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Acto primero

El misántropo · Molière · 19 min de lectura

EscenaprimeraFilinto, Alceste

FILINTO.— ¿Qué pasa? ¿Qué tiene usted?

ALCESTE, sentado.— ¿Qué pasa? ¿Qué tengo? Déjeme, se lo ruego.

FILINTO.— Pero al menos dígame qué rareza…

ALCESTE.— Déjeme en paz, le digo, y váyase a esconder.

FILINTO.— Pero al menos se escucha a la gente sin enfadarse.

ALCESTE.— Yo quiero enfadarme, y no quiero escuchar.

FILINTO.— Con estos arranques suyos no hay quien lo entienda a usted; y aunque al fin seamos amigos, soy el primero en…

ALCESTE, levantándose bruscamente.— ¿Yo, su amigo? Borre eso de sus papeles. Hasta hoy he hecho profesión de serlo; pero después de lo que acabo de verle hacer, le declaro sin rodeos que ya no lo soy, y no quiero lugar alguno en corazones corrompidos.

FILINTO.— ¿Así que soy muy culpable, Alceste, según usted?

ALCESTE.— Vaya, debería usted morirse de pura vergüenza; semejante acción no tiene excusa, y todo hombre de honor ha de escandalizarse. Lo veo abrumar a un hombre de caricias y testimoniarle las más extremas ternuras; de protestas, de ofrecimientos y de juramentos carga usted el furor de sus abrazos; y cuando le pregunto después quién es ese hombre, apenas puede decirme cómo se llama; su calor por él se enfría en cuanto se separan, ¡y a mí me lo trata de indiferente! ¡Morbleu! Es cosa indigna, ruin, infame, rebajarse así hasta traicionar el alma; y si yo, por desgracia, hubiera hecho otro tanto, iría al instante a colgarme de puro arrepentimiento.

FILINTO.— Yo no veo, la verdad, que el caso sea para la horca; y le rogaría tuviera a bien hacerse un poco de gracia sobre su sentencia y no ahorcarme por eso, si no le importa.

ALCESTE.— ¡Qué gracia tan fuera de lugar!

FILINTO.— Pero, en serio, ¿qué quiere usted que se haga?

ALCESTE.— Quiero que se sea sincero, y que como hombre de honor no se suelte palabra alguna que no parta del corazón.

FILINTO.— Cuando un hombre viene a abrazarlo a uno con alegría, hay que pagarle con la misma moneda, responder como se pueda a sus apremios, y devolver ofrecimiento por ofrecimiento y juramento por juramento.

ALCESTE.— No, no puedo soportar ese método rastrero que afecta la mayor parte de su gente a la moda; y nada odio tanto como las contorsiones de todos esos grandes dispensadores de protestas, esos afables prodigadores de abrazos frívolos, esos complacientes soltadores de palabras inútiles, que con todos hacen batalla de cortesías y tratan del mismo modo al hombre honrado y al necio. ¿Qué ventaja tiene uno en que un hombre lo acaricie, le jure amistad, fe, celo, estima, ternura, y le haga un elogio resplandeciente, cuando al primer bellaco corre a hacerle otro tanto? No, no, no hay alma un poco bien situada que quiera una estima así prostituida; y la más gloriosa encuentra pobres los regalos en cuanto ve que nos mezclan con todo el universo: sobre alguna preferencia se funda la estima, y no estimar nada es estimar a todo el mundo. Ya que usted se entrega a estos vicios del tiempo, ¡morbleu!, no es usted de los míos; rechazo de corazón la vasta complacencia que no hace diferencia alguna de mérito; quiero que se me distinga; y, para acabar de una vez, el amigo del género humano no es en absoluto lo mío.

FILINTO.— Pero cuando se está en el mundo, hay que rendir algunas apariencias civiles que el uso exige.

ALCESTE.— No, le digo a usted; habría que castigar sin piedad ese vergonzoso comercio de simulacros de amistad. Quiero que se sea hombre, y que en toda ocasión el fondo de nuestro corazón se muestre en nuestros discursos, que sea él quien hable, y que nuestros sentimientos nunca se enmascaren bajo vanos cumplidos.

FILINTO.— Hay muchos lugares donde la plena franqueza resultaría ridícula y estaría poco permitida; y a veces, no le pese a su austero honor, es bueno ocultar lo que se lleva en el corazón. ¿Sería apropiado, y de buena educación, decir a mil personas todo lo que se piensa de ellas? Y cuando se tiene a alguien a quien se odia o que desagrada, ¿hay que declararle la cosa tal como es?

ALCESTE.— Sí.

FILINTO.— ¿Cómo? ¿Iría usted a decirle a la vieja Emilia que a su edad sienta mal hacerse la bonita? ¿Y que el albayalde que lleva escandaliza a todo el mundo?

ALCESTE.— Sin duda.

FILINTO.— ¿A Dorilas, que es demasiado importuno; y que no hay oído en la corte que no canse contando su bravura y el esplendor de su estirpe?

ALCESTE.— Perfectamente.

FILINTO.— Se está burlando usted.

ALCESTE.— No me burlo en absoluto. Y no voy a perdonar a nadie en este punto. Mis ojos están demasiado heridos, y la corte y la ciudad no me ofrecen sino objetos que me caldean la bilis; entro en un humor sombrío, en un disgusto profundo, cuando veo vivir entre ellos a los hombres como lo hacen; no encuentro por todas partes sino vil adulación, injusticia, interés, traición, engaño; ya no puedo aguantarlo más, me encolerizo; y mi designio es romper lanzas con todo el género humano.

FILINTO.— Ese disgusto filosófico es un poco demasiado salvaje. Me río de los negros accesos en que lo veo, y creo ver en nosotros dos, criados bajo los mismos cuidados, a esos dos hermanos que pinta la Escuela de maridos, de los cuales…

ALCESTE.— ¡Dios mío! Déjese de comparaciones insípidas.

FILINTO.— No: de veras, abandone todas esas rabietas. El mundo no va a cambiar por sus esfuerzos; y ya que la franqueza tiene para usted tantos atractivos, le diré con toda franqueza que esa enfermedad, allá donde vaya, da que reír; y que tan gran cólera contra las costumbres del tiempo lo vuelve ridículo ante mucha gente.

ALCESTE.— Tanto mejor, ¡morbleu! Tanto mejor, es eso lo que pido. Es muy buena señal, y mi alegría es grande. Todos los hombres me son a tal punto odiosos, que me molestaría ser cuerdo a sus ojos.

FILINTO.— Usted le desea un gran mal a la naturaleza humana.

ALCESTE.— Sí, he concebido por ella un odio espantoso.

FILINTO.— ¿Todos los pobres mortales, sin excepción alguna, quedarán envueltos en esa aversión? Aun los hay, en el siglo en que estamos…

ALCESTE.— No, es general, y odio a todos los hombres: a unos, porque son malvados y malhechores, y a los otros, por ser complacientes con los malvados y no tener por ellos esos odios vigorosos que debe dar el vicio a las almas virtuosas. De esa complacencia se ve el injusto exceso hacia el puro bribón con quien tengo pleito. A través de su máscara se ve al traidor a plena luz; por todas partes es conocido por todo lo que puede ser; y sus revolvimientos de ojos, y su tono meloso, sólo engañan a gente que no es de aquí. Se sabe que ese patán, digno de confundírsele, por empleos sucios se ha aupado en el mundo, y que por ellos su suerte, revestida de esplendor, hace gruñir al mérito y sonrojar a la virtud. Cualesquiera títulos vergonzosos que en todos lados se le den, su miserable honor no ve por él a nadie: llámesele embustero, infame y perverso maldito, todo el mundo conviene en ello y nadie lo contradice. Sin embargo su mueca es en todas partes bienvenida; se le acoge, se le ríe, en todas partes se insinúa; y si hay, por intriga, un puesto que disputar, se lo ve ganarlo al hombre más honrado. ¡Cabeza de Dios! Son para mí heridas mortales ver que con el vicio se guardan miramientos; y a veces me entran impulsos súbitos de huir a un desierto del trato de los humanos.

FILINTO.— ¡Dios mío! Preocupémonos un poco menos por las costumbres de nuestro tiempo, y hagamos alguna gracia a la naturaleza humana; no la examinemos con tanto rigor, y miremos sus defectos con cierta indulgencia. Hace falta, en sociedad, una virtud tratable; a fuerza de sabiduría, uno puede hacerse censurable; la razón perfecta huye de todo extremo, y quiere que seamos sabios con sobriedad. Esa gran rigidez de las virtudes de los viejos tiempos choca demasiado con nuestro siglo y los usos corrientes; exige a los mortales demasiada perfección: hay que ceder al tiempo sin obstinación; y es una locura sin par querer mezclarse en corregir el mundo. Yo observo, como usted, cien cosas cada día que podrían ir mejor si tomaran otro rumbo; pero por mucho que vea a cada paso, no me verá usted encolerizarse como a usted; yo tomo con suavidad a los hombres tal como son; acostumbro mi alma a soportar lo que hacen, y creo que en la corte, lo mismo que en la ciudad, mi flema es tan filósofa como su bilis.

ALCESTE.— Pero esa flema, señor, que razona tan bien, ¿esa flema podrá no acalorarse por nada? Y si por casualidad un amigo lo traiciona, si para quedarse con sus bienes urden un artificio, o si intentan sembrar rumores malignos sobre usted, ¿verá usted todo eso sin encolerizarse?

FILINTO.— Sí, veo esos defectos de los que se queja su alma como vicios unidos a la naturaleza humana; y mi espíritu, al fin, no se ofende más de ver a un hombre falso, injusto, interesado, que de ver buitres hambrientos de carnicería, monos malévolos y lobos llenos de rabia.

ALCESTE.— ¿Me veré traicionado, hecho pedazos, robado, sin que yo esté…? ¡Pardiez! No quiero seguir hablando, ¡tan lleno de impertinencia está ese razonamiento!

FILINTO.— A fe mía, haría bien en guardar silencio. Estalle un poco menos contra su adversario, y dedique al pleito parte de sus desvelos.

ALCESTE.— No le dedicaré nada, es cosa resuelta.

FILINTO.— ¿Pero quién quiere, entonces, que gestione por usted?

ALCESTE.— ¿Quién quiero? La razón, mi buen derecho, la equidad.

FILINTO.— ¿Ningún juez será visitado por usted?

ALCESTE.— No. ¿Es que mi causa es injusta o dudosa?

FILINTO.— Convengo en ello: pero la intriga es enojosa, y…

ALCESTE.— No. He resuelto no dar ni un paso. Tengo razón o estoy equivocado.

FILINTO.— No se fíe de eso.

ALCESTE.— No moveré un dedo.

FILINTO.— Su adversario es fuerte, y puede, con su camarilla, lograr…

ALCESTE.— No importa.

FILINTO.— Se equivocará.

ALCESTE.— Sea. Quiero ver el resultado.

FILINTO.— Pero…

ALCESTE.— Tendré el placer de perder mi pleito.

FILINTO.— Pero, en fin…

ALCESTE.— Veré en ese litigio si los hombres tendrán desvergüenza bastante, serán bastante malvados, canallas y perversos, para hacerme injusticia a los ojos del universo.

FILINTO.— ¡Qué hombre!

ALCESTE.— Quisiera, me costara lo que me costara, por la belleza del hecho, haber perdido mi causa.

FILINTO.— Se reirían de usted, Alceste, de veras, si lo oyeran hablar de esa manera.

ALCESTE.— Tanto peor para quien se ría.

FILINTO.— Pero esa rectitud que quiere en todo con exactitud, esa plena probidad en la que se encierra, ¿la encuentra usted aquí en lo que ama? Yo me asombro, por mi parte, de que estando, según parece, usted y el género humano tan reñidos, a pesar de todo lo que pueda hacérselo odioso, haya tomado de él lo que le encanta a sus ojos; y lo que aún me sorprende más es esa extraña elección en la que su corazón se empeña. La sincera Elianta siente inclinación por usted, la mojigata Arsínoe lo mira con ojos muy dulces; sin embargo, su alma rechaza sus deseos, mientras que Celimena la divierte con sus cadenas, ella cuyo humor coqueto y espíritu maldiciente parecen tan acordes con las costumbres de hoy. ¿Cómo es que, llevándoles a ellos un odio mortal, puede soportar bien lo que de eso tiene esa hermosa? ¿Ya no son defectos en un objeto tan dulce? ¿No los ve, o los excusa?

ALCESTE.— No. El amor que siento por esa joven viuda no cierra mis ojos a los defectos que se le encuentran; y soy, por mucho ardor que ella haya podido darme, el primero en verlos, como en condenarlos. Mas con todo eso, por mucho que pueda hacer, confieso mi debilidad: ella tiene el arte de gustarme. Por más que vea sus defectos, por más que la censure por ellos, pese a quien pese, se hace amar; su gracia es la más fuerte; y sin duda mi llama de estos vicios del tiempo podrá purgar su alma.

FILINTO.— Si hace eso, no hará poco. ¿Cree, pues, ser amado por ella?

ALCESTE.— ¡Sí, pardiez! No la amaría si no creyera serlo.

FILINTO.— Pero si su amor por usted se muestra, ¿por qué sus rivales le causan desazón?

ALCESTE.— Porque un corazón herido quiere que le pertenezcan por entero. Y sólo vengo aquí con el propósito de decirle todo lo que al respecto me inspira mi pasión.

FILINTO.— En cuanto a mí, si sólo tuviera que formar deseos, su prima Elianta tendría todos mis suspiros: su corazón, que lo estima a usted, es sólido y sincero, y esa elección más conforme convendría mejor a sus intereses.

ALCESTE.— Es verdad: mi razón me lo dice cada día; pero la razón no es lo que rige el amor.

FILINTO.— Mucho temo por sus ardores; y la esperanza en la que está podría…

Escena2Oronte, Alceste, Filinto

ORONTE, a Alceste.— He sabido abajo que, para unas compras, Elianta ha salido, y Celimena también. Pero, como me han dicho que estaba usted aquí, he subido para decirle, y con corazón sincero, que he concebido por usted una estima increíble, y que, desde hace tiempo, esa estima me ha puesto en el ardiente deseo de ser amigo suyo. Sí, mi corazón gusta de rendir justicia al mérito, y ardo porque un lazo de amistad nos una. Creo que un amigo leal, y de mi calidad, no es, ciertamente, para ser rechazado. Durante el discurso de Oronte, Alceste está ensimismado, y parece no darse cuenta de que es a él a quien le hablan. Sólo sale de su ensimismamiento cuando Oronte le dice: Es a usted, si me hace el favor, a quien se dirige este discurso.

ALCESTE.— ¿A mí, señor?

ORONTE.— A usted, señor. ¿Le molesta acaso?

ALCESTE.— En absoluto. Pero la sorpresa es muy grande para mí, y no esperaba el honor que recibo.

ORONTE.— La estima en que le tengo no debería sorprenderle, y del universo entero puede usted pretenderla.

ALCESTE.— Señor…

ORONTE.— Señor… El Estado no tiene nada que no quede por debajo del mérito resplandeciente que se descubre en usted.

ALCESTE.— Señor…

ORONTE.— Señor… Sí, por mi parte, le tengo por preferible a todo lo más considerable que veo en él.

ALCESTE.— Señor…

ORONTE.— Señor… ¡Que me aplaste el cielo si miento! Y para confirmarle aquí mis sentimientos, permítame que con el corazón abierto, señor, le abrace, y que en su amistad le pida un lugar. ¡Choque usted esa mano, por favor! ¿Me la promete, su amistad?

ALCESTE.— ¿Mi amistad? Señor…

ORONTE.— ¿Qué, se resiste usted?

ALCESTE.— Señor, es demasiado honor el que quiere hacerme; pero la amistad exige un poco más de misterio, y es sin duda profanar ese nombre querer aplicarlo a cualquier ocasión. Con claridad y elección debe nacer esa unión; antes de ligarnos, es preciso conocernos mejor; y podríamos tener tales temperamentos, que ambos nos arrepintiéramos del trato.

ORONTE.— ¡Pardiez! Eso es hablar como un hombre sensato, y le estimo aún más por ello. Dejemos, pues, que el tiempo forme esos lazos tan dulces; pero entretanto me ofrezco enteramente a usted. Si hay que hacer alguna gestión en la corte por usted, se sabe que junto al rey tengo cierta posición; me escucha, y en todo se conduce, a fe mía, de la manera más honesta del mundo conmigo. En fin, soy suyo en todos los sentidos; y, como su espíritu posee grandes luces, vengo, para comenzar entre nosotros ese hermoso lazo, a mostrarle un soneto que he compuesto hace poco, y a saber si es bueno que lo exponga al público.

ALCESTE.— Señor, no soy la persona adecuada para decidir la cosa. Dispénseme de ello.

ORONTE.— ¿Por qué?

ALCESTE.— Tengo el defecto de ser un poco más sincero en eso de lo que conviene.

ORONTE.— ¡Eso es lo que pido, y tendría motivo de queja si, exponiéndome ante usted para que me hable sin fingimiento, fuera a traicionarme y a ocultarme algo!

ALCESTE.— Ya que así le place, señor, lo haré.

ORONTE.— Soneto. Es un soneto… La Esperanza… Es una dama que con alguna esperanza había halagado mi pasión. La Esperanza… No son de esos grandes versos pomposos, sino versos pequeños, dulces, tiernos y lánguidos.

ALCESTE.— Ya veremos.

ORONTE.— La Esperanza… No sé si el estilo le parecerá lo bastante claro y fácil, y si la elección de palabras le contentará.

ALCESTE.— Vamos a ver, señor.

ORONTE.— Por lo demás, sabrá usted que sólo he tardado un cuarto de hora en componerlo.

ALCESTE.— Veamos, señor; el tiempo no importa para el asunto.

ORONTE.— La esperanza, es verdad, nos alivia, y mece un tiempo nuestro hastío; mas, Filis, triste ventaja, cuando nada marcha tras él.

FILINTO.— Ya me encanta este pequeño trozo.

(En voz baja, a Filinto.)

ALCESTE.— ¡Cómo! ¿Tienes el descaro de encontrar eso hermoso?

ORONTE.— Tuvisteis complacencia; mas menos debisteis tener, y no poneros en el gasto para no darme sino esperanza.

FILINTO.— ¡Ah, qué galantemente están dichas esas cosas!

(En voz baja, a Filinto.)

ALCESTE.— ¡Eh, qué! Vil complaciente, ¿elogias semejantes necedades?

ORONTE.— Si una espera eterna ha de agotar el ardor de mi celo, la muerte será mi recurso. Vuestros cuidados no pueden distraerme de ello: bella Filis, se desespera cuando se espera siempre.

FILINTO.— El remate es bonito, amoroso, admirable.

(En voz baja, aparte.)

ALCESTE.— ¡La peste de tu remate, envenenador, al diablo! ¡Ojalá te hubieras dado uno rompiéndote las narices!

FILINTO.— Nunca he oído versos mejor torneados.

(En voz baja, aparte.)

ALCESTE.— ¡Mordiós!

ORONTE.— Me halaga usted, y quizá cree…

FILINTO.— No, no halago en absoluto.

(En voz baja, aparte.)

ALCESTE.— ¿Y qué haces entonces, traidor?

ORONTE.— Pero en cuanto a usted, ya sabe cuál es nuestro trato. Hábleme, se lo ruego, con sinceridad.

ALCESTE.— Señor, esta materia es siempre delicada, y en cuestión de ingenio nos gusta que se nos halague. Pero un día, a alguien de quien callaré el nombre, le decía yo, al ver unos versos de su composición, que un hombre de bien debe tener siempre gran dominio sobre las comezones que nos dan de escribir; que debe contener las ansias que se tienen de hacer alarde de tales pasatiempos; y que, con el calor de mostrar las propias obras, uno se expone a hacer un mal papel.

ORONTE.— ¿Es que quiere usted declararme con eso que hago mal en querer…?

ALCESTE.— No digo eso. Pero yo le decía que un escrito frío abruma, que no hace falta sino esa flaqueza para desacreditar a un hombre, y que aunque se tengan por otra parte cien hermosas cualidades, se juzga a la gente por sus malos lados.

ORONTE.— ¿Es que encuentra usted algo que reprochar en mi soneto?

ALCESTE.— No digo eso. Pero, para no escribir, le ponía ante los ojos cómo, en nuestro tiempo, esa sed ha echado a perder a gente muy honrada.

ORONTE.— ¿Es que escribo mal, y me parezco a ellos?

ALCESTE.— No digo eso. Pero en fin, le decía yo, ¿qué necesidad tan urgente tiene usted de rimar? ¿Y quién demonios le empuja a hacerse imprimir? Si se puede perdonar el vuelo de un mal libro, no es sino a los desdichados que componen para vivir. Créame, resista a sus tentaciones, esconda al público esas ocupaciones, y no vaya usted a abandonar, por mucho que se lo pidan, el nombre que en la corte tiene de hombre honrado, para tomar, de manos de un impresor ávido, el de ridículo y miserable autor. Eso es lo que intentaba hacerle comprender.

ORONTE.— Eso está muy bien, y creo entenderle. ¿Pero no puedo saber qué hay en mi soneto…?

ALCESTE.— Francamente, es bueno para meter en el retrete. Se ha guiado usted por pésimos modelos, y sus expresiones no son en absoluto naturales. ¿Qué es eso de «Mece un tiempo nuestro hastío»? ¿Y qué «Nada marcha tras él»? ¿Qué «No poneros en el gasto para no darme sino esperanza»? ¿Y qué «Filis, se desespera cuando se espera siempre»? Ese estilo figurado del que se hace vanidad se aparta del buen carácter y de la verdad; no es sino juego de palabras, pura afectación, y no es así como habla la naturaleza. El mal gusto del siglo en eso me da miedo; nuestros padres, aunque toscos, lo tenían mucho mejor, y aprecio mucho menos todo lo que se admira que una vieja canción que voy a recitarle. Si el rey me hubiera dado París, su gran ciudad, y hubiera de dejar el amor de mi amiga, le diría al rey Enrique: Tomad de vuelta vuestro París; prefiero a mi amiga, oh gué, prefiero a mi amiga. La rima no es rica, y el estilo es anticuado: ¿pero no ve usted que eso vale mucho más que esas bagatelas contra las que protesta el buen sentido, y que ahí habla la pasión en toda su pureza? Si el rey me hubiera dado París, su gran ciudad, y hubiera de dejar el amor de mi amiga, le diría al rey Enrique: Tomad de vuelta vuestro París; prefiero a mi amiga, oh gué, prefiero a mi amiga. Eso es lo que puede decir un corazón verdaderamente enamorado. Sí, señor risueño, a pesar de sus bellos ingenios, estimo más eso que la pompa florida de todos esos falsos brillos que todo el mundo celebra.

ORONTE.— Y yo le sostengo que mis versos son muy buenos.

ALCESTE.— Para encontrarlos así, usted tendrá sus razones; pero admitirá que yo pueda tener otras que me dispensen de someterme a las suyas.

ORONTE.— Me basta con ver que otros los aprecian.

ALCESTE.— Es que ellos tienen el arte de fingir; y yo no lo tengo.

ORONTE.— ¿Se cree usted, entonces, tan abundante en ingenio?

ALCESTE.— Si elogiara sus versos, tendría más todavía.

ORONTE.— Bien puedo pasarme sin que usted los apruebe.

ALCESTE.— Pues tendrá que pasarse sin ello, le guste o no.

ORONTE.— Me gustaría ver, para variar, que a su manera usted compusiera sobre la misma materia.

ALCESTE.— Podría, por desgracia, hacer otros igual de malos; pero me guardaría muy bien de mostrárselos a la gente.

ORONTE.— Me habla usted con mucha firmeza; y esa suficiencia…

ALCESTE.— Busque en otra parte que en mi casa quien lo adule.

ORONTE.— Pero, mi pequeño señor, bájele un poco el tono.

ALCESTE.— A fe mía, mi gran señor, lo llevo en el tono que corresponde.

FILINTO, interponiéndose entre los dos.— ¡Eh, señores, basta ya! Déjenlo, por favor.

ORONTE.— ¡Ah, es verdad, tengo la culpa, lo reconozco, y me retiro! Soy su servidor, señor, de todo corazón.

ALCESTE.— Y yo soy, señor, su humilde servidor.

Escena3Filinto, Alceste

FILINTO.— ¡Bueno, ya lo ves! Por ser demasiado sincero, te has echado encima un asunto enojoso; y vi perfectamente que Oronte, con tal de recibir halagos…

ALCESTE.— No me hables.

FILINTO.— Pero…

ALCESTE.— Nada de compañía.

FILINTO.— Es demasiado…

ALCESTE.— Déjame en paz.

FILINTO.— Si yo…

ALCESTE.— Ni una palabra más.

FILINTO.— ¡Pero qué…!

ALCESTE.— No oigo nada.

FILINTO.— Pero…

ALCESTE.— ¡Todavía!

FILINTO.— Te ultrajan…

ALCESTE.— ¡Ah, pardiez, ya es demasiado! No me siga.

FILINTO.— Te burlas de mí. No pienso dejarte. Fin del primer acto

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