Capítulo 1La partida de naipes en casa de Narúmov
La dama de picas significa secreta malevolencia.
— Nuevo libro de adivinación
Y en los días lluviosos
se reunían
a menudo;
doblaban —¡que Dios los perdone!—
de cincuenta
a cien,
y ganaban,
y anotaban
con tiza.
Así, en los días lluviosos,
se ocupaban
de asuntos.
Una vez jugaban a las cartas en casa del oficial de caballería Narúmov. La larga noche de invierno pasó inadvertida; se sentaron a cenar a las cinco de la mañana. Los que habían ganado comían con mucho apetito; los demás, distraídos, estaban sentados ante sus cubiertos vacíos. Pero apareció el champán, la conversación se animó y todos participaron en ella.
—¿Qué has hecho, Surin? —preguntó el anfitrión.
—He perdido, como siempre. Hay que reconocer que soy un desgraciado: juego con prudencia, nunca me acaloro, nada puede sacarme de quicio, y sin embargo pierdo siempre.
—¿Y nunca te has dejado tentar? ¿Nunca has apostado siguiendo una racha? Tu firmeza me asombra.
—¡Y qué decir de Hermann! —dijo uno de los invitados señalando a un joven ingeniero—. En su vida ha tomado una carta en las manos, en su vida ha doblado ni una sola apuesta, y hasta las cinco de la mañana se queda con nosotros y mira nuestro juego.
—El juego me interesa mucho —dijo Hermann—, pero no estoy en condiciones de sacrificar lo necesario con la esperanza de adquirir lo superfluo.
—Hermann es alemán: es calculador, eso es todo —observó Tomski—. Pero si hay alguien incomprensible para mí, es mi abuela, la condesa Ánna Fedótovna.
—¿Cómo? ¿Qué? —gritaron los invitados.
—No puedo comprender —continuó Tomski— cómo es que mi abuela no apunta.
—¿Qué tiene eso de sorprendente —dijo Narúmov— que una vieja de ochenta años no apueste?
—¿Así que no sabéis nada de ella?
—No, de verdad, ¡nada!
—Oh, pues escuchad:
Debéis saber que mi abuela, hace unos sesenta años, fue a París y estuvo muy de moda. La gente corría tras ella para ver a la Vénus moscovite (la Venus moscovita); Richelieu la cortejaba, y mi abuela asegura que casi se pega un tiro por su crueldad.
En aquel tiempo las damas jugaban al faraón. Una vez en la corte perdió de palabra al duque de Orleans una suma muy grande. Al llegar a casa, mi abuela, despegándose los lunares de la cara y desatándose el miriñaque, comunicó al abuelo su pérdida y le ordenó pagar.
El difunto abuelo, por lo que recuerdo, era una especie de mayordomo de la abuela. Le tenía miedo como al fuego; sin embargo, al enterarse de aquella pérdida terrible, se salió de sus casillas, sacó las cuentas, le demostró que en medio año habían gastado medio millón, que no tenían ni finca en las afueras de París ni hacienda en Sarátov, y se negó en redondo a pagar. Mi abuela le dio una bofetada y se acostó sola, en señal de su desagrado.
Al día siguiente mandó llamar a su marido, esperando que el castigo doméstico hubiera surtido efecto, pero lo encontró inflexible. Por primera vez en su vida llegó con él a los razonamientos y las explicaciones; intentó hacerle entrar en razón, demostrándole condescendientemente que una deuda no es lo mismo que otra deuda y que hay diferencia entre un príncipe y un carrocero. ¡Qué va! El abuelo se rebeló. No, y punto. Mi abuela no sabía qué hacer.
Tenía trato cercano con un hombre muy notable. Habréis oído hablar del conde de Saint-Germain, sobre quien se cuentan tantas cosas prodigiosas. Sabéis que se hacía pasar por el Judío Errante, por el inventor del elixir de la vida y de la piedra filosofal, y demás. Se burlaban de él como de un charlatán, y Casanova en sus Memorias dice que era un espía; sin embargo, Saint-Germain, a pesar de su aire misterioso, tenía un aspecto muy respetable y era en sociedad un hombre muy amable. Mi abuela hasta el día de hoy lo adora y se enfada si hablan de él con falta de respeto. Mi abuela sabía que Saint-Germain podía disponer de grandes sumas. Decidió recurrir a él. Le escribió una nota y le pidió que fuera a verla de inmediato.
El viejo excéntrico apareció enseguida y la encontró sumida en un dolor terrible. Ella le describió con los colores más negros la barbarie de su marido y dijo por último que ponía toda su esperanza en su amistad y amabilidad.
Saint-Germain reflexionó.
«Puedo prestarle esa suma —dijo—, pero sé que no estará tranquila hasta que me pague, y no quisiera meterla en nuevos apuros. Hay otro medio: puede recuperarse». —«Pero, mi querido conde —respondió mi abuela—, le digo que no tenemos dinero en absoluto». —«El dinero aquí no es necesario —replicó Saint-Germain—: tenga la bondad de escucharme». Entonces le reveló un secreto por el que cualquiera de nosotros pagaría caro…
Los jóvenes jugadores redoblaron su atención. Tomski encendió su pipa, dio una calada y continuó.
Esa misma noche mi abuela se presentó en Versalles, au jeu de la Reine (al juego de la Reina). El duque de Orleans llevaba la banca; mi abuela se disculpó ligeramente por no haber traído su deuda, como justificación improvisó una pequeña historia y empezó a apuntar contra él. Eligió tres cartas, las plantó una tras otra: las tres le ganaron en sonica, y mi abuela se recuperó por completo.
—¡Casualidad! —dijo uno de los invitados.
—¡Un cuento! —observó Hermann.
—Quizá cartas marcadas —apuntó un tercero.
—No lo creo —respondió Tomski con gravedad.
—¡Cómo! —dijo Narúmov—. ¿Tienes una abuela que acierta tres cartas seguidas y todavía no le has sacado su secreto cabalístico?
—¡Sí, ni de lejos! —respondió Tomski—. Tuvo cuatro hijos, entre ellos mi padre: los cuatro jugadores desesperados, y a ninguno le reveló su secreto; aunque no les habría venido mal ni a ellos ni a mí.
Pero esto es lo que me contó mi tío, el conde Iván Ilich, dándome su palabra de honor. El difunto Chaplitski, ese mismo que murió en la miseria después de derrochar millones, una vez en su juventud perdió —me parece que fue con Zórich— alrededor de trescientas mil. Estaba desesperado. Mi abuela, que siempre había sido severa con las locuras de los jóvenes, de algún modo se apiadó de Chaplitski. Le dio tres cartas con la condición de que las plantara una tras otra, y le arrancó la palabra de honor de que nunca más volvería a jugar. Chaplitski se presentó ante su vencedor: se sentaron a jugar. Chaplitski puso en la primera carta cincuenta mil y ganó sonica; dobló, dobló de nuevo, se recuperó y quedó además en ganancia…
Pero ya es hora de dormir: ya son las seis menos cuarto.
En efecto, ya amanecía: los jóvenes apuraron sus copas y se marcharon.
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