Libro VII
Parte11323a-1337a
Quien pretenda realizar una investigación adecuada sobre el mejor régimen político debe definir primero qué vida es la más deseable. Pues si eso queda poco claro, necesariamente el mejor régimen político también quedará poco claro: es natural que vivan mejor quienes se gobiernan del mejor modo según sus circunstancias, salvo que ocurra algo inesperado. Por eso es preciso acordar primero qué vida es, por así decir, la más deseable para todos, y después de eso si es la misma en común y para cada uno por separado, o si es distinta. Considerando entonces que se han dicho suficientemente muchas cosas, incluso en las discusiones exotéricas, sobre la vida mejor, debemos servirnos de ellas también ahora. Porque en verdad nadie discutiría respecto a una distinción: que, siendo tres las clases de bienes —los externos, los del cuerpo y los del alma—, todos ellos deben pertenecer a los felices. Pues nadie llamaría feliz a quien no posee ninguna parte de valentía, ni de moderación, ni de justicia, ni de prudencia, sino que teme las moscas que pasan volando, que no se abstiene de nada, por atroz que sea, cuando desea comer o beber, y que por un cuarto de óbolo destruye a sus seres más queridos [amigos], y que es igualmente insensato y engañado en lo referente al entendimiento como un niño o un loco.
Pero estas cosas, una vez dichas [así], todos las concederían; en cambio discrepan en cuanto a la cantidad y las superioridades. Pues creen que basta con tener cualquier cantidad de virtud, por pequeña que sea, mientras que de riqueza, bienes, poder, fama y todas las cosas semejantes buscan la superioridad hasta el infinito. Pero nosotros les diremos que es fácil obtener certeza sobre esto también a través de los hechos, viendo que no se adquieren ni se conservan las virtudes mediante los bienes externos, sino estos mediante aquellas, y que el vivir felizmente, ya consista para los hombres en el placer, ya en la virtud, ya en ambos, corresponde más a quienes han cultivado hasta el extremo su carácter y su pensamiento, pero son moderados en la posesión externa de bienes, que a quienes poseen más de estos de lo que resulta útil, pero son deficientes en aquellos.
Pero además es fácil de ver también para quienes lo examinan según la razón. Los bienes externos tienen un límite, como cualquier instrumento (y todo lo útil es útil para algo), y su exceso necesariamente daña o no produce ningún provecho a quienes los poseen; en cambio cada uno de los bienes del alma, cuanto más abunda, tanto más útil es, si es que hay que atribuir a estos no solo lo noble sino también lo útil. En general, afirmaremos que es evidente que la mejor disposición de cada cosa se corresponde entre sí según la superioridad que tienen aquellas cosas de las que decimos que son disposiciones [estas]. De modo que, si el alma es más valiosa que la posesión y que el cuerpo, tanto en términos absolutos como para nosotros, necesariamente también la mejor disposición de cada una debe guardar proporción con estas. Además, estas cosas son por naturaleza deseables en razón del alma, y todos los sensatos deben elegirlas así, y no el alma en razón de aquellas.
Quede pues convenido para nosotros que a cada uno le corresponde tanta felicidad cuanta virtud y prudencia posee, y cuanto obra según ellas, tomando como testigo a dios, que es feliz y bienaventurado, no por ninguno de los bienes externos sino por sí mismo y por ser de cierta cualidad en su naturaleza, puesto que también la buena fortuna es necesariamente distinta de la felicidad por esta razón (pues de los bienes externos al alma son causa el azar y la fortuna, pero nadie es justo ni moderado por fortuna ni a causa de la fortuna). Lo que sigue, y requiere los mismos argumentos, es que también la ciudad feliz es la mejor y la que obra noblemente. Es imposible obrar noblemente para quienes no realizan acciones nobles; y ninguna acción noble, ni de un hombre ni de una ciudad, existe sin virtud y prudencia.
Y la valentía de una ciudad, y la justicia y la prudencia tienen el mismo poder y la misma forma que aquellas de las que, al participar, cada uno de los hombres es llamado justo, prudente y moderado. Pero estas consideraciones sirvan de introducción hasta este punto: pues no es posible no tocarlas, pero tampoco es posible examinar todos los argumentos relacionados, pues eso es tarea de otro tipo de estudio. Por ahora quede establecido esto: que la vida mejor, tanto para cada uno por separado como en común para las ciudades, es la vida con virtud provista hasta el punto de participar de las acciones según la virtud; en cuanto a quienes discrepan, dejándolos para la investigación actual, habrá que examinarlos después, si alguien resulta no estar convencido por lo dicho. Queda por decir si hay que afirmar que la felicidad es la misma para cada uno de los hombres y para la ciudad, o no es la misma.
Esto también es evidente. Todos reconocerían que es la misma. Pues quienes sitúan el vivir bien en la riqueza para uno solo, ellos mismos también llamarían feliz a la ciudad entera, si es rica; y quienes honran sobre todo la vida tiránica, dirían que es más feliz la ciudad que gobierna sobre la mayor cantidad; y si alguien aprueba al individuo por su virtud, también dirá que es más feliz la ciudad más virtuosa. Pero aquí ya hay dos cosas que requieren examen: una es qué vida es más deseable, la que consiste en participar en política y compartir la vida de la ciudad, o más bien la del extranjero desligado de la comunidad política; además, qué régimen político hay que considerar y qué disposición de la ciudad es la mejor, tanto si es deseable para todos <el> compartir la vida de la ciudad como si no lo es para algunos pero sí para la mayoría. Y puesto que esto es tarea del pensamiento y la contemplación política, y no lo concerniente a lo deseable para cada individuo, y nosotros hemos elegido ahora esta investigación, aquello sería algo secundario y esto la tarea de este método.
Que necesariamente el mejor régimen político es <aquel> orden según el cual cualquiera actuaría mejor y viviría felizmente, es evidente. Pero se discute, incluso entre quienes admiten que la vida con virtud es la más deseable, si es deseable la vida política y activa o más bien la desligada de todo lo externo, como cierta vida contemplativa, que algunos dicen que es la única filosófica. Pues casi estos dos tipos de vida parecen elegir quienes son más ambiciosos de virtud, tanto los antiguos como los de ahora; me refiero a estos dos: la vida política y la filosófica. Y no es pequeña la diferencia sobre cuál es la verdad: pues el que piensa bien necesariamente debe orientarse hacia el mejor objetivo, tanto cada uno de los hombres como en común el régimen político. Unos creen que gobernar sobre los vecinos despóticamente implica la mayor injusticia, y políticamente no implica injusticia, pero sí es un obstáculo para el propio bienestar.
Otros opinan, por el contrario, de modo opuesto a estos: que solo la vida activa y política es propia de un hombre, pues en cada virtud no hay más acciones para los particulares que para quienes se ocupan de los asuntos comunes y participan en política. Unos piensan así, mientras que otros dicen que solo el modo de gobierno despótico y tiránico es feliz. Entre algunos incluso este es el objetivo del régimen político y de las leyes: dominar a los vecinos. Por eso, aunque la mayoría de las leyes están establecidas en la mayoría de los casos confusamente, por así decir, aun así, si en algún lugar las leyes apuntan a algo único, todas ellas apuntan al dominio, como en Esparta y Creta, donde casi toda la educación y la mayor parte de las leyes están ordenadas para las guerras; además, entre todas las naciones que pueden tener ventaja, está honrado tal poder, como entre escitas, persas, tracios y celtas.
Pues en algunos casos hay incluso ciertas leyes que estimulan hacia esta virtud, como dicen que en Cartago se recibe el adorno de anillos según cuántas campañas militares hayan hecho; y en cierto momento en Macedonia había una ley que prohibía ceñirse la hebilla al que no hubiera matado a un enemigo; entre los escitas no se permitía beber de la copa que circulaba en cierta fiesta al que no hubiera matado a un enemigo; y entre los íberos, una nación guerrera, clavan en torno a la tumba tantas estacas en número como enemigos haya destruido; y hay muchas otras costumbres semejantes entre otros pueblos, unas establecidas por leyes y otras por costumbres. Y sin embargo podría parecer sumamente absurdo para quienes quieran examinarlo, si esta es la tarea del político: poder considerar cómo gobernar y dominar a los vecinos, tanto si quieren como si no quieren.
Pues ¿cómo podría ser esto político o legislativo, si ni siquiera es legítimo? No es legítimo gobernar no solo justamente sino también injustamente, y es posible dominar también injustamente. Pero sin embargo tampoco vemos esto en las demás ciencias: pues no es tarea del médico ni del piloto persuadir o forzar, el uno a sus pacientes, el otro a los navegantes. Pero la mayoría parece creer que el gobierno despótico es político, y lo que cada uno dice que no es justo ni conveniente para sí mismo, no se avergüenzan de practicarlo hacia los demás: pues para sí mismos buscan gobernar justamente, pero respecto a los demás no les importan las cosas justas. Es absurdo si por naturaleza no hay algo que sea por naturaleza esclavo y algo que no sea por naturaleza esclavo, de modo que, si es así, no hay que intentar dominar a todos, sino a quienes son por naturaleza esclavos, como tampoco hay que cazar hombres para un banquete o un sacrificio, sino lo que es apto para ser cazado con ese fin.
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Es objeto de caza todo animal salvaje que sea comestible. Pero sin duda podría también ser feliz por sí misma una sola ciudad, siempre que esté gobernada con arreglo a buenas leyes, si es que cabe que exista en algún lugar una ciudad que viva aislada bajo leyes excelentes, cuya organización política no esté orientada hacia la guerra ni hacia el dominio de los enemigos; porque supongamos que no existe nada de eso. Es evidente, entonces, que todos los cuidados relativos a la guerra han de considerarse nobles, pero no como el fin último de todos, sino en función de ese fin. Le corresponde al legislador serio observar de qué modo una ciudad, un linaje de hombres y toda otra comunidad participarán de una vida buena y de la felicidad que les sea posible. Diferirán, sin embargo, algunas de las leyes que se establezcan; y es propio de la labor legislativa ver, si existen vecinos, qué relaciones debe cultivar con cada uno de ellos o cómo debe usar lo que corresponda hacia cada uno.
Pero esto podrá recibir más adelante el examen apropiado: hacia qué fin debe orientarse la mejor constitución. En cuanto a los que están de acuerdo en que la vida más deseable es la que va acompañada de virtud, pero discrepan sobre su ejercicio, hemos de hablar dirigiéndonos a ambos bandos (pues unos rechazan los cargos políticos, considerando que la vida del hombre libre es distinta de la del político y la más deseable de todas, mientras que otros consideran esta última la mejor; porque es imposible que quien no hace nada haga algo bien, y el éxito y la felicidad son lo mismo): que en parte ambos tienen razón y en parte no. Unos, en que la vida del hombre libre es mejor que la del dueño de esclavos. Esto es verdad; porque no hay nada digno en usar a un esclavo en cuanto esclavo; pues dar órdenes sobre cosas necesarias no participa en nada de lo noble.
Pero creer que todo gobierno es despotismo no es correcto; porque el gobierno sobre hombres libres dista del gobierno sobre esclavos no menos que lo libre por naturaleza de lo esclavo por naturaleza. Sobre esto ya se ha distinguido suficientemente en nuestros primeros razonamientos. Elogiar más la inactividad que la acción no es verdad; porque la felicidad es acción, y además las acciones de los justos y los prudentes tienen como fin muchas cosas nobles. Y sin embargo, alguien podría suponer, una vez establecidas estas distinciones, que lo mejor es tener autoridad sobre todos; pues así sería dueño de las acciones más numerosas y nobles. De modo que quien puede gobernar no debe ceder el poder a su vecino, sino más bien arrebatárselo, y no tomar en cuenta ni el padre a los hijos ni los hijos al padre ni en absoluto el amigo al amigo ni preocuparse por esto; porque lo mejor es lo más deseable, y el éxito es lo mejor.
Quizá esto lo digan con verdad, si es que les va a corresponder a quienes despojan y violentan lo más deseable de lo que existe; pero quizá no sea posible que les corresponda, sino que esta suposición es falsa. Porque ya no pueden ser nobles las acciones de quien no se diferencia tanto como el hombre de la mujer o el padre de los hijos o el amo de los esclavos; de modo que el transgresor no podría lograr después nada tan grande como lo que ya se ha apartado de la virtud. Para los iguales, lo noble y lo justo está en la alternancia, pues esto es igual y semejante; en cambio, lo desigual para los iguales y lo desemejante para los semejantes va contra naturaleza, y nada de lo que va contra naturaleza es noble. Por eso, si existe algún otro que sea superior en virtud y en capacidad para realizar las mejores acciones, es noble seguirlo y justo obedecerlo. Pero no solo debe existir la virtud, sino también la capacidad, gracias a la cual será capaz de actuar.
Pero si se dicen estas cosas correctamente y hay que identificar la felicidad con el éxito, tanto en común para toda ciudad como para cada individuo, la mejor vida sería la activa. Pero la vida activa no tiene por qué ser necesariamente en relación con otros, como creen algunos, ni los únicos pensamientos activos son los que surgen del actuar en función de los resultados, sino mucho más los que son autosuficientes y las contemplaciones y reflexiones por sí mismas; porque el éxito es un fin, de modo que también es cierta acción. Y sobre todo decimos que actúan en sentido propio, incluso entre las acciones externas, los que son arquitectos con sus pensamientos. Pero tampoco es necesario que permanezcan inactivas las ciudades que se han establecido aisladas y han elegido vivir así; porque esto puede ocurrir también por partes: hay muchas relaciones mutuas entre las partes de la ciudad. De igual modo, esto se da también en cualquier individuo:
de lo contrario, difícilmente estarían bien el dios y todo el cosmos, que no tienen acciones externas aparte de las propias suyas. Que la mejor vida ha de ser necesariamente la misma para cada uno de los hombres y en común para las ciudades y los hombres, es evidente. Puesto que lo que ahora se ha dicho sobre esto queda como introducción, y ya hemos examinado antes las demás constituciones, el comienzo de lo que resta es decir primero qué condiciones debe haber en la ciudad que vaya a organizarse según nuestro deseo. Porque no es posible que surja la mejor constitución sin una provisión adecuada. Por eso hay que presuponer muchas cosas como si las deseáramos, pero que ninguna de ellas sea imposible; me refiero, por ejemplo, al número de ciudadanos y al territorio. Pues así como también a los demás artesanos, por ejemplo al tejedor y al constructor de barcos, les debe corresponder una materia adecuada para su labor (y cuanto mejor esté esta preparada, más bello será necesariamente lo que resulte del arte), así también al político y al legislador les debe corresponder la materia propia convenientemente dispuesta.
El primer recurso de la política es el número de hombres, cuántos y de qué naturaleza deben ser, e igualmente el territorio, qué extensión debe tener y de qué tipo. La mayoría cree que conviene que la ciudad feliz sea grande; pero si esto es verdad, ignoran cuál es una ciudad grande y cuál pequeña. Pues juzgan el tamaño por el número de habitantes, cuando más bien hay que mirar no al número sino a la capacidad. Porque también la ciudad tiene cierta función, de modo que hay que considerar que es la más grande la que mejor pueda cumplirla, así como se podría decir que Hipócrates es más grande no como hombre sino como médico que quien lo supera en tamaño corporal. Sin embargo, incluso si hay que juzgar mirando al número, no debe hacerse según cualquier número (porque es necesario que en las ciudades haya quizá una cantidad numerosa de esclavos, metecos y extranjeros), sino según cuantos son parte de la ciudad y de los cuales se compone la ciudad como partes propias;
pues el exceso del número de estos es signo de una ciudad grande, pero aquella de la que salen muchos artesanos en número pero pocos hoplitas, es imposible que sea grande; porque no es lo mismo una ciudad grande que una populosa. Pero además esto es evidente también por los hechos: que es difícil, y quizá imposible, que esté bien legislada una ciudad excesivamente populosa; al menos de las que parecen estar bien gobernadas no vemos ninguna que sea laxa respecto al número. Esto es claro también por la demostración de los razonamientos. Pues la ley es cierto orden, y la buena legislación es necesariamente buen orden, pero el número excesivamente grande no puede participar del orden; porque esto es obra de un poder divino, el que también mantiene cohesionado este todo. Por eso también es necesario que sea la más bella aquella ciudad en la que se da el límite mencionado junto con la magnitud;
puesto que lo bello suele darse en número y magnitud, pero existe también cierta medida del tamaño de una ciudad, igual que de todas las demás cosas: animales, plantas, instrumentos; porque cada uno de estos, si es demasiado pequeño o excesivo en magnitud, no tendrá su propia capacidad, sino que unas veces estará completamente privado de su naturaleza y otras en mal estado, como un barco de un palmo no será un barco en absoluto, ni tampoco uno de dos estadios, y al llegar a cierto tamaño, unas veces por su pequeñez hará defectuosa la navegación, otras veces por su exceso; igualmente también una ciudad compuesta de muy pocos no es autosuficiente (y la ciudad es autosuficiente), y la compuesta de demasiados es autosuficiente en lo necesario como una nación, pero no es una ciudad; porque no es fácil que exista una constitución: ¿quién será el general de una multitud excesiva, o quién será el heraldo si no es un Estentóreo?
Por eso es necesario que sea ciudad primera aquella compuesta de una cantidad tal que sea la primera multitud autosuficiente para vivir bien según la comunidad política; y es posible que sea mayor ciudad la que supera a esta en número, pero esto no es indefinido, como dijimos. Cuál es el límite del exceso, es fácil verlo por los hechos. Pues las acciones de la ciudad corresponden unas a los gobernantes y otras a los gobernados, y la función del gobernante es dar órdenes y juzgar; ahora bien, para juzgar sobre lo justo y para distribuir los cargos según el mérito, es necesario que los ciudadanos se conozcan unos a otros, qué clase de personas son, porque donde esto no ocurre, necesariamente salen mal las cosas relativas a los cargos y a los juicios. Pues sobre ambos asuntos no es justo improvisar, lo cual sucede claramente en el caso de una población excesiva.
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Además, resulta fácil para extranjeros y metecos participar de la ciudadanía, pues no es difícil pasar inadvertido debido al exceso de población. Queda claro, entonces, que este es el mejor límite de una ciudad: el máximo exceso de población compatible con la autosuficiencia de vida y que sea fácil de abarcar con la mirada. Sobre el tamaño de la ciudad quede establecido de este modo. De manera semejante se plantea también lo relativo al territorio. Pues en cuanto a qué tipo debe ser, es evidente que todos alabarían el más autosuficiente (y debe ser necesariamente el que produzca de todo, porque tener todo disponible y no necesitar nada es ser autosuficiente); en cuanto a cantidad y extensión, la suficiente para que los habitantes puedan vivir con ocio, de manera libre y a la vez moderada. Si establecemos este límite de forma correcta o incorrecta, habrá que examinarlo más detenidamente después, cuando corresponda hacer mención en general de la propiedad y de la abundancia de recursos, cómo debe ser y de qué manera hay que usarla.
Pues hay muchas controversias acerca de esta cuestión por culpa de quienes arrastran hacia cada uno de los extremos del modo de vida: unos hacia la mezquindad, otros hacia el lujo. La forma del territorio no es difícil de indicar (aunque en algunos puntos hay que hacer caso también a los expertos en estrategia militar): debe ser de difícil acceso para los enemigos y de fácil salida para los propios habitantes. Además, del mismo modo que dijimos que la población debe ser fácil de abarcar con la mirada, así también el territorio; y que el territorio sea fácil de abarcar con la mirada significa que sea fácil de socorrer. La ubicación de la ciudad, si hay que establecerla según nuestro deseo, conviene que esté bien situada tanto respecto al mar como respecto al territorio. Uno es el límite ya mencionado (pues debe ser accesible desde todos los lugares para las expediciones de auxilio); el otro se refiere al transporte de las cosechas producidas, y también de la madera, y si el territorio posee alguna otra producción de este tipo, que sea fácil de transportar.
Sobre la comunicación con el mar, si es beneficiosa para las ciudades bien gobernadas o perjudicial, sucede que discuten mucho. Pues dicen que recibir como huéspedes a gentes educadas en otras leyes es inconveniente para el buen gobierno, y también la excesiva población; ya que esta se produce por usar el mar enviando y recibiendo multitud de comerciantes, lo cual se opone al buen gobierno. Ahora bien, no resulta dudoso que si estos inconvenientes no se producen, es mejor tanto para la seguridad como para la provisión de lo necesario que la ciudad y el territorio participen del mar. Pues, en efecto, para soportar más fácilmente las guerras, los que han de salvarse deben poder recibir auxilio por ambos medios, tanto por tierra como por mar, y para dañar a los atacantes, si no es posible por ambos, lo será más por uno de ellos si participan de los dos.
Y tanto lo que no tienen en su propio territorio, recibirlo, como lo que produce en abundancia, exportarlo, es una necesidad. Pues la ciudad debe dedicarse al comercio para sí misma, no para otros; los que se ofrecen a todos como mercado lo hacen por lucro, pero la ciudad que no debe participar de semejante afán de ganancia tampoco debe poseer un emporio de ese tipo. Pero como también ahora vemos que muchos territorios y ciudades poseen puertos y astilleros situados naturalmente bien respecto a la ciudad, de modo que ni ocupan la misma zona urbana ni están demasiado lejos, sino que se hallan bajo el control de murallas y otras fortificaciones semejantes, es evidente que si se produce algún bien a través de la comunicación con ellos, este bien estará al alcance de la ciudad, y si algo resulta perjudicial, será fácil guardarse de ello mediante leyes que prescriban y distingan a quiénes no se debe y a quiénes se debe permitir relacionarse entre sí.
Sobre el poder naval, no resulta dudoso que es mejor que exista hasta cierto número (pues hay que ser temibles y poder prestar auxilio no solo a los propios sino también a algunos de los vecinos, tanto por mar como por tierra); pero en cuanto a la cantidad y magnitud de este poder, hay que considerarla en relación con el modo de vida de la ciudad. Pues si va a vivir una vida hegemónica y política, es necesario que también este poder esté disponible en proporción adecuada a tales acciones. Pero la excesiva población que se produce en torno a la masa naval no es necesario que exista en las ciudades, pues no deben formar parte alguna de la ciudad. Pues la infantería de marina es libre y pertenece a los que combaten a pie, que es la que tiene el poder y el control de la navegación; y habiendo abundancia de periecos y de quienes cultivan la tierra, es necesario que haya también abundancia de marinos.
Vemos que esto se da también ahora en algunos casos, como en la ciudad de los heracleotas; pues equipan muchas trirremes, aunque poseen una ciudad más pequeña que otras. Sobre el territorio de las ciudades, los puertos, el mar y el poder naval, quede establecido de este modo. En cuanto a la población ciudadana, sobre qué límite debe tener, lo dijimos antes; sobre qué cualidades naturales deben poseer, digámoslo ahora. Uno podría comprender esto casi con solo mirar tanto a las ciudades reputadas de los griegos como a la tierra habitada entera, cómo está distribuida entre los pueblos. Pues los pueblos de las regiones frías y los de Europa están llenos de ánimo, pero son más bien escasos en inteligencia y habilidad técnica, por lo cual siguen siendo más bien libres, pero sin organización política y sin capacidad para gobernar a los vecinos.
Los de Asia, en cambio, son inteligentes y hábiles en el alma, pero faltos de ánimo, por lo cual siguen siendo gobernados y esclavizados. Pero el linaje de los griegos, del mismo modo que ocupa una posición intermedia según los lugares, así también participa de ambos. Pues es animoso e inteligente; por eso sigue siendo libre y con el mejor gobierno político y capaz de gobernar a todos, si alcanzara una sola constitución. La misma diferencia tienen también los pueblos de los griegos entre sí: unos poseen una naturaleza de un solo aspecto, otros están bien equilibrados en ambas capacidades. Es evidente, por tanto, que deben ser inteligentes y animosos por naturaleza los que habrán de ser dóciles al legislador para alcanzar la virtud. Pues lo que algunos dicen que debe existir en los guardianes, ser afectuosos con los conocidos pero salvajes con los desconocidos, es el ánimo lo que produce el afecto.
Pues esta es la facultad del alma con la que amamos. Señal de ello: el ánimo se levanta más contra los allegados y amigos que contra los desconocidos, cuando cree ser despreciado. Por eso también Arquíloco, reprochando con razón a sus amigos, dialoga con su ánimo: «Pues tú te ahogas por culpa de amigos». También el mando y la libertad proceden de esta facultad en todos, pues el ánimo es dominador e invencible. Pero no es correcto decir que hay que ser duros con los desconocidos, pues con nadie hay que ser así, ni los magnánimos son por naturaleza salvajes, excepto con los que cometen injusticia. Y esto lo sienten todavía más hacia los allegados, como se dijo antes, cuando creen ser víctimas de injusticia. Y esto ocurre con razón, pues de aquellos de quienes creen que se les debe un beneficio, consideran que además del daño se les priva de este.
De ahí se ha dicho: «Crueles son las guerras entre hermanos» y «Los que amaron en exceso, esos también odian en exceso». Sobre los que participan en la vida política, cuántos deben ser y de qué tipo por naturaleza, y además el territorio, cuánto y de qué tipo, ha quedado establecido aproximadamente (pues no hay que buscar la misma exactitud a través de los razonamientos que a través de lo que se capta por los sentidos). Puesto que, al igual que en las demás cosas constituidas naturalmente, no son partes de la constitución total aquellas sin las cuales no podría existir el todo, es evidente que tampoco deben considerarse partes de la ciudad todas las cosas que necesariamente existen en las ciudades, ni de ninguna otra comunidad de la que resulte un solo tipo (pues debe haber algo único y común y el mismo para los que comparten, ya participen por igual o desigualmente).
Por ejemplo, ya sea esto el alimento, o una cantidad de territorio, o cualquier otra cosa de este tipo. Pero cuando una cosa existe para otra y esta es aquello para lo cual existe, nada tienen en común entre sí salvo que una produce y la otra recibe; me refiero, por ejemplo, a cualquier instrumento con relación a la obra que se produce y a los artesanos; pues entre una casa y un constructor no hay nada que se produzca en común, sino que el arte de los constructores existe en función de la casa. Por eso las ciudades necesitan propiedad, pero la propiedad no es parte alguna de la ciudad; y muchos seres animados son partes de la propiedad. Pero la ciudad es una comunidad de semejantes, en función de la vida mejor que sea posible. Y puesto que la felicidad es lo mejor, y esta es actividad y uso perfecto de la virtud, y ha resultado ser de tal modo que a unos les es posible participar de ella y a otros poco o nada, es evidente que esto es causa de que surjan especies y diferencias de ciudad y varias constituciones.
Pues buscando esto de diferente manera y a través de diferentes medios, cada uno se procura diferentes modos de vida y diferentes constituciones. Hay que examinar también cuántas son estas cosas sin las cuales no podría existir ciudad; pues también lo que llamamos partes de la ciudad estaría entre estas, de modo que es necesario que existan. Hay que tomar, por tanto, el número de funciones, pues así quedará claro. En primer lugar, debe haber alimento; después, artes (pues la vida necesita muchos instrumentos); en tercer lugar, armas (pues los que comparten la comunidad necesariamente deben tener también entre ellos armas tanto para el mando, a causa de los desobedientes, como contra los de fuera que intenten cometer injusticia); además, cierta abundancia de dinero, para que tengan tanto para sus propias necesidades como para las militares; en quinto lugar, y primero, el cuidado de lo divino, que llaman sacerdocio; en sexto lugar por el número y el más necesario de todos, el juicio sobre lo conveniente y lo justo en las relaciones mutuas.
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Estas son, pues, las funciones que necesita toda ciudad, por así decir (pues la ciudad es una multitud que no es cualquiera, sino suficiente para la vida, como decimos, y si falta alguna de estas cosas, es simplemente imposible que esa comunidad sea autosuficiente). Por tanto, es necesario que la ciudad esté constituida según estas actividades: debe haber, pues, una multitud de agricultores que proporcionen el alimento, y artesanos, y el elemento guerrero, y el adinerado, y sacerdotes, y jueces de lo necesario y conveniente. Establecidas estas cosas, queda por examinar si todos deben participar de todo (pues es posible que todos sean al mismo tiempo agricultores y artesanos y los que deliberan y los que juzgan), o si hay que establecer personas distintas para cada una de las funciones mencionadas, o si algunas de estas son necesariamente propias de individuos específicos y otras comunes. Pero no es lo mismo en toda constitución.
Como dijimos, es posible tanto que todos participen de todo como que no todos participen de todo, sino algunos de algunas cosas. Esto, en efecto, es lo que hace que las constituciones sean diferentes: en las democracias todos participan de todo, mientras que en las oligarquías, al contrario. Pero puesto que investigamos precisamente sobre la mejor constitución, y esta es aquella según la cual la ciudad sería sumamente feliz, y se dijo antes que la felicidad no puede existir sin virtud, es evidente a partir de esto que en la ciudad con el mejor gobierno y la que posee hombres justos en sentido absoluto, y no en relación con el régimen particular, los ciudadanos no deben vivir una vida de artesanos ni de mercaderes (pues tal vida es innoble y contraria a la virtud), ni tampoco deben ser agricultores los que van a ser ciudadanos (pues se necesita ocio tanto para el desarrollo de la virtud como para las actividades políticas).
Puesto que también el elemento guerrero y el que delibera sobre lo conveniente y el que juzga sobre lo justo están presentes en la ciudad y aparecen como las partes principales de la ciudad, ¿debemos establecer también estas como distintas o atribuir ambas funciones a los mismos? Esto también es evidente: de cierto modo a los mismos, de cierto modo también a otros. En cuanto cada una de las funciones requiere una edad distinta, y una necesita prudencia y la otra fuerza, a otros. Pero en cuanto es imposible que quienes pueden forzar y detener a otros, siendo dueños de las armas, permanezcan siempre en situación de obediencia, en ese sentido a los mismos. Pues los que tienen el control de las armas también tienen el control de mantener o no la constitución. Queda, por tanto, atribuir esta constitución a los mismos en ambas funciones, pero no al mismo tiempo, sino que, así como por naturaleza la fuerza está en los jóvenes y la prudencia en los ancianos, parece conveniente y justo que se distribuya de este modo a ambos.
Pues esta distribución tiene lo que corresponde al mérito. Pero además las propiedades deben estar en manos de estos. Pues es necesario que haya prosperidad para los ciudadanos, y estos son los ciudadanos. El elemento artesanal no participa de la ciudad, ni ninguna otra clase que no sea productora de virtud. Esto es evidente a partir del principio: la felicidad debe existir necesariamente junto con la virtud, y no debemos llamar feliz a una ciudad mirando solo a una parte de ella, sino a todos los ciudadanos. Es evidente también que las propiedades deben pertenecer a estos, si es necesario que los agricultores sean esclavos o bárbaros periécos. De los enumerados queda la clase de los sacerdotes. Su organización también es evidente. Pues no debe establecerse como sacerdote ni a un agricultor ni a un artesano (conviene que los dioses sean honrados por los ciudadanos).
Puesto que el cuerpo ciudadano se divide en dos partes, es decir, el elemento guerrero y el deliberativo, conviene ofrecer el culto a los dioses y proporcionar descanso a quienes están agotados por la edad; a estos habría que atribuirles los sacerdocios. Hemos dicho, pues, de qué elementos no puede existir una ciudad y cuántas son las partes de la ciudad (pues agricultores, artesanos y toda la clase trabajadora son necesarios para las ciudades, mientras que partes de la ciudad son el elemento guerrero y el deliberativo), y cada una de estas está separada, unas de modo permanente, otras por turno. No parece que sea ahora ni recientemente cuando los que filosofan sobre la constitución conocen que la ciudad debe estar dividida por clases separadas y que el elemento guerrero debe ser distinto del agricultor. Pues en Egipto la situación es así todavía ahora, y también en Creta; en Egipto, según dicen, legisló de este modo Sesostris, y en Creta Minos.
Parece ser antigua también la institución de las comidas en común: las de Creta surgieron en el reinado de Minos, mientras que las de Italia son mucho más antiguas que estas. Pues los sabios que habitan allí cuentan que hubo un rey de Enotria llamado Ítalo, a partir del cual cambiaron el nombre y fueron llamados ítalos en lugar de enotrios, y esta costa de Europa recibió el nombre de Italia, la que resulta estar entre el golfo escilético y el lamético; estos distan entre sí medio día de camino. Cuentan que este Ítalo convirtió a los enotrios, que eran nómadas, en agricultores, y les estableció otras leyes y fue el primero en instituir las comidas en común; por eso todavía ahora algunos de sus descendientes practican las comidas en común y siguen algunas de las leyes. Habitaban el lado hacia Tirrenia los opicos, llamados entonces y ahora con el nombre de ausones, y el lado hacia Yapigia y el Jónico los conos, la llamada Siritide.
Los conos eran enotrios de raza. La institución de las comidas en común surgió primero de ahí, mientras que la separación por clases del cuerpo ciudadano vino de Egipto; pues el reinado de Sesostris es muy anterior en el tiempo al de Minos. Debe pensarse, pues, que también las demás cosas han sido descubiertas muchas veces en el largo transcurso del tiempo, o más bien infinitas veces. Pues es razonable que la necesidad misma enseñe lo indispensable, y que lo que se orienta al decoro y a la abundancia reciba su desarrollo cuando ya existen aquellas cosas. De modo que también debe pensarse que las cuestiones relativas a las constituciones se comportan del mismo modo. Que todas son antiguas, lo muestran las cosas de Egipto: estos parecen ser los más antiguos, y han tenido siempre leyes y organización política. Por eso debemos usar adecuadamente lo que está bien descubierto, e intentar investigar lo que se ha omitido.
Que la tierra debe pertenecer a los que poseen armas y a los que participan de la constitución se dijo antes, y también por qué los que la cultivan deben ser diferentes de ellos, y de qué extensión y tipo debe ser la tierra. Sobre la distribución y los que cultivan, quiénes y de qué tipo deben ser, hay que hablar primero, puesto que no decimos que la propiedad deba ser común como han dicho algunos, sino común en el uso por la amistad entre los ciudadanos, ni tampoco que ningún ciudadano carezca de alimento. Sobre las comidas en común todos están de acuerdo en que es útil que existan en las ciudades bien organizadas; por qué razón estamos de acuerdo también nosotros, lo diremos después. Deben participar de ellas todos los ciudadanos, pero no es fácil que los pobres aporten de sus recursos propios lo establecido y administren además el resto de la casa. Además, los gastos para los dioses son comunes a toda la ciudad.
Por tanto, es necesario que la tierra esté dividida en dos partes, y que una sea común y la otra de los particulares, y que cada una de estas se divida a su vez en dos: de la común, una parte para los servicios a los dioses y la otra para el gasto de las comidas en común; de la de los particulares, una parte hacia las fronteras y la otra hacia la ciudad, para que, asignándosele a cada uno dos lotes, todos participen de ambos lugares. Pues así hay igualdad y justicia, y una actitud más unánime frente a las guerras contra los vecinos. Pues donde no se tiene este sistema, unos se despreocupan de la enemistad con los vecinos, mientras que otros la toman demasiado en serio y contrariamente a lo honroso. Por eso entre algunos hay una ley de que los que lindan con las fronteras no participen en la deliberación sobre las guerras contra ellos, en el entendido de que por su interés particular no podrían deliberar bien.
La tierra, por tanto, debe estar dividida de este modo por las razones mencionadas. Los que han de cultivarla, lo mejor, si hay que expresar un deseo, sería que fueran esclavos, ni todos de la misma raza ni de carácter fogoso (pues así serían útiles para el trabajo y seguros en cuanto a no innovar nada); en segundo lugar, bárbaros periécos de naturaleza semejante a los mencionados, y de estos, los que están en las tierras privadas que sean propios de los poseedores de las propiedades, y los que están en la tierra común que sean comunes. De qué modo hay que usar a los esclavos, y por qué es mejor que a todos los esclavos se les proponga como premio la libertad, lo diremos después. Que la ciudad debe ser común respecto del continente y del mar, e igualmente de todo el territorio en la medida de lo posible, se dijo antes. En cuanto a su propia ubicación, hay que desear que ocupe una posición favorable mirando a cuatro aspectos: primero, como necesario, hacia la salud (pues las ciudades con inclinación hacia el este y hacia los vientos que soplan desde el oriente son más sanas, y en segundo lugar las orientadas hacia el norte;
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pues estas son más favorables en cuanto al clima). En cuanto al resto, debe estar bien dispuesto para las actividades políticas y militares. En lo que toca a las necesidades militares, debe ser de fácil salida para los propios habitantes, pero de difícil acceso y difícil de rodear para los enemigos, y contar sobre todo con abundancia propia de aguas y manantiales; si no es así, al menos esto se ha logrado mediante la construcción de depósitos para las aguas de lluvia, abundantes y grandes, de modo que nunca falte el agua cuando queden aislados del territorio por causa de la guerra. Y puesto que es necesario cuidar de la salud de los habitantes, lo cual depende de que el lugar esté situado en un sitio adecuado y orientado favorablemente, y en segundo lugar de usar aguas saludables, también a esto debe prestarse atención y no de manera superficial. Pues aquello que usamos con más frecuencia y en mayor cantidad para el cuerpo es lo que más contribuye a la salud, y tal es la naturaleza del poder del agua y del aire.
Por eso en las ciudades que piensan con sensatez debe separarse, si no todas las aguas son iguales ni abundan tales manantiales, las aguas destinadas a la alimentación de las destinadas a otros usos. En cuanto a los lugares fortificados, no conviene por igual a todos los regímenes políticos: por ejemplo, una acrópolis es propia de la oligarquía y de la monarquía, la llanura de la democracia, y ninguna de las dos de la aristocracia, sino más bien varios lugares fuertes. La disposición de las viviendas privadas se considera más agradable y más útil para las demás actividades si está trazada en calles regulares, según el modo moderno y el de Hipódamo, pero para la seguridad militar es lo contrario, como estaba en los tiempos antiguos, pues aquella distribución era de difícil acceso para las tropas extranjeras y difícil de explorar para los atacantes. Por tanto, es necesario participar de ambas cosas (y es posible, si se dispone como hacen algunos agricultores con lo que llaman plantaciones en grupos de vides), y no hacer toda la ciudad con calles regulares, sino solo por sectores y zonas.
Así estará bien tanto en cuanto a la seguridad como al ornato. Respecto a las murallas, quienes afirman que las ciudades que aspiran a la virtud no deben tenerlas sostienen una opinión demasiado anticuada, y eso pese a ver refutadas en la práctica a las ciudades que se enorgullecían de pensar así. Ciertamente, contra enemigos semejantes y que no se distingan mucho en número, no es hermoso intentar salvarse mediante la fortaleza de las murallas; pero como puede suceder que la superioridad de los atacantes supere la virtud humana que hay en unos pocos, si es necesario salvarse y no sufrir males ni ultrajes, debe considerarse que la más segura fortificación de murallas es la más apropiada para la guerra, sobre todo ahora que se han desarrollado con precisión los inventos relativos a los proyectiles y las máquinas para los asedios. Porque exigir que las ciudades no estén rodeadas de murallas es semejante a buscar que el territorio sea fácilmente invadible y quitar los lugares montañosos, e igualmente no rodear de muros las viviendas privadas, como si sus habitantes fueran a ser cobardes.
Pero tampoco debe pasarse por alto esto: que quienes tienen las ciudades rodeadas de murallas pueden usar las ciudades de ambas maneras, tanto como si tuvieran murallas como si no las tuvieran, mientras que quienes no las poseen no pueden hacerlo. Si esto es así, no solo hay que rodear la ciudad de murallas, sino también cuidar de ellas, para que estén dispuestas tanto con el ornato conveniente a la ciudad como para las necesidades militares, tanto las demás como las recién inventadas. Pues así como los atacantes se preocupan de los medios por los cuales obtendrán ventaja, así también para quienes se defienden unas cosas ya se han descubierto y otras deben buscarse y estudiarse; porque ni siquiera intentan atacar a quienes están bien preparados. Y puesto que es necesario que la masa de los ciudadanos esté distribuida en comidas comunes, y que las murallas estén divididas con puestos de guardia y torres en lugares estratégicos, es evidente que esto invita a preparar algunas de las comidas comunes en estos puestos de guardia.
Y esto podría disponerse de este modo. En cuanto a las viviendas dedicadas a los dioses y las comidas comunes de los magistrados principales, conviene que tengan un lugar adecuado y el mismo, salvo los templos que la ley separa aparte o que algún otro oráculo pítico determine. Y tal lugar sería el que tuviera suficiente visibilidad en cuanto a la excelencia de la posición y estuviera más fortificado que las partes vecinas de la ciudad. Conviene que bajo este lugar haya una construcción de ágora tal como la que también acostumbran en Tesalia, la que llaman «libre», y esta es la que debe estar limpia de toda mercancía, y a la que no debe acercarse ningún artesano ni agricultor ni ningún otro semejante si no es llamado por los magistrados. El lugar sería agradable si también los gimnasios de los mayores tuvieran allí su emplazamiento.
Pues conviene que también este ornato esté dividido según las edades, y que junto a los jóvenes permanezcan algunos magistrados, y los mayores junto a los magistrados; porque la presencia ante los ojos de los magistrados es lo que más produce el verdadero respeto y el temor propio de los hombres libres. El ágora comercial debe ser distinta de esta y aparte, teniendo un lugar de fácil reunión tanto para las mercancías enviadas desde el mar como para todas las del campo. Y puesto que la masa de la ciudad se divide en sacerdotes y magistrados, conviene que también las comidas comunes de los sacerdotes tengan su emplazamiento cerca de los edificios sagrados. En cuanto a las magistraturas que se ocupan de los contratos, tanto de las demandas judiciales como de las citaciones y demás administración semejante, y además de la supervisión del mercado y de la llamada administración urbana, deben estar establecidas cerca del ágora y de alguna asamblea común, y tal es el lugar en torno al ágora necesaria.
Pues la de arriba la establecemos para el ocio, y esta para las actividades necesarias. Debe imitarse la disposición mencionada también en lo relativo al campo; pues también allí es necesario que los magistrados, a los que unos llaman guardabosques y otros inspectores del campo, tengan puestos de guardia y comidas comunes para la vigilancia, y además que haya templos distribuidos por el campo, unos dedicados a los dioses y otros a los héroes. Pero detenerse ahora haciendo precisiones y hablando de tales cosas es inútil; pues no es difícil pensar tales cosas, sino más bien hacerlas: decirlas es obra de un deseo, que sucedan es obra del azar. Por eso sobre tales asuntos dejemos ya lo demás por ahora. Pero sobre el régimen político mismo, de qué elementos y de qué clase debe estar constituido para que la ciudad que va a existir sea dichosa y se gobierne bien, hay que hablar.
Y puesto que son dos las cosas en las que reside el bien para todos, y de estas una consiste en que el objetivo y el fin de las acciones estén correctamente establecidos, y otra en encontrar las acciones que conduzcan al fin (pues es posible que estas cosas estén en desacuerdo o en acuerdo entre sí; porque a veces el objetivo está bien establecido, pero en la acción fallan en alcanzarlo, y a veces logran todos los medios para el fin, pero el fin que establecieron era malo, y a veces fallan en ambas cosas, como en la medicina; pues a veces no juzgan bien cómo debe ser el cuerpo sano, ni tampoco logran los medios productores respecto al límite que se han propuesto; pero es necesario que en las artes y ciencias se dominen ambas cosas, el fin y las acciones hacia el fin), pues bien, que todos aspiran a vivir bien y a la felicidad es evidente, pero de estas cosas unos tienen la posibilidad de alcanzarlas y otros no, por algún azar o naturaleza (pues vivir bien también requiere ciertos recursos, y de estos se necesitan menos los que están mejor dispuestos, pero más los que están peor), y otros desde el principio no buscan correctamente la felicidad, aunque tengan la posibilidad.
Y puesto que lo que se propone es ver el mejor régimen político, y este es aquel según el cual una ciudad se gobernaría de la mejor manera, y se gobernaría de la mejor manera según aquel por el cual la ciudad puede ser más feliz, es evidente que no debe escapársenos qué es la felicidad. Decimos (y lo hemos definido en las obras éticas, si es que aquellos razonamientos tienen alguna utilidad) que es actividad y uso perfecto de la virtud, y esto no de modo condicionado sino absoluto. Llamo «condicionado» a lo necesario, y «absoluto» a lo noble; por ejemplo, en lo relativo a las acciones justas, los castigos y sanciones justos proceden de la virtud, pero son necesarios, y lo noble lo tienen de modo necesario (pues sería preferible que ni el individuo ni la ciudad necesitaran tales cosas), mientras que las acciones dirigidas a los honores y a la prosperidad son absolutamente las más nobles.
Pues lo primero es supresión de algún mal, pero tales acciones son lo contrario: pues son establecimiento y generación de bienes. Y el hombre virtuoso usaría bien incluso la pobreza, la enfermedad y las demás malas fortunas, pero la felicidad está en los contrarios (y también esto se ha definido en los razonamientos éticos: que el hombre virtuoso es tal que para él son bienes los bienes absolutos a causa de la virtud, y es evidente que también los usos de estos deben ser por fuerza virtuosos y nobles absolutamente). Por eso también los hombres consideran que los bienes exteriores son causas de la felicidad, como si atribuyeran a la lira más que al arte el tocar la cítara de manera brillante y bella. Es necesario, pues, por lo dicho, que unas cosas existan y otras las prepare el legislador. Por eso deseamos que la constitución de la ciudad logre aquello de lo que el azar es dueño (pues consideramos que el azar tiene poder).
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Pero que la ciudad sea excelente ya no es obra del azar, sino de la ciencia y de la decisión deliberada. Y ciertamente una ciudad es excelente porque los ciudadanos que participan en el régimen político son excelentes; en nuestro caso, todos los ciudadanos participan del régimen político. Hay que examinar, pues, de qué modo un hombre se vuelve excelente. Porque aunque sea posible que todos sean excelentes, pero no cada uno de los ciudadanos en particular, esto último es más deseable; pues de lo individual se sigue también lo colectivo. Sin duda, los hombres se vuelven buenos y excelentes mediante tres cosas. Estas tres son: naturaleza, hábito y razón. En primer lugar hay que nacer con cierta naturaleza, es decir, ser hombre y no algún otro animal; luego, tener también cierta cualidad en el cuerpo y en el alma. Pero algunas cualidades de nada sirve tenerlas por naturaleza, pues los hábitos las modifican; algunas cualidades son por naturaleza ambivalentes, y mediante los hábitos van hacia lo peor o hacia lo mejor.
Los demás animales viven sobre todo según la naturaleza, algunos pocos también según los hábitos; el hombre, en cambio, vive también según la razón, pues solo él tiene razón. Por tanto, estas tres cosas deben estar en armonía entre sí. Muchas veces los hombres actúan en contra de los hábitos y de la naturaleza a causa de la razón, si se les persuade de que es mejor actuar de otro modo. Ya hemos establecido antes qué naturaleza deben tener quienes van a ser fácilmente manejables por el legislador; lo restante es ya tarea de la educación. Algunas cosas se aprenden mediante el hábito, otras escuchando. Puesto que toda comunidad política se compone de gobernantes y gobernados, hay que examinar si los gobernantes y los gobernados deben ser distintos o los mismos durante toda la vida; pues es evidente que la educación deberá seguir esta división. Si unos difirieran de los otros tanto como creemos que los dioses y los héroes difieren de los hombres, teniendo desde el principio una gran superioridad en el cuerpo, y luego en el alma, de modo que la superioridad de los gobernantes fuera indiscutible y evidente para los gobernados, está claro que sería mejor que siempre los mismos gobernaran y los mismos fueran gobernados de una vez por todas.
Pero como esto no es fácil de conseguir, ni existen reyes que difieran tanto de sus gobernados como Escílax dice que hay en la India, es evidente que por muchas razones es necesario que todos por igual participen en turnos de gobernar y ser gobernados. Pues lo igual es lo mismo para los semejantes, y es difícil que se mantenga un régimen político constituido contra lo justo. Porque junto con los gobernados estarían todos los del territorio que quieren hacer revolución, y resulta imposible que los del gobierno sean en número tan grande como para ser más fuertes que todos estos. Pero sin duda es indiscutible que los gobernantes deben diferir de los gobernados. Cómo será esto y cómo participarán, debe examinarlo el legislador. Ya se ha dicho antes sobre esto. La naturaleza misma ha proporcionado la división, haciendo que dentro del mismo linaje haya unos más jóvenes y otros más viejos, de los cuales a unos corresponde ser gobernados y a otros gobernar.
Nadie se irrita por ser gobernado según la edad, ni cree ser superior, sobre todo cuando va a recibir de vuelta esta contribución cuando llegue a la edad apropiada. Así pues, en cierto sentido hay que decir que gobiernan y son gobernados los mismos, pero en cierto sentido son distintos. Por tanto, también la educación debe ser en cierto sentido necesariamente la misma, y en cierto sentido distinta. Pues dicen que quien va a gobernar bien debe primero haber sido gobernado. (Hay un tipo de gobierno, como se dijo en los primeros razonamientos, que es en beneficio del gobernante, y otro en beneficio del gobernado. De estos decimos que uno es despótico y el otro el de los hombres libres. ... Algunas de las órdenes difieren no en las tareas sino en el para qué. Por eso muchas de las tareas que parecen serviles es hermoso que las realicen los jóvenes libres; pues las acciones no difieren en sí mismas tanto respecto a lo noble y lo no noble como en el fin y el para qué.) Puesto que decimos que la virtud del ciudadano y del gobernante es la misma que la del hombre mejor, y que el mismo hombre debe primero ser gobernado y luego gobernante, el legislador debe ocuparse de esto: cómo los hombres se vuelven buenos, mediante qué prácticas, y cuál es el fin de la vida mejor.
El alma se divide en dos partes, de las cuales una posee razón en sí misma, y la otra no la posee en sí misma pero puede obedecer a la razón; decimos que las virtudes están en estas partes según las cuales un hombre es llamado de algún modo bueno. En cuál de estas dos partes está más el fin, no es oscuro cómo debe decirse para quienes dividen como nosotros decimos. Pues siempre lo peor existe en función de lo mejor, y esto es igualmente evidente tanto en lo que es según el arte como en lo que es según la naturaleza; y mejor es la parte que posee razón. Esta se divide en dos, según la manera en que acostumbramos a dividir: pues hay una razón práctica y una teórica. Así pues, necesariamente esta parte también debe dividirse del mismo modo, evidentemente. Y diremos que las acciones tienen una relación análoga, y que deben ser más deseables las acciones de la parte naturalmente mejor para quienes pueden alcanzarlas, ya sean todas o las dos.
Pues para cada uno es siempre más deseable aquello de lo cual puede alcanzar lo más elevado. Toda la vida se divide también en trabajo y ocio, y en guerra y paz, y de las acciones, unas van dirigidas a lo necesario y útil, y otras a lo bello. Sobre estas cosas es necesario que haya la misma elección tanto para las partes del alma como para sus acciones: la guerra en función de la paz, el trabajo en función del ocio, y lo necesario y útil en función de lo bello. El político debe legislar, pues, mirando hacia todas estas cosas, tanto según las partes del alma como según sus acciones, pero más hacia las mejores y los fines. Y del mismo modo también respecto a las vidas y las elecciones de actividades: pues hay que poder trabajar y guerrear, pero más llevar la paz y tener ocio, y hay que hacer lo necesario y lo útil, pero más lo bello.
De modo que hacia estos objetivos hay que educar tanto a los niños como a las demás edades que necesitan educación. Pero los griegos que ahora parecen tener los mejores regímenes políticos, y los legisladores que establecieron esos regímenes, evidentemente no organizaron lo relativo a los regímenes hacia el fin mejor, ni las leyes y la educación hacia todas las virtudes, sino que se inclinaron vulgarmente hacia las que parecen útiles y más provechosas. De manera semejante a estos, también algunos de los que escribieron después manifestaron la misma opinión; pues alabando el régimen de los lacedemonios admiran el propósito del legislador, porque legisló todo en función del dominio y de la guerra. Estas cosas son fácilmente refutables según la razón y han sido ya refutadas por los hechos. Pues así como la mayoría de los hombres admiran el dominar a muchos porque ello trae abundante provisión de bienes de fortuna, así también Tibrón evidentemente admira al legislador de los lacedemonios, y cada uno de los otros que escribieron sobre su régimen, porque por estar ejercitados para los peligros dominaban a muchos.
Y sin embargo es evidente que, puesto que ya no tienen los lacedemonios el poder de gobernar, no son felices, ni su legislador es bueno. Y esto es ridículo, si permaneciendo en sus leyes, y sin que nadie les impida usar esas leyes, han perdido la vida noble. Tampoco conciben rectamente sobre el tipo de gobierno que el legislador debe mostrar que honra: pues el gobierno de hombres libres es más noble y con más virtud que el gobierno despótico. Además, no se debe considerar a una ciudad feliz ni alabar al legislador porque ejercitó a los ciudadanos para dominar a fin de gobernar a los vecinos; pues estas cosas conllevan gran daño. Es evidente que también cualquier ciudadano que pueda debe intentar perseguir esto, el poder gobernar su propia ciudad; lo cual los lacedemonios acusan en el rey Pausanias, aun teniendo este tan alto honor.
Ninguno de tales razonamientos y leyes es político ni útil ni verdadero. Pues las mismas cosas son mejores tanto en privado como en común, y estas debe el legislador infundirlas en las almas de los hombres; y la práctica de las cosas militares no debe cultivarse con este fin, para esclavizar a quienes no lo merecen, sino primero para que ellos mismos no sean esclavizados por otros, luego para que busquen la hegemonía en beneficio de los gobernados, pero no el despotismo sobre todos; en tercer lugar, para dominar a quienes merecen ser esclavos. Que el legislador debe esforzarse más por ordenar tanto la legislación sobre las cosas militares como la demás legislación en función del ocio y de la paz, lo confirman los hechos junto con los razonamientos. Pues la mayoría de tales ciudades se salvan mientras guerrean, pero perecen cuando han conquistado el poder. Pierden su temple, como el hierro, cuando viven en paz.
El culpable es el legislador, que no educó para poder tener ocio. Puesto que el fin parece ser el mismo para los hombres tanto en común como en privado, y el mismo límite es necesario para el hombre mejor y para el mejor régimen político, es evidente que deben existir las virtudes para el ocio; pues el fin, como se ha dicho muchas veces, es la paz respecto de la guerra, el ocio respecto del trabajo. Son útiles para el ocio y el esparcimiento las virtudes cuya función está en el ocio y las que están en el trabajo. Pues deben darse muchas de las cosas necesarias para que sea posible tener ocio; por eso corresponde que la ciudad sea moderada, valiente y resistente; pues según el proverbio, no hay ocio para los esclavos, y quienes no pueden arriesgarse valientemente son esclavos de los agresores. Así pues, se necesita el valor y la resistencia para el trabajo, la filosofía para el ocio, la moderación y la justicia en ambos tiempos, y más aún cuando se vive en paz y se tiene ocio.
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La guerra obliga a ser justos y moderados, pero el disfrute de la prosperidad y la vida ociosa en tiempos de paz hace a los hombres más bien insolentes. Por tanto, quienes parecen vivir de la mejor manera y gozan de todo lo que se considera dichoso necesitan mucha justicia y mucha moderación, como, por ejemplo, si es que existen, según dicen los poetas, los habitantes de las islas de los bienaventurados. Estos, sobre todo, necesitarán filosofía, moderación y justicia, cuanto más vivan en el ocio y en la abundancia de tales bienes. Así pues, es evidente por qué la ciudad que ha de ser feliz y excelente debe participar de estas virtudes. Siendo vergonzoso no poder usar bien los bienes, lo es más aún no poder usarlos en el ocio, sino mostrarse buenos cuando se está ocupado y en guerra, pero cuando se vive en paz y con ocio, semejantes a esclavos. Por eso no hay que cultivar la virtud como hace la ciudad de los lacedemonios.
Porque ellos no se diferencian de los demás en no considerar los mismos bienes como los más grandes que los demás, sino en creer que estos se alcanzan mejor mediante cierta virtud. Pero dado que estos bienes son mayores y el disfrutarlos es mayor que el de las virtudes... y que hay que cultivarla por sí misma, esto es evidente por lo dicho. Ahora bien, cómo y mediante qué se logrará, esto es lo que debe examinarse. Ya hemos establecido antes que se necesita naturaleza, hábito y razón. De estos, ya se ha determinado qué tipo de naturaleza deben tener, y resta considerar si deben educarse primero mediante la razón o mediante los hábitos. Porque estos deben estar en la mejor armonía mutua, ya que es posible que la razón se desvíe de la mejor hipótesis, y que igualmente se sea conducido de manera errada mediante los hábitos. Esto, en primer lugar, es evidente, como en los demás casos, que la generación procede de un principio y el fin procede del principio de otro fin, y que la razón y el intelecto son para nosotros el fin de la naturaleza, de modo que hay que orientar hacia estos la generación y el ejercicio de los hábitos.
Luego, así como el alma y el cuerpo son dos, así también vemos en el alma dos partes: la irracional y la que posee razón, y sus disposiciones son dos en número, una de las cuales es el deseo y la otra el intelecto. Y así como el cuerpo es anterior en la generación al alma, así también lo irracional es anterior a lo que posee razón. Esto también es evidente: porque el impulso, la voluntad y además el apetito están presentes en los niños desde su nacimiento, mientras que el razonamiento y el intelecto surgen naturalmente con el tiempo. Por eso es necesario que el cuidado del cuerpo sea anterior al del alma, y luego el del deseo, aunque el del deseo sea por causa del intelecto, y el del cuerpo por causa del alma. Así pues, si el legislador debe velar desde el principio para que los cuerpos de los que se crían sean los mejores, debe ocuparse primero de la unión, de cuándo y en qué condiciones deben mantener la relación matrimonial entre sí.
Hay que legislar esta unión atendiendo tanto a ellos mismos como al tiempo de vida, para que coincidan en edad en el mismo momento y no haya desacuerdo en las capacidades, pudiendo uno todavía engendrar pero la otra no, o ella sí pero el varón no (pues esto produce conflictos y diferencias entre ellos). Luego, también respecto a la sucesión de los hijos: porque no deben los hijos quedar muy atrás en edad respecto a los padres (pues la gratitud de los hijos es inútil para los ancianos, y la ayuda de los padres para los hijos), ni tampoco demasiado cercanos (pues esto tiene mucha dificultad: la reverencia es menor en tales casos, como entre coetáneos, y en la administración doméstica lo cercano es motivo de quejas). Además, para volver al punto de donde partimos, para que los cuerpos de los que van a nacer se ajusten a la voluntad del legislador.
Prácticamente todo esto se logra con una sola medida. Puesto que se ha fijado el límite de la generación, hablando en términos generales, en setenta años para los varones y en cincuenta para las mujeres, el comienzo de la unión debe corresponder en edad a estos tiempos. La unión de los jóvenes es mala para la procreación: porque en todos los animales las crías de los jóvenes son imperfectas, tienden más a producir hembras y son de pequeño tamaño, de modo que necesariamente sucede lo mismo también en los seres humanos. La prueba es esta: en cuantas ciudades es costumbre que los jóvenes se unan con las jóvenes, son imperfectos y pequeños de cuerpo. Además, en los partos las jóvenes sufren más y mueren en mayor número. Por eso algunos dicen que el oráculo se dio a los trozenios por tal causa, como que muchas morían por casarse siendo demasiado jóvenes, y no respecto a la recolección de frutos.
Además, también respecto a la moderación conviene hacer los casamientos siendo más mayores: porque las mujeres que mantienen relaciones sexuales siendo jóvenes parecen ser más licenciosas. Y también los cuerpos de los varones parecen verse perjudicados en su crecimiento si mantienen relaciones mientras el semen todavía está creciendo; porque también de este hay un tiempo determinado que no sobrepasa en su desarrollo, <o poco>. Por eso conviene unir a las mujeres alrededor de los dieciocho años de edad, y a los varones a los treinta y siete o poco antes. Porque en ese tiempo la unión se producirá estando en la plenitud de los cuerpos, y coincidirá oportunamente en los tiempos con el cese de la procreación. Además, la sucesión de los hijos, para ellos, estará en el comienzo de su madurez, si el nacimiento se produce según lo previsto de inmediato, y cuando ya esté declinando la edad hacia el número de los setenta años.
Así pues, se ha dicho respecto a cuándo debe producirse la unión. En cuanto a la época del año, hay que seguir la que usan la mayoría, que han determinado bien ahora que esta convivencia se produzca en invierno. Deben también ellos mismos considerar para la procreación lo que dicen los médicos y lo que dicen los naturalistas: porque los médicos hablan adecuadamente sobre los momentos del cuerpo, y sobre los vientos los naturalistas, alabando más los del norte que los del sur. Qué tipo de cuerpos beneficiaría más a los engendrados, hay que decirlo con más detención en los tratados sobre la crianza de los hijos, pero es suficiente decirlo ahora esquemáticamente. Porque ni la condición atlética es útil para la salud ciudadana ni para la salud y la procreación, ni la que requiere demasiados cuidados y soporta mal el esfuerzo, sino la intermedia entre estas.
Debe tenerse una condición ejercitada, pero ejercitada con esfuerzos no violentos, ni dirigidos a una sola cosa, como la condición de los atletas, sino orientados a las acciones de los hombres libres. Esto debe darse por igual en varones y mujeres. Las embarazadas deben cuidar sus cuerpos, no siendo negligentes ni usando una dieta ligera. Esto es fácil que lo logre el legislador ordenando que hagan cada día algún paseo para el culto de los dioses que tienen el honor relativo al nacimiento. La mente, sin embargo, conviene que permanezca más tranquila que el cuerpo: porque los que van a nacer parecen tomar de la que los lleva como las plantas de la tierra. Respecto a la exposición y crianza de los que nacen, que haya una ley de no criar a ninguno deforme, pero si el orden de las costumbres prohíbe exponer a alguno de los que nacen por razón de la cantidad de hijos: debe fijarse un límite al número de la procreación, y si a algunos les sucede concebir más allá de esto, debe practicarse el aborto antes de que se generen la sensación y la vida.
Porque lo piadoso y lo no piadoso estarán definidos por la sensación y la vida. Puesto que se ha determinado el comienzo de la edad para el varón y la mujer, cuándo deben comenzar la unión, y cuánto tiempo conviene que ejerzan la función de procrear, que se establezca esto. Porque las crías de los más viejos, igual que las de los más jóvenes, nacen imperfectas tanto en los cuerpos como en las mentes, y las de los ancianos son débiles. Por eso debe ser según la madurez de la mente. Esta se da en la mayoría, como han dicho algunos de los poetas que miden la edad por periodos de siete años, alrededor del tiempo de los cincuenta años. De modo que, sobrepasando esta edad en cuatro o cinco años, deben quedar liberados de la procreación pública. En lo que queda debe parecer que mantienen relaciones por causa de la salud o alguna otra causa semejante.
Respecto a la relación con otra o con otro, que no sea decoroso en absoluto aparecer teniendo contacto de ninguna manera cuando se es y se llama esposo. Pero si durante el tiempo de la procreación alguien aparece haciendo algo semejante, que sea castigado con la deshonra correspondiente a la falta. Una vez nacidos los hijos, hay que considerar que es muy importante para la fuerza de los cuerpos la alimentación, sea cual sea. Observando los demás animales y las naciones a las que importa conducir hacia la condición guerrera, se ve que la alimentación abundante de leche es la más apropiada para los cuerpos, y <la> más sin vino a causa de las enfermedades. Además, conviene también producir cuantos movimientos sea posible hacer siendo tan pequeños. Para que los miembros no se deformen por la blandura, algunas naciones usan incluso ahora ciertos instrumentos mecánicos que hacen el cuerpo de estos niños erguido.
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Conviene acostumbrar a los niños al frío desde muy pequeños; esto resulta muy útil tanto para la salud como para las actividades militares. Por eso entre muchos pueblos bárbaros existe la costumbre de sumergir a los recién nacidos en un río frío, y otros los visten con poca ropa, como los celtas. Pues todo aquello a lo que es posible acostumbrar es mejor hacerlo desde el principio, aunque conviene hacerlo de forma gradual; la constitución de los niños, por su calor natural, está bien dispuesta para el ejercicio del frío. Respecto a la primera edad, conviene dispensar este cuidado y otros semejantes. El período siguiente, hasta los cinco años —edad en la que no es conveniente aplicar todavía ningún aprendizaje ni trabajos obligatorios, para que no obstaculicen el crecimiento—, debe contar con suficiente movimiento como para evitar la inactividad de los cuerpos;
hay que proporcionar este movimiento mediante distintas actividades y también mediante el juego. Los juegos no deben ser ni indignos de un hombre libre ni esforzados ni licenciosos. Y en cuanto a las palabras y relatos que deben escuchar los de esta edad, que sea objeto de atención por parte de los magistrados llamados inspectores de niños. Porque todo esto debe preparar el camino hacia las ocupaciones posteriores; por eso los juegos deben ser en su mayoría imitaciones de aquello que después tomarán en serio. No tienen razón quienes prohíben en las leyes los esfuerzos intensos y los llantos de los niños; pues contribuyen al crecimiento, ya que se convierten en cierto modo en un ejercicio para los cuerpos: la contención del aliento produce fuerza en quienes se esfuerzan, y esto mismo ocurre en los niños cuando hacen esfuerzos. Los inspectores de niños deben vigilar cómo pasan el tiempo, tanto en general como para que estén lo menos posible con esclavos.
En esta edad, y hasta los siete años, deben criarse necesariamente en casa. Es razonable, pues, que incluso a esta edad adquieran vulgaridad por lo que oyen y ven. En general, el legislador debe desterrar de la ciudad el lenguaje obsceno como cualquier otra cosa (pues de la facilidad para decir cualquier palabra obscena se sigue la cercanía a hacerlo); sobre todo debe alejarlo de los jóvenes, para que ni digan ni oigan nada semejante. Si alguien es sorprendido diciendo o haciendo algo de lo prohibido, al que sea libre pero no haya sido considerado digno todavía de participar en las comidas comunes, hay que castigarlo con deshonras y golpes; al que sea mayor que esta edad, con deshonras propias de un hombre no libre, por su comportamiento servil. Y puesto que desterramos el decir tales cosas, es evidente que también debemos desterrar el contemplar pinturas o relatos indecentes.
Que sea, pues, preocupación de los magistrados que no haya ninguna estatua ni pintura que sea representación de tales acciones, salvo en los santuarios de aquellos dioses a quienes la ley permite la burla grosera. Respecto a estos dioses, la ley permite que quienes tienen ya la edad adecuada rindan honores en favor de ellos mismos, de sus hijos y de sus mujeres. A los más jóvenes no hay que permitirles asistir como espectadores a representaciones yámbicas o comedias, hasta que alcancen la edad en que ya puedan participar en los banquetes y en el vino, y la educación los haya hecho completamente inmunes al daño que pueda provenir de tales espectáculos. Por ahora hemos tratado este tema de pasada; más adelante, deteniéndonos en él, será necesario precisar mejor si no conviene o si conviene, tras haber examinado las dificultades, y de qué manera conviene; por el momento lo hemos mencionado en tanto que es necesario. Quizá no decía mal esto Teodoro, el actor trágico:
nunca permitía a nadie que actuara antes que él, ni siquiera a los actores mediocres, porque los espectadores se familiarizaban con lo que oían primero. Y esto mismo ocurre tanto en las relaciones con las personas como con las cosas: nos aficionamos más a lo primero. Por eso hay que hacer que todo lo malo sea extraño para los jóvenes, especialmente aquello que comporta vicio o malevolencia. Transcurridos los cinco años, durante los dos siguientes hasta los siete, deben ya ser espectadores de las enseñanzas que luego habrán de aprender. Hay dos edades en función de las cuales es necesario dividir la educación: la que va desde los siete años hasta la pubertad, y después la que va desde la pubertad hasta los veintiún años. Pues quienes dividen las edades por períodos de siete años hablan en general con acierto, pero hay que seguir la división de la naturaleza;
porque todo arte y toda educación quieren completar lo que falta a la naturaleza. En primer lugar hay que examinar si debe establecerse algún sistema respecto a los niños; luego, si conviene que su cuidado sea común o de forma privada (lo cual ocurre ahora en la mayoría de las ciudades); y en tercer lugar, de qué tipo debe ser este sistema.
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