Libro I
Parte11252a-1254a
Puesto que vemos que toda ciudad es una comunidad y que toda comunidad se constituye en vista de algún bien (pues todos hacen todo por aquello que les parece un bien), es evidente que todas aspiran a algún bien, y sobre todo al más importante de todos aquella que es la más importante de todas y abarca a las demás. Esta es la llamada ciudad y la comunidad política. Ahora bien, cuantos creen que el político, el rey, el administrador del hogar y el amo de los esclavos son lo mismo, no hablan correctamente (pues piensan que cada uno de estos difiere por la cantidad y no por su naturaleza, como si el que gobierna a pocos fuera amo, el que gobierna a más, administrador, y el que gobierna a aún más, político o rey, como si no hubiera diferencia entre una gran casa y una ciudad pequeña; y en cuanto al político y al rey, cuando gobierna por sí mismo, es rey, y cuando, conforme a los principios de tal ciencia, gobierna y es gobernado por turnos, es político).
Pero estas cosas no son verdaderas. Lo que decimos quedará claro si se examina según el método que hemos propuesto. Pues así como en las demás cosas es necesario dividir lo compuesto hasta llegar a sus elementos simples (pues estas son las partes más pequeñas del todo), así también, examinando de qué se compone la ciudad, veremos mejor acerca de estas cosas en qué se diferencian unas de otras y si es posible obtener algún conocimiento técnico acerca de cada una de las mencionadas.
Si alguien observara las cosas desde su origen, como en los demás casos, también en estos las contemplaría mejor. Es necesario, pues, que en primer lugar se emparejen quienes no pueden existir el uno sin el otro, como la hembra y el macho en vista de la reproducción (y esto no es por elección, sino que, como también en los demás animales y plantas, es natural el impulso de dejar otro semejante a uno mismo), y el que manda y el que es mandado por naturaleza, en vista de la conservación. Pues el que puede prever con la inteligencia es por naturaleza el que manda y el que gobierna por naturaleza, mientras que el que puede con el cuerpo llevar a cabo estas tareas es el mandado y esclavo por naturaleza; por eso el amo y el esclavo tienen el mismo interés. Así pues, la hembra y el esclavo están diferenciados por naturaleza (pues la naturaleza no hace nada mezquinamente como los forjadores del cuchillo délfico, sino una cosa para una sola función).
Pues así se realizaría cada una de las herramientas de la forma más perfecta, sirviendo no a muchas tareas sino a una sola. Entre los bárbaros, en cambio, la hembra y el esclavo tienen la misma posición. La causa es que no tienen quien mande por naturaleza, sino que su comunidad es de esclava y esclavo. Por eso dicen los poetas:
«es natural que los griegos manden sobre los bárbaros»,
como si por naturaleza bárbaro y esclavo fueran lo mismo. De estas dos comunidades surge en primer lugar la casa, y con razón dijo Hesíodo al componer:
«ante todo una casa, una mujer y un buey de labranza»,
pues el buey hace las veces de sirviente para los pobres. Así pues, la comunidad constituida por naturaleza para cada día es la casa, cuyos miembros Carondas llama «compañeros de hogaza» y Epiménides el cretense «compañeros de pesebre». La primera comunidad formada por varias casas en vista de un uso no cotidiano es la aldea. Según la naturaleza, la aldea parece ser una colonia de la casa, cuyos miembros algunos llaman «hermanos de leche», hijos e hijos de hijos. Por eso también las ciudades fueron gobernadas al principio por reyes, y todavía lo son las naciones; pues se formaron de quienes eran gobernados por reyes. En efecto, toda casa es gobernada por el más anciano, de modo que también las colonias lo son, a causa del parentesco. Y esto es lo que dice Homero:
«cada uno administra justicia
a sus hijos y esposas».
Pues vivían dispersos, y así vivían antiguamente. Y todos dicen que los dioses son gobernados por un rey porque ellos mismos, unos todavía ahora y otros antiguamente, eran gobernados por reyes, y así como los hombres se asemejan a sí mismos en sus formas, así también en las vidas de los dioses.
La comunidad formada por varias aldeas es la ciudad perfecta, que ya posee, por así decirlo, el límite de la autosuficiencia total, que nace para vivir pero existe para vivir bien. Por eso toda ciudad es por naturaleza, si es que también lo son las primeras comunidades. Pues ella es el fin de aquellas, y la naturaleza es fin; en efecto, lo que cada cosa es una vez completada su formación, eso decimos que es la naturaleza de cada una, como del hombre, del caballo, de la casa. Además, aquello para lo cual algo existe y el fin es lo mejor; y la autosuficiencia es tanto fin como lo mejor. De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal político, y que quien está sin ciudad por naturaleza y no por azar o bien es un ser inferior o superior al hombre, como aquel insultado por Homero:
«sin tribu, sin ley, sin hogar»,
pues quien es así por naturaleza es también amante de la guerra, dado que es como una pieza aislada en un juego de mesa. Y que el hombre es un animal político en mayor medida que cualquier abeja o cualquier animal gregario es evidente. Pues nada, como decimos, hace la naturaleza en vano; y el hombre es el único de los animales que posee palabra. La voz es signo de lo doloroso y lo placentero, por eso también la poseen los demás animales (pues su naturaleza llega hasta tener sensación de lo doloroso y lo placentero y significárselo unos a otros), pero la palabra sirve para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, y por tanto también lo justo y lo injusto; pues esto es propio de los hombres frente a los demás animales: poseer, ellos solos, percepción de lo bueno y lo malo, de lo justo y lo injusto y de las demás cosas; y la comunidad de estas cosas hace la casa y la ciudad.
Y la ciudad es por naturaleza anterior a la casa y a cada uno de nosotros. Pues el todo es necesariamente anterior a la parte; en efecto, destruido el todo, no habrá pie ni mano, salvo en sentido equívoco, como si alguien llamara mano a la de piedra (pues destruida será tal); pero todas las cosas se definen por su función y su capacidad, de modo que, al no ser ya tales, no debe decirse que son las mismas sino homónimas. Que la ciudad es tanto por naturaleza como anterior a cada uno es, pues, evidente; porque si cada uno por separado no es autosuficiente, estará en la misma relación con el todo que las demás partes; y el que no puede vivir en comunidad o el que no necesita nada por su autosuficiencia no es parte de una ciudad, de modo que o es una bestia o un dios.
Hay, pues, en todos por naturaleza un impulso hacia tal comunidad; pero el primero que la constituyó fue causa de los mayores bienes. Pues así como el hombre perfecto es el mejor de los animales, así también, separado de la ley y la justicia, es el peor de todos. La injusticia más terrible es la que tiene armas; y el hombre nace con armas: la inteligencia y la virtud, que pueden ser usadas para todo lo contrario. Por eso sin virtud es el más impío y el más salvaje, y el peor en cuanto a apetitos sexuales y comida. La justicia, en cambio, es política; pues la justicia es el orden de la comunidad política, y la justicia es el juicio de lo justo.
Puesto que es evidente de qué partes se compone la ciudad, es necesario hablar primero de la administración del hogar; pues toda ciudad se compone de casas. Las partes de la administración del hogar son aquellas de las que a su vez se compone la casa; y la casa completa consta de esclavos y libres. Pero dado que cada cosa debe examinarse primero en sus elementos más pequeños, y las partes primeras y más pequeñas de la casa son amo y esclavo, marido y esposa, y padre e hijos, habría que considerar respecto de estas tres cosas qué es cada una y cómo debe ser. Estas son la relación de dominio, la conyugal (pues la unión del hombre y la mujer carece de nombre) y en tercer lugar la procreadora (pues tampoco esta ha sido denominada con nombre propio). Sean, pues, estas tres las que hemos mencionado. Hay una parte que a unos les parece que es la administración del hogar, y a otros la mayor parte de ella; cómo es, debe examinarse.
Me refiero a la llamada crematística. Pero hablemos primero del amo y el esclavo, para que veamos lo relativo a la necesidad práctica y si podemos obtener acerca de ellos algo mejor para el conocimiento que lo que ahora se piensa. Pues a unos les parece que el dominio es una ciencia, y que son lo mismo la administración del hogar, el dominio, la política y el gobierno real, como dijimos al comienzo; a otros, que el dominio es contra naturaleza (pues por ley uno es esclavo y otro libre, pero por naturaleza no hay ninguna diferencia); por tanto, tampoco es justo, ya que se basa en la violencia.
Puesto que la propiedad es parte de la casa y la adquisitiva parte de la administración del hogar (pues sin las cosas necesarias es imposible tanto vivir como vivir bien), y así como en las artes definidas sería necesario que existieran los instrumentos apropiados si va a realizarse la obra, así también para el administrador. De los instrumentos unos son inanimados y otros animados (como para el piloto el timón es inanimado y el vigía animado; pues el subordinado es en las artes una especie de instrumento); así también la posesión es un instrumento para la vida, y el patrimonio es una cantidad de instrumentos, y el esclavo es una posesión animada, y como un instrumento anterior a los instrumentos todo subordinado. Pues si cada uno de los instrumentos pudiera, tras recibir una orden o presentirla, realizar su propia función, como dicen de las estatuas de Dédalo o de los trípodes de Hefesto, de los que dice el poeta que «por sí mismos entraban en la asamblea divina», así las lanzaderas tejieran por sí mismas y los plectros tocaran la cítara, entonces ni los maestros de obra necesitarían subordinados ni los amos esclavos.
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Las llamadas herramientas son, pues, instrumentos productivos, mientras que una posesión es un instrumento para la acción. De la lanzadera resulta algo distinto de su propio uso, pero de la ropa y la cama solo resulta el uso. Además, como la producción y la acción difieren en su forma y ambas necesitan instrumentos, es necesario que estos tengan también la misma diferencia. La vida es acción, no producción; por eso el esclavo es un servidor para las cosas relativas a la acción. Una posesión se define como también se define una parte: la parte no solo es parte de otra cosa, sino que pertenece enteramente a otra; lo mismo ocurre con la posesión. Por eso el amo es solo amo del esclavo, pero no le pertenece a él; el esclavo, en cambio, no solo es esclavo del amo, sino que le pertenece por completo.
Qué es la naturaleza del esclavo y cuál es su función queda claro a partir de esto: el que por naturaleza no se pertenece a sí mismo sino a otro, siendo hombre, ese es esclavo por naturaleza. Es de otro aquel hombre que, siendo hombre, es una posesión; y una posesión es un instrumento para la acción y separable.
Hay que examinar a continuación si existe alguien así por naturaleza o no, y si para alguien es mejor y justo ser esclavo o no, o si, por el contrario, toda esclavitud es contraria a la naturaleza. No es difícil examinarlo tanto mediante el razonamiento como observando los hechos. Mandar y ser mandado no solo pertenecen a lo necesario, sino también a lo conveniente, y desde el nacimiento algunos seres están diferenciados, unos hacia ser mandados y otros hacia mandar. Existen muchas formas tanto de los que mandan como de los que son mandados (y siempre es mejor el mando sobre los que son mejores al ser mandados, por ejemplo, sobre un hombre que sobre una bestia; porque la obra realizada por los mejores es mejor obra; y donde uno manda y otro es mandado, existe alguna obra común a ambos). En todos los seres que se componen de varios elementos y llegan a ser una unidad común, ya sea de elementos continuos o separados, se manifiesta en todos ellos lo que manda y lo que es mandado, y esto se da en los seres vivos a partir de la naturaleza entera.
Incluso en las cosas que no participan de la vida existe cierto principio de mando, como en una armonía. Pero esto quizá requiere una consideración más especializada. El ser vivo, en cambio, se compone primero de alma y cuerpo, de los cuales uno manda por naturaleza y el otro es mandado. Debemos examinar lo natural en los seres que están de acuerdo con la naturaleza, y no en los que están corrompidos. Por eso hay que observar al hombre que está en las mejores condiciones tanto de cuerpo como de alma; en él esto es evidente, pues en los que son malvados o están en mal estado podría parecer a menudo que el cuerpo manda sobre el alma, porque están en condición defectuosa y contraria a la naturaleza.
Es posible, pues, como decimos, contemplar primero en un ser vivo tanto el mando despótico como el político: el alma manda sobre el cuerpo con mando despótico, mientras que el intelecto manda sobre el apetito con mando político o regio. En estos casos es evidente que es conforme a naturaleza y conveniente que el cuerpo sea mandado por el alma, y que la parte afectiva sea mandada por el intelecto y la parte que posee razón; en cambio, que ambos sean iguales o en posición inversa es perjudicial para todos. Lo mismo ocurre entre el hombre y los demás animales: los animales domésticos son mejores por naturaleza que los salvajes, y para todos ellos es mejor ser mandados por el hombre, pues así obtienen su preservación. Además, el macho en relación con la hembra es por naturaleza uno superior y el otro inferior, uno el que manda y el otro el mandado. Del mismo modo es necesario que ocurra con todos los hombres.
Así pues, cuantos distan tanto como el alma del cuerpo y el hombre de la bestia (y están en esta condición aquellos cuya función es el uso del cuerpo, y esto es lo mejor que viene de ellos), estos son esclavos por naturaleza, para quienes es mejor ser mandados con este mando, tal como ocurre con los casos mencionados. Es esclavo por naturaleza el que puede pertenecer a otro (por eso también pertenece a otro), y el que participa de la razón solo en la medida de percibirla, pero no de poseerla. Los demás animales, en efecto, sirven no percibiendo la razón, sino siguiendo sus afecciones. La utilidad difiere poco: la ayuda para las necesidades del cuerpo proviene de ambos, tanto de los esclavos como de los animales domésticos. La naturaleza, por tanto, quiere hacer también diferentes los cuerpos de los libres y de los esclavos: unos fuertes para el uso necesario, otros erguidos e inútiles para tales trabajos, pero útiles para la vida política (esta, a su vez, se divide en la necesidad guerrera y la pacífica). Sin embargo, ocurre a menudo lo contrario: unos tienen cuerpos de libres y otros almas.
Pues esto es evidente: si algunos llegaran a diferir solo en el cuerpo tanto como difieren las imágenes de los dioses, todos dirían que los inferiores merecen ser sus esclavos. Y si esto es verdad respecto del cuerpo, mucho más justo es establecer esta distinción respecto del alma; pero no es igualmente fácil ver la belleza del alma como la del cuerpo. Así pues, es evidente que por naturaleza unos son libres y otros esclavos, para quienes conviene ser esclavos y es justo.
Que también quienes sostienen lo contrario hablan de algún modo correctamente no es difícil de ver. Porque «ser esclavo» y «el esclavo» se dicen en dos sentidos. Existe también el esclavo y el servir según la ley: la ley es cierto acuerdo según el cual lo conquistado en la guerra, dicen, pertenece a los conquistadores. Muchos de los que se ocupan de las leyes acusan esta justicia de ilegalidad, como si fuera terrible que quien puede usar la fuerza y es superior en poder tenga como esclavo y mandado al que ha sido violentado. Y así opinan unos de un modo y otros de otro, incluso entre los sabios. La causa de esta controversia, y lo que hace que los argumentos se entrecrucen, es que en cierto modo la virtud, cuando dispone de recursos, puede ejercer violencia más que nada, y lo que domina siempre posee superioridad en algún bien, de modo que parece que la violencia no se da sin virtud, sino que la controversia es solo acerca de lo justo (por eso a unos les parece que lo justo es la benevolencia, y a otros que esto mismo es justo: que el más fuerte mande).
Cuando estos argumentos se separan, ninguno de los otros argumentos tiene fuerza ni resulta convincente, de que no debe mandar y ejercer el dominio el que es mejor en virtud. Algunos, aferrándose absolutamente, según creen, a cierta justicia (pues la ley es algo justo, y consideran justa la esclavitud derivada de la guerra), al mismo tiempo la niegan: porque es posible que el inicio de las guerras no sea justo, y nadie diría que es esclavo quien no merece ser esclavo. De otro modo, ocurrirá que quienes parecen ser de la más noble cuna sean esclavos e hijos de esclavos, si les ocurre ser capturados y vendidos. Por eso no quieren llamarlos esclavos a ellos mismos, sino a los bárbaros. Y sin embargo, cuando dicen esto, no buscan otra cosa que el esclavo por naturaleza, lo que dijimos desde el principio; pues es necesario reconocer que unos son esclavos en todas partes y otros en ninguna.
Del mismo modo ocurre también con la nobleza de nacimiento: se consideran a sí mismos nobles no solo entre los suyos sino en todas partes, mientras que a los bárbaros solo en su propia tierra, como si hubiera una nobleza y libertad absoluta y otra no absoluta, como dice también la Helena de Teodectas:
«Siendo descendiente de raíces divinas por ambos lados, ¿quién se atrevería a llamarme esclava?»
Cuando dicen esto, no distinguen al esclavo del libre por otra cosa que por la virtud y la maldad, y lo mismo a los nobles de los no nobles. Consideran que así como de un hombre nace un hombre y de animales nacen animales, así también de los buenos nace un bueno. Pero la naturaleza quiere hacer esto a menudo, aunque no puede.
Así pues, es evidente que la controversia tiene cierta razón, y que no siempre unos son esclavos por naturaleza y otros libres, y también que en algunos casos está delimitado tal cosa, para quienes conviene a uno ser esclavo y a otro ejercer el dominio [y es justo], y es necesario que uno sea mandado y el otro mande con el mando para el que están naturalmente capacitados, de modo que también ejerza el dominio; pero hacerlo mal es inconveniente para ambos (pues lo mismo conviene a la parte y al todo, al cuerpo y al alma; el esclavo es cierta parte del amo, como una parte animada del cuerpo pero separada; por eso existe cierta conveniencia y amistad entre el esclavo y el amo cuando están naturalmente destinados a ello, pero para quienes no lo están de este modo, sino según la ley y forzados, ocurre lo contrario).
También queda claro a partir de esto que el dominio despótico y el político no son lo mismo, ni todos los mandos son iguales entre sí, como dicen algunos. Uno es sobre libres por naturaleza y el otro sobre esclavos; y la administración doméstica es una monarquía (pues toda casa es gobernada por uno solo), mientras que el gobierno político es el mando sobre libres e iguales. Así pues, el amo no se define por un conocimiento, sino por ser de cierta condición; igualmente el esclavo y el libre. Sin embargo, podría existir un conocimiento despótico y otro servil; el servil sería como el que enseñaba alguien en Siracusa: allí alguien, cobrando un salario, enseñaba a los niños las tareas cotidianas del servicio. Y podría haber aprendizaje de más cosas de este tipo, como la culinaria y los demás géneros de este servicio. Pues hay trabajos diferentes entre sí: unos más honorables y otros más necesarios, y según el proverbio
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esclavo respecto a esclavo, amo respecto a amo.
Todos estos conocimientos son, pues, propios del esclavo; mientras que el conocimiento del amo es el del que usa esclavos. Porque el amo no lo es por adquirir esclavos, sino por usarlos. Este conocimiento, sin embargo, no tiene nada de importante ni de noble; pues lo que el esclavo debe saber hacer, eso el amo debe saber ordenar. Por eso, quienes tienen la posibilidad de no sufrir ellos mismos estas molestias, delegan este honor en un administrador, mientras ellos se dedican a la política o a la filosofía. El arte de adquirir es diferente de ambos, es decir, el justo, siendo una forma de arte bélico o de caza. Sobre el esclavo y el amo quede delimitado de este modo.
En general, examinemos ahora todo lo referente a la propiedad y al arte de enriquecerse según el método que hemos indicado, ya que también el esclavo era una parte de la propiedad. En primer lugar, alguien podría preguntarse si el arte de enriquecerse es el mismo que la economía doméstica, o una parte de ella, o algo auxiliar; y si es auxiliar, si lo es como el arte de hacer lanzaderas respecto al de tejer, o como la fundición respecto al arte de hacer estatuas (pues no sirven de la misma manera, sino que uno proporciona herramientas, el otro la materia; y llamo materia al sustrato del que se completa una obra, como la lana para el tejedor y el bronce para el escultor). Que la economía doméstica no es lo mismo que el arte de enriquecerse es evidente (pues la función de una es adquirir, la de la otra usar; ¿pues qué otra habrá que use las cosas de la casa además de la economía doméstica?); pero si es una parte de ella o un género diferente, es discutible;
porque si corresponde al que se enriquece examinar de dónde vendrán bienes y propiedad, ... y la propiedad abarca muchas partes y la riqueza también, de modo que primero hay que preguntarse si la agricultura es una parte de la economía doméstica o un género diferente, y en general el cuidado y la adquisición de alimento. Pero existen muchas clases de alimento, por eso también son muchos los modos de vida tanto de los animales como de los hombres; pues no es posible vivir sin alimento, de manera que las diferencias en el alimento han hecho diferentes los modos de vida de los animales. Entre las bestias salvajes, unas son gregarias y otras dispersas, según lo que les conviene para su alimento, porque unas son carnívoras, otras frugívoras y otras omnívoras; de modo que la naturaleza ha distinguido sus modos de vida en función de su comodidad y de sus preferencias en estos aspectos. Y ya que no es lo mismo lo que es agradable para cada uno según su naturaleza, sino que lo es una cosa para unos y otra para otros, también entre los mismos carnívoros y frugívoros los modos de vida difieren entre sí;
del mismo modo sucede también con los hombres. Pues sus modos de vida difieren mucho. Los más perezosos son los nómadas (pues obtienen su alimento de los animales domésticos sin esfuerzo y en el ocio; pero como es necesario que los rebaños se desplacen por los pastos, también ellos se ven obligados a seguirlos, como si cultivaran una granja viviente); otros viven de la caza, y de diferentes tipos de caza, por ejemplo unos del bandidaje, otros de la pesca, cuantos habitan junto a lagos, pantanos, ríos o un mar adecuado para ello, otros de aves o bestias salvajes; pero la mayoría del género humano vive de la tierra y de los frutos cultivados.
Los modos de vida son aproximadamente tantos cuantos tienen su trabajo autosuficiente y no procuran su alimento mediante el intercambio o el comercio: nómada, bandolero, pescador, cazador, agricultor. Algunos viven agradablemente mezclando estas actividades, completando así el modo de vida que resulta más deficiente, en lo que necesita para ser autosuficiente, como por ejemplo unos combinan el nómada con el de bandidaje, otros el agrícola con el de caza; de modo semejante también respecto a los demás; viven de este modo según como la necesidad los obliga. Esta clase de propiedad parece ser dada por la naturaleza misma a todos, tanto en el momento del nacimiento como cuando han alcanzado la madurez. Pues ya en el momento del nacimiento algunos animales paren junto con sus crías tanto alimento como para que sea suficiente hasta que la cría pueda procurárselo por sí misma, como los que producen larvas o ponen huevos;
los que paren crías vivas tienen alimento en sí mismos para sus crías durante cierto tiempo, la sustancia de lo que se llama leche. De modo que igualmente es evidente que también una vez nacidos debemos pensar que las plantas existen en función de los animales, y los demás animales en función de los hombres, los domésticos tanto para su uso como para su alimentación, y de los salvajes, si no todos, al menos la mayoría en función del alimento y de otra ayuda, para que se obtenga de ellos vestido y otras herramientas. Si, pues, la naturaleza no hace nada incompleto ni en vano, es necesario que la naturaleza haya hecho todo esto en función de los hombres. Por eso también el arte de la guerra será naturalmente en cierto modo un arte de adquirir (pues la caza es parte de ella), que debe usarse tanto contra las bestias como contra aquellos hombres que, habiendo nacido para ser gobernados, no quieren serlo, por ser esta guerra justa por naturaleza.
Así pues, una forma del arte de adquirir es por naturaleza parte de la economía doméstica, en cuanto que debe existir o debe procurarse para que exista aquello de lo que puede haber acumulación de bienes necesarios para la vida y útiles para la comunidad de la ciudad o de la casa. Y parece que la riqueza verdadera está constituida por estos bienes. Pues la autosuficiencia de tal propiedad para una vida buena no es ilimitada, como dice Solón en su poema:
«De riqueza ningún límite manifiesto está establecido para los hombres».
Pues está establecido, como también para las demás artes; ninguna herramienta de ningún arte es ilimitada ni en número ni en tamaño, y la riqueza es una cantidad de herramientas económicas y políticas. Que existe, pues, cierto arte de adquirir según la naturaleza para los administradores domésticos y para los políticos, y por qué causa, es evidente.
Pero existe otro género del arte de adquirir, que llaman, y es justo llamarlo así, arte de enriquecerse, a causa del cual parece no haber límite de riqueza y propiedad; muchos consideran que es una y la misma que la mencionada por su proximidad; pero no es la misma que la dicha ni está lejos de aquella. Una es por naturaleza y la otra no es por naturaleza, sino que se produce más bien por cierta experiencia y técnica. Tomemos el principio sobre ella a partir de aquí. De cada posesión hay un doble uso, y ambos son por sí mismos pero no del mismo modo por sí mismos, sino que uno es propio y el otro no es propio de la cosa, como del calzado tanto el calzarse como el intercambiarlo. Pues ambos son usos del calzado; y también el que intercambia el calzado con quien lo necesita a cambio de dinero o de alimento usa el calzado en tanto que calzado, pero no en su uso propio;
pues no ha llegado a existir para el intercambio. Del mismo modo sucede también con las demás posesiones. Pues el intercambio existe para todas, habiendo comenzado en primer lugar de modo natural, por el hecho de que los hombres tienen de unas cosas más y de otras menos de lo suficiente (por lo cual es evidente que el comercio al por menor no es por naturaleza parte del arte de enriquecerse; pues era necesario hacer el intercambio solo hasta donde fuera suficiente para ellos). Así pues, en la primera comunidad (y esta es la casa) es evidente que no hay función para él, sino solo cuando la comunidad es ya más grande. Pues los de la primera compartían todo lo que era suyo, mientras que los que estaban separados compartían muchas cosas diferentes, de las cuales era necesario hacer intercambios según las necesidades, como aún hacen muchos pueblos bárbaros, mediante el trueque. Pues intercambian las cosas útiles mismas entre sí, pero nada más allá, como dando y recibiendo vino por trigo, y cada una de las demás cosas semejantes.
Tal intercambio, pues, no es ni contrario a la naturaleza ni es forma alguna del arte de enriquecerse (pues era para completar la autosuficiencia natural); sin embargo, de este surgió aquel conforme a la razón. Pues al hacerse más extranjera la ayuda por importar lo que faltaba y exportar lo que sobraba, por necesidad se procuró el uso de la moneda. Pues cada una de las cosas naturalmente necesarias no es fácil de transportar; por eso para los intercambios acordaron entre sí dar y recibir algo de tal clase que, siendo útil por sí mismo, tuviera la utilidad de ser fácil de manejar para la vida, como hierro, plata o alguna otra cosa semejante, al principio definido simplemente por tamaño y peso, pero finalmente poniéndole también un sello, para liberarse ellos de la medición; pues el sello se puso como señal de la cantidad.
Una vez procurada la moneda, del intercambio necesario surgió la otra forma del arte de enriquecerse, el comercio al por menor, que al principio quizá se practicaba de modo simple, pero luego, mediante la experiencia, de modo más técnico, en cuanto a de dónde y cómo, haciendo intercambios, se produciría la mayor ganancia. Por eso parece que el arte de enriquecerse se ocupa principalmente de la moneda, y que su función es poder examinar de dónde habrá abundancia, pues se considera productora de riqueza y de bienes. Y en efecto, muchas veces consideran que la riqueza es abundancia de moneda, porque el arte de enriquecerse y el comercio al por menor se ocupan de esto. Pero otras veces, por el contrario, parece que la moneda es una tontería y pura convención, pero nada por naturaleza, porque si los que la usan la cambian, no vale nada ni es útil para ninguna de las cosas necesarias, y muchas veces el que es rico en moneda carecerá del alimento necesario; y sin embargo es absurdo que tal sea la riqueza de la cual, abundando en ella, se morirá de hambre, como cuentan en el mito de aquel Midas, que por la insaciabilidad de su deseo todo lo que se le servía se convertía en oro.
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Por eso buscan algo distinto en la riqueza y en la crematística, y tienen razón al buscarlo. Pues hay una crematística y una riqueza que son conformes a la naturaleza, y esta es la economía doméstica, mientras que la otra es comercial, productora de riqueza no de cualquier modo sino mediante el intercambio de bienes. Y esta parece girar en torno al dinero, pues el dinero es el elemento y el límite del intercambio. Y esta riqueza procedente de esta crematística es ilimitada. Pues así como la medicina respecto a la salud es ilimitada, y cada una de las artes respecto a su fin es ilimitada (porque quieren producirlo al máximo), mientras que los medios para el fin no son ilimitados (pues el fin es el límite para todas), así también para esta crematística no hay límite del fin, y el fin es esta clase de riqueza y adquisición de bienes. En cambio, la crematística propia de la economía doméstica tiene límite,
pues no es este el cometido de la economía doméstica. Por eso, desde un punto de vista parece necesario que toda riqueza tenga límite, pero en los hechos vemos que ocurre lo contrario: todos los que se dedican a los negocios aumentan el dinero sin límite. La causa es su proximidad. Pues se confunden porque el uso es el mismo en cada una de las dos crematísticas. En efecto, el uso es de la misma posesión, pero no del mismo modo, sino que para una el fin es otro, para la otra el aumento. De modo que a algunos les parece que este es el cometido de la economía doméstica, y se pasan el tiempo creyendo que deben conservar o aumentar sin límite su patrimonio en dinero. La causa de esta disposición es el afán por vivir, pero no por vivir bien; así pues, siendo ilimitado aquel deseo, también desean sin límite los medios de producción. E incluso quienes aspiran a vivir bien, buscan lo que procura los placeres corporales, de modo que, puesto que esto también parece encontrarse en la posesión de bienes, toda su ocupación gira en torno a ganar dinero, y por esto ha surgido la otra forma de crematística.
Pues siendo excesivo el placer, buscan lo que produce el exceso de placer; y si no pueden procurárselo mediante la crematística, lo intentan por otro medio, usando cada una de sus facultades de modo antinatural. Pues el cometido del valor no es producir dinero sino audacia, ni tampoco el del arte militar y el de la medicina, sino que el de una es la victoria y el de la otra la salud. Pero ellos hacen de todas crematísticas, como si esto fuera el fin, y hacia el fin debiera tender todo.
Así pues, se ha hablado sobre la crematística no necesaria, qué es y por qué causa la necesitamos, y también sobre la necesaria, que es distinta de aquella, propia de la economía doméstica según la naturaleza en lo relativo al sustento, que no es ilimitada como aquella sino que tiene límite.
Y queda claro también lo que planteábamos al principio: si la crematística pertenece o no al administrador doméstico y al político, o más bien esto debe estar ya disponible (pues así como la política no crea a los hombres, sino que tomándolos de la naturaleza se sirve de ellos, así también debe la naturaleza proveer el alimento desde la tierra o el mar o alguna otra fuente, y a partir de esto corresponde al administrador disponer de ello como es debido. Pues no es cometido del arte de tejer producir la lana, sino usarla, y también conocer cuál es buena y adecuada, o cuál es mala e inadecuada. Pues alguien podría preguntarse por qué la crematística es parte de la economía doméstica, pero la medicina no es parte; sin embargo, es necesario que los de la casa estén sanos, igual que vivir o cualquier otra cosa necesaria). Pero así como de algún modo corresponde al administrador y al gobernante ocuparse de la salud, pero de otro modo no, sino al médico, así también respecto al dinero de algún modo corresponde al administrador, pero de otro modo no, sino al arte subordinado;
pero sobre todo, como dijimos antes, esto debe estar disponible por naturaleza. Pues es obra de la naturaleza proporcionar alimento a lo que nace; pues para todo, aquello de lo que procede es su alimento. Por eso la crematística a partir de los frutos y los animales es natural para todos. Y siendo esta doble, como dijimos, comercial una y económica la otra, y siendo esta necesaria y alabada, mientras que la del intercambio es criticada con justicia (pues no es según naturaleza sino que procede de unos a otros), con toda razón es odiada la usura porque la adquisición procede del dinero mismo y no de aquello para lo que se procuró. Pues surgió en razón del intercambio, pero el interés lo hace más abundante (de donde también ha recibido este nombre; pues lo engendrado es semejante a sus progenitores, y el interés es dinero procedente de dinero); de modo que esta es la más antinatural de las formas de enriquecimiento.
Puesto que hemos distinguido suficientemente lo relativo al conocimiento, debemos tratar lo relativo al uso. Todas las cuestiones de este tipo tienen en la teoría su aspecto liberal, pero en la experiencia su aspecto necesario. Las partes útiles de la crematística son: tener experiencia respecto a las posesiones, cuáles son las más rentables y dónde y cómo, por ejemplo qué tipo de cría de caballos o de bueyes o de ovejas, e igualmente de los demás animales (pues es preciso tener experiencia sobre cuáles de estos son los más rentables entre sí, y cuáles en qué lugares; pues unos prosperan en unas regiones y otros en otras), luego sobre la agricultura, tanto la de secano como la de plantaciones, y sobre la apicultura, y sobre los demás animales acuáticos o voladores, de los cuales se puede obtener ayuda. Estas son, pues, las partes principales y primeras de la crematística más propia; y de la del intercambio la más importante es el comercio (y de este hay tres partes: armamento de naves, transporte de mercancías, venta al público;
y se diferencian entre sí en que unas son más seguras, otras proporcionan mayor ganancia), en segundo lugar el préstamo a interés, y en tercer lugar el trabajo asalariado (y de este uno es el de las artes manuales, otro el de los que carecen de arte y solo son útiles con el cuerpo); hay una tercera forma de crematística intermedia entre esta y la primera (pues participa tanto de la natural como de la del intercambio), que comprende lo que procede de la tierra y de lo que nace de la tierra, sin fruto pero útil, como la tala de árboles y toda minería. Y esta ya abarca muchos géneros, pues hay muchas especies de lo que se extrae de la tierra. Ahora bien, son más técnicos los trabajos en los que interviene menos el azar, más viles aquellos en los que se dañan más los cuerpos, más serviles aquellos en los que hay más uso del cuerpo, más indignos aquellos en los que menos se necesita virtud.
Sobre cada uno de estos temas se ha hablado ahora en general, pero examinarlo en detalle es útil para las actividades, aunque es vulgar entretenerse en ello. Puesto que hay algunos que han escrito sobre estos asuntos, como Caretides de Paros y Apolodoro de Lemnos sobre agricultura tanto de secano como de plantaciones, e igualmente otros sobre otros temas, quien esté interesado puede estudiarlos a partir de ellos; además, también hay que recoger las anécdotas dispersas sobre cómo algunos han tenido éxito en los negocios. Pues todas ellas son útiles para quienes valoran la crematística, como también la de Tales de Mileto; pues esto es una estratagema crematística, pero se la atribuyen a él por su sabiduría, aunque resulta ser algo universal. En efecto, cuando le reprochaban su pobreza como prueba de la inutilidad de la filosofía, cuentan que él, previendo mediante la astrología que habría abundante cosecha de olivas, cuando aún era invierno, disponiendo de poco dinero dio señales para reservar todos los molinos de aceite tanto en Mileto como en Quíos, alquilándolos baratos porque nadie pujaba;
pero cuando llegó el momento, siendo muchos los que los buscaban al mismo tiempo y repentinamente, los subarrendó del modo que quiso, y reuniendo mucho dinero demostró que es fácil enriquecerse para los filósofos, si quieren, pero que no es esto a lo que se dedican. Tales, pues, se dice que hizo así demostración de su sabiduría; pero es, como dijimos, algo universal en la crematística, si alguien puede procurarse un monopolio. Por eso también algunas ciudades recurren a este medio cuando están faltas de dinero: pues se hacen con un monopolio de las ventas. En Sicilia uno, habiendo depositado dinero en su poder, compró todo el hierro de las herrerías, y después, cuando llegaron los comerciantes de los puertos, lo vendió él solo, sin hacer demasiado excesivo el precio; pero sin embargo sobre cincuenta talentos obtuvo cien. Esto, pues, lo supo Dionisio y le ordenó que se llevara el dinero, pero que no permaneciera más en Siracusa, por encontrar recursos incompatibles con sus intereses;
sin embargo, la idea de Tales y la de este es la misma: ambos se ingeniaron para hacerse con un monopolio. Es útil conocer estas cosas también para los políticos. Pues muchas ciudades necesitan enriquecimiento y tales recursos, como una casa, e incluso más; por eso algunos de los que se dedican a la política se dedican solo a esto.
Puesto que había tres partes de la economía doméstica, una la despótica, sobre la que se habló antes, otra la paterna, y una tercera la conyugal (pues gobierna tanto a la mujer como a los hijos, como a ambos en tanto que libres, pero no del mismo modo de gobierno, sino a la mujer políticamente y a los hijos regiamente; pues el varón es por naturaleza más apto para dirigir que la hembra, a no ser que en algún caso esté constituido contra naturaleza, y el mayor y perfecto más que el menor e imperfecto)—ahora bien, en la mayoría de los gobiernos políticos se alterna el gobernante y el gobernado (pues quieren ser iguales por naturaleza y no diferir en nada), sin embargo, cuando uno gobierna y el otro es gobernado, se busca que haya diferencia tanto en apariencias como en palabras y honores, como también dijo Amasis el relato sobre el lavatorio; pero el varón respecto a la hembra tiene siempre esta relación. El gobierno de los hijos es regio; pues el que engendra gobierna tanto por afecto como por antigüedad, lo cual es una forma de gobierno regio. Por eso con razón Homero llamó a Zeus diciéndole
Parte51260a-1260b
padre de hombres y de dioses (Homero, Ilíada 1.544)
al rey de todos ellos. Pues por naturaleza el rey debe ser superior, pero debe ser el mismo por linaje; esto es lo que le ocurre al mayor respecto al menor y al progenitor respecto al hijo.
Resulta evidente, por tanto, que el cuidado de la economía doméstica se dedica más a las personas que a la propiedad de cosas inanimadas, y más a la virtud de aquellas que a la de la propiedad, que llamamos riqueza, y más a los hombres libres que a los esclavos. En primer lugar, uno podría preguntarse acerca de los esclavos si existe alguna virtud del esclavo distinta de las instrumentales y las propias del servicio, otra más valiosa que estas, como la moderación, el valor, la justicia y cualquier otra disposición semejante, o si no existe ninguna aparte de los servicios corporales (pues la cuestión presenta dificultades de ambas maneras: si existe, ¿en qué se diferenciarán de los hombres libres? Y si no existe, siendo hombres y partícipes de la razón, resulta absurdo). Casi idéntica es la cuestión respecto a la mujer y al niño: ¿acaso también estos tienen virtudes, y debe la mujer ser moderada, valerosa y justa, y el niño puede ser también intemperante o moderado, o no?
En general, hay que examinar esto respecto al que gobierna y al que es gobernado por naturaleza: si tienen la misma virtud o virtudes diferentes. Pues si ambos deben participar de la nobleza completa, ¿por qué uno debería gobernar y el otro ser gobernado de forma absoluta? No es posible que la diferencia sea una cuestión de grado; pues gobernar y ser gobernado difieren en especie, no en grado. Pero si uno debe tenerla y el otro no, resulta sorprendente. Porque si el que gobierna no es moderado y justo, ¿cómo gobernará bien? Y si el que es gobernado, ¿cómo será gobernado bien? Siendo intemperante y cobarde no hará nada de lo que debe. Es evidente, por tanto, que ambos deben participar necesariamente de la virtud, pero que en esta hay diferencias (igual que entre los que por naturaleza son gobernados). Y esto lo sugiere directamente el alma: en ella hay por naturaleza un elemento que gobierna y otro que es gobernado, de los cuales decimos que tienen virtudes diferentes, como el elemento racional y el irracional.
Es claro, entonces, que lo mismo ocurre en los demás casos, de modo que por naturaleza hay más elementos que gobiernan y elementos gobernados. Pues de distinta manera gobierna el hombre libre al esclavo, el varón a la hembra y el hombre al niño, y en todos existen las partes del alma, pero existen de manera diferente. El esclavo carece por completo de la facultad deliberativa; la hembra la tiene, pero sin autoridad; el niño la tiene, pero incompleta. Por eso el que gobierna debe tener la virtud intelectual completa (pues la obra corresponde absolutamente al arquitecto, y la razón es el arquitecto), mientras que cada uno de los demás debe tenerla en la medida que le corresponde. Es necesario, por tanto, entender de forma semejante respecto a las virtudes éticas que todos deben participar de ellas, pero no de la misma manera, sino cada uno en la medida necesaria para su función propia.
De modo que es evidente que todos los mencionados poseen virtud ética, y que no es la misma la moderación de la mujer y del hombre, ni el valor ni la justicia, como creía Sócrates, sino que uno es el valor propio del que gobierna y otro el del que sirve, e igualmente sucede con las demás virtudes.
Esto resulta más claro si se examina en particular: quienes hablan en general se engañan a sí mismos al decir que la virtud es tener el alma en buena disposición, o actuar correctamente, o algo semejante; pues hablan mucho mejor quienes enumeran las virtudes, como Gorgias, que quienes las definen de esta manera. Por eso hay que creer, como dijo el poeta sobre la mujer, que esto se aplica a todos:
el silencio otorga belleza a la mujer, (Sófocles, Áyax 293)
pero esto ya no vale para el hombre. Y puesto que el niño es incompleto, es evidente que su virtud no se refiere a sí mismo, sino a su fin y a quien lo guía; e igualmente la del esclavo respecto al amo. Hemos establecido que el esclavo es útil para las cosas necesarias, de modo que es claro que necesita poca virtud, y solo la suficiente para que no descuide sus trabajos por intemperancia o cobardía. Uno podría preguntarse, si lo que acabamos de decir es verdad, si acaso también los artesanos necesitarán tener virtud, pues muchas veces descuidan sus trabajos por intemperancia. ¿O esto difiere considerablemente? El esclavo es compañero de vida, mientras que el artesano está más alejado, y le corresponde tanta virtud cuanta esclavitud; pues el artesano manual tiene una esclavitud limitada, y el esclavo lo es por naturaleza, pero ningún zapatero ni ningún otro artesano lo es.
Es evidente, por tanto, que el amo debe ser causa de tal virtud para el esclavo, pero no por poseer la capacidad de enseñar los trabajos [despóticamente]. Por eso no hablan bien quienes privan a los esclavos de la razón y afirman que solo hay que usar órdenes: hay que amonestar más a los esclavos que a los niños.
Pero sobre esto quede delimitado de esta manera; en cuanto al hombre y la mujer, los hijos y el padre, la virtud de cada uno de ellos y su relación mutua, qué es lo correcto y lo incorrecto, y cómo hay que perseguir lo bueno y evitar lo malo, será necesario tratarlo en lo referente a los regímenes políticos. Pues dado que toda casa es parte de la ciudad, y estas personas son parte de la casa, y la virtud de la parte debe mirarse en relación con la del todo, es necesario educar a los niños y a las mujeres mirando al régimen político, si es que importa algo para que la ciudad sea excelente que los niños sean excelentes y las mujeres excelentes. Y necesariamente importa: las mujeres son la mitad de las personas libres, y de los niños surgen los que participan del régimen político.
Así pues, dado que sobre esto está delimitado y sobre lo restante hay que hablar en otro lugar, dejemos como concluidos los presentes razonamientos, hagamos un nuevo comienzo y examinemos en primer lugar lo que han declarado acerca del mejor régimen político.
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