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Parte 5El mensajero: los caballos

Hipólito · Eurípides · 6 min de lectura

MENSAJERO.— Mujeres, ¿dónde yendo puedo encontrar a Teseo, rey de esta tierra? Si lo sabéis, decidme: ¿está dentro de este palacio?

CORO.— El mismo [rey] está saliendo del palacio.

MENSAJERO.— Traigo un relato que demanda preocupación, de ti y de tus súbditos, tanto los que habitan la ciudad de los atenienses como los reinos de la tierra de Trecén.

TESEO.— ¿Qué es? ¿Ha sobrevenido alguna calamidad súbita a los dos estados vecinos?

MENSAJERO.— Para decir la palabra: Hipólito ya no existe. Ve la luz, sin embargo, por un breve momento.

TESEO.— ¿Muerto? ¿Por quién? ¿Ha venido alguno a enemistad con él, cuya esposa, como la de su padre, ha mancillado a la fuerza?

MENSAJERO.— Su propio carro lo mató, y las imprecaciones de tu boca, que elevaste a tu padre, el soberano del océano, respecto a tu hijo.

TESEO.— ¡Oh dioses! ¡Y oh Poseidón! ¡Qué verdaderamente fuiste entonces mi padre, cuando escuchaste debidamente mis imprecaciones! Dime también, ¿cómo pereció? ¿De qué manera el bastón de la Justicia golpeó al que me deshonró?

MENSAJERO.— Nosotros en verdad cerca de la orilla batida por las olas estábamos peinando con peines el pelo de los caballos, llorando, pues había venido un mensajero diciendo que Hipólito ya no pisaba esta tierra, habiendo recibido de ti la sentencia de desdichado destierro. Pero él vino trayéndonos a nosotros a la orilla el mismo tono de lágrimas; y una innumerable multitud de sus amigos y compañeros vino siguiéndole. Pero al fin después de algún tiempo habló, habiendo cesado de sus gemidos: «¿Por qué estoy así perturbado? Las palabras de mi padre deben ser obedecidas. Mis sirvientes, uncid a mi carro los corceles enjaezados, pues esta ciudad ya no es más para mí». Entonces en verdad todo hombre se apresuró, y más rápido de lo que uno podría hablar condujimos los caballos enjaezados ante nuestro amo; y él toma con sus manos las riendas del arco del carro, montando con su pie calzado con sandalia como estaba. Y primero en verdad se dirigió a los dioses con las manos extendidas: «Zeus, que yo no exista más, si soy un hombre bajo; pero que mi padre perciba cuán indignamente me trata, ya sea cuando esté muerto, o mientras contemple la luz». Y sobre esto habiendo tomado el látigo en sus manos golpeó a los caballos ambos a la vez; y nosotros los asistentes seguimos a nuestro amo junto al carro cerca de las riendas, a lo largo del camino que conduce directamente a Argos y Epidauria; pero cuando llegamos al país desierto, hay una cierta orilla más allá de esta tierra que desciende incluso hasta el mar Sarónico, desde allí una voz como el trueno subterráneo de Zeus envió un gemido terrible espantoso de oír, y los caballos apuntaron sus cabezas erectas y sus orejas hacia el cielo, y sobre nosotros vino un miedo vehemente, de dónde posiblemente la voz podría venir; pero mirando hacia la orilla batida por el mar contemplamos una vasta ola levantada como columna en el cielo, de modo que la vista de las alturas de Escirón fue quitada de mi ojo; y ocultó el Istmo y la roca de Asclepio. Y entonces hinchándose y salpicando mucha espuma alrededor en el oleaje del océano, se mueve hacia la orilla, donde estaba el carro tirado por sus cuatro caballos. Pero junto con su rompiente y su triple oleada, la ola envió un toro, un monstruo feroz; con cuyo mugido toda la tierra llena resonó terriblemente; y para los espectadores apareció una visión más terrible de lo que los ojos podían soportar. Y enseguida un terrible miedo sobreviene a los corceles. Pero su amo, estando muy versado en las costumbres de los caballos, agarró las riendas en sus manos y las tira como un marinero tira de su remo, habiendo fijado su cuerpo en dirección opuesta a las riendas. Pero ellos, mascando con sus mandíbulas los frenos forjados, lo llevaron adelante por la fuerza, sin atender ni a la mano que los conducía, ni a las trazas, ni al carro compacto; y, si en verdad sosteniendo las riendas dirigía su curso hacia el terreno más blando, el toro aparecía en frente, de modo que los apartaba enloqueciendo de espanto a los cuatro caballos que tiraban del carro. Pero si eran llevados hacia las rocas enloquecidos en brío, silenciosamente acercándose al carro él seguía hasta tal punto, hasta que lo volcó y lo condujo hacia atrás, estrellando el aro de la rueda contra la roca. Y todo fue confusión, y los cubos de las ruedas volaron hacia arriba, y los pasadores de los ejes. Pero el desdichado mismo enredado en las riendas es arrastrado, atado en un vínculo difícil, su cabeza golpeada contra las rocas, y su carne desgarrada, y gritando con una voz terrible de oír: «Deteneos, oh vosotros que habéis sido criados en mis establos, no me destruyáis. Oh desdichada imprecación de mi padre. ¿Quién vendrá cerca y salvará a un hombre muy excelente?» Pero muchos de nosotros deseando hacerlo así fracasamos por falta de rapidez; y él en verdad quedó libre, de qué manera no lo sé, de los enredos de las riendas, cae, teniendo el aliento de vida en él, pero por muy poco tiempo. Y los caballos desaparecieron, y el funesto monstruo del toro no sé dónde en el país de la montaña. Yo soy en verdad el esclavo de tu casa, oh rey, pero así nunca al menos seré capaz de ser persuadido de que tu hijo es malvado, ni siquiera si toda la raza de las mujeres fuera colgada, y aunque alguien llenara con escritura todo el abeto de Ida, puesto que tengo la certeza de que él es virtuoso.

CORO.— ¡Ay! ¡Ay! La calamidad de nuevos males se ha consumado, ni hay refugio del destino y de lo que ha de ser.

TESEO.— Por el odio al hombre que así ha sufrido, me complacía este relato; pero ahora, teniendo respeto hacia los dioses, y hacia él, porque es de mí, no me complazco, ni tampoco me turban estos males.

MENSAJERO.— ¿Cómo entonces? ¿Debemos traerlo aquí, o qué debemos hacer con el desdichado para satisfacer tus deseos? Piensa; pero si aceptas mi consejo, no serás áspero hacia tu hijo en sus desgracias.

TESEO.— Traedlo aquí, para que viéndolo ante mis ojos a él que negó haber mancillado mi lecho, pueda refutarlo con palabras, y con lo que ha sucedido de parte de los dioses.

CORO.— Tú, Afrodita, doblgas la mente obstinada de los dioses y de los mortales, y contigo él de pluma variada, que se lanza sobre rapidísima ala; y vuela sobre la tierra y sobre el sonoro mar salado; y Eros encanta hasta la sujeción, sobre cuyo corazón enloquecido viene el alado pillastre resplandeciente con oro, la raza de los cachorros de la montaña, y de aquellos que habitan el mar, y todas las cosas que la tierra nutre, que el sol contempla abrasadas [con sus rayos], y los hombres; pero sobre todas estas cosas tú, Afrodita, sola ejerces soberana potestad.

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