Parte 1Afrodita y el voto de Hipólito
HIPÓLITO.
PERSONAJES REPRESENTADOS.
AFRODITA. HIPÓLITO. ACOMPAÑANTES. FEDRA. NODRIZA. TESEO. MENSAJERO. ÁRTEMIS. CORO DE DAMAS DE TRECÉN.
EL ARGUMENTO.
Teseo era hijo de Etra y Poseidón, y rey de los atenienses; y habiendo desposado a Hipólita, una de las amazonas, engendró a Hipólito, que sobresalió en belleza y castidad. Cuando su esposa murió, se casó, en segundas nupcias, con Fedra, una cretense, hija de Minos, rey de Creta, y Pasífae. Teseo, a consecuencia de haber dado muerte a Palante, uno de sus parientes, marcha al destierro con su esposa a Trecén, donde sucedió que Hipólito estaba siendo criado por Piteo: pero Fedra, habiendo visto al joven, se enamoró desesperadamente, no porque fuera incontinente, sino para cumplir la ira de Afrodita, quien, habiendo resuelto destruir a Hipólito a causa de su castidad, llevó sus planes a término. Ella, ocultando su mal, al fin fue obligada a declararlo a su nodriza, quien había prometido aliviarla y quien, aunque contra su voluntad, llevó sus palabras al joven. Fedra, habiendo sabido que él estaba exasperado, eludió a la nodriza y se ahorcó. En aquel momento Teseo, habiendo llegado y queriendo descolgar a la que estaba estrangulada, encontró una carta sujeta a ella, en la que acusaba a Hipólito de haber intentado violar su virtud. Y él, creyendo lo escrito, ordenó a Hipólito marchar al destierro y elevó una plegaria a Poseidón, en cumplimiento de la cual el dios destruyó a Hipólito. Pero Ártemis declaró a Teseo todo lo que había acontecido, y no culpó a Fedra, sino que lo consoló, privado de su hijo y su esposa, y prometió instituir honores en aquel lugar para Hipólito.
La escena de la obra se sitúa en Trecén. Se representó en el arcontado de Ameinón, en el cuarto año de la Olimpiada 87. Eurípides primero, Jofonte segundo, Ión tercero. Este Hipólito es el segundo de ese nombre, y es llamado ESTEFANIAS: pero parece haber sido escrito más tarde, pues lo que era indecoroso y merecía reproche está corregido en esta obra. La obra está clasificada entre las primeras.
HIPÓLITO.
AFRODITA.— Grande a los ojos de los mortales, y no sin nombre soy yo la diosa Afrodita, y en el cielo: y de cuantos habitan dentro del océano y los confines de Atlas, contemplando la luz del sol, a aquellos que realmente reverencian mi autoridad, yo los elevo a honra; mas derribo a cuantos se enaltecen contra mí. Pues esto es en verdad una cualidad inherente incluso a la raza de los dioses, que «se regocijan cuando son honrados por los hombres». Pero pronto mostraré la verdad de estas palabras: pues el hijo de Teseo, nacido de la amazona, Hipólito, discípulo del casto Piteo, solo de entre los habitantes de esta tierra de Trecén, dice que soy de las deidades la más vil, y rechaza el lecho nupcial, y no quiere tener nada que ver con el matrimonio. Mas a Ártemis, la hermana de Febo, hija de Zeus, la honra, estimándola la más grande de las deidades. Y por el verde bosque acompañando siempre a la virgen, con sus veloces perros limpia las bestias de la tierra, habiendo formado una compañía mayor de lo que a mortal corresponde. Esto ciertamente no se lo envidio; pues ¿por qué habría de hacerlo? Pero en aquello en que ha pecado contra mí, me vengaré de Hipólito este mismo día: y habiendo despejado la mayor parte de las dificultades de antemano, no necesito mucho esfuerzo. Pues Fedra, la noble esposa de su padre, habiéndolo visto, (cuando iba una vez desde la casa de Piteo a la tierra de Pandión, para ver y después ser plenamente admitido en los sagrados misterios,) fue herida en su corazón con feroz amor por mi designio. Y aun antes de venir a esta tierra de Trecén, en la misma roca de Palas que domina esta tierra, erigió un templo a Afrodita, amando un amor ausente; y declaró después que la diosa era honrada con su templo por causa de Hipólito. Pero ahora, puesto que Teseo ha dejado la tierra de Cécrope, para evitar la contaminación del asesinato de los hijos de Palante, y navega a esta tierra con su esposa, habiéndose sometido a un año de destierro de su pueblo; allí ciertamente gimiendo y herida con los aguijones del amor, la desdichada perece en secreto; y ninguno de sus criados es consciente de su mal. Pero este amor de ningún modo debe caer al suelo de este modo: sino que revelaré el asunto a Teseo, y se hará manifiesto. Y a aquel que es nuestro enemigo lo matará el padre con imprecaciones, que Poseidón, rey del océano, concedió como privilegio a Teseo, de que no hiciera plegaria tres veces al dios en vano. Pero Fedra muere, una mujer ilustre sin duda, mas aun así [debe morir]; pues no haré sus males de tan alta consecuencia que impida a mis enemigos darme la plena venganza que pueda contentarme. Mas, como veo al hijo de Teseo que viene, habiendo dejado la fatiga de la caza, me marcharé de este sitio. Pero con él un numeroso séquito de acompañantes que lo sigue alza un clamor, alabando a la diosa Ártemis con himnos, pues no sabe que las puertas del infierno están abiertas, y que este día es el último que contempla.
HIPÓLITO, ACOMPAÑANTES.
HIPÓLITO.— Seguid, seguid, cantando a la celestial Ártemis, hija de Zeus; Ártemis, bajo cuya protección estamos.
ACOMPAÑANTES.— Sagrada, sagrada, santísima descendencia de Zeus, ¡salve! ¡Salve! Oh Ártemis, hija de Latona y de Zeus, la más hermosa con mucho de las vírgenes, que, nacida de ilustre padre, en el vasto cielo moras en el palacio de Zeus, aquella mansión rica en oro.
HIPÓLITO.— ¡Salve, oh la más hermosa, la más hermosa de las vírgenes en el Olimpo, Ártemis! Para ti, mi señora, llevo esta guirnalda trenzada desde el prado puro, donde ni el pastor cree oportuno apacentar sus rebaños, ni aun llegó allí el hierro, sino que la abeja recorre el prado puro y primaveral, y el Pudor lo riega con rocíos de río. Quienquiera que tiene castidad, no la que se enseña en las escuelas, sino la que es por naturaleza, para esta clase de personas es lícito de allí recoger, mas para los malvados no es lícito. Pero, oh mi querida señora, recibe esta guirnalda para ceñir tus dorados cabellos de una mano piadosa. Pues a mí solo de los mortales se me permite este privilegio. Contigo estoy presente e intercambio palabras contigo, oyendo tu voz, mas no viendo tu rostro. Pero ojalá termine la última vuelta de mi curso de vida, tal como lo empecé.
ACOMPAÑANTES.— Oh rey, (pues solo a los dioses debemos llamar señores,) ¿quieres oír algo de mí, que te aconsejo bien?
HIPÓLITO.— Ciertamente, pues de otro modo no parecería sensato.
ACOMPAÑANTES.— ¿Conoces entonces la ley que está establecida entre los hombres?
HIPÓLITO.— No la conozco; pero ¿cuál es aquella sobre la que me preguntas?
ACOMPAÑANTES.— Odiar la arrogancia, y lo que es desagradable a todos.
HIPÓLITO.— Y con razón; pues ¿qué mortal arrogante no es odioso?
ACOMPAÑANTES.— ¿Y en lo afable hay algún encanto?
HIPÓLITO.— Uno muy grande ciertamente, y ganancia con poco esfuerzo.
ACOMPAÑANTES.— ¿Supones que lo mismo se aplica también entre los dioses?
HIPÓLITO.— Ciertamente, en tanto que nosotros los mortales usamos las leyes de los dioses.
ACOMPAÑANTES.— ¿Cómo es entonces que no te diriges a una venerable diosa?
HIPÓLITO.— ¿A quién? Pero cuida que tu boca no yerro.
ACOMPAÑANTES.— Afrodita, que tiene su estación a tus puertas.
HIPÓLITO.— Yo, que soy casto, la saludo a distancia.
ACOMPAÑANTES.— Venerable es ella, sin embargo, y de renombre entre los mortales.
HIPÓLITO.— Diferentes dioses y hombres son objeto de estima para diferentes personas.
ACOMPAÑANTES.— Ojalá seas bendito, teniendo tanto juicio como necesitas.
HIPÓLITO.— Ninguno de los dioses que se adoran de noche me deleita.
ACOMPAÑANTES.— Hijo mío, debemos conformarnos a los honores de los dioses.
HIPÓLITO.— Marchad, mis compañeros, y habiendo entrado en la casa, preparad los alimentos: deliciosa es después de la caza la mesa abundante. Y debo almohazar mis caballos, para que habiéndolos uncido al carro, cuando esté saciado del festín, pueda darles su ejercicio apropiado. Pero a tu Afrodita le digo un largo adiós.
ACOMPAÑANTES.— Pero nosotros, pues no se debe imitar a los jóvenes, teniendo nuestros pensamientos tales como conviene que los esclavos expresen, adoraremos tu imagen, oh Afrodita, nuestra señora; pero tú deberías perdonar, si alguien teniendo intensos sentimientos de espíritu a causa de su juventud, habla neciamente: parece no oír estas cosas, pues los dioses han de ser necesariamente más sabios que los hombres.
CORO.— Hay una roca junto al océano, que destila agua, la cual envía desde sus precipicios una fuente que fluye, en la que sumergen sus urnas; allí estaba una amiga mía mojando los vestidos púrpura en el rocío del arroyo, y los puso sobre el lomo del cálido acantilado soleado: de allí vino primero a mí la noticia acerca de mi señora, de que ella, consumida por el lecho de enfermedad, mantiene su persona dentro de la casa, y que finos velos cubren su cabeza castaña. Y oigo que ella este día por tercera vez mantiene su cuerpo intocado por el fruto de Deméter, [que no recibe] en su ambrosial boca, deseando en secreto sufrimiento apresurarse a la infeliz meta de la muerte. Pues poseída por el cielo, oh señora, ya sea por Pan, o por Hécate, o por los venerables Coribantes, o por la madre que ronda las montañas, deliras. Pero estás así atormentada a causa de alguna falta cometida contra la cazadora cretense, profana a causa de tortas sagradas no ofrecidas. Pues ella va a través del mar y más allá de la tierra sobre los remolinos de la salada espuma. ¿O alguien en el palacio extravía a tu noble esposo, el jefe de los atenienses, mediante concubinato secreto en tu lecho? ¿O algún marinero que partió del puerto de Creta ha navegado al puerto más amistoso para navegantes, trayendo algún mensaje a la reina; y, confinada a su lecho, ella está atada en alma por el pesar de sus sufrimientos? Pero desgraciada impotencia suele morar con la constitución caprichosa de las mujeres, tanto a causa de sus dolores de parto como de su pérdida de razón. Una vez a través de mi vientre disparó este escalofrío, mas invoqué a la celestial Ártemis, que da partos fáciles, que preside el arco, y a mí vino siempre muy bendecida, así como los demás dioses. Pero he aquí que la vieja nodriza la trae fuera del palacio ante las puertas; y la triste nube sobre sus cejas aumenta. Qué puede posiblemente ser, mi alma desea saber, con qué puede estar afligida la persona de la reina, de color tan cambiado.
FEDRA, NODRIZA, CORO.
(NODRIZA.— ¡Ay! Los males de los hombres, y sus odiosas enfermedades! ¿Qué haré por ti? ¿Y qué no haré? He aquí la luz clara para ti, he aquí el aire: y ahora está tu lecho en el que yaces enferma removido fuera de la casa: pues cada palabra que pronunciabas era venir aquí; pero pronto estarás apresurada por volver de nuevo a tu cámara: pues pronto te cambias, y nada te complace. Ni lo que está presente te deleita, sino que lo que no está presente lo consideras más agradable. Es mejor estar enfermo que cuidar al enfermo: lo uno es un mal simple, mas con lo otro se une tanto dolor de espíritu como fatiga de manos. Pero toda la vida de los hombres está llena de pesar, ni hay descanso de las fatigas. Pero lo que sea que haya más querido que la vida, la oscuridad lo oculta envolviéndolo en nubes. Por tanto parecemos delirar por este estado presente, porque brilla en la tierra, por inexperiencia de otra vida, y la no aparición de las cosas bajo la tierra. Mas somos ciegamente arrastrados por las fábulas.)
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