Parte 2El mal de Fedra
FEDRA.— Alzad mi cuerpo, colocad mi cabeza erguida. Estoy desfallecida en las articulaciones de mis miembros, amigas, asid mis manos bien formadas, oh sirvientas. El tocado en mi cabeza es pesado para mí de soportar. Quitadlo, dejad fluir mis rizos sobre mis hombros.
NODRIZA.— Ten ánimo, hija mía, y no cambies así penosamente [la postura de] tu cuerpo. Mas soportarás tu enfermedad más fácilmente tanto con quietud como con temple noble, pues es necesario que los mortales sufran desdichas.
FEDRA.— ¡Ay! ¡Ay! ¡Ojalá pudiera sacar de la fuente de rocío la bebida de aguas puras, y que bajo los alisos y en el prado frondoso descansara reclinada!
NODRIZA.— Oh hija mía, ¿qué dices? ¿No cesarás de proferir estas cosas ante la multitud, lanzando un discurso de locura?
FEDRA.— Llevadme al monte. Iré al bosque, y junto a los pinos, donde pisan los perros matadores de bestias, persiguiendo las manchadas ciervas. ¡Por los dioses anhelo azuzar a los sabuesos, y junto a mi cabello castaño arrojar la jabalina tesalia blandiendo el arma con lanza en mi mano!
NODRIZA.— ¿Por qué en nombre del cielo, hija mía, ansías estas cosas? ¿Por qué tienes alguna inquietud por la caza? ¿Y por qué anhelas las corrientes de la fuente? Pues junto a las torres hay un flujo perpetuo de agua, de donde puede ser tu bebida.
FEDRA.— Oh Ártemis, señora de Limna junto al mar, y de los ejercicios de los corceles resonantes, ¡ojalá estuviera en tus llanuras, domando los potros héneticos!
NODRIZA.— ¿Por qué de nuevo has proferido locamente esta palabra? En un momento habiendo ascendido el monte te pusiste en marcha con el deseo de cazar; mas ahora de nuevo anhelas los potros en las arenas batidas por las olas. Estas cosas requieren mucha habilidad profética [para descubrir] quién es de los dioses el que te atormenta, oh señora, y enloquece tus sentidos.
FEDRA.— ¡Desgraciada soy! ¿Qué he cometido entonces? ¿Adónde he vagado de mi sano juicio? He enloquecido; he caído por la maligna influencia de algún dios. ¡Ay! ¡Ay! ¡Infeliz que soy! Nodriza, cubre mi cabeza de nuevo, pues me avergüenzo de las cosas que he hablado: cúbreme; una lágrima mana de mis ojos, y mi vista se vuelve a mi deshonra. Pues estar en su sano juicio causa pesar: mas la locura es un mal; sin embargo es mejor perecer, sin saber nada de los males propios.
NODRIZA.— Te cubro, pero ¿cuándo cubrirá la muerte mi cuerpo? La longitud de la vida me enseña muchas cosas. Pues conviene a los mortales forjar amistades moderadas entre sí, y no hasta la médula misma del alma; y los afectos del corazón deben poder disolverse, de modo que podamos aflojarlos o estrecharlos. Pero que un alma sufra tormentos por dos, como yo ahora sufro por ella, es una carga pesada. Los asuntos de la vida llevados a un extremo excesivo, según dicen, traen más bien destrucción que deleite, y están más bien en conflicto con la salud. Así que alabo el exceso menos que «el sentimiento de» "Nada en demasía"; y los sabios estarán de acuerdo conmigo.
CORO.— Oh anciana mujer, fiel nodriza de la reina Fedra, vemos en verdad el estado miserable de esta señora, pero no está claro cuál es su enfermedad; mas querríamos preguntar y oír de ti.
NODRIZA.— No lo sé por mis preguntas; pues ella no quiere hablar.
CORO.— ¿Ni cuál es el origen de estos tormentos?
NODRIZA.— Llegas al mismo resultado; pues guarda silencio respecto a todas estas cosas.
CORO.— ¡Qué débil está, y cuán consumido su cuerpo!
NODRIZA.— ¿Cómo podría ser de otro modo, viendo que ha rechazado alimento durante tres días?
CORO.— ¿Es por la violencia de su calamidad, o intenta morir?
NODRIZA.— Morir; pero ayuna hasta la disolución de su vida.
CORO.— Cosa extraordinaria me has estado diciendo, si esta conducta encuentra la aprobación de su esposo.
NODRIZA.— [Él nada sabe], pues ella oculta esta calamidad y niega que esté enferma.
CORO.— Pero ¿acaso no lo adivina, mirando su rostro?
NODRIZA.— [¿Cómo habría de hacerlo?] pues está fuera de este país.
CORO.— Pero ¿no insistes con necesidad, cuando intentas averiguar su enfermedad y el extravío de sus sentidos?
NODRIZA.— He probado todo, y no he logrado avance alguno. Sin embargo, no cederé ni ahora en mi celo, de modo que, estando vosotras presentes, podáis testimoniar conmigo cómo me comporto con mi señora cuando está en calamidad. Ven, querida hija, olvidemos ambas nuestras conversaciones anteriores; y sé tú más dulce, suavizando ese ceño fruncido y alterando el curso de tu propósito; y yo, abandonando aquello en que no hice bien al seguirte, recurriré a otras palabras mejores. Y si en verdad estás enferma con alguna de esas dolencias que no deben mencionarse, estas mujeres aquí pueden aliviar la enfermedad; pero si puede contarse a los hombres, dilo, para que el asunto pueda mencionarse a los médicos. ¡Bien! ¿Por qué guardas silencio? No te corresponde guardar silencio, hija mía, sino que deberías o bien convencerme, si digo algo malo, o ceder a palabras bien dichas. Di algo, mira aquí. ¡Oh, desdichada de mí! Señoras, en vano emprendemos estos trabajos, mientras estamos tan lejos de nuestro propósito como antes; pues ni entonces se ablandó por nuestras palabras, ni ahora nos presta atención. Sin embargo, sabe aún (ahora pues sé más obstinada que el mar) que, si mueres, traicionarás a tus hijos, que no tendrán parte en la mansión paterna. Lo juro por la belicosa reina amazona que dio a luz a un señor sobre tus hijos, bastardo pero de nobles sentimientos, bien lo conoces, Hipólito.
FEDRA.— ¡Ay de mí!
NODRIZA.— Esto te toca.
FEDRA.— Me has destruido, nodriza, y por los dioses te suplico que en adelante guardes silencio respecto a este hombre.
NODRIZA.— ¿Ves? Juzgas bien en verdad, pero juzgando bien no estás dispuesta ni a ayudar a tus hijos ni a salvar tu propia vida.
FEDRA.— Amo a mis hijos; pero estoy pasando el invierno en la tormenta de otra desgracia.
NODRIZA.— Tienes tus manos, hija mía, puras de sangre.
FEDRA.— Mis manos están puras, pero mi mente tiene alguna contaminación.
NODRIZA.— ¿Qué? ¿De alguna calamidad traída sobre ti por alguno de tus enemigos?
FEDRA.— Un amigo me destruye contra mi voluntad, él mismo sin querer.
NODRIZA.— ¿Ha cometido Teseo algún pecado contra ti?
FEDRA.— Ojalá nunca se descubra que yo lo he dañado.
NODRIZA.— ¿Qué es entonces esa cosa terrible que te impulsa a morir?
FEDRA.— Permíteme errar, pues no yerro contra ti.
NODRIZA.— No voluntariamente [lo haces], sino que es por tu causa que yo pereceré.
FEDRA.— ¿Qué haces? Me oprimes, colgándote de mí con tu mano.
NODRIZA.— Y nunca soltaré estas rodillas.
FEDRA.— Males para ti misma oirás, oh desdichada mujer, si oyes estos males.
NODRIZA.— [Aún así me aferraré]: pues ¿qué mayor mal puede ocurrirme que perderte?
FEDRA.— Te perderás. Sin embargo, el asunto me trae honor a mí.
NODRIZA.— ¿Y entonces ocultas lo que es útil, cuando te lo suplico?
FEDRA.— Sí, pues de cosas viles ideamos cosas nobles.
NODRIZA.— ¿No aparecerás, entonces, más noble al decirlo?
FEDRA.— ¡Vete, por los dioses, y suelta mi mano!
NODRIZA.— No en verdad, puesto que no me concedes el favor que sería justo.
FEDRA.— Lo concederé; pues respeto la reverencia de tu mano.
NODRIZA.— Ahora guardaré silencio; pues desde ahora te toca a ti hablar.
FEDRA.— ¡Oh desdichada madre, qué amor amaste!
NODRIZA.— El que sintió por el toro, hija mía, ¿o a qué te refieres?
FEDRA.— ¡Tú también, oh desdichada hermana, esposa de Dioniso!
NODRIZA.— Hija, ¿qué te pasa? Hablas mal de tus parientes.
FEDRA.— Y yo la tercera, ¡cuán infelizmente perezco!
NODRIZA.— Quedo muda de asombro. ¿Adónde tenderá tu discurso?
FEDRA.— A ese punto, desde donde no hace poco que somos desgraciadas.
NODRIZA.— No sé ni un ápice más de las cosas que deseo oír.
FEDRA.— ¡Ay! ¡Ojalá pudieras hablar las cosas que yo debo hablar!
NODRIZA.— No soy profetisa como para conocer claramente cosas ocultas.
FEDRA.— ¿Qué es esa cosa que llaman el amor de los hombres?
NODRIZA.— Lo mismo, hija mía, una cosa muy deliciosa, y dolorosa también.
FEDRA.— Uno de los dos sentimientos debo percibir yo.
NODRIZA.— ¿Qué dices? ¿Amas, hija mía? ¿Qué hombre?
FEDRA.— Él, quienquiera que sea, que ha nacido de la amazona.
NODRIZA.— ¿Dices Hipólito?
FEDRA.— De ti, no de mí, oyes ese nombre.
NODRIZA.— ¡Ay de mí! ¿Qué vas a decir? Hija mía, ¡cómo me has destruido! Señoras, esto no puede soportarse; no aguantaré vivir, odioso es el día, odiosa la luz que contemplo. Me arrojaré abajo, me libraré de este cuerpo; me quitaré de la vida hacia la muerte. ¡Adiós! Ya no existo. Pues las castas se enamoran de lo que es malo, no voluntariamente en verdad, mas aún así [aman]. Afrodita entonces no es deidad, sino que si hay algo más poderoso que deidad, eso es ella, que ha destruido tanto a mi señora, como a mí, y a toda la casa.
CORO.— Oíste, oh, oíste a la reina lamentando sus desdichas miserables que no debían oírse. Querida señora, ¡ojalá yo perezca antes de llegar a tu estado de ánimo! ¡Ay de mí! ¡Ay! ¡Ay! ¡Oh desdichada por estos tormentos! ¡Oh los males que acompañan a los mortales! Estás perdida, has revelado tus males a la luz. ¿Qué tiempo es este que eternamente te ha aguardado? Alguna nueva desgracia acontecerá a la casa. Y ya no está oscuro dónde se pone la fortuna de Afrodita, oh desdichada hija cretense.
FEDRA.— Mujeres de Trecén, que habitáis esta extrema frontera de la tierra de Pélope. A menudo en otros momentos, en la larga estación de la noche, he pensado de qué manera se deprava la vida de los mortales. Y a mí me parece que obran mal, no por la naturaleza de sus mentes, pues muchos tienen buenos pensamientos, sino que así debemos ver estas cosas. Lo que es bueno lo comprendemos y conocemos, pero no lo practicamos; unos por pereza, y otros prefiriendo otros placeres a lo que es correcto; pues hay muchos placeres en la vida: largas charlas, y la indolencia, un mal agradable, y la vergüenza; pero hay dos, una en verdad no vil, pero la otra el peso que derriba las casas; mas si la ocasión en que se usa cada una fuera clara, las dos cosas no tendrían las mismas letras. Sabiendo yo estas cosas de antemano, con ninguna droga pensé que destruiría tanto estos sentimientos, como para caer en una manera opuesta de pensar. Pero también te diré el curso de mis determinaciones. Después de que el amor me hirió, consideré cómo mejor podría soportarlo. Comencé por tanto desde entonces a guardar silencio, y a ocultar esta enfermedad. Pues no puede depositarse confianza en la lengua, que sabe aconsejar los pensamientos de otros hombres, pero ella misma de sí misma tiene muchísimos males. Pero en segundo lugar, medité soportar bien mi locura venciéndola con mi castidad. Pero en tercer lugar, puesto que por estos medios no era capaz de someter a Afrodita, me pareció mejor morir: nadie negará esta resolución. Pues sea mi suerte, ni ser ocultada cuando hago actos nobles, ni tener muchos testigos, cuando actúo vilmente. Además de esto sabía que era una mujer, cosa odiada por todos. Oh, ¡que perezca miserabilísimamente quien primero comenzó a contaminar el lecho conyugal con otros hombres! De familias nobles surgió primero este mal entre las mujeres; pues cuando las cosas viles parecen correctas a los que son tenidos por buenos, seguramente parecerán así a los malos. Odio además a esas mujeres que son castas en su lenguaje en verdad, pero secretamente tienen en ellas actos nada buenos de osadía; quienes, ¿cómo, pregunto, oh Afrodita mi venerada señora, miran los rostros de sus esposos, y no temen la oscuridad que ayudó a sus actos, y los techos de la casa, no sea que alguna vez pronuncien una voz? Pues esta sola idea me mata, amigas, que yo pudiera alguna vez ser descubierta habiendo deshonrado a mi esposo, o a mis hijos, a quienes di a luz; sino que libres, felices en libertad de palabra, puedan habitar la ciudad de la ilustre Atenas, gloriosos en su madre. Pues esclaviza a un hombre, aunque sea de corazón valiente, cuando es consciente de las fechorías de su madre o de su padre. Pero esto solo dicen que en resistencia rivaliza con la vida, una mente honesta y buena, a quienquiera que pertenezca. Pero el Tiempo, cuando así ocurre, sosteniendo el espejo como a una joven virgen, muestra a los malos, entre quienes ojalá yo nunca sea vista.
CORO.— ¡Ay! ¡Ay! En todo sentido cuán hermosa es la castidad, y cuán buena reputación tiene entre los hombres.
NODRIZA.— Mi señora, justo ahora en verdad tu calamidad sobreviniendo sobre mí sin aviso, me dio una alarma terrible. Pero ahora percibo que fui débil; y de algún modo u otro entre los mortales los segundos pensamientos son los más sabios. Pues tú no has sufrido nada excesivo ni extraordinario, sino que la ira de la diosa ha caído sobre ti. Amas, ¿qué maravilla es esto? con muchos mortales. Y entonces ¿perderás tu vida por amor? No hay entonces ventaja para quienes aman a otros, ni para quienes puedan amarlos en adelante, si necesariamente han de morir. Pues Afrodita es cosa que no puede soportarse, si se precipita vehemente. Viene tranquilamente en verdad sobre la persona que cede; pero a quien ella encuentra altivo y de nociones elevadas, tomándolo (¿cómo piensas?), lo castiga. Pero Afrodita atraviesa el aire, y está en la ola del océano; y todas las cosas de ella tienen su nacimiento. Ella es quien siembra y da amor, de donde todos nosotros en la tierra somos engendrados. Cuantos en verdad conocen los escritos de los antiguos, o están ellos mismos siempre entre las musas, saben en verdad cómo Zeus fue antiguamente inflamado con el amor de Sémele; saben también cómo antiguamente la hermosa y brillante Aurora llevó a Céfalo hasta los dioses, por amor; pero aún viven en el cielo, y no huyen de la presencia de los dioses; sino que se resignan cediendo, creo, a lo que les ha sucedido. ¿Y tú no lo soportarás? Tu padre entonces debió haberte engendrado en términos estipulados, o bien bajo el dominio de otros dioses, a menos que estés contenta con estas leyes. ¿Cuántos, piensas, están en plena y completa posesión de sus sentidos, que, cuando ven su lecho nupcial enfermo, parecen no verlo! ¿Y cuántos padres, piensas, han ayudado a sus hijos errantes en asuntos de amor?, pues esta es una máxima entre la parte sabia de la humanidad, «que las cosas que no lucen bien deben ocultarse». Ni deberían los hombres trabajar con demasiada exactitud su conducta en la vida, pues tampoco harían bien en emplear mucha precisión en el techo con que se cubren sus casas; pero habiendo caído en fortuna tan profunda como tú has caído, ¿cómo imaginas que podrás salir nadando? Pero si tienes más cosas buenas que malas, mortal como eres, seguramente debes estar bien. Pero cesa, querida hija, de estos pensamientos malos, cesa también de ser altiva, pues nada más salvo altivez es esto, desear ser superior a los dioses. Pero, puesto que estás enamorada, soporta; un dios lo ha querido así; y, estando enferma, por algunos buenos medios o de otro modo trata de librarte de tu dolencia. Pues hay encantamientos y hechizos tranquilizadores; aparecerá algún remedio para esta enfermedad. De otro modo seguramente los hombres serían lentos en verdad en descubrimientos, si nosotras las mujeres no encontráramos recursos.
CORO.— Fedra, ella habla en verdad con el consejo más útil en tu estado presente; pero a ti te alabo. Sin embargo, esta alabanza es menos bienvenida que sus palabras, y para ti más dolorosa de oír.
FEDRA.— Esto es lo que destruye ciudades de hombres y familias bien gobernadas: palabras demasiado bellas. Pues no es en absoluto necesario hablar palabras agradables al oído, sino aquello por lo cual uno pueda volverse de buena reputación.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
