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Parte 6Ártemis dice la verdad

Hipólito · Eurípides · 8 min de lectura

ÁRTEMIS.— A ti, noble hijo de Egeo, te ordeno escuchar; pero soy yo, Ártemis, hija de Latona, quien te está hablando: Teseo, ¿por qué te deleitas tú, hombre miserable, en estas cosas, viendo que has matado de manera no justa a tu hijo, siendo persuadido por las palabras mentirosas de tu esposa en cosas no vistas? Pero la culpa que se ha apoderado de ti es manifiesta. ¿Cómo puedes tú, avergonzado como estás, abstenerte de ocultar tu cuerpo bajo los oscuros recesos de la tierra? ¿O de retirar tu pie de este sufrimiento, cambiando tu naturaleza y convirtiéndote en una criatura alada arriba? Puesto que entre los hombres buenos al menos no tienes una parte en la vida que poseer. Oye, oh Teseo, el estado de tus males. Aunque no obtenga ninguna ventaja de ello, sin embargo te atormentaré; mas para este propósito vine a mostrarte la mente recta de tu hijo, para que muera con buena reputación, y la pasión de tu esposa, o, en cierto modo, su nobleza; pues, roída por los aguijones de aquella deidad más odiosa para nosotras, tantas como nos deleitamos en la virginidad, ella se enamoró de tu hijo. Pero mientras ella se esforzaba por el recto sentimiento en vencer a Afrodita, fue destruida no voluntariamente por los medios empleados por la nodriza, quien habiéndolo atado primero por juramentos, contó a tu hijo su mal. Pero él, como era correcto, no obedeció sus palabras; ni tampoco, aunque maltratado por ti, violó la santidad de sus juramentos, siendo un hombre piadoso. Pero ella, temiendo que su conducta fuera escrutada, escribió una carta falsa, y por engaño destruyó a tu hijo, pero no obstante te persuadió.

TESEO.— ¡Ay de mí!

ÁRTEMIS.— Mi relato te atormenta, Teseo, pero estate quieto, pues cuando oigas lo que sigue gemir aún más. ¿Sabes acaso que recibiste de tu padre tres deseos con la certeza de que te serían concedidos? De ellos uno has gastado, oh el más malvado, en tu propio hijo, cuando podrías haberlo empleado en alguno de tus enemigos. Tu padre entonces, el que habita en el océano, te dio tanto como estaba obligado a dar, porque lo prometió. Pero tú, tanto a sus ojos como a los míos, apareces malvado, tú que ni esperaste ni examinaste prueba alguna, ni la voz de los profetas, no dejaste la consideración al paso del tiempo, sino que, más rápido de lo que te convenía, proferiste tus maldiciones contra tu hijo y lo mataste.

TESEO.— ¡Señora, déjame morir!

ÁRTEMIS.— Has cometido hechos terribles, pero sin embargo todavía es posible incluso para ti obtener perdón por estas cosas. Pues Afrodita quiso que estas cosas sucedieran para saciar su ira. Pero entre los dioses la ley es así: ninguno desea frustrar el propósito del que quiere algo, sino que siempre cedemos. Puesto que, ten por seguro, si no temiera a Zeus, nunca habría llegado yo a tal deshonra como permitir que muriera un hombre que de todos los mortales es el más querido para mí. Pero tu error, ante todo tu ignorancia, lo libera de malicia; y luego tu esposa al morir puso fin a la prueba de las palabras, de modo que persuadió tu mente. Principalmente sobre ti han estallado estos males, pero el dolor es también para mí; pues los dioses no se regocijan cuando mueren los piadosos; a los malvados, en cambio, los destruimos con sus hijos y sus casas.

CORO.— ¡Y he aquí que allí viene el desdichado, mutilado su carne joven y su cabeza rubia! ¡Oh, la desgracia de esta casa! ¡Tal doble angustia que desciende del cielo se ha forjado en estos palacios!

(HIPÓLITO, ÁRTEMIS, TESEO, CORO)

HIPÓLITO.— ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Desdichado yo, así vilmente destrozado por las oraciones injustas de un padre injusto! Estoy destruido miserablemente. ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Los dolores atraviesan mi cabeza, y el espasmo cruza mi cerebro. Detente, descansaré mi cuerpo desfalleciente. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh, esos caballos odiosos de mi carro, seres que alimenté con mi propia mano, me habéis destruido por completo y me habéis matado! ¡Oh! ¡Oh! ¡Por los dioses, suavemente, siervos míos, tocad con vuestras manos mi carne desgarrada! ¿Quién está de pie a mi lado derecho? Levantadme apropiadamente, y sujetadme todos por igual a mí, el no bendecido por el cielo y maldecido por el error de mi padre. Zeus, Zeus, ¿ves estas cosas? ¡He aquí! Yo, el casto, y el reverente de los dioses, yo que en modestia excedo a todos, he perdido mi vida, y voy a un infierno manifiesto bajo la tierra; pero en vano he trabajado en la tarea de piedad hacia los hombres. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Y ahora el dolor, el dolor se apodera de mí, soltadme a mí, desdichado, y que la muerte venga a ser mi médico! ¡Destruidme, destruid al desdichado! Ansío una hoja de doble filo con la cual cortarme en pedazos y llevar mi vida a un eterno descanso. ¡Oh, maldición desdichada de mi padre! El mal también de mis parientes contaminados por la sangre, mis antiguos antepasados, irrumpe sobre mí; no está a distancia; y ha caído sobre mí, ¿por qué, pregunto, yo que no soy en nada culpable de estos males? ¡Ay de mí! ¡De mí! ¿Qué puedo decir? ¿Cómo puedo liberar mi vida de esta cruel calamidad? ¡Ojalá el negro y nocturno destino de Hades me pusiera, desdichado, en el sueño eterno!

ÁRTEMIS.— ¡Oh, desdichado mortal, en qué calamidad estás atrapado! Pero la nobleza de tu mente te ha destruido.

HIPÓLITO.— Espera. ¡Oh, divino aliento de perfume! Pues, aunque estoy en males, te he percibido, y he sentido mi cuerpo aliviado de su dolor. La diosa Ártemis está en este lugar.

ÁRTEMIS.— ¡Oh, desdichado! Lo está, para ti la más querida de las deidades.

HIPÓLITO.— Señora, ves a tu desdichado, en qué estado estoy.

ÁRTEMIS.— Lo veo; pero no me está permitido derramar una lágrima por mis ojos.

HIPÓLITO.— Tu cazador y tu servidor ya no existe.

ÁRTEMIS.— No, en verdad; pero amado por mí pereces.

HIPÓLITO.— Y el que conducía tus corceles y guardaba tus estatutos.

ÁRTEMIS.— Sí, pues la astuta Afrodita así lo ha forjado.

HIPÓLITO.— ¡Ay de mí! Percibo en verdad el poder que me ha destruido.

ÁRTEMIS.— Creyó agraviado su honor y te odió por ser casto.

HIPÓLITO.— Una sola Afrodita nos ha destruido a tres.

ÁRTEMIS.— A tu padre, y a ti, y a su esposa la tercera.

HIPÓLITO.— Lloro por tanto también la desgracia de mi padre.

ÁRTEMIS.— Fue engañado por los designios de la diosa.

HIPÓLITO.— ¡Oh! ¡Desdichado tú, por esta calamidad, padre mío!

TESEO.— Perezco, hijo mío, y no tengo deleite en la vida.

HIPÓLITO.— Te lamento a ti más que a mí mismo a causa de tu error.

TESEO.— Hijo mío, ¡ojalá pudiera morir yo en tu lugar!

HIPÓLITO.— ¡Oh, los amargos dones de tu padre Poseidón!

TESEO.— ¡Ojalá esa oración nunca hubiera llegado a mi boca!

HIPÓLITO.— ¿Por qué ese deseo? Me habrías matado de todos modos, tan enfurecido estabas entonces.

TESEO.— Pues fui engañado en mis nociones por los dioses.

HIPÓLITO.— ¡Ay! ¡Ojalá la raza de los mortales pudiera maldecir a los dioses!

ÁRTEMIS.— Déjalo estar; pues ni siquiera cuando estés bajo la oscuridad de la tierra la ira surgida de la voluntad de la diosa Afrodita descenderá sobre tu cuerpo sin venganza: en razón de tu piedad y tu excelente mente. Pues con estas armas inevitables de mi propia mano me vengaré en otro, quien sea el más querido de los mortales para ella. Pero a ti, oh desdichado, en recompensa por estos males, te daré los mayores honores en la tierra de Trecén; pues las vírgenes no desposadas antes de sus nupcias cortarán sus cabellos para ti por muchas generaciones, poseyendo el mayor dolor que las lágrimas puedan dar; pero siempre entre las vírgenes habrá un recuerdo de ti que despertará el canto, y no muriendo sin nombre pasará sin ser recordado el amor de Fedra hacia ti. Pero tú, oh hijo del anciano Egeo, toma a tu hijo en tus brazos y estréchalo contra ti; pues sin querer lo destruiste, pero que los hombres yerren cuando los dioses disponen los acontecimientos no es sino esperable. Y a ti, Hipólito, te exhorto a no permanecer enemistado con tu padre; pues percibes el destino por el cual fuiste destruido. Y adiós, pues no me está permitido contemplar a los muertos ni contaminar mi ojo con los estertores de los moribundos; pero veo que ahora estás cerca de esta calamidad.

HIPÓLITO.— Ve tú también, y adiós, virgen bendita. Pero fácilmente abandonas un largo compañerismo. Mas yo renuncio a toda enemistad contra mi padre a tu ruego, pues antes también solía obedecer tus palabras. ¡Ah! ¡Ah! La oscuridad ahora cubre mis ojos. Sujetadme, padre mío, y levantad mi cuerpo.

TESEO.— ¡Ay de mí! Hijo mío, ¿qué me haces a mí, desdichado?

HIPÓLITO.— Perezco, y veo en verdad las puertas del infierno.

TESEO.— ¿Qué? ¿Dejando mi mente sin limpiar de tu sangre?

HIPÓLITO.— No, en verdad, puesto que te libero de este asesinato.

TESEO.— ¿Qué dices? ¿Me eximes libre de la culpa de sangre?

HIPÓLITO.— Llamo como testigo a Ártemis que mata con el arco.

TESEO.— ¡Oh, el más querido, cuán noble te muestras a tu padre!

HIPÓLITO.— ¡Oh, adiós tú también, recibe mi mejor adiós, padre mío!

TESEO.— ¡Ay de mí, por tu alma piadosa y valiente!

HIPÓLITO.— Ruega tener hijos legítimos como yo.

TESEO.— No, te lo ruego, no me abandones, hijo mío, sino sé fuerte.

HIPÓLITO.— Mi tiempo de fuerza ha pasado; pues perezco, padre mío: pero cubre mi rostro tan rápido como sea posible con ropas.

TESEO.— ¡Oh, célebres dominios de Atenas y de Palas, de qué hombre habréis sido privados! ¡Oh, desdichado yo! ¡Qué abundante razón, Afrodita, tendré para recordar tus males!

CORO.— Este dolor común a todos los ciudadanos ha llegado inesperadamente. Habrá una rápida caída de muchas lágrimas; pues las historias dolientes de los grandes hombres alcanzan mayor estima.

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