Capítulo 6La partida final de Hermann
—¡Atandé!
—¿Cómo se atreve usted a decirme atandé?
—¡Su excelencia, yo dije atandé-s!
Dos ideas fijas no pueden coexistir en la naturaleza moral, del mismo modo que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar en el mundo físico. El tres, el siete y el as pronto borraron en la imaginación de Hermann la imagen de la vieja muerta. El tres, el siete, el as no se le iban de la cabeza y se movían en sus labios. Al ver a una joven decía: —¡Qué esbelta!... Un verdadero tres de corazones. Le preguntaban qué hora era y respondía: —Las siete menos cinco. Cualquier hombre barrigón le recordaba al as. El tres, el siete, el as lo perseguían en sueños, adoptando todas las formas posibles: el tres florecía ante él como un magnífico grandiflora, el siete se presentaba como un portón gótico, el as como una araña enorme. Todos sus pensamientos se fundieron en uno solo: aprovechar el secreto que tanto le había costado. Empezó a pensar en retirarse del servicio y viajar. Quería arrancarle el tesoro a la fortuna hechizada en las casas de juego abiertas de París. El azar lo libró de los preparativos.
En Moscú se formó una sociedad de jugadores ricos, bajo la presidencia del célebre Chekalinski, que había pasado toda su vida con las cartas y amasado en otro tiempo millones, ganando pagarés y perdiendo dinero en efectivo. Su larga experiencia le había ganado la confianza de sus compañeros, y su casa abierta, su espléndido cocinero, su amabilidad y alegría, le habían granjeado el respeto del público. Llegó a Petersburgo. La juventud acudió en masa, olvidándose de los bailes por las cartas y prefiriendo las seducciones del faraón a los encantos del galanteo. Narúmov llevó a Hermann.
Atravesaron una serie de magníficas salas llenas de solícitos sirvientes. Varios generales y consejeros secretos jugaban al whist; los jóvenes estaban reclinados en divanes de damasco, comían helado y fumaban en pipa. En el salón, junto a una larga mesa alrededor de la cual se apretaban unos veinte jugadores, estaba sentado el dueño de la casa llevando la banca. Era un hombre de unos sesenta años, de aspecto muy respetable; su cabeza estaba cubierta de plateadas canas; su rostro lleno y fresco expresaba bondad; sus ojos brillaban, animados por una sonrisa constante. Narúmov le presentó a Hermann. Chekalinski le estrechó amistosamente la mano, le pidió que no se hiciera ceremonias y continuó repartiendo.
La talla duró mucho tiempo. Sobre la mesa había más de treinta cartas.
Chekalinski se detenía después de cada vuelta para dar tiempo a los jugadores de decidirse, anotaba las pérdidas, escuchaba cortésmente sus peticiones, y aún más cortésmente desdoblaba la esquina sobrante que alguna mano distraída había doblado. Por fin terminó la talla. Chekalinski barajó las cartas y se dispuso a repartir otra.
—Permítame plantar una carta —dijo Hermann, alargando la mano por detrás de un señor grueso que también estaba apuntando. Chekalinski sonrió e hizo una reverencia en silencio, en señal de humilde consentimiento. Narúmov, riendo, felicitó a Hermann por romper su larga abstinencia y le deseó un comienzo afortunado.
—¡Va! —dijo Hermann, marcando con tiza la apuesta sobre su carta.
—¿Cuánto-s? —preguntó el banquero entornando los ojos—. Disculpe-s, no alcanzo a ver.
—Cuarenta y siete mil —respondió Hermann.
A estas palabras todas las cabezas se volvieron al instante y todos los ojos se clavaron en Hermann. —Se ha vuelto loco —pensó Narúmov.
—Permítame observarle —dijo Chekalinski con su invariable sonrisa— que su juego es fuerte: nadie ha apostado aquí todavía más de doscientos setenta y cinco en una sola.
—¿Y qué? —replicó Hermann—. ¿Acepta mi carta o no?
Chekalinski hizo una reverencia con el mismo gesto de humilde asentimiento.
—Solo quería informarle —dijo— que, habiendo sido honrado con la confianza de mis compañeros, no puedo llevar la banca sino contra dinero en efectivo. Por mi parte, desde luego, su palabra me basta, pero por el orden del juego y las cuentas, le ruego que ponga el dinero sobre la carta.
Hermann sacó del bolsillo un billete de banco y se lo entregó a Chekalinski, quien, después de mirarlo rápidamente, lo colocó sobre la carta de Hermann.
Empezó a repartir. A la derecha salió un nueve, a la izquierda un tres.
—¡Gané! —dijo Hermann, mostrando su carta.
Entre los jugadores se levantó un murmullo. Chekalinski frunció el ceño, pero la sonrisa volvió enseguida a su rostro.
—¿Desea recibir? —preguntó a Hermann.
—Haga el favor.
Chekalinski sacó del bolsillo varios billetes de banco y le hizo la cuenta de inmediato. Hermann recibió su dinero y se apartó de la mesa. Narúmov no podía reponerse. Hermann bebió un vaso de limonada y se fue a casa.
Al día siguiente por la tarde se presentó de nuevo en casa de Chekalinski.
El anfitrión llevaba la banca. Hermann se acercó a la mesa; los que apuntaban le dejaron sitio de inmediato. Chekalinski le hizo una amable reverencia.
Hermann esperó una nueva talla, puso una carta, colocando sobre ella sus cuarenta y siete mil y la ganancia de la víspera.
Chekalinski empezó a repartir. Salió la sota a la derecha, el siete a la izquierda.
Hermann descubrió el siete.
Todos exclamaron. Chekalinski se turbó visiblemente. Contó noventa y cuatro mil y se los entregó a Hermann. Hermann los recibió con sangre fría y se retiró en el acto.
La noche siguiente Hermann se presentó de nuevo a la mesa. Todos lo esperaban. Los generales y consejeros secretos abandonaron su whist para ver un juego tan extraordinario. Los jóvenes oficiales saltaron de los divanes; todos los sirvientes se reunieron en el salón. Todos rodearon a Hermann. Los demás jugadores no pusieron sus cartas, esperando con impaciencia cómo terminaría aquello. Hermann estaba de pie junto a la mesa, dispuesto a apuntar él solo contra el pálido pero siempre sonriente Chekalinski. Cada uno rompió el sello de una baraja de cartas. Chekalinski barajó. Hermann cortó y puso su carta, cubriéndola con una pila de billetes de banco. Aquello parecía un duelo. Reinaba un silencio profundo en torno.
Chekalinski empezó a repartir, le temblaban las manos. A la derecha salió una dama, a la izquierda un as.
—¡El as gana! —dijo Hermann, y descubrió su carta.
—Su dama ha perdido —dijo afablemente Chekalinski.
Hermann se estremeció: en efecto, en lugar del as tenía la dama de picas. No daba crédito a sus ojos, sin comprender cómo había podido equivocarse.
En ese momento le pareció que la dama de picas entornaba los ojos y sonreía. El parecido extraordinario lo dejó atónito…
—¡La vieja! —gritó horrorizado.
Chekalinski atrajo hacia sí los billetes perdidos. Hermann permanecía inmóvil. Cuando se apartó de la mesa, se levantó un murmullo de voces. —¡Bien apostado! —decían los jugadores. Chekalinski volvió a barajar las cartas: el juego siguió su curso.
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