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Acto segundo

El misántropo · Molière · 15 min de lectura

Escena1Alceste, Celimena

ALCESTE.— Señora, ¿quiere usted que le hable claro? Sus maneras de actuar me tienen muy descontento: se me acumula demasiada bilis en el corazón contra ellas, y siento que vamos a tener que romper; sí, la engañaría si le hablara de otro modo; tarde o temprano romperemos sin la menor duda, y aunque se lo prometiera mil veces al contrario, no estaría en mi poder impedirlo.

CELIMENA.— ¿Así que es para reñir conmigo, según veo, que ha querido usted traerme a casa?

ALCESTE.— No riño en absoluto. Pero su humor, señora, abre demasiado acceso en su alma al primer recién llegado. Tiene usted demasiados amantes que la asedian, y mi corazón no puede acomodarse a ello.

CELIMENA.— ¿Me hace usted culpable de los amantes que tengo? ¿Puedo acaso impedir que la gente me encuentre amable? Y cuando hacen dulces esfuerzos por verme, ¿debo tomar un bastón para echarlos a la calle?

ALCESTE.— No, señora, no es un bastón lo que hay que tomar, sino un corazón menos fácil y menos tierno a sus deseos. Sé que sus encantos la siguen a todas partes; pero su acogida retiene a quienes atraen sus ojos, y su dulzura ofrecida a quien se le rinde acaba en los corazones la obra de sus gracias. La esperanza demasiado risueña que les presenta ata a su alrededor sus asiduidades; y su complacencia un poco menos extendida ahuyentaría la multitud de tantos suspirantes. Pero al menos dígame, señora, por qué suerte ese Clitandro suyo tiene la dicha de gustarle tanto. ¿Sobre qué fondo de mérito y de virtud sublime apoya usted en él el honor de su estima? ¿Es acaso por la uña larga que lleva en el dedo meñique que se ha ganado ante usted la estima en que se le ve? ¿Se ha rendido usted, con todo el bello mundo, al mérito deslumbrante de su peluca rubia? ¿Son sus grandes cañones los que la hacen amarlo? ¿El montón de sus lazos ha sabido cautivarla? ¿Es por los encantos de su vasta ringravia que ha ganado su alma haciéndose su esclavo? ¿O su manera de reír, y su tono de falsete, han sabido encontrar el secreto de conmoverla?

CELIMENA.— ¡Qué injustamente se ofusca usted por él! ¿No sabe bien por qué lo trato con miramientos? ¿Y que en mi pleito, tal como me ha prometido, puede interesar a todos los amigos que tiene?

ALCESTE.— Pierda su pleito, señora, con entereza, y no mime a un rival que me ofende.

CELIMENA.— Pero es que se vuelve usted celoso del universo entero.

ALCESTE.— Es que el universo entero es bien recibido por usted.

CELIMENA.— Eso es lo que debe tranquilizar su alma asustada, puesto que mi complacencia se derrama sobre todos; y tendría más motivo para ofenderse si me la viera concentrar sobre uno solo.

ALCESTE.— Pero yo, a quien reprocha demasiados celos, ¿qué tengo de más que todos ellos, señora, se lo ruego?

CELIMENA.— La dicha de saber que es usted amado.

ALCESTE.— ¿Y qué motivo tiene mi corazón enamorado para creerlo?

CELIMENA.— Pienso que habiéndome tomado el cuidado de decírselo, una confesión semejante tiene con qué bastarle.

ALCESTE.— Pero ¿quién me asegurará que en ese mismo instante no les dice usted quizá a los demás otro tanto?

CELIMENA.— Ciertamente, para un amante el piropo es lindo, y me trata usted ahí de gentil persona. ¡Pues bien! Para quitarle semejante inquietud, de todo lo que he dicho me desdigo aquí; y nada sabrá engañarlo más que usted mismo: quédese contento.

ALCESTE.— ¡Mil diablos! ¡Y todavía tengo que amarla! ¡Ah, si de sus manos recuperara mi corazón, bendeciría al cielo por tan rara dicha! No lo oculto, hago todo lo posible por romper de este corazón el terrible apego; pero mis mayores esfuerzos no han conseguido nada hasta ahora, y es por mis pecados que la amo así.

CELIMENA.— Es verdad, su ardor por mí no tiene segunda.

ALCESTE.— Sí, puedo en eso desafiar al mundo entero. Mi amor no se puede concebir; y jamás nadie, señora, ha amado como yo amo.

CELIMENA.— En efecto, el método es completamente nuevo, porque usted ama a la gente para reñir con ella; sólo en palabras enojos estalla su ardor, y jamás se ha visto un amante tan regañón.

ALCESTE.— Pero sólo depende de usted que su disgusto pase. A todos nuestros desacuerdos cortemos camino, por favor; hablemos con el corazón abierto, y veamos de detener...

Escena2Celimena, Alceste, Basco

CELIMENA.— ¿Qué ocurre?

BASCO.— Acasto está abajo.

CELIMENA.— Bien, hágalo subir.

ALCESTE.— ¿Cómo? ¿Nunca se puede hablar con usted a solas? ¿Siempre se la ve dispuesta a recibir mundo? ¿Y no puede usted, ni un solo momento, resolverse a soportar no estar en casa?

CELIMENA.— ¿Quiere usted que me enemiste con él?

ALCESTE.— Tiene usted consideraciones que no pueden complacerme.

CELIMENA.— Es un hombre capaz de no perdonármelo jamás, si supiera que su visita pudo importunarme.

ALCESTE.— ¿Y qué le importa eso a usted, para condicionarse de tal modo...?

CELIMENA.— ¡Dios mío! De gente como ésa importa la benevolencia; y son de esas personas que, no sé cómo, han conseguido en la corte hablar en voz alta. En todas las conversaciones se los ve entrometerse; no pueden servir, pero pueden perjudicarlo a uno; y nunca, por más apoyo que se pueda tener por otra parte, hay que pelearse con esos grandes gritones.

ALCESTE.— En fin, sea como sea, y en lo que uno se funde, encuentra usted razones para soportar a todo el mundo; y las precauciones de su juicio...

Escena3Alceste, Celimena, Basco

BASCO.— Aquí está también Clitandro, señora.

ALCESTE.— Justamente. (Muestra querer irse.)

CELIMENA.— ¿Adónde va?

ALCESTE.— Me voy.

CELIMENA.— Quédese.

ALCESTE.— ¿Para qué?

CELIMENA.— Quédese.

ALCESTE.— No puedo.

CELIMENA.— Lo quiero.

ALCESTE.— Ni hablar. Estas conversaciones no hacen más que aburrirme, y es demasiado querer obligarme a soportarlas.

CELIMENA.— Lo quiero, lo quiero.

ALCESTE.— No, me es imposible.

CELIMENA.— ¡Bien! ¡Idos, salid, nadie os lo impide!

Escena4Elianta, Filinto, Acasto, Clitandro, Alceste, Celimena, Basco

ELIANTA, a Celimena.— Ahí están los dos marqueses que suben con nosotras. ¿Os lo han venido a decir?

CELIMENA, a Basco.— Sillas para todos. (Basco trae sillas y sale.) (A Alceste.) ¿No os habíais ido?

ALCESTE.— No; pero quiero, señora, que os expliquéis de una vez, por ellos o por mí.

CELIMENA.— Callaos.

ALCESTE.— Hoy os explicaréis.

CELIMENA.— Perdéis el juicio.

ALCESTE.— No. Os declararéis.

CELIMENA.— ¡Ah!

ALCESTE.— Tomaréis partido.

CELIMENA.— Os burláis, me parece.

ALCESTE.— No. Vais a elegir: ya se me acaba la paciencia.

CLITANDRO.— ¡Pardiez! Vengo del Louvre, donde Cleonte, en el besamanos, señora, ha quedado en ridículo de cabo a rabo. ¿No tiene algún amigo que pueda hacerle el favor caritativo de ilustrarle sobre sus modales?

CELIMENA.— La verdad es que hace el ridículo en sociedad; lleva siempre un aire que salta a la vista al instante, y cuando se le vuelve a ver después de cierta ausencia, se le encuentra todavía más lleno de extravagancias.

ACASTO.— ¡Pardiez! Si hay que hablar de extravagantes, acabo de soportar a uno de los más agotadores: Damón el razonador, que me ha tenido, no os ofendáis, una hora entera a pleno sol de pie junto a mi silla.

CELIMENA.— Es un hablador prodigioso, que siempre encuentra el arte de no deciros nada con grandísimos discursos; en todo lo que dice no se ve nunca gota, y no es más que ruido lo que uno escucha.

ELIANTA, a Filinto.— Este comienzo no está mal; la conversación contra el prójimo toma un giro bastante bueno.

CLITANDRO.— Timante también, señora, es un buen ejemplar.

CELIMENA.— Es de pies a cabeza un hombre todo misterio, que os lanza al pasar una mirada extraviada y, sin tener asunto ninguno, siempre anda ocupadísimo. Todo lo que suelta rebosa de muecas; a fuerza de aspavientos, abruma al mundo; sin cesar tiene que deciros en voz baja, para interrumpir la conversación, un secreto, y ese secreto no es nada; de la menor minucia hace una maravilla, y hasta los buenos días os los dice al oído.

ACASTO.— ¿Y Géralde, señora?

CELIMENA.— ¡Oh, qué contador tan insufrible! Nunca se le ve salir del gran señor; se mete sin cesar en el trato brillante, y no cita jamás sino duque, príncipe o princesa; la alcurnia le obsesiona, y toda su conversación no es más que caballos, equipajes y perros; tutea al hablar a los de más alta alcurnia, y el tratamiento de señor está en desuso para él.

CLITANDRO.— Dicen que con Belisa anda de lo más bien.

CELIMENA.— ¡Pobre espíritu de mujer, y qué conversación tan árida! Cuando viene a verme, sufro el martirio; hay que sudar sin cesar buscando qué decirle, y la esterilidad de su expresión mata la conversación a cada instante. En vano, para atacar su estúpido silencio, os servís de todos los lugares comunes: el buen tiempo y la lluvia, y el frío y el calor, son fondos que con ella se agotan enseguida. Sin embargo su visita, bastante insoportable, se arrastra en una longitud todavía más espantosa; y se pregunta la hora, y se bosteza veinte veces, y ella se mueve tan poco como un trozo de madera.

ACASTO.— ¿Qué os parece Adrasto?

CELIMENA.— ¡Ah, qué orgullo tan extremo! Es un hombre hinchado del amor de sí mismo. Su mérito no está nunca contento con la corte; contra ella hace oficio de protestar cada día, y no se da empleo, cargo ni beneficio sin que a todo lo que él se cree no se le haga injusticia.

CLITANDRO.— Pero el joven Cleón, a cuya casa van hoy nuestras gentes más honorables, ¿qué decís de él?

CELIMENA.— Que de su cocinero se ha hecho un mérito, y que es a su mesa a quien se hace la visita.

ELIANTA.— Se esmera en servir platos de lo más delicado.

CELIMENA.— Sí; pero yo querría que él no se sirviera en ella; es un plato malísimo su sosa persona, y echa a perder, a mi gusto, todas las comidas que da.

FILINTO.— Se hace bastante caso de su tío Damis; ¿qué decís vos, señora?

CELIMENA.— Es de mis amigos.

FILINTO.— Yo lo encuentro hombre honrado, y de aire bastante sensato.

CELIMENA.— Sí; pero quiere tener demasiado ingenio, lo que me exaspera. Está tenso sin cesar, y en todos sus discursos se ve que se esfuerza por decir agudezas. Desde que se le ha metido en la cabeza ser hábil, nada toca su gusto, de tan difícil que es; quiere ver defectos en todo lo que se escribe, y piensa que alabar no es de buen ingenio, que es ser sabio encontrar qué reprochar, que sólo a los tontos les corresponde admirar y reír, y que al no aprobar nada de las obras de hoy se pone por encima de toda la demás gente. Hasta en las conversaciones encuentra qué reprochar; son propósitos demasiado bajos para dignarse a descender a ellos, y con los dos brazos cruzados, desde lo alto de su ingenio, mira con lástima todo lo que cada cual dice.

ACASTO.— Dios me condene, ese es su retrato verdadero.

CLITANDRO, a Celimena.— Para pintar a las gentes sois admirable.

ALCESTE.— ¡Vamos, firme, seguid, mis buenos amigos de corte! No os ahorráis a ninguno, y cada cual tiene su turno; sin embargo, no se presenta ninguno de ellos ante vuestros ojos sin que no se os vea correr presurosos a su encuentro, darle la mano, y con un beso lisonjero apoyar los juramentos de ser su servidor.

CLITANDRO.— ¿Por qué atacarnos a nosotros? Si lo que se dice os hiere, el reproche debe dirigirse a la señora.

ALCESTE.— No, ¡mordiós!, es a vosotros; y vuestras risas complacientes sacan de su ingenio todos esos rasgos maldicientes. Su humor satírico se nutre sin cesar del incienso culpable de vuestra adulación, y su corazón hallaría menos atractivos en la burla si hubiera observado que no se la aplaude. Así es como a los aduladores hay que echarles en cara por todas partes los vicios en que se ve a los humanos derramarse.

FILINTO.— Pero ¿por qué tanto interés por esas gentes, vos que condenaríais lo mismo que en ellos se reprocha?

CELIMENA.— ¿Y acaso no es forzoso que el señor contradiga? ¿Queréis que se reduzca a la voz común, y que no haga estallar en todos los sitios el espíritu contrariante que ha recibido de los cielos? El sentimiento ajeno nunca le complace: toma siempre la opinión contraria, y pensaría parecer un hombre del común si se viera que es del parecer de alguien. El honor de contradecir tiene para él tantos encantos que toma bastante a menudo las armas contra sí mismo, y sus verdaderos sentimientos son combatidos por él en cuanto los ve en boca de otro.

ALCESTE.— Los que se ríen están de su parte, señora, está todo dicho; y puede usted lanzar contra mí toda la sátira que guste.

FILINTO.— Pero también es verdad que tu espíritu se pone siempre en guardia contra todo lo que se dice; y que, por un malhumor que él mismo reconoce, no puede soportar que se censure ni que se alabe.

ALCESTE.— Es que jamás, ¡mordiós!, los hombres tienen razón, que el malhumor contra ellos está siempre de temporada, y que veo que son, en todos los asuntos, aduladores impertinentes o censores temerarios.

CELIMENA.— Pero…

ALCESTE.— No, señora, no, aunque me cueste la vida, usted tiene placeres que no puedo soportar: y se hace mal aquí alimentando en su alma ese gran apego a los defectos que se le reprochan.

CLITANDRO.— En cuanto a mí, no lo sé; pero confesaré en voz alta que hasta ahora he creído a la señora sin defecto alguno.

ACASTO.— De gracias y de atractivos veo que está provista; pero los defectos que tiene no hieren mi vista.

ALCESTE.— Hieren toda la mía; y, lejos de ocultármelos, ella sabe que me ocupo de reprochárselos. Cuanto más se ama a alguien, menos hay que adularlo; en no perdonar nada estalla el amor puro; y yo desterraría a todos esos amantes cobardes que me viera sometidos a todos mis sentimientos, y cuyas blandas complacencias, a cada paso, darían incienso a mis extravagancias.

CELIMENA.— En fin, si hay que remitirse a usted en cuestiones del corazón, se debe, para amar bien, renunciar a las dulzuras, y poner el honor supremo del amor perfecto en injuriar bien a las personas que se ama.

ELIANTA.— El amor, por lo común, poco se hace a esas leyes, y se ve a los amantes ensalzar siempre su elección. Jamás su pasión ve en ella nada censurable, y en el objeto amado, todo se les vuelve amable; cuentan los defectos por perfecciones, y saben darles nombres favorables. La pálida es en blancura comparable a los jazmines; la negra para dar miedo, una morena adorable; la flaca tiene talle y libertad; la gorda es, en su porte, llena de majestad; la desaseada, de pocos atractivos cargada, queda bajo el nombre de belleza descuidada; la giganta parece una diosa a los ojos; la enana un compendio de las maravillas de los cielos; la orgullosa tiene el corazón digno de una corona; la falsa tiene ingenio; la tonta es del todo buena; la demasiado habladora es de humor agradable; y la muda guarda un honesto pudor. Así es como un amante cuyo ardor es extremo ama hasta los defectos de las personas que ama.

ALCESTE.— Y yo sostengo, yo…

CELIMENA.— Rompamos aquí este discurso, y vayamos a dar dos vueltas por la galería. ¿Cómo! ¿Ustedes se van, señores?

CLITANDRO Y ACASTO.— No, señora.

ALCESTE.— El temor de su partida ocupa mucho su alma. Salgan cuando quieran, señores; pero advierto que yo no salgo sino después de que ustedes hayan salido.

ACASTO.— A menos de ver que la señora se sienta importunada, nada me llama a otra parte en todo el día.

CLITANDRO.— Yo, con tal de que pueda estar en el pequeño acostado, no tengo otro asunto al que esté ligado.

CELIMENA, a Alceste.— Es de broma, creo.

ALCESTE.— No, en absoluto. Veremos si soy yo quien usted quiere que salga.

Escena5Alceste, Célimène, Éliante, Acaste, Filinto, Clitandro, Basco

BASCO, a Alceste.— Señor, hay ahí un hombre que quisiera hablarle por un asunto, dice, que no se puede aplazar.

ALCESTE.— Dile que no tengo asuntos tan urgentes.

BASCO.— Lleva una casaca de grandes faldones plisados, con oro encima.

CELIMENA, a Alceste.— Vaya a ver qué es, o bien hágalo entrar.

Escena6Alceste, Célimène, Éliante, Acaste, Filinto, Clitandro, un guardia de la policía

ALCESTE, yendo al encuentro del guardia.— ¿Qué es, pues, si le place? Venga, señor.

UN GUARDIA.— Señor, tengo dos palabras que decirle.

ALCESTE.— Puede hablar alto, señor, para instruirme.

UN GUARDIA.— Los señores mariscales, de quienes tengo orden, le ordenan que vaya a verlos con prontitud, señor.

ALCESTE.— ¿Quién? ¿Yo, señor?

UN GUARDIA.— Usted mismo.

ALCESTE.— ¿Y para qué?

FILINTO, a Alceste.— Es el ridículo asunto de Oronte y tuyo.

CELIMENA.— ¿Cómo?

FILINTO.— Oronte y él se han desafiado hace un rato por ciertos versitos que él no ha aprobado; y se quiere apagar la cosa en su nacimiento.

ALCESTE.— Yo jamás tendré cobarde complacencia.

FILINTO.— Pero hay que seguir la orden: vamos, dispóngase.

ALCESTE.— ¿Qué arreglo se quiere hacer entre nosotros? ¿La voz de esos señores me condenará a encontrar buenos los versos que hacen nuestra querella? Yo no me desdigo de lo que he dicho, los encuentro malvados.

FILINTO.— Pero con un espíritu más dulce…

ALCESTE.— No me moveré de ahí, los versos son execrables.

FILINTO.— Debe mostrar sentimientos tratables. Vamos, venga.

ALCESTE.— Iré, pero nada tendrá poder para hacerme desdecirme.

FILINTO.— Vamos a mostrarse.

ALCESTE.— Salvo que me venga una orden expresa del rey de encontrar buenos los versos por los que se toman la molestia, sostendré siempre, ¡mordiós!, que son malos y que un hombre es digno de la horca después de haberlos hecho. (A Clitandro y Acasto que ríen.) ¡Por la sangre de Dios! señores, no creía ser tan divertido como soy.

CELIMENA.— Vaya rápido a presentarse donde debe.

ALCESTE.— Voy, señora, y sobre mis pasos vuelvo a este lugar para zanjar nuestros debates. Fin del segundo acto

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