Acto quinto
EscenaIHARPAGÓN, UN COMISARIO
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EL COMISARIO.— Déjeme hacer, conozco mi oficio, gracias a Dios. No es de hoy que me dedico a descubrir robos; y ya quisiera tener tantos sacos de mil francos como personas he mandado a la horca.
HARPAGÓN.— Todos los magistrados están obligados a tomar este asunto entre manos; y, si no me hacen encontrar mi dinero, pediré justicia de la justicia.
EL COMISARIO.— Hay que hacer todas las diligencias requeridas. ¿Dice usted que había en esa cajita…?
HARPAGÓN.— Diez mil escudos bien contados.
EL COMISARIO.— ¡Diez mil escudos!
HARPAGÓN.— Diez mil escudos.
EL COMISARIO.— El robo es considerable.
HARPAGÓN.— No hay suplicio bastante grande para la enormidad de este crimen; y, si queda impune, las cosas más sagradas ya no estarán seguras.
EL COMISARIO.— ¿En qué especies estaba esa suma?
HARPAGÓN.— En buenos luises de oro y pistolas de buen peso.
EL COMISARIO.— ¿A quién sospecha usted de este robo?
HARPAGÓN.— A todo el mundo; y quiero que arreste prisioneros a la ciudad y los arrabales.
EL COMISARIO.— Hay que, si me hace caso, no asustar a nadie y tratar suavemente de conseguir algunas pruebas a fin de proceder después, con rigor, a la recuperación del dinero que le han quitado.
EscenaIIHARPAGÓN, UN COMISARIO, MAESE SANTIAGO
MAESE SANTIAGO, al fondo del escenario, volviéndose hacia el lado por donde ha entrado.— Voy a volver. Que lo degüellen ahora mismo; que le chamusquen los pies; que lo metan en agua hirviendo, y que lo cuelguen del techo.
HARPAGÓN, a maese Santiago.— ¿Quién? ¿El que me ha robado?
MAESE SANTIAGO.— Hablo de un lechón que su mayordomo acaba de enviarme, y quiero preparárselo a mi manera.
HARPAGÓN.— No se trata de eso; y aquí está el señor, a quien hay que hablarle de otra cosa.
EL COMISARIO, a maese Santiago.— No se asuste. Soy hombre que no va a escandalizarlo, y las cosas irán por las buenas.
MAESE SANTIAGO.— ¿El señor viene a su cena?
EL COMISARIO.— Aquí hay que, mi querido amigo, no ocultarle nada a su amo.
MAESE SANTIAGO.— A fe mía, señor, mostraré todo lo que sé hacer, y lo atenderé lo mejor que me sea posible.
HARPAGÓN.— No es de eso de lo que se trata.
MAESE SANTIAGO.— Si no le preparo una comida tan buena como yo quisiera, es culpa del señor mayordomo, que me ha cortado las alas con las tijeras de su economía.
HARPAGÓN.— ¡Traidor! Se trata de otra cosa que de la cena; y quiero que me des noticias del dinero que me han quitado.
MAESE SANTIAGO.— ¿Le han quitado dinero?
HARPAGÓN.— Sí, canalla; y voy a mandarte a la horca, si no me lo devuelves.
EL COMISARIO, a Harpagón.— ¡Dios mío! No lo maltrate. Veo en su cara que es un hombre honrado, y que, sin necesidad de meterlo en prisión, le descubrirá lo que usted quiere saber. Sí, amigo mío, si nos confiesa la cosa, no se le hará ningún mal, y será recompensado como es debido por su amo. Hoy le han quitado su dinero; y no puede ser que no sepa usted algo de este asunto.
MAESE SANTIAGO, bajo, aparte.— Esto es justo lo que necesito para vengarme de nuestro mayordomo. Desde que entró en casa, es el favorito, sólo se escuchan sus consejos; y también tengo atravesados los palos de hace un rato.
HARPAGÓN.— ¿Qué estás rumiando?
EL COMISARIO, a Harpagón.— Déjelo. Se prepara para contentarlo; y yo le dije que era un hombre honrado.
MAESE SANTIAGO.— Señor, si quiere que le diga las cosas, creo que ha sido su querido mayordomo el que ha hecho el golpe.
HARPAGÓN.— ¿Valerio?
MAESE SANTIAGO.— Sí.
HARPAGÓN.— ¿Él? ¿Que me parece tan fiel?
MAESE SANTIAGO.— Él mismo. Creo que es él quien le ha robado.
HARPAGÓN.— ¿Y por qué lo crees?
MAESE SANTIAGO.— ¿Por qué?
HARPAGÓN.— Sí.
MAESE SANTIAGO.— Lo creo… porque lo creo.
EL COMISARIO.— Pero es necesario decir los indicios que tiene.
HARPAGÓN.— ¿Lo has visto merodear alrededor del lugar donde había puesto mi dinero?
MAESE SANTIAGO.— Sí, en efecto. ¿Dónde estaba su dinero?
HARPAGÓN.— En el jardín.
MAESE SANTIAGO.— Exactamente; lo he visto merodear en el jardín. ¿Y en qué estaba ese dinero?
HARPAGÓN.— En una cajita.
MAESE SANTIAGO.— Ahí está el asunto. Le he visto una cajita.
HARPAGÓN.— Y esa cajita, ¿cómo es? Veré bien si es la mía.
MAESE SANTIAGO.— ¿Cómo es?
HARPAGÓN.— Sí.
MAESE SANTIAGO.— Es… es como una cajita.
EL COMISARIO.— Eso se entiende. Pero descríbala un poco, a ver.
MAESE SANTIAGO.— Es una cajita grande.
HARPAGÓN.— La que me han robado es pequeña.
MAESE SANTIAGO.— ¡Eh! Sí, es pequeña, si se quiere tomar por ese lado; pero yo la llamo grande por lo que contiene.
EL COMISARIO.— ¿Y de qué color es?
MAESE SANTIAGO.— ¿De qué color?
EL COMISARIO.— Sí.
MAESE SANTIAGO.— Es de color… bueno, de un cierto color… ¿No podría ayudarme a decir?
HARPAGÓN.— ¿Eh?
MAESE SANTIAGO.— ¿No es roja?
HARPAGÓN.— No, gris.
MAESE SANTIAGO.— ¡Eh! Sí, gris rojizo; eso es lo que quería decir.
HARPAGÓN.— No hay duda; es ella sin falta. Escriba, señor, escriba su declaración. ¡Cielo! ¿De quién fiarse en adelante? Ya no hay que jurar nada; y creo, después de esto, que soy hombre capaz de robarme a mí mismo.
MAESE SANTIAGO, a Harpagón.— Señor, aquí viene de vuelta. No vaya a decirle, por favor, que he sido yo quien le ha descubierto esto.
EscenaIIIHARPAGÓN, UN COMISARIO, VALERIO, MAESE SANTIAGO
HARPAGÓN.— Acércate, ven a confesar la acción más negra, el atentado más horrible que jamás se haya cometido.
VALERIO.— ¿Qué quiere usted, señor?
HARPAGÓN.— ¿Cómo, traidor, no te sonrojas de tu crimen?
VALERIO.— ¿De qué crimen quiere usted hablar?
HARPAGÓN.— ¿De qué crimen quiero hablar, infame? ¡Como si no supieras a qué me refiero! Es en vano que pretendas disimularlo; el asunto está descubierto, y acaban de contármelo todo. ¿Cómo abusar así de mi bondad, e introducirte expresamente en mi casa para traicionarme, para jugarme una pasada de esta naturaleza?
VALERIO.— Señor, puesto que se lo han descubierto todo, no quiero andarme con rodeos ni negarle la cosa.
MAESE SANTIAGO, aparte.— ¡Oh, oh! ¿Habré adivinado sin pensarlo?
VALERIO.— Era mi intención hablarle de ello, y quería esperar, para eso, circunstancias favorables; pero puesto que es así, le suplico que no se enfade y que quiera escuchar mis razones.
HARPAGÓN.— ¿Y qué hermosas razones puedes darme, ladrón infame?
VALERIO.— ¡Ah, señor, no he merecido esos nombres! Es cierto que he cometido una ofensa contra usted; pero, después de todo, mi falta es perdonable.
HARPAGÓN.— ¿Cómo! ¿Perdonable? ¡Una emboscada, un asesinato de esa clase!
VALERIO.— Por favor, no se ponga furioso. Cuando me haya oído, verá que el mal no es tan grande como usted lo hace.
HARPAGÓN.— ¡El mal no es tan grande como yo lo hago! ¿Cómo! ¡Mi sangre, mis entrañas, bribón!
VALERIO.— Su sangre, señor, no ha caído en malas manos. Soy de una condición tal que no puedo hacerle ningún daño; y no hay nada, en todo esto, que yo no pueda reparar bien.
HARPAGÓN.— Esa es mi intención, y que me restituyas lo que me has robado.
VALERIO.— Su honor, señor, quedará plenamente satisfecho.
HARPAGÓN.— No se trata de honor en esto. Pero, dime, ¿quién te llevó a esa acción?
VALERIO.— ¡Ay! ¿Me lo pregunta?
HARPAGÓN.— Sí, claro que te lo pregunto.
VALERIO.— Un dios que lleva las excusas de todo lo que hace hacer, el Amor.
HARPAGÓN.— ¿El Amor?
VALERIO.— Sí.
HARPAGÓN.— ¡Bonito amor, bonito amor, a fe mía! ¡El amor de mis luises de oro!
VALERIO.— No, señor, no son sus riquezas las que me han tentado; no es eso lo que me ha deslumbrado; y protesto no pretender nada de todos sus bienes, con tal de que me deje el que tengo.
HARPAGÓN.— No lo haré, ¡por todos los diablos! No te lo dejaré. ¡Pero mira qué insolencia, querer retener el robo que me ha hecho!
VALERIO.— ¿Llama usted a eso un robo?
HARPAGÓN.— ¡Si lo llamo un robo! ¡Un tesoro como ese!
VALERIO.— Es un tesoro, es verdad, y el más precioso que tenga usted, sin duda; pero no será perderlo el dejármelo. Se lo pido de rodillas, este tesoro lleno de encantos; y, para obrar bien, tiene que concedérmelo.
HARPAGÓN.— No haré nada de eso. ¿Qué quieres decir con eso?
VALERIO.— Nos hemos prometido fe mutua, y hemos hecho juramento de no abandonarnos jamás.
HARPAGÓN.— ¡Admirable el juramento, y graciosa la promesa!
VALERIO.— Sí, nos hemos comprometido a ser el uno del otro para siempre.
HARPAGÓN.— Bien que os lo impediré, os lo aseguro.
VALERIO.— Nada más que la muerte puede separarnos.
HARPAGÓN.— ¡Es estar bien endemoniado con mi dinero!
VALERIO.— Ya le he dicho, señor, que no era el interés lo que me había empujado a hacer lo que he hecho. Mi corazón no ha obrado por los resortes que usted piensa, y un motivo más noble me ha inspirado esta resolución.
HARPAGÓN.— ¡Verán que es por caridad cristiana que quiere tener mi dinero! Pero le pondré remedio; y la justicia, bribón desvergonzado, me va a hacer razón de todo.
VALERIO.— Hará usted lo que quiera, y aquí me tiene dispuesto a sufrir todas las violencias que le plazcan; pero le ruego que crea al menos que, si hay mal, soy yo solo a quien hay que acusar, y que su hija, en todo esto, no es en absoluto culpable.
HARPAGÓN.— ¡Ya lo creo, claro! ¡Sería muy extraño que mi hija hubiese participado en este crimen! Pero quiero recuperar mi asunto, y que me confieses en qué lugar me la has raptado.
VALERIO.— ¿Yo? No la he raptado en absoluto; y todavía está en su casa.
HARPAGÓN, aparte.— ¡Oh, mi querida arquilla! (Alto.) ¿No ha salido de mi casa?
VALERIO.— No, señor.
HARPAGÓN.— ¡Ea! Dime un poco: ¿no la has tocado?
VALERIO.— ¿Yo, tocarla? ¡Ah! Le hace usted un agravio, tanto a ella como a mí; y es de un ardor del todo puro y respetuoso que he ardido por ella.
HARPAGÓN, aparte.— ¡Ardido por mi arquilla!
VALERIO.— Preferiría morir antes que haberle mostrado ningún pensamiento ofensivo: ella es demasiado discreta y demasiado honesta para eso.
HARPAGÓN, aparte.— ¡Mi arquilla demasiado honesta!
VALERIO.— Todos mis deseos se han limitado a gozar de su vista; y nada de criminal ha profanado la pasión que sus hermosos ojos me han inspirado.
HARPAGÓN, aparte.— ¡Los hermosos ojos de mi arquilla! Habla de ella como un amante de una amada.
VALERIO.— Señora Claudia, señor, sabe la verdad de esta aventura; y ella puede darle testimonio.
HARPAGÓN.— ¿Cómo! ¿Mi criada es cómplice del asunto?
VALERIO.— Sí, señor: ella ha sido testigo de nuestro compromiso; y es después de haber conocido la honestidad de mi llama, que me ha ayudado a persuadir a su hija de que me diera su fe, y recibiera la mía.
HARPAGÓN, aparte.— ¿Eh? ¿Es que el miedo a la justicia lo hace delirar? (A Valerio.) ¿Qué nos mezclas aquí de mi hija?
VALERIO.— Digo, señor, que he tenido todas las penas del mundo para hacer consentir a su pudor lo que quería mi amor.
HARPAGÓN.— ¿El pudor de quién?
VALERIO.— De su hija; y es solamente desde ayer que ha podido resolverse a que nos firmáramos mutuamente una promesa de matrimonio.
HARPAGÓN.— ¿Mi hija te ha firmado una promesa de matrimonio?
VALERIO.— Sí, señor, como, por mi parte, yo le he firmado una a ella.
HARPAGÓN.— ¡Oh cielo! ¡Otra desgracia!
MAESE SANTIAGO, al comisario.— Escriba, señor, escriba.
HARPAGÓN.— ¡Agravamiento del mal! ¡Colmo de desesperación! (Al comisario.) Vamos, señor, haga lo debido de su cargo; y redáctele su proceso como ladrón y como corruptor.
MAESE SANTIAGO.— Como ladrón y como corruptor.
VALERIO.— Esos son nombres que no me corresponden; y cuando sepan quién soy…
EscenaIVHARPAGÓN, ELISA, MARIANA, VALERIO, FROSINA, MAESE SANTIAGO, UN COMISARIO
HARPAGÓN.— ¡Ah, hija criminal! ¡Hija indigna de un padre como yo! ¿Así es como practicas las lecciones que te he dado? ¿Te dejas prender de amor por un ladrón infame, y le comprometes tu fe sin mi consentimiento? ¡Pero quedaréis burlados el uno y el otro! (A Elisa.) Cuatro buenas murallas me responderán de tu conducta; (a Valerio) y una buena horca, bribón desvergonzado, me hará razón de tu audacia.
VALERIO.— No será su pasión quien juzgue el asunto, y se me escuchará, al menos, antes de condenarme.
HARPAGÓN.— Me equivoqué al decir una horca; serás descuartizado vivo.
ELISA, de rodillas ante Harpagón.— ¡Ah, padre mío, tenga sentimientos un poco más humanos, se lo ruego, y no lleve las cosas a las últimas violencias del poder paterno! No se deje arrastrar por los primeros impulsos de su pasión, y tómese tiempo para pensar en lo que quiere hacer. Tómese la molestia de mirar mejor a aquel de quien se ofende; es muy distinto de lo que sus ojos juzgan; y le parecerá menos extraño que me haya entregado a él, cuando sepa que, sin él, hace mucho que no me tendría. Sí, padre mío, es él quien me salvó de aquel gran peligro que usted sabe que corrí en el agua, y a quien debe la vida de esa misma hija que…
HARPAGÓN.— Todo eso no es nada; y hubiera sido mucho mejor para mí que te dejara ahogar antes que hacer lo que ha hecho.
ELISA.— Padre mío, le suplico por el amor paterno que me…
HARPAGÓN.— No, no; no quiero oír nada, y es necesario que la justicia cumpla con su deber.
MAESE SANTIAGO, aparte.— ¡Me pagarás los garrotazos!
FROSINA, aparte.— ¡Qué lío más extraño!
EscenaVANSELMO, HARPAGÓN, ELISA, MARIANA, FROSINA, VALERIO, UN COMISARIO, MAESE SANTIAGO
ANSELMO.— ¿Qué ocurre, señor Harpagón? Le veo muy alterado.
HARPAGÓN.— ¡Ah, señor Anselmo, me ve usted el más desgraciado de todos los hombres; y he aquí un gran trastorno y desorden en el contrato que viene a hacer! Me asesinan en los bienes, me asesinan en el honor; y he aquí un traidor, un canalla que ha violado todos los derechos más sagrados, que se ha deslizado en mi casa bajo el título de criado, para robarme mi dinero y seducir a mi hija.
VALERIO.— ¿Quién piensa en su dinero, del que me hace una algarabía?
HARPAGÓN.— Sí, se han dado el uno al otro una promesa de matrimonio. Este agravio le atañe a usted, señor Anselmo; y es usted quien debe querellarse contra él, y hacer todas las diligencias de la justicia a su costa, para vengarse de su insolencia.
ANSELMO.— No es mi intención hacerme desposar por la fuerza, ni pretender nada de un corazón que se haya entregado; pero, por sus intereses, estoy dispuesto a abrazarlos, así como los míos propios.
HARPAGÓN.— He aquí al señor comisario, que es un hombre honrado, que no olvidará nada, según me ha dicho, de las funciones de su oficio. (Al comisario, señalando a Valerio.) Cárguele lo que haga falta, señor, y haga que las cosas resulten bien criminales.
VALERIO.— No veo qué crimen se me puede achacar por la pasión que siento por su hija, ni el suplicio al que usted cree que pueda ser condenado por nuestro compromiso, cuando se sepa lo que soy…
HARPAGÓN.— Me burlo de todos esos cuentos; y el mundo de hoy no está lleno más que de esos ladrones de nobleza, de esos impostores que se aprovechan de su oscuridad y se visten insolentemente con el primer nombre ilustre que se les ocurre tomar.
VALERIO.— Sepa que tengo el corazón demasiado noble para adornarme con algo que no sea mío, y que todo Nápoles puede dar testimonio de mi nacimiento.
ANSELMO.— ¡Cuidado! Tenga cuidado con lo que va a decir. Arriesga aquí más de lo que piensa; habla delante de un hombre a quien todo Nápoles le es conocido y que puede fácilmente ver claro en la historia que va a contar.
VALERIO.— No soy hombre que tema nada; y si Nápoles le es conocido, sabrá quién era don Tomás de Alburci.
ANSELMO.— Sin duda, lo sé; y poca gente lo ha conocido mejor que yo.
HARPAGÓN.— No me importan ni don Tomás ni don Martín.
(Harpagón, viendo dos velas encendidas, apaga una.)
ANSELMO.— Por favor, déjele hablar; veremos qué quiere decir.
VALERIO.— Quiero decir que es él quien me dio la vida.
ANSELMO.— ¿Él?
VALERIO.— Sí.
ANSELMO.— Vamos. Se burla usted. Busque otra historia que pueda resultarle mejor, y no pretenda salvarse con semejante impostura.
VALERIO.— Piense mejor lo que dice. No es ninguna impostura, y no avanzo nada que no me sea fácil justificar.
ANSELMO.— ¿Cómo? ¿Se atreve a decirse hijo de don Tomás de Alburci?
VALERIO.— Sí, me atrevo; y estoy dispuesto a sostener esta verdad contra quien sea.
ANSELMO.— ¡La audacia es increíble! Sepa, para confundirle, que hace dieciséis años, por lo menos, que el hombre del que nos habla pereció en el mar con sus hijos y su mujer, al querer librar sus vidas de las crueles persecuciones que acompañaron los desórdenes de Nápoles, y que hicieron exiliar a varias familias nobles.
VALERIO.— Sí; pero sepa, para confundirle a usted, que su hijo, de siete años de edad, con un criado, fue salvado de ese naufragio por un barco español; y que ese hijo salvado es quien le habla. Sepa que el capitán de ese barco, conmovido por mi suerte, me tomó cariño; que me hizo educar como a su propio hijo, y que las armas fueron mi ocupación desde que me encontré capaz; que supe hace poco que mi padre no había muerto, como siempre había creído; que, pasando por aquí para ir a buscarle, una aventura, concertada por el cielo, me hizo ver a la encantadora Elisa; que esa visión me convirtió en esclavo de su belleza, y que la violencia de mi amor y las severidades de su padre me hicieron tomar la resolución de introducirme en su casa, y enviar a otro en busca de mis padres.
ANSELMO.— Pero ¿qué testimonios, además de sus palabras, pueden asegurarnos que no sea una fábula que haya construido sobre una verdad?
VALERIO.— El capitán español, un sello de rubí que pertenecía a mi padre; un brazalete de ágata que mi madre me puso en el brazo; el viejo Pedro, ese criado que se salvó conmigo del naufragio.
MARIANA.— ¡Ay! A sus palabras, puedo yo responder aquí que no miente; y todo lo que dice me hace conocer claramente que es usted mi hermano.
VALERIO.— ¿Vos, hermana mía?
MARIANA.— Sí, mi corazón se conmovió desde el momento en que abriste la boca; y nuestra madre, a quien vas a llenar de dicha, me ha hablado mil veces de las desgracias de nuestra familia. El cielo no permitió que pereciéramos también en aquel triste naufragio, pero solo nos salvó la vida a costa de nuestra libertad; y fueron corsarios quienes nos recogieron, a mi madre y a mí, sobre los restos de nuestro navío. Tras diez años de esclavitud, una feliz fortuna nos devolvió la libertad, y regresamos a Nápoles, donde encontramos todos nuestros bienes vendidos, sin poder hallar noticias de nuestro padre. Pasamos a Génova, donde mi madre fue a reunir algunos miserables restos de una herencia que habían destrozado; y de allí, huyendo de la bárbara injusticia de sus parientes, vino a estos lugares, donde apenas ha vivido sino una vida lánguida.
ANSELMO.— ¡Oh cielo! ¡Cuáles son los rasgos de tu poder! ¡Y qué bien demuestras que solo a ti te pertenece hacer milagros! Abrazadme, hijos míos, y unid los dos vuestros transportes a los de vuestro padre.
VALERIO.— ¿Vos sois nuestro padre?
MARIANA.— ¿Sois vos a quien mi madre tanto ha llorado?
ANSELMO.— Sí, hija mía; sí, hijo mío; yo soy don Tomás de Alburci, a quien el cielo libró de las olas con todo el dinero que llevaba, y que, habiéndoos creído muertos a todos durante más de dieciséis años, se preparaba, tras largos viajes, a buscar, en el matrimonio con una persona dulce y prudente, el consuelo de una nueva familia. La poca seguridad que vi para mi vida al volver a Nápoles me hizo renunciar a ello para siempre; y habiendo hallado modo de hacer vender lo que allí tenía, me he establecido aquí, donde, bajo el nombre de Anselmo, he querido alejarme de los pesares de ese otro nombre que me ha causado tantas desdichas.
HARPAGÓN, a Anselmo.— ¿Ese es vuestro hijo?
ANSELMO.— Sí.
HARPAGÓN.— Os emplazo para que me paguéis diez mil escudos que me ha robado.
ANSELMO.— ¿Él, haberos robado?
HARPAGÓN.— Él mismo.
VALERIO.— ¿Quién os dice eso?
HARPAGÓN.— Maese Santiago.
VALERIO, a Maese Santiago.— ¿Eres tú quien lo dice?
MAESE SANTIAGO.— Ya veis que yo no digo nada.
HARPAGÓN.— Sí. Ahí está el señor comisario que ha recibido su declaración.
VALERIO.— ¿Podéis creerme capaz de una acción tan vil?
HARPAGÓN.— Capaz o no capaz, yo quiero recuperar mi dinero.
EscenaVIHARPAGÓN, ANSELMO, ELISA, MARIANA, CLEANTO, VALERIO, FROSINA, UN COMISARIO, MAESE SANTIAGO, LA FLECHA
CLEANTO.— No os atormentéis, padre, y no acuséis a nadie. He descubierto noticias de vuestro asunto; y vengo aquí para deciros que, si queréis decidiros a dejarme casar con Mariana, vuestro dinero os será devuelto.
HARPAGÓN.— ¿Dónde está?
CLEANTO.— No os inquietéis. Está en un lugar del que respondo; y todo depende solo de mí. A vos os toca decirme a qué os decidís; y podéis elegir, o darme a Mariana, o perder vuestra arqueta.
HARPAGÓN.— ¿No le han quitado nada?
CLEANTO.— Nada en absoluto. Ved si es vuestro propósito suscribir este matrimonio, y unir vuestro consentimiento al de su madre, que le deja la libertad de elegir entre nosotros dos.
MARIANA, a Cleanto.— Pero vos no sabéis que no basta ese consentimiento; y que el cielo, (señalando a Valerio.) con un hermano que veis, acaba de devolverme un padre (señalando a Anselmo.) del cual tenéis que obtenerme.
ANSELMO.— El cielo, hijos míos, no me devuelve a vosotros para ser contrario a vuestros deseos. Señor Harpagón, bien juzgáis vos que la elección de una joven persona recaerá en el hijo antes que en el padre: vamos, no os hagáis decir lo que no es necesario oír; y consentid, así como yo, en esta doble boda.
HARPAGÓN.— Necesito, para decidirme, ver mi arqueta.
CLEANTO.— La veréis sana y entera.
HARPAGÓN.— No tengo dinero que dar en matrimonio a mis hijos.
ANSELMO.— ¡Eh, bien! Yo lo tengo para ellos; que eso no os inquiete.
HARPAGÓN.— ¿Os obligaréis a hacer todos los gastos de estas dos bodas?
ANSELMO.— Sí, me obligo a ello. ¿Estáis satisfecho?
HARPAGÓN.— Sí, con tal de que, para las bodas, me hagáis hacer un traje.
ANSELMO.— De acuerdo. Vamos a gozar de la alegría que este dichoso día nos ofrece.
EL COMISARIO.— ¡Alto! ¡señores, alto! Despacio, por favor. ¿Quién me pagará mis escrituras?
HARPAGÓN.— No tenemos nada que hacer con vuestras escrituras.
EL COMISARIO.— ¡Sí! Pero yo no pretendo, yo, haberlas hecho por nada.
HARPAGÓN, señalando a Maese Santiago.— Para vuestro pago, ahí tenéis un hombre que os doy para ahorcar.
MAESE SANTIAGO.— ¡Ay! ¿Pues cómo hay que hacer? ¡Me dan palos por decir verdad, y me quieren ahorcar por mentir!
ANSELMO.— Señor Harpagón, hay que perdonarle esta impostura.
HARPAGÓN.— ¿Pagaréis vos entonces al comisario?
ANSELMO.— Sea. Vamos pronto a participar nuestra alegría a vuestra madre.
HARPAGÓN.— Y yo, a ver mi querida arqueta.
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