Acto cuarto
Escena1Elianta, Filinto
FILINTO.— No, jamás se ha visto un alma tan difícil de manejar ni un arreglo más penoso de concluir: en vano se intentó hacerle cambiar de opinión por todos los lados, no hubo modo de arrancarle de su postura; y jamás un conflicto tan extraño, creo yo, había ocupado la prudencia de esos señores. «No, caballeros, decía, no me desdigo en absoluto, y estaré de acuerdo en todo menos en este punto. ¿De qué se ofende? ¿Qué pretende decirme? ¿Acaso va en ello su honor, el no escribir bien? ¿Qué le importa mi opinión, que ha tomado a mal? Se puede ser hombre honrado y hacer malos versos, no es el honor lo que está en juego en estas materias, yo lo tengo por hombre galante en todos los sentidos, hombre de alcurnia, de mérito y de corazón, todo lo que usted guste, pero muy mal autor. Elogiaré, si se quiere, su tren de vida y su gasto, su destreza a caballo, en las armas, en el baile; pero en cuanto a elogiar sus versos, para eso no cuenten conmigo; y cuando uno no tiene la fortuna de hacerlo mejor, no debe sentir ningún deseo de rimar, salvo que lo condenen a ello bajo pena de muerte.» En fin, toda la gracia y el arreglo al que con esfuerzo plegó su parecer fue decir, creyendo suavizar mucho su estilo: «Señor, lamento ser tan difícil; y por consideración a usted, desearía de todo corazón haber encontrado mejor su soneto de antes.» Y con un abrazo se les hizo, para concluir, despachar rápidamente todo el procedimiento.
ELIANTA.— En su manera de obrar es muy singular; pero yo siento por él, lo confieso, una estima particular; y la sinceridad de que su alma se precia tiene algo en sí de noble y heroico, es una virtud rara en el siglo de hoy, y me gustaría verla en todas partes como en él.
FILINTO.— En cuanto a mí, cuanto más lo veo más me asombro de esa pasión a la que su corazón se abandona. Con el humor que el cielo ha querido darle, no sé cómo se le ocurre amar; y menos aún sé cómo su prima de usted puede ser la persona hacia la que se inclina su afecto.
ELIANTA.— Eso demuestra bastante que el amor, en los corazones, no siempre nace de una afinidad de caracteres; y todas esas razones de dulces simpatías, en este ejemplo, se ven desmentidas.
FILINTO.— ¿Pero cree usted que ella lo ama, por lo que se puede ver?
ELIANTA.— Ese es un punto que no es nada fácil de saber. ¿Cómo juzgar si es cierto que ella lo ama? Su corazón no está muy seguro él mismo de lo que siente; a veces ama sin saberlo bien, y cree amar también, a veces, cuando no es nada.
FILINTO.— Yo creo que nuestro amigo, con esa prima, encontrará más disgustos de los que se imagina; y si tuviera mi corazón, a decir verdad, volvería sus deseos en una dirección muy distinta; y con una elección más justa se le vería, señora, aprovechar las bondades que le muestra su alma de usted.
ELIANTA.— En cuanto a mí, no ando con cumplidos, y creo que en tales asuntos hay que ser de buena fe. Yo no me opongo en nada a toda su ternura; al contrario, mi corazón se interesa por ella; y si de mí dependiera la cosa, yo misma lo vería unido a la que él ama. Pero si en tal elección, como todo puede suceder, su amor encontrara algún destino contrario, si hubiera que coronar los fuegos de otro, yo podría resolverme a recibir sus votos; y el rechazo sufrido en semejante circunstancia no me haría sentir ninguna repugnancia.
FILINTO.— Y yo, por mi parte, no me opongo en absoluto, señora, a esas bondades que tienen para con él sus encantos; y él mismo, si quiere, puede muy bien informarse de lo que al respecto me he cuidado de decirle. Pero si por un himeneo que los uniera a ambos usted quedara imposibilitada de recibir sus votos, todos los míos intentarían alcanzar el favor resplandeciente que con tanta bondad su alma le ofrece. ¡Dichoso yo si, cuando su corazón pueda sustraerse a ello, ella pudiera, señora, recaer sobre mí!
ELIANTA.— Se divierte usted, Filinto.
FILINTO.— No, señora, y le hablo aquí desde lo mejor de mi alma. Espero la ocasión de ofrecerme abiertamente, y de todos mis deseos apremio ese momento.
Escena2Alceste, Elianta, Filinto
ALCESTE.— ¡Ah! Hágame usted justicia, señora, de una ofensa que acaba de triunfar sobre toda mi constancia.
ELIANTA.— ¿Qué ocurre? ¿Qué tiene usted que pueda conmoverlo así?
ALCESTE.— Tengo algo que, sin morir, no puedo concebir; y el desencadenamiento de toda la naturaleza no me abrumaría como esta desgracia. Se acabó… Mi amor… No puedo hablar.
ELIANTA.— Procure que su espíritu se recobre un poco.
ALCESTE.— ¡Oh justo cielo! ¿Es necesario que a tantas gracias se unan los vicios odiosos de las almas más viles?
ELIANTA.— Pero aún, ¿quién puede…?
ALCESTE.— ¡Ah! Todo está arruinado; estoy traicionado, estoy asesinado. Celimena… (¿quién habría podido creer semejante novedad?) Celimena me engaña y no es más que una infiel.
ELIANTA.— ¿Tiene usted, para creerlo, un fundamento justo?
FILINTO.— Quizá sea una sospecha concebida a la ligera; y su espíritu celoso a veces se forja quimeras…
ALCESTE.— ¡Ah, pardiez! Ocúpese usted, señor, de sus asuntos. (A Elianta.) Estar demasiado seguro de su traición es tenerla, en mi bolsillo, escrita de su mano. Sí, señora, una carta escrita para Oronte ha revelado ante mis ojos mi desgracia y su vergüenza; Oronte, de quien yo había creído que ella huía los galanteos, y al que de mis rivales menos temía.
FILINTO.— Una carta bien puede engañar por la apariencia, y no siempre es tan culpable como se piensa.
ALCESTE.— Señor, otra vez, déjeme, si es tan amable, y no se preocupe más que de su propio interés.
ELIANTA.— Debe usted moderar sus arrebatos; y la ofensa…
ALCESTE.— Señora, es a usted a quien corresponde esta obra; es a usted a quien mi corazón recurre hoy para poder liberarse de su punzante pena. Véngueme usted de una parienta ingrata y pérfida que traiciona cobardemente un ardor tan constante; véngueme de este golpe que debe causarle horror.
ELIANTA.— ¿Yo, vengarlo? ¿Cómo?
ALCESTE.— Recibiendo mi corazón. Acéptelo usted, señora, en lugar de la infiel; así es como puedo vengarme de ella; y quiero castigarla con los sinceros votos, con el profundo amor, los cuidados respetuosos, los deberes solícitos y el asiduo servicio de que este corazón va a hacerle a usted un ardiente sacrificio.
ELIANTA.— Comprendo, sin duda, lo que está usted sufriendo, y no desprecio el corazón que me ofrece; pero quizá el mal no sea tan grande como parece, y podría usted renunciar a ese deseo de venganza. Cuando la ofensa viene de un objeto lleno de encantos, se hacen mil propósitos que nunca se ejecutan: por más que se vea una razón poderosa para romper, una culpable amada pronto se vuelve inocente; todo el mal que uno le desea se disipa fácilmente, y ya se sabe lo que es la cólera de un amante.
ALCESTE.— No, no, señora, no. La ofensa es demasiado mortal; no hay vuelta atrás, y rompo con ella; nada podrá cambiar la decisión que he tomado, y me castigaría a mí mismo si volviera a estimarla alguna vez. Ahí viene. Mi cólera se duplica al verla acercarse; voy a hacerle un vivo reproche de su vileza, a confundirla por completo, y a traerle después un corazón enteramente libre de sus engañosos atractivos.
Escena3Celimena, Alceste
ALCESTE, aparte.— ¡Oh cielo! ¿Podré dominar aquí mis arrebatos?
CELIMENA, a Alceste.— ¡Vaya! ¿Qué turbación es esa en la que lo veo aparecer? ¿Y qué quieren decir esos suspiros que exhala y esas sombrías miradas que me lanza?
ALCESTE.— Que todos los horrores de que es capaz un alma no tienen nada comparable con sus deslealtades; que el destino, los demonios y el cielo airado jamás han producido nada tan malvado como usted.
CELIMENA.— He aquí, ciertamente, dulzuras que admiro.
ALCESTE.— ¡Ah! No bromee, no es momento de reír. Sonrójese más bien, tiene razón para hacerlo; y poseo testigos seguros de su traición. Eso era lo que marcaban las turbaciones de mi alma; no era en vano que se alarmaba mi pasión; con esas frecuentes sospechas que se encontraban odiosas, yo buscaba la desdicha que han hallado mis ojos. Y, pese a todos sus cuidados y su destreza para fingir, mi estrella me decía lo que debía temer. Pero no presuma que, sin vengarme, voy a sufrir el despecho de verme ultrajado. Sé que sobre los votos no se tiene poder alguno, que el amor quiere nacer en todas partes sin dependencia, que jamás por la fuerza se entró en un corazón, y que toda alma es libre de nombrar a su vencedor. Así que no encontraría ningún motivo de queja si su boca hubiera hablado para mí sin fingimiento; y, rechazando mis votos desde el primer momento, mi corazón solo habría tenido derecho a culpar al destino. Pero ver mi pasión aplaudida con una confesión engañosa, eso es una traición, eso es una perfidia que no puede hallar castigos demasiado grandes; y puedo permitir todo a mis resentimientos. Sí, sí, témalo todo después de semejante ultraje: ya no me pertenezco, soy todo rabia. Traspasado por el golpe mortal con que me asesina, mis sentidos ya no están gobernados por la razón; cedo a los movimientos de una justa cólera, y no respondo de lo que puedo hacer.
CELIMENA.— ¿De dónde viene, se lo ruego, semejante arrebato? ¿Ha perdido usted, dígame, el juicio?
ALCESTE.— Sí, sí, lo he perdido, cuando ante su presencia tomé, para mi desdicha, el veneno que me mata, y cuando creí encontrar algo de sinceridad en los traidores encantos que me hechizaron.
CELIMENA.— ¿De qué traición puede usted, pues, quejarse?
ALCESTE.— ¡Ah, qué doble es ese corazón, y qué bien sabe el arte de fingir! Pero, para desenmascararlo, tengo medios preparados. Eche aquí los ojos, y reconozca su escritura; esta carta descubierta basta para confundirla, y contra este testimonio no hay nada que responder.
CELIMENA.— ¡Así que ese es el motivo que le turba el espíritu!
ALCESTE.— ¿No se sonroja al ver este escrito?
CELIMENA.— ¿Y por qué razón habría de sonrojarme?
ALCESTE.— ¡Cómo! ¿Une aquí la audacia al artificio? ¿Lo desautorizará por no tener firma?
CELIMENA.— ¿Por qué desautorizar una carta de mi mano?
ALCESTE.— ¿Y puede verla sin quedarse confusa por el crimen del que hacia mí la acusa su estilo?
CELIMENA.— Es usted, sin mentir, un gran extravagante.
ALCESTE.— ¡Cómo! ¿Desafía así a este testimonio convincente? ¿Y lo que me ha hecho ver de dulzura para Oronte no tiene nada que me ultraje y que la avergüence a usted?
CELIMENA.— ¿Oronte? ¿Quién le dice que la carta es para él?
ALCESTE.— Las personas que me la entregaron hoy en mis manos. Pero quiero conceder que sea para otro: ¿tiene mi corazón menos de qué quejarse del suyo? ¿Será usted, para conmigo, menos culpable en efecto?
CELIMENA.— Pero si es una mujer a quien va esta carta, ¿en qué lo hiere, y qué tiene de culpable?
ALCESTE.— ¡Ah, el rodeo es bueno, y la excusa admirable! No esperaba, lo confieso, este golpe, y con eso quedo del todo convencido. ¿Se atreve a recurrir a estas tretas groseras? ¿Y cree a la gente tan privada de luces? Veamos, veamos un poco con qué sesgo, con qué aire quiere sostener una mentira tan clara; y cómo podrá interpretar para una mujer todas las palabras de una carta que muestra tanta llama. Ajuste, para encubrir una falta de fe, lo que voy a leer…
CELIMENA.— No me place a mí. Me parece gracioso que use de tal imperio y que me diga en la cara lo que osa decirme.
ALCESTE.— No, no, sin encolerizarse, téngase la molestia de justificarme los términos que aquí veo.
CELIMENA.— No, no quiero hacer nada de eso; y en esta ocasión, todo lo que usted crea me importa muy poco.
ALCESTE.— Se lo ruego, muéstreme, quedaré satisfecho, que se puede, para una mujer, explicar esta carta.
CELIMENA.— No, es para Oronte; y quiero que se crea. Recibo todos sus cuidados con mucha alegría, admiro lo que dice, estimo lo que es, y convengo en todo lo que a usted le plazca. Haga, tome partido, que nada lo detenga, y no me rompa más la cabeza.
ALCESTE, aparte.— ¡Cielo! ¿Puede inventarse algo más cruel, y fue jamás un corazón tratado de esta suerte? ¡Cómo! De una justa cólera estoy yo conmovido contra ella, soy yo quien viene a quejarse, ¡y soy yo a quien se riñe! Se lleva mi dolor y mis sospechas al extremo, se me deja creerlo todo, se hace gloria de todo; y sin embargo mi corazón es todavía tan cobarde que no puede romper la cadena que lo sujeta, y no puede armarse de un generoso desprecio contra el ingrato objeto del que está demasiado prendado. A Celimena. ¡Ah, qué bien sabe usted aquí, pérfida, servirse contra mí mismo de mi extrema debilidad, y manejar en su favor el exceso prodigioso de este amor fatal nacido de sus traidores ojos! Defiéndase al menos de un crimen que me abruma, y deje de afectar ser culpable hacia mí. Devuélvame, si puede, inocente esta carta; mi ternura consiente en prestarle las manos. Esfuércese aquí en parecer fiel, y yo me esforzaré en creerla tal.
CELIMENA.— Vamos, está usted loco con sus arrebatos de celos y no merece el amor que se le tiene. Bien me gustaría saber quién podría obligarme a rebajarme por usted a la bajeza de fingir; y por qué, si mi corazón se inclinara hacia otro lado, no habría de decirlo con sinceridad. ¡Cómo! ¿La generosa garantía de mis sentimientos no me defiende de todas sus sospechas? Ante semejante aval, ¿tienen acaso algún peso? ¿No es ultrajante para mí que les dé usted oídos? Y puesto que nuestro corazón hace un esfuerzo extremo cuando consigue resolverse a confesar que ama, puesto que el honor del sexo, enemigo de nuestros ardores, se opone con fuerza a tales confesiones, el amante que ve franquearse en su favor semejante obstáculo, ¿debe impunemente dudar de ese oráculo? ¿Y no es culpable si no se atiene a lo que sólo se dice tras grandes combates? Vaya, tales sospechas merecen mi cólera, y no vale usted que se le tenga en consideración. Soy tonta, y me irrita mi simplicidad de conservar todavía alguna bondad hacia usted; debería llevar mi estima a otra parte y darle a usted motivo de queja legítima.
ALCESTE.— ¡Ah, traidora! Mi debilidad por usted es extraña; me engaña sin duda con palabras tan dulces; pero no importa, debo seguir mi destino; a su fe está mi alma enteramente abandonada; quiero ver hasta el final cómo será su corazón, y si tendrá la negra villanía de traicionarme.
CELIMENA.— No, usted no me ama como es preciso amar.
ALCESTE.— ¡Ah, nada es comparable a mi amor extremo! Y en el ardor que tiene de mostrarse a todos, llega hasta formar deseos contra usted. Sí, yo querría que nadie la encontrara amable, que estuviera reducida a una suerte miserable, que el cielo al nacer no le hubiera dado nada, que no tuviera ni rango, ni nacimiento, ni bienes; a fin de que el resplandeciente sacrificio de mi corazón pudiera reparar la injusticia de tal suerte, y que yo tuviera la dicha y la gloria en ese día de verla recibirlo todo de las manos de mi amor.
CELIMENA.— Es desearme el bien de una manera extraña. Líbreme el cielo de que tenga usted materia… Ahí viene el señor Dubois con una figura muy cómica.
Escena4Celimena, Alceste, Dubois
ALCESTE.— ¿Qué quiere esa facha y ese aire despavorido? ¿Qué te pasa?
DUBOIS.— ¿Qué me pasa? Señor…
ALCESTE.— ¿Qué me pasa? Señor… ¿Y bien?
DUBOIS.— ¿Qué me pasa? Señor… ¿Y bien? Vaya misterios.
ALCESTE.— ¿Qué ocurre?
DUBOIS.— ¿Qué ocurre? Andamos mal, señor, en nuestros asuntos.
ALCESTE.— ¡Cómo!
DUBOIS.— ¿Cómo? ¿Hablo alto?
ALCESTE.— ¿Cómo? ¿Hablo alto? Sí, habla, y rápido.
DUBOIS.— ¿No hay nadie ahí?
ALCESTE.— ¿No hay nadie ahí? ¡Ah, qué pérdida de tiempo! ¿Quieres hablar?
DUBOIS.— ¿Quiere hablar? Señor, hay que batirse en retirada.
ALCESTE.— ¿Cómo?
DUBOIS.— ¿Cómo? Hay que salir de aquí sin tocar trompeta.
ALCESTE.— ¿Y por qué?
DUBOIS.— ¿Y por qué? Le digo que hay que abandonar este lugar.
ALCESTE.— ¿La causa?
DUBOIS.— ¿La causa? Hay que partir, señor, sin decir adiós.
ALCESTE.— ¿Pero por qué razón me vienes con ese lenguaje?
DUBOIS.— Por la razón, señor, de que hay que plegar el equipaje.
ALCESTE.— ¡Ah, voy a romperte la cabeza sin duda, si no quieres, bribón, explicarte de otra manera!
DUBOIS.— Señor, un hombre negro de traje y de aspecto vino a dejarnos, hasta en la cocina, un papel garabateado de tal forma que habría que, para leerlo, ser peor que un demonio. Es de su pleito, no me cabe duda alguna; pero el diablo del infierno, creo, no vería ni gota.
ALCESTE.— ¡Y bien! ¿Qué? Ese papel, ¿qué tiene que ver, traidor, con la partida de la que vienes a hablarme?
DUBOIS.— Es para decirle aquí, señor, que una hora después un hombre que a menudo viene a visitarle vino a buscarle con apremio y, al no encontrarlo, me encargó amablemente, sabiendo que le sirvo a usted con mucho celo, que le dijera… Aguarde, ¿cómo es que se llama?
ALCESTE.— Déjate de su nombre, traidor, y di lo que te ha dicho.
DUBOIS.— Es uno de sus amigos; en fin, con eso basta. Me dijo que de aquí lo arroja a usted el peligro, y que la suerte de ser arrestado lo amenaza.
ALCESTE.— ¿Pero qué? ¿No ha querido especificarte nada?
DUBOIS.— No. Me pidió tinta y papel, y le ha hecho una nota donde podrá usted, pienso, tener conocimiento del fondo de ese misterio.
ALCESTE.— Dámela, pues.
CELIMENA.— Dámela, pues. ¿Qué puede encerrar esto?
ALCESTE.— No lo sé; pero aspiro a verlo aclarado. ¿Acabarás pronto, impertinente del diablo?
(tras haber buscado largo rato la nota.)
DUBOIS.— A fe mía, la he dejado, señor, sobre su mesa.
ALCESTE.— No sé qué me detiene.
CELIMENA.— No sé qué me detiene. No se exalte y corra a desenredar semejante embrollo.
ALCESTE.— Parece que el destino, por más empeño que ponga, ha jurado impedir que conversemos; pero para triunfar sobre él, permita a mi amor volver a verla, señora, antes del fin del día. Fin del cuarto acto.
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