Acto quinto
Escena1Alceste, Filinto
ALCESTE.— La decisión está tomada, ya se lo digo.
FILINTO.— Pero, sea cual sea ese golpe, ¿hace falta que lo obligue…?
ALCESTE.— No, por más que se empeñe y por más que razone, nada de lo que me diga podrá hacerme cambiar de rumbo; demasiada perversidad reina en el siglo en que vivimos, y quiero apartarme del comercio de los hombres. ¡Cómo! Contra mi adversario se ven reunidos a la vez el honor, la probidad, el pudor y las leyes; se publica por todas partes la equidad de mi causa, en la fe de mi derecho mi alma reposa: y sin embargo me veo traicionado por el resultado, tengo de mi parte la justicia y pierdo mi pleito. ¡Un traidor, cuya escandalosa historia todos conocen, sale triunfante de una falsedad negra! ¡Toda la buena fe cede ante su traición! ¡Degollándome encuentra el modo de tener razón! El peso de su mueca, donde brilla el artificio, derriba el buen derecho y tuerce la justicia. ¡Hace coronar su delito mediante una sentencia! Y, no contento aún con el daño que se me hace, corre por el mundo un libro abominable, cuya lectura es en sí misma condenable, un libro que merece el máximo rigor, ¡y del cual el bribón tiene la desfachatez de hacerme autor! Y encima de eso se ve a Oronte que murmura y trata maliciosamente de apoyar la impostura. ¡Él, que en la corte ocupa el rango de hombre honrado, a quien yo no he hecho nada salvo ser sincero y franco, que viene a verme a pesar mío con un ardor insistente para pedirme mi opinión sobre unos versos que ha escrito; y porque me comporto con honestidad y no quiero traicionarlo a él ni a la verdad, ayuda a aplastarme con un crimen imaginario! Ahí lo tienen convertido en mi más grande adversario. ¡Y jamás tendré el perdón de su corazón por no haber encontrado que su soneto fuera bueno! ¡Y los hombres, morbleu!, están hechos de esa manera. A esas acciones los lleva la gloria. Ahí tienen la buena fe, el celo virtuoso, la justicia y el honor que se encuentran en ellos. ¡Vamos, ya es demasiado sufrir los disgustos que nos forjan! Saquémonos de este bosque y de este degolladero. Puesto que entre humanos viven así como verdaderos lobos, traidores, no me tendrán en su vida entre ustedes.
FILINTO.— Encuentro un poco demasiado precipitado el designio en que está, y todo el mal no es tan grande como usted lo pinta. Lo que su adversario osa imputarle no ha tenido el crédito de hacerlo arrestar; se ve su falso informe destruirse por sí mismo, y es una acción que bien podría perjudicarlo.
ALCESTE.— ¡Él! De semejantes jugadas no teme el escándalo. Tiene permiso para ser un canalla declarado, y lejos de que esta aventura dañe su crédito, mañana se lo verá en mejor postura.
FILINTO.— En fin, es constante que no se ha dado demasiado crédito al rumor que su malicia ha hecho correr contra usted; de ese lado ya no tiene nada que temer. Y en cuanto a su pleito, del que puede usted quejarse, le es fácil en justicia volver sobre él, y contra esa sentencia…
ALCESTE.— No, quiero atenerme a ella. Por más sensible agravio que tal sentencia me haga, me guardaré bien de querer que se anule; se ve en ella demasiado a las claras el buen derecho maltratado, y quiero que quede para la posteridad como una marca insigne, un famoso testimonio de la maldad de los hombres de nuestra época. Podrá costarme veinte mil francos, pero por veinte mil francos tendré derecho a despotricar contra la iniquidad de la naturaleza humana y a alimentar por ella un odio inmortal.
FILINTO.— Pero en fin…
ALCESTE.— Pero en fin, sus desvelos son superfluos. ¿Qué puede usted, señor, decirme al respecto? ¿Tendrá usted el descaro de querer, a la cara, excusar los horrores de todo lo que pasa?
FILINTO.— No, convengo en todo lo que le plazca: todo anda por cabildeo y por puro interés; ya no es más que la astucia hoy la que triunfa, y los hombres deberían estar hechos de otra manera. Pero ¿es esa una razón, su poca equidad, para querer apartarse de su sociedad? Todos estos defectos humanos nos dan, en la vida, medios de ejercer nuestra filosofía: es el más bello empleo que encuentra la virtud. Y si de probidad todo estuviera revestido, si todos los corazones fueran francos, justos y dóciles, la mayor parte de las virtudes nos serían inútiles, puesto que su uso consiste en poder sin fastidio soportar en nuestros derechos la injusticia de otros; y del mismo modo que un corazón de una virtud profunda…
ALCESTE.— Sé que usted habla, señor, de lo mejor del mundo; en bellos razonamientos abunda siempre, pero pierde el tiempo y todos sus bellos discursos. La razón, por mi bien, quiere que me retire: no tengo sobre mi lengua un dominio bastante grande, de lo que dijera no respondería, y me echaría cien cosas encima. Déjeme, sin disputa, esperar a Celimena. Hace falta que ella consienta en el designio que me trae; voy a ver si su corazón tiene amor por mí, y es este momento el que debe dármelo a saber.
FILINTO.— Subamos donde Elianta, esperando su llegada.
ALCESTE.— No: de demasiado cuidado siento el alma agitada. Vaya usted a verla, y déjeme al fin en este rincón sombrío con mi negra congoja.
FILINTO.— Es una compañía extraña para esperar, y voy a obligar a Elianta a bajar.
Escena2Oronte, Celimena, Alceste
ORONTE.— Sí, señora, toca a usted ver si mediante unos lazos tan dulces quiere atarme del todo a usted. Me hace falta de su alma una plena seguridad: un amante en esto no tolera que se vacile. Si el ardor de mis fuegos ha podido conmoverla, no debe fingir al hacérmelo ver; y la prueba, después de todo, que le pido es que no sufra más que Alceste la pretenda, sacrificarlo, señora, a mi amor y desterrarlo de su casa desde hoy mismo.
CELIMENA.— Pero ¿qué motivo tan grande contra él lo irrita, usted que tanto le he oído hablar de su mérito?
ORONTE.— Señora, no hacen falta esas aclaraciones; se trata de saber cuáles son sus sentimientos. Elija, si le place, quedarse con uno o con el otro; mi resolución no espera más que la suya.
ALCESTE, saliendo del rincón donde estaba.— Sí, el señor tiene razón; señora, hay que elegir; y lo que él pide aquí coincide con mi deseo. El mismo ardor me apremia, el mismo afán me trae; mi amor exige del suyo una señal cierta: las cosas ya no están para seguir arrastrándose, y ha llegado el momento de que explique usted su corazón.
ORONTE.— Yo no quiero, señor, con una llama importuna turbar en modo alguno su buena fortuna.
ALCESTE.— Yo no quiero, señor, celoso o no celoso, compartir nada en absoluto de su corazón con usted.
ORONTE.— Si su amor le parece preferible al mío…
ALCESTE.— Si siente por usted la más mínima inclinación…
ORONTE.— Juro no pretender nada más de ahora en adelante.
ALCESTE.— Juro en voz alta no verla jamás.
ORONTE.— Señora, a usted le toca hablar sin coacción.
ALCESTE.— Señora, puede usted explicarse sin miedo.
ORONTE.— No tiene más que decirnos dónde se fijan sus deseos.
ALCESTE.— No tiene más que zanjar la cuestión y elegir entre nosotros dos.
ORONTE.— ¡Cómo! ¡Parece usted dudar ante semejante elección!
ALCESTE.— ¡Cómo! ¡Su alma vacila y se muestra indecisa!
CELIMENA.— ¡Dios mío, qué inoportunos son con esta exigencia! ¡Y qué poca cordura demuestran los dos! Yo sé tomar partido en esta preferencia, y no es mi corazón el que duda ahora: no está en suspenso, por supuesto, entre ustedes dos, y no hay nada más rápido que la elección de nuestros deseos; pero sufro, a decir verdad, una incomodidad demasiado fuerte pronunciando en la cara una confesión de ese tipo: encuentro que esas palabras que resultan ofensivas no deben decirse en presencia de la gente. Que un corazón da bastante luz de su inclinación sin que nos hagan llegar hasta romper lanzas; y que basta, en fin, con que testigos más dulces instruyan a un amante de la desgracia de sus atenciones.
ORONTE.— No, no, una confesión franca no tiene nada que me asuste; yo consiento por mi parte.
ALCESTE.— Y yo la exijo; es su claridad sobre todo lo que me atrevo a exigir aquí, y no pretendo que usted ande con miramientos con nadie. Conservar a todo el mundo es su gran desvelo: pero se acabaron las dilaciones y la incertidumbre; tiene que explicarse claramente en este asunto; o si no, tomaré su negativa por sentencia: sabré, por mi parte, interpretar ese silencio, y me daré por enterado de todo el mal que pienso de él.
ORONTE.— Le agradezco mucho, señor, ese arrebato, y yo le digo aquí lo mismo que usted.
CELIMENA.— ¡Cuánto me cansan con semejante capricho! Lo que piden, ¿tiene algo de justo? ¿Y no les digo ya qué motivo me retiene? Tomaré por juez a Elianta, que viene.
Escena3Elianta, Filinto, Celimena, Oronte, Alceste
CELIMENA.— Me veo, prima mía, aquí perseguida por unas personas cuyo humor parece concertado. Quieren uno y otro, con el mismo ardor, que pronuncie entre ellos la elección que hace mi corazón, y que, mediante una sentencia que debo dictar en su cara, prohíba a uno de ellos todas las atenciones que pueda tener. Dígame si alguna vez se hace así.
ELIANTA.— No venga a consultarme sobre eso; quizá podría estar mal acudiendo a mí, y yo soy partidaria de la gente que dice lo que piensa.
ORONTE.— Señora, es inútil que se defienda.
ALCESTE.— Todos sus rodeos aquí serán mal secundados.
ORONTE.— Hay que hablar, hay que hablar, y soltar la balanza.
ALCESTE.— Basta con seguir guardando silencio.
ORONTE.— Sólo quiero una palabra para acabar con nuestros debates.
ALCESTE.— Y yo la entiendo si no habla.
Escena4Arsínoe, Celimena, Elianta, Alceste, Filinto, Acasto, Clitandro, Oronte
ACASTO, a Celimena.— Señora, venimos los dos, con su permiso, a aclarar con usted un pequeño asunto.
CLITANDRO, a Oronte y a Alceste.— Muy a propósito, señores, se encuentran ustedes aquí, y también ustedes están mezclados en este asunto.
ARSÍNOE, a Celimena.— Señora, se sorprenderá de verme; pero son estos señores quienes motivan mi visita: los dos me han encontrado, y se han quejado ante mí de un rasgo al que mi corazón no puede dar crédito. Tengo del fondo de su alma una estima demasiado alta como para creerla jamás capaz de semejante crimen; mis ojos han desmentido a sus testigos más firmes, y la amistad pasando por encima de pequeñas discordias, he querido acompañarlos a su casa para verla lavarse de esta calumnia.
ACASTO.— Sí, señora, veamos, con ánimo sereno, cómo se las arreglará para sostener esto. Esta carta ha sido escrita por usted a Clitandro, ¿verdad?
CLITANDRO.— Usted ha escrito este billete tierno para Acasto.
ACASTO, a Oronte y a Alceste.— Señores, estos rasgos no tienen oscuridad para ustedes, y no dudo que su cortesía le haya enseñado demasiado bien a reconocer su letra. Pero esto bien merece la pena de leerse. «Es usted un hombre extraño por condenar mi alegría y reprocharme que nunca tengo tanta como cuando no estoy con usted. No hay nada más injusto; y, si no viene bien pronto a pedirme perdón por esta ofensa, no se lo perdonaré en mi vida. Nuestro gran larguirucho de vizconde…» Debería estar aquí. «Nuestro gran larguirucho de vizconde, por quien empieza sus quejas, es un hombre que no me puede caer bien; y, desde que lo vi, tres cuartos de hora seguidos, escupir en un pozo para hacer círculos, nunca he podido tenerle buena opinión. En cuanto al pequeño marqués…» Soy yo mismo, señores, sin falsa modestia. «En cuanto al pequeño marqués, que ayer me tuvo largo rato la mano, encuentro que no hay nada tan mezquino como toda su persona; y son de esos méritos que sólo tienen la capa y la espada. En cuanto al hombre de las cintas verdes…» (A Alceste.) A usted le toca, señor. «En cuanto al hombre de las cintas verdes, me divierte a veces con sus brusquedades y su mal humor hosco; pero hay cien momentos en que lo encuentro el más fastidioso del mundo. Y en cuanto al hombre del soneto…» (A Oronte.) Aquí tiene su paquete. «Y en cuanto al hombre del soneto, que se ha lanzado al ingenio y quiere ser autor a pesar de todo el mundo, no puedo tomarme la molestia de escuchar lo que dice; y su prosa me fatiga tanto como sus versos. Métase pues en la cabeza que no me divierto siempre tan bien como usted piensa; que lo echo de menos, más de lo que quisiera, en todas las fiestas adonde me arrastran; y que es un maravilloso condimento para los placeres que se gozan, la presencia de las personas que se aman.»
CLITANDRO.— Y ahora me toca a mí. «Vuestro Clitandro, del que me habláis, y que se hace el almibarado, es el último de los hombres por quien yo sentiría amistad. Es extravagante persuadirse de que se le ama, y lo sois vos de creer que no se os ama. Cambiad, para ser razonable, vuestros sentimientos por los suyos; y venid a verme lo más que podáis, para ayudarme a soportar el disgusto de verme obsesionada por él.» Bello modelo de carácter el que aquí se ve, señora, y sabéis perfectamente cómo se llama esto. Basta. Vamos ahora los dos a mostrar por todas partes el glorioso retrato de vuestro corazón.
ACASTO.— Tendría yo mucho que deciros, y hermoso es el tema; pero no os considero digna de mi cólera; y os haré ver que los pequeños marqueses tienen, para consolarse, corazones de más alto precio.
Escena5Celimena, Elianta, Arsínoe, Alceste, Oronte, Filinto
ORONTE.— ¡Cómo! ¿Así veo que se me destroza, después de todo lo que a mí os he visto escribirme? ¿Y vuestro corazón, adornado con bellas apariencias de amor, se promete por turno a todo el género humano? ¡Vamos, yo era demasiado ingenuo, y voy a dejar de serlo; me hacéis un bien al hacerme conoceros; saco provecho de un corazón que así me devolvéis, y encuentro mi venganza en lo que vos perdéis. (A Alceste.) Señor, ya no pongo obstáculo a vuestra llama, y podéis concluir el asunto con la señora.
Escena6Celimena, Elianta, Arsínoe, Alceste, Filinto
ARSÍNOE, a Celimena.— Ciertamente, éste es el rasgo más negro del mundo; no puedo callarme, y me siento conmovida. ¿Se han visto procedimientos semejantes a los vuestros? Yo no tomo parte en los intereses de los demás; (señalando a Alceste.) pero el señor, a quien fijaba en vuestra casa vuestra felicidad, un hombre como él, de mérito y de honor, y que os adoraba con idolatría, debía…
ALCESTE.— Debía… Dejadme, señora, os lo ruego, zanjar mis intereses yo mismo en este asunto, y no os carguéis con esas preocupaciones superfluas. Mi corazón tiene un buen veros tomar aquí su querella, pero no está en condiciones de pagar ese gran celo; y no es en vos en quien podría pensar si por otra elección busco vengarme.
ARSÍNOE.— ¡Eh! ¿Creéis, señor, que se tenga ese pensamiento, y que de teneros a vos se esté tan ansiosa? Os encuentro un espíritu bien lleno de vanidad si de esa creencia ha podido lisonjearse. El desecho de la señora es una mercancía de la que se tendría gran error en estar tan prendada. Desengañaos, por favor, y llevadlo menos alto. No son gentes como yo las que os hacen falta. Haréis bien todavía en suspirar por ella, y ardo por ver una unión tan hermosa.
Escena7Celimena, Elianta, Alceste, Filinto
ALCESTE, a Celimena.— ¡Bien! Me he callado, a pesar de lo que veo, y he dejado hablar a todo el mundo antes que yo. ¿He ejercido sobre mí mismo un imperio bastante largo, y puedo ahora…?
CELIMENA.— Sí, podéis decirlo todo; tenéis derecho a ello, cuando os quejéis, y a reprocharme todo lo que queráis. Tengo la culpa, lo confieso; y mi alma confusa no busca pagaros con ninguna vana excusa. He despreciado aquí la cólera de los demás; pero convengo en mi crimen para con vos. Vuestro resentimiento sin duda es razonable; sé cuán culpable debo pareceros, que todo dice que he podido traicionaros, y que en fin tenéis motivo para odiarme. Hacedlo, consiento en ello.
ALCESTE.— ¿Puedo, traidora? ¿Puedo así triunfar de toda mi ternura? Y aunque con ardor quiera odiaros, ¿encuentro un corazón en mí presto a obedecerme? (A Elianta y a Filinto.) Veis lo que puede una indigna ternura, y os hago a los dos testigos de mi flaqueza. Pero, a decir verdad, no es esto todo todavía, y vais a verme llevarla hasta el extremo, mostrar que es sin razón que sabios se nos llama, y que en todos los corazones siempre hay algo de humano. (A Celimena.) Sí, quiero bien, pérfida, olvidar vuestros delitos; sabré, en mi alma, excusar todos sus rasgos, y los cubriré con el nombre de una flaqueza adonde el vicio del tiempo arrastra vuestra juventud, con tal de que vuestro corazón quiera dar las manos al designio que he hecho de huir de todos los humanos, y que en mi desierto donde he hecho voto de vivir, estéis, sin tardar, resuelta a seguirme. Sólo por ahí, en todos los espíritus, podéis reparar el mal de vuestros escritos, y después de ese escándalo que un corazón noble aborrece, puede serme permitido amaros todavía.
CELIMENA.— ¿Yo, renunciar al mundo antes de envejecer, y en vuestro desierto ir a sepultarme?
ALCESTE.— Y si es preciso que a mis fuegos vuestra llama responda, ¿qué os debe importar todo el resto del mundo? ¿Vuestros deseos conmigo no están contentos?
CELIMENA.— La soledad asusta a un alma de veinte años. No siento la mía bastante grande, bastante fuerte, para resolverme a tomar un designio de esa suerte. Si el don de mi mano puede contentar vuestros votos, podría resolverme a estrechar tales lazos; y el himeneo…
ALCESTE.— No, mi corazón ahora os detesta, y esa sola negativa hace más que todo lo demás. Puesto que no estáis dispuesta, en lazos tan dulces, a encontrar todo en mí, como yo todo en vos, idos, os rechazo; y esta sensible ofensa de vuestras indignas cadenas para siempre me libera.
EscenaúltimaElianta, Alceste, Filinto
ALCESTE, a Elianta.— Señora, cien virtudes adornan vuestra belleza, y sólo en vos he visto sinceridad; de vos desde hace mucho hago un caso extremo; mas dejadme siempre estimaros de igual modo, y sufrid que mi corazón, en sus diversos trastornos, no se presente al honor de vuestras cadenas; me siento demasiado indigno, y comienzo a conocer que el cielo para ese nudo no me había hecho nacer; que sería para vos un homenaje demasiado bajo, el desecho de un corazón que no os valía; y que en fin…
ELIANTA.— Podéis seguir ese pensamiento: mi mano de darse no está embarazada; y ahí está vuestro amigo, sin inquietarme demasiado, que, si se lo pidiera, podría aceptarla.
FILINTO.— ¡Ah, ese honor, señora, es todo cuanto ansío, y le sacrificaría mi sangre y mi vida!
ALCESTE.— Ojalá pudierais, para gozar de verdadero contento, guardaros el uno al otro para siempre estos sentimientos. Traicionado por todas partes, abrumado de injusticias, voy a salir de este abismo donde triunfan los vicios, y a buscar sobre la tierra un rincón apartado donde ser hombre de honor sea todavía una libertad.
FILINTO.— Vamos, señora, vamos a emplearlo todo para romper el designio que su corazón se propone. Fin de El misántropo.
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