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Libro VI

La Política · Aristóteles · 27 min de lectura

Parte11316b-1323a

Ya hemos dicho antes cuántas y cuáles son las diferencias del órgano deliberativo y soberano de la constitución, de la organización de las magistraturas y de los tribunales, y qué combinación corresponde a cada constitución, y también sobre la destrucción y la conservación de las constituciones, de qué causas surgen y por qué motivos. Pero, puesto que resulta que hay varias formas de democracia y asimismo de las demás constituciones, no está de más examinar, junto con lo que pueda quedar sobre aquellas, y asignar el modo propio y conveniente a cada una. Además, hay que examinar las combinaciones de todos estos modos que hemos mencionado; pues al combinarse entre sí hacen que las constituciones se transformen, de manera que surgen aristocracias oligárquicas y repúblicas más democráticas. Me refiero a las combinaciones que se deben examinar, aunque no se han examinado hasta ahora, como cuando el órgano deliberativo y lo relativo a las elecciones están organizados oligárquicamente, pero lo relativo a los tribunales aristocráticamente, o cuando estos y el órgano deliberativo están organizados oligárquicamente y lo relativo a las elecciones aristocráticamente, o de cualquier otro modo en que no todos los elementos de la constitución se combinen coherentemente.

Ya dijimos antes qué democracia es apropiada para qué ciudad, y de igual modo qué oligarquía para qué tipo de población, y de las demás constituciones cuál conviene a quiénes. Sin embargo, puesto que es necesario aclarar no solo cuál de estas constituciones es la mejor para las ciudades, sino también cómo hay que establecerlas a estas y a las demás, vamos a tratarlo brevemente. Hablemos primero de la democracia; pues al mismo tiempo quedará claro lo referente a la constitución opuesta, que es la que algunos llaman oligarquía. Para este estudio hay que tomar todos los rasgos democráticos y lo que se considera propio de las democracias; pues de la combinación de estos resultan las formas de la democracia, y ocurre que hay más de una democracia y son diferentes entre sí. Hay dos causas por las que las democracias son varias: la primera es la que dijimos antes, que los pueblos son distintos (pues hay una multitud agrícola, otra artesanal y jornalera; cuando a la primera se añade la segunda, y a ambas a su vez la tercera, la democracia no solo difiere en ser mejor o peor, sino también en no ser la misma); la segunda es aquella de la que hablamos ahora. Pues los rasgos que acompañan a las democracias y que se consideran propios de esta constitución, al combinarse, hacen que las democracias sean distintas: a una le acompañan menos, a otra más, y a otra todos ellos. Es útil conocer cada uno de ellos tanto para establecer la que uno quiera como para las reformas. Pues los que fundan constituciones buscan reunir todos los elementos propios de acuerdo con su principio, pero se equivocan al hacerlo, como ya se dijo antes en lo referente a la destrucción y la conservación de las constituciones. Ahora digamos cuáles son los principios, los caracteres y las aspiraciones.

El principio de la constitución democrática es la libertad (pues esto suelen decir, que solo en esta constitución se participa de la libertad; pues afirman que toda democracia apunta a esto). Un rasgo de la libertad es gobernar y ser gobernado por turnos. Pues la justicia democrática consiste en tener igualdad numérica y no según el mérito, y siendo esto lo justo, la multitud es necesariamente soberana, y lo que parezca bien a la mayoría es el fin y es lo justo; pues dicen que cada uno de los ciudadanos debe tener igual participación. De modo que en las democracias resulta que los pobres tienen más poder que los ricos, pues son más numerosos, y lo que parece bien a la mayoría es soberano. Esta es, pues, una señal de la libertad, que todos los demócratas establecen como definición de su constitución. Otra es vivir como uno quiere.

Pues dicen que esto es función de la libertad, si en efecto lo propio del esclavo es vivir no como quiere. Esta es, pues, la segunda definición de democracia; de ahí ha surgido el no ser gobernado, sobre todo por nadie, o si no, por turnos, y esto contribuye por esta vía a la libertad basada en la igualdad. A partir de estos presupuestos y siendo tal el principio, los siguientes son rasgos democráticos: que todos elijan las magistraturas entre todos, que todos gobiernen a cada uno y cada uno por turnos a todos, que las magistraturas se asignen por sorteo, todas o cuantas no requieran experiencia y técnica, que las magistraturas no dependan de censo alguno o del menor posible, que nadie desempeñe la misma magistratura dos veces, o solo unas pocas veces, o pocas magistraturas excepto las militares, que las magistraturas sean breves, todas o cuantas sea posible, que todos juzguen y entre todos, y sobre todo, o sobre la mayoría de los asuntos, los más grandes y los más importantes, como las rendiciones de cuentas, la constitución y los contratos privados, que la asamblea sea soberana en todo o en lo más importante, y que ninguna magistratura lo sea de nada o de muy poco, o entre las magistraturas que sea soberano el consejo (y de las magistraturas la más democrática es el consejo, donde no hay recursos para pagar a todos;

pues en tal caso le quitan el poder también a esta magistratura; pues el pueblo, cuando dispone de paga, atrae hacia sí todas las decisiones, como se dijo antes en el estudio anterior), después que todos reciban paga, sobre todo por la asamblea, los tribunales y las magistraturas, o si no, las magistraturas, los tribunales y el consejo y las asambleas soberanas, o de las magistraturas aquellas que necesariamente coman juntas. Además, puesto que la oligarquía se define por el linaje, la riqueza y la educación, se considera que los rasgos democráticos son los contrarios a estos: falta de linaje, pobreza y trabajo manual. Además, respecto de las magistraturas, que ninguna sea vitalicia, y si alguna ha quedado de un antiguo cambio, que se le quite el poder y se la haga sorteable en lugar de electiva. Estos son, pues, los rasgos comunes a las democracias; y de la justicia que se reconoce como democrática (esto es, que todos tengan igualdad numérica) resulta la que se considera más plenamente democracia y pueblo.

Pues es igual que los pobres no gobiernen más que los ricos, ni sean soberanos ellos solos sino todos por igual [numéricamente]; pues así considerarían que en la constitución existen la igualdad y la libertad. Lo que se cuestiona después es cómo tendrán la igualdad, si hay que dividir los patrimonios de quinientos entre mil y que los mil tengan igual poder que los quinientos, o si no hay que establecer así la igualdad según esto, sino dividir de este modo y luego tomar igual número de los quinientos y de los mil, y que estos sean soberanos de las elecciones y de los tribunales. ¿Es acaso esta la constitución más justa según la justicia democrática, o más bien la basada en la multitud? Pues los demócratas dicen que es justo lo que parezca bien a la mayoría, pero los oligarcas lo que parezca bien a la mayoría de la propiedad;

pues dicen que debe decidirse según la cantidad de propiedad. Pero ambas cosas contienen desigualdad e injusticia; pues si es lo que decidan los pocos, tiranía (pues si uno solo tiene más que los demás ricos, según la justicia oligárquica es justo que gobierne solo), y si es lo que decida la mayoría numérica, cometerán injusticia confiscando los bienes de los ricos y los menos numerosos, como ya se dijo antes. Qué igualdad sería entonces aquella en que coincidirían ambos, hay que examinarla a partir de lo que ambos definen como justo. Pues dicen que debe ser soberano lo que parezca bien a la mayoría de los ciudadanos; sea así, pero no en todo caso, sino que, puesto que resulta que la ciudad consta de dos partes, ricos y pobres, sea soberano lo que parezca bien a ambos o a la mayoría de ellos, pero si opinan cosas contrarias, lo que parezca bien a los más numerosos y cuyo patrimonio sea mayor;

por ejemplo, si fueran diez unos y veinte los otros, y de los ricos seis votaran una cosa y de los más pobres quince, y cuatro de los ricos se hubieran unido a los pobres, y cinco de los pobres a los ricos: de los dos grupos, aquel cuyo patrimonio sea mayor al sumar ambos, eso sea soberano. Si resultan iguales, debe considerarse esto una dificultad común, como ahora cuando la asamblea o el tribunal se dividen en partes iguales; pues entonces hay que decidir por sorteo o hacer algo semejante. Pero respecto de lo igual y lo justo, aunque sea muy difícil encontrar la verdad sobre ellos, sin embargo es más fácil alcanzarla que persuadir a los que pueden tener más; pues siempre buscan lo igual y lo justo los más débiles, pero los que dominan no se preocupan de ello. Siendo cuatro las democracias, la mejor es la primera en orden, como se dijo en los tratados anteriores;

y esta es también la más antigua de todas. Digo primera del modo en que uno podría dividir los pueblos. Pues el mejor pueblo es el agrícola, de manera que es posible establecer una democracia donde la multitud vive de la agricultura o del pastoreo. Pues por no tener mucha propiedad no tiene tiempo libre, de modo que no celebra asamblea a menudo, y por tener lo necesario se dedican al trabajo y no ambicionan lo ajeno, sino que les resulta más agradable trabajar que dedicarse a la política y gobernar, cuando no hay grandes ganancias de las magistraturas. Pues la mayoría aspira más a la ganancia que al honor. Prueba de ello es que soportaron las antiguas tiranías y soportan las oligarquías, si nadie les impide trabajar ni les quita nada; pues rápidamente unos se enriquecen entre ellos y otros no pasan necesidad.

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Además, el hecho de tener autoridad para elegir y examinar a los magistrados llena la necesidad de los que tienen cierta ambición de honores; puesto que, en algunos pueblos, aun cuando no participen en la elección de las magistraturas sino que haya algunos elegidos por turnos de entre todos, como en Mantinea, con tal de que tengan autoridad sobre las deliberaciones, esto basta a la mayoría; y hay que considerar que esto también es una forma de democracia, como en Mantinea existió en alguna ocasión. Por eso, precisamente, conviene a la democracia antes mencionada —y suele darse— que todos elijan las magistraturas, examinen a los magistrados y juzguen, pero que las magistraturas más importantes las ocupen hombres elegidos y con cierto censo, las más importantes con censos más elevados, o bien ninguna con censo sino solo los capaces. Necesariamente quienes gobiernen así gobernarán bien (pues las magistraturas siempre estarán en manos de los mejores, queriendo el pueblo y no envidiando a los respetables), y este ordenamiento resultará suficiente para los respetables y notables.

Pues no serán gobernados por otros peores, y gobernarán justamente porque otros tienen autoridad sobre las rendiciones de cuentas. El estar sujeto a control y no poder hacer todo lo que se le antoje a uno es conveniente; pues la facultad de hacer lo que cada uno quiera no puede contener lo malo que hay en cada ser humano. De modo que necesariamente ocurre lo que es más beneficioso en los regímenes políticos: que gobiernen los respetables sin cometer errores, sin que la mayoría resulte perjudicada. Que esta es la mejor de las democracias, pues, es evidente, y por qué razón: porque depende de qué clase de pueblo sea. Para constituir un pueblo de agricultores, algunas de las leyes establecidas antiguamente en muchos lugares son del todo útiles, como el no permitir en absoluto poseer tierra más allá de cierta medida, o a partir de cierta distancia de la ciudad y la población (antiguamente estuvo legislado en muchas ciudades que ni siquiera estaba permitido vender los primeros lotes de tierra;

existe también la que dicen que es ley de Óxilo, que tiene algo de este poder: el no tomar préstamos sobre ninguna porción de la tierra que cada uno posee). Ahora, en cambio, hay que corregirlo también con la ley de los afiteos, pues es útil para lo que decimos; ellos, aunque son muchos y poseen poca tierra, sin embargo todos la cultivan; pues no valoran las propiedades en su totalidad, sino dividiéndolas en porciones tan pequeñas que incluso los pobres superan los censos. Después del pueblo agrícola, el mejor pueblo es aquel donde hay pastores y viven de los rebaños; pues tiene mucho de parecido con la agricultura, y estos están especialmente preparados por sus hábitos para las acciones militares, útiles por sus cuerpos y capaces de pasar las noches a la intemperie. Las demás clases de población, casi todas, de las que se componen las restantes democracias, son mucho peores que estas;

pues su modo de vida es malo, y no hay ninguna obra relacionada con la virtud en lo que se ocupa la población de artesanos, comerciantes y jornaleros. Además, por el hecho de que toda esta clase de gente se agita, por así decir, alrededor del ágora y la ciudad, se reúne fácilmente en asamblea; mientras que los agricultores, por estar dispersos por el campo, ni se encuentran ni necesitan de igual modo esta reunión. Donde además sucede que el territorio tiene tal posición que dista mucho de la ciudad, es fácil hacer una democracia decente y un régimen político; pues la población se ve obligada a establecer sus asentamientos en los campos, de modo que es necesario, aun cuando haya gentío del ágora, no celebrar asambleas en las democracias sin la población del campo. Cómo hay que constituir la democracia mejor y primera, pues, ha quedado dicho;

y resulta evidente también cómo las otras. Pues hay que ir progresivamente desviándose y separando siempre a la población peor. La última, por el hecho de que todos participan, ni puede soportarla toda ciudad ni es fácil que perdure si no está bien constituida en sus leyes y costumbres (las causas que destruyen tanto esta como los demás regímenes políticos han sido dichas antes en su mayoría). Para establecer esta democracia y hacer fuerte al pueblo, suelen los dirigentes incorporar al mayor número posible y hacer ciudadanos no solo a los legítimos sino también a los bastardos y a los nacidos de padre o madre ciudadano (me refiero, por ejemplo, a quienes lo son por parte de padre o de madre); pues todo esto es más apropiado a tal clase de pueblo. Así suelen, pues, los demagogos constituirlo, pero es necesario incorporar solo hasta que la población supere a los notables y a los del medio, y no ir más allá de esto;

pues sobrepasándose hacen el régimen más desordenado y exasperan más a los notables para que soporten con dificultad la democracia, lo que sucedió que fue causa de la sedición en Cirene; pues lo malo cuando es poco se pasa por alto, pero haciéndose mucho está más a la vista. Además, también son útiles para esta clase de democracia medidas como las que empleó Clístenes en Atenas queriendo aumentar la democracia, y en Cirene los que establecieron el pueblo. Deben crearse otras tribus más numerosas y fratrías, y los cultos privados deben concentrarse en unos pocos y comunes, y hay que ingeniárselas para que todos se mezclen entre sí lo más posible, y las costumbres anteriores se separen. Además, también las medidas tiránicas parecen todas democráticas, me refiero por ejemplo a la falta de control de los esclavos (esta puede ser hasta cierto punto conveniente) y de las mujeres y los niños, y el permitir que cada uno viva como quiera;

pues habrá mucho apoyo para tal régimen, ya que a la mayoría le resulta más agradable vivir desordenadamente que con moderación. Pero la tarea del legislador y de quienes quieren establecer algún régimen de este tipo no es instaurarlo —que no es el mayor trabajo ni el único—, sino más bien cómo se conservará; pues permanecer gobernándose de cualquier manera durante uno, dos o tres días no es difícil. Por eso hay que tratar, a partir de lo que se ha examinado antes sobre cuáles son las causas de conservación y destrucción de los regímenes, de procurar la seguridad, evitando las causas de destrucción y estableciendo tales leyes, tanto las no escritas como las escritas, que comprendan especialmente las causas de conservación de los regímenes, y no considerar que es democrático u oligárquico lo que hará que la ciudad sea lo más democrática u oligárquica posible, sino lo que la hará serlo durante más tiempo. Los demagogos actuales, en cambio, halagando a los pueblos, confiscan muchos bienes mediante los tribunales.

Por eso deben contrarrestar esto los que se preocupan del régimen, legislando que nada de lo confiscado y de lo obtenido sea público ni vaya al común, sino sagrado; pues los que cometen injusticia no serán menos precavidos (pues serán castigados igual), pero la multitud votará menos contra los acusados, cuando no vaya a recibir nada. Además, hacer siempre que los juicios públicos sean lo menos posible, castigando con multas grandes a quienes presenten acusaciones a la ligera; pues no suelen acusar a los demócratas sino a los notables, y es necesario que todos los ciudadanos estén lo más bien dispuestos posible hacia el régimen, y si no, al menos que no consideren enemigos a los que están en el poder. Puesto que las últimas democracias son muy populosas y es difícil reunirse en asamblea sin pago, y esto cuando no hay ingresos resulta hostil para los notables (pues necesariamente provienen de impuestos y confiscaciones y tribunales inicuos, que ya han derribado muchas democracias), donde no hay ingresos, pues, hay que hacer pocas asambleas, y tribunales de muchos jurados pero por pocos días (pues esto contribuye tanto a que no teman los ricos los gastos, aunque los acomodados no reciban paga de jurado y los pobres sí, como también a que se juzguen los casos mucho mejor;

pues los acomodados no quieren estar ausentes muchos días de sus asuntos privados, pero poco tiempo sí están dispuestos), donde hay ingresos, no hacer lo que ahora hacen los demagogos (pues distribuyen los excedentes; pero reciben y enseguida necesitan de nuevo lo mismo; pues tal ayuda a los pobres es un tonel agujereado). Sino que el verdadero demócrata debe procurar que la población no sea demasiado pobre; pues esto es causa de que la democracia sea mala. Hay que ingeniarse, pues, para que haya prosperidad duradera. Y puesto que esto conviene también a los acomodados, lo que proviene de los ingresos hay que reunirlo y distribuirlo de golpe a los pobres, especialmente si se puede acumular tanto como para la adquisición de un terreno, y si no, para el capital inicial de un comercio y de la agricultura; y, si no es posible para todos, al menos distribuirlo por turnos según tribus o alguna otra división, y mientras tanto que los acomodados aporten el pago para las reuniones necesarias, liberados de las liturgias inútiles.

Gobernándose de algún modo así, los cartagineses se han ganado la amistad del pueblo; pues siempre enviando a algunos del pueblo hacia las colonias vecinas los hacen prósperos. Es propio de notables distinguidos y sensatos también el repartir a los pobres y darles medios iniciales para encaminarlos al trabajo. Está bien también imitar a los tarentinos. Ellos, haciendo comunes sus propiedades para el uso de los pobres, se procuran la buena disposición de la mayoría; además hicieron todas las magistraturas dobles, unas electivas y otras sorteadas, las sorteadas para que el pueblo participe de ellas, las electivas para que se gobierne mejor. Y esto puede hacerse también dividiendo la misma magistratura entre unos sorteados y otros electos. Cómo hay que constituir las democracias, pues, ha quedado dicho. Y casi también es evidente a partir de esto cómo debe hacerse con las oligarquías.

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Cada oligarquía debe constituirse a partir de los principios contrarios, ajustándola por analogía a la democracia opuesta. La oligarquía más equilibrada y primera —que es la más cercana a lo que se llama república— debe dividir los censos estableciendo unos menores y otros mayores: los menores, a partir de los cuales participarán en las magistraturas necesarias; los mayores, a partir de los cuales participarán en las más importantes. Quien alcance el censo podrá participar en el gobierno, de modo que se incorpore tal cantidad del pueblo mediante el censo que resulten superiores a quienes no participan. Siempre hay que tomar como partícipes a los del pueblo mejor. De modo semejante, también la siguiente oligarquía debe configurarse aumentando un poco la tensión. La que se opone a la última democracia, que es la más despótica y tiránica de las oligarquías, cuanto peor es, tanto mayor vigilancia necesita. Pues así como los cuerpos que gozan de buena salud y los barcos que están bien equipados para la navegación con sus tripulantes admiten más errores sin destruirse por ellos, mientras que los cuerpos enfermos y los barcos deteriorados y provistos de malos tripulantes no pueden soportar ni siquiera errores pequeños, así también entre los regímenes políticos los peores necesitan mayor vigilancia.

En general, lo que preserva a las democracias es la numerosidad de población (pues esto se opone a la justicia según el mérito); en cambio, es evidente que la oligarquía debe alcanzar su salvación a partir del principio contrario: el buen orden. Puesto que son cuatro las partes principales de la multitud —la agrícola, la artesanal, la mercantil y la jornalera—, y cuatro las útiles para la guerra —la caballería, la hoplita, la infantería ligera y la naval—, allí donde resulta que el territorio es apropiado para caballos, conviene naturalmente establecer una oligarquía fuerte (pues la seguridad de los habitantes depende de esta fuerza, y la cría de caballos es propia de quienes poseen grandes fortunas); donde sea apropiado para hoplitas, la siguiente oligarquía (pues el cuerpo hoplita es más propio de los acomodados que de los pobres); pero la fuerza de infantería ligera y la naval son enteramente democráticas. Ahora bien, donde existe tal clase en gran número, cuando hay conflictos, a menudo combaten en peor situación.

Pero hay que tomar remedio para esto de los generales militares, que combinan con la fuerza de caballería y la hoplita la apropiada de infantería ligera. Por este medio el pueblo predomina sobre los acomodados en los conflictos internos: pues siendo infantería ligera combaten fácilmente contra caballería y hoplitas. Establecer esta fuerza a partir de ellos es establecerla contra uno mismo. Hay que dividir por edades, habiendo mayores y más jóvenes, y enseñar a sus propios hijos, siendo aún jóvenes, los trabajos ligeros y de infantería ligera, y una vez separados de la infancia, que ellos mismos sean atletas en estas tareas. La participación en el gobierno debe darse a la multitud o bien, como se dijo antes, a quienes alcancen el censo, o bien como en Tebas, a quienes se hayan abstenido durante cierto tiempo de trabajos artesanales, o bien como en Marsella, seleccionando a los dignos entre quienes están en el gobierno y quienes están fuera.

Además, a las magistraturas más importantes, que deben ocupar quienes participan en el gobierno, hay que asociarles servicios públicos, para que el pueblo no participe voluntariamente y tenga indulgencia con los gobernantes, considerando que pagan un alto precio por la magistratura. Conviene que al entrar en el cargo realicen sacrificios magníficos y construyan alguna obra pública, para que el pueblo, participando en los banquetes y viendo la ciudad embellecida con ofrendas votivas y edificios, contemple con satisfacción la permanencia del régimen. Resultará también que los notables tengan monumentos de su gasto. Pero esto no lo hacen ahora los oligarcas, sino lo contrario: buscan las ganancias no menos que el honor. Por eso es correcto llamarlas pequeñas democracias. Quede determinado de este modo cómo deben constituirse las democracias y las oligarquías.

Lo que sigue a lo dicho es distinguir adecuadamente lo relativo a las magistraturas: cuántas, cuáles y para qué, como también se dijo antes. Sin las magistraturas necesarias es imposible que exista una ciudad, y sin las que sirven al buen orden y la organización es imposible habitarla bien. Además, necesariamente en las ciudades pequeñas las magistraturas deben ser menos, y en las grandes más, como se dijo antes. No debe pasar inadvertido, pues, cuáles conviene reunir y cuáles separar. Primera entre las necesarias es la supervisión del mercado, para la cual debe haber una magistratura que vigile tanto los contratos como el buen orden: pues es casi inevitable para todas las ciudades comprar unas cosas y vender otras según la necesidad mutua, y esto es lo más inmediato para la autosuficiencia, por la cual parecen haberse reunido en una sola comunidad política.

Otra supervisión contigua y cercana a esta es la de los edificios públicos y privados en la ciudad, para que haya buen orden, y la conservación y reparación de los edificios que se derrumban y de los caminos, y de las lindes entre vecinos, para que no haya reclamaciones, y cuantas otras tareas de supervisión sean similares. La mayoría llama a tal magistratura «administración urbana», y tiene varias secciones en número, de las cuales asignan unas a unos y otras a otros en las ciudades más populosas: por ejemplo, constructores de murallas, supervisores de fuentes y vigilantes de puertos. Otra magistratura necesaria y semejante a esta se ocupa de los mismos asuntos, pero en el campo y en los alrededores de la ciudad. Unos llaman a estos magistrados «agronomos» y otros «guardabosques». Estas son, pues, tres supervisiones de estos asuntos. Otra magistratura es aquella a la que se destinan los ingresos públicos, que los custodian y los distribuyen para cada administración.

Los llaman «receptores» y «tesoreros». Otra magistratura es aquella en la que deben registrarse los contratos privados y las sentencias de los tribunales. Ante estos mismos deben presentarse también las demandas y las introducciones de los juicios. En algunos lugares dividen también esta magistratura en varias, pero donde hay una sola tiene autoridad sobre todo esto. Se les llama «hieromnemones», «epístatas», «mnemones» y otros nombres semejantes. Después de esta viene la siguiente, la casi más necesaria y más difícil de las magistraturas: la que se ocupa de la ejecución de las condenas, de quienes están en la lista de morosos y de la custodia de las personas. Es difícil porque conlleva mucho odio, de modo que donde no hay grandes ganancias, ni aceptan desempeñarla ni, una vez aceptada, quieren actuar conforme a las leyes.

Pero es necesaria, porque de nada sirve que haya juicios sobre la justicia si estos no llegan a término; de modo que si sin juicios es imposible la convivencia, también lo es sin ejecuciones. Por eso es mejor que esta magistratura no sea una sola, sino que corresponda a diferentes personas de diferentes tribunales, e intentar igualmente dividir lo relativo a las listas de morosos. Además, que ejecuten también algunas sentencias las magistraturas, tanto las demás como las de los nuevos más bien en los casos recientes, y que de las sentencias vigentes una sea la que condena y otra la que ejecuta, como los administradores urbanos ejecutan las sentencias de los inspectores del mercado, y las de aquellos, otros. Cuanto menos odio tengan los ejecutores, tanto más llegarán a término las ejecuciones. Que los mismos que condenaron ejecuten conlleva doble odio, y que los mismos lo hagan en todos los casos los hace enemigos de todos.

En muchos lugares se ha separado la magistratura que custodia de la que ejecuta, como en Atenas los llamados Once. Por eso es mejor separar también esta y buscar el artificio también para ella. Pues es necesaria no menos que la mencionada, pero sucede que los hombres decentes huyen sobre todo de esta magistratura, y no es seguro dar poder a los malvados, pues ellos necesitan vigilancia más que poder vigilar a otros. Por eso no debe haber una sola magistratura designada para ellos, ni continua y siempre la misma, sino que de los jóvenes, donde haya cuerpo de efebos o guardias, y de las magistraturas, otros deben ocuparse de la supervisión por turnos. Estas magistraturas deben establecerse como las primeras y más necesarias. Después de estas vienen las no menos necesarias, pero ordenadas en rango superior.

Pues requieren mucha experiencia y confianza. Tales serían las relativas a la vigilancia de la ciudad y cuantas se ordenan para las necesidades militares. Tanto en paz como en guerra debe haber igualmente supervisores de la vigilancia de puertas y murallas, y de la revista y organización de los ciudadanos. Así pues, donde hay más magistraturas para todo esto, donde menos, como en las ciudades pequeñas una para todo. Llaman a tales magistrados «estrategos» y «polemarcos». Además, si hay jinetes o infantería ligera o arqueros o flota, a veces se establece también una magistratura para cada uno de estos, que se llaman «navarcados», «hiparcados» y «taxiarcados», y por secciones las subordinadas a estas: «trierarcados», «locagados» y «filarcados», y cuantas secciones de estos haya. Pero el conjunto es una sola forma de esto: la supervisión de asuntos militares.

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Respecto a esta magistratura, así están las cosas. Ahora bien, puesto que algunas magistraturas, aunque no todas, administran muchos de los asuntos comunes, es necesario que exista otra que reciba las cuentas y las supervise sin administrar ella misma ningún otro asunto. A estos magistrados los llaman unos «examinadores», otros «auditores», otros «inspectores» y otros «defensores». Por encima de todas estas magistraturas está la que tiene mayor autoridad sobre todo, pues con frecuencia la misma tiene a su cargo tanto la culminación como la introducción de los asuntos, o preside a la multitud allí donde el pueblo es soberano; en efecto, el órgano que convoca al soberano debe ser soberano de la constitución. Este órgano se llama en algunos lugares «comité preparatorio» porque prepara las deliberaciones, pero donde hay una multitud se llama más bien «consejo». Así pues, estas son aproximadamente todas las magistraturas de carácter político. Pero hay otra clase de supervisión, la relativa a los dioses, como los sacerdotes y los encargados de los asuntos sagrados para conservar lo existente y reparar las construcciones que se deterioran, y todo lo demás que está ordenado en relación con los dioses.

Sucede que esta supervisión en algunos lugares es una sola, como en las ciudades pequeñas, pero en otros hay muchas separadas del sacerdocio, como los organizadores de sacrificios, los guardianes de templos y los tesoreros de los bienes sagrados. Relacionada con esta está la magistratura destinada a todos los sacrificios comunes que la ley no atribuye a los sacerdotes, sino que reciben su honor del hogar común; a estos magistrados los llaman unos «arcontes», otros «reyes» y otros «prítanes». Así pues, las supervisiones necesarias, para decirlo resumidamente, son estas: las relativas a los asuntos divinos, las militares, las de los ingresos y gastos, las del mercado, la ciudad, los puertos y el campo; además, las de los tribunales, los registros de contratos, las ejecuciones y custodias, y las de auditorías, inspecciones y supervisión de las magistraturas; y finalmente, las que se ocupan de las deliberaciones sobre los asuntos comunes.

Son propias de las ciudades más cultas y prósperas, y que además se preocupan por el buen orden, la supervisión de mujeres, la guardia de las leyes, la supervisión de niños, la dirección de los gimnasios, y además la supervisión de los certámenes atléticos y dionisíacos, y de cualquier otro espectáculo semejante que haya. Algunas de estas magistraturas claramente no son democráticas, como la supervisión de mujeres y de niños; pues los pobres, por falta de esclavos, necesariamente utilizan a las mujeres y a los niños como sirvientes. De las tres magistraturas mediante las cuales algunos eligen a las autoridades supremas —guardianes de las leyes, comité preparatorio y consejo—, los guardianes de las leyes son propios de la aristocracia, el comité preparatorio de la oligarquía, y el consejo de la democracia. Así pues, respecto a las magistraturas, en líneas generales, se ha hablado aproximadamente de todas.

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