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Parte 4Teseo y la tablilla

Hipólito · Eurípides · 16 min de lectura

TESEO.— ¿Sabéis, mujeres, qué ruido es este en mi casa? Un sonido grave de mis sirvientes ha llegado hasta mí. Porque la servidumbre no cree oportuno abrirme las puertas y saludarme con alegría al volver del oráculo. ¿Ha sobrevenido algún mal al anciano Piteo? Su vida está ya muy avanzada, pero aun así sería muy llorado por nosotros si abandonara esta casa.

CORO.— Lo que ha ocurrido, Teseo, no concierne a los viejos; son los jóvenes quienes con su muerte te afligirán.

TESEO.— ¡Ay de mí! ¿Me ha sido arrebatada la vida de alguno de mis hijos?

CORO.— Ellos viven, pero su madre ha muerto de un modo que te afligirá sobremanera.

TESEO.— ¿Qué dices? ¿Mi esposa muerta? ¿Por qué destino?

CORO.— Suspendió el lazo con el que se estranguló.

TESEO.— ¿Consumida por el dolor, o por alguna calamidad repentina?

CORO.— Esto es cuanto sabemos, nada más; pues acabo de llegar a tu casa, Teseo, para lamentar tus desgracias.

TESEO.— ¡Ay, ay! ¿Por qué entonces tengo mi cabeza coronada con hojas entrelazadas, yo que soy el desdichado consultante del oráculo? Sirvientes, deshaced las barras de las puertas; soltad los cerrojos, para que pueda contemplar el luctuoso espectáculo de mi esposa, que con su muerte me ha arruinado por completo.

CORO.— ¡Ay, ay! Desdichado por tus miserables males: has sido víctima; has perpetrado un hecho de tal magnitud que ha sumido esta casa en total confusión. ¡Ay, ay! Tu audacia, oh tú que has muerto de muerte violenta, y, por un azar impío, el acto cometido por tu desgraciada mano. ¿Quién es entonces, infeliz, el que destruye tu vida?

TESEO.— ¡Ay de mí por mis sufrimientos! He sufrido, desdichado de mí, el extremo de mis desdichas. Oh fortuna, ¡cuán pesadamente has caído sobre mí y sobre mi casa, mancha imperceptible de algún demonio maligno! El desgaste de una vida insoportable; y yo, infeliz, percibo un mar de desgracias tan grande que nunca más podré emerger de él ni escapar más allá de la inundación de esta calamidad. ¿Qué mención puedo hacer, desgraciado, qué destino tuyo cargado de pesadumbre, señora, diciendo que así fue, puedo estar en lo cierto? Pues como un ave te has desvanecido de mi mano, habiendo dado un salto repentino a los reinos de Hades. ¡Ay, ay! Miserables, miserables son estos sufrimientos, pero desde algún período remoto recibo esta calamidad de los dioses, por los errores de algunos de los antiguos.

CORO.— No solo a ti, oh rey, han sucedido estas desgracias; sino que con muchos otros has perdido una esposa excelente.

TESEO.— En las sombras bajo la tierra, desdichado, deseo morir y habitar en la oscuridad, privado como estoy de tu queridísima compañía, pues tú has destruido más que perecido. ¿Qué es entonces lo que oigo? ¿De dónde vino el azar mortal, señora, a tu corazón? ¿Hablará alguien de lo que ha ocurrido, o mi palacio real contiene en vano la muchedumbre de mis sirvientes? ¡Ay de mí por tu causa! ¡Desdichado que soy, qué dolor he visto en mi casa, intolerable, indescriptible! Pero estamos perdidos. Mi casa queda desolada, y mis hijos huérfanos.

CORO.— Nos has dejado, nos has dejado, oh querida entre las mujeres, y la más excelente de cuantas contemplan tanto la luz del sol como la luna de rostro estrellado de la noche. ¡Oh hombre desdichado! ¡Qué gran mal contiene la casa! Con lágrimas que brotan, mis párpados están húmedos por tu calamidad. Pero la desgracia que seguirá a esto la he estado temiendo desde hace tiempo.

TESEO.— ¡Ay, ay! ¿Qué es, te lo ruego, esta carta suspendida de su querida mano? ¿Acaso pretende anunciar alguna nueva calamidad? ¿Qué? ¿Ha escrito la infeliz instrucciones para mí, haciendo alguna petición sobre mi lecho nupcial y mis hijos? Ten valor, desdichada; pues no existe mujer alguna que vaya a entrar en el lecho y la casa de Teseo. Pero he aquí que las impresiones del sello dorado de la que ya no está aquí reclaman mi atención. Vamos, déjame desplegar las envolturas del sello y ver qué debe decirme esta carta.

CORO.— ¡Ay, ay! Este nuevo mal en sucesión trae de nuevo el dios. A mí, en verdad, la condición de la vida será imposible de soportar por lo que ha ocurrido; pues considero, ay, como arruinada y acabada la casa de mis reyes. Oh dios, si es de algún modo posible, no derribes la casa; pero escúchame mientras te lo ruego, pues desde algún lugar, como si fuera profeta, contemplo un mal augurio.

TESEO.— ¡Ah! ¿Qué otro mal es este además del mal, insoportable, indecible? ¡Ay, desdichado de mí!

CORO.— ¿Qué ocurre? Dime si puede decírseme.

TESEO.— Grita, la carta grita cosas atrocísimas: ¿adónde puedo huir del peso de mis males? Pues perezco completamente destruido. ¡Qué, qué queja he visto hablar en su escritura!

CORO.— ¡Ay! Pronuncias palabras que presagian desgracias.

TESEO.— Ya no retendré dentro de la puerta de mis labios este terrible, terrible mal apenas pronunciable. ¡Oh ciudad, ciudad! Hipólito ha osado por la fuerza acercarse a mi lecho, habiendo despreciado el ojo terrible de Zeus. Pero oh padre Poseidón, por una de esas tres maldiciones que en otro tiempo me prometiste, por una de ellas destruye a mi hijo, y que no escape más allá de este día, si me has dado maldiciones que se cumplirán.

CORO.— Oh rey, por los dioses revoca esta plegaria, pues en adelante sabrás que has errado; déjate persuadir por mí.

TESEO.— No puede ser: y además lo expulsaré de esta tierra. Y por uno u otro de los dos destinos será asaltado: pues o bien Poseidón lo enviará muerto a las mansiones de Hades, atendiendo a mi deseo; o bien desterrado de este país, vagando por tierra extranjera, arrastrará una existencia miserable.

CORO.— Y he aquí que tu hijo Hipólito está presente aquí oportunamente, pero si sueltas tu malvado enojo, rey Teseo, aconsejarás lo mejor para tu casa.

HIPÓLITO, TESEO, CORO.

HIPÓLITO.— Oí tu grito, padre mío, y vine a toda prisa; sin embargo, la causa por la que gimes, no la sé; pero querría oírla de ti. ¡Ah! ¿Qué ocurre? Veo a tu esposa, padre mío, cadáver: esto es motivo del mayor asombro. A ella, a quien hace poco dejé, a ella, que contempló la luz hace no mucho tiempo. ¿Qué le sucede? ¿De qué manera murió, padre mío? Querría oírlo de ti. ¿Callas? Pero no hay provecho en el silencio en las desgracias; pues el corazón que desea oírlo todo, se muestra también ansioso en el caso de los males. No es justo, en verdad, padre mío, ocultar tus desgracias a los amigos, e incluso a más que amigos.

TESEO.— Oh hombres, que erráis en vano en muchas cosas, ¿por qué entonces enseñáis diez mil artes, e inventáis y concebís toda cosa; pero una cosa no sabéis, ni aún habéis investigado: enseñar a ser sabios a quienes no tienen entendimiento?

HIPÓLITO.— Un sofista hábil este del que hablas, que es capaz de obligar a quienes no tienen sabiduría a ser rectamente sabios. Pero (pues estás argumentando con demasiado refinamiento en una ocasión inadecuada) temo, oh padre, que tu lengua esté hablando al azar a causa de tus males.

TESEO.— ¡Ay! Debería establecerse para los hombres alguna prueba infalible de sus amigos, y algún medio de conocer sus disposiciones, tanto quién es verdadero como quién no es amigo, y todos los hombres deberían tener dos voces, una verdadera, la otra según el azar, para que la falsa pudiera ser convencida por la verdadera, y entonces no seríamos engañados.

HIPÓLITO.— ¿Me ha acusado entonces alguien falsamente ante tu oído, y sufro yo que no soy en absoluto culpable? Estoy asombrado, pues tus palabras, vagando más allá de los límites de la razón, me asombran.

TESEO.— ¡Ay! La mente del hombre, ¿hasta dónde llegará? ¿Cuál será el límite de su audacia y temeridad? Pues si ha de crecer con cada generación de hombre, y el sucesor ha de ser malvado en un grado más que su predecesor, será necesario que los dioses añadan a la tierra otra tierra, que contendrá a los injustos y a los malvados. Pero mirad a este hombre, que siendo nacido de mí ha profanado mi lecho, y es manifiestamente convicto por la difunta de ser el más vil. Mas, puesto que has llegado a esta afrenta, muestra tu rostro aquí ante tu padre. ¿Acaso en verdad te asocias con los dioses, como siendo una persona extraordinaria? ¿Eres casto e incontaminado por el mal? No creeré tus jactancias, atribuyendo (como debo, si creo) a los dioses la locura de pensar en el mal. Ahora entonces envanécete, y alimentándote de comida inanimada pregona tus doctrinas sobre los hombres, y teniendo a Orfeo por maestro entrégate al desenfreno, reverenciando la vacuidad de muchas letras; que no te valen de nada; puesto que has sido atrapado. Pero a tal clase de hombres advierto a todos que eviten; pues cazan con palabras de bello sonido, mientras maquinan cosas viles. Ella está muerta: ¿crees que esto te salvará? Por esto eres detectado de la manera más clara, oh el más vil. Pues ¿qué clase de juramentos, qué argumentos pueden ser más fuertes que lo que ella dice, de modo que puedas escapar a la acusación? ¿Dirás que ella te odiaba, y que la raza bastarda es odiosa, en verdad, para los de noble nacimiento? Mala administradora entonces de la vida la consideras, si por odio hacia ti perdió lo que le era más querido. Pero ¿dirás que no hay esta locura en los hombres, sino que la hay en las mujeres? Yo mismo he conocido jóvenes que no eran ni un ápice más firmes que las mujeres, cuando Afrodita perturbaba la mente juvenil: pero su pretensión de virilidad los protege. Ahora sin embargo, ¿por qué lucho así contra tus palabras, cuando el cadáver, el testigo más seguro, está aquí? Parte al exilio de esta tierra lo más pronto posible. Y no vayas ni a la Atenas de construcción divina, ni a los confines de esa tierra sobre la cual gobierna mi cetro. Pues si yo sufriendo por ti soy vencido, nunca dará testimonio de mí el istmio Sinis de que lo maté, sino que dirá que me jacto en vano. Ni las rocas escironianas, que habitan junto al mar, confesarán que soy formidable para los malvados.

CORO.— No sé cómo puedo decir que alguno de los mortales es feliz; pues las cosas que eran más excelentes han vuelto atrás de nuevo.

HIPÓLITO.— Padre, tu rabia, en verdad, y la conmoción de tu mente es terrible; sin embargo, esta cosa, aunque tenga bellos argumentos, si alguien la desenreda, no es bella. Pero soy inexperto en la frase para hablar a la multitud, sino para hablar a mis iguales y a unos pocos, más experto; pero esto también tiene consistencia: pues aquellos que no valen nada entre los sabios están más capacitados para hablar ante la plebe. Pero sin embargo es necesario para mí, puesto que esta calamidad ha venido, soltar mi lengua. Pero primero comenzaré a hablar desde ese punto donde primero me atacaste, como si fueras a destruirme, y como si yo no fuera a responder de nuevo. ¿Ves esta luz y esta tierra? En ellas no hay un hombre más casto que yo, aunque tú lo niegues. Pues, en primer lugar, sé en verdad reverenciar a los dioses, y tener tales amigos como no intentan ser injustos, sino aquellos para quienes hay modestia, de modo que ni profieren pensamientos malvados ni prestan en compensación servicios viles a quienes usan su amistad; ni soy el escarnecedor de mis compañeros, oh padre, sino el mismo hombre para con mis amigos cuando no están presentes y cuando estoy con ellos. Pero de una cosa con la cual crees aplastarme, estoy limpio; pues hasta este día mi cuerpo está incontaminado por el lecho del amor; y no conozco el acto excepto oyendo hablar de él, y viéndolo en una pintura, ni siquiera soy inclinado a mirar estas cosas, teniendo una mente virgen. Y quizá mi modestia no te persuade. Te corresponde entonces mostrar de qué manera la perdí. ¿Acaso la persona de esta mujer sobresalía en belleza por encima de todas las mujeres? ¿O esperaba yo gobernar sobre tu casa, teniendo tu lecho nupcial como llevando dote consigo? Debía en ese caso haber sido un necio, y no en absoluto en mis cabales. Pero ¿lo hice como si reinar fuera placentero para los modestos? De ningún modo en verdad lo es, a menos que la monarquía haya destruido las mentes de los hombres que se complacen con ella. Pero yo querría, en verdad, ser el primer vencedor en los juegos griegos, pero segundo en el estado siempre para ser feliz con los amigos más excelentes. Pues así es posible estar bien situado: pero la ausencia del peligro da mayor gozo que el dominio. Uno de mis argumentos no ha sido dicho, pero del resto estás en posesión: pues, si tuviera un testigo tal como yo mismo soy, y estuviera ella viva durante mi defensa, conocerías a los malvados, escudriñándolos por sus obras. Pero ahora juro por Zeus, el guardián de los juramentos, y por la llanura de la tierra, que nunca toqué tu lecho nupcial, ni jamás lo deseé, ni concebí el pensamiento. De otro modo que perezca sin gloria, sin nombre, y que ni mar ni tierra reciban mi carne cuando muera, si soy un hombre malvado. Pero si acaso ella destruyó su vida por miedo, no lo sé: pues no me es lícito hablar más. Cautelosa fue, aunque no pudo ser casta; pero yo, que pude serlo, tuve el poder sin ningún provecho.

CORO.— Has dicho lo suficiente para refutar la acusación, al ofrecer juramentos por los dioses, prueba que no es pequeña.

TESEO.— ¿No es acaso este hombre un hechicero y un embaucador, que confía en que dominará mi ánimo con su bondad de carácter, después de haber deshonrado a su padre?

HIPÓLITO.— Yo también me asombro mucho de esta conducta tuya, padre mío; pues si tú fueras mi hijo, y yo tu padre, te mataría, y no te castigaría con el destierro, si te hubieras atrevido a mancillar a mi esposa.

TESEO.— ¡Qué bien has dicho esto! Sin embargo, no morirás así, como has establecido esta ley para ti mismo; pues una tumba pronta es lo más fácil para el hombre desdichado; pero vagando como exiliado de la tierra de tu patria hacia reinos extranjeros, arrastrarás una vida de amargura; pues esta es la recompensa para el hombre impío.

HIPÓLITO.— ¡Ay de mí! ¿Qué harás? ¿No esperarás siquiera que el tiempo dé testimonio contra mí, sino que me desterrarás de esta tierra?

TESEO.— Sí, más allá del océano y del lugar de Atlas, si de alguna manera pudiera, tanto te odio.

HIPÓLITO.— ¿Sin haber examinado siquiera juramento, o prueba, o los vaticinios de los adivinos, me arrojarás sin condena fuera de esta tierra?

TESEO.— Esta carta aquí, que no aguarda observaciones de adivino, te acusa fielmente; pero a los pájaros que revolotean sobre mi cabeza les digo un largo adiós.

HIPÓLITO.— Oh dioses, ¿por qué entonces no abro mi boca, yo que soy destruido por vosotros a quienes venero? Y sin embargo no lo haré; pues así no lograría en absoluto persuadir a quienes debo, y estaría violando en vano los juramentos que he prestado.

TESEO.— ¡Ay de mí! ¡Cómo me mata tu santidad! ¿No te irás lo más rápido posible de la tierra de tu patria?

HIPÓLITO.— ¿Adónde me volveré entonces, desdichado? ¿Qué mansión de qué extranjero entraré, desterrado bajo esta acusación?

TESEO.— La de quien se deleita en recibir a mancilladores de mujeres y a quienes conviven con acciones malvadas.

HIPÓLITO.— ¡Ay! ¡Ay! Esto va a mi corazón y casi me hace llorar: si en verdad parezco vil y te lo parezco a ti.

TESEO.— Entonces debiste haber gemido y reconocido la culpa antes, cuando te atreviste a agraviar a la esposa de tu padre.

HIPÓLITO.— ¡Oh mansiones, ojalá pudierais darme una voz y dar testimonio de si soy un hombre vil!

TESEO.— ¿Acudes a testigos mudos? Este hecho, aunque no hable, claramente prueba que eres vil.

HIPÓLITO.— ¡Ay! ¡Ojalá pudiera contemplarme a mí mismo estando frente a mí, hasta tal punto lloro por los males que sufro!

TESEO.— Te has acostumbrado mucho más a considerarte a ti mismo, que a ser un hombre justo y a hacer lo que es correcto hacia tus padres.

HIPÓLITO.— ¡Oh madre infeliz! ¡Oh desdichada hora natal! ¡Ojalá ninguno de mis amigos sea jamás ilegítimo!

TESEO.— Sirvientes, ¿no lo arrastraréis fuera? ¿No me oísteis hace tiempo pronunciar su destierro?

HIPÓLITO.— Cualquiera de ellos me tocará para su desgracia, sin embargo; pero tú mismo, si es tu deseo, expúlsame de esta tierra.

TESEO.— Haré esto, a menos que obedezcas mis palabras, pues ninguna compasión por tu destierro me sobreviene.

HIPÓLITO.— Está decidido, según parece; ¡ay, miserable de mí! Pues conozco en verdad estas cosas, pero no sé cómo decirlas. Oh tú la más querida para mí de las deidades, hija de Latona, tú que te asocias conmigo, que cazas conmigo, seremos entonces en verdad desterrados de la ilustre Atenas: pero adiós, oh ciudad, y tierra de Erecteo. Oh llanura de Trecén, ¡cuántas cosas tienes para ocupar la juventud feliz! Adiós, pues te dirijo la palabra, contemplándote por última vez. Venid, jóvenes de esta tierra, mis compañeros, despedidme y acompañadme fuera de esta tierra, pues nunca veréis un hombre más casto, aunque no lo parezca a mi padre.

CORO.— Ciertamente la providencia de los dioses, cuando viene a mi mente, quita en gran medida el dolor; pero aunque abrigando en mi esperanza algún conocimiento, me veo completamente carente cuando contemplo las fortunas y las acciones de los hombres, pues cambian de diferentes maneras, y la vida del hombre varía, siempre excesivamente vaga. Ojalá que en respuesta a mis súplicas el destino de parte de los dioses me diera esto: prosperidad con riquezas, y una mente no manchada por dolores. Y que mi carácter no sea ni demasiado elevado, ni por otro lado infame. Sino que cambiando mis hábitos fáciles con el mañana siempre pueda yo llevar una vida feliz; pues ya no tengo una mente serena, sino que veo cosas contrarias a mis expectativas: pues hemos visto la estrella más brillante de la Atenea griega enviada a otra tierra a causa de la ira de su padre. Oh arenas de la orilla vecina, y bosque de la montaña, donde con los perros de pies veloces solía matar las bestias salvajes, acompañando a la casta Ártemis. Ya no montarás el carro tirado por el tiro de corceles enecios, conteniendo con tu pie los caballos en su ejercicio en la pista alrededor de Limna. Y el canto insomne que solía habitar bajo el puente de las cuerdas cesará en la casa de tu padre. Y los refugios de la hija de Latona en el bosque profundo quedarán sin sus guirnaldas; y la disputa entre las doncellas por tu lecho nupcial ha muerto a causa de tu exilio. Pero yo, por tus desdichas, soportaré con lágrimas una fortuna sin fortuna. ¡Oh madre infeliz, has dado a luz en vano! ¡Ay! Estoy enfurecido con los dioses. ¡Ay! ¡Ay! Unidos encantos del matrimonio, ¿por qué enviáis al desdichado, sin culpa de crimen alguno, lejos de la tierra de su patria, lejos de estas mansiones? Mas he aquí que percibo a un seguidor de Hipólito con rostro triste que viene hacia la casa apresuradamente.

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