasia y practico la danza de la patada.
LISÍSTRATA.— ¡Y qué pechos tan espléndidos!
LAMPITO.— ¡Eh! Me estás tocando como si fuera una bestia para el sacrificio.
LISÍSTRATA.— Y esta joven, ¿de dónde es?
LAMPITO.— Es una dama noble de Beocia.
LISÍSTRATA.— ¡Ah, mi bella amiga beocia, estás floreciente como un jardín!
CALONICE.— ¡Sí, por mi palabra! ¡Y el jardín está muy bien escardado además!
LISÍSTRATA.— ¿Y quién es esta?
LAMPITO.— Es una mujer honrada, por mi fe. Viene de Corinto.
LISÍSTRATA.— ¡Oh! Honrada, sin duda entonces… según se entiende la honradez en Corinto.
LAMPITO.— Pero ¿quién ha convocado este consejo de mujeres?
LISÍSTRATA.— Yo.
LAMPITO.— Pues entonces, dinos qué quieres de nosotras.
LISÍSTRATA.— Con mucho gusto, querida.
MIRRINA.— ¿Cuál es el asunto más importante del que quieres informarnos?
LISÍSTRATA.— Os lo diré. Pero primero respondedme una pregunta.
MIRRINA.— ¿Cuál?
LISÍSTRATA.— ¿No os sentís tristes y apesadumbradas porque los padres de vuestros hijos están lejos de vosotras con el ejército? Porque puedo asegurar que no hay ni una de vosotras cuyo marido no esté fuera en este momento.
CALONICE.— El mío lleva los últimos cinco meses en Tracia… vigilando a Eucrates.
LISÍSTRATA.— Hace siete largos meses que el mío me dejó para irse a Pilos.
LAMPITO.— En cuanto al mío, si alguna vez vuelve del servicio, no bien regresa cuando descuelga otra vez su escudo y vuela de vuelta a la guerra.
LISÍSTRATA.— Y ni siquiera la sombra de un amante. Desde el día en que los milesios nos traicionaron, no he visto ni una sola vez siquiera un consolador de cuero de veinte centímetros, para ser un consuelo de piel a nosotras, pobres viudas… Ahora decidme, si he descubierto un medio de poner fin a la guerra, ¿me apoyaréis todas?
MIRRINA.— Sí, por todas las diosas, juro que sí, aunque tenga que empeñar mi túnica y beberme el dinero el mismo día.
CALONICE.— Y yo también, aunque tenga que partirme en dos como un lenguado y que me quiten la mitad.
LAMPITO.— Y yo también; para conseguir la paz, subiría hasta la cima del monte Taigeto.
LISÍSTRATA.— ¡Entonces lo soltaré de una vez, mi gran secreto! ¡Oh, hermanas! Si queremos obligar a nuestros maridos a hacer la paz, debemos abstenernos…
MIRRINA.— ¿Abstenernos de qué? ¡Dinos, dinos!
LISÍSTRATA.— Pero ¿lo haréis?
MIRRINA.— Lo haremos, lo haremos, aunque nos muramos.
LISÍSTRATA.— Debemos abstenernos por completo del órgano masculino… ¿Qué, por qué me dais la espalda? ¿Adónde vais? ¿Así que mordéis los labios y movéis la cabeza, eh? ¿Por qué esas caras pálidas y tristes? ¿Por qué esas lágrimas? Vamos, ¿lo haréis, sí o no? ¿Vaciláis?
MIRRINA.— No, yo no lo haré; que siga la guerra.
LISÍSTRATA.— ¿Y tú, mi bonito lenguado, que decías hace un momento que te partirían en dos?
CALONICE.— ¡Cualquier cosa, cualquier cosa menos eso! Mándame atravesar el fuego, si quieres; pero privarnos de la cosa más dulce del mundo, ¡mi querida, querida Lisístrata!
LISÍSTRATA.— ¿Y tú?
MIRRINA.— Sí, estoy de acuerdo con las demás; yo también prefiero atravesar el fuego.
LISÍSTRATA.— ¡Oh, sexo lascivo y vicioso! Con razón los poetas han hecho tragedias sobre nosotras; no servimos para nada más que para el amor y la lujuria. Pero tú, querida mía, tú que vienes de la recia Esparta, si tú te unes a mí, aún puede salir todo bien; ayúdame, apóyame, te lo suplico.
LAMPITO.— Es difícil, por las dos diosas que sí, que una mujer duerma sola sin tener nunca un arma enhiesta en su cama. Pero en fin, la paz tiene que ser lo primero.
LISÍSTRATA.— ¡Oh, querida mía, queridísima, mejor amiga, eres la única que merece el nombre de mujer!
CALONICE.— Pero si —lo que los dioses no permitan— nos abstenemos por completo de lo que dices, ¿conseguiremos la paz más pronto?
LISÍSTRATA.— ¡Por supuesto que sí, por las dos diosas! Solo tenemos que quedarnos en casa con las mejillas pintadas, y recibir a nuestros hombres ligeras de ropa con túnicas transparentes de seda de Amorgos y con nuestros «montecillos» bien depilados; entonces se les pondrá tiesa como locos y estarán ansiosos por acostarse con nosotras. Ese será el momento de negarnos, y se apresurarán a hacer la paz, ¡estoy convencida de ello!
LAMPITO.— Sí, igual que Menelao, cuando vio el pecho desnudo de Helena, tiró la espada, según dicen.
CALONICE.— Pero, pobres de nosotras, supón que nuestros maridos nos dejan y se van.
LISÍSTRATA.— Pues entonces, como dice Ferécrates, tendremos que «desollar un perro ya desollado», eso es todo.
CALONICE.— ¡Bah! Todos esos proverbios son tonterías… Pero si nuestros maridos nos arrastran a la fuerza al dormitorio, ¿qué?
LISÍSTRATA.— Agarraos a las jambas de la puerta.
CALONICE.— ¿Y si nos pegan?
LISÍSTRATA.— Pues ceded a sus deseos, pero de mala gana; no hay placer para ellos cuando lo hacen por la fuerza. Además, hay mil maneras de atormentarlos. No temáis, pronto se cansarán del juego; no hay satisfacción para un hombre si la mujer no la comparte.
CALONICE.— Muy bien, si queréis que sea así, estamos de acuerdo.
LAMPITO.— En cuanto a nosotras, sin duda persuadiremos a nuestros maridos de concluir una paz justa y honrada; pero está el populacho ateniense, ¿cómo vamos a curar a esa gente de su frenesí guerrero?
LISÍSTRATA.— No temáis; nosotras nos encargamos de hacer entrar en razón a nuestra propia gente.
LAMPITO.— No, imposible, mientras tengan sus naves de confianza y los vastos tesoros guardados en el templo de Atenea.
LISÍSTRATA.— ¡Ah! Pero ya nos hemos ocupado de eso; este mismo día la Acrópolis estará en nuestras manos. Esa es la tarea asignada a las mujeres mayores; mientras nosotras estamos aquí en consejo, ellas van, con el pretexto de ofrecer un sacrificio, a apoderarse de la ciudadela.
LAMPITO.— ¡Bien dicho! Entonces todo va de maravilla.
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