Capítulo 5La aparición de la condesa
Esa noche se me apareció la difunta baronesa von V***. Iba toda de blanco y me dijo: «Buenos días, señor consejero».
— Swedenborg.
Tres días después de la noche fatal, a las nueve de la mañana, Hermann se dirigió al convento de ***, donde debían oficiar el funeral de la difunta condesa. Sin sentir arrepentimiento, no podía sin embargo acallar del todo la voz de su conciencia, que le repetía: eres el asesino de la vieja. Con poca fe verdadera, tenía en cambio multitud de supersticiones. Creía que la condesa muerta podía ejercer una influencia nociva sobre su vida, y decidió asistir a su entierro para pedirle perdón.
La iglesia estaba llena. Hermann apenas pudo abrirse paso entre la multitud. El féretro descansaba sobre un rico catafalco bajo un dosel de terciopelo. La difunta yacía en él con las manos cruzadas sobre el pecho, cubierta con una cofia de encaje y un vestido de raso blanco. Alrededor estaban los de su casa: los criados con levitas negras, cintas con el escudo de armas en el hombro y velas en las manos; los parientes de riguroso luto: hijos, nietos y bisnietos. Nadie lloraba; las lágrimas habrían sido une affectation (una afectación). La condesa era tan vieja que su muerte no podía impresionar a nadie, y sus parientes hacía tiempo que la consideraban como alguien que había sobrevivido a su época. Un joven obispo pronunció la oración fúnebre. En expresiones sencillas y conmovedoras describió el pacífico tránsito de la justa, cuyos largos años habían sido una preparación serena y edificante para la muerte cristiana. «El ángel de la muerte la encontró —dijo el orador— velando en pensamientos piadosos y esperando al esposo de medianoche». El oficio se celebró con lúgubre decoro. Los parientes fueron los primeros en despedirse del cuerpo. Luego avanzaron los numerosos invitados, llegados para rendir homenaje a quien durante tanto tiempo había participado en sus frívolos entretenimientos. Después de ellos, todos los de la casa. Por fin se acercó una vieja dama de compañía, de la misma edad que la difunta. Dos muchachas jóvenes la llevaban del brazo. No tuvo fuerzas para inclinarse hasta el suelo, y fue la única que derramó algunas lágrimas al besar la mano fría de su señora. Después de ella, Hermann se decidió a acercarse al féretro. Se inclinó hasta el suelo y permaneció varios minutos tendido sobre el piso frío, cubierto de ramas de abeto. Por fin se incorporó, pálido como la propia difunta, subió los peldaños del catafalco e inclinó la cabeza… En ese instante le pareció que la muerta le dirigía una mirada burlona, guiñando un ojo. Hermann, echándose atrás precipitadamente, trastabilló y cayó de espaldas al suelo. Lo levantaron. Al mismo tiempo sacaban a Lizaveta Ivánovna desmayada al atrio. Este episodio perturbó durante unos minutos la solemnidad del lúgubre rito. Entre los asistentes se elevó un sordo murmullo, y un camarlengo enjuto, pariente cercano de la difunta, susurró al oído de un inglés que estaba junto a él que el joven oficial era hijo natural de ella, a lo que el inglés respondió fríamente: Oh?
Durante todo el día Hermann estuvo extraordinariamente alterado. Almorzando en una taberna apartada, bebió mucho, contra su costumbre, con la esperanza de ahogar la agitación interior. Pero el vino excitaba aún más su imaginación. Al volver a casa se echó sin desnudarse sobre la cama y se quedó profundamente dormido.
Despertó ya de noche: la luna iluminaba su habitación. Miró el reloj: eran las tres menos cuarto. Se le había ido el sueño; se sentó en la cama y pensó en el funeral de la vieja condesa.
En ese momento alguien desde la calle miró por su ventana y enseguida se apartó. Hermann no le prestó ninguna atención. Un minuto después oyó que abrían la puerta de la habitación contigua. Hermann pensó que era su asistente, borracho como de costumbre, que volvía de una salida nocturna. Pero oyó un paso desconocido: alguien caminaba arrastrando suavemente las zapatillas. La puerta se abrió, entró una mujer vestida de blanco. Hermann la tomó por su vieja nodriza y se extrañó de lo que pudiera traerla a esas horas. Pero la mujer de blanco, deslizándose, se plantó de pronto ante él, y Hermann reconoció a la condesa.
—He venido a verte contra mi voluntad —dijo con voz firme—, pero me han ordenado cumplir tu petición. El tres, el siete y el as te harán ganar seguidos, pero con la condición de que no pongas más de una carta al día y de que no vuelvas a jugar en toda tu vida. Te perdono mi muerte con tal de que te cases con mi pupila Lizaveta Ivánovna…
Dicho esto se volvió lentamente, se dirigió a la puerta y desapareció arrastrando las zapatillas. Hermann oyó que la puerta del zaguán daba un golpe, y vio que alguien volvía a mirar por su ventana.
Hermann tardó mucho en recobrarse. Salió a la otra habitación. Su asistente dormía en el suelo; Hermann apenas pudo despertarlo. El asistente estaba borracho como de costumbre: no había forma de sacarle nada en claro. La puerta del zaguán estaba cerrada con llave. Hermann volvió a su habitación, encendió una vela y anotó su visión.
===FIN===
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