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Acto tercero

El misántropo · Molière · 16 min de lectura

Escena1Clitandro, Acasto

CLITANDRO.— Querido marqués, veo que tienes el alma muy satisfecha; todo te alegra y nada te inquieta. Pero dime, de buena fe y sin cegarte a ti mismo, ¿tienes en verdad grandes motivos para mostrarte tan dichoso?

ACASTO.— ¡Pardiez! No veo yo, cuando me examino, de dónde sacar el menor motivo para tener el alma apesadumbrada; tengo fortuna, soy joven y vengo de una casa que bien puede llamarse noble, y con razón; y creo que por el rango que me da mi cuna hay muy pocos empleos a los que no pueda aspirar. En cuanto a valor, de lo que sobre todo debemos hacer caso, se sabe, sin vanidad, que no me falta; y se me ha visto llevar en sociedad más de un lance de una manera bastante vigorosa y gallarda. En cuanto a ingenio, lo tengo, sin duda, y buen gusto también, para juzgar sin estudio y razonar sobre todo; para hacer de entendido, con las novedades de las que soy idólatra, en las butacas del teatro; decidir como un jefe y armar estruendo en todos los pasajes hermosos que merecen bravos. Soy bastante hábil; tengo buen aire, buena presencia, los dientes hermosos sobre todo, y el talle muy fino. En cuanto a vestirme bien, creo, sin adulación, que mal haría quien quisiera disputármelo. Me veo en la estima tanto como pueda estarse, muy querido del bello sexo y bien situado ante el señor. Creo que con todo esto, querido marqués, creo que se puede, en cualquier país, estar contento de uno mismo.

CLITANDRO.— Sí. Pero si encuentras conquistas fáciles en otra parte, ¿por qué lanzar aquí suspiros inútiles?

ACASTO.— ¿Yo? ¡Pardiez! No soy yo de talla ni de humor como para tener que soportar la frialdad de una bella. Eso es cosa de gentes mal formadas, de méritos vulgares, arder constantemente por bellezas severas, languidecer a sus pies y sufrir sus rigores, buscar el socorro de suspiros y lágrimas, y tratar, con cuidados de muy larga duración, de obtener lo que se niega a su escaso mérito. Pero las personas de mi aire, marqués, no están hechas para amar a crédito y correr con todos los gastos. Por muy raro que sea el mérito de las bellas, pienso, gracias a Dios, que uno vale su precio como ellas; que para hacerse honor de un corazón como el mío, no es razón que no les cueste nada; y que al menos, poniendo todo en balanza justa, es preciso que a gastos comunes se hagan los avances.

CLITANDRO.— ¿Tú piensas entonces, marqués, estar muy bien situado aquí?

ACASTO.— Tengo algún motivo, marqués, para pensarlo así.

CLITANDRO.— Créeme, despréndete de ese error extremo: te adulas, querido mío, y te ciegas a ti mismo.

ACASTO.— Es verdad, me adulo y me ciego en efecto.

CLITANDRO.— Pero ¿qué te hace juzgar tu dicha tan perfecta?

ACASTO.— Me adulo.

CLITANDRO.— ¿Sobre qué fundar tus conjeturas?

ACASTO.— Me ciego.

CLITANDRO.— ¿Tienes de ello pruebas que sean seguras?

ACASTO.— Me engaño, te digo.

CLITANDRO.— ¿Es que de sus votos Celimena te ha hecho algunas confidencias secretas?

ACASTO.— No, me trata mal.

CLITANDRO.— Respóndeme, te lo ruego.

ACASTO.— No tengo más que desaires.

CLITANDRO.— Dejemos la burla y dime qué esperanza han podido darte.

ACASTO.— Yo soy el miserable y tú el afortunado; se tiene por mi persona una aversión grande, y cualquiera de estos días tendré que colgarme.

CLITANDRO.— Ea, ¿quieres, marqués, para ajustar nuestros votos, que convengamos los dos en una cosa? Que aquel que pueda mostrar una marca cierta de tener mejor parte en el corazón de Celimena, el otro le cederá aquí el sitio al vencedor pretendido, y lo librará de un rival asiduo.

ACASTO.— ¡Ah, pardiez! Me place ese lenguaje, y de todo corazón me comprometo a ello. Pero, chist.

Escena2Celimena, Acasto, Clitandro

CELIMENA.— ¿Todavía aquí?

CLITANDRO.— El amor retiene nuestros pasos.

CELIMENA.— Acabo de oír entrar un carruaje ahí abajo. ¿Sabéis quién es?

CLITANDRO.— No.

Escena3Celimena, Acasto, Clitandro, Basco

BASCO.— Arsinoe, señora, sube a verla.

CELIMENA.— ¿Qué quiere de mí esa mujer?

BASCO.— Elianta está abajo conversando con ella.

CELIMENA.— ¿De qué se le ocurre, y quién la hace venir?

ACASTO.— Por gazmoña consumada pasa en todas partes; y el ardor de su celo…

CELIMENA.— Sí, sí, pura farsa. En el alma es del mundo; y sus afanes lo intentan todo para pescar a alguien sin conseguirlo. No puede ver sino con ojo de envidia a los amantes declarados de los que otra es seguida; y su triste mérito, abandonado de todos, está siempre en cólera contra el siglo ciego. Trata de cubrir con falso velo de monja lo que en ella se ve de espantosa soledad; y para salvar el honor de sus débiles atractivos, atribuye crimen al poder que no tienen. Sin embargo, un amante agradaría mucho a la dama; e incluso por Alceste tiene ternura de alma. Lo que él me rinde de atenciones ultraja sus encantos; quiere que sea un robo que le hago; y su despecho celoso, que con pena disimula, en todas partes bajo cuerda se despliega contra mí. En fin, no he visto nada tan tonto a mi parecer; es impertinente en grado sumo, y…

Escena4Arsinoe, Celimena, Clitandro, Acasto

CELIMENA.— ¡Ah! ¡Qué feliz suerte la trae a este lugar! Señora, sin mentir, estaba preocupada por usted.

ARSÍNOE.— Vengo por cierto aviso que he creído deber darle.

CELIMENA.— ¡Ah, Dios mío, qué contenta estoy de verla! (Clitandro y Acasto salen riendo.)

Escena5Arsinoe, Celimena

ARSÍNOE.— Su partida no podía hacerse más a propósito.

CELIMENA.— ¿Queremos sentarnos?

ARSÍNOE.— No es necesario. Señora, la amistad debe sobre todo manifestarse en las cosas que más pueden importarnos; y como no las hay de mayor importancia que las del honor y la decencia, vengo, mediante un aviso que toca a su honor, a testimoniar la amistad que por usted tiene mi corazón. Ayer estaba yo en casa de gentes de virtud singular, donde sobre usted giró la materia del discurso; y allí su conducta, con sus grandes escándalos, señora, tuvo la desgracia de que no se la alabara. Esa multitud de gentes cuya visita usted tolera, su galantería y los rumores que excita, encontraron censores más de lo necesario, y mucho más rigurosos de lo que yo hubiera querido. Bien puede usted imaginar qué partido tomé; hice cuanto pude por poder defenderla; la disculpé mucho por su intención, y quise ser fiadora de su alma. Pero usted sabe que hay cosas en la vida que no se pueden excusar, por más que se tenga ganas; y me vi forzada a quedar de acuerdo en que el aire con que usted vive le hace un poco de daño; que toma en el mundo una mala cara; que no hay cuento enojoso que por doquier no se haga de ello, y que, si usted quisiera, todos sus comportamientos podrían dar menos presa a los malos juicios. No es que yo crea en el fondo que la honestidad esté lastimada: ¡el cielo me preserve de tener tal pensamiento! Pero a las sombras del crimen se presta fácilmente fe, y no basta con vivir bien para uno mismo. Señora, la creo a usted de alma demasiado razonable como para no tomar bien este aviso provechoso, y para atribuirlo sino a los movimientos secretos de un celo que me ata a todos sus intereses.

CELIMENA.— Señora, tengo mucho que agradecerle. Un aviso así es una obligación; y lejos de tomármelo a mal, pretendo corresponder ahora mismo al favor con otro aviso que toca a su honra; y puesto que la veo usted mostrarse amiga mía informándome de los rumores que de mí se publican, quiero seguir, por mi parte, tan dulce ejemplo advirtiéndole de lo que dicen de usted. El otro día, en un lugar donde yo hacía una visita, me encontré con algunas personas de mérito rarísimo que, hablando de los verdaderos afanes de un alma que vive bien, vinieron a caer, señora, en el tema de usted. Su mojigata prudencia y sus arranques de celo no fueron citados, que digamos, como modelo excelente; esa afectación de un exterior grave, sus discursos eternos de sabiduría y honor, sus aspavientos y sus gritos ante las sombras de indecencia que pueda tener la inocencia de una palabra ambigua, esa altura de estima en que usted se tiene, y esas miradas de piedad que lanza sobre todos, sus frecuentes lecciones y sus censuras agrias sobre cosas que son inocentes y puras; todo eso, si puedo hablarle con franqueza, señora, fue culpado por sentir común. ¿A qué viene, decían, esa cara modesta y ese exterior sabio que desmiente todo lo demás? Ella es exacta en rezar hasta el último punto, pero pega a su gente y no le paga. En todos los sitios devotos despliega un gran celo, pero se pone blanquete y quiere parecer bella. Manda cubrir las desnudeces de los cuadros, pero siente amor por las realidades. Yo tomé su defensa contra cada uno y les aseguré firmemente que era maledicencia; pero todos los pareceres combatieron el mío, y su conclusión fue que haría usted bien en ocuparse menos de las acciones de los demás y ponerse un poco más en aprieto con las suyas; que hay que mirarse a sí mismo muy largo tiempo antes de pensar en condenar a la gente; que hace falta poner el peso de una vida ejemplar en las correcciones que se quieren hacer a los otros; y que todavía vale más, llegado el caso, remitirse a aquellos a quienes el cielo ha encargado ese cuidado. Señora, la creo demasiado razonable para no tomar bien este consejo provechoso, y para no atribuirlo sino a los movimientos secretos de un celo que me une a todos sus intereses.

ARSÍNOE.— Por mucho que una esté sujeta a que la reprendan, no me esperaba esta réplica, señora; y veo bien, por lo que tiene de agria, que mi aviso sincero la ha herido en el corazón.

CELIMENA.— Al contrario, señora; y si se fuera cuerda, estos avisos mutuos se pondrían en uso; se destruiría con eso, tratándonos de buena fe, esa gran ceguera en que cada cual está respecto de sí. Sólo depende de usted que con el mismo celo no continuemos este oficio fiel, y no nos tomemos el gran cuidado de decirnos, entre nosotras, lo que oiremos, usted de mí, yo de usted.

ARSÍNOE.— ¡Ah, señora, de usted no puedo oír nada! Es en mí donde se puede encontrar mucho que reprochar.

CELIMENA.— Señora, se puede, creo, alabar y censurar todo; y cada cual tiene razón, según la edad o el gusto. Hay una temporada para la galantería, y también hay una propia para la mojigataría. Se puede, por política, tomar ese partido cuando el brillo de nuestros años jóvenes se ha amortiguado; eso sirve para cubrir desgracias penosas. No digo que algún día no siga yo sus pasos: la edad lo traerá todo; y no es tiempo, señora, como se sabe, de ser mojigata a los veinte años.

ARSÍNOE.— Cierto, se ufana usted de una ventaja bien endeble, y hace sonar terriblemente su edad. Lo que más que usted se pudiera tener de ella no es cosa tan grande como para envanecerse tanto; y no sé por qué su ánimo se arrebata así, señora, hasta empujarme de esta manera tan extraña.

CELIMENA.— Y yo, tampoco sé, señora, por qué se la ve a usted en todos los sitios desencadenarse contra mí. ¿Hay que tomarla a usted sin cesar como blanco de sus disgustos? ¿Y acaso tengo yo la culpa de los cuidados que no van a rendírsele? Si mi persona inspira amor a la gente, y si se me siguen ofreciendo cada día los votos que su corazón puede desear que me quiten, no sabría qué hacer con eso, y no es culpa mía; usted tiene el campo libre, y yo no impido que, para atraerlos, no tenga encantos.

ARSÍNOE.— ¡Ay! ¿y cree usted que una se inquiete por ese número de amantes del que hace la vanidosa, y que no nos sea muy fácil juzgar a qué precio hoy se los puede conseguir? ¿Piensa hacer creer, viendo cómo va todo, que su solo mérito atrae esa muchedumbre? ¿Que no arden por usted sino de un amor honesto, y que por sus virtudes le hacen todos la corte? No se ciega una con vanas excusas; el mundo no es ningún bobo; y veo a quienes están hechas para inspirar tiernos sentimientos, y que en su casa, sin embargo, no fijan amante alguno: y de ahí podemos sacar las consecuencias de que no se ganan sus corazones sin grandes avances, que nadie, por nuestros bellos ojos, es nuestro suspirante, y que hay que comprar todos los cuidados que nos rinden. No se hinche, pues, de una gloria tan grande por los brillitos de una victoria endeble; y corrija un poco el orgullo de sus encantos, para tratar por eso a la gente de arriba abajo. Si nuestros ojos envidiaran las conquistas de los suyos, creo que se podría hacer como las otras, no andarse con miramientos, y hacerle ver bien que se tienen amantes cuando se los quiere tener.

CELIMENA.— Téngalos entonces, señora, y veamos ese asunto; por ese raro secreto esfuércese en agradar; y sin...

ARSÍNOE.— Y sin... Rompamos, señora, semejante conversación. Empujaría demasiado lejos su espíritu y el mío; y ya habría tomado la despedida que hay que tomar, si mi carroza todavía no me obligara a esperar.

CELIMENA.— Cuanto le plazca puede detenerse, señora, y sobre eso nada debe apresurarla. Pero, sin fatigarla con mi ceremonia, voy a darle mejor compañía; y el caballero, que la casualidad hace venir en buen momento, llenará mejor mi lugar para entretenerla.

Escena6Alceste, Célimène, Arsinoé

CELIMENA.— Alceste, tengo que ir a escribir dos palabras de una carta que, sin faltarme, no puedo aplazar. Quédese con la señora; ella tendrá la bondad de disculpar fácilmente mi incivilidad.

Escena7Alceste, Arsínoe

ARSÍNOE.— Ya ve usted, ella quiere que lo entretenga hasta que llegue mi coche; y nunca sus atenciones pudieron ofrecerme nada que me resultara más encantador que una conversación así. De verdad, las personas de mérito sublime se ganan el amor y la estima de todo el mundo; y el suyo, sin duda, tiene encantos secretos que hacen que mi corazón entre de lleno en todos sus intereses. Yo desearía que la corte, con una mirada propicia, hiciera más justicia a lo que usted vale. Tiene usted motivos de queja; y yo me indigno cuando veo cada día que no se hace nada por usted.

ALCESTE.— ¿Yo, señora? ¿Y en qué podría pretender nada? ¿Qué servicio al Estado se me ha visto prestar? ¿Qué he hecho, si me permite, tan brillante por sí mismo, para quejarme en la corte de que no se hace nada por mí?

ARSÍNOE.— No todos aquellos sobre los que la corte posa ojos propicios han prestado esos famosos servicios. Hace falta la ocasión además del poder; y el mérito, en fin, que usted nos hace ver debería…

ALCESTE.— ¿Debería…? ¡Dios mío! Dejemos mi mérito, se lo ruego. ¿Qué quiere usted que la corte se preocupe de eso? Bastante tendría que hacer, y grandes serían sus afanes si tuviera que andar desenterrando el mérito de la gente.

ARSÍNOE.— Un mérito resplandeciente se desentierra solo. Del suyo en muchos sitios se hace un caso extremo, y sepa usted por mí que en dos lugares muy distinguidos ayer lo elogiaron personas de gran peso.

ALCESTE.— ¡Eh, señora! Hoy se elogia a todo el mundo, y el siglo por eso no tiene nada que no confunda. Todo está dotado por igual de gran mérito; ya no es un honor verse elogiado: de elogios se rebosa, se tiran a la cabeza, y mi ayuda de cámara sale en la gaceta.

ARSÍNOE.— En cuanto a mí, me gustaría mucho que, para demostrárselo mejor, un cargo en la corte pudiera llamarle la atención. Con tal de que nos dé usted la más mínima señal de pensarlo, se pueden, para servirlo, poner en marcha mecanismos; y tengo gente a mano que emplearé por usted, que le allanarán bastante dulcemente el camino en todo.

ALCESTE.— ¿Y qué querría usted, señora, que yo hiciera allí? El temperamento que me conozco quiere que me destierre de eso; el cielo no me hizo, al darme el día, un alma compatible con el aire de la corte. No me encuentro en absoluto las virtudes necesarias para triunfar en ella y hacer mis asuntos. Ser franco y sincero es mi mayor talento; no sé en absoluto engañar a los hombres hablando; y quien no tiene el don de ocultar lo que piensa debe hacer en ese país muy poca residencia. Fuera de la corte sin duda no se tiene ese apoyo y esos títulos de honor que ella da hoy; pero tampoco se tiene, perdiendo esas ventajas, el disgusto de hacer papeles de tontos solemnes: no hay que sufrir mil desaires crueles, no hay que elogiar los versos de los señores fulanos, dar incienso a la señora mengana, y aguantar la estupidez de nuestros francos marqueses.

ARSÍNOE.— Dejemos, puesto que así lo quiere, este capítulo de la corte; pero es preciso que mi corazón lo compadezca en su amor; y para descubrirle en eso mis pensamientos, desearía mucho que sus ardores estuvieran mejor situados. Usted merece, sin duda, una suerte mucho más dulce, y la que lo encanta es indigna de usted.

ALCESTE.— Pero al decir eso, ¿piensa usted, se lo ruego, que esa persona es, señora, su amiga?

ARSÍNOE.— Sí. Pero mi conciencia está herida en efecto de sufrir más tiempo el agravio que se le hace. El estado en que lo veo aflige demasiado mi alma, y le advierto que se traiciona su llama.

ALCESTE.— Es mostrarme, señora, un tierno sentimiento, y avisos semejantes obligan a un amante.

ARSÍNOE.— Sí, toda mi amiga que sea, y la nombro, es indigna de esclavizar el corazón de un hombre galante, y el suyo no tiene para usted más que fingidas dulzuras.

ALCESTE.— Eso puede ser, señora, no se ven los corazones; pero su caridad se habría ahorrado muy bien arrojar en el mío semejante pensamiento.

ARSÍNOE.— Si usted no quiere ser desengañado, no hay que decirle nada; es bastante fácil.

ALCESTE.— No. Pero sobre este asunto, sea lo que sea lo que se nos exponga, las dudas son penosas más que cualquier otra cosa; y yo desearía, por mí, que no se me hiciera saber más que lo que con claridad se me puede hacer ver.

ARSÍNOE.— ¡Pues bien! Ya está dicho bastante; y sobre esta materia usted va a recibir plena luz. Sí, quiero que de todo sus ojos den fe. Déme solamente la mano hasta mi casa; allí le haré ver una prueba fiel de la infidelidad del corazón de su bella; y, si para otros ojos el suyo puede arder, se le podrá ofrecer con qué consolarse. Fin del tercer acto.

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