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Libro V

La Política · Aristóteles · 65 min de lectura

Parte11301a-1307a

Ya hemos hablado prácticamente de todo lo que nos habíamos propuesto; a continuación de lo dicho debemos examinar por qué cambian los regímenes políticos, cuántas causas hay y de qué tipo, cuáles son las formas de destrucción de cada régimen, de cuáles a cuáles suelen transformarse principalmente, además cuáles son las formas de preservación tanto en común como de cada uno por separado, y también mediante qué medios podría preservarse mejor cada uno de los regímenes. Hay que partir de este principio: que han surgido muchos regímenes políticos cuando todos están de acuerdo en lo justo y en la igualdad proporcional, pero yerran en esto, como ya se dijo antes. La democracia surgió porque quienes son iguales en algo creen ser absolutamente iguales (pues por ser todos igualmente libres, consideran que son iguales en todo), y la oligarquía porque quienes son desiguales en algo suponen ser completamente desiguales (pues siendo desiguales en riqueza, suponen que son absolutamente desiguales).

Entonces los unos, por ser iguales, pretenden participar de todo por igual; los otros, por ser desiguales, buscan tener más, pues tener más es desigual. Todos estos regímenes tienen algo de justo, pero en términos absolutos están equivocados. Y por esta causa, cuando no participan del régimen según la opinión que cada uno tiene, entran en conflicto. Los que con más justicia entrarían en conflicto, pero son los que menos lo hacen, son quienes sobresalen por su virtud; pues es razonable que solo estos sean absolutamente desiguales. Hay algunos que, sobresaliendo por su linaje, no se consideran merecedores de una posición igual debido a esta desigualdad; pues se piensa que son nobles aquellos a quienes les corresponde virtud y riqueza de sus antepasados. Estos son, por decirlo así, los principios y las fuentes de los conflictos, de donde surgen las luchas; por eso también los cambios se producen de dos maneras: a veces contra el régimen, para cambiar el establecido por otro, por ejemplo de democracia a oligarquía o de oligarquía a democracia, o de estos a un régimen mixto y a la aristocracia, o de aquellos a estos; a veces no contra el régimen establecido, sino que eligen mantener el mismo sistema, pero quieren que esté en sus propias manos, como en el caso de la oligarquía o la monarquía;

además en cuanto al más y al menos, por ejemplo para que una oligarquía sea más oligárquica o menos oligárquica, o para que una democracia sea más democrática o menos democrática, y del mismo modo en los demás regímenes, ya sea para intensificarlos o relajarlos; además para mover alguna parte del régimen, por ejemplo para establecer o suprimir alguna magistratura, como en Esparta dicen algunos que Lisandro intentó abolir la realeza y el rey Pausanias la eforía, y en Epidamno también el régimen cambió en parte (pues en lugar de los jefes de tribu establecieron un consejo, y aún sigue siendo obligatorio que las magistraturas del gobierno acudan a la asamblea cuando se vota sobre alguna magistratura, y también el arconte único era un elemento oligárquico en este régimen). Pues en todas partes el conflicto se debe a la desigualdad, cuando no hay proporción para los desiguales (pues una realeza perpetua es desigual, si existe entre iguales);

pues en general entran en conflicto buscando la igualdad. La igualdad es de dos tipos: una numérica y otra según el mérito. Llamo numérica a la que es idéntica e igual en cantidad o magnitud, y según el mérito a la que es proporcional, por ejemplo: numéricamente el tres supera al dos y este al uno en la misma cantidad, pero proporcionalmente el cuatro supera al dos y este al uno; pues el dos es la misma parte del cuatro que el uno del dos; ambos son la mitad. Aunque están de acuerdo en que lo absolutamente justo es lo que va según el mérito, difieren, como se dijo antes, porque unos, si son iguales en algo, creen ser iguales en todo, y otros, si son desiguales en algo, se consideran merecedores de ser desiguales en todo. Por eso surgen principalmente dos regímenes, la democracia y la oligarquía;

pues la nobleza y la virtud están en pocos, mientras que aquello está en más; pues nobles y buenos no hay cien en ninguna parte, pero ricos hay en muchas. Pero organizar todo en todos los aspectos según cada una de estas igualdades es malo. Esto es evidente por lo que sucede: ningún régimen de este tipo es estable. La causa de esto es que es imposible que de un principio y un comienzo errado no resulte finalmente algún mal. Por eso es necesario usar en unos casos la igualdad numérica y en otros la del mérito. Sin embargo, la democracia es más segura y más libre de conflictos que la oligarquía. Pues en las oligarquías surgen dos conflictos, el que tienen entre sí y además el que tienen con el pueblo, mientras que en las democracias solo está el conflicto contra la oligarquía, pero el pueblo no entra en conflicto consigo mismo en grado que valga la pena mencionar;

además el régimen de las clases medias está más cerca del pueblo que el de los pocos; y este es el más seguro de tales regímenes. Puesto que examinamos de qué surgen los conflictos y los cambios en los regímenes, debemos tomar primero en términos generales sus principios y causas. Son en total, por decirlo así, tres en número, y hay que delimitarlas primero en su esquema general. Pues hay que considerar en qué disposición entran en conflicto, por qué motivos, y en tercer lugar cuáles son los principios de los disturbios políticos y de los conflictos entre unos y otros. Como causa más general de que estén dispuestos de cierta manera para el cambio hay que poner la que ya hemos mencionado. Pues unos entran en conflicto por buscar la igualdad si creen tener menos siendo iguales a los que tienen más, y otros por la desigualdad y la superioridad si siendo desiguales suponen no tener más sino igual o menos (y de estas cosas es posible buscarlas justamente, pero también injustamente);

pues siendo inferiores entran en conflicto para ser iguales, y siendo iguales para ser superiores. Ya se ha dicho en qué disposición entran en conflicto; los motivos por los que entran en conflicto son el provecho y el honor y sus contrarios. Pues también entran en conflicto en las ciudades huyendo del deshonor y la pérdida, sea por sí mismos o por sus amigos. Las causas y principios de los movimientos, de donde resultan dispuestos del modo dicho y respecto a los asuntos mencionados, son en número siete, o en cierto modo más. De estas, dos son las mismas que las dichas, pero no del mismo modo; pues se irritan entre sí por el provecho y por el honor, no para obtenerlos para sí mismos, como se dijo antes, sino viendo a otros que los tienen más, unos justamente y otros injustamente; además por la insolencia, por el miedo, por la superioridad, por el desprecio, por un crecimiento desproporcionado;

además de otro modo por la ambición facciosa, por la negligencia, por la pequeñez, por la disparidad. De estos, qué poder tienen la insolencia y el provecho y cómo son causas, es casi evidente; pues cuando los que están en los cargos insultan y buscan ventajas, entran en conflicto tanto entre sí como contra los regímenes que les dan el poder; y la búsqueda de ventajas se produce a veces de lo privado y a veces de lo público. También es claro el honor, qué poder tiene y cómo es causa de conflicto; pues entran en conflicto tanto cuando ellos mismos son deshonrados como cuando ven a otros honrados; y esto ocurre injustamente cuando algunos son honrados o deshonrados contra su mérito, y justamente cuando es según su mérito. Por superioridad, cuando alguien es mayor en poder (ya sea uno solo o varios) que la ciudad y el poder del régimen;

pues de tales situaciones suele surgir la monarquía o la dinastía; por eso en algunos lugares acostumbran el ostracismo, como en Argos y Atenas; aunque es mejor cuidar desde el principio que no haya quienes sobresalgan tanto, que dejar que surjan y remediarlo después. Por miedo entran en conflicto tanto los que han cometido injusticia, temiendo ser castigados, como los que están a punto de sufrir injusticia, queriendo adelantarse antes de ser dañados, como en Rodas cuando los notables se aliaron contra el pueblo por las acusaciones que se les hacían. Por desprecio también entran en conflicto y atacan, por ejemplo en las oligarquías, cuando son más los que no participan del régimen (pues creen ser más fuertes), y en las democracias los ricos despreciando el desorden y la anarquía, como también en Tebas donde después de la batalla de Enófita la democracia se corrompió por un mal gobierno, y en Mégara por el desorden y la anarquía tras ser derrotados, y en Siracusa antes de la tiranía de Gelón, y en Rodas el pueblo antes de la sublevación.

También ocurren cambios de regímenes por un crecimiento desproporcionado. Pues así como el cuerpo está compuesto de partes y debe crecer proporcionalmente para que se mantenga la simetría, de lo contrario se destruye, cuando un pie mide cuatro codos y el resto del cuerpo dos palmos, y a veces puede incluso transformarse en la forma de otro animal, si crece no solo en cantidad sino también en cualidad de manera desproporcionada, así también la ciudad está compuesta de partes, de las cuales muchas veces una crece sin advertirse, como la multitud de los pobres en las democracias y regímenes mixtos. Y a veces esto ocurre también por azares, como en Tarento, cuando tras ser derrotados y muertos muchos notables por los yapigios poco después de las guerras médicas, el régimen pasó de mixto a democracia, y en Argos, cuando murieron los del séptimo día a manos de Cleómenes el espartano, se vieron obligados a admitir a algunos de los habitantes del entorno, y en Atenas, al tener mala suerte en batallas terrestres, los notables disminuyeron porque hacían campaña según las listas militares durante la guerra contra Esparta.

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Esto sucede también en las democracias, aunque menos; pues cuando los acomodados se vuelven más numerosos o las fortunas crecen, cambian hacia oligarquías y regímenes de poder concentrado. Los regímenes cambian también sin necesidad de sedición, tanto a causa de las intrigas, como en Herea (pues por esto pasaron de magistraturas electivas a sorteadas, porque elegían a los intrigantes), como por negligencia, cuando permiten acceder a las magistraturas principales a quienes no son afines al régimen, como en Oreo fue derrocada la oligarquía al convertirse Heracleodoro en uno de los magistrados, quien transformó la oligarquía en un régimen constitucional y democracia. También cambian a causa de lo poco; y digo a causa de lo poco, que con frecuencia pasa desapercibida una gran transformación de las leyes cuando descuidan lo pequeño, como en Ambracia era pequeño el censo de propiedad, pero al final gobernaban quienes no tenían nada, pues lo pequeño está cerca de nada o no se diferencia en nada de la nada.

Elemento de sedición es también lo que no es de la misma raza, hasta que se fusione; pues así como no surge una ciudad de una multitud cualquiera, tampoco surge en un tiempo cualquiera; por eso, la mayoría de quienes han admitido nuevos habitantes o colonos han padecido sediciones; por ejemplo, aqueos que se habían establecido junto con los trecenios en Síbaris, luego los aqueos, habiéndose vuelto más numerosos, expulsaron a los trecenios, de ahí provino la maldición que cayó sobre los sibaritas; y en Turios los sibaritas contra sus cohabitantes (pues pretendiendo tener más al considerar suya la tierra fueron expulsados); y en Bizancio los colonos, sorprendidos conspirando, fueron expulsados mediante combate; y los de Antisa, habiendo recibido a refugiados de Quíos, los expulsaron mediante combate; los zancleos, habiendo acogido a samios, fueron expulsados ellos mismos; y los de Apolonia en el Ponto Euxino, habiendo introducido colonos, sufrieron sedición; y los siracusanos, después de las tiranías, tras hacer ciudadanos a los extranjeros y mercenarios, padecieron sedición y llegaron al combate; y los de Anfípolis, habiendo recibido colonos calcidios, la mayoría de ellos fueron expulsados por estos.

En las oligarquías los muchos se sublevan porque se sienten agraviados, por no participar de lo igual siendo iguales, según se ha dicho antes, mientras que en las democracias se sublevan los notables porque participan de lo igual no siendo iguales. Las ciudades se sublevan a veces también a causa de los lugares, cuando el territorio no es naturalmente apto para ser una sola ciudad, como en Clazómenas los de Quitro contra los de la isla, y los colonios y los de Noción; y en Atenas no son de la misma condición, sino que son más democráticos los habitantes del Pireo que los del centro urbano. Pues al igual que en las guerras los cruces de los canales, incluso los muy pequeños, rompen las falanges, así parece que toda diferencia produce división. La mayor división quizá es entre virtud y maldad, luego entre riqueza y pobreza, y así sucesivamente una más que otra, siendo una de ellas la que hemos mencionado.

Las sediciones surgen no por asuntos pequeños sino a partir de asuntos pequeños, pero se subleva la gente por asuntos grandes. Incluso las pequeñas tienen poder cuando se producen entre los que mandan, como sucedió también en Siracusa en los tiempos antiguos. Pues el régimen cambió por causa de dos jóvenes que estaban en las magistraturas y que se sublevaron por un motivo amoroso. Estando uno de viaje, el otro, siendo su amigo, le sedujo a su amado; entonces aquel, irritado con este, persuadió a su mujer de que se entregara a él; de ahí que, ganándose a los miembros del gobierno, sublevaron a todos. Por eso es necesario precaverse desde el principio de tales cosas, y resolver las sediciones de los dirigentes y los poderosos; pues el error se produce al principio, y se dice que el principio es la mitad del todo, de modo que también el pequeño error en él es proporcionalmente equivalente a los errores en las demás partes.

En general, las sediciones de los notables arrastran también a toda la ciudad, como sucedió en Hestiea después de las guerras médicas, cuando dos hermanos disputaron sobre la herencia paterna; pues el más pobre, porque el otro no declaraba la fortuna ni el tesoro que había encontrado el padre, se ganó a los demócratas, y el otro, que tenía mucha fortuna, a los acomodados. Y en Delfos, de una disputa surgida por un matrimonio, vino el origen de todas las sediciones posteriores; [ ] pues uno, tras interpretar como mal presagio un acontecimiento, cuando fue por la novia se marchó sin tomarla, y los otros, sintiéndose ultrajados, le arrojaron objetos sagrados mientras sacrificaba, y luego lo mataron como sacrílego. Y respecto a Mitilene también, de una sedición surgida por herederas vino el origen de muchos males y de la guerra contra los atenienses, en la cual Paqués tomó su ciudad.

Pues Timófanes, uno de los acomodados, al dejar dos hijas, el que fue rechazado y no las obtuvo para sus hijos, Dexandro, inició la sedición e incitó a los atenienses, siendo proxeno de la ciudad. Y en Focea, habiéndose producido una sedición por una heredera relacionada con Mnaseas, padre de Mnasón, y Eutícrates, hijo de Onómarco, esta sedición se convirtió para los foceos en el origen de la guerra sagrada. También cambió en Epidamno el régimen a causa de asuntos matrimoniales; pues habiéndose prometido uno con una hija, como lo multó el padre de la prometida cuando este se convirtió en uno de los magistrados, el otro se ganó a los excluidos del régimen porque se sintió ultrajado. Cambian también hacia la oligarquía, hacia la democracia y hacia el régimen constitucional cuando gana reputación o crece alguna magistratura o parte de la ciudad, como el consejo del Areópago, habiéndose distinguido en las guerras médicas, pareció hacer más riguroso el régimen, y a su vez la masa naval, habiendo sido causa de la victoria en Salamina y a través de ella de la hegemonía mediante el poder marítimo, hizo más fuerte la democracia, y en Argos los notables, habiéndose distinguido en la batalla de Mantinea contra los lacedemonios, intentaron derrocar a la democracia, y en Siracusa la democracia, habiendo sido causa de la victoria en la guerra contra los atenienses, cambió de régimen constitucional a democracia, y en Calcis la democracia, habiendo derrocado al tirano Foxo junto con los notables, inmediatamente se apoderó del régimen, y en Ambracia igualmente la democracia, habiendo ayudado a expulsar al tirano Periandro con los atacantes, llevó el régimen hacia sí misma.

Y en general no debe pasar desapercibido esto: que quienes se convierten en causa de poder, tanto particulares como magistraturas y tribus y en general cualquier parte o cualquier multitud, provocan sedición; pues o bien los que los envidian por ser honrados inician la sedición, o bien estos, a causa de su superioridad, no quieren permanecer en condición de igualdad. Los regímenes se conmueven también cuando las partes de la ciudad que parecen ser opuestas se igualan entre sí, como los ricos y la democracia, y no existe término medio o este es muy pequeño en absoluto; pues si cualquiera de las partes supera con mucho, la restante no quiere arriesgarse contra la que es manifiestamente más fuerte. Por eso también los que se distinguen por su virtud, por así decir, no provocan sedición; pues llegan a ser pocos frente a muchos. En general, pues, respecto a todos los regímenes, los principios y causas de las sediciones y de los cambios se producen de este modo.

Conmueven los regímenes unas veces mediante violencia, otras mediante engaño; mediante violencia, o bien inmediatamente desde el principio o bien más tarde forzándolos. Pues también el engaño es doble. Unas veces, habiendo engañado al principio, cambian el régimen con el consentimiento de estos, y luego más tarde lo mantienen mediante violencia contra su voluntad, como en el caso de los Cuatrocientos, que engañaron a la democracia diciendo que el rey proporcionaría dinero para la guerra contra los lacedemonios, pero tras mentir intentaban mantener el régimen; otras veces, habiendo persuadido desde el principio y luego con el consentimiento de estos persuadidos de nuevo, gobiernan sobre ellos voluntariamente. Así pues, en general, respecto a todos los regímenes, de lo dicho resulta que los cambios se producen. Pero según cada tipo de régimen, dividiendo a partir de estos los acontecimientos, es necesario observar. Las democracias cambian sobre todo a causa de la insolencia de los demagogos; pues en lo privado, calumniando a los que tienen fortunas, los agrupan (pues el miedo común agrupa incluso a los más enemistados), y en lo público, azuzando a la multitud.

Y se puede ver esto sucediendo así en muchos casos. Pues también en Cos cambió la democracia al surgir malos demagogos (pues los notables se aliaron); y en Rodas; pues los demagogos proporcionaban paga pública e impedían pagar lo debido a los trierarcas, y estos, a causa de los juicios que se les hacían, se vieron obligados a aliarse y derrocar a la democracia. Fue derrocada también en Heraclea la democracia inmediatamente después de la colonización a causa de los demagogos; pues siendo agraviados por ellos los notables se exiliaban, luego los exiliados, reuniéndose y volviendo, derrocaron a la democracia. De modo semejante fue derrocada también la democracia en Megara; pues los demagogos, para tener bienes que confiscar, expulsaron a muchos de los notables, hasta que hicieron numerosos a los desterrados, y estos, volviendo, vencieron en combate a la democracia y establecieron la oligarquía. Sucedió lo mismo también en Cime con la democracia que derrocó Trasímaco.

Y casi también en los demás casos se podría ver, observando, que los cambios se producen de este modo. Pues unas veces, para ganarse favores, agraviando a los notables los sublevan, ya haciendo redistribuciones de las fortunas o de las rentas mediante las liturgias, otras veces calumniándolos para poder confiscar las posesiones de los ricos. En los tiempos antiguos, cuando el mismo demagogo llegaba a ser también general, cambiaban hacia la tiranía; pues casi la mayoría de los tiranos antiguos surgieron de demagogos. La causa de que entonces sucediera y ahora no, es que entonces los demagogos provenían de los que eran generales (pues aún no eran hábiles en el hablar), pero ahora, habiéndose desarrollado la retórica, los que saben hablar practican la demagogia pero, por inexperiencia en los asuntos militares, no se lanzan a ello, salvo si en algún lugar ha ocurrido algo pequeño de esto. Las tiranías surgían antes más que ahora también porque se confiaban grandes magistraturas a algunas personas, como en Mileto por la pritanía (pues el prítane era soberano de muchos y grandes asuntos).

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Además, como las ciudades no eran entonces grandes, sino que el pueblo vivía en el campo ocupado en sus labores, los líderes del pueblo, cuando eran hábiles en la guerra, atacaban la tiranía. Y todos hacían esto tras ganarse la confianza del pueblo, y la confianza venía del odio contra los ricos, como por ejemplo en Atenas Pisístrato, que se sublevó contra los de la llanura, y Teágenes en Mégara, que degolló el ganado de los ricos después de capturarlo pastando junto al río, y Dionisio, que por acusar a Dafneo y a los ricos fue considerado digno de la tiranía, ya que ganó su confianza al aparecer como hombre del pueblo por su enemistad. También cambian de la democracia tradicional a la más reciente; pues donde los cargos son electivos pero no a partir de censos de riqueza, y los elige el pueblo, los que ambicionan cargos mediante la demagogia llevan las cosas al punto de que el pueblo sea soberano incluso sobre las leyes.

Un remedio para que esto no ocurra o suceda menos es que las tribus propongan a los magistrados, y no todo el pueblo. Casi todos los cambios en las democracias se producen por estas causas. Las oligarquías se conmueven desde dentro y por la rivalidad de los demagogos (la demagogia es doble: una se da entre los propios oligarcas, pues surge un demagogo incluso cuando son muy pocos, como en Atenas entre los Treinta, donde los seguidores de Caricles cobraron fuerza demagógicamente entre los Treinta, y entre los Cuatrocientos los de Frínico de la misma manera; la otra se da cuando los que están en la oligarquía ejercen demagogia sobre la masa, como en Larisa los guardianes del régimen hacían demagogia porque los elegía la masa, y en todas las oligarquías donde no son ellos quienes eligen a los magistrados de entre quienes gobiernan, sino que los cargos proceden de grandes censos o de grupos políticos, pero eligen los hoplitas o el pueblo, como ocurría en Abidos, y donde los tribunales no están formados por miembros del régimen, pues haciendo demagogia en los juicios cambian el régimen, como ocurrió en Heraclea del Ponto; y también cuando algunos reducen la oligarquía a menos personas;

pues los que buscan la igualdad se ven obligados a traer al pueblo como aliado). Se producen cambios en la oligarquía también cuando dilapidan sus bienes particulares viviendo de forma licenciosa; pues tales personas buscan innovar, y o bien atacan ellos mismos la tiranía o bien instalan a otro (como Hiparino a Dionisio en Siracusa, y en Anfípolis aquel que se llamaba Cleótimo trajo a los colonos calcidenses, y una vez llegados los enfrentó con los ricos, y en Egina el que realizó la operación contra Cares intentó cambiar el régimen por tal motivo); así que a veces intentan algún movimiento, otras roban los fondos públicos, de donde surgen conflictos o bien entre ellos mismos o bien entre los que luchan contra estos ladrones, como ocurrió en Apolonia del Ponto. Pero una oligarquía concorde no es fácil de destruir desde dentro. Prueba de ello es el régimen de Farsalo;

pues allí, siendo pocos, son dueños de muchos porque se tratan bien entre sí. Se disuelven también cuando crean dentro de la oligarquía otra oligarquía. Esto ocurre cuando, siendo pequeño todo el régimen, no todos los pocos participan en los cargos supremos, como sucedió una vez en Élide; pues al estar el régimen en manos de pocos, muy pocos llegaban a ser ancianos porque eran vitalicios siendo noventa, y la elección era dinástica y semejante a la de los ancianos de Lacedemonia. Se produce cambio en las oligarquías tanto en guerra como en paz: en guerra, por la desconfianza hacia el pueblo, al verse obligados a usar soldados (pues a quien confían el mando a menudo se convierte en tirano, como en Corinto Timófanes; y si son varios, estos se crean para sí mismos una dinastía; otras veces, temiendo esto, dan participación en el régimen a la multitud porque se ven obligados a recurrir al pueblo);

pero en paz, por la desconfianza mutua, confían la guardia a soldados y a un jefe neutral, que a veces se convierte en dueño de ambos bandos, como ocurrió en Larisa bajo el mando de los Aleúadas en torno a Simón, y en Abidos bajo los grupos políticos, uno de los cuales era el de Ifíades. También se producen conflictos desde dentro de la oligarquía cuando unos son desplazados por otros y entran en conflicto por matrimonios o juicios, como por causa matrimonial los mencionados antes (y la oligarquía de los caballeros en Eretria la disolvió Diágoras al ser agraviado en un matrimonio), y por sentencia judicial se produjo el conflicto en Heraclea y en Tebas, al aplicar el castigo justamente pero de forma conflictiva en Heraclea contra Euritión, y en Tebas contra Arquías (pues sus enemigos se encarnizaron tanto que los ataron en el cepo en plena plaza pública).

Muchas oligarquías fueron disueltas también por ser demasiado despóticas, a causa del descontento de algunos miembros del régimen, como la de Cnido y la oligarquía de Quíos. Se producen también por accidente cambios tanto en la llamada república como en las oligarquías, en todas aquellas donde a partir de un censo deliberan, juzgan y ejercen los demás cargos. Pues muchas veces el censo establecido al principio en relación con las circunstancias del momento, de modo que en la oligarquía participen pocos y en la república los de clase media, al producirse prosperidad por la paz o por alguna otra fortuna, sucede que las mismas propiedades llegan a valer muchas veces el censo, de modo que todos participan de todo, produciéndose el cambio a veces gradualmente y poco a poco sin que se note, y otras más rápidamente. Así pues, las oligarquías cambian y entran en conflicto por tales causas (y en general tanto las democracias como las oligarquías pasan a veces no a los regímenes contrarios sino a otros del mismo género, como de las democracias y oligarquías sujetas a ley a las que son soberanas, y de estas a aquellas).

En las aristocracias los conflictos se producen unos por el hecho de que pocos participan de los honores, lo que se ha dicho que conmueve también las oligarquías, porque la aristocracia es en cierto modo una oligarquía (en ambas son pocos los que gobiernan, aunque no pocos por la misma razón); por eso parece que la aristocracia es una oligarquía. Y esto tiene que ocurrir sobre todo cuando hay una multitud de los que se enorgullecen de ser iguales en virtud, como en Lacedemonia los llamados Partenias (pues procedían de los iguales), a quienes, al descubrir que conspiraban, enviaron como fundadores a Tarento; o cuando algunos, siendo grandes y en nada inferiores en virtud, son deshonrados por algunos más honrados, como Lisandro por los reyes, o cuando alguien varonil no participa en los honores, como Cinadón, que organizó el ataque contra los espartanos en tiempos de Agesilao;

además, cuando unos están en extrema pobreza y otros en prosperidad (y esto sucede sobre todo en las guerras; ocurrió también en Lacedemonia durante la guerra de Mesenia; queda claro esto por el poema de Tirteo llamado Eunomía; pues algunos, oprimidos por la guerra, exigían hacer un reparto de la tierra); además, si alguien es grande y capaz de ser aún mayor, para ejercer la monarquía, como en Lacedemonia parece que Pausanias, el que mandó en la guerra contra los medos, y en Cartago Hannón. Se disuelven sobre todo las repúblicas y las aristocracias por la desviación de la justicia en el propio régimen. Pues el principio está en no haber mezclado bien en la república democracia y oligarquía, y en la aristocracia estas dos y la virtud, pero sobre todo las dos; me refiero a las dos, pueblo y oligarquía.

Pues esto intentan mezclar las repúblicas y la mayoría de las llamadas aristocracias. Las aristocracias se diferencian de los llamados regímenes republicanos en esto, y por eso unas son menos y otras más estables; pues las que se inclinan más hacia la oligarquía las llaman aristocracias, y las que tienden hacia la multitud, repúblicas; por eso tales regímenes son más seguros que los otros; pues es más fuerte lo más numeroso, y están más contentos cuando tienen igualdad, mientras que los que están en la prosperidad, si el régimen les da superioridad, buscan cometer ultrajes y enriquecerse. Y en general, hacia donde se incline el régimen, hacia allí se transforma por el incremento de su propia parte, como la república hacia la democracia y la aristocracia hacia la oligarquía; o hacia lo contrario, como la aristocracia hacia la democracia (pues los más pobres, al sentirse agraviados, tiran hacia el contrario), y las repúblicas hacia la oligarquía (pues lo único estable es la igualdad según el mérito y el tener lo propio);

y lo dicho ocurrió en Turios. Pues por estar los cargos ligados a un censo mayor, se pasó a uno menor y a más cargos, pero como los notables adquirieron toda la tierra contra la ley (pues el régimen era bastante oligárquico, de modo que podían enriquecerse)... el pueblo, ejercitado en la guerra, llegó a ser más fuerte que los guardias, hasta que los que tenían más de lo debido renunciaron a la tierra. Además, como todos los regímenes aristocráticos son más oligárquicos, los notables se enriquecen, como también en Lacedemonia las propiedades van a parar a pocos; y los notables pueden hacer más lo que quieren y casarse con quien quieren, por lo cual también la ciudad de los locrios se perdió por el matrimonio con Dionisio, lo que no habría ocurrido en una democracia ni en una aristocracia bien mezclada.

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Las aristocracias cambian especialmente sin que se note, porque se disuelven poco a poco, como dijimos antes de modo general sobre todas las constituciones: que también las cosas pequeñas son causa de cambios. Pues cuando descuidan algo relativo a la constitución, después mueven algo más importante con más facilidad, hasta que trastornan todo el orden. Esto ocurrió también con la constitución de Turios. Había una ley que establecía que se ejerciera el mando militar durante cinco años, pero algunos de los jóvenes se volvieron expertos en la guerra y ganaron prestigio entre la multitud de los guardias; entonces, despreciando a quienes estaban al frente de los asuntos y creyendo que dominarían fácilmente, intentaron primero abolir esta ley para que los mismos pudieran ejercer el mando de forma continua, pues veían que el pueblo votaría por ellos con entusiasmo. Los magistrados encargados de esto, llamados consejeros, aunque al principio se lanzaron a oponerse, acabaron dejándose convencer, pensando que si modificaban esta ley dejarían intacta el resto de la constitución; pero más tarde, cuando quisieron impedir que se modificaran otras cosas, ya no lograron nada, sino que todo el orden de la constitución se transformó en el dominio de un grupo reducido formado por los promotores del cambio.

Todas las constituciones se disuelven unas veces desde dentro y otras desde fuera, cuando hay cerca o lejos, pero con poder, una constitución opuesta. Esto ocurrió con Atenas y Esparta: los atenienses derrocaban las oligarquías en todas partes, y los lacedemonios los gobiernos populares. Así pues, hemos explicado aproximadamente de dónde provienen los cambios y las sediciones en las constituciones. Corresponde ahora hablar de la conservación, tanto en general como de cada constitución en particular. En primer lugar, es evidente que si conocemos las causas por las que se corrompen las constituciones, conocemos también aquellas por las que se conservan, pues los contrarios producen efectos contrarios, y la corrupción es contraria a la conservación. En las constituciones bien equilibradas, si hay que vigilar algo para que no se transgredan las leyes, es sobre todo lo pequeño lo que hay que cuidar, pues la transgresión se infiltra sin ser notada, igual que el gasto pequeño, cuando se repite con frecuencia, acaba con los patrimonios.

El gasto pasa desapercibido porque no se produce de golpe; el razonamiento se engaña por ello, como en el sofisma «si cada cosa es pequeña, también todas lo son». Esto es así en un sentido, pero no en otro: pues el conjunto y todas las cosas no son pequeños, aunque estén compuestos de elementos pequeños. Hay que tomar, pues, esta primera precaución desde el principio. Luego, no hay que confiar en los artificios elaborados frente a la multitud para captarla, pues quedan refutados por los hechos (ya dijimos antes qué tipos de sofismas de las constituciones queremos decir). Además, hay que observar que algunas constituciones perduran, no solo aristocracias sino también oligarquías, no porque las constituciones sean seguras, sino porque quienes ocupan los cargos tratan bien tanto a los que están fuera de la constitución como a los que participan en el gobierno: a los que no participan, no cometiéndoles injusticias e incorporando a la constitución a sus líderes, sin cometer injusticias contra los ambiciosos en materia de honores ni contra la mayoría en materia de ganancias; y entre ellos mismos y los que participan, tratándose unos a otros de manera democrática.

Pues la igualdad que los demócratas buscan para la multitud, entre los iguales no solo es justa sino también conveniente. Por eso, si son muchos los que participan en el gobierno, convienen muchas medidas legislativas democráticas, como que los cargos duren seis meses para que todos los iguales participen; pues los iguales son ya como un pueblo (por eso también entre ellos surgen demagogos con frecuencia, como dijimos antes). Además, las oligarquías y aristocracias caen menos en el dominio de grupos reducidos (pues no es igualmente fácil cometer abusos gobernando poco tiempo que mucho; de ahí que en las oligarquías y democracias surjan tiranías: pues o bien los más poderosos en cada una aspiran a la tiranía —en un caso los demagogos, en el otro los dinastas—, o bien quienes ocupan los cargos más importantes, cuando gobiernan mucho tiempo). Las constituciones se conservan no solo estando lejos de lo que las corrompe, sino a veces también estando cerca:

pues cuando tienen miedo, vigilan más la constitución. Por eso quienes se preocupan de la constitución deben procurar temores, para que vigilen y no abandonen, como una guardia nocturna, la vigilancia de la constitución, y hacer que lo lejano esté cerca. Además, hay que intentar prevenir mediante leyes las rivalidades y sediciones de los notables, y vigilar a quienes están fuera de la rivalidad antes de que ellos también se vean envueltos, pues reconocer el mal cuando está en su inicio no es cosa de cualquiera, sino de un hombre político. En cuanto al cambio que se produce en las oligarquías y las politías por causa de los censos, cuando esto ocurre porque los censos permanecen iguales pero aumenta la abundancia de moneda, conviene examinar la cantidad total del censo en relación con el pasado: en las ciudades donde se valora anualmente, cada año; en las mayores, cada tres o cinco años. Y si es múltiple o una fracción de lo que era antes, cuando se establecieron las valoraciones de la constitución, debe haber una ley para aumentar o disminuir los censos: si hay exceso, aumentándolos proporcionalmente a la multiplicación; si hay defecto, reduciéndolos y haciendo menor la valoración.

Pues en las oligarquías y las politías, si no se hace así, en un caso ocurre que se produce una oligarquía o un dominio de grupos reducidos, en el otro que de una politía surja una democracia, o de una oligarquía una politía o un gobierno popular. Es común tanto en democracia como en oligarquía y en toda constitución no permitir que nadie crezca demasiado más allá de lo proporcionado, sino intentar más bien otorgar honores pequeños y duraderos que grandes y rápidos (pues se corrompen, y no todo hombre sabe sobrellevar la fortuna); y si no, al menos no quitárselos de golpe después de haberlos dado de golpe, sino gradualmente. Y sobre todo intentar regular mediante leyes de tal modo que nadie destaque mucho por su poder, ni por amigos ni por riqueza; y si no, procurar su alejamiento. Y puesto que también innovan por sus vidas privadas, debe crearse un cargo que vigile a quienes viven de modo inconveniente para la constitución: en democracia para la democracia, en oligarquía para la oligarquía, e igualmente para cada una de las demás constituciones.

Y por las mismas razones hay que prevenir que prospere una parte de la ciudad; el remedio para esto es confiar siempre las acciones y los cargos a los grupos opuestos (digo que se oponen los respetables a la multitud, y los pobres a los ricos), e intentar o mezclar la multitud de los pobres con la de los ricos, o aumentar la clase media (pues esto disuelve las sediciones debidas a la desigualdad). Lo más importante en toda constitución es que tanto mediante las leyes como mediante la demás organización esté dispuesto de tal modo que los cargos no sean lucrativos. Esto debe vigilarse sobre todo en las oligárquicas. Pues la mayoría no se indigna tanto si se le impide gobernar, sino que incluso se alegra si alguien le permite dedicarse a sus asuntos privados; pero si creen que los gobernantes roban los bienes públicos, entonces sí se afligen por ambas cosas: por no participar de los honores y por no participar de las ganancias.

Solo de esta manera puede haber al mismo tiempo democracia y aristocracia, si alguien lo dispone así. Pues podría darse que tanto los notables como la multitud tuvieran ambos lo que quieren. Que todos puedan gobernar es democrático; que los notables estén en los cargos es aristocrático. Esto se dará cuando no haya beneficio de los cargos: pues los pobres no querrán gobernar al no ganar nada, sino que preferirán dedicarse a sus asuntos, mientras que los ricos podrán hacerlo porque no necesitan nada de lo público. Así ocurrirá que los pobres se hagan ricos al dedicarse a sus trabajos, y que los notables no sean gobernados por cualquiera. Para que no se roben los bienes públicos, que la entrega del dinero se haga en presencia de todos los ciudadanos, y que se depositen copias por fratrías, compañías y tribus.

Para que se gobierne sin beneficio, deben estar establecidos por ley honores para quienes gocen de buena reputación. En las democracias hay que ser cuidadoso con los ricos, no solo no haciendo redistribuciones de las propiedades, sino tampoco de los frutos, lo que ocurre inadvertidamente en algunas constituciones; es mejor incluso impedir, aunque quieran, las liturgias costosas pero inútiles, como las coregías, las lampadarquías y otras semejantes. En la oligarquía hay que cuidar mucho de los pobres y asignarles los cargos que proporcionan ingresos; y si alguno de los ricos los ultraja, que las penas sean mayores que si lo hicieran entre ellos mismos; y que las herencias no sean por donación sino por parentesco, y que el mismo no herede de más de una. Así las fortunas serían más equilibradas y más pobres alcanzarían la prosperidad.

Conviene tanto en democracia como en oligarquía asignar igualdad o preeminencia en lo demás a quienes participan menos en la constitución: en la democracia a los ricos, en la oligarquía a los pobres, excepto los cargos que tienen autoridad sobre la constitución; estos hay que confiarlos solo o principalmente a quienes pertenecen a la constitución. Los que vayan a ocupar los cargos con autoridad deben tener tres cualidades: primero, lealtad hacia la constitución establecida; segundo, la mayor capacidad para las tareas del cargo; y tercero, virtud y justicia en cada constitución según la constitución (pues si lo justo no es lo mismo en todas las constituciones, necesariamente también debe haber diferencias en la justicia). Pero surge una dificultad cuando no se dan todas estas cualidades en la misma persona: ¿cómo hay que hacer la elección? Por ejemplo, si alguien es buen estratego pero malvado y no leal a la constitución, y otro es justo y leal, ¿cómo hay que hacer la elección?

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Parece que hay que tener en cuenta dos criterios: en qué participan todos más y en qué menos. Por eso, en un cargo de general hay que fijarse más en la experiencia que en la virtud (porque participan menos de la estrategia, pero más de la honradez), mientras que en cargos de vigilancia y de administración ocurre lo contrario (pues exigen mayor virtud de la que tienen la mayoría, aunque el conocimiento es común a todos). Alguien podría preguntarse: si existen capacidad y lealtad al régimen, ¿para qué hace falta la virtud? Porque esas dos cualidades producirán los resultados convenientes. O es que quienes poseen estas dos cosas pueden ser incontinentes, de modo que, igual que no se sirven a sí mismos aun sabiendo y amándose a sí mismos, así nada impide que algunos se comporten de igual modo con lo común. En términos generales, todas las medidas que en las leyes consideramos ventajosas para los regímenes, todas ellas preservan los regímenes, y también aquel principio capital que hemos mencionado muchas veces: vigilar que la masa de quienes quieren el régimen sea superior a la de quienes no lo quieren.

Pero además de todo esto no hay que pasar por alto algo que ahora se ignora en los regímenes desviados: el término medio. Porque muchas medidas que parecen democráticas destruyen las democracias, y muchas oligárquicas destruyen las oligarquías. Quienes creen que su principio es la única virtud lo llevan al extremo, ignorando que, al igual que una nariz que se ha desviado de la mayor belleza, que es la rectitud, hacia lo ganchudo o lo chato, sigue siendo sin embargo hermosa y agradable a la vista, pero si alguien la fuerza todavía más hacia el extremo, primero le hará perder la mesura de la parte, y finalmente llegará a tal punto que ni siquiera parecerá una nariz debido al exceso y la carencia de los rasgos opuestos, y lo mismo ocurre con las demás partes del cuerpo, pues bien, esto mismo sucede también con los regímenes. En efecto, tanto la oligarquía como la democracia pueden subsistir aceptablemente, aunque se hayan apartado de la mejor ordenación;

pero si alguien intensifica más cada una de ellas, primero hará el régimen peor, y al final ni siquiera será un régimen. Por eso no debe ignorar el legislador y el político qué medidas democráticas preservan y cuáles destruyen la democracia, y qué medidas oligárquicas preservan o destruyen la oligarquía. Porque ninguno de estos regímenes puede existir ni perdurar sin los ricos y sin la masa popular, sino que, cuando se produce una nivelación de la propiedad, necesariamente habrá otro régimen diferente, de modo que al destruir mediante leyes excesivas destruyen los regímenes. Se equivocan tanto en las democracias como en las oligarquías: en las democracias los demagogos, allí donde la masa es soberana sobre las leyes, pues siempre dividen la ciudad en dos al enfrentarse con los ricos, cuando deberían, por el contrario, aparentar siempre que hablan en favor de los ricos; y en las oligarquías los oligarcas deberían hablar en favor del pueblo, y deberían jurar juramentos contrarios a los que ahora juran los oligarcas;

pues ahora en algunas oligarquías juran «seré hostil al pueblo y conspiraré contra él en lo que pueda», cuando deberían creer y aparentar lo contrario, declarando en sus juramentos que «no cometeré injusticia contra el pueblo». Pero lo más importante de todo lo dicho para la permanencia de los regímenes, algo que ahora todos descuidan, es la educación con arreglo a los regímenes. Porque de nada sirven las leyes más útiles, aprobadas por todos los ciudadanos, si estos no están habituados y educados en el régimen, democráticamente si las leyes son democráticas, oligárquicamente si son oligárquicas. Pues si existe la incontinencia en un individuo, también existe en una ciudad. Y estar educado con arreglo al régimen no es hacer aquello que complace a los oligarcas o a los partidarios de la democracia, sino aquello gracias a lo cual unos podrán ejercer la oligarquía y otros vivir en democracia.

Ahora bien, en las oligarquías los hijos de los gobernantes viven en el lujo, mientras que los de los pobres se vuelven ejercitados y esforzados, de modo que desean más y pueden más hacer revoluciones. Y en las democracias que parecen ser más democráticas se ha establecido lo contrario de lo conveniente, y la causa de ello es que definen mal lo que es la libertad. Porque la democracia parece definirse por dos cosas: por el predominio de la mayoría y por la libertad. En efecto, lo justo parece ser lo igual, e igual es que sea soberano lo que parezca bien a la mayoría; y libre es hacer cada uno lo que quiera. Así que en tales democracias cada uno vive como quiere «y según su capricho», como dice Eurípides. Pero esto es malo, pues no se debe considerar esclavitud vivir conforme al régimen, sino salvación.

Así pues, en términos generales, estas son las causas por las que los regímenes cambian y se destruyen, y los medios por los que se preservan y perduran. Queda examinar también la monarquía, las causas de su destrucción y los medios por los que naturalmente se preserva. Lo que ocurre con las realezas y las tiranías es casi paralelo a lo dicho sobre los regímenes. Pues la realeza se corresponde con la aristocracia, mientras que la tiranía está compuesta de la oligarquía más extrema y de la democracia. Por eso es la más perjudicial para los gobernados, puesto que está compuesta de dos males y tiene las desviaciones y los errores de ambos regímenes. El origen de cada una de las dos monarquías procede directamente de principios opuestos: la realeza surgió como ayuda del pueblo a favor de los notables, y se establece como rey a uno de los notables por su superioridad en virtud o en acciones que proceden de la virtud, o por la superioridad de su linaje; mientras que el tirano surge del pueblo y de la masa contra los notables, para que el pueblo no sufra injusticia de su parte.

Esto resulta evidente de lo sucedido. Casi la mayoría de los tiranos han surgido de demagogos, por así decirlo, ganándose la confianza mediante la difamación de los notables. Unas tiranías se establecieron de este modo, cuando las ciudades ya habían crecido; otras anteriormente, a partir de reyes que transgredían las costumbres patrias y aspiraban a un poder más despótico; otras surgieron de magistrados electos para los cargos supremos (pues antiguamente los pueblos establecían las magistraturas populares y las embajadas sagradas por largos períodos); y otras surgieron de las oligarquías, cuando elegían a un solo individuo con poder sobre los cargos más importantes. En todos estos casos les era fácil conseguirlo, con solo quererlo, gracias al poder preexistente, en unos casos del cargo real, en otros del honor. Así, Fidón en Argos y otros tiranos se establecieron partiendo de la realeza; los de Jonia y Fálaris partiendo de honores; Panaítio en Leontinos, Cípselo en Corinto, Pisístrato en Atenas, Dionisio en Siracusa y otros del mismo modo partiendo de la demagogia.

Así pues, como dijimos, la realeza está ordenada conforme a la aristocracia. Pues se basa en el mérito, ya sea por virtud individual o por linaje, o por beneficios conferidos, o por estos factores unidos al poder. Todos los que han obtenido este honor han beneficiado o pueden beneficiar a las ciudades o a los pueblos: unos impidiendo la esclavitud en guerra, como Codro; otros liberando, como Ciro; o fundando o adquiriendo territorio, como los reyes de los lacedemonios, macedonios y molosios. El rey quiere ser guardián, para que quienes poseen propiedades no sufran injusticia alguna y el pueblo no reciba ultraje ninguno. La tiranía, en cambio, como se ha dicho muchas veces, no mira a ningún interés común, salvo el de su propio beneficio. El objetivo del tirano es el placer, el del rey es lo noble. Por eso también entre las ganancias, las de dinero son más tiránicas, mientras que las de honor son más propias del rey.

Y la guardia del rey es ciudadana, mientras que la del tirano es extranjera. Que la tiranía tiene los males tanto de la democracia como de la oligarquía es evidente: de la oligarquía toma como fin la riqueza (pues solo así es necesario mantener tanto la guardia como el lujo), y el no confiar nada al pueblo (por eso hacen el desarme de las armas), y el maltratar a la masa y expulsarla de la ciudad y dispersarla, todo esto es común tanto a la oligarquía como a la tiranía; de la democracia toma el hacer la guerra a los notables y destruirlos en secreto y abiertamente, y desterrarlos como rivales y obstáculos para el poder. Pues de ellos proceden también las conjuras, cuando unos quieren gobernar ellos mismos y otros no quieren ser esclavos. De ahí procede también el consejo de Periandro a Trasíbulo, la poda de las espigas que sobresalen, con el sentido de que siempre hay que eliminar a los ciudadanos que sobresalen.

Así pues, como ya se dijo, hay que considerar que los principios de los cambios son casi los mismos tanto en los regímenes como en las monarquías. Pues muchos de los gobernados atacan a las monarquías por injusticia, por miedo y por desprecio; y de la injusticia especialmente por el ultraje, a veces también por el despojo de sus bienes privados. Y los fines son los mismos también aquí, tanto en las tiranías como en las realezas, pues los monarcas disponen de gran riqueza y honor, cosas que todos desean. De los ataques, unos van contra la persona de los gobernantes, otros contra el poder. Los que se producen por ultraje van contra la persona. Y siendo el ultraje múltiple, cada una de sus formas se convierte en causa de la ira; y de los que se han airado, casi la mayoría atacan para vengarse, no para alcanzar la supremacía.

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Por ejemplo, la de los Pisistrátidas se produjo porque ultrajaron a la hermana de Harmodio y ofendieron a Harmodio (pues Harmodio actuó por su hermana y Aristogitón por Harmodio), y también atentaron contra Periandro, el tirano de Ambracia, porque durante un banquete con su amante le preguntó si ya estaba embarazado de él. La de Filipo, a manos de Pausanias, fue porque permitió que este fuera ultrajado por los de Átalo; la de Amintas el Pequeño, a manos de Derda, porque alardeó acerca de su juventud; y la del eunuco contra Evágoras de Chipre: porque este le arrebató a su hijo la esposa, lo mató sintiéndose ultrajado. Muchos atentados se han producido también por haber deshonrado los cuerpos de algunos monarcas. Así también el de Crátero contra Arquelao: siempre llevaba mal el trato sexual, de modo que hubiera bastado un pretexto incluso menor, o incluso que no le concediera ninguna de sus hijas después de habérselo prometido, sino que dio a la mayor, acosado por la guerra contra Sirras y Arrábeo, al rey de Elimea, y a la menor a su hijo Amintas, creyendo que así lo tendría menos en su contra que al nacido de Cleopatra.

Pero el origen de la enemistad fue llevar mal el favor de tipo sexual. Se le unió también Helanócrates de Larisa por la misma razón: pues como, habiéndose servido de su juventud, no lo hacía volver según su promesa, pensó que el trato ocurrido había sido por ultraje y no por deseo erótico. Pitón y Heraclides, los enios, mataron a Cotis vengando a su padre, y Adamas se apartó de Cotis porque, siendo niño, fue castrado por él, como si hubiera sido ultrajado. Muchos también, enfurecidos por haber sido maltratados en su cuerpo con golpes, los mataron o lo intentaron sintiéndose ultrajados, tanto de entre los magistrados como de entre las dinastías reales. Así, en Mitilene, Megacles atacó con sus amigos a los Pentílidas, que iban por ahí golpeando con sus bastones, y los mató; y más tarde Smerdis, que había recibido golpes de Pentilo y había sido arrastrado delante de su esposa, lo mató.

Y en el atentado contra Arquelao, Decámnico fue el instigador, excitando a los atacantes en primer lugar. La causa de su ira fue que lo entregó para ser azotado al poeta Eurípides; y Eurípides estaba irritado porque aquel dijo algo sobre el mal olor de su boca. Y muchos otros por causas semejantes fueron asesinados o sufrieron atentados. Igualmente también por miedo: pues este fue uno de los motivos, lo mismo en los regímenes políticos que en las monarquías. Así, Artábanes mató a Jerjes por miedo a la acusación sobre Darío, que lo había ahorcado sin que Jerjes lo ordenara, sino creyendo que se lo perdonaría pensando que lo había olvidado por estar cenando. Otras por desprecio, como cuando alguien vio a Sardanápalo cardando lana con las mujeres (si quienes cuentan estas leyendas dicen la verdad; y si no fue en su caso, en algún otro esto sería verdad), y Dión atacó a Dionisio el Joven por desprecio, viendo que los ciudadanos estaban así dispuestos y que él estaba siempre embriagado.

Y algunos amigos también atacan por desprecio: pues por el hecho de ser objeto de confianza desprecian creyendo que pasarán inadvertidos. Y quienes creen que pueden apoderarse del poder atacan en cierto modo por desprecio: pues confiando en su capacidad y despreciando el peligro debido a su poder emprenden fácilmente la acción, como los generales contra los monarcas; por ejemplo, Ciro contra Astiages, despreciando tanto su vida como su poder, porque este tenía el poder debilitado y vivía en el lujo, y Seutes el tracio contra Amadoco, siendo su general. Otros atacan por varios de estos motivos a la vez, por ejemplo tanto por desprecio como por lucro, como Mitridates contra Ariobarzan. Y sobre todo por esta causa emprenden la acción quienes por naturaleza son audaces y tienen honor militar junto a los monarcas: pues el valor que posee poder es audacia, y por ambas cosas, como si fueran a vencer fácilmente, realizan los ataques.

Para los que atacan por ambición, la causa es de otro tipo que las mencionadas antes. Pues no es que, como algunos se lanzan contra los tiranos viendo que para ellos hay grandes ganancias y grandes honores, así también cada uno de los que atacan por ambición elige arriesgarse, sino que aquellos por la causa mencionada, pero estos, como si se tratara de realizar cualquier otra acción extraordinaria por la cual se hacen célebres y conocidos para los demás, así también se lanzan contra los monarcas, no queriendo obtener la monarquía sino fama. Sin embargo, los que se mueven por esta causa son mínimos en número: pues debe suponerse que no les importa salvarse, a menos que vayan a completar la acción. Deben seguir la mentalidad de Dión, pero no es fácil que esta surja en muchos: pues aquel marchó con pocos contra Dionisio afirmando estar en tal disposición que, hasta donde pudiera avanzar, le bastaba participar en la acción hasta ese punto, como que si apenas pisada la tierra le ocurriera morir inmediatamente, esta muerte le parecía bien.

La tiranía perece de una manera, como también cada uno de los demás regímenes, desde fuera, si existe un régimen contrario más fuerte (pues es evidente que existirá la voluntad debido a la contradicción de la elección; y lo que quieren, todos lo hacen si pueden). Los regímenes contrarios son: la democracia a la tiranía según Hesíodo, como el alfarero al alfarero (pues también la democracia extrema es tiranía), y la realeza y la aristocracia por la contradicción del régimen (por eso los lacedemonios derrocaron muchísimas tiranías, y los siracusanos en el tiempo en que tuvieron buen gobierno). De otra manera, desde dentro, cuando los que participan del poder se dividen en facciones, como la de los de Gelón y ahora la de los de Dionisio: la de Gelón, cuando Trasíbulo, hermano de Hierón, halagaba al pueblo y lo incitaba a los placeres para gobernar él, y los parientes se unieron para que no se derrocara del todo la tiranía sino Trasíbulo; pero sus cómplices, aprovechando la oportunidad, los expulsaron a todos.

Contra Dionisio, Dión marchó en campaña, siendo su pariente político y ganándose al pueblo, y habiendo expulsado a aquel fue muerto. Siendo dos las causas por las que sobre todo atacan las tiranías, odio y desprecio, una de ellas siempre está presente en los tiranos, el odio, pero del ser despreciados provienen muchos de los derrocamientos. Señal de ello: la mayoría de los que adquirieron el poder también lo conservaron, pero los que lo heredaron pierden inmediatamente, por así decir, todos. Pues viviendo para el placer se vuelven despreciables y ofrecen muchas oportunidades a los atacantes. Debe considerarse también la ira como una parte del odio: pues de cierto modo causa las mismas acciones. Y a menudo es más eficaz que el odio: atacan con más vigor porque la pasión no usa la razón (y sobre todo siguen los impulsos de ira por el ultraje, razón por la cual se derrocó la tiranía de los Pisistrátidas y muchas otras). Pero más aún el odio:

pues la ira viene acompañada de dolor, de modo que no es fácil razonar, pero el odio sin dolor. Y por decirlo en resumen, cuantas causas dijimos de la oligarquía extrema y última y de la democracia extrema, otras tantas deben ponerse también para la tiranía: pues resulta que estas son tiranías divididas. La realeza, en cambio, es destruida mínimamente desde fuera, por eso también es duradera; pero la mayoría de las destrucciones le ocurren desde dentro. Perece de dos maneras: una, cuando los que participan de la realeza se dividen en facciones; de otra manera, cuando intentan gobernar más tiránicamente, cuando pretenden ser señores de más cosas y contra la ley. Ya no surgen realezas ahora, sino si acaso surgen, son más bien monarquías, tiranías, porque la realeza es un poder consentido pero soberano sobre asuntos mayores, y hay muchos semejantes y ninguno que difiera tanto como para estar a la altura de la magnitud y la dignidad del poder.

De modo que por esto no lo soportan voluntariamente; y si alguien gobierna por engaño o por fuerza, esto ya parece ser tiranía. En las realezas hereditarias debe ponerse como causa de destrucción, además de las mencionadas, también el que muchos se vuelven despreciables y el que, sin haber adquirido poder tiránico sino honor real, ultrajan: pues la caída se volvía fácil. Pues inmediatamente cuando no lo quieren ya no habrá rey, pero el tirano sí aunque no lo quieran. Las monarquías perecen, pues, por estas y otras causas semejantes. Se conservan evidentemente, hablando en general, por las causas contrarias, y en particular, en el caso de las realezas, llevándolas hacia lo más moderado. Pues cuanto menos cosas controlen, más tiempo necesariamente permanecerá todo el poder: ellos mismos se vuelven menos despóticos y más iguales en carácter, y son menos envidiados por los gobernados.

Por eso también la realeza de los molosios duró mucho tiempo, y la de los lacedemonios porque desde el principio el poder se dividió en dos partes, y después Teopompo moderó las cosas en otros aspectos e instituyó el poder de los éforos: pues quitando poder aumentó en el tiempo la realeza, de modo que en cierto modo la hizo no menor sino mayor. Lo cual, según dicen, respondió también a su esposa cuando esta le dijo si no sentía vergüenza de entregar la realeza menor a sus hijos de lo que la recibió de su padre: «De ningún modo —dijo—, pues la entrego más duradera.» Las tiranías se conservan de dos maneras muy contrarias, de las cuales una es la transmitida y según la cual la mayoría de los tiranos administran el poder. De estas medidas, dicen que estableció la mayoría Periandro de Corinto; y muchas semejantes pueden tomarse también del gobierno persa.

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Los medios de conservación de la tiranía que se han expuesto desde antiguo son, en la medida de lo posible, mutilar a los que sobresalen y eliminar a los de espíritu altivo, no permitir banquetes en común ni asociaciones ni educación ni ninguna otra cosa semejante, sino vigilar todo aquello de donde suelen nacer dos cosas: el espíritu altivo y la confianza mutua; tampoco consentir que se produzcan reuniones de ocio ni otras asambleas destinadas al esparcimiento, y hacer todo lo posible para que todos se desconozcan entre sí (pues el conocimiento mutuo genera mayor confianza); y que los residentes estén siempre a la vista y pasen el tiempo junto a las puertas (así es como menos podrían ocultarse en lo que hacen, y se acostumbrarían a pensar en pequeño al estar siempre sometidos); y todas las demás medidas de este tipo que son propias de la tiranía persa y bárbara (pues todas tienen el mismo efecto); y procurar no ignorar cuanto alguno de los gobernados pueda decir o hacer, sino tener espías, como las llamadas «llevaorejas» en Siracusa, y los escuchas que enviaba Hierón allí donde hubiera alguna reunión o asamblea (pues hablan con menos libertad por temor a tales individuos, y si hablan libremente, pasan menos inadvertidos);

y calumniar a unos contra otros y enfrentar a amigos con amigos, al pueblo con los notables y a los ricos entre sí. Y es propio del tirano empobrecer a los gobernados, para que no se pueda mantener una guardia y, ocupados en ganarse el sustento diario, no tengan tiempo de conspirar. Ejemplos de esto son las pirámides de Egipto, las ofrendas votivas de los Cipsélidas, la construcción del templo de Zeus Olímpico por los Pisistrátidas y las obras de Polícrates en Samos (pues todas estas cosas producen lo mismo: falta de tiempo libre y pobreza de los gobernados); y el cobro de impuestos, como en Siracusa (pues en cinco años, bajo Dionisio, sucedía que habían contribuido con toda su hacienda). Y el tirano es también belicista, para que estén ocupados y sigan necesitando continuamente un jefe. Y mientras que la monarquía se conserva mediante los amigos, es propio de la tiranía desconfiar especialmente de los amigos, en la idea de que todos quieren derrocarla pero estos son los que más pueden hacerlo.

Y también son propias de la tiranía todas las prácticas de la democracia extrema: el dominio de las mujeres en las casas, para que delaten a los hombres, y la permisividad con los esclavos por la misma razón; pues ni los esclavos ni las mujeres conspiran contra los tiranos, y si prosperan necesariamente serán favorables tanto a las tiranías como a las democracias; porque también el pueblo quiere ser monarca. Por eso el adulador es honrado en ambos sistemas: entre los pueblos, el demagogo (pues el demagogo es el adulador del pueblo), y entre los tiranos, los que tratan con servilismo, que es obra de la adulación. Y por eso la tiranía ama a los malvados: pues se complacen en ser adulados, y esto nadie que tenga un espíritu libre lo haría; en cambio, los hombres de bien aman o no adulan. Y los malvados son útiles para lo malo;

pues clavo saca clavo, como dice el proverbio. Y es propio del tirano no gozarse con nadie digno ni libre (pues el tirano considera que solo él merece ser tal, y quien se muestra igualmente digno o se comporta con libertad le arrebata la superioridad y el poder despótico de la tiranía; por eso los odian como a quienes derriban su poder); y servirse de comensales y compañeros extranjeros más que ciudadanos es propio de la tiranía, considerando a estos enemigos y a aquellos no rivales. Estas y otras medidas semejantes son propias de la tiranía y conservadoras del poder, pero no les falta maldad alguna. Y puede decirse que todas ellas se comprenden en tres tipos. Pues la tiranía persigue tres objetivos: uno, que los gobernados piensen en pequeño (pues nadie de espíritu mezquino conspiraría); segundo, que desconfíen unos de otros (pues la tiranía no se derroca hasta que algunos confían entre sí; por eso también combaten a los hombres de bien como perjudiciales para el poder, no solo porque no aceptan ser gobernados despóticamente, sino también porque son leales a sí mismos y a los demás y no delatan ni a sí mismos ni a los otros);

tercero, la impotencia para actuar (pues nadie emprende lo imposible, de modo que tampoco derribar la tiranía si no hay poder disponible). Estos son, pues, los tres objetivos a los que se reducen los propósitos de los tiranos: pues todas las medidas tiránicas podrían reducirse a estos principios: unas para que no confíen entre sí, otras para que no puedan actuar, y otras para que piensen en pequeño. Este es, pues, el primer método mediante el cual se produce la conservación de las tiranías; pero el otro adopta un cuidado casi contrario a lo que se ha dicho. Puede comprenderse a partir de la corrupción de las monarquías. Pues así como un modo de corrupción de la monarquía es hacer el gobierno más tiránico, así la salvación de la tiranía consiste en hacerla más monárquica, salvaguardando solo una cosa: el poder, para gobernar no solo sobre los que quieren sino también sobre los que no quieren.

Pues si se renuncia a esto, se renuncia también al ejercicio de la tiranía. Pero esto debe permanecer como principio, mientras que en las demás cosas se deben realizar algunas y otras aparentar hacerlas representando bien el papel de rey. Primero, parecer que se preocupa por los asuntos públicos, sin gastar en regalos de aquellos por los que las multitudes se indignan, cuando toman de ellos, que trabajan y se afanan mezquinamente, mientras dan generosamente a cortesanas, extranjeros y artistas; y rindiendo cuentas de lo que se recibe y se gasta, como ya lo han hecho algunos tiranos (pues así parecería ser un administrador y no un tirano; y no debe temer quedarse alguna vez sin dinero siendo dueño de la ciudad; más bien, para los tiranos que se ausentan conviene esto más que dejarlo acumulado; pues los que lo custodian atacarían menos el poder, y más temibles son para los tiranos que se ausentan los custodios que los ciudadanos;

pues unos se van con ellos, mientras que los otros permanecen); además, debe parecer que recauda los impuestos y las cargas públicas por necesidades de administración, y si alguna vez necesita servirse de ellos en circunstancias de guerra; y en general presentarse como guardián y administrador de bienes comunes y no privados; y aparecer no como alguien desagradable sino digno, y además de tal modo que los que lo encuentren no sientan miedo sino más bien respeto; pero esto no es fácil de conseguir siendo despreciable, por lo cual, aunque no se ocupe de las demás virtudes, debe hacerlo de la militar y crear tal reputación sobre sí mismo; y además no solo él mismo debe parecer que no ultraja a ninguno de los gobernados, ni joven ni muchacha, sino que tampoco ningún otro de su entorno, e igualmente sus mujeres deben comportarse con las demás, pues también por ultrajes de mujeres han caído muchas tiranías;

y en cuanto a los placeres corporales, hacer lo contrario de lo que ahora hacen algunos tiranos (pues no solo se dedican a esto desde el amanecer, y continuamente durante muchos días, sino que quieren que los demás los vean haciéndolo, para que los admiren como felices y dichosos), sino más bien ser moderado en tales cosas, o si no, al menos evitar que los demás lo vean (pues no es vulnerable ni despreciable el que está sobrio, sino el borracho, ni el que está despierto, sino el dormido); y debe hacerse casi lo contrario de todo lo dicho antes (pues debe equipar y embellecer la ciudad como si fuera administrador y no tirano); y además parecer siempre especialmente celoso en los asuntos de los dioses (pues temen menos sufrir algo ilegal de parte de tales gobernantes, si consideran que el gobernante es religioso y se preocupa por los dioses, y conspiran menos creyendo que tiene también a los dioses como aliados), pero debe parecer tal sin caer en la tontería;

y honrar a los que se distinguen en algo de tal modo que nunca crean que podrían ser más honrados por los ciudadanos siendo autónomos, y distribuir él mismo tales honores, pero las penas a través de otros magistrados y tribunales. Y es salvaguarda común de toda monarquía no hacer grande a nadie, y si acaso, a varios (pues se vigilarán entre sí), y si es necesario hacer grande a alguno, que no sea de carácter audaz (pues tal carácter es el más emprendedor en todas las acciones), y si parece privar a alguien de poder, hacerlo gradualmente y no quitarle de golpe toda la autoridad. Además, abstenerse de todo ultraje, y sobre todo de dos tipos: el castigo corporal y el dirigido a los jóvenes. Y debe tenerse especial cuidado en esto con los ambiciosos;

pues si los amantes del dinero llevan mal el desprecio a sus riquezas, los ambiciosos y los hombres de bien lo llevan mal respecto al deshonor. Por eso no debe recurrir a tales medidas, o debe parecer que impone los castigos de modo paternal y no por desprecio, y que sus tratos con los jóvenes son por motivos amorosos y no por ejercicio de poder; y en general compensar los desprecios aparentes con mayores honores. Y de los que atentan contra la persona del tirano, los más temibles y que requieren mayor vigilancia son los que no se proponen conservar su vida tras matarlo. Por eso debe guardarse especialmente de quienes creen que son ultrajados ellos mismos o aquellos por quienes se preocupan; pues los que atacan por ira no se cuidan de sí mismos, como también dijo Heráclito, afirmando que es difícil luchar contra la ira, pues se compra con la vida. Y dado que las ciudades se componen de dos partes, de hombres sin recursos y de hombres con recursos, debe especialmente hacer que ambos crean que se salvan gracias al gobierno, y que unos no son injustamente tratados por los otros; pero a los que sean más fuertes, hacerlos especialmente partidarios del gobierno, de modo que, existiendo esto en las circunstancias, el tirano no tenga necesidad ni de liberar esclavos ni de confiscar armas;

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Basta con que una de las dos partes, sumándose al poder, sea más fuerte que los atacantes. Es superfluo hablar de cada uno de estos detalles, pues el objetivo es evidente: que el gobernante debe aparecer ante sus súbditos no como un tirano sino como un administrador doméstico y un rey, no como un apropiador sino como un tutor; debe perseguir la moderación en la vida, no los excesos; además, tratar familiarmente a los notables y ganarse al pueblo. De esto se sigue necesariamente no sólo que el gobierno sea más honroso y más envidiable, por gobernar a personas mejores y no degradadas, y no vivir siendo odiado y temido, sino también que el gobierno dure más tiempo, y que el gobernante mismo tenga una disposición de carácter o bien excelente con respecto a la virtud o bien intermedia, y no sea perverso sino semiperverso. Sin embargo, de todos los regímenes políticos, los más efímeros son la oligarquía y la tiranía. La tiranía que más tiempo duró fue la de Sición, la de los hijos de Ortágoras y del propio Ortágoras.

Esta duró cien años. La razón de ello es que trataron a sus súbditos con moderación y en muchas cosas se sometieron a las leyes; y porque Clístenes fue hábil en la guerra, no era fácil despreciarlo, y en la mayoría de las cosas se ganaban al pueblo con su solicitud. Se dice, en efecto, que Clístenes coronó al que le había negado la victoria. Algunos dicen que la estatua del hombre sentado en el ágora es del que juzgó así. También dicen que Pisístrato acudió una vez cuando fue convocado a juicio ante el Areópago. La segunda fue la de los Cipsélidas en Corinto, que también duró setenta y tres años y seis meses: Cípselo fue tirano durante treinta años, Periandro durante cuarenta y cuatro, y Psamético, hijo de Gorgias, tres años. Las razones son las mismas para esta: Cípselo fue demagogo y durante todo su gobierno no tuvo guardaespaldas, mientras que Periandro, aunque fue tiránico, fue hábil en la guerra.

La tercera fue la de los Pisistrátidas en Atenas. Pero no fue continua, pues Pisístrato huyó dos veces durante su tiranía, de modo que en treinta y tres años fue tirano diecisiete, y sus hijos dieciocho, de manera que en total fueron treinta y cinco años. De las restantes, la de Hierón y Gelón en Siracusa. Pero tampoco esta duró muchos años, sino en total dieciocho: Gelón, tras ser tirano siete años, murió en el octavo; Hierón diez, y Trasíbulo fue expulsado en el undécimo mes. La mayoría de las tiranías han sido todas completamente efímeras. Ya se ha hablado, pues, casi de todo lo relativo a los regímenes políticos y a las monarquías, tanto de lo que los corrompe como de lo que los preserva. En la República se habla de los cambios de régimen por Sócrates, pero no se habla bien.

Pues del régimen mejor y primero no habla de su cambio de manera específica. Dice que la causa es que nada permanece sino que todo cambia en cierto ciclo, y que el principio de esto es «cuando la base triple unida al cinco produce dos armonías», hablando de cuando el número de esta figura se vuelve sólido, como si la naturaleza produjera a veces hombres inferiores al alcance de la educación. Esto en sí mismo quizá no lo dice mal (pues es posible que haya algunos a quienes sea imposible educar y convertir en hombres excelentes), pero ¿en qué sería este cambio propio del régimen que él llama el mejor más que de todos los demás y de todas las cosas que nacen? Y además, por el tiempo en el que dice que todo cambia, también cambian al mismo tiempo las cosas que no comenzaron al mismo tiempo, por ejemplo, si algo nació el día anterior al solsticio, ¿acaso cambia al mismo tiempo?

Además de esto, ¿por qué razón cambia de este régimen al laconio? Pues todos los regímenes cambian más frecuentemente al opuesto que al próximo. El mismo razonamiento se aplica a los demás cambios. Pues del laconio, dice, cambia a la oligarquía, de esta a la democracia, y de la democracia a la tiranía. Sin embargo, también cambian en sentido inverso, por ejemplo, de la democracia a la oligarquía, y más que a la monarquía. Además, sobre la tiranía no dice ni si habrá cambio ni si no lo habrá, ni si lo hay por qué causa ni a qué régimen. La razón de esto es que no podría decirlo fácilmente, pues es indeterminado, ya que según él debe cambiar al primer y mejor régimen; así se haría continuo y circular. Pero la tiranía también cambia a otra tiranía, como la de Sición de la de Mirón a la de Clístenes; y a oligarquía, como la de Antileonte en Calcis; y a democracia, como la de los descendientes de Gelón en Siracusa; y a aristocracia, como la de Carilo en Lacedemonia [y en Cartago].

También cambia de oligarquía a tiranía, como casi todas las antiguas en Sicilia: en Leontinos a la tiranía de Panecio, en Gela a la de Cleandro, en Regio a la de Anaxilao, e igualmente en muchas otras ciudades. Es absurdo también pensar que cambia a oligarquía porque los que están en el gobierno aman el dinero y son avaros, y no porque los que tienen mucha riqueza consideran injusto que los que no poseen nada participen de la ciudad en igualdad con los que poseen. En muchas oligarquías no está permitido enriquecerse, sino que hay leyes que lo impiden, mientras que en Cartago, que es democrática, se enriquecen y aún no han cambiado de régimen. Es absurdo también decir que la ciudad oligárquica es dos ciudades, de ricos y de pobres. ¿Pues qué le pasa a esta más que a la laconia o a cualquier otra donde no todos poseen por igual o no todos son igualmente hombres buenos?

Sin que nadie se haya vuelto más pobre que antes, no por ello cambian menos de oligarquía a democracia, si los desposeídos se vuelven más numerosos, y de democracia a oligarquía, si la clase acomodada es más fuerte que la multitud y unos son negligentes mientras otros prestan atención. Siendo muchas las causas por las que se producen los cambios, no habla sino de una: que al vivir disolutamente y endeudarse se vuelven pobres, como si al principio todos o la mayoría fueran ricos. Pero esto es falso: cuando algunos de los dirigentes pierden sus fortunas, promueven innovaciones, pero cuando son otros, no sucede nada terrible, y no cambian entonces a democracia más que a otro régimen. Además, incluso si no participan de los honores, o si son tratados injustamente o ultrajados, se sublevan y cambian los regímenes, aunque no hayan dilapidado su fortuna...

por el hecho de que pueden hacer lo que quieran; de esto dice que la causa es el exceso de libertad. Aunque hay varias oligarquías y democracias, Sócrates habla de los cambios como si cada una fuera única.

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