Libro VIII
Parte11337a-1342b
Que el legislador debe ocuparse ante todo de la educación de los jóvenes, nadie lo discutiría. Cuando esto no ocurre en las ciudades, se perjudican sus regímenes políticos. Pues es necesario que la educación se adapte a cada régimen, ya que el carácter propio de cada régimen suele tanto preservar la constitución como establecerla desde el principio: el carácter democrático, por ejemplo, sostiene la democracia, y el oligárquico, la oligarquía. Siempre el mejor carácter es causa de un régimen mejor. Además, para todas las capacidades y artes existe una preparación y una habituación previa requerida para las respectivas actividades; por tanto, está claro que también las hay para las acciones de la virtud. Y puesto que la ciudad toda tiene un único fin, es evidente que la educación debe ser también una y la misma para todos, y que su cuidado debe ser común y no privado, del modo en que ahora cada uno cuida de sus propios hijos en privado y les enseña lo que le parece.
El ejercicio de lo que es común debe hacerse de forma común. Al mismo tiempo, no debe considerarse que ninguno de los ciudadanos se pertenece a sí mismo, sino que todos pertenecen a la ciudad, pues cada uno es parte de la ciudad. Y el cuidado de cada parte tiende naturalmente al cuidado del conjunto. En esto cabría elogiar a los lacedemonios, pues dedican la mayor atención a sus hijos, y lo hacen en común. Así pues, resulta claro que debe legislarse sobre la educación y hacerla común. Pero no debe pasarse por alto qué será la educación y cómo debe educarse. Actualmente se discute sobre sus fines. No todos suponen que los jóvenes deben aprender lo mismo, ya sea en relación con la virtud o en relación con la mejor vida, ni está claro si conviene orientarla más hacia la inteligencia o hacia el carácter del alma.
A partir de la educación vigente, la investigación resulta confusa, y no es evidente si debe ejercitarse lo que es útil para la vida, lo que conduce a la virtud o lo que es extraordinario (pues cada una de estas opciones ha encontrado algunos defensores). Y respecto de lo que conduce a la virtud no hay acuerdo alguno, pues ni siquiera honran todos inmediatamente la misma virtud, de modo que razonablemente difieren también sobre su ejercicio. Que de las cosas útiles deben enseñarse las necesarias no es algo oscuro. Pero que no deben enseñarse todas, estando distinguidas las actividades propias de hombres libres y las que no lo son, es evidente, y que debe participarse de aquellas cosas útiles que no convertirán en vulgar al que las practique. Debe considerarse actividad vulgar, y asimismo arte y aprendizaje vulgar, todo aquello que deja inútil el cuerpo de los hombres libres [o el alma] o la inteligencia para los usos y acciones de la virtud.
Por eso llamamos vulgares a aquellas artes que disponen el cuerpo en peores condiciones, y también a las actividades asalariadas, pues vuelven la inteligencia ocupada y embrutecida. Incluso de las ciencias propias de hombres libres no es indigno participar hasta cierto punto en algunas de ellas; pero dedicarse a ellas con exceso en busca de la perfección entraña los daños mencionados. Tiene también mucha importancia el fin por el cual se actúa o se aprende. Hacerlo por uno mismo o por los amigos o por virtud no es impropio de un hombre libre, pero quien hace lo mismo por otros parecerá a menudo actuar como un jornalero y un esclavo. Las disciplinas establecidas actualmente, como se dijo antes, tienen doble carácter. Son cuatro aproximadamente las cosas que suelen enseñarse: las letras, la gimnasia, la música y, en cuarto lugar según algunos, el dibujo. Las letras y el dibujo porque son útiles para la vida y tienen múltiples aplicaciones; la gimnasia porque contribuye al valor.
Respecto de la música alguien podría dudar ya. Ahora la mayoría participa de ella por placer, pero quienes desde el principio la incluyeron en la educación lo hicieron porque la naturaleza misma busca, como se ha dicho muchas veces, no solo trabajar correctamente sino también poder dedicarse al ocio noblemente. Pues esto es el principio único de todo. Hablemos de nuevo sobre ello. Si son necesarias ambas cosas, pero el ocio es más deseable que el trabajo y es un fin, debe buscarse qué hay que hacer durante el ocio. Ciertamente no jugar, pues entonces el juego sería necesariamente el fin de nuestra vida. Si esto es imposible, y más bien debe recurrirse a los juegos durante el trabajo (quien se esfuerza necesita el descanso, y el juego es para el descanso, mientras que el trabajo conlleva fatiga y tensión), por eso deben introducirse los juegos vigilando el momento oportuno, aplicándolos como remedio.
Pues ese movimiento del alma es relajación, y por el placer es descanso. El ocio, en cambio, parece tener en sí mismo el placer, la felicidad y el vivir dichosamente. Esto no pertenece a quienes trabajan sino a quienes gozan de ocio. Pues quien trabaja lo hace en vista de un fin como algo que no posee, y la felicidad es un fin que todos creen que existe con placer y no con dolor. Pero este placer no lo sitúan ya el mismo, sino cada uno según sí mismo y su propia disposición; el hombre mejor sitúa el mejor placer y el que proviene de las cosas más nobles. De modo que es evidente que también para el ocio en el tiempo libre deben aprenderse algunas cosas y educarse, y que estas enseñanzas y estos aprendizajes son por sí mismos, mientras que los referidos al trabajo son por necesidad y por otras cosas.
Por eso también la música fue incluida por los antiguos en la educación no como necesaria (pues nada tiene de tal naturaleza) ni como útil (como las letras para los negocios, para la administración doméstica, para el aprendizaje y para muchas actividades políticas; también el dibujo parece útil para juzgar mejor las obras de los artesanos), ni tampoco como la gimnasia para la salud y la fuerza (pues no vemos que ninguna de estas cosas se produzca por la música). Queda, pues, que es para el empleo del tiempo de ocio, precisamente para lo cual parece que la introdujeron. Pues la sitúan en aquello que consideran diversión propia de hombres libres. Por eso Homero la presentó así: «Es lo justo invitarlo al festín abundante», y después de decir esto menciona a ciertos otros «que invitan al aedo que deleitará a todos». Y en otros pasajes Odiseo dice que esta es la mejor diversión, cuando los hombres están contentos «y los comensales en la casa escuchan al aedo sentados en fila».
Así pues, resulta claro que existe cierta educación en la cual debe educarse a los hijos no por ser útil ni necesaria, sino por ser propia de hombres libres y noble. Pero si es una sola en número o son varias, cuáles son y cómo son, debe hablarse de ello más adelante. Ahora nos ha resultado este avance: que también de los antiguos tenemos cierto testimonio a partir de las disciplinas establecidas, pues la música lo hace evidente. Además, también de las cosas útiles deben educarse los hijos en algunas no solo por lo útil, como el aprendizaje de las letras, sino también porque a través de ellas pueden producirse muchos otros aprendizajes. Y de modo semejante el dibujo, no para que no se equivoquen en sus compras privadas siendo inengañables en la compra y venta de utensilios, sino más bien porque hace contemplar la belleza en los cuerpos.
Buscar en todas partes lo útil es lo que menos conviene a los magnánimos y a los hombres libres. Puesto que es evidente que debe educarse primero por los hábitos que por la razón, y respecto del cuerpo antes que de la inteligencia, de esto resulta claro que debe confiarse a los niños a la gimnasia y a la educación física. Pues una produce cierta disposición del cuerpo, y la otra sus actividades. Ahora las ciudades que parecen ocuparse más de los niños producen una condición atlética, dañando tanto la apariencia como el crecimiento de los cuerpos. Los lacedemonios no cometieron este error, pero los vuelven salvajes con los ejercicios, como si esto fuera lo que más contribuye al valor. Sin embargo, como se ha dicho muchas veces, no debe orientarse el cuidado hacia una sola virtud ni principalmente hacia esta. Y aunque fuera hacia esta, tampoco lo consiguen.
Pues ni en los demás animales ni entre los pueblos vemos que el valor acompañe a los más salvajes, sino más bien a los de carácter más manso y leonino. Hay muchos pueblos que se inclinan fácilmente al homicidio y a la antropofagia, como los aqueós y los heniocos del Ponto, y otros de los pueblos continentales, unos semejantes a estos y otros más, que son bandoleros pero no participan del valor. Además, sabemos que los propios lacedemonios, mientras ellos mismos se dedicaban a los ejercicios, superaban a los demás; pero ahora quedan por debajo de otros tanto en los certámenes gimnásticos como en los militares. Pues no se distinguían por ejercitar a los jóvenes de este modo, sino solo por ejercitarse frente a quienes no se ejercitaban. De modo que debe tener el primer papel lo noble y no lo salvaje. Pues ni el lobo ni ninguna otra bestia afrontaría ningún riesgo noble, sino más bien el hombre bueno. Quienes abandonan a los niños demasiado a estos ejercicios, dejándolos sin instrucción en las cosas necesarias, en verdad los vuelven vulgares, haciéndolos útiles para una sola tarea de la actividad política, y para esta peor que otros, según afirma el razonamiento.
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No hay que juzgar a partir de los logros anteriores, sino de los actuales; pues ahora tienen rivales en la educación, antes no los tenían. Que hay que recurrir a la gimnasia, y cómo hay que recurrir a ella, esto es algo en lo que se está de acuerdo (hasta la pubertad hay que aplicar ejercicios más ligeros, evitando la alimentación forzada y los esfuerzos violentos, para que no haya ningún obstáculo al crecimiento; pues la prueba de que esto puede ocasionarlo no es pequeña: entre los vencedores olímpicos apenas se encontraría a dos o tres que hayan vencido siendo niños y siendo hombres, porque el entrenamiento en la juventud les arrebata la fuerza por los ejercicios forzados; cuando, después de la pubertad, hayan pasado tres años dedicados a los demás estudios, entonces conviene ocupar el siguiente período de edad con los esfuerzos y las dietas rigurosas; pues no hay que fatigar al mismo tiempo la mente y el cuerpo, ya que cada uno de estos esfuerzos produce por naturaleza el efecto contrario: el esfuerzo del cuerpo dificulta a la mente y el de ésta al cuerpo).
Sobre la música, algunas cuestiones ya las planteamos antes en nuestro discurso, pero conviene ahora retomarlas y desarrollarlas, para que se conviertan en algo que dé pie a los razonamientos que cualquiera pueda exponer al pronunciarse sobre ella. Pues no es fácil determinar qué capacidad tiene, ni con qué fin hay que participar de ella: si por juego y descanso, igual que el sueño y la embriaguez (estas cosas en sí mismas no son de las serias, pero son agradables y alivian las preocupaciones, como dice Eurípides; por eso la incluyen y se sirven de todas ellas por igual: del sueño, la embriaguez y la música; y colocan también la danza entre ellas), o más bien hay que pensar que la música tiende de algún modo a la virtud, siendo capaz, como la gimnasia hace al cuerpo de cierta manera, de hacer también la música al carácter de cierta manera, habituándonos a poder gozar correctamente, o si contribuye en algo al ocio y a la prudencia (pues también esto hay que ponerlo como tercera opción de las mencionadas).
Pues bien, que no hay que educar a los jóvenes para el juego no es algo oculto (pues no juegan mientras aprenden; el aprendizaje va acompañado de esfuerzo); pero tampoco conviene conceder el ocio a niños y a edades como estas (pues a quien está incompleto no le corresponde el fin). Pero tal vez parecería que el esfuerzo de los niños es por el juego cuando sean hombres y estén completos. Pero si esto es así, ¿por qué razón habrían de aprenderla ellos mismos, y no más bien, como los reyes de los persas y los medos, participar del placer y del aprendizaje a través de otros que la ejecutan? Pues necesariamente ejecutarán mejor quienes han hecho de esto mismo su ocupación y su arte que quienes se han dedicado a ello sólo el tiempo suficiente para el aprendizaje. Y si deben esforzarse en tales cosas, entonces también deberían preparar ellos mismos los platos de comida;
pero esto es absurdo. La misma dificultad se plantea también respecto a si puede hacer mejores los caracteres: pues ¿por qué razón han de aprender esto ellos mismos, y no más bien escuchando a otros poder gozar correctamente y ser capaces de juzgar, como los lacedemonios? Pues ellos sin haber aprendido son capaces, según dicen, de juzgar correctamente las melodías buenas y las que no lo son. Y el mismo razonamiento vale también si hay que servirse de ella para el bienestar y el ocio digno: ¿por qué han de aprenderla ellos mismos, y no más bien disfrutar de otros que la ejecutan? Y es posible considerar la opinión que tenemos acerca de los dioses: pues Zeus no canta ni toca la cítara según los poetas, y además llamamos vulgares a quienes así actúan, y el hacerlo no es propio de un hombre a menos que esté ebrio o jugando. Pero tal vez sobre esto haya que reflexionar más tarde; la primera cuestión es si hay que incluir o no la música en la educación, y qué puede hacer de las tres cosas planteadas: si es educación, juego u ocio.
Y con razón se la sitúa en todas ellas y parece participar de todas. Pues el juego es para el descanso, y el descanso necesariamente ha de ser agradable (ya que es una especie de remedio del dolor causado por los esfuerzos), y el ocio, por consenso, debe tener no sólo lo bello sino también el placer (pues la felicidad proviene de ambas cosas); y todos afirmamos que la música está entre las cosas más agradables, tanto sola como acompañada de canto (así dice también Museo que «lo más agradable para los mortales es cantar»; por eso con razón la incluyen en las reuniones y el ocio, por ser capaz de alegrar), de modo que también por esto uno podría pensar que hay que educar en ella a los más jóvenes. Pues todas las cosas agradables que son inofensivas no sólo convienen al fin sino también al descanso; y dado que a los hombres les ocurre alcanzar el fin pocas veces, pero descansan con frecuencia y se entregan a los juegos no tanto con algún propósito sino también por el placer, sería útil hacer descansar en los placeres que provienen de la música.
Pero a los hombres les ha ocurrido que hacen del juego un fin; pues quizá también el fin contiene cierto placer, pero no uno cualquiera, y buscando este último toman aquel como si fuera este, porque guarda cierta semejanza con el fin de las acciones. Pues el fin no es elegible por ninguna de las cosas futuras, y estos placeres tampoco existen por ninguna de las cosas futuras, sino por las pasadas, como esfuerzos y dolores. Así pues, esta causa razonablemente podría uno suponer por la que buscan que la felicidad venga a través de estos placeres; pero que participan de la música no sólo por esta razón, sino también porque es útil para el descanso, según parece. Sin embargo, hay que investigar si esto no es algo accidental, sino que su naturaleza es más valiosa que el uso mencionado, y es preciso no sólo participar del placer común que proviene de ella, del que tienen percepción todos (pues la música posee cierto placer natural, por lo que su uso es querido para todas las edades y todos los caracteres), sino ver si de algún modo contribuye también al carácter y al alma.
Y esto quedaría claro si de alguna manera nos hacemos de cierto carácter a través de ella. Pues bien, que nos hacemos de cierto carácter es evidente por muchas otras cosas, pero sobre todo también por las melodías de Olimpo; pues estas, por consenso, hacen a las almas entusiastas, y el entusiasmo es una afección del carácter que está en el alma. Además, al escuchar las imitaciones todos se vuelven sensibles a ellas, incluso sin los ritmos y las melodías mismas. Y puesto que la música es una de las cosas agradables, y la virtud consiste en gozar, amar y odiar correctamente, obviamente no hay nada que haya que aprender y habituar tanto como el juzgar correctamente y el gozar de los caracteres decentes y de las acciones bellas; y hay sobre todo semejanzas con las naturalezas verdaderas en los ritmos y las melodías de ira y mansedumbre, y además de valor y templanza y de todos los opuestos a estos y de los demás rasgos éticos (esto es claro por los hechos:
pues cambiamos el alma al escuchar tales cosas); y el hábito de dolerse y gozar en las cosas semejantes está cerca de tener la misma disposición hacia la verdad (por ejemplo, si uno goza contemplando la imagen de alguien no por otra razón sino por la forma misma, necesariamente para este también la contemplación de aquel mismo cuya imagen contempla ha de ser agradable). Pero ocurre que entre las cosas sensibles en las demás no hay ninguna semejanza con los caracteres, como en las táctiles y las gustativas, mientras que en las visibles sí ligeramente (pues hay figuras de tal tipo, pero en escasa medida, y no todos participan de tal percepción; además, estas no son semejanzas de los caracteres, sino más bien signos las figuras y colores que se producen de los caracteres, y estos son indicios en las afecciones;
sin embargo, en la medida en que hay diferencia también en la contemplación de estos, los jóvenes no deben contemplar las obras de Pausón, sino las de Polignoto o de cualquier otro de los pintores o escultores que sea ético), mientras que en las melodías mismas hay imitaciones de los caracteres (y esto es evidente; pues enseguida la naturaleza de las armonías se distingue, de modo que al escucharlas nos disponemos de diferente manera y no tenemos la misma actitud hacia cada una de ellas, sino que hacia unas más lastimeros y recogidos, como hacia la llamada mixolidia, hacia otras más blandos de mente, como hacia las relajadas, de modo intermedio y más sosegado sobre todo hacia otra, como parece hacer sólo la dórica entre las armonías, mientras que la frigia nos hace entusiastas. Pues estas cosas las dicen bien quienes han filosofado sobre esta educación; toman los testimonios de los razonamientos de los hechos mismos).
Y del mismo modo se comportan también las cosas relativas a los ritmos (pues unos tienen un carácter más estable, otros cinético, y de estos unos tienen movimientos más vulgares, otros más nobles). Así pues, por esto es evidente que la música puede hacer que el carácter del alma sea de cierta manera, y si esto puede hacerlo, es claro que hay que acercar y educar en ella a los jóvenes. Y la enseñanza de la música es apropiada a la naturaleza de esa edad: pues los jóvenes a causa de su edad no soportan voluntariamente nada que no sea agradable, y la música es por naturaleza de las cosas agradables. Y parece haber cierta afinidad con las armonías y los ritmos; por eso muchos de los sabios afirman unos que el alma es armonía, otros que tiene armonía. Si deben aprender ellos mismos cantando y tocando o no, según planteábamos antes, ahora hay que decirlo. No es nada oscuro que tiene mucha diferencia para llegar a ser de cierta manera, si uno participa personalmente de las ejecuciones;
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Porque es imposible o difícil convertirse en buenos jueces sin haber participado en la práctica. Al mismo tiempo, los niños deben tener alguna ocupación, y conviene considerar acertado el sonajero de Arquitas, que dan a los pequeños para que, usándolo, no rompan nada de la casa: lo joven no puede estarse quieto. Este sonajero es apropiado para los niños más pequeños, mientras que la educación es el sonajero para los mayores. Que es preciso educar en la música de modo que también se participe en su práctica resulta evidente por estas razones; y no es difícil definir qué es apropiado y qué no lo es para cada edad, ni refutar a quienes afirman que su cultivo es vulgar. En efecto, puesto que para poder juzgar es necesario participar en la práctica, por eso conviene que de jóvenes practiquen, y cuando sean mayores abandonen la práctica, pero sean capaces de juzgar lo bello y gozar rectamente gracias al aprendizaje recibido en su juventud.
Respecto a la crítica que algunos hacen diciendo que la música vuelve vulgares a quienes la practican, no es difícil responder examinando hasta qué punto deben participar en la práctica quienes se educan para la virtud política, en qué melodías y en qué ritmos deben participar, y además con qué instrumentos debe realizarse el aprendizaje, pues también esto es probable que marque una diferencia. En esto reside la respuesta a la crítica: nada impide que ciertos modos de la música produzcan el efecto señalado. Es evidente, entonces, que su aprendizaje no debe obstaculizar las actividades posteriores ni volver el cuerpo vulgar e inútil para los ejercicios bélicos y políticos, en cuanto a su uso inmediato ahora y más tarde. Y esto se lograría en el aprendizaje si no practicaran las piezas destinadas a los concursos profesionales ni las obras extraordinarias y extravagantes que ahora han pasado a los concursos y de los concursos a la educación, sino solo aquellas hasta que puedan gozar de las bellas melodías y ritmos, y no solo del placer común de la música, como también algunos otros animales, y además la multitud de esclavos y niños.
De esto resulta claro también qué instrumentos deben usarse. No hay que introducir en la educación ni las flautas ni ningún otro instrumento profesional, como la cítara profesional o cualquier otro semejante, sino solo aquellos que formen buenos oyentes, sea de la educación musical o de la otra. Además, la flauta no es un instrumento que forme el carácter, sino más bien orgíástico, de modo que debe usarse en aquellas ocasiones en las que el espectáculo puede procurar más bien purificación que aprendizaje. Añadamos que resulta también contrario a la educación el hecho de que tocar la flauta impide el uso de la palabra. Por eso con razón los antiguos rechazaron su uso entre los jóvenes y los hombres libres, aunque al principio lo hubieran usado. Pues al tener más ocio gracias a la prosperidad y hacerse más magnánimos con respecto a la virtud, y al engreírse tanto antes como después de las Guerras Médicas por sus hazañas, se dedicaron a todo tipo de aprendizaje sin hacer distinciones, sino buscándolo.
Por eso introdujeron también el arte de la flauta entre los aprendizajes. En Esparta llegó a tocar la flauta personalmente un corego para su coro, y en Atenas se hizo tan popular que casi la mayoría de los hombres libres participaban de ella; esto es evidente por la placa que dedicó Trásipo cuando fue corego para Ecfántides. Pero más tarde fue rechazada por la experiencia misma, cuando pudieron juzgar mejor qué contribuía a la virtud y qué no; y de modo semejante también muchos de los instrumentos antiguos, como las pectas y los bárbitons y los que tienden al placer de los oyentes y no de quienes los tocan: heptágonos, trígonos, sambucas y todos los que requieren destreza manual. Es razonable también lo que se cuenta en las leyendas antiguas sobre las flautas. Dicen que Atenea, tras inventarlas, las arrojó. No está mal decir que la diosa hizo esto disgustada por la deformidad del rostro.
Sin embargo, es más probable que la educación en el arte de la flauta no contribuya en nada a la inteligencia, y a Atenea le atribuimos la ciencia y el arte. Puesto que rechazamos tanto los instrumentos como la práctica de la educación profesional (llamamos profesional a la orientada a los concursos, pues en esta quien actúa no lo hace en razón de su propia virtud, sino del placer de los oyentes, y un placer vulgar; por eso consideramos que su práctica no es propia de hombres libres, sino más bien de jornaleros; y así resultan vulgares, pues el fin al que dirigen su objetivo es perverso; el espectador, siendo vulgar, suele alterar la música, de modo que también hace de cierto tipo a los profesionales que practican para él, y también afecta a sus cuerpos por los movimientos), debemos examinar las armonías y los ritmos, y si para la educación hay que usar todas las armonías y todos los ritmos o hay que hacer distinciones, y después, para quienes se dedican a la educación, si estableceremos la misma distinción o debe haber otra diferente.
Puesto que vemos que la música se compone de melodías y ritmos, no debe pasarse por alto qué poder tiene cada uno de estos respecto a la educación, y si debe preferirse más la música con buena melodía o la que tiene buen ritmo. Considerando que muchos de los músicos actuales y de los filósofos que tienen experiencia en la educación musical dicen cosas acertadas sobre esto, dejamos que busquen la explicación detallada de cada punto particular quienes lo deseen consultándoles a ellos, pero ahora hagamos un análisis general, limitándonos a decir solo los rasgos principales sobre esto. Puesto que aceptamos la división de las melodías como la establecen algunos filósofos, que las clasifican en éticas, prácticas y entusiásticas, y atribuyen a las armonías una naturaleza apropiada a cada una de estas categorías, una diferente para cada tipo, y afirmamos que no debe usarse la música por un solo beneficio sino por varios (pues tanto por causa de la educación como de la purificación —qué entendemos por purificación lo decimos ahora en general, pero lo diremos más claramente en los textos sobre poética—, y en tercer lugar para el esparcimiento, la relajación y el descanso de la tensión), es evidente que deben usarse todas las armonías, pero no todas del mismo modo, sino para la educación las más éticas, y para escuchar a otros que las ejecutan también las prácticas y las entusiásticas.
Pues lo que afecta intensamente a algunas almas, esto existe en todas, pero difiere en el más y el menos, como la compasión y el miedo, y además el entusiasmo; pues también por este movimiento están poseídas algunas personas, y vemos que estas, cuando usan las melodías que arrebatan el alma, quedan restablecidas como si hubieran recibido tratamiento médico y purificación. Esto mismo necesariamente han de experimentar también los compasivos y los temerosos y los emotivos en general, y los demás en la medida en que algo de esto corresponde a cada uno, y sobreviene a todos cierta purificación y un alivio con placer. De modo semejante también las melodías prácticas proporcionan alegría inofensiva a las personas; por eso hay que encargar tales armonías y tales melodías a quienes cultivan la música teatral para los concursos. Pero puesto que el público es doble, por un lado el libre y educado, por otro el vulgar compuesto de trabajadores manuales, jornaleros y otros semejantes, deben ofrecerse también concursos y espectáculos para estos, para su descanso.
Y así como sus almas están desviadas de la disposición natural, así también hay desviaciones de las armonías y de las melodías las tensas y las de colorido alterado; y produce placer a cada uno lo que le es naturalmente apropiado, por eso debe concederse permiso a los competidores para que usen ante tal público tal género de música. Pero para la educación, como se ha dicho, deben usarse las melodías éticas y las armonías correspondientes. Tal es la dórica, como dijimos antes; pero debemos aceptar también cualquier otra que aprueben quienes participan en el estudio filosófico y en la educación musical. Pero Sócrates en la República no hace bien en dejar solo la frigia junto con la dórica, y esto tras haber rechazado la flauta entre los instrumentos. Pues la frigia tiene el mismo poder entre las armonías que la flauta entre los instrumentos.
Ambas son orgíásticas y emotivas. Y lo demuestra la poesía: todo el bacanal y todo movimiento de este tipo se da sobre todo en las flautas entre los instrumentos, y en las melodías frigias entre las armonías, estos encuentran lo apropiado. Lo demuestra la poesía: por ejemplo, el ditirambo se reconoce generalmente como frigio. Y de esto dan muchos ejemplos los entendidos en la materia, entre otros que Filóxeno, al intentar componer Los Misios en modo dórico, no pudo, sino que por la naturaleza misma volvió a caer en el frigio, la armonía apropiada. Sobre el dórico todos están de acuerdo en que es el más estable y el que más tiene un carácter varonil. Además, puesto que elogiamos el término medio entre los extremos y afirmamos que debe perseguirse, y el dórico tiene esta naturaleza con respecto a las demás armonías, es evidente que las melodías dóricas son más apropiadas para educar a los jóvenes.
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Hay dos objetivos: lo posible y lo apropiado; pues es necesario practicar más lo que es posible y lo que es apropiado para cada uno. Y también estos están determinados por las edades, como por ejemplo a los que están debilitados por la edad no les resulta fácil cantar las armonías tensas, sino que la naturaleza sugiere las armonías relajadas para los de esa edad. Por eso con razón critican también esto a Sócrates algunos de los entendidos en música, que rechazara las armonías relajadas para la educación, considerándolas embriagadoras, no en el sentido de la potencia de la embriaguez, pues la embriaguez produce más bien un efecto báquico, sino como algo propio de quienes están debilitados. De modo que también con vistas a la edad futura, la de los mayores, es necesario practicar tanto estas armonías como estos cantos, y además si hay alguna de las armonías que sea apropiada para la edad de los niños por ser capaz de tener al mismo tiempo orden y educación, como parece ser el caso sobre todo de la armonía lidia entre todas las armonías. Queda claro, pues, que deben establecerse estos tres criterios para la educación: el término medio, lo posible y lo apropiado.
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